[*FP}– Tal día como hoy, hace 47 años

26.07.2008

Carlos M. Padrón

En la mañana de un 26 de julio, tal día como hoy pero de 1961, puse pie por primera vez en Venezuela después de una travesía de una semana a bordo del “Bianca C” desde el puerto de Santa Cruz de Tenerife y en compañía de mis padres y mis dos hermanas.

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De izq. a derecha: María Celia Padrón (mi hermana mayor), María del Carmen Padrón (mi hermana menor), Victoria Pérez (mi madre), Tomás Padrón (mi padre), y Carlos M. Padrón. – Cuando hicimos este viaje, mi padre tenía la edad que tengo yo ahora,… y a mí me parecía un anciano. (Sin comentarios).

Por esa extraña percepción que acerca del tiempo se tiene a medida que se avanza en edad, me parece que fue ayer. Pero al rememorar lo sucedido desde entonces, son tantos los acontecimientos que desfilan por mi mente que no puedo evitar sentir el peso de los años.

Muchos parientes o conocidos de El Paso que habían estado ya en Venezuela y que, a diferencia de mí, estaban seguros de que yo no llevaría a cabo el loco plan que explicaré más abajo, sino que, al igual que mis hermanos, me quedaría en este país, me prepararon con palabras como éstas: “Engurúñate y traga en seco, porque los dos primeros años vas a querer largarte de Venezuela aunque sea nadando”.

Y así fue. Y ese deseo de largarme se veía aumentado porque nunca quise venir a Venezuela, y cuando mi padre insistió en que yo tenía que venir en condiciones similares a como lo habían hecho mis hermanos, dije que si tenía que emigrar de Canarias lo haría a Inglaterra o Alemania —donde entonces iban muchos jóvenes a trabajar como camareros—, pero no a Venezuela, pues aparte de que no quería dejar solo a mi padre, ya mayor, estaba el hecho de que las muestras del cambio operado en los que de cuando en cuando regresaban de Venezuela no me resultaban edificantes en modo alguno.

Si vine fue porque la poesía que escribí en diciembre de 1960 destinada a servir como tarjeta de navidad a mis hermanos Raúl y Tomás, que estaban en Venezuela desde 1946 y 1947 respectivamente, causó que ellos nos hicieran una invitación colectiva que de haber sido rechazada por mí habría disgustado tanto a mis padres como a mis hermanos y hermanas, pues la ilusión, en particular la de mi padre, era que viniéramos todos, y poder él volver a poner pie en la América que tanto añoraba. Pero su añorada América era Cuba, y su decepción fue grande cuando descubrió que Venezuela no se parecía en nada a la Cuba de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

No puedo por tanto decir que vine engañado, pues bien sabía yo que en el trasfondo de la invitación yacía el plan de que me quedara en Venezuela.

Y decidí quedarme, pero diciéndome para mis adentros que sólo por el tiempo necesario para, trabajando a todo gas, ahorrar unos 3.500 dólares que, según mis cálculos de estúpido drogamorado (valga la redundancia), era el dinero que yo necesitaba para volver a Canarias, comprar una casa de las prefabricadas en madera (nunca se me ocurrió pensar que necesitaría también un solar donde montarla) y casarme.

Pero, por supuesto, por efecto del prejuicio que por años hizo que yo me negara a venir a este país, mis primeras impresiones acerca de él fueron todas malas, comenzando por la que me causó el puerto de La Guaria, del que tomé esta mi primera foto de Venezuela y en Venezuela:

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Lo que de esa ciudad y sus alrededores se veía desde el barco no fue nada agradable, y tampoco me gustó lo más de lo que en los siguientes meses pude ver.

Agosto/1961 lo dedicamos a ir por carretera a bordo de la camioneta Plymouth 1959 que mi hermano Raúl había comprado para tal fin, un vehículo en el que podían viajar sentadas nueve personas, y nueve (“El clan de los 9”) éramos en el grupo: Mi padre, mi madre, Raúl mi hermano, su mujer y sus dos hijas; mis dos hermanas y yo. A la fecha sólo quedamos 6.

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Parte trasera de la camioneta Plymouth. – De izq. a derecha: Ada Padrón (hija mayor de mi hermano Raúl), Carlos M. Padrón, Marité Padrón (hija mayor de mi hermano Tomás, sentada sobre mi pierna), Elsa Padrón (hija menor de mi hermano Raúl).

Hicimos un largo recorrido visitando a los parientes y a los ex vecinos de El Paso que vivían en lugares del interior de Venezuela. Así estuvimos en Valencia,

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Mi primera visita al Campo de Carabobo. Los 9 pasajeros de la camioneta, “El clan de los 9″. De izq. a derecha: Elsa Armas (esposa de mi hermano Raúl), Raúl Padrón, Tomás Padrón (mi padre), Victoria Pérez (mi madre), Elsa Padrón (delante de mi madre. Hija menor de Raúl mi hermano), Carlos M. Padrón (detrás), María Celia Padrón (mi hermana mayor), María del Carmen Padrón (mi hermana menor), Elsa Padrón (hija menor de mi hermano Raúl).

Yaritagua y Barquisimeto,

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El primer tren “en vivo” que vi en mi vida fue éste, en Barquisimeto. De izq. a derecha. Detrás: María Celia Padrón, Elsa Armas, María Victoria Sosa (vecina en El Paso), Victoria Pérez, María del Carmen Padrón, Rapul Padrón. – Delante: Elsa Padrón, Ada Padrón.

Acarigua y Guanare,

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Uno de los puentes entre Acarigua y Guanare, sobre un río por el que todavía corría agua.

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A los recién llegados de Canarias nos impresionó esta estructura metálica. De ahí que yo pidiera que me tomaran una foto con el río al fondo, el primer río grande que vi en mi vida.

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El Tocuyo,

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Una vista de El Tocuyo de aquella época. Nunca más he vuelto ahí.

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En el río El Tocuyo, primero en que mojé mi humanidad. “El clan de los 9″ y María Victoria Sosa, quien fuera vecina nuestra en El Paso.

y Humocaro. Antes y después de Humocaro, todo por una carretera de tierra, los pinchazos de cauchos (neumáticos) fueron muchos,

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Saliendo de Humocaro. Vista lateral de la Plymouth parada por causa de uno de los tantos pinchazos. Mi padre apoyado en ella, y mi madre y mi hermana menor observan desde atrás, cerca de un par de campesinos que se acercaron a ayudar.

y las sorpresas de ver en qué condiciones vivían algunos parientes dedicados al cultivo de papas fueron dolorosas. Pero a todo esto, y a guisa de explicación, mi hermano Raúl decía algo que yo no entendía: “¡Esto es Venezuela!”.

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Esta chabola estaba enclavada al descampado en medio de una hacienda que trabajaba como medianero un pariente nuestro,… cuya vivienda era esa chabola. Cuando mi madre lo supo, rompió a llorar.

En septiembre/1961 conseguí mi primer trabajo como contador (contable) en una tienda de electrodomésticos que estaba ubicada en el centro de Caracas. Para llegar a ella y regresar a casa de mi hermano, donde yo vivía, usaba lo que entonces llamaban un “carrito por puestos”, que no era otra cosa que un carro (coche) que cobraba por la ocupación de cada uno de sus puestos.

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Mi primera visita al balneario de Los Caracas. De izq. a derecha. En pie: Mi padre, mi madre, ¿?, mi hermano Raúl (su hija Ada delante de él), mi hermana María Celia, Elsa Armas. – En cuclillas: Elsa Padrón, mi hermano Tomás sosteniendo a su hija Marité Padrón, Teresa Delgado (esposa de mi hermano Tomás), y mi hermana María del Carmen.

Cada viaje en esos carritos me resultaba un calvario porque lo que hablaban el chofer o los pasajeros era para mí como chino. Así que para no correr el riesgo de no entender lo que mi interlocutor me dijera, y meterme por ello en problemas, llevaba exacto el dinero para pagar mi pasaje (50 céntimos de bolívar), y al entrar me limitaba a dar las buenas horas y decirle al chofer hasta donde quería yo que me dejara.

En marzo/1962 conseguí otro trabajo —esta vez en una compañía de un tal Floreal que vendía artículos de propaganda— como encargado de la correspondencia en inglés con las empresas de USA que en bolígrafos, llaveros y otros objetos que suelen darse como regalos promocionales, se encargaban de imprimir en ellos los mensajes, logos, etc. que uno les pidiera.

Con ese cambio dupliqué mi sueldo pero no mejoré mi situación laboral, pues de las manos de un judío pasé a las de un catalán, lo cual no tiene nada malo per se excepto porque estos dos eran de los que contribuyen eficazmente a consolidar la mala fama de sus respectivos gentilicios.

Con más ingresos aumentaron mis esperanzas de poder conseguir la deseada meta y dejar atrás este país en el que al menos una vez por semana me llamaban, con desprecio e ira, “Musiú”, o sea, extranjero; y un par de veces me amenazaron con una pistola.

“Musiú”, degeneración de la palabra francesa “Monsieur”, se usaba para denominar, de forma peyorativa, a los extranjeros, en particular a los que, como yo, éramos catires (rubios), de piel blanca y ojos claros.

Como ya contaré en más detalle en otros artículos, de los dominios de Floreal pasé a Olivetti (Sept./1962) y de ésta —luego de un obligado puente de seis meses en Prodaca, un data center— a IBM (Oct./1969).

Aunque a poco de estar en Olivetti conseguí que mis ahorros llegaran al monto que estúpidamente me había fijado como meta para regresar a Canarias, también había conseguido para entonces una perspectiva más real del mundo en que vivía, y un creciente y extraño atractivo por el trabajo que yo debía hacer.

Esta perspectiva y este atractivo tuvieron la virtud de hacer que el otrora firme deseo de regresar a Canarias viniera a menos hasta que su lugar fue ocupado por la convicción de que en Canarias no podría yo conseguir el futuro que en Venezuela vislumbraba. Y esa convicción se consolidó cuando por fin pude entrar a trabajar en IBM.

Salvo por el tiempo que mi trabajo me mantuvo fuera de Venezuela, he estado aquí durante 47 años durante los cuales vi cómo este país fue subiendo hasta niveles inimaginables en 1961, y cómo luego se ha venido abajo hasta alcanzar, en ciertas áreas, niveles inferiores a los de 1961.

A quien antes de 1964 me hubiera dicho que yo permanecería en Venezuela por 47 años le habría contestado que estaba loco. Pero hoy debo reconocer, como he reconocido desde hace mucho tiempo, que los tres mejores regalos que la vida me ha dado han sido mis dos hijas e IBM, la que por muchos años fuera la mejor compañía del mundo.

Hay más —como Chepina, por ejemplo— pero llegaron a mí por vía de IBM, como también me llegaron por esa vía mi crecimiento personal y profesional, mi mayor dominio del idioma inglés, mis visitas, a veces repetidas, a 36 países de este mundo, mi roce con la cultura de un par de ellos en los que viví por mucho tiempo, etc.

Tal vez alguien piense que el regalo que representan mis dos hijas igual podría haberlo recibido yo estando en Canarias. Pero no, pues el que ellas —ELLAS, y no otras— hayan nacido cuando nacieron, y no antes ni después, fue consecuencia directa del estilo de vida imperante entonces en Venezuela, algo que condicionó nuestros hábitos y costumbres.

Por esos tres regalos, ¡gracias, Venezuela!

Después de 47 años, al mirar hacia atrás reconozco cuán difícil fueron los comienzos de mi vida como emigrante, no deja de asombrarme que algo tan simple cómo un poema familiar alterara de forma tan radical el curso de mi vida, y no dejo de lamentar que mis hijas no hayan vivido de cerca la parte positiva del ambiente que allá en Canarias me formó a mí, y al que al menos pude haberlas acercado si las vivencias personales fueran transferibles, pero no lo son.

He escuchado que cuando alguien está a punto de morir ahogado, en apenas unos segundos desfila por su mente toda la historia de su vida hasta ese momento.

Si por obra de algo similar pero a la inversa hubiera yo podido vislumbrar cómo iba a ser mi futuro si yo subía al “Bianca C” aquel 19/07/1961, lo más probable es que no hubiera subido, pues habiéndome formado en un medio fuertemente controlado por el dúo Estado-Iglesia, con la estrechez de miras que entonces existía en ese medio, y con el efecto de la gran limitación geográfica en que, además de por archipiélago de pequeñas islas, nos sumía el aislamiento en que Canarias estaba por efecto de la lejanía de centros desarrollados, no creo que hubiera tenido yo discernimiento para conseguir el valor que me permitiera iniciar lo que, en lo tocante a mi destino, fue un viaje sin retorno.

La falta de experiencia de la juventud es algo obligado para que podamos aprender las lecciones de la vida.

7 comentarios sobre “[*FP}– Tal día como hoy, hace 47 años

  1. Tío Carlos estoy de madrugada leyendo y recordando todo lo que se conmemora en esta fecha. No es poco ni sencillo lo que te tocó vivir. Soy testigo. A diferencia de Raúl tu hermano mayor, mi padre, quien gozó de ‘amor a primera vista’ con Venezuela, tú sufriste inmensamente para adaptarte y sin embargo y con muchas agallas, lo intentaste y continúas haciéndolo. Menos mal que tal esfuerzo fue premiado y gracias a ello tengo dos primas que son un sol!! Felíz aniversario de tu gran proeza!!!
    Tu Nipotina.

  2. Agradable y reconfortante relato. Se cuenta que “los ingleses dicen que: bien está lo que bien acaba”. Gracias amigo. Es un interesante relato de CANARIO. El mal entendido aislamiento de los canarios no ha sido tal sino todo lo contrario. Nunca nos hemos creído “el ombligo de el mundo” y esto siempre nos ha hecho mirar hacia fuera y adelante. No era el hambre, como la de nuestro inmigrantes africanos de los cayucos sino la falta de futuro lo que obligó a los canarios a emigrar.
    Dos fragamentos poéticos se me vienen a la mente: “caminante, no hay caminos sino estelas en el mar” y la otra ya la conoces por que es de mi padre y se titula: ESPERA, casualmente fue escrita en 1962 y termina así:
    … Es un mirar, sin mirar, (el del viejo marino sentado junto al tritón desguazado, viejo para navegar)
    que todo lo fue y lo espera
    por los caminos del mar.

    Y gracias a los caminos del mar los canarios fuimos resolviendo muchos problemas y también haciendo canarias con grandes aportaciones para infraestructuras agrícolas y negocios. También la ya conocida de Rubén Darío:
    “Dejad que siga y bogue la galera, bajo la tempestad, sobre la ola, va con rumbo a una atlántida española, donde el porvenir ¡Calla y espera!

  3. LA HISTORIA SE VIVIÓ EN AMBOS LADOS DEL OCÉANO QUE NOS SEPARA

    Siempre oí las historias de la salida de los primos de mi madre hacia Venezuela. Cuando era pequeño, ella llenaba mis tardes y mis días con las historias ocurridas en El Paso. Entre todas, me hablaba de María Celia, su prima, entiendo que preferida, y de su primo, el que más quería ella, Carlos. Recuerdo a Carlos de chiquito. Recuerdo a Raúl que un día estuvo en mi casa, ya casado, para darme consejos sobre cómo tratarme la salud, pues mi madre se lo había pedido a él, y lo recuerdo siendo yo un niño.

    Lo que nunca me contó nadie, y estaba en la oscuridad del pasado, era el cómo se fueron, lo que ocurrió, y menos si era o no del gusto de la persona el ir a tierras extrañas. Ahora me doy cuenta de que unos acertaron con sus consejos y otros no, pero si bien tú, mi primo Carlos, le hiciste caso a tu padre, yo le hice caso a mi madre, tu prima Rosario, (Rosarito o Charito).

    Éste es uno de los más bellos y claros relatos de una historia que se vivió a ambos lados del Atlántico y que, lamentablemente, en muchos casos se pierde la historia y las conexiones entre los extremos de este océano que nos separa.

    Tu primo, que te aprecia y los aprecia,

    Antonio Pedro Dorta Martín

  4. Carlos:
    Te felicito, tienes la misma cantidad de años en Venezuela que yo tengo de casado. Gracias a Dios te ha ido bien y quieres esa tierra mas que muchos nacidos alla.
    Recibe un fuerte abrazo en union de tu esposa que estoy seguro que es parte del amor que tienes por Venezuela y claro, como es natural tu hijos.
    Saludos,
    Eduardo

  5. Bello relato digno de publicación. Mi enhorabuena por tu buena memoria o por tener tu “cuaderno de bitácora”; no todos tuvimos esa precaución.
    Siempre se ha hablado de los emigrantes, y aquí muestras muy bien y a grandes rasgos lo que eso conlleva. No es fácil el salir a tierra extraña, y menos en aquellos tiempos. Muchos de nosotros sufrimos esa emigración en propias carnes, pero hoy día, y aunque muy pequeña cuando lo fui, me alegra el que mis padres lo hubiesen hecho pues así pude conocer a esa linda Venezuela y relacionarme con gran parte de la familia, emigrante también.
    Tienes mucho mérito, siempre lo he dicho. Allí fuiste un autodidacta, para ti fue mucho más dura la adaptación y tus comienzos, pues yo, al fin y al cabo, era una niña y no me enteraba de nada; me lo hacían todo. Pero a ti te tocó luchar para, además, sacar adelante a una familia. Que el cielo te lo retribuya,
    ¡Un beso, compadre! Y, aunque tarde, ¡feliz aniversario! Y sigue luchando, que Venezuela, por aquellos otros tiempos, se lo merece.

  6. Venezuela como todos los países latinoamericanos ha sufrido mucho, ha sido expoliada, pero nunca la ha faltado el amor de sus hijos y de loa que han llegado con buena voluntad. Falta mucho por hacer. A veces avanzamos y otras no. Esto no es exclusivo de Venezuela.

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