[Col}> Una decisión con la que se pueda vivir / Soledad Morillo Belloso

18-03-2026

Soledad Morillo Belloso

Una decisión con la que se pueda vivir

Al final, decidir bien no tiene nada de épico. No hay fanfarrias, ni medallas, ni selfies frente al atardecer con frase motivacional incluida. Es, más bien, un acuerdo privado con el espejo: elegir no lo más brillante ni lo más cómodo, sino aquello que no te deja la sensación de haber empeñado la serenidad a cambio de una ganga emocional. Es la decisión que no necesita coartadas, ni monólogos grandilocuentes, ni explicaciones apresuradas a las tres de la mañana. Es la que puedes cargar sin ibuprofeno ético ni remordimientos de resaca.

Y claro, en este punto aparece la ética. Esa señora impertinente a la que muchos tratan como si fuera un florero: bonita, prescindible y fácil de esconder cuando estorba. Hay quienes no la tienen, y hay quienes la tienen pero la guardan bajo llave, como si fuera un interruptor que se apaga cuando incomoda. Pobres criaturas. Creen que se están saliendo con la suya, sin notar que la factura llega igual. No siempre en forma de castigo externo —qué va—, sino como un desgaste interno, una erosión silenciosa que no se ve en la piel pero sí en los ojos. Y quienes la arrinconan descubren, tarde o temprano, que la ética es como cualquier músculo: si no se usa, se atrofia. Y luego no levanta ni una bolsa de supermercado.

Decidir, además, es un deporte de alto riesgo. Uno va por la vida creyéndose estratega cuando, en realidad, avanza a tientas, como quien busca el interruptor a oscuras y termina palpando todo menos la luz. Aun así, hay decisiones torcidas que no te parten en dos. Te despeinan, sí; te sacan alguna cana, también. Pero no te arrancan la dignidad de cuajo. Son esas que, al recordarlas, no te hacen fruncir el ceño, sino soltar una risita cansada: “Bueno… nadie salió ileso, pero tampoco hubo cadáveres”. Con esas decisiones, curiosamente, se puede vivir.

Una decisión con la que se puede vivir es la que no te obliga a exiliarte de ti mismo. La que no te convierte en actor de relleno de tu propia película. La que no deja ese regusto amargo de haber vendido el alma por un aplauso tibio o por evitar una conversación incómoda. Puede tener aristas, claro, y dejar algunos raspones y moretones. Pero no te araña la conciencia. Y si deja cicatriz, al menos es una que puedes mirar sin bajar la vista, como quien observa una marca de guerra y piensa: “Uf… dolió, pero aquí sigo”.

Porque, aunque algunos insistan en lo contrario, la ética no es un lujo ni un capricho de almas sensibleras. Es la única brújula que no se vende, no se alquila y no acepta rebajas de temporada. Decidir desde ahí —desde ese lugar que no negocia consigo mismo— no garantiza perfección, pero ofrece algo mucho más raro y valioso: la tranquilidad de no haberte abandonado, de no haber traicionado la confianza ajena ni la propia.

Eso es ser decente. Y sí, ya sé que no está de moda, que no es “fashion”. Que algunos piensan que ser decente es de bolsas, del moño a la zapatilla. Que el mundo anda lleno de ruido, atajos y gente que confunde astucia con inteligencia. Pero precisamente por eso no hay que claudicar ni normalizar lo inaceptable. Hay que aprender a decir no.

Y, sobre todo, a reconocer cuándo un sí tiene un precio que no hay forma humana —ni moral— de pagar.

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