[Hum}— Picantes. La moto y la lluvia

Cierto joven soñaba con tener una Harley Davidson, así que ahorró lo suficiente y fue a un almacén especializado y compró su moto.

Luego de recibirla, el vendedor le dio varias recomendaciones, entre ellas la de que, como ciertas partes de la moto podrían oxidarse si se la dejaba expuesta al agua, era conveniente que tuviera siempre a mano un tubo de vaselina para que, en caso de lluvia, cubriera con ese producto las partes en cuestión.

Meses después, el joven se enamoró de una linda chica y, luego de que formalizaron entre ellos su compromiso, la chica lo invitó a su casa para que conociera a sus padres y futuros suegros.

Cuando, a bordo de su flamante moto, llegó el joven a casa de su novia, la chica, a título de advertencia, le dijo:

—En mi familia hay una vieja tradición, y es que, después de la cena, al primero que hable le toca lavar todos los platos y demás útiles. Así que, si no quieres lavar todo eso, mantén la boca cerrada.

Al terminar la deliciosa y abundante cena, en compañía de su novia y futuros suegros, el joven no pudo menos que reparar en la inmensa montaña de platos y útiles que habría que lavar … y en que todos los comensales quedaron sentados a la mesa, en total silencio, esperando a que alguien fuera el primero en decir algo, pues era evidente que ninguno quería lavar.

Pasaron 30 largos minutos y el joven, para acelerar un poco las cosas, atrajo a su novia hacia él y, frente a todos, la besó ligeramente en los labios. Nadie dijo nada.

Entonces, animado a algo más atrevido, le dio un tremendo french-kiss, pero tampoco nadie dijo nada.

Exitado como quedó con el beso y consiguiente impunidad, alzó a su novia, la puso sobre la mesa, y le hizo el amor…. pero nadie dijo una palabra.

Notando, sin embargo, que su futura suegra, joven aún, había quedado visiblemente alterada por lo que había visto, la puso también sobre la mesa y tuvo con ella un episodio de sexo especialmente salvaje, pero nadie dijo ni pío.

Sin saber qué más hacer y sin querer lavar los platos, el joven comenzó a pasearse inquieto por el comedor mientras todos lo miraban en total silencio. 

De pronto, a lo lejos retumbaron unos truenos seguidos de un ligero golpeteo de gotas de lluvia en las ventanas.  Horrorizado, el joven, recordando que su moto estaba afuera, a la intemperie, comenzó a hurgar con afán en sus bolsillos hasta que sacó, triunfante, un tubo de vaselina.

Al ver esto, el suegro, que había seguido atentamente todos sus nerviosos movimientos, se levantó de golpe mientras exclamaba:

—¡¡Está bien, coño, yo lavaré todo!!

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