[Col}> “Sueños de emigrantes”: Teresa Cejas Valdés / Estela Hernández Rodríguez

Estela

En 1917, y cuando sólo contaba 16 años de edad, Juan Cejas Padrón vino a Cuba. El motivo que lo trajo hasta aquí fue el mismo que movió a casi todos los varones que emigraron de las Islas Canarias: La guerra, el servicio militar —muy duro en aquellos tiempos—, y la pobreza que imperaba en las Islas.

La hija que me contó su historia se llama Teresa Cejas Valdés, una anciana de 77 años, muy simpática y agradable, que no porque peine canas deja de ser jovial, y muy risueña y entusiasta a la hora de hablar acerca de los parientes de allá (Canarias) y de aquí (Cuba).

Dijo Teresa:

«Juan,   mi  padre,  vino   con   otro  hermano, quien luego regresó a Canarias. Eran oriundos de Valverde, El Hierro. Desde que mi padre llegó a Cuba comenzó a trabajar en los ferrocarriles de Ciénaga, Ciudad de La Habana. Luego se fue a San Cristóbal, provincia de Pinar del Río, donde existe un asentamiento de Canarios. Entonces se dedicó a la caña, renglón fundamental por aquellos tiempos en la economía del país. Fue fundador del Central de San Cristóbal, hoy nombrado “José Martí”. Él fue mecánico de ese central y, como tal, hacía varios trabajos».

El isleño, como también le decían sus amigos de la región, trabajaba todo el año. Para él no hubo tiempo muerto, pues ésa era costumbre en las zafras azucareras. También fue un hombre muy inteligente, por lo que llegó a jefe de reparaciones. No tenía miedo a las alturas, por lo cual a veces lo veían encaramado encima de aquellos molinos de viento para repararlos, o pintando uno de esos grandes tanques que utilizaban para el agua.

(Teresa Cejas Valdés, una Canaria de Valverde, El Hierro)

Entre sus preferencias, le gustaba montar a caballo. Dice Teresa que era buen jinete y que le contaba que cuando chico iba al campo a trabajar con su padre y llevaban queso y vino para merendar.

Cuando se mudó para San Cristóbal, conoció allí a la que fue su esposa, Inés Valdés Miranda, con la que tuvo 5 hijos. Más tarde enviudó y entonces tuvo 2 hijos en ese su segundo matrimonio.

Momentos de recordación

Teresa era la mayor de las hijas de Juan. Me contó que en el año 2003 visitó la Isla de El Hierro, y allí, en Valverde —la capital de esa Isla, la más pequeña del archipiélago canario—, con su familia, primos, y los hijos de éstos, y con otros familiares, pudo compartir momentos maravillosos.

Teresa contaba de su familia con tanta alegría que era como si quisiera que se conociera todo a la vez. De pronto fue muy presta a buscar las fotos, que se le habían quedado en su cartera, y en instantes volvió con su pequeño álbum y comenzó a mostrármelo. Ese álbum lo lleva siempre consigo, me dijo.

Pasó luego a contarme de lo bien que la había pasado en esa región de Canarias, en el terruño de su padre; de cómo, desde las alturas por la carretera y dentro del auto, veía aquellas casas del tamaño de una hormiga; y de lo cariñosa y amable que fue su familia con ella.

Para Teresa fue una experiencia inolvidable, y sus ojos denotaban lo que expresaba: el brillo húmedo que se notaba en ellos descubría ese sentimiento de amor por los suyos.

Así conocí por fotos a Guillermina, Julián, Dolores, José Francisco —que, me dijo Teresa, que trabaja en el aeropuerto— y a Edelia. En una palabra, los Sánchez Cejas de Valverde y, sobre todo, la casa de su padre, foto que mostró con mucho orgullo: una casa rústica pero con toda la belleza de recuerdos que para Teresa encierra, allí, en aquel pedacito de Valverde.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Elvira Quintero Hernández / Estela Hernández Rodríguez

Estela

Una herreña que, sin querer, se convirtió en emigrante.

Esta historia sucedió en El Pinar, en El Hierro, y trata de los momentos vividos por una niña llamada Elvira Quintero Hernández que nació en ese lugar, en 1913 y en un hogar humilde y pobre.

Fue a los diecisiete días de nacida cuando la bautizaron, y su madrina, María Toledo, era muy cariñosa con ella. María era una herreña que a menudo viajaba a Cuba, donde tenía su casa, aunque residía en El Hierro. Tenía tres hijos varones, y siempre quiso tener una hembra, según contó Elvira.

Mientras, en el hogar de la pequeña herreña transcurría la vida cotidiana. Sus padres tenían como costumbre hacer queso, y su mamá a otros lugares para canjearlo por otros productos; así era por aquella región. Me contaba Elvira que, por esos años, en su terruño no había ni agua que tomar, todo estaba acabado, ni calles.

Recuerda cómo ella se preocupaba porque no llovía, pues a su padre, Gabriel Quintero, le hacía falta el agua para su escaso ganado.

Entonces, y por esta situación, su madrina a veces la llevaba para su casa y la tenía por momentos. Luego se quedaba un día con ella, y después varios. También su madrina le compraba uno que otro juguete, algo que sus padres no podían hacer.

Así fue creciendo, y cuando ya tenía once años, María Toledo le pidió a su comadre que dejara ir a Elvira con ella a Cuba para que conociera esa Isla. Para ello tuvo que pedir un permiso, y a la niña, le gustara o no la idea, tenía que aceptarla, pues en aquel tiempo los menores no tenían voz ni voto; lo que decidieran los mayores tenían que aceptarlo.

A Elvira la acompañaron sus padres al embarcadero. Vino a Cuba en el barco francés “La Salle”, en el que toda la tripulación era francesa.

«Yo, era la única niña que venía en el barco, y los marinos me daban la mano y me llevaban a comprar caramelos en la bodega del barco», decía Elvira con tristeza.

Una nueva vida

A su llegada a Cuba, recuerda cómo, luego de desembarcar, se trasladaron hasta la casa en un fotingo al que había que darle cranque para que caminara, pues era de los autos que en aquella época arrancaban de esa forma.

Dos de los hijos de María Toledo eran comerciantes, y otro trabajaba en un Banco. Elvira estudió sólo la primaria, y nunca más su madrina la llevó a Canarias.

Pasó el tiempo, y un día Elvira supo de una mala noticia: cuando El Hierro su madre y hermana se dirigían al canje de productos, a causa de un deslave en el terreno cayeron por un barranco y fueron arrastradas por un arroyo.

Su madrina aprovechó ese incidente y le dijo a Elvira que toda su familia había perecido en el deslave. Fue muy triste para la niña, que quedó traumatizada. Lloraba mucho porque también pensaba mucho en su familia.

Lo único bueno que tenía el estar bajo la tutela de su madrina era que nunca pasó hambre ni necesidades, pero esa mujer la había separado de sus seres queridos, algo muy importante para Elvira.

Recuerda cuando iba al cine, al que una hermana de su madrina la llevaba. Contaba que le decían «La llorona» porque lloraba por cualquier cosa que le sucediera, algo que era lógico porque su dolor lo llevaba por dentro, según me dijo.

Tres años después murió la madrina, y entonces su hermana, Juana, se hace cargo de Elvira. En 1935, se trasladaron a La Habana y fue cuando ella comenzó a trabajar. Por el año 1947 se casó, pero el matrimonio no le fue bien, y a los dos años se divorció. Luego comenzó a trabajar de oficinista, y contrajo nuevamente matrimonio.

La verdad toca a las puertas de Elvira

Pasó el tiempo y, casualmente y en gestiones con la isla de El hierro para solicitar una inscripción de nacimiento, sin esperarlo descubrió a una sobrina y, por ella, supo luego de otros parientes, y así se enteró de que el día del accidente en el barranco sólo habían muerto su madre y una de sus hermanas.

Por las fotos que de El Hierro le enviaron dos de sus hermanas pudo ver a su familia más cercan, y también a sus sobrinas y primos, entre otros, y conocer su verdadera historia.

No todos habían muerto, tenía una familia y no lo sabía. Pudo más el sentimiento que hacia ella tuvo su madrina, a quien no le importó hacerle tan tremendo daño.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[Col}– Caracas, la Ciudad Elegida, y las Columnas de Hércules / Vicencio Díaz

05-01-11

Vicenzio

Algunas personas quizá hayan leído artículos anteriores sobre la ciudad elegida, y se habrán hecho preguntas que nunca llegaron a ser conocidas por mí; una de ellas tal vez sea «¿Va a ocurrir algo en Caracas? Si es así, ¿cuándo?».

La verdad es que para no someterles a una angustiosa espera les diré que lo más importante sobre la ciudad elegida, y para lo cual fue elegida, ya ocurrió. Eso fue un plan quizá elaborado antes del Diluvio, ya preparada la tierra ésta para los que iban a llegar hasta acá entre los descendiente de Noé para hacer de todas aquellas razas una sola, de tres naciones una nueva, sana de toda enfermedad, libre de contaminación de ideas falsas, y capaz de buscar la justicia y alcanzarla.

Sin embargo, las cosas tienen su tiempo, y el hombre no estuvo preparado para migrar sino después de muchas tribulaciones, y los de acá no estaban preparados para recibirles pues, en su aislamiento de otras culturas, habrían de acostumbrarse a soportarse unos a otros como hermanos, a la fuerza, sin conciencia de libertad, pues eran siervos unos de otros, así como los del otro lado del rio de la fraternidad, también lo eran.

Por alguna razón, siendo tres grupos étnicos separados por algo que no tiene visos de veracidad, pues no aparece mayor diferencia en el genoma, llegaron a repudiarse de tal manera que se vieron enfrentados en guerras contantes, y el cambio climático los forzaba a reunirse y a mezclarse, pero ellos siempre quisieron ser tres y se avergonzaban de los que por casualidad saltaban la talanquera y formaban parte del cuarto grupo: los bastardos.

Algo les dijo desde siempre «¡Hacia occidente!», y hacia occidente siempre fueron, dejando atrás los volcanes del cinturón de fuego, las zonas donde antes tuvieron sus templos y sus pastizales y ganados, y se fueron hasta encontrar el Rhin y sus hijos.

Se tomaron su tiempo, y tomaron sus hijas y se mezclaron, pero no mucho, sólo lo suficiente para tener siervos y siervas, pues eso creían ellos. Avanzaron, y en oleadas llegaron al despeñadero, la Spania de los romanos, el final según las leyendas, desde donde no podían continuar, pues las Columnas de Hércules era lo último, más allá de lo cual sólo se podía encontrar la muerte.

Las Columnas de Hércules no eran otra cosa que esos dos archipiélagos, Las Azores y Las Canarias, en medio del camino de los valientes, los atrevidos y audaces de los cuales debe de haber habido muchos que aprovechando los vientos de verano no se detuvieron ante el temor de NON PLUS ULTRA, sino que se tiraron al agua y dejaron a los demás godos detrás.

Pasado el tiempo y en llegando el señalado, uno de tantos atrevidos, quizás genovés, siguió el mismo camino, y después de distraerse en el mar del centro de la Tierra, siguió, como todos los que deseaban mejores pastos, aguas y vientos, y se lanzó en su búsqueda.

Alternó entre lusitanos e hispanos, y con todo lo que logró conseguir se tiró a buscar su destino no sin antes detenerse en las Columnas de Hércules quizá para coger aire, tomar agua y alimentos, aparte de para elevar sus oraciones al altísimo que hasta allí le había traído.

Sé que este lugar es el destino de todas las razas, y a este lugar han de venir a buscar aquello que les fue dado, y quizás tengan que detenerse en las Azores o en las Canarias como antes sus padres lo hicieron en la península, pero no se regresan sin terminar de cruzar el rio EÚFRATES y tomar lo suyo, aunque después vuelvan a su terruño.

A los que desde el tiempo no conocido fueron elegidos para habitar en estas tierras y ya están aquí; a los que han de venir a formar parte del mismo grupo; a los que deben de permanecer en su terruño, aunque periódicamente deban de venir a buscar su alimento a tiempo, les adjunto una gráfica satelital que quizá les ayude a entender lo importante que son su movimientos.

La Ciudad y la ruta de San Pablo

Al igual que las Columnas de Hércules no son el destino final, tampoco Caracas lo es, pero al igual que las Columnas de Hércules son la puerta de entrada a la Tierra de Gracia, o a la Galilea de los Gentiles, Caracas es la primera de la puertas abiertas para entrar en la Gran Ciudad de Jerusalén, donde se posará la futura ciudad santa.

¿Y de dónde viene esto, de la Galilea de los gentiles o de la Ciudad Santa? ¿Y qué tienen que ver en ello Las Azores y las Islas Canarias, o, más aún, la misma Spania?

Las respuestas tenemos que buscarlas 1.500 años atrás, antes de que se abriera el paso hacia las nuevas tierras, como aparece en el escudo de los Reyes Católicos —el que tiene las columnas que dicen PLUS ULTRA— o en el escudo del águila vidriera.

Cuando pasados tres años del reinado de Claudio un preso del César, de nombre Pablo, era llevado desde Jerusalén hasta Roma, la nave donde viajaban encalló en la isla de Malta.

Después de algún tiempo, los que iban en esa nave subieron hasta Roma donde Pablo permaneció dos años, y probablemente se entrevistó con Claudio, pues a él había apelado.

El caso es que, en una carta anterior de Pablo escrita a los romanos, les decía que le gustaría pasar por Roma, y que así esperaba hacerlo para que lo encaminaran hacia Spania. O sea, su objetivo no era permanecer en Roma, para entonces el lugar más importante del mundo conocido, sino ir a Spania. Pero ya sabemos que, para todos los que se movían hacia occidente, Spania era como un “Culo de botella” por las trabas que a los migrantes les ponían las famosas columnas.

Por aquellos días, y según las tradiciones, Santiago estuvo también en Spania, y a eso se refieren las peregrinaciones del Camino de Santiago que se detienen en Santiago de Compostela. Pero no era ése el destino de los creyentes en la doctrina de El Camino hacia la Galilea, de los gentiles, sino que el destino era PLUS ULTRA: las Columnas de Hércules.

Es el norte de España el origen de los migrantes que tienen por destino la esquina norte de la gran ciudad, y que a su paso dejan atrás la columna de la derecha, o sea, las Azores. Y es el sur de España el origen de los migrantes que, pasando por las Canarias, tienen por destino la esquina Este de la gran ciudad, entre cuyos lados media una distancia exacta de 12.000 estadios, que vienen a ser 1.200 millas.

Ahora bien, como si fuese la obra de un gran arquitecto, obra que requiere un fundamento y una orientación, así quien diseño esta Gran Ciudad tomó como piedra angular un lugar de los Altos Mirandinos —conocido por Google Earth como Los Dolores, con coordenadas 10º 20’ Norte y 66º 56’ Oeste—, alineado con el Camino de Santiago y con el sur de Caracas, que fue la ciudad escogida como piedra angular, de la misma manera que Las Canarias y Las Azores fueron escogidas como puerta de entrada, y como España fue escogida como puerto de partida.

Bienaventurados los migrantes que hayan recorrido el Camino que fue indicado por Jesús y Pablo a sus seguidores. Para ellos no hay indulgencias humanas sino el merecido galardón por la obediencia a los que, sin saberlo, optaron por seguir el Camino de los escogidos de dios.

Vicencio Díaz

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Edelia González González / Estela Hernández Rodríguez

Estela

Esta descendiente herreña habla de Frontera.

Edelia González González es hermana de Juan González, quien contó la historia de su padre, natural de Frontera (El Hierro). Ahora la descendiente herreña cuenta sobre su madre, también oriunda de esa región.

Contó que su mamá había venido a Cuba con dos de sus hermanos, Antonio y Marcos. Este último vivía en Cabaiguán, en Sancti Spíritus. En El Hierro se habían quedado Juana, María y Petra.

Marcos enfermó, y cuando estuvo grave vino para La Habana y murió en un hospital al que abonaban los nativos Canarios, el llamado “Quinta Canaria”.

Recordaba cómo su mamá había muerto cuando ella era chica, y cuando ya fue algo mayor ya tenía que cuidar y atender a sus hermanos.

De su padre decía que, para ella, era el mejor papá del mundo, aunque no era muy comunicativo, pero era de corazón noble y bueno, recalcaba.

Su tío Antonio vivió mucho tiempo con ellos y les enseñaba canciones de su terruño, sobre todo folías. Empezaba cantando y bailando —decía— para que ella le siguiera, y entonces lo complacía.

Sobre la cocina recuerda cómo le enseñaron a hacer el mojo isleño, la especialidad de su mamá y ahora de ella. Así continuaba esa costumbre en la casa de los herreños, de igual forma que la utilización de las yerbas medicinales.

Edelia cuenta: «Mi hermano Juan siempre fue más inteligente que yo, y muy estudioso. Claro que yo tenía que atender a mis otros hermanos y a él, quien llegó a ser Doctor en Ciencias».

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre de 2010

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Juan González González / Estela Hernández Rodríguez

Estela

Un doctor en Ciencias cuenta sobre Frontera (El Hierro, Canarias).

Juan González González es descendiente de Frontera. Este isleño, ingeniero químico y doctor en Ciencias, tuvo aquí en Cuba una rica trayectoria laboral en el Instituto de Investigaciones de la Industria Alimenticia, Industria Láctea.

El isleño me contó que cuando su padre, Justo González Barrera, tenía 16 años, vino a Cuba con un hermano en 1883. En 1911, su esposa Juana tuvo a su primer hijo, la hermana de Juan. La pareja tuvo en total nueve hijos. Juan nació en 1931, y a los dos años de nacido su mamá enfermó y murió.

Justo, su padre, tuvo negocio de bodegas, y luego trabajó como pesador de caña de azúcar en una finca de un pariente, hasta que se jubiló. Esto fue en Villa Bermeja, en el Central “San Antonio”, en Matanzas.

Contaba Juan González que en 1940 recibieron de las Islas Canarias una carta de una prima suya, llamada Ortelia, pero que no supieron más de esos familiares hasta después de quince años.

De su visita a Canarias

En 2003, a Juan lo invitaron a visitar Canarias de igual forma que a su amigo Domingo y por el mismo proyecto. Estaba convencido de que no contactaría con sus familiares, pero el último día se le presentó una prima acompañada de su esposo. Para él fue una alegría, pues ya no tenía esperanzas de ver a sus parientes.

Un día de felicidad

Contaba Juan que nunca pensó que un día iría a Frontera y pudiera hablar con sus familiares, aunque no con todos pero si con una gran parte de ellos, ya que la familia de su mamá no pudo verla.

Un recuerdo que se trajo de ese terruño fue que lo llevaron allí a ver la casa de sus padres.

Cuenta que estaba destruida, abandonada, por los años, pero, aún así, pudo palpar el calor del lugar que un día los albergó a todos. Ahora los tiempos cambian y la vida moderna se impone, dijo.

Y Juan siguió contando: «Para mí el viaje era triste, durante cinco días no me divertía, pero en un solo día se me arregló. Pude ver a mi familia que me dio mucha atención, fueron amables conmigo».

Y termina contando sus anécdotas con una ligera sonrisa, como agradecido de ese momento de recordación, que más que recordar es vivir.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre de 2010

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Domingo Norberto Cabrera Morgadanes / Estela Hernández Rodríguez

Estela

Un hijo de Isora (Frontera, El Hierro) cuenta su historia de cómo en un solo día visitó la tierra de su padre.

Conocí a Domingo Norberto Cabrera Morgadanes —un hombre entrado en canas, de ojos azules brillantes como perlas de mar— cuando estaba contento porque podía contar la historia de su padre, del pueblo natal de éste, Isora (Frontera, isla de El Hierro), y de su descendencia.

Su padre nació en el año 1888. Se llamaba Domingo Cabrera Gutiérrez, y en 1902, cuando apenas tenía catorce años, vino a Cuba. Hasta entonces había pastoreado cabras en El Hierro, y leía si acaso malamente. Decía el isleño:

“Mi abuelo tenía cinco hijos, y pensó que antes de que a sus hijos los mataran en la guerra mejor era que vinieran para Cuba. Ya mi padre, al llegar a la tierra cubana, comenzó a trabajar en la Ciénaga de Zapata, ubicada en la provincia de Matanzas, el centro de la isla”,

Allí estuvo hasta que un pariente de buena posición económica, Ignacio Padrón, primo de su abuelo, colocara a su papá en un comercio; tenía fincas y era benefactor, pues hizo en su barrio una escuela. Domingo contaba:

«Mi padre se independizó y tuvo su primera bodega en Bermeja, Unión de Reyes, en la provincia de Matanzas, y fue ahí donde conoció a la que fuera luego mi mamá, Mercedes Morgadanes, también hija de isleña, de Tenerife, y de padre gallego, de Pontevedra. Cuando ya mi padre tenía dos hijos, ocurrió una desgracia con su hermano, que murió, y entonces mi abuelo le dijo: “Ya tienes dos hijos. Quiero irme de regreso a mi casa». Entonces le pagó el viaje y lo llevó. Mi padre estaba ya encaminado. y luego nacieron dos hijos más; fuimos cuatro hermanos en total».

Cuenta Domingo que su padre era un hombre muy humano, no podía ver miserias, y cuando alguien venía a su bodega comprar algo fiado porque no tenía dinero, le daba la mercancía. Fue por eso por lo que quebró la bodega de su propiedad. Luego llegó a vender hasta confituras en los comercios, pues era muy buscador de vida. Y decía el descendiente herreño.

«Yo crecí, y mi primer trabajo fue en un estorage vendiendo gasolina, en La Habana, y vivía con mi madre y mis hermanos. También me superé, pues pasé la escuela y en 1948 me gradué de Técnico en Farmacia en la Universidad de La Habana. Trabajé esa profesión hasta el año 1988, cuando me jubilé. Para entonces estaba en la farmacia de Santos Suárez, en La Habana, de Dolores Oharris. Y en 1957 estaba en la farmacia de los hospitales Clínico Quirúrgico, que coincidió con su inauguración, y conjuntamente realizaba otro trabajo en el hospital Calixto García, también en la propia ciudad».

En el año 2003, invitado por el gobierno de Canarias, pudo visitar la isla de Tenerife, lo cual —dijo— le dio una gran alegría. «Para mí fue un sueño convertido en realidad. El gran sueño que duró un solo día», recalcó Domingo.

Estando ya en Tenerife y en un hotel cinco estrellas, Domingo pensaba en la querida tierra de su padre, Isora, en El Hierro. Pero por muy cerca que estuviera, estaba muy lejos de ella, pues en estas salidas de turismo dirigido no se permite estar de un lado para otro solo, y durante los 9 días que duraría su permanencia le era difícil ponerse en contacto con sus familiares. Pero añoraba verlos, y sólo un milagro lo permitiría.

Ese mismo día un gran amigo, y compañero de la habitación de hotel, recibía a unos familiares y le dijo:

Domingo, vamos conmigo y así conoces a mi familia y te animas un poco.

Domingo accedió y bajó con su amigo.

Ya con los familiares de éste, lo presentaron a todos y conoció al esposo de la prima de su amigo, quien le dijo:

Señor, en mi casa yo tengo un retrato donde aparece usted.

Domingo quedó asombrado y, como cosas del destino o casuales, resultó que el esposo de la prima de su amigo era pariente lejano de él, otro Cabrera también.

Tal fue la alegría que inmediatamente este pariente llamó a la prima de Domingo, Nicolasa, y le dijo.

Aquí tengo frente a mí a un primo tuyo que quiere verte.

Nicolasa aceptó y esa noche salieron en barco para El Hierro. Allí, en el puerto, todos estaban esperándolo, y fue así como pudo visitar la tierra de su padre y cumplir con su deseo.

Una bonita experiencia

Todo fue precipitado para el descendiente de Isora, pero su vida cambió, pues ya no se iría de Canarias sin visitar la tierra de sus ancestros.

Allí conoció a cinco primos hermanos. Luego fue a ver la casa de su padre. Todo estaba igual.

Había 100 chivas que daban 100 litros de leche diarios. Luego vino la conversación y los análisis, a través de los años, de dos vidas diferentes.

Antes, su papá pastoreaba; ahora, con la modernidad, los animales se alimentaban con pienso, y entonces pudo ver un almacén con sacos de ese alimento. Luego, Domingo, volviendo a recordar a su padre comentó:

«El se superó, hasta estudió inglés, y siempre estuvo preocupado por la educación de sus hijos. Tenía la moral por principio. Murió a los 86 años. Todos estudiamos. Mi hermano mayor, Ramón, es contador, el tercero estuvo en Comercio Exterior, y mi hermana Reina es maestra».

A mi pregunta de qué había sentido en ese solo día, contestó, con brillo de lágrimas en sus ojos:

«En ese solo día aunque, fue tan corto el tiempo, recibí muchas muestras de cariño y tuve muchas emociones, todo por igual. Fue un día maravilloso».

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Miguel Suárez Castellano / Estela Hernández Rodríguez

Estela

Miguel Suárez Castellano, un nativo de Fontanales (Moya, Las Palmas, Canarias) llegó a La Habana en el vapor “Niágara” cuando contaba sólo 9 años de edad, en noviembre de 1926, pocos días después del ciclón del veintiséis. 

«Por el paso del ciclón, en Cuba se veían aún árboles tirados y los destrozos propios de estos fenómenos», cuenta Miguel.

Su padre había venido tres años antes, y cuando se estableció en una cafetería en Aguiar y Peña Pobre, en La Habana Vieja, mandó a buscar a su esposa, Rosa Castellano Ojeda, y a sus tres hijos varones.

Su hermano era Juan Suárez, dueño de «La Lechera», una empresa láctea muy reconocida por aquellos tiempos. José Suárez era otro tío mío, dice Miguel, que como gustaba del trabajo en comercio, laboraba en la cafetería de su padre y estudiaba de noche en una academia.

Sobre la vida de su padre en La Habana me contó que al llegar éste a la capital había contratado a una viejita, de nombre Efigenia, que le cocinaba primero a él y luego a toda la familia.

El encuentro con su familia

Hace cuatro años, Miguel Suárez Castellano viajó a las Islas Canarias, y un sobrino suyo fue a verlo. Estuvieron una semana en Tenerife, y le sucedió como a otros: que casi no puede ver a su familia, lo cual le preocupó.

Me cuenta que «Estando ya en el aeropuerto, sentado en el autobús, preguntó un señor: «¿Quién se llama Miguel Suárez?», «Yo, yo soy Miguel Suárez». Entonces el señor me dijo: «Vamos, que te están esperando». Era mi familia. ¡Imagínese qué contento me puse, pues ya casi regresaba a Cuba y, en un momento, mi sueño de ver a mi gente se hizo realidad».

«Todos los días me llevaban a pasear, sobre todo al lugar que más me gustó visitar: la casa donde yo viví. Pero ya es un chalet. Claro, la casa vieja estaba detrás del chalet, y la tenían de desahogo de éste. Ocupaba una manzana completa».

Uno de los parientes que tuvo atenciones con Miguel —recuerda— era un accionista, o algo así, de la fábrica de chocolates Tirma, nombre que le habían dedicado en honor a una leyenda que tiene que ver con un luchador guanche.

Me interesó esa historia y pude conocer que se trataba del nombre de un rebelde isleño, Bentejuí, un temible jefe que, de montaña en montaña, huía de la persecución del ejército castellano que luchaba por conquistar la isla de Las Palmas.

Bentejuí y un compañero suyo no quisieron caer en las manos del enemigo y se precipitaron por un risco con el grito de «¡Atis Tirma!». De ahí el nombre de la fábrica.

Cuenta el isleño que Juana Rosa Vizcaíno Moreno, quien fuera su esposa, era cubana, mayor que él, y murió a los 90 años. Era viuda cuando él la conoció.

Su primer esposo era hijo de un isleño llamado Rafael Perdomo, que era telegrafista y que, huyendo de la huelga de Batista, se fue de Cuba con papeles de español, pero con tan mala suerte que la tripulación del barco en que viajaba fue detenida porque al registrarlo encontraron armas.

Se llevaron a todos presos, incluso a él, y en España el régimen de Franco los fusiló.

«Yo me casé con Juana Rosa cuando ya tenía mi propio café, en Vives y Carmen, en la capital cubana, mientras que ella trabajaba en perfumes “Astras”. En 1959, cuando la propiedad privada desapareció, me ofrecieron administrar un mercado en el que fui supervisor. Luego me incorporé a la zafra de los diez millones, que así le llamaban en el año 1970. Más tarde pasé a la empresa, y de noche estudiaba contabilidad en el Centro Asturiano de La Habana».

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[Col}– Caracas, la Ciudad Elegida. Concentración cósmica / Vicencio Díaz

02-12-2010

Vicenzio Caracas, la ciudad elegida, y los lugares que le son vecinos, están en estos momentos soportando un cambio suave pero de magnitud grande en cuanto al cambio climático.

Es un cambio que ha coincidido con la reunión internacional de Cancún en la que se hablará de muchas cosas pero de nada de lo que ustedes puedan leer en Padronel, pues son cosas que no se van a encontrar en los titulares de la prensa ni en programas de televisión internacionales.

Ya después de estos comentarios, quizás no haya otros, pero hay mucho de qué hablar, y todo ello dependerá del giro que tomen los acontecimientos, pues es impredecible para mi razonamiento deducir lo que habrá de pasar sobre la Tierra, pero, a la luz de mis escasas observaciones, sí me es posible decirles lo que motivará esos acontecimientos.

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A fines de 1999, y como consecuencia del GRB del 23 de enero y posteriores, en “El Camino de Santiago” se da en el litoral venezolano un fenómeno que terminó llamándose “La Tragedia de Vargas”, única en su género pero que terminó siendo precursora de varias similares con cambios de los vientos, meteorización de las rocas, deslaves de la tierra, y las consecuencias que ya se conocen.

Algo similar está ahora ocurriendo desde el lugar donde tocó tierra Colón hace 500 años hasta la zona del lago de Maracaibo donde Américo Vespucio vio los palafitos y llamó a estos lugares Venezuela, o pequeña Venecia, por el parecido con aquella ciudad de Italia.

Alguien me ha dicho que la cantidad de agua caída sobre la ciudad es muy superior a la que cayó en 1999 sobre Vargas, y también me dijo que excede todas las estadísticas de precipitaciones conocidas en 120 años, lo cual no me extraña, pues tengo por cierto que no fue el agua lo que motivó tal tragedia, cosa que no vale la pena comentar como no sea en relación a lo que está actualmente ocurriendo.

Hace casi un mileno, hubo una concentración de todos los planetas alrededor del centro galáctico, o sea, a la altura de “El Camino de Santiago”, en que probablemente no estaba Plutón, aunque sí pudieron estar Neptuno y Urano, aún no conocidos por la astronomía de aquellos días, y tampoco dentro de los clásicos dioses que forman parte del ritual de las semanas, pues hasta esos momentos nunca se supo que asumieran tales calificativos otros mensajeros de fuera de éste mundo aparte del mayor de todos: Saturno, o Cronos según los griegos.

Previamente, en el año 33, aproximadamente, ocurrió otra concentración, pero no del lado del centro galáctico —de donde mana la mayor cantidad de energía que recibimos y cuyas radiaciones comprenden desde rayos ultravioletas hasta rayos gamma— sino del lado opuesto, del lado de las tinieblas, o sea, del lado contrario a la fuente de luz verdadera.

En estos días se acaba de gestar de nuevo una concentración en la parte del centro galáctico, o sea, como en el lado contrario de la balanza a aquél en el cual se concentraron en el año 33, siendo Mercurio el último planeta en entrar, hecho que ocurrió el 3 de octubre pasado, y que dio lugar a una situación que permanecerá hasta el 19 de enero del 2011, fecha el la cual el planeta Júpiter —también llamado Zeus, o THEOS, dentro del altar de los dioses de los griegos— saldrá de la constelación de Acuario.

Esta concentración afecta a la región entre Grecia y las zonas equinocciales de América, y marca un cambio de magnitudes cósmicas como el que se dio a principios de esta era, o aún mayores, como se espera, y todo esto comenzó a partir del 3 de octubre de 2010, delante de sus ojos,.. y es tan solo el comienzo.

Por al principio escribí que quizás este fuese mi último comentario, pues con la presencia de Urano en la constelación de Acuario en movimiento directo, cosa que ocurrirá en diciembre 07, es muy difícil para mí hacer algún razonamiento lógico, pero posiblemente los judíos sean afectados y, por supuesto, las otras religiones que sigan a los judíos.

Lo que vaya a ocurrir después dependerá de Neptuno, que entrará en Acuario pasado el 23 de enero, o sea, 12 años después, que vienen a ser 24 tiempos contando a partir de cuando, desde el Empíreo, El Supremo Autor infundió un PNEUMA AGION a este pueblo.

Al tomar textualmente del himno nacional de los venezolanos, lo hago para recalcar que ese pueblo al que se menciona es el de de Caracas.

Vicencio Díaz

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Introducción / Estela Hernández Rodríguez

Estela

La emigración ha dejado siempre huellas en aquéllos que una vez buscaron otras rutas sin saber lo que les depararía el destino.

Quizás la desesperación de encontrar una vida mejor motivó a muchos Canarios a dejar el terruño que nunca olvidaron a pesar de haber encontrado en esta isla de Cuba un lugar que les ofreció amor.

Muchos años han pasado por estas personas que relatan sus vidas convertidas en historias que cuento en los artículos que siguen. En tales personas muy pocas veces existen momentos de alegría, pero sí la añoranza de sus islas, de su familia.

Para los emigrantes canarios no había otra solución, el exilio era el escape que tenían a la mano, y muchos países les dieron asilo; Cuba fue uno de ellos. Aquí llegaron y se asentaron; hicieron sus vidas; formaron su familia; siguieron sus costumbres; y dieron lo mejor de sí en el trabajo. El campo fue uno de los mayores testigos en las hojas verdes del tabaco.

Allí también se oyeron sus cantos convertidos en poesías, y con ellos sembraron la semilla de la décima que, traída desde sus islas, han hecho llegar hasta nuestros días.

Para los emigrantes, contar su historia es como volver a revivir el momento. Para ellos es una necesidad y, sobre todo, lo es hacer saber con ello que quieren a sus Islas, y que no porque las abandonaron han dejado de ser Canarios, o isleños como en Cuba se les dice.

Por ello es tan significativo escribir sobre sus historias, es importante que éstas no se queden dentro de sus corazones, para que todos sepan cómo le fue la vida de estas gentes.

Contar esos momentos es entrar en el pensamiento añejo de las mentes de cada uno de estos isleños y de sus descendientes, no importa de qué isla de las Canarias sean. Es como si por largos años hubieran dormido pero despiertos, y, por ello, estas sus historias que aquí contaré pudieran catalogarse como «Sueños de Emigrantes», título bajo el cual las agruparé todas.

Las historias de Cachita, la del dulcero y las de mi abuela Lola ya fueron publicadas en estos artículos:

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Las Islas Canarias tiene como antecedente el primer viaje de Cristóbal Colón, quien levó anclas desde La Gomera, una de las siete. Y es que Canarias fue el sitio escogido por los conquistadores para reparar sus naves y adquirir las provisiones necesarias para la travesía, así como especies de animales y plantas que fueron trasladados a América.

Desde entonces comenzó la emigración canaria, y Cuba fue uno de los puntos principales que dio abrigo a esos bien llamados isleños quienes influyeron en todos los aspectos de nuestra sociedad legando costumbres que han hecho historia a lo largo y ancho de nuestra nación.

En aquellos tiempos gobernaba en Cuba Don Luis de Las Casas, quien permitió la llegada de matrimonios para fundar los pueblos. No fueron pocos los lugares de asentamiento de los Canarios en Cuba, y es la bahía de Nipe la que por su bondad atrajo a un gran número de colonos, de igual forma que Guantánamo.

Asimismo, cientos de familias crearon poblaciones cerca de Matanzas. Tierras como realengos y grandes fincas fueron distribuidas a emigrantes Canarios que se dedicaron al tabaco y a la agricultura en general, aunque algunos trabajaron en ferrocarriles o comercios.

La robustez de los isleños hizo que sobrellevaran el clima tropical al que tuvieron que adaptarse, de igual forma que les permitía buena inclinación y disposición al trabajo hasta llegar a hacerse famosos por sus buenas cualidades en sus labores, sin dejar atrás su honestidad.

Así a través de los años fueron entretejiéndose leyendas alrededor de sus vidas, a partir de la añoranza que sentían por su terruño, la familia que habían dejado atrás y la necesidad de traerla; y los que no la tenían, de crearla.

Así comenzaron estas historias en Cuba, tierra que dio a los Canarios o isleños un abrigo y un lugar donde esparcieron sus semillas, las que a través de los años germinaron y crecieron, y hoy ellos pueden contar quienes son, de donde vinieron y cómo mantienen vivos sus sueños de emigrantes, aquí donde aún existen raíces para contarlos.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010