[LE}– ‘Lo más completos posible’, no ‘lo más completos posibles’

02/12/2014

El término posible se mantiene invariable en las construcciones lo más/lo menos + adjetivo + posible, aunque el adjetivo esté en plural.

Así, se dice lo más completos posible, y no lo más completos posibles.

En los medios de comunicación se ven con frecuencia frases como

  • «Enviaremos informes lo más completos posibles»,
  • «Pedimos que sean lo más explícitos posibles»,
  • «Su misión es que los fondos queden lo menos afectados posibles» o
  • «Las medidas serán lo menos traumáticas posibles».

El Diccionario Panhispánico de Dudas explica que, cuando este tipo de expresiones comienza por lo, la palabra posible ha de permanecer invariable: «Hicieron casas lo más baratas posible».

Por el contrario, si lo que aparece antes de más o menos es un sustantivo en plural, sin lo, se empleará posibles: «Hicieron las casas más baratas posibles», como señala la misma obra académica.

Así, en los ejemplos anteriores lo adecuado habría sido escribir 

  • «Enviaremos informes lo más completos posible»,
  • «Pedimos que sean lo más explícitos posible»,
  • «Su misión es que los fondos queden lo menos afectados posible» o
  • «Las medidas serán lo menos traumáticas posible».

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[LE}– Origen de dichos y expresiones: Estar en la luna de Valencia

19-08-14

Aunque hay diversas versiones sobre su origen, la que tiene más posibilidades de ser real es la que lo vincula con las antiguas murallas de la ciudad, cuyas puertas cerraban al caer la noche.

Aquellos rezagados que llegaban tras el cierre no podían pasar al interior y, por lo tanto, no tenían posibilidad de ir a dormir a sus casas. Debían pasar el resto de la noche al raso, a la luna de Valencia.

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[LE}– Origen de dichos y expresiones: A Zaragoza o al charco

27/11/2014

Mónica Arrizabalaga

Un cuento baturro está en el origen de este dicho sobre la tozudez que se les atribuye a los aragoneses.

No busquen en Zaragoza ningún charco que resista impertérrito el sofocante calor del verano ni el helado cierzo que sopla en la capital aragonesa. El dicho de «A Zaragoza o al charco» nada tiene que ver con la orografía maña ni tampoco es una elección entre ésta y la localidad argentina de El Charco.

La expresión «proviene de un antiguo cuento baturro en el que se escenifica la proverbial tozudez que se atribuye a los aragoneses», según explica José Luis García Remiro, autor de «A buen entendedor…».

Felipe Pérez y González ya relataba por 1883 en «La Ilustración Española y Americana» que un día San Pedro, aburrido por no tener que abrir las puertas del cielo a nadie, pidió a Dios volver al mundo para ver qué pasaba allí abajo «que ni un mortal viene a vernos en tantos años y tantos». Con el beneplácito divino, San Pedro bajó a la Tierra de un salto y, apenas hubo llegado, camino de Zaragoza se encontró con un baturro al que preguntó a dónde se dirigía.

—A Zaragoza—, respondió el maño.

—Si Dios quiere—, replicó San Pedro.

Pero el aragonés insistió sin corregirse:

—Que quiera o no, voy a Zaragoza.

Esto según la versión del relato del brigadier don Romualdo Nogués, que firmaba como «Un soldado viejo, natural de Borja» en «El Averiguador Universal» (1882).

Malhumorado el Pescador, y con las plenas atribuciones que de Dios tenía, convirtió al aragonés en rana y lo arrojó violentamente a un charco vecino. Y allí lo tuvo algunos años, obligándole a sufrir las inclemencias del tiempo, las pedradas de los chicuelos y otras mil calamidades, prosigue la narración de Pascual Millán en la página 155 del libro «Caireles de oro. Toros e historia» (1899).

Cuando, terminada su misión, San Pedro se disponía a subir a los cielos, regresó al camino de Zaragoza para devolver al baturro a su ser, y le volvió a preguntar sobre a dónde se dirigía.

—Ya lo sabes, a Zaragoza—, dijo firmemente, más firmemente que la vez primera, el interpelado.

—Si Dios quiere, hombre, si Dios quiere—, insistió San Pedro dulcemente.

—Qué Dios ni qué… suplicaciones; ya te lo he dicho: ¡A Zaragoza o al charco!

«Y viendo el Apóstol que era inútil dominar aquel carácter, dejó al zaragozano seguir tranquilamente su camino», finalizaba Pascual Millán.

La revista «Madrid Cómico» escenificó el cuento con unas ilustraciones publicadas el 5 de septiembre de 1885 aunque en esta versión sólo se presenta a un delegado celestial indeterminado.

La fórmula «Si Dios quiere» se introdujo en el cristianismo tras la recomendación de Santiago en su carta: «Debíais decir: Si el Señor quiere y vivimos, haremos esto o aquello» (4,15). Es una de tantas expresiones religiosas que impregnaron el lenguaje como «Adiós», «Dios se lo pague», «Vaya usted con Dios» o «Gracias a Dios».

«Nuestra cultura popular discurrió durante siglos por los cauces de la comedia y el sermón», afirma García Remiro en su análisis «De cómo la vida monástica impregnó el lenguaje del pueblo con formas de hablar y expresiones que todavía perduran en nuestro idioma».

Al hablar de futuro, la gente necesitaba añadir alguna fórmula pía como temiendo que, si afirmaba rotundamente una acción sin reconocer explícitamente que el futuro está en manos de Dios, esto despertaría los celos divinos, explicaba en su informe el profesor experto en refranes, expresiones y frases hechas.

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[LE}– ¿Hablas español o hablas castellano? Conoce cuál es tu verdadero idioma

25/11/2014

Aitor Santos Moya

Dentro del mapa de preguntas típicas que un turista recibe casi instintivamente no puede faltar aquélla que haga referencia a las expresiones que el propio consultado maneja.

«Do you speak English?», «Parlez-vous français?», «Sprechen Sie Deutsch?», «¿Habla usted español?»,… aparecen de forma automática en cualquier mínimo contacto que sirva para romper las barreras que el lenguaje coloca.

Pero, ¡un momento!, ¿seguro que habla español? ¿O lo que parla es castellano? ¿Existe realmente alguna diferencia entre ambos términos?

Un mar de interrogantes flotan en el aire que transporta las palabras del idioma de Cervantes. ¿Se lo han planteado alguna vez? En ABC.es nos hemos propuesto indagar en un enigma que se remonta a épocas pretéritas.

Fernando Carratalá, catedrático de Lengua y Literatura en el centro Universitario Villanueva y en la Universidad para Mayores, explica la importancia de la historia en el embrión de esta cuestión, «la lenta reconquista de los territorios ocupados por los musulmanes originó la fragmentación de la unidad latinovulgar mantenida por el reino hispanogodo y el surgimiento de cinco dialectos románicos diferentes, que fueron, de oeste a este, el gallego, el leonés, el castellano, el navarro-aragonés y el catalán.

De estos cinco dialectos, el leonés y el aragonés no llegaron a constituirse en lenguas y quedaron relegados a reducidos dominios geográficos ante la expansión de la Reconquista castellana.

Por su parte, en los territorios meridionales en los que se implantó el castellano, así como en las islas Canarias, surgieron cuatro variedades dialectales: andaluz, extremeño, murciano y canario.

En el reinado de los Reyes Católicos la lengua castellana se convierte en el vehículo de comunicación de todos los territorios de España, «en razón de su mayor prestigio, se adopta como lengua literaria. Los escritores catalanes y gallegos abandonarán sus lenguas vernáculas, relegadas al ámbito regional y familiar hasta que, a mediados del siglo XIX, renace su cultivo literario», señala Carratalá, colocando un importante paréntesis en la fecha en que se produce el descubrimiento de América, «en 1492 quedan abiertas las puertas a la colonización de este continente y, con ello, a la expansión del castellano por un dilatado ámbito geográfico. Y también, en ese mismo año, Elio Antonio de Nebrija publica una Gramática de la Lengua Castellana, cuyo importante influjo dignificó el castellano hasta el extremo de equipararlo con el latín; y, por otra parte, facilitó el que los pueblos que se fueron incorporando a la monarquía española lo aprendieran».

La importancia de la lengua de Castilla queda refrendada durante la época de Carlos I, cuando en 1536 —y tras pronunciar un discurso en Roma ante el papa Paulo III, su corte y los embajadores extranjeros—, el monarca replicará al obispo de Mâcon, representante de Francia, quien se quejaba de no comprender bien el mensaje: «Señor obispo, entiéndame si quiere, y no espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana».

Carratalá recuerda este hecho y señala que «el papel dominante que desempeña España en la Europa del siglo XVI acrecienta el prestigio de nuestro idioma». Ya en el año 1713 se funda la Real Academia Española de la Lengua, organismo que nace para combatir «los errores con que se halla viciado el idioma español, con la introducción de muchas voces bárbaras e impropias para el uso de la gente discreta».

Sinónimos e igual de válidos

Ahora bien, puesto en conocimiento del lector la conformación y el influjo cultural e histórico de nuestra lengua, la duda sigue estando en el aire: ¿español o castellano? He ahí la cuestión. 

Fernando Plans, profesor de español por la Université de Rennes 2 y autor del Blog de Filología Clásica, aclara que actualmente ambos vocablos son sinónimos e igual de válidos, «las dudas nacen y sobreviven por una cuestión meramente histórica».

Por su parte, Carratalá argumenta que, desde que el castellano obtiene la consideración de ‘idioma nacional’, empieza a denominarse lengua española al castellano extendido por todo el territorio hispánico, pero subraya que, aún cuando su base sea la antigua lengua de Castilla, si se ha convertido en una coiné ha sido por la continua contribución de hablantes y escritores de todos los rincones de España y de Hispanoamérica.

Carratalá recuerda que la RAE empieza en 1923 a hablar de ‘lengua española’ para titular tanto su Gramática como su Ortografía y su Diccionario, a pesar que desde su fundación había utilizado el castellano como denominación.

«Entendemos que un cierto sentimiento de rechazo hacia la dependencia de la ‘antigua metrópoli’ ha llevado a algunos hispanoamericanos a preferir referirse a nuestra lengua común con el término castellano, en lugar de español, en lo cual subyace una intencionalidad política y no una cuestión simplemente lingüística».

No obstante, uno de los puntos más controvertidos guarda relación con el hecho de que la Constitución Española establezca el castellano como lengua oficial de España, obviando cualquier otra designación.

«Es una mera diferencia de forma e incluso política, de respeto entre las lenguas de España. Decir en la Constitución que el idioma oficial es el español supondría que las otras lenguas no lo serían. Se guarda el vocablo original del dialecto del latín, el castellano, y se respeta a las otras lenguas y dialectos», razona Plans.

En la misma línea se mueve Carratalá al analizar las razones, «es evidente que los legisladores, habida cuenta de que en España hay comunidades y regiones que cuentan con idiomas vernáculos, optaron por una redacción en la que el vocablo castellano alude a un idioma que trasciende los límites de Castilla, y que es el fruto histórico del esfuerzo colectivo de españoles —sean o no castellanos— e hispanoamericanos; lo que, por otra parte, y en términos de ‘corrección política’, no implica discriminación alguna para otras lenguas habladas en la Península y que obviamente son también españolas».

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[LE}– Origen de dichos y expresiones: Más acerca de ‘Quién se fue a Sevilla perdió su silla’

19/08/2014

Quién se fue a Sevilla perdió su silla

Este dicho, de utilización muy extendida, se emplea cuando alguien se ausenta de un lugar y, al regresar, otra persona ha ocupado su sitio. Los orígenes del dicho son históricos, tal y como se explica en el Centro Virtual Cervantes.

Durante el reinado de Enrique IV (1454-1474), rey de Castilla, se concedió el arzobispado de Santiago de Compostela a un sobrino del arzobispo de Sevilla, Alonso de Fonseca.

La ciudad de Santiago estaba revuelta. El sobrino pidió a su tío que se ocupara él de Santiago, para apaciguarlo, mientras él se iba a Sevilla. Alonso de Fonseca, una vez pacificada Santiago de Compostela, quiso volver a Sevilla. Como su sobrino se negaba a abandonar Sevilla, hubo que recurrir a un mandamiento papal, a la intervención del rey castellano, y al ahorcamiento de algunos de sus partidarios.

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[LE}– Origen de dichos y expresiones: El error del dicho ‘Quien se fue a Sevilla…’

21/11/2014 

Mónica Arrizabalaga

Nadie sabe con certeza cuándo y por qué el antiguo refrán de «Quien se fue de Sevilla perdió su silla» pasó de irse de la bella ciudad andaluza a dirigirse a la misma y con su partida voluntaria, y en principio provisional, quedarse sin el lugar o el cargo que uno ocupaba y que en su ausencia le ha sido arrebatado.

Eso fue lo que le ocurrió precisamente a Alonso I de Fonseca (1418-1473) por hacerle un favor a su sobrino nieto que pasaría a la historia como Alonso II de Fonseca. Tal y como relata Diego Enríquez del Castillo en su «Crónica del rey Enrique IV», el primero, arzobispo de Sevilla, había logrado que la sede del arzobispado de Santiago de Compostela que había quedado vacante en 1460 le fuera concedida a su sobrino nieto.

No fue una etapa de fácil gobierno. «A don Alonso le tocó en suerte negociar y aun disputar privilegios eclesiásticos que lo enfrentaron con la oligarquía local», señala la biografía de Alonso II de Fonseca del Centro Virtual Cervantes.

Otras fuentes añaden que a estas revueltas contribuyó el mismo arzobispo con su mal gobierno y sus abusos que encresparon aún más los ánimos. El hecho es que en uno de los enfrentamientos armados entre la iglesia y los nobles gallegos en 1465, Bernaldo Yáñez de Moscoso tomó preso al arzobispo y lo encarceló en la fortaleza de Vimianzo, en Noya (La Coruña).

Allí pasó recluido dos años Alonso de Fonseca «El Mozo» hasta que fue liberado por las armas, pero se vio obligado a exiliarse de su diócesis durante diez años.

Trueque con su tío

Alonso II de Fonseca acordó entonces un intercambio temporal de sedes con su tío para que éste fuera a pacificar la situación en Galicia. Él se haría cargo mientras del arzobispado de Sevilla, según el acuerdo que con permiso regio y pontificio se llevó a efecto en 1467.

Dos años tardó Alonso de Fonseca «El Viejo» en sofocar las revueltas en la diócesis de Santiago, pero cuando trató de volver a Sevilla para deshacer el trueque con su sobrino, éste se negó a abandonar la silla hispalense, más rica y tranquila según los cronistas.

Enríquez del Castillo narra que de nada valieron los ruegos y razonamientos de Alonso I de Fonseca ni el mandamiento del Papa Pío II que éste solicitó. Hubo de intervenir el mismo rey Enrique quien envió al ejército real al mando Duque de Medina Sidonia y su valido Beltrán de la Cueva. Algunos de los partidarios del avispado sobrino acabaron ahorcados, y Alonso II de Fonseca se vio obligado a retornar a Compostela en 1469.

«Sin duda, el hecho hubo de ser muy comentado en la época y pronto fue incorporado al acerbo popular reducido a un simple tópico», señala el filólogo José Antonio Molero en la revista Gibralfaro.

Pedro Felipe Monláu señaló en «Las mil y una barbaridades» (1869) que de esta historia se deduce que «el refrán debe decir que la ausencia perjudica, no al que se fue a Sevilla, sino al que se fue de ella». El olvido de estos hechos y el habitual empleo de la frase hizo que con el tiempo ésta sufriera esta pequeña, pero importante modificación.

Hay quien completa la frase diciendo «… y quien se fue a León, perdió su sillón», aunque, según el profesor Molero, «esto último obviamente de origen popular y sin fundamento histórico que lo sustente».

Aún hay más adiciones que recoge el Centro Virtual Cervantes: «… y quien fue a Aragón se la encontró», «… y quien fue a Jerez, la perdió otra vez», «…quien fue y volvió, a garrotazos se la quitó», o quien fue a Morón (o a Padrón) perdió su sillón.

Alonso II de Fonseca cedió el arzobispado de Santiago a su hijo, Alonso III, en 1507 y falleció cinco años después. Está enterrado en el Convento de las Úrsulas de Salamanca.

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[LE}– Elogio y descrédito de la cortesía: piropo, cumplido, halago

2014-11-18

Amando de Miguel 

Los contactos efímeros entre conocidos se tornan cada vez más bruscos. Hasta el escueto gracias se hace cada vez más raro.

Una de las alteraciones más llamativas en el lenguaje coloquial es la progresiva eliminación de las fórmulas de cortesía que indican respeto al prójimo. Incluso se definen como «cumplidos» poco menos que hipócritas.

De tal suerte que los contactos efímeros entre conocidos se tornan cada vez más bruscos. Hasta el escueto ‘gracias’ se hace cada vez más raro. Tiende a sustituirse por el hasta luego, aunque no quede claro ese inmediato tiempo futuro en el que vayan a coincidir otra vez los interlocutores.

Resulta hoy impensable repetir el cruce de halagos que se decían nuestros bisabuelos bien educados, preferentemente entre una mujer y un hombre:

?Muchas gracias, señor.
?Las que usted tiene, señorita.

La contestación anterior equivale a la fórmula del «piropo» (en griego, fuego artificial), que hoy más bien repugna por haber perdurado como grosería.

Han quedado arrumbadas otras fórmulas de saludo lisonjero. Por ejemplo, «dichosos los ojos» (que te ven), «el gusto es mío» (como respuesta a «tanto gusto»), «a la paz de Dios» (traducción del árabe y el hebreo). Todas esas fórmulas, y otras aún más adornadas, se ven sustituidas por el incoloro «hola», que a nada compromete.

La actual tendencia a reducir la afectividad del saludo lleva a esta progresión: (1) «Buenos días nos dé Dios». (2) «Buenos días». (3) «Buenas».

Por influencia del inglés o del catalán, ahora pasamos en castellano a desear «buen día», en singular. Parece una cominería.

La gran innovación coloquial de nuestro tiempo es el «¿vale?» interrogativo que se añade a cualquier frase para lograr la aquiescencia del interlocutor.

No equivale al magnífico vale latino, que se traduce por «cuídate». Es una pregunta obsesiva que no espera contestación y que sirve para seguir en el uso de la palabra. Cumple asimismo esa función el reiterativo «¿sabes?».

Se emplea especialmente por teléfono para poder seguir hablando. Otra variante es «¿no?». Son preguntas retóricas que no esperan contestación. Puede que ni siquiera se oigan.

La gran novedad del lenguaje coloquial de hoy es la introducción de palabras gruesas en el diálogo, incluso por parte de mujeres y niños. Al reiterarse tanto los tacos, pierden un poco su significación grosera para convertirse en meras exclamaciones.

En tal caso sirven para que el hablante sea más enfático y persuasivo. El uso reiterado de lo que antes eran palabrotas, desprendido ya del tabú, sirve para que la conversación se desenvuelva en un tono amistoso, afectivo.

Es un propósito que a los españoles nos preocupa mucho, quizá por un paradójico temor al conflicto en las relaciones personales.

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[LE}– Es ‘duelo’ si sólo entre dos

17/11/2014

El término duelo se refiere a la pelea o al combate únicamente entre dos, ya sean dos personas o dos grupos.

Por tanto, resulta inadecuado utilizarlo para enfrentamientos entre más de dos adversarios.

En los medios de comunicación es frecuente encontrar frases como 

  • «El duelo de las cuatro actrices nominadas se resolverá este domingo en la gala» o
  • «El motorista español venció en el duelo que mantuvo con los otros dos pilotos aspirantes al título».

La palabra duelo, tal y como está recogida en el Diccionario de la Lengua Española, tiene el significado de ‘combate, pelea o enfrentamiento entre dos personas o entre dos grupos’. Por lo tanto, si existen más de dos rivales, se recomienda utilizar alternativas como enfrentamiento, combate, pelea, desafío o competición.

Así, en los ejemplos anteriores, en los que se hace alusión a más de dos contendientes, habría sido preferible escribir

  • «La competición de las cuatro actrices nominadas se resolverá este domingo en la gala» y
  • «El motorista español venció en el enfrentamiento que mantuvo con los otros dos pilotos aspirantes al título en la última carrera del campeonato».

En cambio, sí son válidos frases como 

  • «La NBA abre la temporada con un duelo entre los dos equipos tejanos» y
  • «El duelo entre el presidente y el líder de la oposición se retransmitirá el jueves».

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[LE}– ‘Aterrizar’ es posarse en tierra firme

13/11/2014

El vocablo aterrizar significa ‘posarse sobre tierra firme o en una superficie similar’.

Por tanto, es una voz apropiada para aludir a la operación de la sonda Philae en el cometa al que se ha aproximado la nave Rosetta.

En principio, no hay necesidad de crear nuevos términos para aludir a los aterrizajes en otros planetas u objetos astronómicos, pues esta voz no alude al planeta Tierra, sino al suelo, tal como se comprueba en la definición de aterrizar en el Diccionario Académico: ‘posarse tras una maniobra de descenso, sobre tierra firme o sobre cualquier pista o superficie que sirva a tal fin’.

Sin embargo, en el uso han aparecido algunas palabras basadas en nombres propios específicos, como alunizar, a partir de Luna, y amartizar, a partir del planeta Marte, ambas recogidas en la 23.ª edición del Diccionario Académico.

En este caso concreto, y ante la dificultad de una formación similar a partir del nombre propio del cometa (67P/Churyumov-Gerasimenko), se está optando por hacer la derivación, también válida, a partir del nombre del objeto: acometizar.

Para referirse a la acción de aterrizar, son también válidos los sustantivos alunizaje, amartizaje y acometizaje, formados de modo similar a aterrizaje; este último, de nuevo, es plenamente adecuado, incluso si no se refiere al planeta Tierra.

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