[*Opino}– Análisis de inversión

Lo que copio más abajo lo he recibido ya varias veces ─enviado por hombres, por supuesto─, obviamente traducido (y mal) del inglés, y con la aclaratoria de que fue un caso cierto publicado en un portal financiero de USA.

No creo que nadie use, para asuntos “del corazón”, un portal financiero, pero sí es posible que alguien haya ideado esta historia para dar una ingeniosa y elemental lección de finanzas basándose en las absurdas pretensiones de algunas (demasiadas) mujeres, y de cómo sus potenciales víctimas deberían analizarlas.

En la Canarias de mis tiempos, el caso expuesto por las muchas Rafaelas que allá había —o sea, la idea que del matrimonio tenían muchas mujeres que, por creer (a veces sin razón) que estaba buenas o eran bellas, aspiraban a cazar un príncipe azul forrado en plata— se exponía de forma mucho más cruda y directa: “Yo aporto el chocho, y tú todo lo demás”.

Para colmo, cuando muchas de ellas consiguieron con quien casarse, se supo de varias que no sabían usar bien la parte que aportaron al trato, o imponían condiciones de uso para conseguir más de “todo lo demás”.

Rafaelas ha habido siempre y siempre habrá. Es casi una condición femenina, ésa que hace que ellas se queden atónitas y mudas si la víctima potencial les pregunta “¿A cambio de qué?”.

Carlos M. Padrón

***

Una paradoja basada en consulta publicad en una página web.

Una mujer escribió pidiendo consejos sobre cómo conseguir un marido rico. Eso, de por sí, ya es gracioso, pero lo mejor de la historia es que un tipo le dio una respuesta bien fundamentada.

Exposición de ELLA

“Soy una chica de 25 años maravillosamente linda, bien formada y con clase. Quiero casarme con alguien que gane como mínimo medio millón de dólares al año.

¿Tienen en este portal algún hombre que gane 500.000 dólares o más? Quizás las esposas de los que ganen eso me puedan dar algunos consejos.

He estado de novia con hombres que ganan de 200 a 250 mil, pero no pueden pasar de eso, y 250 mil no me van a hacer vivir en el Central Park West.

En mi clase de yoga conocí a una mujer que se casó con un banquero y vive en Tribeca, y ella no es tan bonita como yo, ni es inteligente. Entonces, ¿qué es lo que ella hizo y yo no hice? ¿Cómo llego al nivel de ella?

Rafaela S.

Respuesta de Él

Leí su consulta con gran interés. Pensé cuidadosamente en su caso e hice un análisis de la situación.

Primero, no estoy haciéndole perder tiempo, pues gano más de 500 mil por año. Aclarado esto, considero el caso de la siguiente forma:

Lo que usted ofrece, visto desde la perspectiva de un hombre como el que usted busca, es simplemente un pésimo negocio. Y le explico por qué.

Su propuesta se basa en que usted pone la belleza física y yo pongo el dinero; eso está claro.  Sin embargo, existe un problema. Con seguridad, su belleza va a decaer, y un día se marchitará, y lo más probable es que mi dinero continúe creciendo. Así, en términos económicos, usted es un activo que sufre depreciación, y yo soy un activo que rinde dividendos. Y usted no sólo sufre depreciación, sino que, como ésta es progresiva, aumentará siempre.

Aclarando más, usted tiene hoy 25 años y va a continuar siendo linda durante los próximos 5 a 10 años, pero siempre un poco menos cada año. Y si al final de esos 10 años se compara con una foto de hoy, verá que ya está envejecida. Esto quiere decir que usted está hoy en ‘alza’, en la época ideal de ser vendida, no de ser comprada.

Usando lenguaje de Wall Street, quien la tuviera hoy debería tenerla en trading position (posición para comercializar), y no en buy and hold (compre y retenga), que es para lo que usted se ofrece.

Por tanto, y todavía en términos comerciales, un matrimonio (que es un buy and hold) con usted no es un buen negocio ni a mediano ni a largo plazo. Pero alquilarla sí podría ser, y hasta en términos sociales, un negocio razonable que podríamos discutir.

Yo pienso que mediante certificación de cuán ‘maravillosamente linda, bien formada y con clase’ es usted, yo, como probable futuro usuario de esa ‘máquina’, quiero lo que es de práctica habitual: Hacer una prueba —o sea, un test drive— para concretar la operación.

Si usted está de acuerdo, puedo hacerle espacio en mi agenda.

Jack Paul H.
Inversor

[*Opino}– Divorcios posvacacionales… y del resto del año

Un abogado especialista en divorcios me dijo hace años que el 90% de los casos que en su carrera había él manejado habían sido iniciados por la mujer.

Otro me dio cifras similares, y añadió que en la gran mayoría de los casos el hombre procede con más honestidad, respeta el “fair play”, mientras que la mujer tira a matar.

En el artículo que sigue se dice, hablando de los casos de divorcio imputables a las vacaciones de verano, que el 55% han sido iniciativa de la mujer.

Ante estadísticas así uno no puede menos que recordar que cuando alguien se mete en un pleito es porque piensa que va a salir ganando, y que, por tanto, si las “miembras” del mal llamado sexo débil se meten en el pleito que conlleva todo divorcio es porque saben que terminarán llevándose la mayor tajada de, entre otras cosas, el patrimonio conyugal.

Carlos M. Padrón

***

31.07.08

El último destino de vacaciones… los juzgados de divorcio

(PD).- Las vacaciones ponen a prueba a la pareja. De la noche a la mañana lo hacen todo juntos, con mucho tiempo por delante. Descubren así los dos lo ocupados que han estado el resto del año, y si pueden acortar distancias con la ilusión —casi— del primer día.

Según cuenta la revista Época, en ese periplo de sentimientos y constataciones varias, puede presentarse un panorama de relax y reencuentro, o salir a relucir las carencias que la relación arrastra. El destino final de muchas: una demanda de separación en septiembre.

De las 140.000 presentadas en 2007, un tercio se inició tras las vacaciones. Y no es un tópico: los que aún apuran el último cartucho para salvar su pareja saturan las consultas de los terapeutas en septiembre y octubre, después de que la convivencia les haya puesto en una vital disyuntiva en el plano emocional o sexual.

En lo que coinciden los expertos es en que el periodo estival siempre tiene relevancia. Las vacaciones “suman o restan para la pareja” -explica el psicólogo y sexólogo Antoni Bolinches; “en algunos casos sirven para que ambos cónyuges se den cuenta de que viven el resto del año focalizados en un proyecto personal, y se conciencien para aumentar la cohesión y mejorar el vínculo”. En otras, perciben que, una de dos, o esto ya no es lo de antes o que, sencillamente, ya no se soportan”.

Es cuando se produce lo que este profesional denomina “una crisis por inmersión en convivencia intensiva”, el desgaste de los compañeros que no habían notado previamente la falta de calidad de su relación.

La añoranza de tiempos mejores se da curiosamente en parejas que llevan uno o dos años juntos y perciben un cambio radical en el sentimiento o en la actividad sexual, explica Bolinches; “el enamoramiento se ha diluido”. Mientras que los que ya no aguantan compartir sus días con el otro se enfrentan a un conflicto larvado.

Y puede resultar aún más problemático cuando la insatisfacción surge sólo en una de las partes, que al reencontrarse con la otra se topa con el sacrificio de su estilo de vida habitual. Según un estudio del Institut Psicològic que dirige este profesional sobre parejas heterosexuales en terapia, de las parejas que decidían romper, el 55% lo hacía por iniciativa de la mujer; el 25% del hombre, y el 20%, de mutuo acuerdo. La desatención invernal.

Pero, ¿cómo ha transcurrido la relación antes de cargar el maletero? Hombres y mujeres se han volcado fundamentalmente en el trabajo, y en esa cotidianidad la convivencia ha quedado reducida a la mínima expresión. Los encuentros del día a día son puntuales y suelen darse al final de la jornada. Tras una rutina ordenada, las dificultades se camuflan con facilidad.

“Se van creando focos de insatisfacción”, advierte la psicóloga María Jesús Álava, “un ya lo hablaremos poco esperanzador. En vacaciones, el nivel de exigencia se eleva, y también la inflexibilidad”. El mes de convivencia conyugal, como explica el psiquiatra Jesús de la Gándara, examina cómo funcionan cuatro pilares: la convivencia, la coexistencia, la conversación y la compenetración.

No estamos acostumbrados a comer juntos, sin televisión, ni a escuchar y a dialogar. Y cuando las conversaciones comienzan con un tú dijiste, tú hiciste… ya se empieza a fallar; a veces no se quiere hablar o ya no se sabe cómo hacerlo.

Afloran entonces los reproches, quedando patente la insatisfacción de unas altas expectativas ante la etapa estival, cuando el resto del año exige igualmente que hagamos saber al otro que estamos dispuestos a escucharle, sin interferencias.

Antoni Bolinches también incide en cómo va minando la rutina: “No se deben hacer las mismas cosas, a la misma hora y del mismo modo. En el sexo y en la vida hay que variar el estímulo, el ritual. El verano es una oportunidad para regenerar la frecuencia de las relaciones —que se duplica o triplica—, gestionar pequeños conflictos y constatar que, pese a los años, se sienten unidos.

PD

[*FP}– El destape del fígaro

Carlos M. Padrón

Como ya puede deducirse de mi artículo Barbería unisex, en Olga y el tenorio y en Mujeres en su salsa, las barberías no son precisamente sitios de mi devoción. Voy a ellas cuando ya casi no me queda otro remedio, pues no he conseguido que mi mujer se atreva a cortarme el pelo. Si se atreviera, con gusto me arriesgaría a que los primeros cortes resultaran un desastre, pues, a diferencia de otras cosas, el pelo sí crece.

Las barberías son lugares de “habladera de paja” [1], como se dice en Venezuela, o sea, lugares donde el cliente jactancioso opina sobre política, cuenta chistes y relata sus proezas, sobre todo en deportes o con mujeres, confiado en que su barbero no va a contradecirle sino que aparentará creerle a pie juntillas; donde es el barbero quien trae a colación temas que no te interesan en lo más mínimo, pero, como eres prisionero de él y no quieres ser rudo, pues aparentas que le das importancia al cuento, y él sigue sin parar aunque —al menos lo hago así— uno le conteste con ocasionales monosílabos; donde, aunque no sea tu barbero el que hable paja sino que, respetuoso de tu silencio, permanezca callado, es uno de los otros barberos, o uno o más de los otros clientes, los que no paran de hablar paja, y, en ese caso, tu silencio y el de tu barbero sólo sirven para que tengas que escuchar, quieras o no, la paja de los demás; etc.

Llevado por la aversión que esto me produce, una vez estuve 75 días sin pasar por una barbería, lo cual no entenderían jamás algunos hombres que dicen que no van a cortarse el pelo cada semana porque no tienen tiempo.

Cuando oigo decir eso, pienso que es producto de masoquismo o, peor aún, de vanidad, pues he comprobado que los que frecuentan mucho las barberías no sólo se cortan el pelo, como es mi caso, sino que piden que se lo laven, le echen champú y lociones, les den masajes en el cuero cabelludo, les hagan las uñas, etc. Aunque a ninguno de mis barberos le guste, pido que simplemente me corten el pelo, y sin mojarlo ni antes del corte ni después. Y punto.

Por todo esto no me resulta fácil encontrar una barbería que me agrade, pues además quiero una que quede cerca de mi casa —antes la condición era que quedara cerca de mi lugar de trabajo— y que tenga estacionamiento fácil.

Una vez, allá por 1973, Manolo González, el amigo y compañero de IBM ya mencionado en No me tocaba ese día, me dijo que mi melena iba camino de emular a la de Einstein, aunque no así mi cerebro. Al reparar en la suya noté que mostraba un estilo de pelo corto, como el que me gusta (para que dure más), y le pregunté si sabía de algún barbero “decente”.

Me dijo que él iba a uno, de nombre Antonio y paisano mío —o sea, de Canarias— que trabajaba en una barbería ubicada en El Silencio, en el centro de Caracas, lugar que me convenía porque ahí estaban entonces las oficinas principales de la mayoría de los bancos que eran mis clientes, y lugar al que en aquella época todavía podía uno ir,… y salir con vida o sin que lo asaltaran.

Tomé nota de la dirección, y al día siguiente fui a esa barbería, pregunté por el tal Antonio, y éste me hizo un buen corte de pelo.

Desde esa primera vez evité decirle a Antonio que yo era también canario, pues eso habría disparado su verborrea. Sin embargo, mi amigo, el mismo que me había referido a él, se encargó de decírselo, y todas las demás veces que fui, Antonio no paraba de hablar de algo relativo a Canarias. Pero como yo iba una vez cada más o menos 45 días, y la ubicación de la barbería y el corte que me hacían eran de mi agrado, aceptaba resignado la cháchara de Antonio.

Un día alguien me dijo de un utensilio metálico que parecía un peine y que llevaba insertas unas hojillas. Si uno se lo pasaba por la cabeza como si se peinara con él, las hojillas cortaban el exceso de pelo, y así o se distanciaban las visitas a la barbería o se eliminaban del todo.

De inmediato compré uno de esos utensilios, y como mi mujer de entonces tampoco quería intentar siquiera cortarme el pelo, decidí que el utensilio lo usaría yo mismo.

En las áreas que me eran visibles mirándome al espejo logré un corte bastante potable, pero en la parte trasera de mi cabeza hice un desastre de marca mayor, de ésos que los barberos llaman “escaleras”. Como todo el que me conocía y me veía así me hacía bromas al respecto, fui a la barbería a ver si mi barbero Canario podía disimular las tales escaleras.

Antonio estaba atendiendo a otro cliente, pero al verme entrar me saludó y me comentó que había pasado mucho tiempo desde la última vez que yo había ido por allí, lo cual me dio pie para minimizar de alguna forma el ridículo de lo que yo me había hecho, y le dije que había estado de vacaciones en Mérida, y allá, como mi pelo estaba largo, había ido a una barbería local, y me lo cortó un barbero que no resultó nada bueno. Por el lugar donde yo estaba sentado, Antonio no podía ver la parte trasera de mi cabeza.

Cuando después de sentarme en su sillón, se dispuso a colocarme el paño que ataría a mi cuello, no había aterrizado aún el paño sobre mi pecho cuando el hasta entonces Canario sobrio y decente,emitió un estridente y espontáneo “¡¡¡Qué horrooooor!!!” con un tono de total amaneramiento que tuvo la virtud de hacer que una especie de descarga eléctrica circulara por todo mi cuerpo, y, nunca mejor dicho, los pelos se me pusieron de punta.

Como la desagradable sorpresa me dejó mudo, me fue fácil abstenerme de hacer comentarios, y sólo me limité a mirar de reojo a Antonio a través del espejo frente a mí.

Lo que siguió convirtió la descarga eléctrica en una de alto voltaje, pues Antonio, soltando el paño, que cayó flácido sobre mis rodillas, en un gesto de total amaneramiento, apoyó las yemas de sus dedos sobre mis parietales e hizo girar mi cabeza a derecha e izquierda —haciéndome sentir como la muchacha de El Exorcista— mientras, ya totalmente “partido” [2], exclamaba:

Pero, ¿¡quién le hizo esto!? ¿¡Cómo es posible que hayan podido hacerle algo así,… si USTED TIENE UNA CONFIGURACIÓN CRANEANA ¡¡¡BEEEEELLLA!!!?

Simplemente, yo no podía permitir que aquel tipo continuara tocándome, ni que estuviera cerca de mí, así que a millón me puse a pensar qué podía yo hacer para marcharme de inmediato.

Antonio me dio la excusa perfecta cuando, poseído de gran agitación y “partiéndose” ya del todo mientras gesticulaba su horror de pie tras el sillón y mirando a todos en la barbería, como para que vieran que él tenía razón, exclamó:

—¡Dios mío! Miren esto. ¡Esto no tiene arreglo posible! Hay que dar tiempo a que crezca el pelo.

De un salto me levanté del sillón, dejando que el paño cayera al piso —pensé que debía recogerlo, pero como para eso tendría que agacharme, no lo hice,… por si acaso— , y balbuceando que ya volvería yo cuando el pelo me creciera, abandoné a toda prisa la barbería a la que, por supuesto, no volví nunca más.

Cuando a mi amigo de IBM le relaté lo ocurrido, no me creía, pues, me dijo, Antonio nunca le había dado la más mínima muestra de amaneramiento, pero, por si fuera cierto lo que yo contaba, aguzaría sus antenas y, si detectaba algo, haría igual que yo hice: buscarse otra barbería.

***

[1]  Hablar de lo que no se sabe, decir tonterías, frivolidades o cosas sin fundamento o que no vienen al caso, generalmente con el ánimo de impresionar o llevado por la simple necesidad de hablar por hablar.

[2]  En Venezuela, cuando un hombre camina o gesticula de forma afeminada se dice que “se parte”; tal vez se usa el término ‘partir’ por el quiebre de cintura típico de los homosexuales. Y entre las sentencias acuñadas por Fernando Lacoste, uno de nuestros “filósofos” en la IBM de los ’60 y 70’, está ésta, destinada a “mitigar” los efectos de las burlas que los “partidos” recibían: “Todo hombre se parte al menos una vez al día”.

[*Opino}– Muestras de deterioro social

Carlos M. Padrón

He aquí dos verdaderas “joyas”:

Will Smith no sólo lidera la lista de las películas más vistas, sino que también encabeza la de los actores mejor pagados de Hollywood.

Periodista Digital, 24/07/08.

***

Mia Farrow pide mayor presión sobre la dictadura militar birmana.

La Vanguardia, 25/07/08.

¿Cómo es posible que un payaso como Will Smith sea el “actor” de las películas más vistas? ¿Y cómo es posible que esté mejor pagado que muchos otros que sí son ACTORES? Sólo faltaría que Jim Carry lo desbancara.

Y bueno, ¡por fin se vislumbra un arreglo en la situación de Birmania, pues Mia Farrow metió su mano en eso!

¿A quién carajo le importa, salvo a tontos de pura cepa, lo que diga Mia Farrow? ¿Y por qué un medio importante dedica tiempo y espacio y a lo que acerca de política internacional opine un personaje que si sabe de algo es, tal vez, de cine?

Son muestras del deterioro evidente de una sociedad en la que, como en todas partes, ha crecido mucho, y sigue creciendo, la mediocridad.

Ellos no saben de nada, pero de la basura en TV, sí.

[*FP}– Tal día como hoy, hace 47 años

26.07.2008

Carlos M. Padrón

En la mañana de un 26 de julio, tal día como hoy pero de 1961, puse pie por primera vez en Venezuela después de una travesía de una semana a bordo del “Bianca C” desde el puerto de Santa Cruz de Tenerife y en compañía de mis padres y mis dos hermanas.

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De izq. a derecha: María Celia Padrón (mi hermana mayor), María del Carmen Padrón (mi hermana menor), Victoria Pérez (mi madre), Tomás Padrón (mi padre), y Carlos M. Padrón. – Cuando hicimos este viaje, mi padre tenía la edad que tengo yo ahora,… y a mí me parecía un anciano. (Sin comentarios).

Por esa extraña percepción que acerca del tiempo se tiene a medida que se avanza en edad, me parece que fue ayer. Pero al rememorar lo sucedido desde entonces, son tantos los acontecimientos que desfilan por mi mente que no puedo evitar sentir el peso de los años.

Muchos parientes o conocidos de El Paso que habían estado ya en Venezuela y que, a diferencia de mí, estaban seguros de que yo no llevaría a cabo el loco plan que explicaré más abajo, sino que, al igual que mis hermanos, me quedaría en este país, me prepararon con palabras como éstas: “Engurúñate y traga en seco, porque los dos primeros años vas a querer largarte de Venezuela aunque sea nadando”.

Y así fue. Y ese deseo de largarme se veía aumentado porque nunca quise venir a Venezuela, y cuando mi padre insistió en que yo tenía que venir en condiciones similares a como lo habían hecho mis hermanos, dije que si tenía que emigrar de Canarias lo haría a Inglaterra o Alemania —donde entonces iban muchos jóvenes a trabajar como camareros—, pero no a Venezuela, pues aparte de que no quería dejar solo a mi padre, ya mayor, estaba el hecho de que las muestras del cambio operado en los que de cuando en cuando regresaban de Venezuela no me resultaban edificantes en modo alguno.

Si vine fue porque la poesía que escribí en diciembre de 1960 destinada a servir como tarjeta de navidad a mis hermanos Raúl y Tomás, que estaban en Venezuela desde 1946 y 1947 respectivamente, causó que ellos nos hicieran una invitación colectiva que de haber sido rechazada por mí habría disgustado tanto a mis padres como a mis hermanos y hermanas, pues la ilusión, en particular la de mi padre, era que viniéramos todos, y poder él volver a poner pie en la América que tanto añoraba. Pero su añorada América era Cuba, y su decepción fue grande cuando descubrió que Venezuela no se parecía en nada a la Cuba de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

No puedo por tanto decir que vine engañado, pues bien sabía yo que en el trasfondo de la invitación yacía el plan de que me quedara en Venezuela.

Y decidí quedarme, pero diciéndome para mis adentros que sólo por el tiempo necesario para, trabajando a todo gas, ahorrar unos 3.500 dólares que, según mis cálculos de estúpido drogamorado (valga la redundancia), era el dinero que yo necesitaba para volver a Canarias, comprar una casa de las prefabricadas en madera (nunca se me ocurrió pensar que necesitaría también un solar donde montarla) y casarme.

Pero, por supuesto, por efecto del prejuicio que por años hizo que yo me negara a venir a este país, mis primeras impresiones acerca de él fueron todas malas, comenzando por la que me causó el puerto de La Guaria, del que tomé esta mi primera foto de Venezuela y en Venezuela:

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Lo que de esa ciudad y sus alrededores se veía desde el barco no fue nada agradable, y tampoco me gustó lo más de lo que en los siguientes meses pude ver.

Agosto/1961 lo dedicamos a ir por carretera a bordo de la camioneta Plymouth 1959 que mi hermano Raúl había comprado para tal fin, un vehículo en el que podían viajar sentadas nueve personas, y nueve (“El clan de los 9”) éramos en el grupo: Mi padre, mi madre, Raúl mi hermano, su mujer y sus dos hijas; mis dos hermanas y yo. A la fecha sólo quedamos 6.

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Parte trasera de la camioneta Plymouth. – De izq. a derecha: Ada Padrón (hija mayor de mi hermano Raúl), Carlos M. Padrón, Marité Padrón (hija mayor de mi hermano Tomás, sentada sobre mi pierna), Elsa Padrón (hija menor de mi hermano Raúl).

Hicimos un largo recorrido visitando a los parientes y a los ex vecinos de El Paso que vivían en lugares del interior de Venezuela. Así estuvimos en Valencia,

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Mi primera visita al Campo de Carabobo. Los 9 pasajeros de la camioneta, “El clan de los 9″. De izq. a derecha: Elsa Armas (esposa de mi hermano Raúl), Raúl Padrón, Tomás Padrón (mi padre), Victoria Pérez (mi madre), Elsa Padrón (delante de mi madre. Hija menor de Raúl mi hermano), Carlos M. Padrón (detrás), María Celia Padrón (mi hermana mayor), María del Carmen Padrón (mi hermana menor), Elsa Padrón (hija menor de mi hermano Raúl).

Yaritagua y Barquisimeto,

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El primer tren “en vivo” que vi en mi vida fue éste, en Barquisimeto. De izq. a derecha. Detrás: María Celia Padrón, Elsa Armas, María Victoria Sosa (vecina en El Paso), Victoria Pérez, María del Carmen Padrón, Rapul Padrón. – Delante: Elsa Padrón, Ada Padrón.

Acarigua y Guanare,

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Uno de los puentes entre Acarigua y Guanare, sobre un río por el que todavía corría agua.

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A los recién llegados de Canarias nos impresionó esta estructura metálica. De ahí que yo pidiera que me tomaran una foto con el río al fondo, el primer río grande que vi en mi vida.

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El Tocuyo,

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Una vista de El Tocuyo de aquella época. Nunca más he vuelto ahí.

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En el río El Tocuyo, primero en que mojé mi humanidad. “El clan de los 9″ y María Victoria Sosa, quien fuera vecina nuestra en El Paso.

y Humocaro. Antes y después de Humocaro, todo por una carretera de tierra, los pinchazos de cauchos (neumáticos) fueron muchos,

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Saliendo de Humocaro. Vista lateral de la Plymouth parada por causa de uno de los tantos pinchazos. Mi padre apoyado en ella, y mi madre y mi hermana menor observan desde atrás, cerca de un par de campesinos que se acercaron a ayudar.

y las sorpresas de ver en qué condiciones vivían algunos parientes dedicados al cultivo de papas fueron dolorosas. Pero a todo esto, y a guisa de explicación, mi hermano Raúl decía algo que yo no entendía: “¡Esto es Venezuela!”.

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Esta chabola estaba enclavada al descampado en medio de una hacienda que trabajaba como medianero un pariente nuestro,… cuya vivienda era esa chabola. Cuando mi madre lo supo, rompió a llorar.

En septiembre/1961 conseguí mi primer trabajo como contador (contable) en una tienda de electrodomésticos que estaba ubicada en el centro de Caracas. Para llegar a ella y regresar a casa de mi hermano, donde yo vivía, usaba lo que entonces llamaban un “carrito por puestos”, que no era otra cosa que un carro (coche) que cobraba por la ocupación de cada uno de sus puestos.

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Mi primera visita al balneario de Los Caracas. De izq. a derecha. En pie: Mi padre, mi madre, ¿?, mi hermano Raúl (su hija Ada delante de él), mi hermana María Celia, Elsa Armas. – En cuclillas: Elsa Padrón, mi hermano Tomás sosteniendo a su hija Marité Padrón, Teresa Delgado (esposa de mi hermano Tomás), y mi hermana María del Carmen.

Cada viaje en esos carritos me resultaba un calvario porque lo que hablaban el chofer o los pasajeros era para mí como chino. Así que para no correr el riesgo de no entender lo que mi interlocutor me dijera, y meterme por ello en problemas, llevaba exacto el dinero para pagar mi pasaje (50 céntimos de bolívar), y al entrar me limitaba a dar las buenas horas y decirle al chofer hasta donde quería yo que me dejara.

En marzo/1962 conseguí otro trabajo —esta vez en una compañía de un tal Floreal que vendía artículos de propaganda— como encargado de la correspondencia en inglés con las empresas de USA que en bolígrafos, llaveros y otros objetos que suelen darse como regalos promocionales, se encargaban de imprimir en ellos los mensajes, logos, etc. que uno les pidiera.

Con ese cambio dupliqué mi sueldo pero no mejoré mi situación laboral, pues de las manos de un judío pasé a las de un catalán, lo cual no tiene nada malo per se excepto porque estos dos eran de los que contribuyen eficazmente a consolidar la mala fama de sus respectivos gentilicios.

Con más ingresos aumentaron mis esperanzas de poder conseguir la deseada meta y dejar atrás este país en el que al menos una vez por semana me llamaban, con desprecio e ira, “Musiú”, o sea, extranjero; y un par de veces me amenazaron con una pistola.

“Musiú”, degeneración de la palabra francesa “Monsieur”, se usaba para denominar, de forma peyorativa, a los extranjeros, en particular a los que, como yo, éramos catires (rubios), de piel blanca y ojos claros.

Como ya contaré en más detalle en otros artículos, de los dominios de Floreal pasé a Olivetti (Sept./1962) y de ésta —luego de un obligado puente de seis meses en Prodaca, un data center— a IBM (Oct./1969).

Aunque a poco de estar en Olivetti conseguí que mis ahorros llegaran al monto que estúpidamente me había fijado como meta para regresar a Canarias, también había conseguido para entonces una perspectiva más real del mundo en que vivía, y un creciente y extraño atractivo por el trabajo que yo debía hacer.

Esta perspectiva y este atractivo tuvieron la virtud de hacer que el otrora firme deseo de regresar a Canarias viniera a menos hasta que su lugar fue ocupado por la convicción de que en Canarias no podría yo conseguir el futuro que en Venezuela vislumbraba. Y esa convicción se consolidó cuando por fin pude entrar a trabajar en IBM.

Salvo por el tiempo que mi trabajo me mantuvo fuera de Venezuela, he estado aquí durante 47 años durante los cuales vi cómo este país fue subiendo hasta niveles inimaginables en 1961, y cómo luego se ha venido abajo hasta alcanzar, en ciertas áreas, niveles inferiores a los de 1961.

A quien antes de 1964 me hubiera dicho que yo permanecería en Venezuela por 47 años le habría contestado que estaba loco. Pero hoy debo reconocer, como he reconocido desde hace mucho tiempo, que los tres mejores regalos que la vida me ha dado han sido mis dos hijas e IBM, la que por muchos años fuera la mejor compañía del mundo.

Hay más —como Chepina, por ejemplo— pero llegaron a mí por vía de IBM, como también me llegaron por esa vía mi crecimiento personal y profesional, mi mayor dominio del idioma inglés, mis visitas, a veces repetidas, a 36 países de este mundo, mi roce con la cultura de un par de ellos en los que viví por mucho tiempo, etc.

Tal vez alguien piense que el regalo que representan mis dos hijas igual podría haberlo recibido yo estando en Canarias. Pero no, pues el que ellas —ELLAS, y no otras— hayan nacido cuando nacieron, y no antes ni después, fue consecuencia directa del estilo de vida imperante entonces en Venezuela, algo que condicionó nuestros hábitos y costumbres.

Por esos tres regalos, ¡gracias, Venezuela!

Después de 47 años, al mirar hacia atrás reconozco cuán difícil fueron los comienzos de mi vida como emigrante, no deja de asombrarme que algo tan simple cómo un poema familiar alterara de forma tan radical el curso de mi vida, y no dejo de lamentar que mis hijas no hayan vivido de cerca la parte positiva del ambiente que allá en Canarias me formó a mí, y al que al menos pude haberlas acercado si las vivencias personales fueran transferibles, pero no lo son.

He escuchado que cuando alguien está a punto de morir ahogado, en apenas unos segundos desfila por su mente toda la historia de su vida hasta ese momento.

Si por obra de algo similar pero a la inversa hubiera yo podido vislumbrar cómo iba a ser mi futuro si yo subía al “Bianca C” aquel 19/07/1961, lo más probable es que no hubiera subido, pues habiéndome formado en un medio fuertemente controlado por el dúo Estado-Iglesia, con la estrechez de miras que entonces existía en ese medio, y con el efecto de la gran limitación geográfica en que, además de por archipiélago de pequeñas islas, nos sumía el aislamiento en que Canarias estaba por efecto de la lejanía de centros desarrollados, no creo que hubiera tenido yo discernimiento para conseguir el valor que me permitiera iniciar lo que, en lo tocante a mi destino, fue un viaje sin retorno.

La falta de experiencia de la juventud es algo obligado para que podamos aprender las lecciones de la vida.

[*Opino}– España y el aire acondicionado

Creo que el problema es sugestión basada en la manía que en España le tienen al aire acondicionado que, además, en la mayoría de los lugares donde lo hay —hoteles incluidos— no pasa de “acondisoplado”, pues sólo sopla y apenas enfría. Así lo conté ya en Impresiones de un viaje por España. Diez años después.

Los muchos que opinan que el aire acondicionado causa estos males, ¿qué harán si alguna vez tienen que entrar en un quirófano para una intervención quirúrgica? ¿Pedirán que apaguen el aire acondicionado, o se pondrán medias gruesas, gorro con orejeras y ropa de invierno, con bufanda y demás?

Si ya han pasado por un quirófano, ¿se enfermaron por eso?

Lo que estos usuarios aseguran no es necesariamente cierto. Aparte de casos de alergia, me temo que el resto se trata de somatización basada en sugestión y en el prejuicio contra el aire acondicionado.

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Publicado en La Vanguardia (España) del 22/07/08:

El 20% de los usuarios de aire acondicionado sufren problemas respiratoriosMadrid. (EUROPA PRESS).- El 20% de los usuarios de aire acondicionado en España aseguran haber sufrido problemas respiratorios derivados de su utilización, en su mayoría resfriados (32%), dolores de garganta (27%) y enfriamientos (11%),…

[*ElPaso}– Acto de presentación de «Memorias al viento», poesías de Antonio Pino Pérez: Intervención de su hija, Rosario Pino

El Paso, 26 de agosto de 1982

Rosario Pino Pérez

Mi presencia aquí, y mis palabras, sólo se justifican por razones afectivas. Este acto de presentación del libro de poesías de Antonio Pino tendría un carácter muy distinto en cualquier otro contexto; pero en esta Isla, en su Pueblo y con todos nosotros aquí, se torna un acto, sobre todo, entrañable, cordial.

Lo que yo pueda decir no pretende ser un retrato cabal de Antonio Pino, sobre todo porque me faltaría el distanciamiento crítico necesario para tomar la perspectiva adecuada. Tampoco quiero que sea una exaltación de su persona, a la que naturalmente me sentiría inclinada por la admiración que tuve siempre por mi padre y que se acrecienta al paso del tiempo, por esa dinámica del “optimismo del recuerdo” de que hablara Bergson. Y, por supuesto, sobraría en este contexto una nota biográfica que, por otra parte, está incluida en la solapa del libro objeto de presentación. Únicamente intentaré poner de relieve algunas de las que, a mi parecer, eran líneas dinamizadores de su persona, ideas básicas, con las que intentó ser coherente en sus actuaciones.

Para los que le conocieron, y creo que son la mayoría de ustedes, no aportaré nada nuevo porque —y ésta es una de las primeras cosas que debo subrayar— él era, según sus propias palabras, “de esos hombres abiertos, derramados…”. No hacía falta tener un contacto diario ni demasiado íntimo con él, para conocerlo, para saber de sus ocupaciones y preocupaciones, de su forma de sentir la tierra y, en general de su talante.

“De esos hombres abiertos, derramados, que dicen con rudeza cuanto sienten…” pero que también callaba por fidelidad a los secretos que se le confiaban o por elemental prudencia. Y decía, no sólo con rudeza, también con ironía unas veces y con exquisita delicadeza otras, como cuando nos recitaba sus propios verso o los versos de sus poetas preferidos, que guardaba en su envidiable (al menos para mi) memoria.
Entre esos muchos poetas preferidos figuraban León Felipe y Antonio Machado. Yo diría que se sentía muy identificado con el poema “Romero” del primero y con el “Autorretrato” del segundo, al menos en gran parte de este.

De Felipe:

“Ser en la vida romero,
romero solo que cruza
siempre por caminos nuevos,
pasar por todo una vez,
una vez solo y ligero.
Que no se acostumbre el pie
a pisar el mismo suelo”.

Creo que le molestaba la vida rutinaria y monótona, y así, en su trabajo profesional, muchas veces mecánico, encontraba la novedad diaria que le ofrecía el trato cercano y cordial con los pacientes que asistían a su consulta.

“Ligero siempre ligero”… Trató de no tener lo que el llamaba “impedimenta”, refiriéndose a todas aquellas cosas que dificultan nuestra andadura en la vida, distrayéndonos de lo fundamental. Se sentía con las raíces bien hundidas en la tierra, pero quería seguir creciendo, como los pinos que tantas veces contempló y de los que tanto le gustaba oír el suave murmullo en el diálogo con la brisa cuando los besa y acaricia.

Como Machado, acudió a su trabajo mientras pudo, para ganar el sustento”el traje que me cubre y la mansión que habito, el pan que me alimenta y el lecho donde yago”. No se creó falsas necesidades ni se afanó en acumular riquezas, y así, según su deseo, lo encontró la muerte: “ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar” del poema machadiano.

Creo que tuvo una obsesión en su vida: buscar la verdad. La buscó en los libros —lector incansable— pero, sobre todo, la buscó en la vida . Era muy frecuente encontrarlo ensimismado repensando los acontecimientos, los encuentros… Cuando descubrió metas, a su parecer valiosas, se puso todo entero a luchar por conseguirlas, intentando ser fiel a lo que le parecía justo. Pues, como dice en su poema “Epifanía”, en la vida tenemos que cumplir una misión, y lo que importa es ser fieles y abnegados en la lucha. La vida “es sólo un acto de servicio”, son sus palabras, y vale la pena el empeño por servir sin escatimar energías. Dice en su autorretrato:

                                 SOY

“De los que viven y se dan confiados,
y en alegría su dolor convierten,
ni la traición ni el desamor advierten
a sus propios amores consagrados

De los que alcanzan luz entre las sombras
y, cuando pasan, ni el rencor los nombra
porque en la vida fueron generosos”.

Pero, como dije al comienzo, no pretendo hacer ni un retrato completo ni un panegírico. Termino, pues, recordando aquellos últimos días de septiembre de 1970, en que se fue de entre nosotros. Me sobrecogió saber que, el día que nos dejaba, los pinos de la Cubre Nueva se incendiaron como en un postrero adiós al que tanto empeño había tenido en darles vida. Y ya en el cementerio, entre el olor a romero, corre la noticia de un pequeño accidente ocurrido al sepulturero. Le dan sepultura sus amigos, como para hacer que se cumplieran aquellas palabras del poema “Romero” que tanto a él le gustaba:

“No sabiendo los oficios
los hacemos con respeto.
Para enterrar a los muertos
como debemos,
cualquiera sirve,
cualquiera,
menos el sepulturero”.

[*ElPaso}– Gato atraído por los «conejos»

18-07-2008

Carlos M. Padrón

 

Victoria era, y es, una morena que para entonces vivía en El Paso con su esposo Domingo en una casa de dos plantas cuyo único baño estaba en la planta baja y el dormitorio en la alta.

 

En El Paso y en  aquella época —comienzos de los años 60— no era costumbre que las mujeres se depilaran, y Victoria tenía abundante vello en las axilas y en el paraje al que Shakesperare se refirió con la rebuscada frase “el bello muslo y parajes adyacentes”.

 

Como ya dije en el artículo  Insultos (de Canarias)  para nosotros, los canarios, chocho es, además de altramuz, uno de los nombres que se le da a la vulva;  otro es conejo (1), términos ambos que por su “delicadeza” contrastan con el rebuscado eufemismo usado por Shakespeare y que me hacen recordar la forma en que Benanceo, un famoso mendigo y fumador empedernido de la Santa Cruz de Tenerife de los años 50, se refería al dicho paraje, pues con tal de conseguir cigarrillos, Benanceo, que se las daba de poeta, se apostaba en una plaza y cuando pasaba algún transeúnte que fuera fumando lo interceptaba y le decía,

 

El día en que tú naciste

nacieron todas las flores.

Por eso, amigo mío,

¡dame un cigarro!

 

o, para variar —supongo que dependiendo del “pelaje” del transeúnte abordado—, usaba esta otra cuarteta,

 

Tienes un conejo, Flora,

de pelo negro y rizao,

que cada vez que lo veo

me pongo to’ alborotao.

¡Dame un cigarro!

 

Pues bien, Domingo y Victoria tenían en su casa un gato (macho, por si las feministas) que por lo extrañamente casero había devenido, sobre todo para Victoria, en una muy querida mascota más que en un animal utilitario para la caza de ratones.

 

Un día en que Victoria, terminadas las tareas domésticas, necesitaba ir a La Plaza a efectuar otras, tomó un baño y, consciente de que en la casa no había más nadie, decidió ir desnuda al dormitorio.

 

Cuando comenzó a subir la escalera reparó en que el gato estaba sentando, como esperándola, en la parte más alta de ésta, lo cual era normal, pero no fue normal en absoluto que cuando el monte de Venus de Victoria, densamente poblado de negro vello, entró en la línea visual del felino, éste, motivado por sabe Dios qué (1), erizó los pelos de su lomo y emitiendo un fiero maullido se lanzó, con sus garras por delante, contra el conejo de Victoria, e infirió a su dueña varios rasguños en la pelvis, en la unión entre los muslos, en el susodicho paraje Shakesperiano, y en la piel oculta por el tupido follaje del tal monte.

 

Además del susto, el dolor de los rasguños era fuerte, por lo que Victoria corrió a echarse alcohol en ellos, luego de lo cual, y para esperar a que se le pasaran el susto y los ardores causados por el alcohol vertido en las heridas, se puso una bata de casa, de esas largas que llegan hasta los tobillos, y, cubierta sólo por esa prenda, se echó en la cama y comenzó a cavilar cómo diablos iba a explicarle a su marido el origen de los rasguños.

 

Que habían sido obra del gato era, además de absurdo, hasta peligroso, pues Domingo podría pensar que ella había querido hacer que el gato se interesa por los conejos de forma diferente a como lo hacía por los ratones, pero, ¿qué otras cosa podría decirle?

 

Torturada por este dilema dejó para otro momento lo que tenía que hacer en La Plaza, y así como estaba se quedó hasta que llegó su marido. Al entrar éste al dormitorio y ver a su mujer echada en la cama a aquella hora del día y con aquel atavío no pudo menos que sorprenderse y preguntar el motivo. Y Victoria, sin más, le dijo:

 

—Mira, Domingo, tú podrás creerme o no, pero cuando después de bañarme subía yo desnuda por la escalera, el gato se me abalanzó y me hizo estos rasguños, que me duelen todavía bastante. No puedo darte otra explicación porque ésa es la verdad.

 

Y dicho esto —y así como estaba, echada en la cama boca arriba—, retiró de golpe la bata, quedando totalmente desnuda, y abrió sus piernas mientras con las manos separaba el tupido follaje para que Domingo pudiera ver los más íntimos y dolorosos rasguños.

 

En corroboración de que no hay mal que por bien no venga, ocurrió que este strip-tease hecho por Victoria, sorpresivo por lo poco frecuente, tuvo la virtud de exacerbar la libido de Domingo, y lo que siguió entre él y Victoria vino a convertir al gato en un potente e involuntario afrodisíaco, según todavía hoy cuenta Victoria, con su notable gracia natural, cada vez que los familiares o amigos le tiran de la lengua acerca de ese incidente.

 

***

 

(1) Para los useños, uno de los nombres es ‘pussy’ (= gatito), y ésta es ya una coincidencia que cae en los dominios de la Gramática Generativa. Veamos. Tal vez el ataque llevado a cabo por el gato de Victoria tuvo como móvil (ojo, me refiero a lo que realmente es móvil, no a un teléfono celular) unos justificados y atávicos celos, porque en ese íntimo paraje femenino, los gatos, que por ciencia infusa saben inglés, ven a un congénere, y el felino de Victoria se sintió amenazado por la sorpresiva presencia de un para él inesperado competidor que, además, venía montado sobre la humanidad de su querida dueña, y en un lugar al que a él nunca le habían permitido llegar.

 

El análisis detallado y profundo de esta importante hipótesis lo dejo a cargo de los estudiosos de la psique gatuna, y, en caso de que prueben que es cierta, reclamo desde ya mi parte del crédito.

 

[*Drog}– Mujeres en su salsa

Como corroboración del dicho “La lengua es castigo del cuerpo”, después de haber publicado «Barbería unisex» y ante la cada vez mayor escasez de barberías sólo para hombres —al menos en lugares que me resulten accesibles—, para que me corten el pelo he tenido que caer en una peluquería que, aunque desde afuera parece que fuera sólo para damas, es unisex, y es una mujer la que me ha cortado el pelo.

Me dicen que muchas de las peluquerías que antes eran sólo para damas, son ahora unisex. Vamos bien; mientras no haya peluqueros….

He ido sólo dos veces y, sobre todo al salir de la segunda, cuando tuve que permanecer en el local durante una hora, lo hice impactado al haber palpado en vivo el comportamiento y temas de interés de las aproximadamente quince (15) damas que, promediando las dos visitas, había en el local.

En las barberías, o peluquerías para sólo hombres, las conversaciones, tanto de parroquianos como de barberos, giran en torno a deporte, política o mujeres, y sólo una minoría de clientes piden que les hagan manicure y otras mariqueras; los más piden servicios de apenas unos 20 minutos y se van.

En las de damas, y según me ha dicho la muchacha que me ha cortado el pelo las dos veces, las clientes están en promedio entre hora y media y dos horas. Y los temas —escuchados por mí— son moda, desempeño de féminas en eventos sociales, chismes acerca de otras mujeres, bodas (sin mención del novio), y otros de una frivolidad que espanta. Detalle curioso: no escuché que ninguna hablara de hombres.

Viendo y escuchando todo aquello tuve que preguntarme: ¿Son éstas las mujeres que van a educar a las nuevas generaciones? ¿Qué habría sido de la Humanidad si su desarrollo hubiera estado encomendado desde el comienzo a mujeres que tuvieran el entonces equivalente del comportamiento e intereses de éstas que encontré en la peluquería? Estaríamos aún en la Edad de las Cavernas (pero, eso si, ellas estarían coquetamente decoradas).

Probablemente, sería de gran beneficio social que todo hombre que pensara casarse pudiera ver, sin ser visto, cómo se comporta su novia en una peluquería; escuchar lo que dice, de qué habla, cuáles son las opiniones, intereses, prioridades, etc. que expone ante las clientes y peluqueras. En fin, que pudiera tener una muestra de cómo es su novia cuando, no estando él presente, se reúne con otras mujeres; o sea, cuando ella está en su salsa. Tal vez se lleve una grata sorpresa o un gran desengaño.

Lo que sigue tiene que ver mayormente con las mujeres del tipo que producirían ese desengaño.

En «Travestidas para triunfar« dije que salvo en casos puntuales, casi siempre de caza del varón, las mujeres no se maquillan, trajean, enjoyan, se hacen cirugía estética, etc. para gustar a los hombres sino para ver de deslumbrar y “darle casquillo” a otras mujeres. Por tanto, quienes crean que las mujeres se arreglan para deslumbrar a los hombres están equivocados de cabo a rabo. En reflejo de esto, presencié cómo al ausentarse una de las clientes —ya bien peinada, acicalada, maquillada, etc.; en fin, disfrazada— de inmediato se iniciaba una conversación de crítica hacia ella.

Sus bodas, que para ellas revisten una importancia capital, son SUYAS; es SU evento social. El novio está ahí porque es un accesorio necesario, no porque realmente importe como figura de relevancia.

El Dr. M. Scott Peck, alguien mucho más autorizado que yo, escribió que el drogamor y consiguiente matrimonio “es una trampa de la Naturaleza que busca perpetuar la especie”. Por esto, una vez que llegan los hijos, la mujer se concentra en ellos, en ejercicio del rol de madre —muy pocas veces de madre “biorracional”; las más, de madre “bioanimal”, según ya dije en «El (drog)amor es ciego … y maternal«— para el que fue primordialmente creada, y, a los ojos de su mujer, el marido pasa a tener el rol de proveedor, de alguien a quien la mujer necesita para que la mantenga a ella y, en especial, a sus crías, que, ¡ojo!, son las crías DE ELLA, pues así es como la mujer las ve.

Lo que copio más abajo, extracto del artículo titulado “El Supremo alemán concede devolver los gastos de crianza a un padre engañado que crió tres niños ajenos” y publicado en La Vanguardia (España) el 17/04/08, es una buena muestra de esto.

Ante un cuadro así uno se pregunta hasta cuándo va a durar este estado de cosas en la relación hombre-mujer, y logra entender por qué en los bajos estratos sociales son tantas las mujeres que, tratando de retener al hombre de turno, quedan preñadas de él deliberadamente, aunque se llenen de hijos.

Otro fenómeno al que puede apostarse con altas posibilidades de acertar es el de que la mujer divorciada que consigue nuevo marido, buscará tener un hijo con él, pero sólo uno. No importa que ya ella tenga hijos del marido anterior, de éste necesita uno para ver de “amarrarlo”, para reducir las probabilidades de ser abandonada y verse de nuevo sin un proveedor.

Termino con este PPS (tiene sonido) que enaltece las facetas realmente valiosas de la mujer, ninguna de las cuales está entre las arriba descritas:

17/04/2008

El Supremo alemán concede devolver los gastos de crianza a un padre engañado que crió tres niños ajenos.

Berlín. (EFE).- El Tribunal Supremo Alemán dio hoy la razón a un hombre que exige la devolución de los gastos de crianza de tres llamados «niños cuco», que resultaron no ser sus hijos y que ahora viven con su antigua esposa y el verdadero padre. Los jueces del tribunal con sede en Karlsruhe dictaminaron que el demandante tiene derecho a reclamar del auténtico padre el dinero que lleva invertido desde hace años en los tres hijos que resultaron no ser suyos y cuya manutención se ve obligado a seguir pagando, pese a no ser su verdadero progenitor.

El término «niños cuco» es utilizado en Alemania —en referencia al pájaro que pone sus huevos en nido ajeno— para aquellos menores que son criados por padres engañados por sus esposas y que son fruto de una relación con otros hombres.

La Vanguardia