[*FP}– Barú, turismo de aventura (2/2): El reencuentro

21.03.08

Carlos M. Padrón

Para iniciar el tour —para mí, zafari— a Barú, a las 08:00 de la mañana del domingo 16/03 nos recogió en el hotel un vehículo llamado “chiva” que es un autobús muy ancho, con asientos en filas transversales abiertas por sólo el costado derecho, y decorado con abalorios de todo tipo (espejitos, tablitas multicolores, cueros repujados, figuras de santos, y otros detalles igualmente cursis e inútiles),

Apenas subir a la chiva fuimos acosados por los buhoneros que vendían lentes (gafas) de sol, gorras “de hasta 8 funciones”, collares, sortijas, etc., y que no paraban de hablar exponiendo las bondades de sus mercancías.

Para el momento, ya mis aprensiones habían aflorado, y empeoraron cuando en la segunda parada luego de salir de nuestro hotel escuchamos como Ingrid, nuestra guía para ese tour, mientras hablaba por radio, con no sé quién, dijo: “Sí, ya el Sr. Padrón y la Sra. Chepina están en la chiva”.

“¿Qué diablos está pasando aquí? —me pregunté con renovada suspicacia—. ¿A quién carajo le importa si ya estamos o no en este carromato?”

Cuando la chiva completó su periplo por no sé cuantos hoteles hasta que todos los puestos estuvieron ocupados, nos dejó en el puerto de Cartagena donde abordamos una lancha de dos motores fuera de borda y con capacidad para unos 60 pasajeros.

Nuestra lancha era de este tipo.
.
Al abordar, nos obligaron a ponernos chalecos salvavidas,

La incipiente sonrisa por la proximidad a la meta que se divisa allá en el horizonte.
.

La resignación.

Y una vez recibido el permiso oficial, la lancha partió a full chola (toda pastilla) hacia la Isla del Encanto, un lugar netamente turístico al estilo moderno, que de isla no tiene nada, pues está donde termina la línea roja que parte desde la Bahía de Cartagena y que indica nuestro recorrido de ida. (En el de regresó entró por Bocachica, el estrecho junto al número 66).

Durante el trayecto, que tomó una hora, Ingrid —bilingüe y bien preparada— recitó su letanía, y yo, como siempre desde hace muchos años, volví a sentir lástima por quienes ejercen este trabajito que les obliga a repetir cada día la misma cantaleta, con los mismos chistes, advertencias, etc.

Ingrid impartiendo instrucciones.

Lo último que a Chepina le habían dicho era que Mariela vendría desde Barú a reunirse con nosotros en Isla del Encanto, así que al llegar a ese lugar tomamos asiento y nos pusimos a esperar la llegada de Mariela.

Terminal turístico de Isla del Encanto visto desde el mar.

De pronto alguien dijo: “Al Sr. Padrón y a la Sra. Chepina los buscan los de lancha que está en el muelle”, y al mirar hacia el muelle vimos una pequeña lancha con motor fuera de borda y dos hombres dentro de ella.

Al entusiasta “¡Vamos!”, que de inmediato me espetó Chepina, respondí, más suspicaz aún, que lo de la tal lancha no estaba en el programa, que ésta había salido de la nada, y que por qué teníamos que montarnos en una lancha cuyos ocupantes eran unos desconocidos que igual podrían ser de las FARC.

Pero Chepina se mostró muy confiada, y yo, víctima de la pesadez y lentitud de reflejos de la condición climática que me pone apático e incapaz de reaccionar normalmente, acepté, subí a la lanchita y nos sentamos en la tabla transversal del centro teniendo a nuestra espalda al piloto, y de frente a un hombre gordo con cara de pocos amigos.

La lanchita arrancó a full chola hacia mar abierto, y de pronto dobló a la izquierda, atravesó un estrecho paso entre macizos de manglares, se adentró en una laguna, y en menos de 5 minutos (tal vez menos, pero el susto hizo que me parecieran más) de haber salido de Isla del Encanto, llegamos a Barú, que desde el mar se vimos así:

Cuando, para mi tranquilidad, pusimos pie en “el muelle internacional de Barú”,

“Muelle internacional” de Barú.
.
uno de los dos hombres le dijo a gritos a una niña que estaba en tierra firme que nos llevara donde Mariela —personaje que, como supimos luego, es como un ícono en esa zona, más que conocido de todos y responsable de los hechos que me pusieron suspicaz—, así que seguimos a la niña hasta que entramos en “downtown Barú” y poco después en la “Barú main street”.

Barú main street, con su “alta congestión” de tráfico automotor, como en todo el poblado,… en el que sólo hay alguna que otra moto.

Y allí, bajo uno de los árboles, esperaba la tan buscada Mariela.

El abrazo entre ella y Chepina fue del tipo que cabe esperar después de 22 años sin verse.

Y Juanchito, el hijo de Mariela, quien lucía así cuando de pequeño vivió en casa de Chepina,

y que había expresado serias dudas acerca de que ésta fuera a Barú, al fin lo creyó cuando la vio allí y pudo abrazarla.

y posar luego a su lado para esta foto,

Y aquí, Chepina junto a Juancho, el marido de Mariela y padre de Juanchito,

Luego de todos los abrazos y presentaciones, otra foto con pose:

El almuerzo, a base de pescado fresco, fue en casa de Mariela y con bastantes vecinos congregados en el terraplén frente a esa casa, y en el exterior de las casas vecinas, atraídos, supongo, por la novedad de nuestra visita.

Camino hacia el “muelle internacional de Barú”, y muy cerca de éste, un niño almorzaba feliz sentado a horcajadas sobre el mostrador de un “restaurante 5 estrellas” que anuncia su menú en un gran cartel. Y cuando una niña que estaba dentro del local se percató de que yo iba a tomarle una foto al niño, vino corriendo y se colocó junto a él.

A las 02:45 de la tarde abordamos, en el “muelle internacional de Barú”, esta lancha,

que, junto con Mariela, Juancho y Juanchito, nos llevó hasta Isla del Encanto desde donde a las 03:33 partimos, con mar picada y grandes saltos de la lancha, hacia la bahía de Cartagena, a la que llegamos, sanos y salvos —yo no lo podía creer— a las 04:30.

El domingo 16 de marzo de 2008 será recordado en los anales de la “metrópolis” de Barú como —parodiando a Woody Allen— “El día en que Chepina reencontró a Mariela”, y los baruleros (que éste es su gentilicio) recordarán también que Chepina llegó acompañada de un extraterrestre rubio y medio loco, pues sólo ese origen y condición puede tener —pensarán ellos— alguien que va al hirviente Barú vistiendo camiseta bajo una camisa de manga larga, pantalón de jean, y calzando sneakers (tenis) con medias gruesas y de caña alta hasta justo debajo de la rodilla.

Dejando de lado el sarcasmo, debo reconocer que la visita a Barú fue para mí como un viaje en el tiempo hacia una comunidad afroamericana de corte tribal que está a menos de 5 minutos en lancha desde un centro turístico del siglo XXI, y en la que todos parecen ser parientes en algún grado, y, por lo que vi, viven en paz y gracia de Dios, tienen abiertas siempre sus casas, y llevan una vida frugal con un mínimo de ropa y cero calzado, pues todos, tanto niños como adultos, andan descalzos.

El altruismo de esta gente tiene en Mariela un claro exponente, pues cuando hace años una de las mujeres del pueblo, que ni siquiera era pariente de Mariela, dio a luz a una niña, tuvo problemas después del parto, y al saber que iba a morir le pidió a Mariela que cuidara de su niñita recién nacida.

Al morir la madre, Mariela —y no para liberarse de ninguna responsabilidad sino para cumplir con una— buscó al padre de la criatura y le preguntó qué se haría con la niña. El hombre contestó que él no la quería, que Mariela y Juancho la registraran como suya, y se la quedaran.

Y así se hizo, sin mayor preocupación, estoy seguro, acerca de cómo o con qué recursos criarían ellos a esa niña. Pero Nathalie, que así se llama, tiene hoy 9 años y es el amor de Juancho que anda con el seso sorbido por esa niñita, que aparece en esta foto junto a Mariela y a Chepina

Mariela está a cargo de un taller de decoración de pareos pintados a mano sobre telas de algodón, que patrocina la llamada Fundación Aviatur

Aquí se la ve trabajando en uno de esos pareos.

Otras mujeres del pueblo trabajan también ahí,

Obsérvese el calzado, común a todos los baruleros.

Y las niñas se acercan para ir aprendiendo de las mayores.

.
Aunque en Barú tienen, además del taller de pareos, iglesia, escuela y centro de salud con médico residente, seguro estoy de que, así como los baruleros nada supieron sobre la crisis entre Venezuela, Ecuador y Colombia, tampoco saben —ni les importa— de la crisis financiera internacional, la devaluación del dólar, la guerra de Irak, el calentamiento global (al cual, por cierto, poco contribuyen ellos) u otras tantas cosas que a nosotros nos llenan de preocupaciones renovadas día tras día.

Durante la hora que tomó el regreso a Cartagena, yo no podía dejar de pensar que el mundo sería un mejor lugar si hubiera muchos Barú. Pero, de acuerdo a algunos planes, lamentablemente le queda poco tiempo a su relativo paradisiaco aislamiento y a su pacífica condición social.

En favor de Cartagena debo decir que sentí envidia al palpar y comprobar lo mucho que los cartageneros quieren a su tierra —sin caer en el rancio nacionalismo de otros latinoamericanos—, y lo mucho que respetan y respaldan al Presidente de su país.

8 comentarios sobre “[*FP}– Barú, turismo de aventura (2/2): El reencuentro

  1. Que bonito reencuentro, dile a Chepina que la felicito por su calidad humana. Me hiciste recordar que estuve en Bocachica, me impresionó la forma de vida que llevan, como se defienden y los felices que son, siempre sonrientes sin importar que ocurra… y no sienten calor…

  2. Carlos, gracias por hacer éste sueño realidad.

    Siempre quise hacer este viaje para volver a ver a Mariela y a su familia, y hacerles saber lo agradecida que estoy con ella, lo mucho que les quiero, y que tienen un lugar en mí corazón y en mi familia.

    También debo agradecerte el publicar los detalles de la aventura.

    Te quiero,
    Chepina

  3. Anjá, Chepinita, ¿y dónde dejas lo de “Una y no más, como El Alma de Tacande”?
    (-:

  4. Tienes razón en felicitarla, María Elena, pues al menos yo no he conocido a nadie —excepto mis hijas y Chepina, aunque, por supuesto, tiene que haber muchas personas así— que se haya interesado por la vida de alguna mujer de servicio que haya trabajado en su casa, y menos que se haya molestado en viajar a otro país para encontrarse con ella.

    Por lo que Chepina me ha contado, Mariela fue casi su brazo derecho, pues aparte de cuidar a sus dos hijos, en especial a la bebé, se ocupaba de la casa y hasta de comprar los comestibles y hacer luego la comida; y todo lo hacía bien, con dedicación y honestidad.

    Aún así, repito, hay que darle la razón a un primo mío que vive en El Paso y que cuando supo a qué habíamos ido a Colombia exclamó: “¡No lo puedo creer! Felicita a Chepina de mi parte porque ese gesto, muy poco común, habla muy bien de ella”.

    Así es mi Rabujita ….

  5. Muy sabroso el relato. Felicitaciones. Nobleza obliga, Chepina.

  6. Bello relato y un bello gesto de agradecimiento de Chepina, no encontramos a muchas personas así.

    No me extraña nada que al llegar a El Paso pude reconocer a Fernandito sin haberlo visto antes, pero con las descripciones de Carlos no me podía pelar.

    Albertina

  7. Gracias, Albertina, por lo que me corresponde.

    Carlos me ayudó a que esta demostración de cariño pudiera realizarse.

    Cariños,
    Chepina

  8. De alguna manera me trae a la memoria Macondo…

    Chepina, el aprecio es una de las tantas virtudes que tu tienes y agradezco tenerte como amiga. Que Dios te bendiga.

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