[*FP}– Barú, turismo de aventura (1/2): Prolegómenos

21.03.08

Carlos M. Padrón

Allá por 1981, Chepina, cuya hija era aún bebé, contrató los servicios de Mariela, una joven colombiana, para que la ayudara en las labores domésticas, y sobre todo en el cuidado de la bebé, mientras ella, Chepina, trabajaba en IBM, y algunos años después además de mantener ese trabajo también estudiaba Mercadotecnia.

Mariela Zúñiga

Chepina y su hijo Henrique en 1981, el año en que Mariela entró en sus vidas.

En 1986 Mariela decidió regresar a Barú (Cartagena, Colombia), su pueblo natal, situado en lo que llaman una isla del Archipiélago del Rosario, frente a Cartagena, y digo “en lo que llaman” porque, como puede apreciarse en el mapa que sigue, Barú es una península.

Tal vez fue isla en los tiempos de la Colonia, pero siendo de bajo fondo el brazo de mar que la separaba del continente, los manglares ocuparon esa área, señalada en el mapa como Ciénaga Honda, y hoy día aparece como península. Esto es sólo una suposición de Chepina y mía, ya que no pudimos encontrar quien nos diera una mejor explicación a lo de isla.

Desde 1986 Chepina no volvió a ver a Mariela, pero mantenía hacia ella un permanente recuerdo y un gran afecto por lo mucho y bien que la había ayudado, de ahí que, cada vez más, expresara su deseo de ir a Cartagena y de allí a Barú a reencontrarse con Mariela.

***

En febrero de 1998 estuve en Cartagena y supe cómo es su clima,… o al menos eso creí.

Por un problema de salud —tal vez innato en mí pero que se manifestó desde la primera vez que fui a una playa en Venezuela, y que en los años ’60 me diagnosticaron como variante de hiperventilación— el calor a nivel del mar, y el aire denso y preñado de humedad, me ponen sentir muy mal. Me siento alicaído, con dolor de cabeza, mareos, empapado de un sudor frío y con una desesperante sensación de estar en un segundo plano, de que voy lento, cada vez más lento y alejado de la acción que a mi alrededor transcurre a una velocidad que yo, por más que me esfuerzo, no logro alcanzar porque, además, no puedo pensar bien, todo lo cual me pone irritable.

El único paliativo que contra esto he encontrado es fumarme un puro, recurso que descubrí en 1965 durante la boda de un amigo pasense que en la correspondiente celebración cumplió con el muy palmero ritual de distribuir cigarros puros entre los invitados varones.

En mi desesperación —pues la tal celebración tuvo lugar en San Felipe (Edo. Yaracuy, Venezuela) en una finca de cambures (plátanos) y con un para mi insoportable nivel de humedad y una alta temperatura a pesar de que fue en la noche— tomé un puro, lo encendí, y para no molestar con el humo a las asombradas personas que me acompañan en la mesa y que jamás me habían visto fumar porque yo no era fumador, me interné entre las plantas de cambures, y después de unas diez chupadas al puro mi malestar desapareció como por arte de magia.

Desde entonces, y aunque sigo sin ser fumador, cada vez que he viajado he llevado conmigo una dotación de cigarros puros comprados en La Palma (Canarias). Unos 50 me duran más de dos años, pues evito tanto como puedo caer en la maldita combinación de calor + nivel de mar + mucha humedad, muy abundante en el trópico donde el común de los mortales ama la playa, que yo detesto. Amo las temperaturas de entre 15 y 20°C, y el aire ligero que suele encontrarse en lugares altos y montañosos, combinación que me permite ir totalmente vestido y un tanto abrigado, y sentirme así muy bien.

Y es que en materia de vestimenta no tengo términos medios: o estoy totalmente desnudo (para la práctica de deportes de cama, pues si es para dormir uso pijama de cuerpo entero) o estoy totalmente vestido. El andar semidesnudo, como suele andar la gente en las zonas de playa —si es que no andan disfrazados de mamarrachos, con shorts o bermudas, en chancletas o descalzos, y con el ombligo al aire─ no va conmigo.

Para empeorar esta condición, sufro de alergia a los cambios de temperatura, y si en medio de un cuadro climático como el descrito se me ocurre despojarme de algo de ropa, de inmediato me resfrío. Por tanto, siempre ando con camiseta que me arrope bien la garganta, y a veces también con chaqueta.

***

A pesar de mis temores al asunto climático, y como al fin y al cabo sobreviví a mi estada en Cartagena en 1998, decidí llevar a Chepina a Barú este mes de marzo, con motivo de su cumpleaños. El pasado diciembre compré los pasajes, y Chepina, por Internet, reservó el hotel.

Para aumentar mis renuencias y suspicacias, ocurrió lo del problema entre Venezuela y Colombia, y con él aumentaron mis temores de perder tal vez los pasajes, y mis dudas sobre la posibilidad de viajar bajo riesgo de entrar a Colombia pero tener problemas para salir, de que los colombianos se mostraran hostiles hacia los venezolanos, etc. Pero el impasse se resolvió, y el sábado 15/03/2008 viajamos a Cartagena vía Bogotá.

La Cartagena que encontré ahora está más cuidada y hospitalaria que hace 10 años, pero también más cara, pues ha caído en esa plaga llamada turismo. Legiones de barrenderos, uniformados y hasta con tapabocas, la mantienen relativamente limpia, y la cantidad de buhoneros que importunan a uno en las calles es sólo superada por la cantidad de taxis cuya tarifa básica, para un trayecto de apenas 10 a 15 minutos, es de 5.000 pesos (aproximadamente $2.00), mientras que un taxi de la parada del aeropuerto de Bogotá cobra 15.000 pesos por hora.

Un detalle no muy bueno para conservar al turismo es que aunque el hotel que Chepina reservó se anunciaba como de 3 estrellas, con aire acondicionado y con precios propios de tal categoría, en realidad no llegaba ni a dos.

Si bien la habitación tenía baño privado —el colmo sería que no lo tuviera, en cuyo caso yo no me habría quedado en él— de la ducha, que era eléctrica, lo que salía era un menguado chorrito de agua apenas tibia y que caía verticalmente, con lo cual había que hacer cabriolas si uno no quería mojarse la cabeza.

Bidet no había, y la llave de agua caliente del lavamanos estaba de adorno, pues nada salía por ella, con lo cual opté por afeitarme, y sólo superficialmente, cada dos días, pues para darme una afeitada en regla necesito agua casi hirviendo. Si no es así, hasta me hago sangre en la cara, pues además de que mi piel es “delicagadita”, el vello de mi barba tiene consistencia de alambre y crece anárquico en todas direcciones. Y como el espejo situado sobre el lavamanos no tenía luces a su alrededor, mi afeitada era casi adivinando, pues la única luz del baño estaba en el techo y provenía de una bombilla de apenas unos 40 vatios.

La cama de la habitación, que aunque dizque para dos personas no llegaba ni a tamaño queen, tenía una sola mesa de noche en la cual no había siquiera una lámpara. La única luz de la habitación estaba en el techo, era de unos 60 vatios, y su interruptor quedaba a medio camino entre la cama y la salida de la habitación, por lo cual tuve que hacer uso de los recursos que siempre que viajo llevo en el por mis hijas bautizado “Bolso de Macyver”, y sobre la única silla que allí había, y que acerqué a mi lado de la cama a guisa de mesa de noche, coloqué una linterna para poder llegar sin tropiezos a la cama una vez apagada la ventiúnica luz, o para alumbrarme si necesitaba luego llegar al interruptor y no correr el riesgo de golpearme contra el filo del vidrio de una pequeña mesa ubicada justo debajo del interruptor y sobre la cual estaba el teléfono.

El aparato de aire acondicionado, que era del tipo llamado de ventana, caía en la categoría del llamado aire “acondisoplado” —muy frecuente en Europa— pues aunque colocado para que enfriara al máximo, yo dormía apenas cubierto con una sencilla sábana.

Como se ve, era una habitación “muy funcional”.

En lo tocante a seguridad, la puerta principal carecía de cerradura interna, de la cual carecía también la puerta que comunicaba con la habitación contigua y contra la que coloqué las maletas porque no tenía yo garantía de que no pudiera ser abierta desde esa habitación vecina. Así, si alguien intentaba entrar a la nuestra, la puerta tropezaría con las maletas y el consiguiente ruido nos alertaría.

Como se ve, era una habitación “muy segura”.

Si bien detesto los hoteles de lujo —los llamados de 5 estrellas— y las veces que en ellos estuve fue por decisión de IBM, me encantan los que en USA llaman “business hotels” (= hoteles para asuntos de negocios), que son tremendamente funcionales y que nunca he encontrado fuera de USA. Y creo que los moteles decentes, sobre todo ésos en los que uno puede estacionar el carro (coche) frente a la habitación, son una gran invención.

Sin embargo, aunque cabría suponer que las estrellas indicativas de la categoría de un hotel son válidas a nivel internacional, y que su valor representativo es el mismo en cualquier lado, no es así, pues ya supe que no lo son en Marrackech, y ahora averigüé que tampoco en Colombia.

Las dos última veces que he estado en Santa Cruz de Tenerife me he alojado en un apartotel cuyos apartamentos son para mí el ideal para vivir: un dormitorio grande con un closet de pared a pared, mueble gavetero con escritorio incorporado, TV y una gruesa cortina que cubre totalmente el ventanal y permite oscuridad casi total; salón amoblado, también con TV, Internet, aire acondicionado, y mesa de trabajo; cocina bien equipada; y un baño con todas las piezas, repisas grandes y amplias, y una bañera grande con una regadera de la que fluye agua abundante a buena presión. Categoría de ese apartotel: 3 estrellas. Entonces, ¿de dónde salen las 3 estrellas del hotel de Cartagena?

Habiendo yo vivido en pensiones 5 años de mi vida (4 en Tenerife y 1 en Caracas), y habiéndome quedado como huésped en varias de ellas en diferentes ciudades de Venezuela mientras en los años ’60 trabajé en Olivetti, puedo asegurar que ese hotel, si dejamos de lado el baño privado, el teléfono y la TV, no pasa de ser una pensión glorificada, por lo cual, como la primera noche no pude casi dormir, las noches subsiguientes, y a pesar de la inseguridad, tuve que tomar doble dosis de somnífero.

Pero hay más. La Cartagena de marzo/2008 estaba también más calurosa que la de febrero/1998: a las 08:30 de la mañana los termómetros ubicados en las calles de la zona hotelera marcaban 32°C, la humedad era altísima, el sol era como para derretir las piedras, y yo me sentía desfallecer.

La noche del domingo 16 era tal el calor que busqué refugio en el único de los restaurantes, de los alrededores del hotel, que tenía aire acondicionado, sin importarme si la comida era buena, regular, mala, peor, barata o cara. Ha sido la única vez en mi vida que he deseado que el servicio de camareros fuera lento de verdad, que tardara lo más posible.

Continuará…

5 comentarios sobre “[*FP}– Barú, turismo de aventura (1/2): Prolegómenos

  1. En este relato suenas casi casi como el Gabo… ¿Será por lo de Cartagena o porque pareciera que estás hablanco de Macondo…?

  2. Dudo que el Gabo pueda expresarse así de mal de su tierra, aunque a lo mejor sí coincido con él en mi apreciación de Barú, que será objeto de la segunda entrega.

  3. Siento lo del hotel y demás pero tu relato es magnífico. !Espero la segunda parte!

  4. Gracias, Roberto. Ya estoy trabajando en esa segunda parte.

  5. Esto 100% de acuerdo contigo, he estado en Cartagena 3 veces (demasiadas para mi gusto), aunque me he alojado en hoteles creo que 3 estrellas, el calor es insorportable. Me encanta tu relato…

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