[*ElPaso}– Los Carnavales de El Paso

12-05-2009

Carlos M. Padrón

Debo comenzar por decir, aunque creo haberlo dicho antes, que nunca me gustaron esas festividades.

Las máscaras nunca han sido de mi agrado, y lo de que una persona que durante el resto del año es más seria que un empresario de pompas fúnebres, incapaz de gastar una broma y mucho menos de tolerar una, sufra en Carnaval una metamorfosis temporal que le lleve a soltarse el moño y darse a gastar bromas pesadas a diestra y siniestra, es algo que nunca he logrado explicarme.

Curiosamente a mi padre le divertían algunas de esas metamorfosis, aunque él nunca hizo algo ni siquiera parecido. Pero maldita la gracia que le hacía, porque le causaba preocupación, que a mí, un muchacho de 16 años, no me gustara “correr el Carnaval” (o sea,  participar de él activamente), una fiesta que en El Paso de los años 50 era de celebración multitudinaria, y adobada con polvos de talco que los celebrantes se lanzaban unos a otros sin reparar en posibles daños, y que crearon más de un problema cuando algún celebrante se los lanzó a uno que no lo era ni quería serlo.

En las más de las casas se horneaba pan de leche, en forma de bollos o de rosquetes, almendrados, mantecados, galletas, etc., y se hacían sopas de miel. Y todo se tenía listo a tiempo para consumo en la familia y para brindar, con el infaltable vaso de vino, a quienes llegaran en visita carnavalesca.

Había “asaltos” (bailes en las tardes) y bailes (los celebrados en la noche) desde el sábado y hasta el martes, que llenaban a tope las pistas de Monterrey en las que no cabía un alfiler, y la cantidad de talco acumulado dentro de la parte cubierta, o teatro, hacía que la atmósfera del lugar resultara punto menos que irrespirable.

Una ventaja de esto era que la nube de talco dificultaba la visión de las madres que se apostaban en los palcos para vigilar desde arriba qué tal se comportaban sus hijas al bailar, en especial si aplican o no la retranca.

Tanto en los bailes como en las parrandas —grupos de amigos que armados, casi siempre, de instrumentos de cuerda se reunían para cantar en un sitio fijo, o iban haciéndolo de casa en casa— en las que sí participé,  las canciones preferidas eran unas que poco se escuchaban durante el resto del año.

Se caracterizaban por lo cursi de sus letras y lo machacón de su ritmo, pero también porque tenían el inconfundible toque que denota un origen netamente popular en esa masa de la que Ortega dijo que nunca tenía razón. En tal origen, tan popular y tradicional, residía para mí su único valor.

Como muestra, ésta:

Viva el Carnaval,
Viva la niñez,
viva el pan de leche
y las sopas de miel.

O ésta, llamada La Chambelona —que, gracias a Google vengo ahora a saber que tuvo su origen en Cuba en 1908— cuyo estribillo, especialmente compuesto para El Paso, decía:

Ahí, ahí, ahí La Chambelona,
que de las chicas de La Rosa
la más guapa es La Cañona

Más local, imposible, pues La Rosa es un barrio de El Paso, y La Cañona era un personaje entonces muy conocido.

Y del repertorio foráneo, las preferidas eran las que encajaban en la descripción que ya di, y por eso sonaban mucho La Raspa, y La Gallina Papanana, con letra de “altísimo” valor literario:

La Gallina Papanana
ha puesto un huevo, ha puesto dos, ha puesto tres.

La Gallina Papanana
ha puesto cuatro, ha puesto cinco, ha puestos seis.

La Gallina Papanana
ha puesto siete, ha puesto ocho, ha puesto nueve.

Déjala, la pobrecita, déjala que ponga diez.

Y había otra que no gustaba al autonombrado “tribunal moral” del pueblo, con uno de cuyos miembros estuve a punto de buscarme un problema. El título de ésa era “Mañana por la mañana”, original de un grupo mexicano llamado Los Latins —lo cual vengo a saber ahora, también gracias a Google— y recuerdo bien la parte de su letra, al menos como la cantábamos en El Paso, que fue origen del problema:

Mañana por la mañana
te espero, Juana,
allá en el taller.

Te juro, Juana querida,
que tengo ganas
de verte el pie,

la punta de la rodilla
la pantorrilla
y el peroné.

Mañana por la mañana
te espero, Juana,
allá en el taller.

“Mañana por la mañana” ganó tanta popularidad que el tribunal antes mencionado  quiso prohibirla por inmoral, pues eso de el peroné se refería, según ellos, al órgano genital femenino.

Hay que recordar que en los años 50, y hasta mucho tiempo después, se vivía en plena dictadura franquista, y el poder alternaba entre el ejército y la Iglesia, y que ésta se las arregló para adelantar la fecha de celebración del Carnaval de forma que la octavilla no cayera en Cuaresma.

Creo que fue un domingo de Carnaval de 1956 cuando me emparrandé con tres amigos, aportando yo sólo la voz, mientras que los otros aportaban también su voz además de guitarras y mandolina.

A diferencia de la mayoría de las parrandas, nosotros, al llegar a las casas cantábamos boleros de Los Panchos, pero entre casa y casa entonábamos en plan jocoso alguna de esas canciones arriba nombradas —cuyas sublimes letras, como ya habrá notado el lector, nada tenían que envidiarle en delicadeza y poesía a las de las mejores de Joan Manuel Serrat— y cuando ese día cantábamos “Mañana por la mañana”, un destacado miembro del tal tribunal que alcanzó a escucharnos se molestó porque en esa canción se mencionaba el peroné.

Así que —en nombre de la decencia y en defensa de la moral pública, supongo— se acercó a nosotros y, por el motivo que fuere, se dirigió a mí, que no era precisamente el mayor del grupo, para increparme por tamaña inmoralidad.

Tal vez porque yo había bebido unos vasos de vino encontré valor para responderle que nada de inmoral tenía la palabra ‘peroné’, pues era un hueso de la pierna, y que si él no lo creía podía consultar el diccionario.

Como la alusión al diccionario le resultó ofensiva por cuanto todos en el pueblo teníamos que aceptar sin duda alguna que él era un hombre culto y sabido, casi con Ciencia infusa, mi respuesta lo enojó, y me contraatacó diciendo:

—¡El diccionario podrá decir lo que quiera, pero está muy claro el sentido que en esa vulgar canción se le quiere dar a la palabra ‘peroné’!

Entonces me alumbró una musa, o tal vez el vino, y casi sin pensarlo respondí:

—Si el sentido fuera el que usted supone, el orden de mención de los elementos sería diferente, pues fíjese que la canción menciona la rodilla, la pantorrilla y el peroné; un orden descendente. Pero si quisiera mencionar lo que usted supone, debería ser en orden ascendente, y mencionar primero la pantorrilla, luego la rodilla, luego el muslo y luego el…..

Hasta ese ‘luego’ aguantó aquel “pilar de moralidad”, pues temiendo que yo pronunciara el tan temido nombre, dio media vuelta y se alejó a paso forzado, dejándome con el …. en la boca y en presencia de unos amigos que, asustados, no habían dicho ni pío, pero que ante la manifiesta huída se miraron extrañados sin llegar a entender mi atrevimiento.

Pasado el instante de estupor y susto, reanudamos, ahora a todo pulmón y con renovados bríos, la invitación a Juana para vernos en el taller.

Tal vez como consecuencia de esa parranda —y los almendrados aquí, el pan de leche allá, las sopas de miel acullá y el vino en todas partes— el lunes amanecí con indigestión, y mi madre, sin pensarlo dos veces, optó por el remedio que en casa se consideraba la panacea para todos los males estomacales: un enema, al que llamábamos lavativa.

Para administrarlo se usaba un aparejo que mis padres habían traído de Cuba: un poste metálico, como de metro y medio de alto incluidas sus patas en trípode, que en su extremo más alto tenía un gancho en el que se colgaba un envase de peltre, con capacidad para unos dos litros, de cuya base partía, llave de por medio, una manguera de goma, como de unos dos metros, que terminaba en una cánula hecha de pasta negra.

Mi madre —que casi llenó el envase con agua hervida, y luego enfriada, a la que había añadido no sé qué productos (sal, té de yerbas o algo así)— me hizo echar de costado en su cama, de espaldas al borde, acercó a éste el aparejo, y luego de embadurnar la cánula con vaselina me la insertó en el recto. Abrió entonces la llave ubicada arriba, en la base del envase, y la gravedad se encargó de llenarme la tripa con el misterioso líquido.

La parte peor era que, a fin de que éste surtiera efecto, uno tenía que aguantar al máximo las ganas de evacuar.

En ese trasvase estábamos cuando escuchamos los pasos de alguien que, corriendo, se acercaba a la casa. No bien había puesto mi madre cara de extrañeza cuando en el patio retumbó una voz de hombre que gritaba desesperado: “¡Doña Victoria, doña Victoria, ayúdeme, doña Victoria!”.

Y doña Victoria, que era mi madre y era también un manojo de nervios, olvidó la crítica tarea que ella y yo teníamos entre manos (bueno, yo la tenía entre nalgas) y salió corriendo a ayudar a quien de forma tan dramática solicitaba su ayuda.

Cuando angustiada abrió la puerta de la casa se encontró frente a frente con Miguel, un vecino de esos “empresarios de pompas fúnebres”, que lleno de talco de arriba a abajo descolgó de su cuello una especie de collar hecho con alambre, en el que ya había ensartados, y llenos de polvos de talco, una docena de rosquetes de pan de leche, y abriéndolo por sus extremos lo acercó a mi madre en gesto implorante mientras con tono de mansa súplica le decía: “Doña Victoria, ¡déme un rosquete, por favor!”.

Mi madre montó en cólera y comenzó a gritarle: “Pero, hombre de Dios, ¡cómo se le ocurre….!”.

Desesperado asistía yo de oídas a esa parodia carnavalesca, y llegado al punto crítico me tocó el turno de gritar: “¡Mamáaaa, mamáaaaaa! ¡¡Sácame esto que no aguanto más!!”

Yo podía haberme sacado la cánula, pero a riesgo de bañar la cama con el agua que aún quedaba en el envase, así que opté por el recurso de gritar más fuerte y con más desespero que Miguel, hasta que mi madre regresó, me desconectó y, ¡por fin!, pude posar mi trasero en el orinal que al efecto me esperaba, y cagar a placer.

Fueron esos Carnavales de 1956 los últimos que “corrí”.

¿Se entiende ahora por qué no me gustan los Carnavales?

3 comentarios sobre “[*ElPaso}– Los Carnavales de El Paso

  1. Ya somos dos. A mi tampoco me gustaron nunca los carnavles. Sólo recuerdo haberlo pasado bien en uno de los bailes de Monterrey a donde había venido una jovencita de Santa Cruz de La Palma, sin madre que la vigilara y sin retranca. Luego la veía en algunas ocasiones en que yo iba a la “suidá” o ella venía al E Paso con unos familiares. Nos sonreíamos con cierta picardía y nada más.
    En cuanto a la canción de “Juana”, te diré que yo la recuerdo de memoria con algunas variaciones:

    Mañana por la mañana
    te espero, Juana querida
    allá en el taller.

    Te juro, Juana
    que tengo ganas
    de verte la punta’l pie,

    la punta’l pie, la rodilla
    la pantorrilla
    y el peroné.

    Mañana por la mañana
    te espero, Juana,
    allá en el taller.

    El apóstrofe es para imitar el sonido popular y se ajusta mejor a la música,aunque creo que lo que has encontrado es más correcto.

  2. Mi abuelo, en Chile, cantaba esa canción; por eso encontré tu página. Siempre me pregunté si era un invento de él, así que lo busqué y tu página salió.

    Gracias.

  3. ¿A cuál de las canciones te refieres, J, a La Gallina, La Chambelona, Te Espero Juana,….?

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