[*ElPaso}– De los bailes en Monterrey

14-11-2008

Carlos M. Padrón

Por muchos años, Monterrey fue sólo un teatro, con su escenario, su patio de piso de madera y sus palcos, altos y bajos, que se extendían por todo el perímetro del patio. Al fondo del escenario había un telón que ocultaba las tramoyas y la puerta al baño de damas y al de caballeros.

Cuando a mediados de los ’50 regresaron de Venezuela los hijos de los Monterrey, construyeron al lado oeste del teatro una extensa terraza que comunicaba con aquél y que por años fue el mejor lugar de la isla de La Palma para celebrar bodas y otros eventos sociales.

Sin embargo, antes de que existiera esa terraza el teatro se usaba para representaciones teatrales —claro está, era un teatro— pero mucho más frecuentemente para bailes, que eran los llamados “asaltos” (nunca logré averiguar el origen de este nombre, que se daba a los bailes que tenían lugar en la tarde) y a los bailes propiamente dichos, que tenían lugar en la noche, después de la hora de la cena, y se prolongaban hasta la madrugada.

Cuando yo tenía unos 14 años, durante los meses de invierno había tanto frío en la calle que, los domingos, todo varón que podía pagaba su entrada y se metía en el Teatro Monterrey, fuera o no a bailar, con tal de huir del frío, porque, además, en las calles no había nada que hacer; estaban desiertas. Las mujeres no pagaban entrada, pues sabido es que la carnada es siempre gratis.

De los muchachos que, como yo, no teníamos dinero para la entrada, algunos optaban por aprovechar algún despiste de don Víctor Monterrey, el padre de la familia —que se apostaba sentado a la entraba para reclamar el ticket a todo varón que quisiera pasar— y se colaban a toda carrera sin que él pudiera detenerlos.

Otros, cuya educación o temor a represalias no nos permitía hacer eso, nos apostábamos en la pared, cerca del marco de la puerta, donde quedábamos bastante protegidos del frío, y a veces el bueno de don Víctor nos decía “Pasa”. Al menos yo entraba muy contento, me iba a la parte trasera del telón y, si tenía suerte de encontrarme con alguna de las muchachas de mi edad que gustaba de bailar y quisiera hacerlo conmigo, bailábamos allí mismo, tras el telón del fondo del escenario, lejos de la vista de las «viejas» que ocupaban los palcos.

En esa época, las mujeres, muy celosas de su reputación y, sobre todo, del “qué dirán”, aplicaban a sus parejas de baile lo que se llamaba “la retranca” —que, según dije en ¡Mi hija se casará virgen!  consistía en que la mujer cruzaba su brazo izquierdo sobre el pecho del hombre con el que bailaba para así impedir que él se acercara demasiado, o sea, que “se pegara”, que era el término que para eso se usaba—, y las madres y demás “viejas” del pueblo se sentaban en los palcos altos porque, como también dije en «ELLA«, desde allí no perdían pie ni pisada de cuanto ocurría abajo, en la pista de baile. Y al día laborable siguiente al del baile, en todos los lugares de reunión de mujeres, que eran principalmente las C3 y la Fábrica de los Capotes (fábrica de cigarrillos y cigarros, y única industria del pueblo), se comentaba qué muchacha había puesto una buena retranca, y cuál no, y de ésta se hacía leña a mansalva.

Una joven llamada Rosario estaba, desde hacía tiempo, en la mira de “Los honorables cuerpos de vigilancia de la moral pública” porque, en opinión de éstos, ella había venido permitiendo en cada baile un milimétrico y progresivo acercamiento de su novio, hasta que ocurrió que en el baile de un cierto domingo, fuera por lo que fuere, Rosario no le puso al novio retranca alguna y éste se pegó al máximo.

Cuando el lunes siguiente llegó Rosario a su trabajo en la Fábrica de los Capotes, todas las mujeres le cayeron encima con críticas de grueso calibre que la víctima aguantó en silencio hasta cierto punto. Cuando ya no pudo más, se levantó de su asiento y a voz en cuello, para que la escucharan todos en el local, mujeres y hombres, gritó:

—¡Yo fui la que me pegué! Y me pegué todo lo que pude, ¡pues, como voy a casarme, tengo antes que saber con qué cuento!

Al menos a la valiente Rosario nadie le dijo más nada sobre el tema, aunque a sus espaldas la “curtieron” por mucho tiempo. Tampoco se supo si su apreciación de aquello con lo que esperaba contar fue o no acertada, aunque no descarto la posibilidad de que alguna de las componentes de “Los honorables cuerpos de vigilancia de la moral pública” le haya preguntado al respecto.

[*Opino}– Los líderes carismáticos

Sean o no líderes, las personas de las que se dice que son carismáticas no me transmiten seguridad. Al contrario, me inspiran desconfianza, en particular cuando ese carisma se manifiesta con autosuficiencia, popularidad y la tal simpatía, un concepto subjetivo que no lo es tanto cuando llega a zalamería.

Los líderes políticos carismáticos que a través de documentales de cine o de TV he visto, se desenvuelven muy bien ante las cámaras, y por ello no me extrañó nada que en un programa de TV que trataba sobre el poder de los medios, en especial de la TV, en la formación de opinión acerca de candidatos en época de elecciones, se dijera que si en los tiempos de los presidentes que fueron decisivos e hicieron grande a EE.UU —Washington, Lincoln, etc.— hubiera existido la TV, ninguno de ellos habría alcanzado la presidencia, pues no sabian desenvolverse en público y no tenían carisma.

Ante esto, mi desconfianza aumentó, y ahora la corrobora la explicación del psicólogo René Zayan quien dice cómo hay que comportarse para lograr personalidad carismática; o sea, que esa tan cacareada condición puede alcanzarse con el debido entrenamiento.

Para ponerme peor las cosas, otro psicólogo afirma que el efecto que sobre la audiencia produce un líder carismático es como el de un flechazo amoroso, que es con lo que suele comenzar el drogamor. Y cuando al tocar la condición que llaman “coyuntuta” mencionan la actual criris financiera como factor determinante en la vicotiria de Obama, no puedo evitar pregntarme, habida cuenta del respaldo masivo que los medios dieron a éste, si la tal crisis no habrá sido provocada. Al fin y al cabo, el detonante de ella, ocurrido en un momento muy «oportuno» de la campaña electoral, fue la quiebra de Fannie Mae y de Freddie Mac, creadas y soportadas por políticos del partido Demócrata useño.

Carlos M. Padrón

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09/11/2008

Los líderes carismáticos combinan autoridad y simpatía, son receptivos y transmiten seguridad.

Obama obtuvo el respaldo de 63 millones de estadounidenses, pero hace meses que había cautivado a ciudadanos de todo el mundo con un señuelo: el cambio.

Con una retórica brillante y la popularidad de una estrella del rock, el senador Barack Obama obtuvo esta semana el respaldo directo de 63 millones de estadounidenses, pero hace meses que había cautivado a ciudadanos de todo el mundo con un señuelo: el cambio, palabra fetiche que ha funcionado como el catalizador que necesitaban los electores de Estados Unidos para dar carpetazo a la era Bush y apostar de forma amplia por la esperanza. Es decir, por Obama. El fenómeno Obama, mediante una estrategia ampliamente divulgada por internet, combina autoridad, credibilidad y empatía, y transmite seguridad a los ciudadanos. Es un líder carismático en toda regla, y el carisma no va indefectiblemente ligado al éxito, pero Obama ha conjugado ambos. Y no es el único.

Más allá de las diferencias culturales, el carisma presenta elementos universales. René Zayan, profesor de psicología política en la Universidad de Lovaina (Bélgica), es un experto en el análisis de los gestos y las expresiones faciales, que le proporcionan más información sobre el carisma de un líder que sus palabras.

Y en opinión de este experto, hay cinco elementos que conforman una personalidad carismática:

Mostrar seguridad es el primero, no denotar inquietud, para inspirar confianza;

Una clara dominancia, que no autoritarismo, para inspirar respeto, y, junto con el primero, credibilidad;

Empatía, la capacidad de representar a los ciudadanos y, llevado al extremo, de transmutarse en ellos, «Yo soy el pueblo», dice un líder populista.

Sociabilidad, que incluye saber escuchar, y la jovialidad, la capacidad de hacer reír, un elemento clave que, bajo apariencia inocente, permite controlar las emociones de la gente durante un discurso. Y el mejor de todos,

Inteligencia social, en la que dice Zayan que el ex presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, era un maestro.

«Pero la llave del carisma – destaca- es transmitir seguridad».

Junto a los gestos, la palabra cobra importancia si se pregunta por las claves del carisma al consultor político Antonio Sola, director de Ostos& Sola y responsable de la última campaña del PP. «Los líderes comunican con multitud de gestos que deben ser coherentes con todo el mensaje», señala. A su juicio, el liderazgo «requiere un combustible básico para que sea efectivo, que está hecho de una mezcla explosiva: ideas, valores, energía y determinación». Y con todos estos elementos se puede construir un líder, mediante un proceso de aprendizaje —destaca— en el que tienen un papel clave las nuevas tecnologías.

Obama las integró en su campaña, en la que se apoyó en una estrategia diversificada en Internet: 1.814 vídeos oficiales con entrevistas, intervenciones, apoyo de actores y mensajes especiales según el estado al que se dirigen, apunta Sola.

Los políticos buscan despertar el interés del auditorio. ¿Lo logran? «Cuando una persona siente placer, o simplemente interés, al escuchar a otro, sus pupilas se dilatan, un reflejo mecánico que no se produce cuando la reacción es de indiferencia», explica Zayan. Activadas las áreas cerebrales de la felicidad, los seguidores de un líder se sienten también atraídos por él, como un flechazo amoroso. Y cada político desarrolla un catálogo de gestos propios para seducir a su electorado. La mirada fija del presidente francés, Nicolas Sarkozy, denota autoridad, elemento indispensable para llegar al Elíseo.

Un candidato con capacidad mediática y un mensaje potente están detrás del éxito. «El mensaje es la piedra de toque, una vez identificado el problema que más preocupa el electorado, pero el político debe convencer de que él es capaz de resolver esa inquietud, y esa capacidad de comunicar es más importante que el mensaje».

De esto sabe Javier Maza, presidente de Maza Communications, consultora internacional especializada en entrenar a los políticos para tratar con los medios de comunicación. Maza apunta un tercer elemento en juego: la coyuntura. Y vuelve a Obama para dar un ejemplo: la crisis dejó «prácticamente sin argumento de defensa política ni de justificación electoral» a su rival, el republicano John McCain.

LV

[*Opino}– Mucho título y pocas letras

Después de leer el artículo que sigue y de asombrarme con lo que en él se dice, me extraña que no se mencione que, al menos con respecto a la generación de los que al momento tienen menos de 25 años, la culpa de su incultura gramatical es de quienes fueron o son sus profesores, pues tampoco a éstos los enseñaron bien, y con toda razón dice al respecto el artículo que esos profesores “no pueden enseñar a nadie si cometen semejantes faltas”.

Lo que considero más grave es que, hasta donde tengo visto, esta gente se muestra de lo más tranquila con su incultura, como si no tuviera importancia alguna. Y las pruebas las encuentro a diario en la prensa digital de la que cada día podría yo extraer docenas de errores de todo tipo, pero me limito a sólo uno o dos, todos ellos atribuibles a periodistas posiblemente graduados.

Si a uno que se dice pintor no lo consideramos como tal porque no sabe usar la brocha, que es su herramienta de trabajo; si a uno que se dice zapatero no lo consideramos como tal porque no sabe usar la lezna, que es su herramienta de trabajo; si a uno que se dice carpintero no lo consideramos como tal porque no sabe usar el martillo, que es su herramienta de trabajo, ¿por qué consideraríamos periodista a quien no sabe manejar bien la lengua en que habla y escribe, que es su herramienta de trabajo?

Quien no sabe escribir bien, no sabe expresarse bien —o sea, padece de incompetencia expresiva— y, por tanto, tampoco piensa bien. Quien no domina la lengua —dice el artículo— tampoco domina el pensamiento, y como el dominio de la lengua es fuente de poder y resulta indispensable si se aspira a tener una cabeza bien amueblada —continúa diciendo el artículo— hay que deducir que el buen amueblamiento de la cabeza está en relación directa a lo bien que se domine la lengua, y, por tanto, si se quiere aprender a pensar deberá antes aprenderse a dominar la lengua, y en este caso no importa la profesión que se tenga.

Hace más de 25 años una de mis hijas trajo una vez del colegio, escrita por su profesora de matemáticas, una evaluación plagada de errores de ortografía. A riesgo de meterme en un problema, no pude contenerme, y con un marcador amarillo resalté todos esos errores y le devolví la hoja de la evaluación en la que escribí un par de líneas expresando mi preocupación por el efecto que esos errores podrían tener en la educación de cualquier alumno. Para mi sorpresa, la respuesta de la profesora fue que ella enseñaba matemáticas, no gramática.

¿Qué puede esperarse de profesores así? Para cualquier maestro o profesor, el lenguaje es su herramienta de trabajo, y él/ella está en la obligación profesional y moral de dominar bien esa herramienta, tanto en forma hablada como escrita.

Estoy de acuerdo con que, en esto, cualquier tiempo pasado fue mejor. Si volviéramos a la forma en que antes se enseñaba la lengua, a los dictados minuciosos y a la presentación de exámenes orales, no habría ni SMS ni Internet ni otro tipo de tecnología que creara el problema que hay en este momento.

En este blog recibo muchos comentarios que me hacen sentir vergüenza ajena. Cuando tengo tiempo, los corrijo antes de darles curso, pues me he propuesto que, en la medida de lo posible, evitaré que mi blog tenga basura, categoría en la que pongo los atentados contra el idioma, que no sólo incluyen faltas de ortografía, pobreza de vocabulario, errores de concordancia de género o número, etc. sino también, a veces, el uso de una diarrea de puntos suspensivos donde debería ir otro signo de puntuación, como una coma, un punto y coma, etc.

Está claro que quien así escribe no sabe escribir. Como ejemplo, copio textualmente, sin sacarle ni ponerle nada, un comentario recibido recientemente en este blog:

esa fotografia es verdadera mente impresionante felisitasiones a los pescadores y grasiaspor conservarlo vivo solo me gustaria saver si despues de que ustedes lo estudien lo dejaran en livertad ????????????

Y no hablemos de la redacción, pues con gente así sería misión imposible. Pero es en esta área en la que más en evidencia queda la carencia de un pensamiento lógico —que es la que lleva a caer, una y otra vez, en el hipérbaton— y de respeto por el lector. No es de extrañar, por tanto, que esos despachos de abogados hayan recurrido a los “libros de estilo” mencionados, pues la redacción de contratos es algo delicado que requiere saber escribir bien y, por tanto, saber pensar bien.

Durante mi vida profesional, varias veces tuve que discutir con abogados la redacción de contratos. Salva pocas excepciones me costó Dios y su ayuda hacerles entender que algo escrito en el contrato decía, en buena lógica, todo lo contrarío de lo que se quería que dijera. En estos casos, al igual que en el uso de términos y giros, la respuesta que yo recibía era siempre que escribir así era la usanza del medio legal local, a lo que yo respondía que la lógica no sabe de localismos; es la misma en todas partes, que si lo escrito en un contrato deja abierta la posibilidad a doble interpretación, se está ante un problema potencial.

Lo del respeto al lector parece no preocupar nada a quienes, como los periodistas, escriben para que otro lea. En estos casos es fundamental que a ese otro no se le robe su tiempo, no se le creen dudas, no se le obligue a adivinar lo que el escritor quiso decir, ni se le obligue a releer lo escrito, en un esfuerzo por encontrarle sentido o el sentido correcto. Todo eso implica el uso, por parte del escritor, de una lógica cabal, que pasa por evitar el hipérbaton, obliga a aplicar los signos de puntuación correctos en los lugares correctos, a evitar las redundancias y cacofonías, y a disponer de un extenso vocabulario y saber hacer uso adecuado de él.

Carlos M. Padrón

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19/10/2008

José Luis Barbería

Buena parte de los universitarios no superarían hoy el listón gramatical (dos faltas de ortografía o tres de puntuación acarreaban el suspenso) que se aplicaba décadas atrás a los alumnos de nueve años en el examen de ingreso al bachillerato.

Nuestros estudiantes hablan, por lo general, un castellano pobre y, a menudo, impostado, porque el sistema educativo ha descuidado en los últimos tiempos la enseñanza de la lengua, y porque tampoco la sociedad cree que hablar y escribir bien sea fundamental para el desarrollo intelectual y el éxito social y profesional. Ésa es al menos la opinión de una amplia mayoría de docentes convencidos de que asistimos a un proceso de deterioro en el buen uso de la lengua.

El hecho de que muchos universitarios acaben la carrera con graves carencias gramaticales empieza a suponer ya un obstáculo a la hora de acceder a trabajos en los que la capacidad de expresión y persuasión son imprescindibles.

Así, para mejorar la calidad comunicativa de sus empleados, grandes despachos de abogados, como Garrigues, o Gómez Acebo y Pombo, han adoptado en su ámbito interno libros de estilo elaborados por la Fundación del Español Urgente (Fundéu). El propio Colegio de Abogados, y empresas como Red Eléctrica Española, van a seguir ese ejemplo. Mientras, la Facultad de Derecho de la Universidad Pompeu Fabra imita a las estadounidenses e implanta la asignatura de Redacción Judicial y Documental.

«Mi percepción personal es que, en cuestión de ortografía y sintaxis, el nivel universitario es desolador», sentencia Leonardo Gómez Torrego, investigador del Instituto de Filología del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Es un juicio que corroboran espontáneamente una legión de profesores con amplia experiencia docente.

«Doy fe del deterioro progresivo en el uso correcto de la lengua», subraya Dolores Azorín, de la Universidad de Alicante.

«Hay una diferencia abismal entre los escritos de los chavales de hace 15 años, y los de ahora. Creo que la pérdida de vocabulario es la punta del iceberg de un mal endémico, estructural, de nuestro sistema de enseñanza», destaca Víctor Moreno, doctor en Filología Hispánica y autor de numerosos trabajos sobre la materia.

«La mayoría —y hablamos precisamente de alumnos de Filología— no saben expresarse bien, no dominan el lenguaje y, en consecuencia, tampoco el pensamiento», apunta Manuel Alvar Ezquerra, catedrático de Lengua Española de la Universidad Complutense de Madrid.

Lo que dispara las alarmas no son las faltas de ortografía, por garrafales que sean; tampoco las confusiones léxicas del tipo «a la muerte del monarca, empezaron las guerras intestinales». Lo que preocupa verdaderamente es la incompetencia expresiva de muchos universitarios que les imposibilita comunicarse con un mínimo de sentido, coherencia y criterio. «El género sirve para designar el sexo de la palabra, sustantivo, adjetivo, artículo, pronombre,…», escribió, por ejemplo, un alumno de Filología Hispánica en los pasados exámenes de septiembre. «Desde Aristóteles, se tiene conciencia de la palabra, aunque no se sabe si existe realmente», apuntó otro.

Aceptado que toda promoción estudiantil está llamada a engordar la Antología del Disparate, el problema adquiere un fondo inquietante cuando se comprueba que alcanza también a los niveles teóricamente más selectos del mundo universitario. «Observo un deterioro muy grande, y no sólo ortográfico. Hay licenciados que tienen dificultades para ordenar una frase con su sujeto, verbo y complementos», asegura la directora de convocatorias de becas de La Caixa, Rosa María Molins.

Los licenciados de los que habla son los aspirantes a becas de posgrado; por lo general, alumnos de elevada nota media de carrera, a quienes se les pide que expliquen en dos o tres folios las razones que les llevan a solicitar la ayuda económica, el proyecto que pretenden hacer, y dónde y cómo les gustaría desarrollarlo.

¿Cómo es posible que estos universitarios de brillante currículo presenten textos pobres y deficientes al jurado que tiene que decidir si les concede las becas (74.000 euros en 18 meses) y la oportunidad de formarse en centros internacionales del máximo nivel? ¿No se esmeraría cualquiera en su lugar para que su tarjeta de presentación estuviera exenta de faltas y, en caso de dificultad, no recabaría el asesoramiento de alguien más ducho en la materia, y haría todo menos quedar en evidencia?

La explicación no es sólo la desidia, ni las dificultades derivadas de la naturaleza ortográfica del español (en realidad, la ortografía de nuestra lengua es de las más fáciles, además de muy fonética), sino el nivel de expansión actual del problema. «El mal uso de la lengua alcanza igualmente a los propios profesores de Ciencias de la Educación. Cuando les corrijo los textos, les añado el comentario de que no pueden enseñar a nadie si cometen semejantes faltas», indica Mercedes Vico Monteolivo, defensora de la Comunidad Universitaria en Málaga.

«La lengua ha dejado de ser clave en la formación del profesorado. En Magisterio, la materia Didáctica de la Lengua es una asignatura de 6 créditos y 60 horas de clase en un cuatrimestre, así que puede que las últimas promociones de maestros no estén muy preparadas en este terreno. Hay un cierto abandono de las humanidades en la formación del profesorado, y también la literatura ha dejado de ser importante», dice el decano de Ciencias de la Información de la Universidad de La Laguna, Humberto Hernández.

Aunque, al parecer, no hay estudios que lo certifiquen, algunos entendidos opinan que el proceso de deterioro se inició en 1990 con la entrada en vigor de la LOGSE, que amplió hasta los 16 años la edad de la enseñanza obligatoria. Piensan que, en la práctica, estos cambios trajeron consigo cierto abandono de la enseñanza de la ortografía en un sector muy amplio de la ESO, y que ese hueco no ha sido bien cubierto en la posterior etapa de los dos años de bachillerato.

Pese a las sospechas de algunos expertos, no está demostrado que el bilingüismo incida en el problema, aunque se sabe que algunas becas de periodismo han sido declaradas desiertas porque los aspirantes —en este caso, alumnos formados exclusivamente en catalán y con poco uso diario del español— no alcanzaban el nivel gramatical mínimo exigido. «Los catalanes manejan el español mejor que el catalán, e igual que los del resto de España», afirma Alberto Gómez Font, vicesecretario de la Fundéu y profesor de Periodismo Científico en la Universidad Pompeu Fabra. «Damos redacción en catalán y en castellano, y no vemos que haya diferencias significativas», indica Salvador Alsius, decano de Ciencias de la Información en esa misma universidad.

La cultura globalizadora uniformadora y pasiva del ocio audiovisual, el lenguaje coloquial de los medios de comunicación, y la economía lingüística que acompaña la comunicación por teléfono celular e Internet, sí estarían contribuyendo a la pérdida de la riqueza expresiva del idioma. Y, sin embargo, tampoco cabe achacar todo el problema a la invocada nefasta influencia de las nuevas tecnologías que, a cambio de actualizar el género epistolar, fomentan una comunicación sustentada en abreviaturas, y en un léxico elemental en el que la ‘h’ ha quedado proscrita y la ‘q’ es suplantada por la ‘k’. Ésta es la opinión de Alberto Gómez Font: «Las abreviaturas se utilizan desde la Edad Media, y, además, eso de que la gente lee cada vez menos es un tópico falso. ¡Pero si se pasan todo el día en el computador!».

Nadie niega, sin embargo, que el chateo juvenil, salpicado a menudo de ostentosas faltas de ortografía —no se sabe si fruto de la incuria, de la búsqueda del caos o del intento de asesinar a la lengua—, conlleva el apresuramiento y la precipitación, y, en esa medida, la renuncia a corregir el texto y a tratarlo con esmero.

«Es normal que la jerga juvenil se renueve y resulte transgresora. La cuestión no son las abreviaturas de los SMS o los coloquialismos, sino el empobrecimiento extremo que a veces se refleja en cierta dificultad para razonar en abstracto, y en la falta de adecuación al interlocutor», subraya Concepción Martínez Pasamar, directora del Instituto de Lengua y Cultura españolas de la Universidad de Navarra.

«Nada, pues aquí vengo, a que me expliques este 3, porque el examen me salió de puta madre», sería un ejemplo de esa falta de adecuación que hace que muchos universitarios españoles sólo se sirvan de una manera de expresarse, sea quien sea su interlocutor o las circunstancias de la charla.

Y con demasiada frecuencia, la forma de expresión escrita es la pura oralidad vertida directamente sobre el folio en blanco. He aquí un ejemplo: «Una breve consulta: voy a intentar presentarme al examen del día 1, si no, me presentaré al día 7. ¿Podría decirme cual es el temario que entra para examen?, la verdad es que con tanto parcial no se que entra en este examen, quisiera saber si entra de nuevo el temario del que nos hemos examinado o no. A su vez sería interesante saber los puntos del temario que entran. Espero que esta vez me entienda, saludos».

El proclamado objetivo de que, al finalizar la enseñanza obligatoria, el estudiante debe escribir sin faltas y estar gramaticalmente capacitado para cubrir sus necesidades de expresión futuras, chirría enormemente al contacto con las cifras disponibles. Según el estudio del Instituto Nacional de Calidad y Evaluación, en 2001 sólo el 11% de los alumnos del último curso de ESO no cometían ninguna falta de ortografía en las letras, el 6% en las tildes, y el 1% en los signos de puntuación. Pese a que, en buena lógica, un universitario de fin de carrera tiene menos errores que un alumno de ESO, escribir correctamente es una habilidad que debe adquirirse con anterioridad.

En su intento de superar el empobrecimiento léxico, parte de la comunidad estudiantil busca refugio en el lenguaje administrativo y se adorna con un empalagamiento, un rebuscamiento postizo, o un cultismo mal utilizado e inducido, en buena medida, por el mundo de la política y los medios de comunicación. «Lo que me preocupa es que detecto un lenguaje cada vez más alambicado, retórico y cursi. En eso, los alumnos coinciden con las gentes de la tele que quieren aparecer sofisticadas. Se ha extendido el hábito del eufemismo. El problema es más la oscuridad que la incorrección, y puede que su origen haya que buscarlo sobre todo entre los políticos y los medios», indica Ángel González, profesor de Historia del Arte de la Universidad Complutense de Madrid.

Un ejemplo de esa oscuridad impostada, de ese deleznable español que se nutre a menudo de muletillas y comodines, la aportaría el siguiente fragmento de un examen universitario: «Es obvia la existencia de dos tipos de registro en este texto. (…) Céntrome un momento en el texto culto. De la mano del redactor. Cabe resaltar la intervención, más allá de los hechos objetivamente concurridos en el evento; además de oraciones explicativas a modo de epíteto, como si se tratase un público al que todo hay que aclarárselo, también se denota la compadecida visión del propio autor hacia el mismo asunto».

Empobrecimiento del léxico y rebuscamiento impostado vienen a ser las dos caras de un mismo problema que muestra que el sistema no garantiza el aprendizaje del buen uso de la lengua.

El empleo abusivo del gerundio y de las comas —»Muchos textos parecen salpicados de cagaditas de mosca», dice Alberto Gómez Font—; el uso errático de las tildes y los signos de puntuación; el desconocimiento de la ortografía; los vicios del laísmo, leísmo, yeísmo y dequeísmo; la sustitución del imperativo por el infinitivo («comer» en lugar de «comed»), y la utilización del infinitivo como verbo principal («decir que»… en lugar de «quiero decir que»…) compondrían algunos de los defectos más frecuentes. A eso hay que sumar la utilización de expresiones que los entendidos juzgan aberrantes, como «a nivel de…», introducidas desde la política y el periodismo.

En este panorama poco reconfortante reverdece la idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor, mientras se asienta la convicción de que, contra lo que ocurre en otros países, a nuestros estudiantes no se les forma adecuadamente en la lectura, la escritura y la oratoria; no se les enseña a exponer sus conocimientos.

Los estudios internacionales de evaluación Pirls (2006) y PISA (2003) demuestran que el nivel de comprensión lectora de nuestros estudiantes de primaria y secundaria está a la cola europea y se sitúa sólo ligeramente por encima de la media de los 40 países de la OCDE.

Un dato altamente significativo es que únicamente el 40% de los alumnos españoles tienen profesores con formación específica en didáctica de la lectura, mientras que en el plano internacional, ese porcentaje asciende al 57%. Muchos docentes echan en falta la actividad escolar de la lectura en voz alta, la exposición pública oral de un tema, y la profusión de redacciones y notas escritas que se mantienen en países anglosajones, y en Italia y Francia. «Aquí no se ha prestado atención hasta hace poco a la retórica, como ocurre, por ejemplo, en EE UU con las ligas de debate universitarias», apunta Concepción Martínez. «Los ingleses cuidan mucho más la presentación», sostiene Rosa María Molins.

Sin necesidad de avalar la vieja teoría, más mito que realidad, de que hasta el más iletrado de los franceses puede expresarse con soltura y precisión, parece establecido que la competencia lingüística general (claridad, coherencia, no reiteración) en un país como Francia es superior a la de España. La razón no habría que buscarla en la naturaleza pretendidamente más lógica y diáfana de la lengua francesa, sino en el hecho, constatado por lingüistas como Eugenio Coseriu, de que se expresan de manera más lógica y diáfana. Por tanto, se trata de una cuestión de educación en su sentido más amplio.

«En Francia hay un orgullo por la lengua que no encuentro en España», constata Ángel González. «Todos los profesores franceses, sea cual sea su asignatura, son antes que nada profesores de francés», subraya Manu Montero. El ex rector de la Universidad del País Vasco piensa, sin embargo, que el problema de la ortografía y del empobrecimiento del idioma no es exclusivo del español. «Tengo noticia de que unos maestros franceses hicieron la prueba de poner unos dictados de hace 60 años y comprobaron que los alumnos de hoy cometen muchas más faltas». En todo caso, además de contar con un sistema educativo tradicionalmente orientado a la búsqueda de la brillantez expositiva, la sociedad francesa valora mucho más el hablar y escribir bien.

«Si ahora se escribe peor, es por un asunto de mentalidad, porque hay mucha gente que cree que expresarse bien no es importante y que la lengua no sirve para nada», reflexiona José Antonio Pascual, lingüista y catedrático de la Universidad Carlos III. «Aunque el dominio de la lengua es fuente de poder y resulta indispensable si se aspira a tener una cabeza bien amueblada, parece que el éxito social se ve en otras cosas, como en el dinero o la fama», indica. «Debe de haber un motivo fuerte para que la lengua, que es sutileza, posibilidad de acuerdo, lo opuesto al mundo de las verdades absolutas del blanco y negro, no esté hoy valorada en nuestra sociedad».

Con todo, José Antonio Pascual tiene un mensaje esperanzador para los universitarios que se pelean con la gramática. «Cuando Fernando Lázaro Carreter (ex director de la Real Academia Española, RAE) leyó mi tesina sobre Pío Baroja, me dijo que no se entendía nada y que, si había decidido presentarla, era exclusivamente por no dejarme sin licenciatura. Bueno, creo que con el tiempo he ido mejorando y que ahora ya no escribo tan mal», apunta con ironía. Lo dice él, que es miembro de la Academia Española.

EP

[*ElPaso}– Auxilio para el Pino de la Virgen, un pino aborigen

02 Agosto 2008

Maikel Chacón

El Paso (EL DÍA) – El Paso ha diseñado, con apoyo de biólogos, una actuación que pretende frenar el deterioro del Pino de la Virgen, de gran valor científico y cultural, al que se le calculan 800 años. Se eliminará parte de la plaza que cubre el tronco.

El delicado estado de salud del Pino de la Virgen viene preocupando a la Administración de El Paso desde hace algunos años, y los estudios que se han realizado han terminado por confirmar que el árbol más conocido de la Isla, y uno de los más emblemáticos de Canarias por la historia que encierra, necesita de una intervención urgente que evite el incremento de los daños que se están produciendo en su estructura, conformada a lo largo de los 800 años (según las dataciones científicas realizadas en 1994 que lo sitúan como el más viejo que se ha estudiado) que tiene este monumento natural, que ya permanecía erguido durante la época prehispánica.

El valor cultural de este ejemplar de pino canario no se basa sólo en su antigüedad. Bajo su sombra, en el interior de una pequeña ermita (construida en 1927, con una previa capilla de mampostería de 1876), reposa la imagen del manto verde que custodia el monte pasense, la Virgen de El Pino que, según cuenta la leyenda, apareció en el majestuoso tronco de este árbol en tiempos de la conquista, protagonizando multitud de historias posteriores.

Tras la realización de varios estudios científicos, el último recientemente concluido por parte de los doctores Carmelo Prendes y Raimundo Cabrera, del departamento de Biología Vegetal de la de la Universidad de La Laguna, el Ayuntamiento de El Paso ha decidido intervenir con un plan de auxilio que permitirá salvar este emblemático y gigantesco ejemplar de pino canario, en el que el paso de los años y la mano del hombre han hecho mella.

Evaluación de daños

Durante una inspección realizada antes de finalizar el verano se hizo una nueva evaluación fitopatológica del pino, lo que permitió confirmar la presencia, décadas después del primer informe, de las zonas putrefactas localizadas bajo la corteza, a algo más de dos metros de altura de su cuello de raíz, unida a cierta pérdida de follaje. El gigantesco pino canario está perdiendo volumen a un ritmo considerable (teniendo en cuenta su longevidad).

El problema podría encontrarse en los efectos negativos de la impermeabilización de una parte importante de su espacio vital. Varios metros de su tronco están sepultados por la urbanización de la plaza circundante de la Ermita de El Pino, una construcción ejecutada hace muchos años, así como a las posteriores actuaciones de asfalto, ampliación de plaza y su adoquinado.

El árbol quedó incluido dentro de la edificación y emerge a través de un pequeño parterre que se creó. La impresión que se obtiene observando esta construcción es que las raíces del pino, que debieron extenderse alrededor de su tronco, han quedado sepultadas por un lado, por la losa de la plaza y, por el otro, por el asfalto de la carretera.

Eliminar parte de la plaza

Ante estos datos, la actuación que han aconsejado los expertos se basa, principalmente, en la eliminación de la esquina de la plaza, restituyendo el nivel original del suelo alrededor del tronco. Esta actuación implicaría también sustituir el asfalto de la carretera por otro sistema de pavimento. Ésta, según los estudios, sería la actuación más beneficiosa para la salud de este emblemático árbol, siempre dependiendo del estado de la parte del tronco que ha quedado enterrada.

Además, se debe remodelar el alcorque que rodea la base del pino construyendo un muro o una verja que impida el libre acceso al tronco por parte del público, así como un saneamiento general del pino, eliminando con mucho cuidado la madera descompuesta.

Los estudios que se han publicado sobre este ejemplar de pino canario son varios y destacados. Quizás, el que más, por su contenido, es el de los profesores María del Mar Génova, Carlos Santana y Ernesto Martín que, bajo el título «Longevidad y anillos de crecimiento en el Pino de la Virgen» forma parte de un proyecto de investigación del cambio climático a lo largo del último milenio a partir de la información contenida en los anillos de crecimiento de este antiguo pino.

Dicho proyecto de investigación está avalado por la sección de Historia de la Universidad de Las Palmas. María del Mar Génova, como técnico del CIFOR (Centro Internacional de Investigación Forestal), dirigió en 1996 un estudio de datación del emblemático árbol por iniciativa del Ayuntamiento de El Paso, en el que dictaminó su edad en torno a los 800 años.

Estos trabajos son la base de otro posterior que consta en las actas de la Real Sociedad de Historia Natural, año 1998, «Cambio climático y anillos de crecimiento».

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Cortesía del Dr. Juan Antonio Pino Capote.

[*FP}– Mi caballo blanco

Carlos M. Padrón

A causa de la Gran Depresión, mis padres, que para entonces vivían en Cuba con sus tres primeros hijos, dos varones y una hembra, en 1932 regresaron a Canarias en total bancarrota, se residenciaron en la casa que había sido de mi abuelo paterno, y mi padre —con la ayuda que podían darle mis hermanos, apenas adolescentes— se dedicó a trabajar los terrenos que de su padre había heredado y que necesitaron mucho esfuerzo para hacerlos productivos.

Por lo pesado de las tareas y lo que había que transportar en aquel medio agropecuario, se necesitaba una bestia de carga. Según recuerdo haber oído decir a mis hermanos, mi padre compró —en Garafía, Tijarafe o Puntagorda, no estamos seguros— un caballo, de color blanco, que, como todos los dedicados a carga, estaba castrado. Ignoro también qué edad tenía ese caballo cuando llegó a mi casa allá por el año 1935, pero sí sé que, aunque potro aún, era ya útil para el trabajo que de él se requería.

Fui el primero de los hijos de mis padres que nació en Canarias, y me crié viendo desde niño ese caballo blanco. Ya desde los 9 años lo usaba yo para, cabalgando sobre él, llevar en las tardes la vaca a la relva, donde también quedaba el caballo, y yo regresaba a casa caminando, y caminando iba a recogerlos temprano a la mañana del día siguiente.

Si la vaca se escondía entre las frondosas matas de chochos sembradas en la relva, el caballo, al verme llegar, iba a buscarla y la arreaba hasta la puerta, a la que llamábamos ‘cancelón’: una armazón hecha con dos postes de madera, clavados en el piso a la distancia que entre ellos exigiera el uso, y con dos o más pares de huecos en los que encajaban otros tantos largueros, también de madera, que iban de poste a poste, con una separación vertical entre ellos, y hasta una altura que impidiera la salida del ganado.

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Foto tomada a mediados de 1948 con los dos animales más útiles de la casa: la vaca y el caballo —Mi caballo blanco— sobre el cual aparezco yo. En pie, mi padre y mi madre. Al fondo, con la puerta abierta, el ‘pajero’ (establo) lugar destinado a guardar al caballo y a la vaca. El nombre de ‘pajero’ le viene de que ahí se guardaban también las pacas de paja para alimentar a ambos.

 Si por cualquier motivo, y ya camino a casa, la vaca aminoraba la marcha o se detenía a comer algo, el caballo la mordisqueaba en el anca para que continuara a buen paso. A veces tenía yo que evitar este proceder porque la ubre de la vaca iba tan repleta que el bamboleo al caminar hacía que de las tetas salieran hilos de leche que serían más abundantes si la vaca apuraba el paso.

El caballo cargaba con cereales, pasto para las cabras y la vaca, pacas de pinillo (aguja de pino seca), madera o piñas de pino para alimentar el fuego para cocinar, sacos de gofio, las “mantas” de las acarreas, llenas de trigo o cebada, etc. Era imprescindible para este tipo de labores.

Siendo todos jóvenes, tanto mis hermanos como el caballo, éste sirvió a aquéllos, Raúl y Tomás —quienes en 1946 y 1947, respectivamente, cuando apenas tenía yo 6 y 7 años, emigraron a América— para competir en carreras contra los caballos o yeguas de otros muchachos de su edad, aunque a mi padre no le gustaba que hicieran tal.

Raúl, que fue un joven enamoradizo, se echó una noviecita en el Paso de Abajo, y adoptó la costumbre de ir a verla a lomos de nuestro caballo blanco. A tal fin lo bañaba y cepillaba el domingo en la mañana, y en la tarde, a la hora en que las normas de la época permitían que los enamorados se visitaran, le ponía su montura. Y estando mi hermano muy bien ataviado para la ocasión, montaba en el caballo y se dirigía a casa de su enamorada.

Como ésta vivía en una casa de dos plantas, y le permitían hablar con mi hermano desde la ventana de la planta superior, que daba al camino, Raúl se aparcaba con el caballo frente a esa ventana y, sin bajarse de él, comenzaba a “enamorar”, que era el término decente que para la época se le daba a esa actividad. El no tan decente pero sí mucho más apegado a la realidad, cuya validez se entiende después de que uno tiene más de 60 años, era “jozar mierda”.

Pues bien, cuando eso se repitió por varias domingos consecutivos, nuestro caballo creyó que tener que estar parado, por horas y a pie firme, frente a una estúpida ventana, semana tras semana, era algo que ya se pasaba de castaño oscuro, y un buen día, cuando la visita de Raúl iba por la mitad de lo que solía durar, el caballo soltó un sonoro pedo.

Al principio, mi hermano creyó que había sido un hecho aislado, y avergonzado pidió disculpas a su noviecita. Pero viendo el caballo que la visita seguía, siguió también él con los pedos, cada vez menos distanciados en el tiempo, hasta que mi hermano, avergonzado y hecho una furia, picó espuelas e hizo correr al caballo cuestas arriba hasta llegar a casa.

El pobre animal debe haber sufrido por el castigo que recibió durante esa forzada carrera, pero nunca más tuvo que soportar el martirio de, con el peso de mi hermano sobre su lomo, estar parado por horas frente a una ventana de una casa del Paso de Abajo.

Para colmo, entiendo que este incidente de las emanaciones gaseosas de no muy agradables olores arruinó el incipiente romance que mi hermano adelantaba con esa noviecita, pues a Raúl le dio vergüenza volver a acercarse a ella y, como se sabe, “lejos de vista,…”.

En otra oportunidad, y cuando Raúl, montado en el caballo, regresaba del huerto que llamamos Enrique y se durmió mientras cabalgaba, del patio de una casa del Camino Viejo salió de pronto, ladrando como loco, un perro. El caballo se asustó, hizo un extraño giro, y proyectó a Raúl contra el suelo en una caída que pudo haber sido fatal porque la cabeza de mi hermano pegó contra una piedra.

Faltando ya mis dos hermanos, el único hijo varón que en casa le quedaba a mi padre era yo, y sobre mí recayeron algunas tareas que, a pesar de mi corta edad, podía y debía yo llevar a cabo.

Así, a veces cuando mi padre tenía que ir al campo muy de madrugada, para evitar despertarme tan temprano dejaba el caballo listo con aparejos y carga, como ya dije en Algo de corte esotérico,y cuando mi madre por fin me “despertaba” y me daba el desayuno —leche con gofio, por supuesto—, yo montaba en el caballo, amarraba su cabestro a la punta de la albarda y lo arreaba para que echara a andar.

Cómo lo hacía, no lo sé, pero de los cuatro posibles destinos a los que dirigirse (Padrón, Enrique, La Hoya del Rayo, y El Calderón), el caballo, siempre y por su propia cuenta, iba directo al correcto. ¿Y por qué por su propia cuenta? Por lo de las comillas en “despertaba”, pues yo me dormía sobre él, y dormido llegaba a destino.

Poco a poco, este caballo fue convirtiéndose para mí en un pet o mascota más que en una utilitaria bestia de carga. Yo solía hablarle cuando lo llevaba a abrevar al chorro de Don Diego, o a que le pusieran “zapatos” nuevos en una herrería que entonces había en Cachete y que era, si mal no recuerdo, de alguien apellidado Díaz. Y cuando el peral de casa nos regalaba su siempre abundante cosecha, a espaldas de mi padre le daba yo a comer peras, que al caballo le gustaban mucho.

Una mañana en que bajaba de la relva de La Hoya del Rayo, con vaca y caballo, y yo a lomos de éste, faltando unos metros para llegar a El Abrigado ocurrió algo similar a lo que le había pasado a mi hermano Raúl: de una casa del lado derecho del camino salió de pronto un perro que con sus inesperados ladridos asustó al caballo; éste hizo una contorsión que me lanzó despedido hacia unos troncos de pino —‘vergas’, se les decía— que estaban apilados en el camino frente a la casa de la que había salido el perro, y contra esos troncos golpeó violentamente mi espalda.

Cuando desperté, me encontré dentro de la venta que para entonces había en El Abrigado, sentado en una silla pero al revés (mi pecho contra el respaldo), y una de las varias y preocupadas personas que allí se habían congregado, pasaba alcohol sobre las heridas que, como pude ver luego —iban en diagonal desde mi hombro derecho hasta la base izquierda de la espalda, justo sobre la cintura— eran idénticas a las que, según el cine, ocasionan en una persona los latigazos que se le dan.

Quién me llevó hasta la venta, no lo sé, pero sólo cuando los vecinos allí congregados se cercioraron de que yo había recuperado plenamente el sentido, me permitieron continuar el camino hacia casa, pero haciéndome prometer que lo haría a pie, llevando al caballo sujeto por el cabestro, pues temían que si montaba en él me diera un vahído y cayera.

La vaca y el caballo, como afectados por lo grave del incidente, estaban parados esperando frente a la venta, y, cuando me dirigí al caballo para tomarlo del cabestro, reparé en que el pobre animal estaba todavía temblando, pues era consciente de lo que sin querer había causado.

Uno o dos años después, un grupo de muchachos que a diario llevábamos vacas a las relvas, acordamos ir juntos cuando las relvas estuvieran en la misma zona, y una de estas veces, al llegar al barranco de Las Canales acepté el desafío que “para echar una carrera” me hicieron mis compañeros.

Montado a pelo sobre mi caballo blanco, como en el cine muestran que hacen los indios de las películas del Oeste —pues nunca pude sentirme seguro montando en silla, albarda o ‘basto’, como llamaban a la pieza acolchada que se ponía entre la silla y el lomo de la bestia—, lo hice correr en competencia con las otras 2 ó 3 bestias.

Por mala suerte, el caballo tropezó, y yo salí disparado hacia adelante y caí sobre la arena del barranco, tendido boca arriba y con mi cabeza directamente debajo de la pata delantera derecha del caballo que, para sorpresa de todos, la mantuvo suspendida, con el casco a escasos centímetros de mi cara,… a pesar de que por el miedo al verme caído se puso a temblar y, de pronto, se orinó.

El pobre estuvo muy consciente de lo ocurrido, y también de lo que podía ocurrir si bajaba su pata, y, literalmente, como suele decirse, “se meó del susto”.

A finales del año 1954 mi padre comenzó a preocuparse porque, cada vez con más frecuencia, el caballo se desplomaba bajo el peso de cargas como las que siempre había transportado sin problemas, y, para agravar la situación, en su excremento comenzaron a aparecer trozos de pienso enteros, sin digerir.

A poco se hizo evidente que ya el caballo no servía para lo que mi padre necesitaba de él, pero también era evidente, tristemente evidente, que mi padre sí necesitaba el dinero que por el caballo pudieran darle,… y decidió venderlo.

Un ‘marchante’ (mercader de bestias) natural de uno de los pueblos que señalé como posible origen de mi caballo, se interesó en él y, un aciago día mi padre se lo vendió.

Lo supe cuando al llegar a casa, ya de noche, después de haber concluido la consulta que para las tareas de mis estudios hacía yo en la biblioteca de la casa de mi tía Beneda —situada en la confluencia de la carretera principal con la de la Cumbre— noté una extraña tensión en el ambiente familiar, y, compungida, mi madre me dijo que el caballo ya no estaba en casa.

Haciendo un esfuerzo me senté a cenar con mis padres y mis dos hermanas, todos en un tenso silencio, en especial mi padre, en cuyos ojos se percibía una cierta humedad.

En febrero de 1955, cuando, ya totalmente de noche, salí de la casa de mi tía Beneda para ira la mía, para protegerme del frío reinante tuve que alzar el cuello de mi chaqueta, mantenerla cerrada con fuerza contra mi pecho, y caminar inclinado hacia adelante para poder avanzar contra la fuerza del alocado viento de brisa que soplaba proyectando gotas de agua —las llamábamos ‘chirizo’— que punzaban como alfileres.

Las verdes y escasas lámparas del alumbrado público, colgantes entonces de un cable sujeto entre dos postes ubicados a ambos lados de la vía, saltaban alocadas proyectando luces y sombras en todas direcciones, y el ulular del viento entre las ramas de los eucaliptos que bordeaban la carretera hasta un poco más arriba de Monterrey, era a veces ensordecedor.

Al pasar frente a la entrada a la calle lateral a Monterrey, la que hoy lleva el nombre de Pedro Martín Hernández y Castillo (mi tío-abuelo) a pesar del ruido ambiental escuché un estridente relincho que hizo que me detuviera en seco creyendo que estaba alucinando, pues era el inconfundible relincho de mi caballo blanco. Unos segundos después, y estando yo aún parado y expectante, el relincho sonó de nuevo.

“¡No puede ser mi caballo!” me dije, pues aparte de que hace tiempo se lo llevaron lejos de El Paso, no es posible que, con lo viejo que está, haya podido detectar mi presencia con alguno de sus ya atrofiados sentidos. No con el oído, pues el ruido producido por el viento era mucho; no con el olfato, pues el mismo viento dispersaba de inmediato cualquier olor; y difícilmente con la vista, pues aparte de que no veía ya bien, tendrían que haberse dado tres condiciones: que yo estuviera pasando por la bocacalle, que en ese preciso momento me alumbrara la errática luz de la lámpara, y que el caballo estuviera mirando hacia ese punto, algo poco probable porque no había motivo para que mirara hacia allí.

No obstante todo eso, algo en mi interior me decía que el relincho era de mi caballo, y ese algo hizo que, sin pensarlo más, yo me adentrara en la negrura de aquella calle, que entonces carecía de alumbrado público, y después de avanzar unos 30 metros encontré, atado a la pared y en medio de la oscuridad, a mi caballo blanco que, contento al verme, agitó su cabeza hacia arriba y hacia abajo como en un gesto afirmativo.

Llorando sin poder evitarlo me abracé a su cuello, y el pobre animal comenzó a emitir un extraño sonido gutural, de frecuencia muy baja que, aunque parecido al ronroneo de un gato, surgía entrecortado y tenía ribetes de gemido, de lamento.

No sé cuánto tiempo estuve así, pero convencido de que nada podía yo hacer para remediar aquella situación, armándome de valor me solté del cuello del caballo y, casi ciego por las lágrimas, eché a correr hacia la carretera y puse rumbo a mi casa, siempre corriendo a fin de evitar que hubiera un nuevo relincho y yo pudiera escucharlo.

Al llegar a mi casa, antes de entrar fui hasta la pileta, me lavé la cara, me sequé con mi pañuelo, y cuando creí que ya no serían evidentes las señales de mi llanto, entré.

Ya estaban todos sentados a la mesa esperándome para cenar, pero sin detenerme ni mirarlos siquiera me dirigí hacia mi cuarto mientras decía que iba a acostarme porque me dolía la cabeza.

Nunca más supe de mi caballo blanco, pero por mucho tiempo me torturó la pregunta de cómo y dónde habría sido su muerte.

Tampoco nunca se lo mencioné a mi padre, ni le dije que había vuelto a ver al caballo, pues bien sabía yo que a él le había dolido también —aunque no tanto como a mí— darle a mi caballo blanco ese triste final lejos del hogar —lugar y personas— en el que había vivido por más de 20 años.

***

Cuando mis hijas fueron niñas, en sus años de gusto por los cuentos me pedían que les contara el de “El caballito blanco”, y aunque fueron muchas las veces que las complací, será a través de este relato como sepan por fin la versión completa y no la de final feliz que yo les contaba.

Tal vez también maquillada puedan ellas dársela a mis nietos como el cuento de “El caballito blanco de Abuelito Carlos”.

[*El Paso}– Con Voz Propia – Entrevista al Dr. Juan Antonio Pino Capote

Publicada en “Acta Médica de Tenerife” de octubre 2008.

Eladio Frías Tejera

jantpinoJuan Antonio Pino Capote, palmero de El Paso —donde nació, como un regalo navideño, el 26 de diciembre de 1937— cursó el bachillerato en el Instituto de Enseñanza Media de Santa Cruz de La Palma, y el curso selectivo de Medicina en La Laguna, y concluyó en Sevilla la Licenciatura. Años después, en 1977, se doctoró en nuestra Universidad de La Laguna con sobresaliente cum laude.

Antes había realizado la especialidad de Anestesiología y Reanimación en el Hospital General de Nottingham (Inglaterra), 1964-1965, con el grado de Senior House Officer. Trabajó también el Hospital General de Asturias (1966-67) y recuerda sus inicios en Tenerife en 1968, con el Dr. Pinto Grote y los practicantes Mauro Carrillo y Francisco Santana en el viejo Hospital Civil Nuestra Señora de los Desamparados. “La necesidad de anestesiólogos era muy grande” —(“34 años después lo sigue siendo, Juan Antonio”.)—.

Desde 1969 se incorpora a la Residencia Sanitaria de Nuestra Señora de La Candelaria de Santa Cruz de Tenerife, en principio como jefe de sección interino y luego como titular.

Ha sido Profesor ayudante de Farmacología en nuestra Facultad de Medicina (1969-70), especialista de la Educación Física y del Deporte, profesor de Ética profesional en la Escuela de Enfermería del Hospital de la Candelaria (1976-78), Director Médico del Hospital de la Candelaria (1980-81), académico de la Real de Medicina y Cirugía de Santa Cruz de Tenerife, desde 1978, y Secretario Perpetuo desde 1966 hasta 2005.

Becado por el Consejo de Europa para asistir a la Unidad del Dolor del Walton Hospital de Liverpool, en 1984

Jefe de Servicio, por oposición, de Anestesiología y Reanimación del Hospital de la Candelaria, desde 1986 hasta su jubilación en el año 2007.

Multitud de publicaciones, desde 1969 hasta prácticamente su jubilación, en revistas regionales, nacionales e internacionales, de las que destacamos especialmente las Guías I, II y III de Preanestesia, editadas en los años 1984, 2000 y 2008, respectivamente.

Organizador y ponente de numerosos eventos de su especialidad, locales, nacionales e internacionales, como el “I Seminario Internacional”, 1969, y ponente en las XX Jornadas Médicas das Ilhas Atlánticas (Madeira-Canarias-Azores) con el tema “Monitorizaçâo actual em anestesiologia” en Funchal (junio de 1995) y el X Congreso Luso-Espanhol de Anestesiología en Coimbra, en mayo de 1995.

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¿En tu primera época simultaneabas la asistencia pública y la privada?

Durante poco tiempo. En cuanto se estabilizó medianamente la economía familiar me dediqué casi en exclusiva a la asistencia pública. Trabajé especialmente en la Clínica Capote, y en la Colina. Curiosamente los neurocirujanos solicitaban mis servicios porque disponía de un respirador mecánico, importado por mi, imprescindible para mantener la presión intracraneal en niveles óptimos para la cirugía endocraneal.

Fuiste pionero en determinadas técnicas en la medicina pública,…

Diseñé aparatos para la administración del tipo de anestesia más adecuada en Oftalmología (cataratas), Otorrinolaringología (microcirugía de laringe, introducción de la fibrolaringoscopia para intubación traqueal).

En las intervenciones de cataratas se precisaba mantener baja la presión intraocular, además de un soporte para fijar la cabeza y, al mismo tiempo, oxigenar. Diseñé un cóctel para ello. Luego comprobé que el Diazepan era el factor que más bajaba la presión intraocular, y en un experimento en gatos descerebrados, o anestesiados con ketamina, con miras a mi tesis doctoral, se demostró dicho efecto a nivel del propio ojo, lo que me permitió presumir la existencia de receptores diacepínicos en las estructuras oculares, cuando aún se hablaba poco de estos receptores cuya existencia se demostró posteriormente.

Creo que también “ejerciste” como diseñador, inventor, artesano,…

Te estás refiriendo al transporte interno de pacientes anestesiado o en estado crítico. Dada la compleja estructura del edificio de la antigua Residencia —(“Cada día más compleja, Juan Antonio, si nos atenemos a los veinte años que lleva en interminables obras”.)—, diseñé una camilla móvil, totalmente monitorizada y con un respirador incluido, que realizó el personal de mantenimiento y que posteriormente fue reemplazada por otras que salieron al mercado ya fabricadas en serie. Aún conservo fotos de dichos artilugios.

¿Te sientes especialmente satisfecho de algo a lo que hayas contribuido de forma destacada en tu especialidad?

La preanestesia ha sido uno de mis mayores logros. Me satisface puntualizar que fuimos pioneros en España. Hoy ya se ha generalizado e incluido en el libro blanco de la especialidad bajo el epígrafe de “Policlínicas de anestesia”. Comenzamos actuaciones de ‘calidad’ antes de que se hablara del Movimiento de Calidad.

Ya jubilado, Juan Antonio, ¿te aburres o sabes ocupar tu tiempo en otras aficiones?

Sigo con las mismas aficiones ya que para mí la Medicina era una afición; sólo que ahora no es una prioridad, es más un hobby para disfrutar con los progresos y el cambio de conocimientos de cuando estudiamos hasta la actualidad. Contemplar la bella panorámica de la perspectiva. Ahora lo primero son la familia y las personas. Antes me ocupaban más los pacientes; ahora procuro otro tipo de relaciones con los demás, aunque muchos me siguen haciendo consultas.

Tras una actividad diaria de más de 40 años lidiando con gestores, compañeros, pacientes,… ¿con quiénes te ha sido más fácil o difícil entenderte?

Siempre me ha sido más fácil entenderme con las compañeras que con los compañeros —(“Curioso, Juan Antonio, a mi también me ha pasado lo mismo ¿por qué será? jajajá…”.)—. Las mujeres en general se identifican más fácilmente con nuestra forma de pensar, tienen una visión más amplia y práctica de las cosas con soluciones sencillas, a veces sorprendentes, y son más sensibles. Creo que aún, a pesar de los movimientos feministas, no se sienten tan rivales como los hombres; no sé entre ellas.

Cierto que a los que vengan detrás no les quedará otro remedio puesto que la feminización de la Medicina, en la sociedad toda, es abrumadora. Pero tranquilos, que estaremos en buenas manos y lo sabrán hacer mejor que nosotros.

Me he relacionado con muchos gestores. Los bienintencionados, ilusos y colaboradores han durado poco. No quiero decir que los otros fueran malintencionados sino que iban a lo suyo y a quedar bien, importándoles menos la realidad asistencial. Pero hay que saber lo que se puede conseguir de cada cual. A esto lo llamo coyunturalismo u oportunismo. A un gerente le parece un disparate concederte una cosa, y para otro el disparate es que no te la hayan dado antes.

Nuestra Unidad de Reanimación se consiguió con un gerente bastante cicatero y economicista que un buen día se lamentó, como queriendo culparnos, de las largas listas de espera que había para determinados procesos que en el postoperatorio requerían cuidados críticos. De golpe le espeté que eso yo se lo podía resolver en menos de un mes. Debió pensar que tenía alguna carta importante que jugar ya que me preguntó cómo lo haría, y le contesté que nos montara una Unidad de Reanimación de 24 al Servicio de Anestesia. Y así se hizo en un tiempo récord.

Con los pacientes me he entendido muy bien, sin discriminación de género; nunca han sido mi problema sino mi debilidad. Son personas atribuladas, bajo una gran dependencia, que buscan en el médico solución, alivio o consuelo. Nada más gratificante que ver en sus ojos una luz de esperanza, y arrancarles una sonrisa de agradecimiento, cuando antes todo era ansiedad y angustia. Algunos expresan literalmente esta gratitud y alivio. Otros sólo dicen: “¡Que Dios lo ayude mucho!”.

Juan Antonio Pino ha hecho sus “pinitos” (disculpen el chiste fácil y malo) en el cine a través de un vídeo informativo para los paciente de Preanestesia, que alcanzó una nominación para premio en Videomédica 2000 en Badajoz, y fue también nominado, para premio especial a la mejor película de la Especialidad, en 2001 en Santiago de Compostela.

Curioso e infatigable, como lo demuestra su asistencia a los dos últimos congresos mundiales, el Dr. Pino Capote, médico y humanista de los de antes, ha sabido adaptarse perfectamente al vertiginoso desarrollo asistencial y tecnológico de nuestra carrera: ha sido y sigue siendo ejemplo de profesionalidad y humildad para varias generaciones de anestesistas que se han formado a su sombra y que, siguiendo su estela y sus directrices, y aplicando sus métodos con rigor, conforman un Servicio puntero en nuestra Sanidad.

Eladio Frías Tejera , Adjunto a la Dirección.

 ***

«Resulta gratificante, heroico, y es una verdadera lección de humanidades, celebrar homenajes a personas vivas. Reconocer los méritos sin el valor añadido de la muerte. Decir las cosas exactas y buenas en la presencia, y no cuando la ausencia ha sepultado el mayor pecado del hombre: la envidia de los demás. En la sepultura entierran el cuerpo de uno y la envidia de los otros; el que muere se lleva a la tumba los recelos ajenos. Entonces, resulta fácil y cómodo hablar de él y exaltar sus méritos, como si la objetividad necesitara de la distancia para expresarse«.

ENRIQUE GONZÁLEZ en una conferencia.

[*Opino}– Diario de un perro

Cuando viví en Madrid supe de la costumbre que allá tenían los dueños de perros mascota de abandonarlos en verano para poder disfrutar de las vacaciones. Según me contaron, al iniciar éstas metían a toda la familia en el automóvil, perro incluido, y a éste lo abandonaban luego en algún paraje solitario de una carretera.

Habida cuenta de lo mucho que a los niños les gustan los perros, me acongoja el sólo pensar en el trauma que a un niño debe causarle el presenciar cómo sus padres abandonan alegremente a su amiguito, el perro.

¿Qué explicación darán esos padres a sus hijos? ¿Qué efecto tendrá en ellos el comprobar la ligereza y falta de escrúpulos con que sus padres llevan a cabo un acto de tal crueldad?

Tal vez no faltará algún niño que llegue a temer que con él hagan lo mismo.

Sospecho que ese malvado trato hacia un animal tan fiel y cariñoso como es un perro, un animal que nació para tener un amo al que hacer su dios, tiene el mismo origen genético o “cultural” que el placer por las corridas de toros.

En general, siento una cierta desconfianza hacia las personas a las que no les gustan los perros.

Carlos M. Padrón

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DIARIO DE UN PERRO

Semana 1
Hoy cumplí una semana de nacido, ¡Qué alegría haber llegado a este mundo!

Mes 01
Mi mamá me cuida muy bien. Es una mamá ejemplar.

Mes 02
Hoy me separaron de mi mamá. Ella estaba muy inquieta, y con sus ojos me dijo adiós, esperando que mi nueva «familia humana» me cuidara tan bien como ella lo había hecho.

Mes 04
He crecido rápido. Todo me llama la atención. Hay varios niños en la casa que para mí son como «hermanitos». Somos muy inquietos, ellos me tiran de la cola y yo les muerdo, todo jugando.

Mes 05
Hoy me regañaron. Mi ama se molestó porque me hice pipí dentro de la casa; pero nunca me habían dicho dónde debo hacerlo. Además, duermo en el dormitorio, … ¡y ya no me aguantaba!

Mes 12
Hoy cumplí un año; soy un perro adulto. Mis amos dicen que crecí más de lo que ellos pensaban. ¡Que orgullosos deben sentirse de mí!

Mes 13
¡Qué mal me sentí hoy! «Mi hermanito» me quitó la pelota. Yo nunca agarro sus juguetes, así que se la quité. Pero mis mandíbulas se han hecho muy fuertes, y lo lastimé sin querer. Después del susto, me encadenaron, casi sin poder moverme y a pleno sol. Dicen que van a tenerme en observación, y que soy ingrato. No entiendo nada de lo que pasa.

Mes 15
Ya nada es igual. Vivo en la azotea, y me siento muy solo. ¡Mi familia ya no me quiere! A veces se les olvida que tengo hambre y sed. Cuando llueve, no tengo donde cobijarme.

Mes 16
Hoy me bajaron de la azotea. De seguro que mi familia me perdonó, y por eso me puse tan contento que daba saltos de alegría y mi rabo parecía un reguilete. Además, me van a llevar con ellos de paseo. Nos enfilamos hacia la carretera, y de repente detuvieron el auto. Abrieron la puerta y yo me bajé feliz creyendo que haríamos nuestro «día de campo».

No comprendo por qué cerraron la puerta y se fueron. «¡Oigan, esperen! Se,… se olvidan de mí!”. Corrí detrás del auto con todas mis fuerzas, pero mi angustia crecía al darme cuenta de que ya no podía más,… y ellos no se detenían. ¡Me habían olvidado!

Mes 17
He tratado en vano de buscar el camino de regreso a casa. Me siento perdido porque estoy perdido. En mi sendero hay gente de buen corazón que me ve con tristeza y me da algo de comer, y yo les agradezco con mi mirada. Quisiera que me adoptaran, y seria leal como ninguno, pero sólo dicen «¡Pobre perrito! Debe haberse perdido”.

Mes 18
El otro día pasé por una escuela y vi a muchos jóvenes y niños, como mis «hermanitos». Me acerqué, y un grupo de ellos, riéndose, me lanzaron una lluvia de piedras «a ver quién tenia mejor puntería», dijeron. Una de esas piedras me golpeó en un ojo y desde entonces ya no veo con él.

Mes 19
Parece mentira cuando estaba más bonito se compadecían más de mí, pero ahora que estoy muy flaco, que mi aspecto se ha deteriorado y que perdí mi ojo, la gente más bien me saca a escobazos cuando pretendo echarme en una pequeña sombra.

Mes 20
Casi no puedo moverme. Hoy al tratar de cruzar la calle por donde pasan los automóviles, uno me arrolló y me lanzó a un lugar llamado «cuneta». Nunca olvidaré la mirada de satisfacción del conductor cuando se detuvo para ver si me había matado. ¡Ojalá lo hubiera hecho!… pero sólo me dislocó la cadera. El dolor es terrible, mis patas traseras no me responden y con dificultades pude arrastrarme hasta un pequeño espacio con yerba a la vera del camino.

Mes 21
He pasado 10 días bajo el Sol, la lluvia y el frío,… y sin comer. Ya no me puedo mover; el dolor es insoportable. Me siento muy mal. Quedé en un lugar húmedo y parece que hasta mi pelo se está cayendo. Algunas personas pasan y me miran. Otras me dicen «¡No te acerques!».

Ya casi estoy inconsciente, pero alguna fuerza extraña me hizo abrir los ojos, y la dulzura de de una voz me hizo reaccionar. «Pobre perrito, ¡mira cómo te han dejado”, decía la voz. que era de una dama, y con ella venía un señor de bata blanca que comenzó a tocarme y dijo «Lo siento señora, pero este perro ya no tiene remedio; es mejor que deje de sufrir».

A la gentil dama se le salieron las lágrimas, pero asintió. Como pude, moví el rabo y la miré agradeciéndole que me ayudara a descansar. Solo sentí el piquete de la inyección, y me dormí para siempre pensando en por qué tuve que nacer si nadie me quería.

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Cortesía de Charo Bodega

http://charobodega47.blogspot.com/

[*FP}– Incapacidad de algunas mujeres para aceptar el rechazo amoroso

Carlos M. Padrón

Desde que yo tenía 12 años comencé a ganarme epítetos y comparaciones como “Tienes mucha letra menuda”, ”Eres un protestón”, y “¡Aquí tenemos a Pedro Padrón!” (que fue un tío mío, hermano menor de mi padre, al que no conocí pero que, dado el parecido que en varios aspectos tengo con él, escribiré algo al respecto algún día). Y me los gané porque yo objetaba dichos y principios que todos aceptaban sin rechistar. Por ejemplo, a eso de,

  • Madre no hay sino una”, yo replicaba que padre también hay sólo uno.
  • A la mujer, ni con el pétalo de una rosa”, yo respondía que si una mujer me enfrentaba como si ella fuera un hombre, como un hombre y como a hombre le respondería.
  • “¡La película es buenísima! Lloré desde el comienzo hasta el final”. Mi pregunta era que desde cuándo el arte se mide con cantidad de llanto, y eso enfurecía a sirias y a troyanas.
  • Y me burlaba de quienes usaban la estúpida expresión “¡Me extraña!” que por un tiempo fue usada, como respuesta o comentario a todo, por quienes se consideraban chic, o “in”, como se diría hoy.

Para colmo, yo declaraba públicamente cuáles muchachas tenían piernas bonitas y cuáles no, y como las segundas eran más que las primeras, cosechaba un buen lote de antipatías entre las féminas cuyas extremidades inferiores no merecían mi aprobación. “¡Nieto de su abuelo!”, me decían con despecho.

Una dama, ya mayor pero con unas piernas que parecían troncos de pino, me gritó un día en una reunión: “¡Ojalá a la mujer con la que te cases se le llenen de várices las piernas!”. O sea, como entonces se decía en El Paso, “me pidió una plaga”.

Y un par de años después comencé a ganarme también la antipatía de varios Curas porque yo ponía en duda y tela de juicio algunas de las cosas que ellos decían.

Una vez, creo que con motivo de la Fiesta del Sagrado, desde Santa Cruz de Tenerife trajeron a El Paso como predicador especial a un tal Padre Eguiraun —creo que se llamaba así, aunque no estoy seguro—, pero sí lo estoy de que se distinguía por su arrogancia.

Como yo formaba parte del grupo de Jóvenes de Acción Católica, un día el tal Padre Eguiraun nos preguntó a algunos de ese grupo qué opinábamos sobre sus sermones.

Ante el silencio que se hizo opté por contestar yo, y le dije que, en mi opinión, no estaba bien que los basara principalmente en Teología, pues gran parte de la gente que los escuchaba ni siquiera creía en Dios, por lo que me parecía que debería comenzar por destruir esa incredulidad si es que iba a continuar con el mismo tema.

Maldita la gracia que al Padre Eguiraun le hizo mi comentario, que luego, y no para suerte mía, llegó a oídos del párroco del pueblo.

Pero el tiempo me dio la razón, porque al año siguiente trajeron como predicador especial a un jesuita de apellido, si mal no recuerdo, Arriola. Los sermones de éste nada tenían de teológicos; trataban de problemas de la vida diaria que eran del interés de la mayoría de los feligreses.

A partir del primer sermón, a la iglesia comenzaron a acudir más y más personas, hasta que la llenaron. La sencillez, la claridad y la lógica del Padre Arriola eran de primera, estaban a la altura de los campesinos que conformaban la audiencia, y así se ganó la atención y el respeto de todos.

Para cuando yo tenía 18 años, eran varios los Curas que no me querían cerca, y por eso nunca pude ingresar en ninguno de los famosos Cursillos de Cristiandad que en la segunda mitad del decenio de los años ’50 estuvieron de moda. A quienes me apadrinaron para ver de que yo entrara en alguno de esos cursillos les decían, a guisa de explicación para no aceptarme, que yo era una amenaza.

Volviendo atrás unos años, poco tiempo después de haber dejado la niñez y comenzar a interesarme por las muchachas, dije que “Las mujeres son las niñas mimadas de la sociedad” (al menos allá se usaba entonces, para referirse al súmmum del mimo, la expresión “niña mimada”), y con esto me eché encima a todas las féminas de mi entorno y a buena parte de los varones.

Pero hoy, pasados más de 50 años, sigo creyendo lo mismo, y aunque sé que hay excepciones a lo que voy a decir, las que conozco no son suficientes para hacerme cambiar de opinión. Al contrario, son tan pocas que servirían para corroborar lo de que “la excepción confirma la regla”.

Lo de las niñas mimadas de la sociedad lo dije al percatarme de cómo las mujeres entendían una relación de pre-noviazgo entre dos jóvenes, pues si resultaba que el varón estaba enamorado de la muchacha, y que a ella no le gustaba él pero que, con insistencia, el muchacho trataba de hacerla cambiar de opinión, el comentario era, excepto si el muchacho tenía muy buena posición social: «¿Pero ese bobo no se da cuenta de que está molestando a la pobre muchacha? ¿de que a ella no le gusta él? ¿¡Por qué sigue rondándola como mosca de caballo!?».

Pero si el caso era al contrario, o sea, si resultaba evidente que a una muchacha le gustaba mucho un muchacho, pero él no le hacía caso, entonces el comentario era: «¿Es que ese bobo no se da cuenta de que ella está coladita [1] por él? ¿Por qué no le hace caso? ¿Dónde cree él que va a conseguir una mejor?».

Y este comentario tenía sus bemoles, pues movía a pensar que no siempre las mujeres estaban coladitas por su pareja —como, p.ej., cuando el muchacho tenía muy buena posición social,…— y que, por tanto, cuando lo estuviera era algo que el muchacho debería aprovechar. En fin, que como ella estaba coladita, pues había que complacerla como a una niña mimada.

Pero, sea como fuere, de todas, todas, las mujeres salían ganando.

Años después caí en cuenta de que ellas creían que lo que tienen entre las piernas es algo que TODOS los hombres desean, y que por lograr conseguirlo harían lo indecible. No importa que fueran tuertas, cojas, gordas, esqueléticas o malencabadas [2], TODAS creían eso como si fuera un dogma de fe. Ninguna podía suponer siquiera que hubiera un hombre capaz de rechazar una oferta amorosa de su parte, pues si la mujer se sabía fea, entonces, en su opinión, su valor residía en su belleza interior. Pero cuando su belleza exterior era notable, entonces la interior ni se mencionaba.

Tal vez la creencia de que lo que las mujeres tienen entre las piernas es algo que TODOS los hombres deseamos, y que, por tanto, ninguno rechazaría jamás la oferta de la posibilidad de obtener ese “tesoro escondido”, dio lugar entre muchas mujeres a la también creencia de que la entrega de ese preciado “tesoro” era lo que ellas tenían que aportar al matrimonio; el hombre tenía que poner todo lo demás.

Tal vez eso funcionó hace muchos años cuando las mujeres se mostraban forradas de arriba hasta abajo y la sola visión de un simple tobillo femenino era para un hombre un logro de alto valor afrodisíaco, y los acercamientos sociales entre novios tenían lugar bajo férrea vigilancia de la madre u otro familiar de la novia, etc. Pero hoy día, ¡por favor!

Sin embargo en el “hoy” —pues me refiero a hace apenas una década— vivió en El Paso una dama, casi enana, que ni en sus 15 tuvo atractivo físico alguno, por lo cual ningún hombre la cortejó, y permaneció solterona hasta su muerte. Era una de esas mujeres acerca de las que en Venezuela los hombres solemos decir que “Ni con uno prestado”, o sea, que el hombre que así se expresa declara que a esa mujer no le haría el amor ni con un pene prestado.

Ya en sus 60 y tantos, esta solterona sufrió una seria complicación y —acompañada de otra dama, por supuesto— tuvo que ir a una detallada revisión ginecológica. Cuando salió de ese para ella tan horrible trance, llorando a lágrima viva le decía a su acompañante,: “¡Tantos años tapándome y tapándome, para que ahora vengan a refistoliarme [3] toda! ¡Y no uno, sino tres hombres!”.

Esto me lo contaron como chiste, pero a mí me produjo ganas de llorar, pues, ¿qué carajo creía esa mujer que eran sus genitales? ¿El Santo Grial? Su queja no era porque le dio vergüenza abrirse de piernas —por usar la expresión popular— sino por tener que “rendirse” y acceder a que un hombre viera sus genitales, a desvelar el “sublime” secreto por tantos años guardado (aunque ni ella sabía para qué), y mostrar lo que, en su opinión, TODOS los hombres estaban locos por ver,… y por algo más. ¡Pobrecita! ¡Ni con uno prestado!

Tal vez por esa convicción acerca de lo irresistible y valioso de su atractivo personal, cuando una mujer se prenda de un hombre y éste no le corresponde, o le corresponde y después la deja, le crea a ella una situación de verdadero trauma, porque si bien los hombres asimilamos como normales los rechazos amorosos, las mujeres no.

Y si el hombre que las rechazó lo hizo para irse con otra, ¡ahí arde Troya! ¡Eso sí que a la pobre le resulta intolerable! Que él la deje, ya le es intragable, pero que la deje POR OTRA escapa a toda posibilidad de la más mínima aceptación. Tal vez porque la hace sentir derrotada por otra MUJER, y eso le resulta del todo intolerable.

Sin embargo, parece como más lógico que la reacción fuera al revés, pues si ella fue dejada por otra, cabe pensar que el hombre que la dejó le vio a esa otra más valor que a ella. Pero si fue dejada de plano, sin que hubiera otra, entonces cabe pensar que el hombre que la dejó no le vio a ella valor ninguno, y que aplicó lo de que es mejor estar solo que mal acompañado. Pero no, con las mujeres eso no funciona así.

Por esto, y como no creo posible, ni muchos otros lo creen tampoco, me parece de una hipocresía sin nombre el que cuando una mujer decide poner punto final a una relación amorosa con un hombre, le proponga a éste que queden como amigos; pero cuando es él quien toma esa decisión, no hay para ella amistad posible: u obtiene de él lo que ella quiere, o será su enemiga jurada para siempre. Por éste, y por detalles como éste, es por lo que no creo posible una verdadera amistad entre hombre y mujer,

Lo paradójico y hasta patético es que, a pesar de que la tan cacareada emancipación femenina ha dado lugar a que el sexo sea un producto “no regulado”, gratuito y de consumo masivo, aún hay muchas mujeres que siguen pensando así acerca de su “tesoro”, y siguen mostrándose incapaces de encajar el rechazo amoroso, lo que sugiere que se trata de una incapacidad no tanto cultural como genética.

Las muchas veces que fui rechazado ─incluso en el caso, poco frecuente, de mi primer amor─ me lo tomé con filosofía y apliqué mi principio de que no quiero conmigo a quien conmigo no quiere estar, pues lo contrario sería de mi parte imposición, abuso y falta de dignidad. Pero cuatro veces he sido yo quien ha rechazado, quien ha cortado una relación amorosa, y con ello me gané, que yo sepa, tres enemigas.

¿Y por qué no cuatro? se preguntará el lector. La respuesta es que en uno de los casos puse punto final porque yo me había drogamorado, pero ella —¡a Dios gracias!— no quiso llevar nuestra relación al próximo y lógico paso, con lo cual me permitió ganar tiempo y ánimos para zafarme de la droga. En cuanto me vi libre, me alejé sin más.

Pero bastó que yo me retirara para que comenzara de parte de ella un inusitado interés por mí, con un proceso de insinuaciones, mensajes, ofertas, petición de favores y otras trampitas cuya evidente finalidad era conseguir que yo volviera. Como nada de eso le dio resultado, y de vez en cuando vuelve a la carga, supongo que aún no me ha puesto en la lista de sus enemigos.

O sea, que hasta en casos así, en los que las mujeres deberían aceptar de buen grado que el hombre se retirara ya que ellas no quieren seguir adelante, no aceptan la ruptura,…. a menos que, como niñas mimadas, sean ellas quienes la causen, claro.

¿Vendrá de ahí eso de que las mujeres siempre tienen la última palabra?

***

[1] Coladita: Perdidamente enamorada.

[2] Malencabada: Persona de cuerpo carente de proporciones armoniosas, torcida o contrahecha. Palabra del Léxico Pasense que he recopilado.

[3] Refistoliar: Meterse alguien a ver, buscar o averiguar, sin invitación o con intenciones aviesas. Palabra del Léxico Pasense que he recopilado.

 

[*Opino}– Las frases más absurdas de la farándula… y de los políticos

Si los medios que adulan a estas personas hicieran escarnio masivo de ellas cuando meten la pata por incursionar en terrenos para los que no están preparadas, tal vez lo pensarían dos veces antes de incursionar de nuevo, o hasta tal vez aprenderían a decir “No sé nada de eso”. Pero —y voy con un tercer ‘tal vez’— tal vez eso sea pedirle peras al olmo.

Todavía recuerdo lo de la petición, por demás arrogante, de Mia Farrow, y que Arnold Schwarzenegger es hoy gobernador de California.

Mi amigo Fernando Lacoste, nuestro destacado “filósofo” mientras estuvo en IBM, decía: “Para ser comerciante no hacen falta inteligencia ni cultura; éstas mas bien estorban”.

Yo incluiría que también para ser político, pues los más de ellos ?como los de la lista que copio al final? no sólo encajan en esta realidad sino que, además, son en cierto modo comerciantes porque es el beneficio económico personal lo que les mueve a incursionar en política.

Definitivamente, sigue siendo cada vez más válido lo de “Zapatero, a tus zapatos”.

Carlos M. Padrón

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29.09.08

(PD).- Presentamos algunas de las frases que, según la revista People, no se pueden creer por lo graciosas y absurdas que son. Todas ellas fueron dichas por reconocidas celebridades mundiales.

Britney Spears: “Nunca he querido ir a Japón, simplemente porque no me gusta el pescado, y sé que es muy popular allá en África”.

Cameron Diaz: “Si me quieres torturar, siéntame en un cuarto atada a una silla y pon una canción de Mariah Carey”.

Paris Hilton: En una ocasión le preguntaron: “¿Usted cree que todas las guapas son tontas?”, a lo que ella respondió: “No, también hay feas que son tontas”.

Pamela Anderson: “No es la contaminación la que esta dañando el ambiente. Son las impurezas que hay en nuestro aire y en nuestra agua las que lo están haciendo”.

Claudia Schiffer: “Esa rastrera sinvergüenza merece ser muerta a patadas por un asno… y yo soy justo la indicada para hacerlo”. – Se dice que de esta forma se refirió la supermodelo alemana a su colega Naomi Campbell, aunque al hacerlo se llamó asno a sí misma.

Valeria Mazza: “Yo nunca he fumado marihuana porque eso da celulitis”.

Mariah Carey: “Siempre que veo la televisión y veo esos niños pobres y hambrientos en todo el mundo, no puedo evitar llorar. O sea, me encantaría ser tan flaquita como ellos, pero no con todas las moscas, y muerte, y esas cosas”.

Winona Ryder: “Me encuentro mejor que nunca cuando soy feliz”.

Arnold Schwarzenegger: “Creo que el matrimonio homosexual es algo que debería darse entre un hombre y una mujer”, dijo el gobernador de California sobre el matrimonio entre homosexuales, al cual se oponía en ese entonces.

Rocío Jurado: “La mayoría de nuestras importaciones vienen de fuera del país”.

Mónica Castañeda: En el certamen de belleza Miss Colombia 2000, a la representante del departamento del Cauca le preguntaron a qué personaje le gustaría conocer, y su respuesta fue: “Definitivamente me gustaría conocer a Lady Di. Aunque, afortunadamente, ya falleció…”. Aunque Castañeda era la favorita ese año, esta pequeñísima equivocación la envió al tercer lugar.

Chrsitina Aguilera: “Entonces, ¿dónde se realizará el Festival de Cine de Cannes este año?”

Jessica Simpson: “¿Esto es pollo,… o pescado? Sé que es atún, pero pone el pollo del mar”. La cantante estadounidense dijo esto en su programa reality Newlyweds. La intérprete confundió el atún con el pollo porque la marca del atún es Chicken of the Sea (El pollo del mar).

Jennifer Lopez: “No he cometido ningún delito, lo que hice es no cumplir la ley”, declaró en 1999 la actriz y cantante de ascendencia puertorriqueña, tras el tiroteo en el que se vio envuelto P. Diddy, quien fuera su novio en ese entonces. JLo se encontraba junto a Diddy en el momento del tiroteo.

Brooke Shields: “El fumar mata, y si te mueres has perdido una parte muy importante de tu vida”.

PD

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De políticos.

27-09-08

A. de Miguel

Gustavo Laterza Rivarola aporta un estupendo trabucamiento:

  • En de la diputada que dijo de un contrincante que «andaba buscando la quinta pata al gallo».
  • El del diputado que acusó a alguien de “rascarse las vestiduras». Por cierto, se me ocurre que la voz «vestiduras» sólo se emplea en español para rasgárselas en el caso de que proceda. Supongo que el rito proviene del Antiguo Testamento.

Miguel Á. Taboada me remite un divertido florilegio de frases célebres pronunciadas por los políticos paraguayos de diversas épocas. Entresaco una muestra:

  • Perón quemó Roma
  • Para analizar este problema tenemos que constituir una comisión hot dog.
  • Dentro del Partido Colorado cada uno tiene su talón de Ulises.
  • A la oposición nada le gusta, nada le conforma. Los opositores son como el perro de don Ortellado: no comen ni dejan comer.
  • Y como dijo Martín Fierro: «Ladran, Sancho, luego cabalgamos».
  • Y
    o no torturaba a los presos, solo les pegaba con el sable.
  • Y el general Rodríguez, que en paz descanse, lo sabe.
  • No, no tenemos por qué rasurarnos las vestiduras.
  • Y para que todo llegue a su feliz culmino.
  • El acto no está prohibido. Lo que pasa es que la entrada está prohibida no más.
  • No hay dudas de que hay gato incendiado.
  • El tribunal no le hizo caso omiso a las pruebas presentadas.
  • El sujeto se lavó las manos como Pitágoras.
  • Lo cortés no quita lo bailado.
  • El presidente norteamericano Clin Binton.
  • Nos levantamos de las cenizas como el gato Féxis.
  • La oposición se encuentra entre la capa y la espada.
  • Es difícil negociar con los directivos del banco; son ellos los que tienen la sartén en la manga.