[*ElPaso}– Fiesta del Sagrado 2009

24 Junio, 2009

Carlos M. Padrón

El postFiesta del Sagrado 2008Arte del pueblo pasense” conté bastante sobre la fiesta de ese año en honor del Sagrado Corazón de Jesús, o, como se la llama en El Paso, “La fiesta del Sagrado”.

Aunque en ese post hice una lista, larga pero no exhaustiva, de los materiales que en mi pueblo se usan para confeccionar los adornos, o “enrame”, aquí ve de nuevo:

MATERIALES

• Arvejas
• Arroz molido (del usado para consumo humano y del de para perros)
• Brezo
• Cáscara de huevo molida y teñida (uso mayoritario en lo de Fátima)
• Flores de vinagrera
• Flores de pino
• Flores secas, de camelias y esterlizias
• Habas
• Judías (alubias, caraotas) negras y blancas
• Lentejas peladas
• Linaza
• Maíz (corriente y de cotufas)
• Mijo
• Pipas de calabaza, bubango y girasol
• Siemprevivas
• Trigo

Hay que destacar, una vez más, dos hechos clave para apreciar el valor de los llamados enrames:

1.- Que son hechos por aficionados, vecinos del pueblo que nunca han tenido formación artística pero sí un gran amor por su terruño y por mantener sus tradiciones, y que

2.- En la gran mayoría de los casos ?tal vez Fátima sea la excepción? los colores de la figuras son los naturales de los elementos con que se las hizo, por lo cual es casi labor de hormigas el conseguir el elemento apropiado. Un buen ejemplo es la imagen de la Virgen del Pino con el Niño en brazos, del barrio de Tenerra. Las fotos las he ampliado para que puedan apreciarse mejor los detalles.

Trascribo un artículo aparecido en el diario El Día, de Tenerife, sobre la fiesta en cuestión, artículo que me llegó por cortesía del amigo Juan Antonio Pino Capote.

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23/Jun/09

Por M. CH.

EL PASO – Un semillero de arte sacro

La singular belleza de los arcos, tapices y alfombras del Sagrado Corazón de Jesús atrae cada mes de junio a miles de observadores que se deleitan, rendidos ante la indudable capacidad creativa de los vecinos, con las laboriosas escenas artísticas basadas en la tradición religiosa. Las obras estarán expuestas hasta el jueves.

El aroma y el color que desprenden millones de semillas inundan un año más las calles del casco de El Paso, transformadas en auténticas galerías de arte al aire libre para mostrar auténticas joyas artesanas creadas por los vecinos de los barrios del municipio.

El fervor y la devoción que sienten los habitantes de la localidad se materializa a través del ingenio plasmado en los tapices, arcos y alfombras creados con motivo de las fiestas del Sagrado Corazón de Jesús, el del Cristo de la expresión serena, que protagoniza cada mes de junio una de las fiestas más entrañables de la Isla.

El ingenio mostrado por los creadores deleita y deslumbra a los miles de observadores que hasta el próximo jueves tendrán la posibilidad de conocer la visión artística de estas tradicionales fiestas a través de las expresiones plasmadas tras innumerables horas de trabajo por los vecinos de los barrios de El Paso de Abajo, La Rosa, Camino Viejo, El Barrial, Las Manchas, Tacande, Fátima y Tenerra, a los que acompaña otra creación de los Jóvenes Nacionalistas de CC en El Paso.

El colorido de los arcos, alfombras y tapices se logra con millones de semillas y algunas flores, que sirven de materia prima, siendo el resultado de un largo proceso creativo que se remonta meses atrás. Los elementos decorativos son confeccionados con la colaboración de muchos vecinos que durante el fin de semana transforman las calles del casco en un escenario que muestra el arte sagrado que, por su autenticidad, refleja el talento de un pueblo unido a su legado cultural.

Fuente: EL DÍA.

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Cortesía de Juan Antonio Pino Capote.

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Las fotos que siguen me las hizo llegar desde El Paso, como muchas de las de otros años, María del Carmen Taño Padrón (¡gracias, Maricarmen!). Van ordenadas por barrio, y mientras las ordenaba noté que este año participó el barrio llamado Las Manchas, ¡bienvenido! No lo había visto antes.

Barrio PASO DE ABAJO

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Barrio TAJUYA

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Barrio LA ROSA

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Barrio CAMINO VIEJO

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Barrio EL BARRIAL

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Barrio LAS MANCHAS

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Barrio FÁTIMA

Obras, como siempre han sido las de Fátima, de Santiago González.

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Barrio TENERRA

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Imagen del Sagrado en el interior de la iglesia.

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[*Opino}– ¿Quién dijo que las mujeres son interesadas?

Carlos M. Padrón

Sí, ¿quién dijo que las mujeres son interesadas? Algún misógino, malicioso y mal informado, pues desde siempre se ha sabido que en la relación con un hombre las más de ellas sólo buscan lo romántico, el cariño, la dulzura, la fidelidad y, en definitiva, el amor, pero nunca los billetes, ¿o no?.

Pero no sólo es bueno sino hasta lógico que procedan así, pues obedeciendo el mandato de la madre Naturaleza, que vela por la perpetuación de la especie humana, las mujeres son principalmente madres, están hechas para parir y alimentar a sus crías, y quieren al hombre en cuanto lo necesitan para conseguir este fin biológico.

En la medida en que no necesiten quien las preñe ni quien las mantenga a ellas y a sus crías, se apartan del hombre, y adiós dulzura, coqueteo y demás. Y aún cuando necesiten al hombre, una vez lograda la maternidad, éste pasa a segundo plano y ellas se dedicarán a sus crías.

Mientras no se liberen de esta esclavitud instintual, su comportamiento será como el de las madres animales, o peor, pues éstas dejan libres a sus crías cuando las ven capaces de valerse por sí mismas, pero las más de las madres humanas no.

[*ElPaso}– La serenata frustrada

16-06-2009

Carlos M. Padrón

Santiago era, como la gran mayoría de los padres de familia de El Paso, un agricultor que, a diferencia de esa mayoría, gozaba de una mejor posición económica. Estaba casado con Belén y tenían varios hijos.

Era conocido por lo mucho que le gustaba comer, practicar los deportes de la cama, y jactarse, cada vez que podía, de sus hazañas en ambos frentes: la comida y el sexo.

María del Carmen, una de sus hijas, era realmente bella, lo que se diría un “mujerón”, y por ello contaba con muchos admiradores que no paraban de inventar modos para llamar su atención. Tal vez el modo más romántico, pero al alcance sólo de quienes conseguían los recursos para usarlo, era darle serenatas a altas horas de la noche.

A tal fin hacía falta un grupo de buenos ejecutores de instrumentos musicales, generalmente de cuerdas, o, en el mejor de los casos, también de aire, como clarinete o trompeta. Y, por supuesto, varios de esos ejecutantes deberían saber cantar y acompañar a uno que, porque era el que mejor lo hacía, fungía como solista.

Como mi hermano Raúl era un buen trompeta y disponía de una, fue invitado una noche a formar parte del grupo que, por encargo de un admirador de María del Carmen, le daría a ésta una serenata. Y mi hermano aceptó.

Hasta poco antes de morir contaba él que ya iban por la segunda canción frente a la cerrada ventana del dormitorio de María del Carmen, y todavía la puerta de la casa permanecía cerrada, lo cual era casi una señal de desprecio por cuanto la costumbre obligaba a que el dueño de la casa, que no la homenajeada, al término de la primera canción debía abrir e invitar a pasar a los serenateros.

Una vez que éstos habían entrado a la casa —generalmente a la sala, que era la mejor amueblada de sus habitaciones— debía ofrecerles vino y algún dulce típico (almendrados, mantecados, truchas, etc.) mientras la homenajeada aprovechaba para vestirse, acicalarse y salir a presentar su saludo y agradecimiento,…. y a que su admirador la viera.

Mediada ya la tercera canción, y cuando la expresión del admirador comenzaba a mostrar signos de decepción, de pronto se abrió la puerta principal de la casa, la que daba a la sala, y de ella emergió Santiago terminando de ponerse sus pantalones. Y, a modo de excusa por la ofensiva tardanza, dirigiéndose a todos los del grupo dijo en voz alta:

—Es que estaba montando a Belén. ¡Tremenda hembra! ¡Yo quisiera que ustedes la montaran para que supieran lo que es una hembra de verdad!

Sorprendidos y avergonzados, los serenateros optaron por disculparse e irse, antes que tener que enfrentar a María del Carmen y a Belén, quienes, de seguro, habían escuchado lo dicho por Santiago.

[*Opino}– El tiempo y la puntualidad

Carlos M. Padrón

Tengo la impresión de que cada día está menos “de moda” lo de la puntualidad, pero continúo apegado a ella y no he tropezado aún con ningún argumento que me convenza de que eso es malo.

Es, como ya he comentado, como mi buena memoria, que aquéllos a quienes beneficia califican de bendición, y aquéllos a quienes perjudica, de maldición. Igual es la puntualidad.

Y lo que de los impuntuales me saca de quicio es que nunca lo son en relación con hechos que, como la salida de los aviones, suelen cumplirse con puntualidad. En esos casos los impuntuales crónicos, incorregibles y descarados, sí son puntuales, pues saben bien que los aviones no esperan. Por eso son descarados.

¿Qué significa esto? Que en los otros casos en que sí son consistentemente impuntuales abusan del prójimo robándole su tiempo. Y el problema que tienen conmigo es que nunca me ha gustado que me roben, y cada día me gusta menos.

En las relaciones sociales, ser puntual es ser respetuoso con la persona que, ejerciendo su derecho, fijó la hora de un determinado evento. Lo contrario es ser irrespetuoso con esa persona y con todas las otras que eventualmente estén involucradas en ese evento y hayan sido puntuales con él.

En la página Proverbia atribuyen a Marcel Jouhandeau esta frase:

“Como no tenemos nada más precioso que el tiempo, no hay mayor generosidad que perderlo sin tenerlo en cuenta”.

Aunque ignoro quién fue, o es, el tal Marcel, estoy 100% de acuerdo con él en lo de que no tenemos nada más precioso que el tiempo, pues el tiempo es el menos renovable de todos nuestros recursos, pero me permito discrepar en el resto, y digo que,

“Como no tenemos nada más precioso que el tiempo, es despilfarro perderlo, es delito robarlo, y es inaceptable dejar que nos lo roben”.

Ante esto alguien preguntará qué es perder el tiempo. Creo que, entre otros motivos, el tiempo se pierde cuando uno no puede usarlo como quiere sino que se ve obligado a gastarlo esperando a que lleguen los impuntuales.

[Opino}– Botar vs. guardar o reparar, efectos del facilismo

Lo que acerca de lo que sigue puedo decir es ¡¡¡EXCELENTE!!! Me identifico totalmente con el sentir de Marciano Durán, uruguayo, quien, según esto es el autor:

Ya consignado en envío por separado a lectores y amigos, deseamos en este blog reiterar lo dicho por nuestro colega Marciano Durán de que este excelente texto es de su autoría y no (como alguien lo ha querido hacer pasar) de Eduardo Galeano, quien con toda humildad ha aceptado que no es suyo”.

Pero no estoy de acuerdo en que sea para los mayores de 40 años, pues conozco varias personas que ya pasan esa edad y no entienden lo que Durán, yo y muchos millones más decimos acerca de cómo nos criamos.

Hace apenas 3 días descubrí que a mi cámara fotográfica digital, la primera de este tipo que he tenido, no le funciona el autofocus. Sobre el borde del lente se le ve la marca de un golpe, pero no sé quién ni cuándo ni donde pudo dárselo, pues no lo recibió estando conmigo y no se la he prestado a nadie.

Antes de buscar dónde podrían repararla se me ocurrió hurgar en Internet y descubrí que esa misma cámara, nueva, cuesta hoy $35, ¡pero en 2003 pagué por ella en San Francisco $300! Por supuesto, decidí no intentar siquiera repararla porque lo más seguro es que si tal reparación funcionara me cobrarían por ella más de $35.

Lo que me causa tristeza y malhumor es que la primera cámara fotográfica que tuve en mi vida, una Regula III, alemana, que con gran esfuerzo económico de mi parte compré en Santa Cruz de Tenerife a comienzos de 1958, y con la que tomé las más de las fotos que acerca de mi vida antes de 1980 aparecen en este blog, funciona aún y, por supuesto, no tengo estómago para botarla, como no lo tengo para botar esta digital que ya no funciona bien. ¿Que para qué la quiero si no funciona? ¡Pues no sé!

No me queda más opción que comprar otra digital, a pesar de que aún tengo en perfectas condiciones la reflex Nikon que IBM me regaló en 1994 con motivo de mis 25 años de servicio en la compañía. Esa Nikon trabaja con carrete o rollo (o sea, es convencional, no digital) pero los buenos laboratorios que en Caracas usaba yo para el revelado de rollos y la impresión de copias como Dios manda cerraron todos porque la fotografía digital acabó con ellos.

¿Escardador de colchones? Otro punto en el que discrepo de Durán porque en El Paso no existía tal profesión. Los colchones se llenaban en verano con la paja del trigo recién trillado, y así se mantenían hasta la trilla del próximo año cuando ya la paja del año anterior se había compactado de forma tal que tenía la blandura y suavidad de un ladrillo.

 

¿Los juguetes de los niños? Pues trompos, pelotas de trapo y carritos de penca, todo hecho por los mismos niños o por alguno de sus parientes mayores.

Para quienes no sepan qué es un carrito de penca, aquí va la foto de uno que alguien que, aunque de menos edad que yo jugó con carritos como éste, se tomó la molestia de construir para la Fiesta de El Pino de 2006.

¿Y los zapatos? ¿Arreglar las media-suelas de las Nike? ¿¡Nike en aquella época!? ¡Por favor! Creo que mis problemas cuando uso zapatos de la talla que, según los expertos, me corresponde —ésa en la que el dedo gordo quede al menos a un par de centímetros de distancia del extremo interior delantero del zapato, y el pie algo holgado dentro de él— se deben a que por muchos años usé unos en los que, por crecimiento de mi pie, el dedo gordo pegaba en ese extremo del zapato, y el pie quedaba bien justo dentro de él.

Durante mi niñez, cuando ya ese dedo había abierto un hueco en la punta del zapato era cuando me compraban unos nuevos. Y durante mi adolescencia me compraban zapatos nuevos cuando ya mi pie no entraba en los viejos y, por supuesto, ésos se le regalaban a un muchacho al que le sirvieran.

Y el uso más frecuente del papel de periódicos y revistas era el que ahora cumple el papel higiénico, no el de envolver, que para eso usaban en los comercios (abastos, carnicerías, etc.) el llamado papel baso (¿o ‘vaso? ignoro si es ‘vaso’ o ‘baso’ porque nunca supe el significado de este término). Tal vez no haya sido así en los tiempos de Durán pero sí en los míos.

Nota.- A fin de evitar malsonancias y suspicacias en algunos países de este lado del charco, en la versión original de Durán me he tomado la libertad de cambiar por ‘botar’ el verbo usado por el autor.

Carlos M. Padrón

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03-05-2009

Por qué todavía no me compro un DVD

Marciano Durán

Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo botando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.

No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.

Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos, se encargaron de botar todo por la borda, incluyendo los pañales.     ¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Sí, ya lo sé: a nuestra generación siempre le costó botar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el bolsillo y las grasas en los repasadores.

¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor, lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto; lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.

¡Guardo los vasos desechables!
¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez!
¡Apilo, como un viejo ridículo, las bandejitas de espuma plástica de los pollos!
¡Los cubiertos de plástico conviven, en el cajón de los cubiertos, con los de acero inoxidable!

Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida. Es más, se compraban para la vida de los que venían después.

La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, fiambreras de tejido y hasta palanganas de loza. Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia, y hemos cambiado de nevera tres veces.

¡¡Nos están fastidiando!! ¡¡Yo los descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo, para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara; lo obsoleto es de fábrica.

¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de las Nike? ¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando colchones, casa por casa? ¿Quién arregla los cuchillos eléctricos, el afilador o el electricista? ¿Habrá teflón para los hojalateros, o asientos de aviones para los talabarteros?

Todo se bota, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más basura.
El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad. El que tenga menos de 40 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño, por mi casa no pasaba el basurero!! ¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de… años!

Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII).

No existían el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos, y las que no estaban rodando las quemábamos en la Fiesta de San Juan.

Los pocos desechos que no se comían los animales servían de abono o se quemaban. De ‘por ahí’ vengo yo, y no es que haya sido mejor. Es que no es fácil, para un pobre tipo al que lo educaron con el ‘guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo’, pasarse al ‘compre y bote que ya se viene el modelo nuevo’. Mi cabeza no resiste tanto.

Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real.

Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo) Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.

Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes, y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?

¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron?

En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos, y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos,.. . ¡¡cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!!

Guardábamos las chapitas de los refrescos,.. ¡¿Cómo que para qué?! Con ellas hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una cuerda se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases les sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo lo guardábamos!

¡¡¡Las cosas que usábamos!!!: mantillas de faroles, ruleros, ondulines y agujas de primus,… y las cosas que nunca usaríamos. Botones que perdían a sus camisas y carreteles que se quedaban sin hilo se iban amontonando en el tercero y en el cuarto cajón. Partes de lapiceras que algún día podíamos volver a necesitar. Tubitos de plástico sin la tinta, tubitos de tinta sin el plástico, capuchones sin la lapicera, lapiceras sin el capuchón. Encendedores sin gas o encendedores que perdían el resorte. Resortes que perdían a su encendedor.

Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se botaban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las hojillas Gillette —hasta partidas a la mitad— se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned-beef, por las dudas de que alguna lata viniera sin su llave. ¡¿Y las pilas?! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.

Las cosas no eran desechables, eran guardables. ¡¡¡Los diarios!!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y, por sobre todas las cosas, para envolver. ¡¡¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!!!

Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros, para hacer guías de pinitos de navidad; y las páginas del almanaque para hacer cuadros, y los cuentagotas de los remedios por si algún medicamento no traía el cuentagotas, y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida, y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos.

Y las cajas de cigarros Richmond se volvían cinturones y posa-mates, y los frasquitos de las inyecciones con tapitas de goma se amontonaban vaya a saber con qué intención, y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espadas que decía ‘éste es un 4 de bastos’.

Los cajones guardaban pedazos izquierdos de palillos de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en un palillo.

Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden ‘matarlos’ apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada, ¡¡¡ni a Walt Disney!!!

Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: ‘Cómase el helado y después tire la copita’, nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a botar!!! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron en macetas y hasta en teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices, y los corchos esperaron encontrarse con una botella.

Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah, no lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables.

Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va botando, del pasado efímero. No lo voy a hacer; no voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina, o que valoran más a los lindos, con brillo y glamour.

Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la ‘bruja’ como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la ‘bruja’ me gane de mano y sea yo el entregado.

Fuente: Marciano Durán

[*Opino}– Las islas del archipiélago de las Canarias

Carlos M. Padrón

En «Palabras, nombres y signos que cambio en este blog » escribí que «Las Palmas de Gran Canaria lo sustituyo por Las Palmas, que es como todo el mundo llama a esa isla en Canarias. Lo de Gran no le va porque ni siquiera en tamaño es la más grande».

Soy un convencido de que aún perdura en Canarias la política del “Divide y vencerás” que, en prevención de problemas separatistas, implantaron los españoles cuando, por ejemplo, hicieron dos provincias en un archipiélago que por su pequeña extensión no las ameritaba, pero el próximo paso fue sembrar la discordia entre esas dos provincias, entre las islas integrantes de cada una, y a veces hasta entre pueblos de cada isla, como ha ocurrido con mi pueblo natal, El Paso, y su vecino, Los Llanos.

Es lamentable y vergonzoso, pero es la realidad.

La pugna entre Tenerife y Las Palmas parece ir a peor, y hoy he recibido algo que me ha dejado perplejo: un archivo PPS titulado “Marocco” —que es como los italianos (no sé si también otros) escriben el nombre del país que en español llamamos Marruecos— cuya primera foto es ésta:

¿Nota el lector algo extraño?

 

Más que extraño es ofensivo: de las siete islas grandes que componen el archipiélago de las Canarias (si se incluyen los islotes serían trece) sólo aparecen las tres correspondientes a la provincia de Las Palmas, o sea, de izquierda a derecha, Las Palmas, Lanzarote y Fuerteventura.

Sé que muchos que arman archivos PPSs son auténticos ignorantes que, por ejemplo, entre imágenes y sonido hacen mezclas incompatibles, como presentar el tema de los tulipanes de Holanda poniéndole de fondo una melodía mexicana, pero por más ignorante que sea el que supongo italiano —porque además de Marocco escribió occidentale, palabra también italiana— no debe haber dibujado él el mapa que puso en esta foto; no, ése lo consiguió en Internet donde algún malintencionado lo puso.

Me gustaría saber quién fue, para enviarle mis “calurosas felicitaciones”.

[*ElPaso}– Los Carnavales de El Paso

12-05-2009

Carlos M. Padrón

Debo comenzar por decir, aunque creo haberlo dicho antes, que nunca me gustaron esas festividades.

Las máscaras nunca han sido de mi agrado, y lo de que una persona que durante el resto del año es más seria que un empresario de pompas fúnebres, incapaz de gastar una broma y mucho menos de tolerar una, sufra en Carnaval una metamorfosis temporal que le lleve a soltarse el moño y darse a gastar bromas pesadas a diestra y siniestra, es algo que nunca he logrado explicarme.

Curiosamente a mi padre le divertían algunas de esas metamorfosis, aunque él nunca hizo algo ni siquiera parecido. Pero maldita la gracia que le hacía, porque le causaba preocupación, que a mí, un muchacho de 16 años, no me gustara “correr el Carnaval” (o sea,  participar de él activamente), una fiesta que en El Paso de los años 50 era de celebración multitudinaria, y adobada con polvos de talco que los celebrantes se lanzaban unos a otros sin reparar en posibles daños, y que crearon más de un problema cuando algún celebrante se los lanzó a uno que no lo era ni quería serlo.

En las más de las casas se horneaba pan de leche, en forma de bollos o de rosquetes, almendrados, mantecados, galletas, etc., y se hacían sopas de miel. Y todo se tenía listo a tiempo para consumo en la familia y para brindar, con el infaltable vaso de vino, a quienes llegaran en visita carnavalesca.

Había “asaltos” (bailes en las tardes) y bailes (los celebrados en la noche) desde el sábado y hasta el martes, que llenaban a tope las pistas de Monterrey en las que no cabía un alfiler, y la cantidad de talco acumulado dentro de la parte cubierta, o teatro, hacía que la atmósfera del lugar resultara punto menos que irrespirable.

Una ventaja de esto era que la nube de talco dificultaba la visión de las madres que se apostaban en los palcos para vigilar desde arriba qué tal se comportaban sus hijas al bailar, en especial si aplican o no la retranca.

Tanto en los bailes como en las parrandas —grupos de amigos que armados, casi siempre, de instrumentos de cuerda se reunían para cantar en un sitio fijo, o iban haciéndolo de casa en casa— en las que sí participé,  las canciones preferidas eran unas que poco se escuchaban durante el resto del año.

Se caracterizaban por lo cursi de sus letras y lo machacón de su ritmo, pero también porque tenían el inconfundible toque que denota un origen netamente popular en esa masa de la que Ortega dijo que nunca tenía razón. En tal origen, tan popular y tradicional, residía para mí su único valor.

Como muestra, ésta:

Viva el Carnaval,
Viva la niñez,
viva el pan de leche
y las sopas de miel.

O ésta, llamada La Chambelona —que, gracias a Google vengo ahora a saber que tuvo su origen en Cuba en 1908— cuyo estribillo, especialmente compuesto para El Paso, decía:

Ahí, ahí, ahí La Chambelona,
que de las chicas de La Rosa
la más guapa es La Cañona

Más local, imposible, pues La Rosa es un barrio de El Paso, y La Cañona era un personaje entonces muy conocido.

Y del repertorio foráneo, las preferidas eran las que encajaban en la descripción que ya di, y por eso sonaban mucho La Raspa, y La Gallina Papanana, con letra de “altísimo” valor literario:

La Gallina Papanana
ha puesto un huevo, ha puesto dos, ha puesto tres.

La Gallina Papanana
ha puesto cuatro, ha puesto cinco, ha puestos seis.

La Gallina Papanana
ha puesto siete, ha puesto ocho, ha puesto nueve.

Déjala, la pobrecita, déjala que ponga diez.

Y había otra que no gustaba al autonombrado “tribunal moral” del pueblo, con uno de cuyos miembros estuve a punto de buscarme un problema. El título de ésa era “Mañana por la mañana”, original de un grupo mexicano llamado Los Latins —lo cual vengo a saber ahora, también gracias a Google— y recuerdo bien la parte de su letra, al menos como la cantábamos en El Paso, que fue origen del problema:

Mañana por la mañana
te espero, Juana,
allá en el taller.

Te juro, Juana querida,
que tengo ganas
de verte el pie,

la punta de la rodilla
la pantorrilla
y el peroné.

Mañana por la mañana
te espero, Juana,
allá en el taller.

“Mañana por la mañana” ganó tanta popularidad que el tribunal antes mencionado  quiso prohibirla por inmoral, pues eso de el peroné se refería, según ellos, al órgano genital femenino.

Hay que recordar que en los años 50, y hasta mucho tiempo después, se vivía en plena dictadura franquista, y el poder alternaba entre el ejército y la Iglesia, y que ésta se las arregló para adelantar la fecha de celebración del Carnaval de forma que la octavilla no cayera en Cuaresma.

Creo que fue un domingo de Carnaval de 1956 cuando me emparrandé con tres amigos, aportando yo sólo la voz, mientras que los otros aportaban también su voz además de guitarras y mandolina.

A diferencia de la mayoría de las parrandas, nosotros, al llegar a las casas cantábamos boleros de Los Panchos, pero entre casa y casa entonábamos en plan jocoso alguna de esas canciones arriba nombradas —cuyas sublimes letras, como ya habrá notado el lector, nada tenían que envidiarle en delicadeza y poesía a las de las mejores de Joan Manuel Serrat— y cuando ese día cantábamos “Mañana por la mañana”, un destacado miembro del tal tribunal que alcanzó a escucharnos se molestó porque en esa canción se mencionaba el peroné.

Así que —en nombre de la decencia y en defensa de la moral pública, supongo— se acercó a nosotros y, por el motivo que fuere, se dirigió a mí, que no era precisamente el mayor del grupo, para increparme por tamaña inmoralidad.

Tal vez porque yo había bebido unos vasos de vino encontré valor para responderle que nada de inmoral tenía la palabra ‘peroné’, pues era un hueso de la pierna, y que si él no lo creía podía consultar el diccionario.

Como la alusión al diccionario le resultó ofensiva por cuanto todos en el pueblo teníamos que aceptar sin duda alguna que él era un hombre culto y sabido, casi con Ciencia infusa, mi respuesta lo enojó, y me contraatacó diciendo:

—¡El diccionario podrá decir lo que quiera, pero está muy claro el sentido que en esa vulgar canción se le quiere dar a la palabra ‘peroné’!

Entonces me alumbró una musa, o tal vez el vino, y casi sin pensarlo respondí:

—Si el sentido fuera el que usted supone, el orden de mención de los elementos sería diferente, pues fíjese que la canción menciona la rodilla, la pantorrilla y el peroné; un orden descendente. Pero si quisiera mencionar lo que usted supone, debería ser en orden ascendente, y mencionar primero la pantorrilla, luego la rodilla, luego el muslo y luego el…..

Hasta ese ‘luego’ aguantó aquel “pilar de moralidad”, pues temiendo que yo pronunciara el tan temido nombre, dio media vuelta y se alejó a paso forzado, dejándome con el …. en la boca y en presencia de unos amigos que, asustados, no habían dicho ni pío, pero que ante la manifiesta huída se miraron extrañados sin llegar a entender mi atrevimiento.

Pasado el instante de estupor y susto, reanudamos, ahora a todo pulmón y con renovados bríos, la invitación a Juana para vernos en el taller.

Tal vez como consecuencia de esa parranda —y los almendrados aquí, el pan de leche allá, las sopas de miel acullá y el vino en todas partes— el lunes amanecí con indigestión, y mi madre, sin pensarlo dos veces, optó por el remedio que en casa se consideraba la panacea para todos los males estomacales: un enema, al que llamábamos lavativa.

Para administrarlo se usaba un aparejo que mis padres habían traído de Cuba: un poste metálico, como de metro y medio de alto incluidas sus patas en trípode, que en su extremo más alto tenía un gancho en el que se colgaba un envase de peltre, con capacidad para unos dos litros, de cuya base partía, llave de por medio, una manguera de goma, como de unos dos metros, que terminaba en una cánula hecha de pasta negra.

Mi madre —que casi llenó el envase con agua hervida, y luego enfriada, a la que había añadido no sé qué productos (sal, té de yerbas o algo así)— me hizo echar de costado en su cama, de espaldas al borde, acercó a éste el aparejo, y luego de embadurnar la cánula con vaselina me la insertó en el recto. Abrió entonces la llave ubicada arriba, en la base del envase, y la gravedad se encargó de llenarme la tripa con el misterioso líquido.

La parte peor era que, a fin de que éste surtiera efecto, uno tenía que aguantar al máximo las ganas de evacuar.

En ese trasvase estábamos cuando escuchamos los pasos de alguien que, corriendo, se acercaba a la casa. No bien había puesto mi madre cara de extrañeza cuando en el patio retumbó una voz de hombre que gritaba desesperado: “¡Doña Victoria, doña Victoria, ayúdeme, doña Victoria!”.

Y doña Victoria, que era mi madre y era también un manojo de nervios, olvidó la crítica tarea que ella y yo teníamos entre manos (bueno, yo la tenía entre nalgas) y salió corriendo a ayudar a quien de forma tan dramática solicitaba su ayuda.

Cuando angustiada abrió la puerta de la casa se encontró frente a frente con Miguel, un vecino de esos “empresarios de pompas fúnebres”, que lleno de talco de arriba a abajo descolgó de su cuello una especie de collar hecho con alambre, en el que ya había ensartados, y llenos de polvos de talco, una docena de rosquetes de pan de leche, y abriéndolo por sus extremos lo acercó a mi madre en gesto implorante mientras con tono de mansa súplica le decía: “Doña Victoria, ¡déme un rosquete, por favor!”.

Mi madre montó en cólera y comenzó a gritarle: “Pero, hombre de Dios, ¡cómo se le ocurre….!”.

Desesperado asistía yo de oídas a esa parodia carnavalesca, y llegado al punto crítico me tocó el turno de gritar: “¡Mamáaaa, mamáaaaaa! ¡¡Sácame esto que no aguanto más!!”

Yo podía haberme sacado la cánula, pero a riesgo de bañar la cama con el agua que aún quedaba en el envase, así que opté por el recurso de gritar más fuerte y con más desespero que Miguel, hasta que mi madre regresó, me desconectó y, ¡por fin!, pude posar mi trasero en el orinal que al efecto me esperaba, y cagar a placer.

Fueron esos Carnavales de 1956 los últimos que “corrí”.

¿Se entiende ahora por qué no me gustan los Carnavales?

[*Opino]– España está a la cola de Europa en capacidad lingüística

Para mí no es novedad esta noticia, pues ya en este blog he escrito al respecto en varios posts, como “Por qué a los españoles les cuesta tanto hablar inglés”.

Creo que el subtitular las películas extranjeras ayudaría bastante, pero sólo a quienes no hayan pasado cierta edad; los más de los que hayan pasado esa barrera no se acostumbrarán a leer a la debida velocidad. Y no basta con subtitular las que pasen en los cines sino, sobre todo, las que pasen en TV, que tienen mucha más audiencia. Si subtitularan, además, las que los niños ven rn TV sería un excelente comienzo.

Carlos M. Padrón

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27/04/2009

Pamplona. (EUROPA PRESS).- El comisario de Multilingüismo de la Unión Europea, Leonard Orban, aseguró que España se sitúa «a la cola» de Europa en el ránking de de capacidad lingüística como consecuencia «no sólo del sistema educativo», sino también por el doblaje de las películas extranjeras.

Así se pronunció el comisario europeo en una rueda de prensa que ofreció en Pamplona, con motivo de su visita a esta comunidad dentro de la gira que está realizando por el norte de España para presentar las prioridades de la nueva estrategia de multilingüismo de la UE y conocer la realidad lingüística de las diferentes regiones.

Sobre le sistema de doblaje español, Orbam aconsejó subtitular las películas porque «ayuda al desarrollo de la capacidad de aprendizajes de los distintos idiomas». No obstante, mostró su convencimiento de que esta situación «se enderezará en el futuro». Para el comisario, el conocimiento de idiomas no sólo dota a las personas de «mayores capacidades para poder encontrar trabajo», sino que también es una herramienta para «mediar entre culturas» y ayuda «a la cohesión social».

Explicó que en la actualidad existen 23 idiomas oficiales en Europa, además de más de 60 lenguas minoritarias, lenguas que están siendo promocionadas desde la UE. «No sólo financiamos proyectos con el castellano, sino que también con el euskera o el gallego, por ejemplo», apuntó.

El comisario de Multilingüismo se mostró contrario al aprendizaje únicamente de una lengua franca y apostó por que los ciudadanos de la UE «aprendan idiomas diferentes» y «no sólo el inglés». A su juicio, dentro de la comunidad europea existe «una riqueza enorme de lenguas», activos que «deberían ser aprendidas» para «promocionar y valorar a nivel comunitario esta diversidad».

Explicó que una de las prioridades recientes de la UE es la promoción de otros idiomas no europeos, como el chino o el árabe, lenguas que «ayudarán a tener mejores relaciones económicas, sino que también reforzará el diálogo multicultural, necesario en este mundo globalizado».

Fuente: La Vanguardia