[*FP}– Mi caballo blanco

Carlos M. Padrón

A causa de la Gran Depresión, mis padres, que para entonces vivían en Cuba con sus tres primeros hijos, dos varones y una hembra, en 1932 regresaron a Canarias en total bancarrota, se residenciaron en la casa que había sido de mi abuelo paterno, y mi padre —con la ayuda que podían darle mis hermanos, apenas adolescentes— se dedicó a trabajar los terrenos que de su padre había heredado y que necesitaron mucho esfuerzo para hacerlos productivos.

Por lo pesado de las tareas y lo que había que transportar en aquel medio agropecuario, se necesitaba una bestia de carga. Según recuerdo haber oído decir a mis hermanos, mi padre compró —en Garafía, Tijarafe o Puntagorda, no estamos seguros— un caballo, de color blanco, que, como todos los dedicados a carga, estaba castrado. Ignoro también qué edad tenía ese caballo cuando llegó a mi casa allá por el año 1935, pero sí sé que, aunque potro aún, era ya útil para el trabajo que de él se requería.

Fui el primero de los hijos de mis padres que nació en Canarias, y me crié viendo desde niño ese caballo blanco. Ya desde los 9 años lo usaba yo para, cabalgando sobre él, llevar en las tardes la vaca a la relva, donde también quedaba el caballo, y yo regresaba a casa caminando, y caminando iba a recogerlos temprano a la mañana del día siguiente.

Si la vaca se escondía entre las frondosas matas de chochos sembradas en la relva, el caballo, al verme llegar, iba a buscarla y la arreaba hasta la puerta, a la que llamábamos ‘cancelón’: una armazón hecha con dos postes de madera, clavados en el piso a la distancia que entre ellos exigiera el uso, y con dos o más pares de huecos en los que encajaban otros tantos largueros, también de madera, que iban de poste a poste, con una separación vertical entre ellos, y hasta una altura que impidiera la salida del ganado.

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Foto tomada a mediados de 1948 con los dos animales más útiles de la casa: la vaca y el caballo —Mi caballo blanco— sobre el cual aparezco yo. En pie, mi padre y mi madre. Al fondo, con la puerta abierta, el ‘pajero’ (establo) lugar destinado a guardar al caballo y a la vaca. El nombre de ‘pajero’ le viene de que ahí se guardaban también las pacas de paja para alimentar a ambos.

 Si por cualquier motivo, y ya camino a casa, la vaca aminoraba la marcha o se detenía a comer algo, el caballo la mordisqueaba en el anca para que continuara a buen paso. A veces tenía yo que evitar este proceder porque la ubre de la vaca iba tan repleta que el bamboleo al caminar hacía que de las tetas salieran hilos de leche que serían más abundantes si la vaca apuraba el paso.

El caballo cargaba con cereales, pasto para las cabras y la vaca, pacas de pinillo (aguja de pino seca), madera o piñas de pino para alimentar el fuego para cocinar, sacos de gofio, las “mantas” de las acarreas, llenas de trigo o cebada, etc. Era imprescindible para este tipo de labores.

Siendo todos jóvenes, tanto mis hermanos como el caballo, éste sirvió a aquéllos, Raúl y Tomás —quienes en 1946 y 1947, respectivamente, cuando apenas tenía yo 6 y 7 años, emigraron a América— para competir en carreras contra los caballos o yeguas de otros muchachos de su edad, aunque a mi padre no le gustaba que hicieran tal.

Raúl, que fue un joven enamoradizo, se echó una noviecita en el Paso de Abajo, y adoptó la costumbre de ir a verla a lomos de nuestro caballo blanco. A tal fin lo bañaba y cepillaba el domingo en la mañana, y en la tarde, a la hora en que las normas de la época permitían que los enamorados se visitaran, le ponía su montura. Y estando mi hermano muy bien ataviado para la ocasión, montaba en el caballo y se dirigía a casa de su enamorada.

Como ésta vivía en una casa de dos plantas, y le permitían hablar con mi hermano desde la ventana de la planta superior, que daba al camino, Raúl se aparcaba con el caballo frente a esa ventana y, sin bajarse de él, comenzaba a “enamorar”, que era el término decente que para la época se le daba a esa actividad. El no tan decente pero sí mucho más apegado a la realidad, cuya validez se entiende después de que uno tiene más de 60 años, era “jozar mierda”.

Pues bien, cuando eso se repitió por varias domingos consecutivos, nuestro caballo creyó que tener que estar parado, por horas y a pie firme, frente a una estúpida ventana, semana tras semana, era algo que ya se pasaba de castaño oscuro, y un buen día, cuando la visita de Raúl iba por la mitad de lo que solía durar, el caballo soltó un sonoro pedo.

Al principio, mi hermano creyó que había sido un hecho aislado, y avergonzado pidió disculpas a su noviecita. Pero viendo el caballo que la visita seguía, siguió también él con los pedos, cada vez menos distanciados en el tiempo, hasta que mi hermano, avergonzado y hecho una furia, picó espuelas e hizo correr al caballo cuestas arriba hasta llegar a casa.

El pobre animal debe haber sufrido por el castigo que recibió durante esa forzada carrera, pero nunca más tuvo que soportar el martirio de, con el peso de mi hermano sobre su lomo, estar parado por horas frente a una ventana de una casa del Paso de Abajo.

Para colmo, entiendo que este incidente de las emanaciones gaseosas de no muy agradables olores arruinó el incipiente romance que mi hermano adelantaba con esa noviecita, pues a Raúl le dio vergüenza volver a acercarse a ella y, como se sabe, “lejos de vista,…”.

En otra oportunidad, y cuando Raúl, montado en el caballo, regresaba del huerto que llamamos Enrique y se durmió mientras cabalgaba, del patio de una casa del Camino Viejo salió de pronto, ladrando como loco, un perro. El caballo se asustó, hizo un extraño giro, y proyectó a Raúl contra el suelo en una caída que pudo haber sido fatal porque la cabeza de mi hermano pegó contra una piedra.

Faltando ya mis dos hermanos, el único hijo varón que en casa le quedaba a mi padre era yo, y sobre mí recayeron algunas tareas que, a pesar de mi corta edad, podía y debía yo llevar a cabo.

Así, a veces cuando mi padre tenía que ir al campo muy de madrugada, para evitar despertarme tan temprano dejaba el caballo listo con aparejos y carga, como ya dije en Algo de corte esotérico,y cuando mi madre por fin me “despertaba” y me daba el desayuno —leche con gofio, por supuesto—, yo montaba en el caballo, amarraba su cabestro a la punta de la albarda y lo arreaba para que echara a andar.

Cómo lo hacía, no lo sé, pero de los cuatro posibles destinos a los que dirigirse (Padrón, Enrique, La Hoya del Rayo, y El Calderón), el caballo, siempre y por su propia cuenta, iba directo al correcto. ¿Y por qué por su propia cuenta? Por lo de las comillas en “despertaba”, pues yo me dormía sobre él, y dormido llegaba a destino.

Poco a poco, este caballo fue convirtiéndose para mí en un pet o mascota más que en una utilitaria bestia de carga. Yo solía hablarle cuando lo llevaba a abrevar al chorro de Don Diego, o a que le pusieran “zapatos” nuevos en una herrería que entonces había en Cachete y que era, si mal no recuerdo, de alguien apellidado Díaz. Y cuando el peral de casa nos regalaba su siempre abundante cosecha, a espaldas de mi padre le daba yo a comer peras, que al caballo le gustaban mucho.

Una mañana en que bajaba de la relva de La Hoya del Rayo, con vaca y caballo, y yo a lomos de éste, faltando unos metros para llegar a El Abrigado ocurrió algo similar a lo que le había pasado a mi hermano Raúl: de una casa del lado derecho del camino salió de pronto un perro que con sus inesperados ladridos asustó al caballo; éste hizo una contorsión que me lanzó despedido hacia unos troncos de pino —‘vergas’, se les decía— que estaban apilados en el camino frente a la casa de la que había salido el perro, y contra esos troncos golpeó violentamente mi espalda.

Cuando desperté, me encontré dentro de la venta que para entonces había en El Abrigado, sentado en una silla pero al revés (mi pecho contra el respaldo), y una de las varias y preocupadas personas que allí se habían congregado, pasaba alcohol sobre las heridas que, como pude ver luego —iban en diagonal desde mi hombro derecho hasta la base izquierda de la espalda, justo sobre la cintura— eran idénticas a las que, según el cine, ocasionan en una persona los latigazos que se le dan.

Quién me llevó hasta la venta, no lo sé, pero sólo cuando los vecinos allí congregados se cercioraron de que yo había recuperado plenamente el sentido, me permitieron continuar el camino hacia casa, pero haciéndome prometer que lo haría a pie, llevando al caballo sujeto por el cabestro, pues temían que si montaba en él me diera un vahído y cayera.

La vaca y el caballo, como afectados por lo grave del incidente, estaban parados esperando frente a la venta, y, cuando me dirigí al caballo para tomarlo del cabestro, reparé en que el pobre animal estaba todavía temblando, pues era consciente de lo que sin querer había causado.

Uno o dos años después, un grupo de muchachos que a diario llevábamos vacas a las relvas, acordamos ir juntos cuando las relvas estuvieran en la misma zona, y una de estas veces, al llegar al barranco de Las Canales acepté el desafío que “para echar una carrera” me hicieron mis compañeros.

Montado a pelo sobre mi caballo blanco, como en el cine muestran que hacen los indios de las películas del Oeste —pues nunca pude sentirme seguro montando en silla, albarda o ‘basto’, como llamaban a la pieza acolchada que se ponía entre la silla y el lomo de la bestia—, lo hice correr en competencia con las otras 2 ó 3 bestias.

Por mala suerte, el caballo tropezó, y yo salí disparado hacia adelante y caí sobre la arena del barranco, tendido boca arriba y con mi cabeza directamente debajo de la pata delantera derecha del caballo que, para sorpresa de todos, la mantuvo suspendida, con el casco a escasos centímetros de mi cara,… a pesar de que por el miedo al verme caído se puso a temblar y, de pronto, se orinó.

El pobre estuvo muy consciente de lo ocurrido, y también de lo que podía ocurrir si bajaba su pata, y, literalmente, como suele decirse, “se meó del susto”.

A finales del año 1954 mi padre comenzó a preocuparse porque, cada vez con más frecuencia, el caballo se desplomaba bajo el peso de cargas como las que siempre había transportado sin problemas, y, para agravar la situación, en su excremento comenzaron a aparecer trozos de pienso enteros, sin digerir.

A poco se hizo evidente que ya el caballo no servía para lo que mi padre necesitaba de él, pero también era evidente, tristemente evidente, que mi padre sí necesitaba el dinero que por el caballo pudieran darle,… y decidió venderlo.

Un ‘marchante’ (mercader de bestias) natural de uno de los pueblos que señalé como posible origen de mi caballo, se interesó en él y, un aciago día mi padre se lo vendió.

Lo supe cuando al llegar a casa, ya de noche, después de haber concluido la consulta que para las tareas de mis estudios hacía yo en la biblioteca de la casa de mi tía Beneda —situada en la confluencia de la carretera principal con la de la Cumbre— noté una extraña tensión en el ambiente familiar, y, compungida, mi madre me dijo que el caballo ya no estaba en casa.

Haciendo un esfuerzo me senté a cenar con mis padres y mis dos hermanas, todos en un tenso silencio, en especial mi padre, en cuyos ojos se percibía una cierta humedad.

En febrero de 1955, cuando, ya totalmente de noche, salí de la casa de mi tía Beneda para ira la mía, para protegerme del frío reinante tuve que alzar el cuello de mi chaqueta, mantenerla cerrada con fuerza contra mi pecho, y caminar inclinado hacia adelante para poder avanzar contra la fuerza del alocado viento de brisa que soplaba proyectando gotas de agua —las llamábamos ‘chirizo’— que punzaban como alfileres.

Las verdes y escasas lámparas del alumbrado público, colgantes entonces de un cable sujeto entre dos postes ubicados a ambos lados de la vía, saltaban alocadas proyectando luces y sombras en todas direcciones, y el ulular del viento entre las ramas de los eucaliptos que bordeaban la carretera hasta un poco más arriba de Monterrey, era a veces ensordecedor.

Al pasar frente a la entrada a la calle lateral a Monterrey, la que hoy lleva el nombre de Pedro Martín Hernández y Castillo (mi tío-abuelo) a pesar del ruido ambiental escuché un estridente relincho que hizo que me detuviera en seco creyendo que estaba alucinando, pues era el inconfundible relincho de mi caballo blanco. Unos segundos después, y estando yo aún parado y expectante, el relincho sonó de nuevo.

“¡No puede ser mi caballo!” me dije, pues aparte de que hace tiempo se lo llevaron lejos de El Paso, no es posible que, con lo viejo que está, haya podido detectar mi presencia con alguno de sus ya atrofiados sentidos. No con el oído, pues el ruido producido por el viento era mucho; no con el olfato, pues el mismo viento dispersaba de inmediato cualquier olor; y difícilmente con la vista, pues aparte de que no veía ya bien, tendrían que haberse dado tres condiciones: que yo estuviera pasando por la bocacalle, que en ese preciso momento me alumbrara la errática luz de la lámpara, y que el caballo estuviera mirando hacia ese punto, algo poco probable porque no había motivo para que mirara hacia allí.

No obstante todo eso, algo en mi interior me decía que el relincho era de mi caballo, y ese algo hizo que, sin pensarlo más, yo me adentrara en la negrura de aquella calle, que entonces carecía de alumbrado público, y después de avanzar unos 30 metros encontré, atado a la pared y en medio de la oscuridad, a mi caballo blanco que, contento al verme, agitó su cabeza hacia arriba y hacia abajo como en un gesto afirmativo.

Llorando sin poder evitarlo me abracé a su cuello, y el pobre animal comenzó a emitir un extraño sonido gutural, de frecuencia muy baja que, aunque parecido al ronroneo de un gato, surgía entrecortado y tenía ribetes de gemido, de lamento.

No sé cuánto tiempo estuve así, pero convencido de que nada podía yo hacer para remediar aquella situación, armándome de valor me solté del cuello del caballo y, casi ciego por las lágrimas, eché a correr hacia la carretera y puse rumbo a mi casa, siempre corriendo a fin de evitar que hubiera un nuevo relincho y yo pudiera escucharlo.

Al llegar a mi casa, antes de entrar fui hasta la pileta, me lavé la cara, me sequé con mi pañuelo, y cuando creí que ya no serían evidentes las señales de mi llanto, entré.

Ya estaban todos sentados a la mesa esperándome para cenar, pero sin detenerme ni mirarlos siquiera me dirigí hacia mi cuarto mientras decía que iba a acostarme porque me dolía la cabeza.

Nunca más supe de mi caballo blanco, pero por mucho tiempo me torturó la pregunta de cómo y dónde habría sido su muerte.

Tampoco nunca se lo mencioné a mi padre, ni le dije que había vuelto a ver al caballo, pues bien sabía yo que a él le había dolido también —aunque no tanto como a mí— darle a mi caballo blanco ese triste final lejos del hogar —lugar y personas— en el que había vivido por más de 20 años.

***

Cuando mis hijas fueron niñas, en sus años de gusto por los cuentos me pedían que les contara el de “El caballito blanco”, y aunque fueron muchas las veces que las complací, será a través de este relato como sepan por fin la versión completa y no la de final feliz que yo les contaba.

Tal vez también maquillada puedan ellas dársela a mis nietos como el cuento de “El caballito blanco de Abuelito Carlos”.

10 comentarios sobre “[*FP}– Mi caballo blanco

  1. Estupendo como siempre Carlos!! ¡Qué bien lo haces! Me he emocionado. También mi padre tuvo que vender uno al que yo tenía un gran cariño y al enterarme sufrí mucho.¡Cuántas cosas he rememorado hoy!

  2. Hija, más que como un álbum lo veo como una recopilación biográfica y de la memoria de mi pueblo, que cae bajo la afirmación, atribuida a Margaret Thatcher y que un amigo me hizo llegar por e-mail, de que “Non est in actas non est in vita” que hoy vendría a ser “Si no está en la Red no está en la vida”.

  3. ¡Me encanta esa foto, Papi! Uno de los mejores recuerdos que tengo de pequeña son tus cuentos con el caballito blanco. Yo quería un caballito blanco también… ¿¡Que niña, no!? :o)

  4. Ali, recuerdo que querías un poney porque, decías, por el tamaño podíamos mantenerlo en el jardín.

  5. ¡Pero este blog tuyo es maravilloso! Uno escribe mensajes y aparecen publicados sin errores gramáticales y con acentos. Uhmm… Me pregunto cómo será que sucede es.? 🙂

    Y si, todavía quiero uno (me refiero al Pony) 🙂

  6. Eso sucede, Ali, porque tu padre es, como dijera Héctor, “Un hombre de palabras, en los dos sentidos: las cumple, y las usa y maneja muy bien”.

    Siempre que yo pueda evitarlo, no acepto en mi blog atentados contra el idioma español. Corregirlos no es tarea fácil, ¡pues me llega cada comentario que parece escrito por un niño de 8 años!

  7. Explícate, Ali, porque no sé a qué te refieres. Si es a mi último conentario en respuesta al tuyo, lo he releído tres veces y no encuentro lo que dices.

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