[*FP}– El destape del fígaro

Carlos M. Padrón

Como ya puede deducirse de mi artículo Barbería unisex, en Olga y el tenorio y en Mujeres en su salsa, las barberías no son precisamente sitios de mi devoción. Voy a ellas cuando ya casi no me queda otro remedio, pues no he conseguido que mi mujer se atreva a cortarme el pelo. Si se atreviera, con gusto me arriesgaría a que los primeros cortes resultaran un desastre, pues, a diferencia de otras cosas, el pelo sí crece.

Las barberías son lugares de “habladera de paja” [1], como se dice en Venezuela, o sea, lugares donde el cliente jactancioso opina sobre política, cuenta chistes y relata sus proezas, sobre todo en deportes o con mujeres, confiado en que su barbero no va a contradecirle sino que aparentará creerle a pie juntillas; donde es el barbero quien trae a colación temas que no te interesan en lo más mínimo, pero, como eres prisionero de él y no quieres ser rudo, pues aparentas que le das importancia al cuento, y él sigue sin parar aunque —al menos lo hago así— uno le conteste con ocasionales monosílabos; donde, aunque no sea tu barbero el que hable paja sino que, respetuoso de tu silencio, permanezca callado, es uno de los otros barberos, o uno o más de los otros clientes, los que no paran de hablar paja, y, en ese caso, tu silencio y el de tu barbero sólo sirven para que tengas que escuchar, quieras o no, la paja de los demás; etc.

Llevado por la aversión que esto me produce, una vez estuve 75 días sin pasar por una barbería, lo cual no entenderían jamás algunos hombres que dicen que no van a cortarse el pelo cada semana porque no tienen tiempo.

Cuando oigo decir eso, pienso que es producto de masoquismo o, peor aún, de vanidad, pues he comprobado que los que frecuentan mucho las barberías no sólo se cortan el pelo, como es mi caso, sino que piden que se lo laven, le echen champú y lociones, les den masajes en el cuero cabelludo, les hagan las uñas, etc. Aunque a ninguno de mis barberos le guste, pido que simplemente me corten el pelo, y sin mojarlo ni antes del corte ni después. Y punto.

Por todo esto no me resulta fácil encontrar una barbería que me agrade, pues además quiero una que quede cerca de mi casa —antes la condición era que quedara cerca de mi lugar de trabajo— y que tenga estacionamiento fácil.

Una vez, allá por 1973, Manolo González, el amigo y compañero de IBM ya mencionado en No me tocaba ese día, me dijo que mi melena iba camino de emular a la de Einstein, aunque no así mi cerebro. Al reparar en la suya noté que mostraba un estilo de pelo corto, como el que me gusta (para que dure más), y le pregunté si sabía de algún barbero “decente”.

Me dijo que él iba a uno, de nombre Antonio y paisano mío —o sea, de Canarias— que trabajaba en una barbería ubicada en El Silencio, en el centro de Caracas, lugar que me convenía porque ahí estaban entonces las oficinas principales de la mayoría de los bancos que eran mis clientes, y lugar al que en aquella época todavía podía uno ir,… y salir con vida o sin que lo asaltaran.

Tomé nota de la dirección, y al día siguiente fui a esa barbería, pregunté por el tal Antonio, y éste me hizo un buen corte de pelo.

Desde esa primera vez evité decirle a Antonio que yo era también canario, pues eso habría disparado su verborrea. Sin embargo, mi amigo, el mismo que me había referido a él, se encargó de decírselo, y todas las demás veces que fui, Antonio no paraba de hablar de algo relativo a Canarias. Pero como yo iba una vez cada más o menos 45 días, y la ubicación de la barbería y el corte que me hacían eran de mi agrado, aceptaba resignado la cháchara de Antonio.

Un día alguien me dijo de un utensilio metálico que parecía un peine y que llevaba insertas unas hojillas. Si uno se lo pasaba por la cabeza como si se peinara con él, las hojillas cortaban el exceso de pelo, y así o se distanciaban las visitas a la barbería o se eliminaban del todo.

De inmediato compré uno de esos utensilios, y como mi mujer de entonces tampoco quería intentar siquiera cortarme el pelo, decidí que el utensilio lo usaría yo mismo.

En las áreas que me eran visibles mirándome al espejo logré un corte bastante potable, pero en la parte trasera de mi cabeza hice un desastre de marca mayor, de ésos que los barberos llaman “escaleras”. Como todo el que me conocía y me veía así me hacía bromas al respecto, fui a la barbería a ver si mi barbero Canario podía disimular las tales escaleras.

Antonio estaba atendiendo a otro cliente, pero al verme entrar me saludó y me comentó que había pasado mucho tiempo desde la última vez que yo había ido por allí, lo cual me dio pie para minimizar de alguna forma el ridículo de lo que yo me había hecho, y le dije que había estado de vacaciones en Mérida, y allá, como mi pelo estaba largo, había ido a una barbería local, y me lo cortó un barbero que no resultó nada bueno. Por el lugar donde yo estaba sentado, Antonio no podía ver la parte trasera de mi cabeza.

Cuando después de sentarme en su sillón, se dispuso a colocarme el paño que ataría a mi cuello, no había aterrizado aún el paño sobre mi pecho cuando el hasta entonces Canario sobrio y decente,emitió un estridente y espontáneo “¡¡¡Qué horrooooor!!!” con un tono de total amaneramiento que tuvo la virtud de hacer que una especie de descarga eléctrica circulara por todo mi cuerpo, y, nunca mejor dicho, los pelos se me pusieron de punta.

Como la desagradable sorpresa me dejó mudo, me fue fácil abstenerme de hacer comentarios, y sólo me limité a mirar de reojo a Antonio a través del espejo frente a mí.

Lo que siguió convirtió la descarga eléctrica en una de alto voltaje, pues Antonio, soltando el paño, que cayó flácido sobre mis rodillas, en un gesto de total amaneramiento, apoyó las yemas de sus dedos sobre mis parietales e hizo girar mi cabeza a derecha e izquierda —haciéndome sentir como la muchacha de El Exorcista— mientras, ya totalmente “partido” [2], exclamaba:

Pero, ¿¡quién le hizo esto!? ¿¡Cómo es posible que hayan podido hacerle algo así,… si USTED TIENE UNA CONFIGURACIÓN CRANEANA ¡¡¡BEEEEELLLA!!!?

Simplemente, yo no podía permitir que aquel tipo continuara tocándome, ni que estuviera cerca de mí, así que a millón me puse a pensar qué podía yo hacer para marcharme de inmediato.

Antonio me dio la excusa perfecta cuando, poseído de gran agitación y “partiéndose” ya del todo mientras gesticulaba su horror de pie tras el sillón y mirando a todos en la barbería, como para que vieran que él tenía razón, exclamó:

—¡Dios mío! Miren esto. ¡Esto no tiene arreglo posible! Hay que dar tiempo a que crezca el pelo.

De un salto me levanté del sillón, dejando que el paño cayera al piso —pensé que debía recogerlo, pero como para eso tendría que agacharme, no lo hice,… por si acaso— , y balbuceando que ya volvería yo cuando el pelo me creciera, abandoné a toda prisa la barbería a la que, por supuesto, no volví nunca más.

Cuando a mi amigo de IBM le relaté lo ocurrido, no me creía, pues, me dijo, Antonio nunca le había dado la más mínima muestra de amaneramiento, pero, por si fuera cierto lo que yo contaba, aguzaría sus antenas y, si detectaba algo, haría igual que yo hice: buscarse otra barbería.

***

[1]  Hablar de lo que no se sabe, decir tonterías, frivolidades o cosas sin fundamento o que no vienen al caso, generalmente con el ánimo de impresionar o llevado por la simple necesidad de hablar por hablar.

[2]  En Venezuela, cuando un hombre camina o gesticula de forma afeminada se dice que “se parte”; tal vez se usa el término ‘partir’ por el quiebre de cintura típico de los homosexuales. Y entre las sentencias acuñadas por Fernando Lacoste, uno de nuestros “filósofos” en la IBM de los ’60 y 70’, está ésta, destinada a “mitigar” los efectos de las burlas que los “partidos” recibían: “Todo hombre se parte al menos una vez al día”.

2 comentarios sobre “[*FP}– El destape del fígaro

  1. Me ha sorprendido este, por otra parte, maravilloso tema, tu repulsa…. , . Además diré que mis peluquerías favoritas son esas, por supuesto, por su estupendo trato. Have a good time (everybody).Big Hugs!!

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