[*ElPaso}– Personajes de mi pueblo, disminuidos pero no olvidados: Fernando el de Avelina

21-01-2008

Carlos M. Padrón

Al igual que Alfredo, en sus últimos años de vida nuestro personaje de hoy trabajó en Monterrey. Vivía cerca de mi casa, y de hecho había nacido en la que fue la casa de mis padres, donde nací y me crié, y su madre murió en esa misma casa como consecuencia del parto del que nació Fernando. Lo crió su tía, hermana de su madre, de nombre Avelina —de ahí el ‘apellido’ de Fernando— a quien él llamaba ‘Amá’.

Desde joven mostró, y mantuvo siempre, afición por los actos religiosos, en particular las procesiones, tal vez porque atraían a mucha gente y le daban oportunidad de lucirse. Ya de mayor, participada en ellas portando un pendón.

En época anterior a cuando yo lo recuerdo, gustaba de reunirse con otros muchachos, aunque de tales reuniones saliera siempre trasquilado, pues las muchas veces que algunos muchachos, más o menos de su edad, se reunían para jugar en la entonces llamada Casa de Sandalio —muy cerca de la de Avelina, y aún sin terminar para la época a la que me refiero—, sabedores de que a Fernando le gustaban las procesiones, lo invitaban a sacarlo en procesión, como si de imagen de santo se tratara, y para ello, y con materiales de la construcción de esa casa, improvisaban unas andas sobre las que sentaban a Fernando, y después de unos pocos pasos llevándolo “en procesión” dejaban caer las andas, con lo cual Fernando iba a dar con sus huesos contra el suelo.

Cuando a los muchachos les daba hambre, invitaban a Fernando a “jugar a comer higos pasados”. Él iba corriendo a su casa y, sin que Avelina lo viera, llenaba con higos pasados sus bolsillos y regresaba a reunirse con sus amigos, que se daban banquete. (Y lo de banquete lo digo con envida porque higos pasados, almendras y queso palmero ahumado constituyen mi bocado preferido, sobre todo si, además, dispongo de un buen vino tinto natural, o sea, de la parra, sin aditivos químicos).

Y así una y otra vez. Creo que él entendía que si ése era el precio que tenía que pagar para que los muchachos toleraran de alguna forma su presencia, lo pagaba con gusto.

El Fernando que yo conocí, años más tarde, era mentiroso empedernido, chismoso, bastante amanerado y tímido selectivo, pues las más de las veces que algún hombre no muy allegado a él le preguntaba algo, entraba como en pánico social, daba una respuesta que nada tenía que ver con la pregunta, y echaba a correr.

Por ejemplo, una vez que de Venezuela llegó a El Paso un primo mío, al encontrarse con Fernando cerca de la casa de éste, mi primo, alegrándose de verlo, exclamó con alborozo: «¡Hola, Fernando!». La respuesta de Fernando fue echar a correr mientras decía «¡Este año los tunos están todos podridos!».

Si cuando soltaba lo que claramente era una mentira alguien se lo hacía notar, daba media vuelta, exclamaba «¡Déjame ir a echarle de comer a las cabras!», y huía a toda carrera.

Gustaba de andar cerca de mujeres, y no por interés erótico —aunque por años dijo que tenía una novia en Tendiña— sino sólo para enterarse de lo que ellas contaban e ir luego a repetirlo en otros lados.

Sin embargo, lo erótico estaba presente en sus mentiras y folclóricas respuestas, y así un día en que en una de las ventas vecinas alguien le dijo

—Fernando, te veo muy gordo. ¿No estarás tú preñado?

La respuesta inmediata de Fernando fue:

—Pues si estoy preñado, es de Arturo.

Al enterarse de este incidente, que pronto se propagó por el barrio, don Arturo, hombre por demás honesto y respetado, exclamó impotente: «Caballeros, ¡lo que uno tiene que aguantar!». ¿Qué otra cosa podía hacer?

Pero estaba claro que Fernando el de Avelina sentía afecto por quienes afecto le mostraban, y entre estas personas estaba mi hermano Raúl con el que Fernando posó feliz con su traje oscuro, el especial para las solemnidades, para que el 25/06/1995, día de la Fiesta del Sagrado, les tomara yo esta foto, que mi hermano tuvo en gran estima:

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