[Col}>La ética del perdón / Soledad Morillo Belloso

07-03-2026

Soledad Morillo Belloso

La ética del perdón

En algún lugar —no sé si en una página subrayada o en una conversación que se me quedó pegada al alma— escuché una frase de Víctor Guédez que me detuvo en seco. No la recuerdo palabra por palabra, pero mi memoria la destiló así: “El perdón es un acto ético porque libera a quien perdona de la esclavitud del daño y lo reconcilia consigo mismo antes que con el otro.

” Quizás no sea la cita exacta, pero es la versión que mi mente decidió guardar en ese estante reservado para las ideas que iluminan. Allí, en ese cuadrante íntimo donde archivo lo que de verdad importa, esa frase se instaló como una brújula silenciosa.

El perdón y el olvido suelen mencionarse como si fueran dos pasos de un mismo gesto, pero cada uno tiene su propio ritmo. Perdonar es un acto consciente; olvidar, un fenómeno que no siempre obedece.

El perdón se trabaja desde adentro, con lucidez y con la voluntad de no seguir cargando un peso que asfixia. No significa absolver. Absolver es declarar inocente, borrar la falta, como si lo ocurrido no hubiera ocurrido. Perdonar, en cambio, no exige negar la herida ni justificarla: exige reconocerla sin permitir que gobierne la vida.

La culpa y la responsabilidad atraviesan cualquier reflexión sobre el perdón. La culpa es la marca del acto cometido; la responsabilidad es la conciencia de esa marca. Una puede existir sin la otra: hay quienes sienten culpa sin asumir responsabilidad, y quienes asumen responsabilidad sin hundirse en la culpa. Pero cuando ambas coinciden, se abre un espacio donde el perdón —si llega— adquiere sentido.

Perdonar no es absolver. Absolver borra la responsabilidad del otro; perdonar reconoce la falta, reconoce la herida, reconoce la responsabilidad, pero decide no vivir atrapado en ella. Es un acto de soberanía emocional, no de justicia. La justicia se ocupa del otro; el perdón se ocupa de la libertad propia.

Y allí aparece el beneficio íntimo de quien perdona. La culpa ajena puede convertirse en un ancla si uno la sostiene demasiado tiempo. El rencor es una forma de cargar con la responsabilidad del otro, como si fuera nuestra. Perdonar es soltar esa carga. No borra la memoria ni la historia, pero sí borra la obligación de seguir sufriendo por ellas.

El olvido pertenece al territorio de la memoria. Se puede recordar perfectamente lo ocurrido —y la responsabilidad de quien lo hizo— y aun así perdonar. Ese es el perdón lúcido, el que no se apoya en la amnesia sino en la decisión. También se puede olvidar sin haber perdonado, y entonces la responsabilidad queda suspendida como una deuda emocional no resuelta.

La memoria es caprichosa: guarda lo que quisiéramos soltar y borra lo que quisiéramos conservar. A veces el tiempo atenúa, pero no borra; a veces borra sin que lo pidamos. Olvidar puede ser alivio o trampa: sin memoria no hay aprendizaje, y sin aprendizaje repetimos la historia como un eco obstinado.

Perdonar produce un beneficio profundo en quien perdona. No porque el otro lo merezca, sino porque el acto de soltar libera una energía atrapada en el rencor. El resentimiento es una prisión: consume atención, desgasta el ánimo, ocupa espacio mental.

Perdonar es abrir una ventana para que entre aire nuevo. Es recuperar agencia: mientras el rencor gobierna, uno reacciona; cuando se perdona, uno decide. No borra la memoria, pero la reordena. Permite mirar hacia adelante sin que el pasado tire de la ropa.

Juan lo aprendió de la manera más dura. Recibió la notificación de que el asesino de su esposa sería ejecutado y que podía presenciar la ejecución. Aceptó. Creyó que asistir era una forma de hacer justicia, de cerrar un ciclo, de honrar la memoria de su esposa.

Se sentó en una pequeña sala, vio abrirse una cortina y, tras un vidrio, observó cómo se administraban las dosis letales. Todo ocurrió con una frialdad casi administrativa. Juan no apartó la mirada. Pensó que ver morir al culpable aliviaría su propio dolor.

Pero más tarde, ya en su casa, después de un largo trayecto en tren, se derrumbó. Presenciar la ejecución no le había producido alivio. Nada había cambiado en su interior. El dolor seguía intacto. La muerte del culpable no había resuelto la herida del inocente.

Ese ejemplo revela algo esencial: la responsabilidad del otro puede ser saldada por la justicia, pero el dolor propio no se salda con castigos ajenos. La culpa del asesino fue reconocida y castigada, pero nada de eso tocó el territorio íntimo donde vive el duelo. La justicia puede cerrar expedientes; no puede cerrar heridas.

Por eso el perdón —cuando llega— no tiene que ver con absolver al culpable ni con negar su responsabilidad. Tiene que ver con liberar al que sufre de la carga emocional que lo mantiene atado al daño. El dolor no obedece a sentencias. El dolor solo entiende de procesos íntimos. El caso de Juan muestra que la justicia actúa sobre los hechos; el perdón actúa sobre la herida. Y el olvido, cuando llega, es apenas un visitante caprichoso. La verdadera libertad emocional no viene de ver morir al culpable, sino de dejar de morir uno mismo cada día por lo ocurrido.

Hay algo profundamente ético en el perdón, y no porque convierta al otro en alguien “merecedor” de indulgencia, sino porque es un acto de ética hacia uno mismo. El perdón, entendido en su dimensión más honda, no es un gesto moral hacia el culpable, sino un gesto moral hacia la propia vida. Es una decisión que afirma: mi bienestar importa, mi paz importa, mi dignidad emocional importa.

Perdonar es un acto íntimo de responsabilidad con uno mismo. Es decir: “No voy a permitir que este daño siga determinando mi manera de estar en el mundo”. Es una ética de autocuidado, pero también de claridad: reconocer la herida, reconocer la responsabilidad del otro, y aun así elegir no quedar fijado en ese punto del tiempo.

Esa ética del perdón no es blanda ni complaciente. Es exigente. Obliga a distinguir entre lo que pertenece al otro —su culpa, su responsabilidad, su historia— y lo que nos pertenece a nosotros —nuestro dolor, nuestra capacidad de transformarlo, nuestra libertad interior. Perdonar es un acto de justicia hacia uno mismo: una forma de no seguir cargando con lo que no nos corresponde.

Por eso el perdón tiene una dimensión ética tan poderosa: porque nos devuelve a nuestra propia soberanía. Nos recuerda que no estamos obligados a vivir en el rencor, que no estamos condenados a repetir el agravio, que no somos rehenes de lo que nos hicieron. El perdón es una afirmación de vida: una manera de decir “mi integridad vale más que la herida”.

Quizás la tarea no sea elegir entre perdonar u olvidar, sino encontrar la manera de seguir adelante sin que el pasado dicte el paso. A veces basta con recordar sin rencor. A veces basta con aceptar que no habrá olvido, pero sí puede haber serenidad. Y a veces el perdón es un regalo silencioso que uno se hace a sí mismo, aunque nadie más lo note.

[Col}> Los ánimos en remojo / Soledad Morillo Belloso

04-03-2026

Soledad Morillo Belloso

Los ánimos en remojo

Hay una práctica profundamente subestimada en estos tiempos de respuestas inmediatas, opiniones urgentes y emociones sin filtro: poner los ánimos en remojo. No aparece en manuales de liderazgo, no se enseña en talleres motivacionales ni suele mencionarse en reuniones formales, pero debería. Ahorraría discusiones innecesarias, malos ratos colectivos y una cantidad nada despreciable de desgaste emocional.

Vivimos rodeados de ánimos secos. Ánimos tensos, frágiles, listos para saltar ante cualquier comentario mal interpretado. Basta un mensaje sin signo de admiración, una respuesta breve o un “luego hablamos” para que se active la alarma interna y comience la novela. Todo se siente personal. Todo parece una indirecta cuidadosamente diseñada.

En ese contexto, insistir en “hablarlo de una vez” suele ser una pésima idea. Hablar cuando los ánimos están duros es como intentar amasar harina sin agua: no une nada, sólo levanta polvo. Y el polvo, además de molesto, no deja ver con claridad.

Poner los ánimos en remojo no es evadir los problemas ni hacerse el desentendido. Es entender —con algo de experiencia y bastante sentido común— que hay conversaciones que necesitan reposo, no velocidad. Que no todo se arregla hablando más, o gritando, sino hablando mejor, y para eso conviene bajar la temperatura primero.

El remojo es sencillo y doméstico. Puede ser un cafecito sin agenda, una caminata corta, una noche de buen sueño o ese gesto tan poco valorado de cerrar la boca a tiempo. No por falta de ideas, sino por exceso de emociones. Porque cuando la cabeza está llena, la lengua suele decir cosas que después hay que explicar con un largo “es que yo no quise decir eso”.

Además, hay que admitirlo: nadie arregla nada alterado. En caliente uno no dialoga, uno reacciona. Y reaccionar tiene perniciosos efectos secundarios. Palabras que pesan más de lo previsto, tonos que se interpretan peor de lo imaginado y heridas que no hacía falta abrir. Todo perfectamente evitable con un poco de agua metafórica y algo de paciencia.

El remojo tiene otra virtud: desinfla el ego. Le baja el volumen a la necesidad de ganar, de imponer, de tener la última palabra. Con el paso de las horas —a veces con sólo dormir— lo que parecía intolerable se vuelve manejable, y lo que parecía urgente puede esperar sin que se acabe el mundo.

No es casual que muchas discusiones pierdan sentido al día siguiente. No porque el problema desaparezca, sino porque el ánimo ya no está seco. Ya no raspa. Ya no corta. Y entonces, recién entonces, conversar se vuelve posible.

Por eso, antes de escribir ese mensaje “definitivo”, antes de anunciar que “ahora sí me va a oír”, antes de convertir una diferencia en una cruzada moral, convendría hacer una pausa y aplicar la técnica más antigua y efectiva que conocemos: poner los ánimos en remojo.

No cuesta nada. No requiere presupuesto, ni taller, ni asesor externo. Sólo una pizca de humildad y la honestidad suficiente para aceptar que, en caliente, casi nunca somos tan brillantes como creemos. La mayoría de las veces no estamos defendiendo grandes principios: estamos defendiendo el mal humor del día, ese miserable estado de nervios alterados.

Tal vez no solucionemos el mundo con ese gesto. Pero evitaremos empeorarlo, que ya es bastante mérito. Porque discutir con los ánimos secos no nos hace más claros, ni más valientes, ni más sinceros. Sólo nos hace más ruidosos.

Y ruido, francamente, ya hay de sobra.

[Col}> Soledad 70 / Soledad Morillo Belloso

26-01-2026

Soledad Morillo Belloso

Soledad 70

Según mi partida de nacimiento —ese papelito que se cree muy serio, como si fuera el gerente de mi vida— estoy por cumplir setenta años. Setenta. Qué risa. Qué descaro. Qué optimismo tan ridículo el de la aritmética. Porque si vamos a hablar claro, yo he vivido tanto que ya debería tener millas acumuladas para dar la vuelta al mundo en primera clase.

Tengo más canas que un convento, sí, pero yo, muy digna, me las pinto con regularidad, como quien dice: “La vejez vendrá, pero que venga engañada”. Porque una cosa es envejecer y otra es rendirse. Yo no me rindo. Yo me pinto. Y si hace falta, me repinto. Y si el tinte no agarra, lo amenazo.

Las arrugas… bueno, esas ya son parte de mi inventario. Tengo arrugas que podrían cobrar alquiler. Pero jamás salgo a la calle sin mis zarcillos y sin pintarme la boca. Jamás. Aunque esté medio muerta, aunque tenga la cara hinchada, aunque parezca que dormí en una caja de zapatos, yo me pongo mis zarcillos y me pinto la boca como quien se arma para la batalla. Que la vida me arrugue lo que quiera, pero la dignidad estética no me la toca nadie.

A veces me miro al espejo y pienso: “Caray, chica, estás hecha un poema… pero de esos largos, con notas al pie y edición crítica”. Y me ataco de la risa. Nadie se burla de mí tanto como yo misma.

Mi espíritu no tiene setenta años. Mi espíritu tiene temporadas. Y spin-offs. Y precuelas. Y varios capítulos censurados. He vivido pérdidas que envejecen de un sopapo, alegrías que rejuvenecen sin pedir permiso y crisis que me templaron como hierro en fragua. Mi cuerpo dice setenta, pero mi alma va por la quinta temporada de su propia serie histórica, con presupuesto limitado pero efectos especiales emocionales de primera.

La edad oficial es un número. La edad real es intensidad. Mi calendario dice setenta; mi historia dice “y vaya si los has vivido”. Llevo más estaciones que las que cuentan los almanaques. Soy testimonio, templanza, persistencia… y un poquito de malcriadez, porque a estas alturas, ¿quién me va a regañar?

Tengo montones de amigos. De todos los colores y sabores. Los quiero y ellos me quieren a mí… y además me soportan.

Tengo hitos importantes en mi vida: el día que me robé un carro de un restaurante; el día que me hice pipí en el Aula Magna; el día que me monté en un avión creyendo que iba para Boston y terminé en otra ciudad; el día que un tipo me invitó a cenar y me pasé dos horas diciéndole mentiras para descubrir al día siguiente que era un chivo muy importante de la compañía donde trabajaba; el día en que, con una amiga, conectamos dos secadores de pelo y le tumbamos toda la electricidad al Hotel Nacional en Río de Janeiro; el día que entré en otro matrimonio creyendo que era el de mi sobrina. Y como esas, montones. Yo soy un anecdotario ambulante.

El día que cumpla setenta voy a guardar silencio. No por solemnidad, sino porque me da la gana. Será un silencio concurrido, lleno de voces, recuerdos, carcajadas, dolores que ya no duelen y alegrías que todavía hacen ruido. Un silencio que dirá: “Llegaste hasta aquí… flaca, fané y descangayá, pero llegaste”.

Ese día, 1 de febrero, brindaré por mí. Porque a estas alturas, me lo he ganado. Sí, setenta, ¡70! La misma pendeja, un año más vieja.

[Col}> Tarde o temprano amanece / Soledad Morillo Belloso

14-01-2026

Soledad Morillo Belloso

Tarde o temprano amanece

No es un lema ni un consuelo. Es una verdad aprendida a golpes, dicha por quien conoce la noche a fondo y sabe que la oscuridad miente cuando promete eternidad. La noche no sólo oscurece: confunde, distorsiona. Agranda lo que asusta, empequeñece lo que sostiene, desordena el juicio y vuelve el pensamiento un animal inquieto. En ese territorio donde todo tiembla, uno pierde la medida real de lo que duele y de lo que importa. La noche prueba. La luz revela.

Y aun así, incluso ahí, queda un resto: un pulso que no se entrega, una respiración que insiste, una dignidad que se niega a apagarse. Por eso “tarde o temprano amanece” no suaviza nada. Endurece. Fortalece.  Es una frase que se dice con la mandíbula apretada, no para aliviar, sino para recordar que la claridad vuelve porque uno la enfrenta, no porque el mundo sea benévolo.

Y cuando amanece —porque amanece— uno no queda intacto. Queda más cierto. Más dueño de sí. Más consciente de que la noche no fue caída, sino tránsito. Que la luz no llega por milagro, sino porque uno la sostuvo desde la sombra, sin arrodillarse.

Porque al final, la claridad no llega para salvar: llega para mostrar en quién nos convertimos mientras la esperábamos.

 

[Col}> Lo que nos trajeron los inmigrantes canarios / Soledad Morillo Belloso

17-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los inmigrantes canarios

Ah, los canarios. Esos hijos del Teide y del viento que cruzaron el mar con más memoria que equipaje, con acentos que parecen canciones y una terquedad dulce que ni el sol de Macuto les pudo quitar.

No llegaron con lujos, llegaron con historias. Con manos curtidas por la sal y el trabajo, y corazones blanditos como queso fresco. Desde el siglo XVII ya se les veía desembarcar en La Guaira, en Cumaná, en Margarita, buscando tierra firme donde sembrar futuro.

No eran señores de abolengo, eran labradores, comerciantes, pastores, gente de campo que traía en la maleta costumbres, refranes, recetas y una manera de vivir que se nos metió en la sangre como el ají dulce en el sofrito.

Las Islas Canarias no se llaman así por los pajaritos que cantan bonito, aunque el chisme haya corrido por siglos. El nombre viene de más atrás, de cuando los romanos se lanzaban a explorar como quien busca oro y encuentra perros. Sí, perros. Grandotes, peludos, guardianes de roca y viento.

Cuando llegaron al archipiélago, se toparon con esos animales que parecían custodios del volcán, y les pusieron Canariae Insulae, que en latín suena elegante pero significa “Islas de los Perros”. Nada de plumitas ni trinos, puro ladrido ancestral.

Dicen que Juba II, un rey curioso de Mauritania, mandó una expedición y volvió con dos de esos perrotes como si fueran trofeos de otro mundo. Y desde entonces, el nombre quedó pegado como chicle en zapato. Lo más gracioso es que los pajaritos que hoy llamamos “canarios” fueron bautizados por las islas, no al revés.

Es decir, el canario canta porque es isleño, no porque el nombre le cayó del cielo. Así que cuando alguien te diga que las Canarias se llaman así por los pájaros, dile: “No, vale, eso es como decir que el ron inventó la caña”.

Las islas, más que territorio, son carácter. Son como perros nobles: fieles, tercos, guardianes de su historia. Y ese nombre, que parece ladrido disfrazado de geografía, es sólo el primer verso de una canción que todavía se canta entre volcanes, gofio y brisa marina.

Los guanches, sus ancestros aborígenes, adoraban al sol y a la montaña, creían en Achamán y en Magec, y hacían rituales en roques sagrados. Esa espiritualidad, aunque transformada por los siglos en un cristianismo muy fervoroso, cruzó el mar con ellos y se mezcló con nuestras propias devociones.

En las fiestas patronales de Venezuela, los canarios se metieron como quien entra a una cocina ajena y empieza a freír empanadas. Cargan santos, cantan letanías, preparan altares con flores y queso de cabra, y convierten la fe en fiesta y la fiesta en ritual. Y si hay procesión, allá van ellos con sombrero de paja, camisa planchada y música, vino y sonrisa.

En las varias oleadas de canarios que llegaron a Venezuela, se instalaron en los campos de Aragua, en los cafetales de Lara, en los mercados de orilla, y allí se quedaron, sembrando más que cosechas: sembrando familia. Porque para ellos, familia no es sólo quien lleva el apellido, sino quien comparte mesa, historia y  silencios.

Abrieron bodegones, tascas, guachinches —esos templos medio clandestinos donde se come como en casa y se paga como en feria— y convirtieron cualquier reunión en una parranda, y cualquier parranda en una misa pagana donde se honra el mojo picón, el vino de la casa (que nunca es de la casa), y la memoria compartida. Y si el vino se acaba, no hay problema: se saca el ron, se improvisa un verso, y se canta hasta que el vecino se rinda y venga con una botella.

Nos enseñaron a hablar con diminutivos, a decir “mi niñito”, “la casita”, “el cafecito”, aunque el café fuera más fuerte que un regaño de abuela. Nos regalaron cuentos que empiezan en una finca de Tenerife y terminan en una tasca de El Tigre, con personajes que nadie sabe si existieron, pero que todos juran haber conocido. Nos trajeron palabras que se nos pegaron como chicle en zapato, entre ellas “gofio” como símbolo de infancia, de isla. Porque el gofio no es sólo comida, es identidad. Se mezcla con leche, con plátano, con lo que haya, y siempre sabe a hogar. Y si alguien te dice que no le gusta el gofio, desconfía: probablemente tampoco cree en los milagros ni en el poder curativo de un buen sancocho.

También nos trajeron música. Isas, folías, malagueñas que aquí se mezclaron con joropos, gaitas y tambor. En ese intercambio nació una sinfonía mestiza que todavía se escucha en las fiestas patronales, cuando alguien saca una bandurria y otro se arranca con un verso que nadie entiende, pero todos sienten.

“Soy isleño, soy del viento, soy del mar que me llevó”, cantan, y en esa melodía se cuela la brisa marina y el recuerdo de la tierra que dejaron atrás. Y si el coro se descompone, no importa: se improvisa, se ríe, se baila y se sigue cantando, aunque el perro del vecino ladre en tono menor.

Los canarios también nos enseñaron a resistir con elegancia. A llorar sin hacer escándalo, a reír con los ojos, a trabajar duro sin perder la ternura. Nos enseñaron que emigrar no es sólo cambiar de geografía, sino reinventarse sin perder la esencia. Que se puede ser isleño en tierra firme, y que la nostalgia se cura con trabajo, con comida, con cuentos, con abrazos largos y con un buen vaso de vino compartido entre risas. Y si el abrazo viene con un chiste, mejor: porque el humor canario es como el mojo: pica, pero alegra.

Los inmigrantes canarios no sólo nos trajeron cosas: nos trajeron maneras. Maneras de mirar, de hablar, de cocinar, de amar. Se mezclaron con nosotros como el queso blanco con guayaba, como el ron con cuentos, como la fe con la fiesta.

Y en esa mezcla, Venezuela se volvió más sabrosa, más plural, más nuestra. Sus descendientes se fueron profesionalizando y se convirtieron en ingenieros, médicos, industriales, comerciantes.

Así que, si ves a un hombre o a una mujer con acento cantado muy parecido al nuestro y una sonrisa que parece conocer todos los secretos del mundo, dale las gracias, porque probablemente sea descendiente de esos canarios que vinieron con poco, pero nos dejaron tanto.

Y si te invita a comer gofio, acepta. Porque ahí, en ese plato humilde, está la historia de un pueblo que convirtió la alegría en ritual, y el ritual en celebración. Y si después del gofio te saca una guitarra, prepárate: la noche va pa’ largo y el cuento también.

Entre gofio, cuentos y refranes, los canarios se quedaron sembrados en nuestra tierra como quien planta alegría en terreno fértil. Vinieron con poco, pero nos dejaron tanto, sobre todo, modos de amar.

Y tú que me lees, si alguna vez la nostalgia aprieta, basta con escuchar a la canaria Rosana:

 “Si te abrazan las paredes desabrocha el corazón

No permitas que te anuden la respiración

No te quedes aguardando a que pinte la ocasión

 Que la vida son dos trazos y un borrón”.

Muchos descendientes de canarios han vuelto a las islas. Y allá donde están extrañan a Venezuela. Al fin y al cabo, son gente con dos patrias. Son nuestros embajadores.

[Col}> Sopa para emergencias del corazón

13-12-2025

Soledad Morillo Belloso

Sopa para emergencias del corazón

Las emergencias del corazón no son accidentes; son revelaciones, casi epifanías. No llegan para destruir, sino para recordarle a uno que está vivo, que siente, que todavía hay zonas blandas donde la existencia hace nido. El corazón, ese filósofo testarudo que late sin pedir permiso, a veces se quiebra para que uno escuche lo que llevaba años ignorando. Y cuando eso ocurre, cuando la grieta se abre como una boca que exige verdad, no hay ambulancia que valga. Lo único que sirve es una sopa.

La sopa es un acto de pensamiento. Un pensamiento caliente, humilde, que no pretende resolver el misterio del universo, pero sí acompañarlo. Mientras hierve, uno se da cuenta de que la vida es eso: un hervor lento donde lo que duele y lo que salva conviven en la misma olla. El caldo no pregunta por qué uno está roto; simplemente acepta los pedazos y los deja flotar hasta que encuentran su lugar. Esa aceptación es, en sí misma, una filosofía.

Hay un momento, siempre, en que el vapor sube y uno lo huele. Y ahí, en ese olor, aparece la emoción. No la emoción grandilocuente de los discursos, sino la emoción mínima, íntima, la que se siente en la garganta antes de que llegue la lágrima. La sopa le habla a esa emoción con una ternura casi cómica, como quien dice: “Mira, no te me pongas trágica; si te calientas demasiado, te soplo”. Y uno se ríe, porque la risa es la grieta por donde entra la luz cuando el corazón está oscuro.

La filosofía de la sopa es sencilla: todo lo que se remueve se transforma. El dolor, cuando se revuelve con memoria, se vuelve nostalgia. La nostalgia, cuando se mezcla con humor, se vuelve resistencia. Y la resistencia, cuando se deja a fuego bajo, se vuelve una forma de amor propio. No un amor perfecto, sino uno que sabe que la vida es un plato que se sirve caliente y que a veces quema, pero igual alimenta.

El corazón, mientras tanto, mira, observa. Se deja ablandar. Se deja convencer. Entiende que no está siendo reparado, sino acompañado. Y en esa compañía encuentra su propia filosofía: la de seguir latiendo aunque duela, la de abrirse aunque asuste, la de confiar aunque la memoria tenga cicatrices.

Al final, cuando uno se sirve la sopa —esa sopa que no existe en ninguna cocina pero que se siente en todas las células— comprende que la emergencia no era un desastre, sino una invitación. Una invitación a mirarse con menos juicio y más cariño. A aceptar que la vulnerabilidad no es una falla, sino una forma de sabiduría. A reconocer que, incluso en el dolor, hay belleza.

Porque las emergencias del corazón no se curan; se atraviesan. Y la sopa, con su filosofía tibia y su humor discreto, es el puente que permite cruzarlas sin perderse del todo.

[Col}> La vida es una carambola / Soledad Morillo Belloso

07-10-2025

Soledad Morillo Belloso

La vida es una carambola

Por muy inteligente que te creas, por mucho que hayas leído, subrayado, anotado al margen y hasta memorizado con voz de declamador, nunca sabes cómo va a resultar una carambola. Puedes tener tres doctorados, hablar cinco idiomas y citar a Spinoza mientras haces café, pero la vida —esa señora con bata de flores y pantuflas filosóficas— tiene una puntería caprichosa y un sentido del humor que ni Bryce Echenique en sus días más traviesos.

La carambola no respeta currículum. Es ese momento en que tú, tan brillante, tan estratega, lanzas la bola con elegancia, calculando ángulos, velocidades, fricciones, y zas: rebota en el borde, se tropieza con una duda existencial, se desliza por una lágrima mal contenida y termina en el bolsillo equivocado. O en ninguno. O en el bolsillo de otro. O en el suelo, junto a tu dignidad y tu plan quinquenal.

La carambola es la metáfora perfecta de lo que no controlamos. Es el recordatorio de que la vida no se deja domesticar por Excel ni por tratados filosóficos. Es el golpe que pensabas maestro y resulta tragicómico. Es el amor que parecía eterno y se disuelve en una discusión sobre cortinas. Es el trabajo soñado que se convierte en pesadilla con cafetera rota. Es el amigo con el que te peleas justo después de que le prestaste el libro que más amas. Es el cuerpo que envejece sin pedir permiso, la voz que tiembla cuando no debería, el silencio que se instala en un auditorio cuando esperabas aplausos.

Y ahí estás tú, con tu inteligencia brillante, tu biblioteca ordenada por temas y colores, tu capacidad de análisis, tu sarcasmo afilado… mirando cómo la bola hace lo que le da la gana. Porque hay cosas que no se pueden predecir, ni controlar, ni encerrar en teorías. Hay carambolas que son poesía, otras que son bofetadas, y otras que son chistes malos contados por el destino.

Así que sí, estudia, piensa, afina tu mente como violín de concierto. Pero no olvides que hay días en que la vida juega billar con los ojos vendados y los pies en la mesa. Y tú solo puedes mirar, reírte un poco, llorar si hace falta y volver a colocar las bolas. Porque al final, lo que importa no es ganar la partida, sino saber perder con estilo. Y reírte de la carambola como quien celebra el caos con copa en mano y refrán a flor de labios.

Y si por casualidad logras una carambola perfecta —esa jugada que parece escrita por los dioses del billar y narrada por García Márquez en día de parranda— no te emociones demasiado. Porque justo cuando crees que entendiste el truco, que dominas el tablero, que ya puedes dar consejos en podcast motivacional, la vida te cambia las reglas. Te pone bolas nuevas, te quita el taco, te apaga la luz y te dice: “Ahora juega con la intuición”. Y tú, que venías con manual, te quedas con cara de PowerPoint sin conexión.

La vida no quiere que la entiendas. Quiere que la bailes. Que la tropieces. Que la celebres con torpeza y refranes mal dichos. Que te rías de tus cálculos fallidos y abraces el rebote inesperado. Que conviertas el error en relato, el golpe torcido en canción, y el fracaso en sobremesa con café colado. Porque al final, lo que queda no es la jugada perfecta, sino la carcajada compartida cuando todo salió al revés y, sin embargo, seguimos jugando.

Mi vida no es lo que es, es como yo me la cuento a mí misma. Y en ese cuento hay exageraciones, silencios estratégicos, refranes reciclados, escenas que repito como mantra y otras que edito con descaro. Hay cosas que no quiero recordar porque no me sirve para nada recordar. Mi versión de mi vida no es mentira, y no tiene falsos agregados, es edición afectiva. Un relato al que le he arrancado unas cuantas páginas, porque afean el texto. Es narrativa de supervivencia. Es convertir el caos en relato, el duelo en ritmo, la carambola en metáfora.

Porque si me dejo llevar por lo que “es”, termino atrapada en el parte médico, en el saldo bancario, en la lista de pendientes. Pero si me la cuento como yo quiero, entonces aparece la risa en medio del apagón, el amor en la grieta, el recuerdo magnífico, la dignidad que quedó incólume en mi más reciente caída con la consiguiente carcajada propia y de testigos. Me la cuento con humor tragicómico, con voz de sobremesa, a ritmo de guaracha existencial. Y ahí, en esa versión que no busca ser objetiva sino profundamente mía, la vida se vuelve vivible. Y hasta hermosa.

[Col}> Leer a otros: antídoto contra el ego / Soledad Morillo Belloso

23-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Leer a otros: antídoto contra el ego

Escribir sin leer es como querer sembrar sin haber caminado nunca por un campo. El escritor que no lee se convierte en monólogo, en espejo que sólo refleja su propia voz. Leer a otros es el único acto que le recuerda que no está solo, que su palabra viene de una larga procesión de voces, de un coro que lo precede y lo excede.

Leer es abrir la puerta de la casa del lenguaje y dejar que entren los vecinos con sus acentos, sus refranes, sus silencios. Es permitir que te desordenen los muebles, que te cambien el ritmo de las oraciones, que te enseñen que la tristeza también puede rimar con fiesta, que la alegría puede tener sintaxis de duelo.

El ego del escritor, ese animalito endemoniado que se alimenta de aplausos y de la vana ilusión de originalidad, sólo se domestica cuando se enfrenta a la grandeza ajena. Leer a otros es reconocer que no se ha inventado nada solo, que cada metáfora tiene abuelos, que cada imagen tiene primos lejanos. Es aceptar que se escribe en comunidad, incluso cuando se escribe en soledad. Hace que el escritor entienda que él también es otro.

Leer es como oír cantar a otros en la plaza. Uno puede tener su copla, su tonada, pero al escuchar las voces ajenas, se aprende a armonizar, a callar cuando toca, a improvisar cuando el silencio lo pide. Es un acto de humildad y de fiesta. Porque leer no es sólo aprender, es celebrar que otros también han sentido, han pensado, han dicho.

El escritor que lee se vuelve poroso. Se le filtran ritmos, colores, sabores. Se le cuelan refranes, estructuras, preguntas que no se había hecho. Y entonces su escritura se vuelve más rica, más viva, más humana. Porque ya no escribe para sí, sino con los otros, desde los otros, a través de los otros, para los otros.

Leer a otros es también un acto ético. Es reconocer la diferencia como valor, la pluralidad como riqueza. Es confrontar el odio con la escucha, la arrogancia con la curiosidad. Es entender que cada texto ajeno es una semilla de futuro, una posibilidad de transformación.

Por eso, leer no es un lujo ni una técnica. Es un deber del escritor. Un ritual indispensable. Una forma de mantener el alma abierta y el ego en su sitio.

[Col}> Lo que nos trajeron los chilenos / Soledad Morillo Belloso

20-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los chilenos

Los chilenos llegaron a Venezuela como quien se cuela en una fiesta sin conocer a nadie, pero con una botella de buen vino en la mano y una historia lista para servir. Nada de escándalo ni alfombra roja. Se instalaron sin hacer ruido, como quien sabe que migrar no es entrar hablando, sino afinar el oído primero. Muchos venían buscando vida, paz, sosiego. Y aquí, en este bochinche nuestro, en esta tierra que canta alto y abraza fuerte, lo encontraron.

Y vaya si escucharon. Se empaparon de nuestras gaitas, de los cuentos que nacen en las esquinas, de las discusiones eternas sobre si la arepa se unta o se rellena. Y cuando ya estaban sazonados con costumbrismo tropical, soltaron su primer “¿cachai?” con una sonrisa tímida que decía “ya me siento en casa”.

Traían una forma tranquila de mirar el mundo, como si las montañas les hubieran enseñado a quedarse quietos y el océano a pensar hondo. Nos mostraron que el silencio también abraza, que no todo se grita, que a veces basta con estar ahí, como sopaipilla en tarde de lluvia.

Y hablando de sabores, se metieron en la cocina como si siempre hubieran vivido en ella. El pebre se acomodó junto a la arepa como si fueran primos en una novela de Isabel Allende. El pastel de choclo se volvió el pariente elegante de la polenta. Las sopaipillas se transformaron en merienda de domingo con nombre de refrán. Y el charquicán se hizo amigo de la yuca y el plátano maduro, como quien llega y se queda.

También trajeron sus dichos, sus tallas, sus formas de nombrar lo cotidiano. “Más perdido que el teniente Bello”, decían, y nosotros, sin saber si el teniente era piloto o parrillero, nos reíamos igual. Porque el humor chileno, con su ironía suave y su picardía escondida, encontró eco en nuestro costumbrismo con sabor a mango y tambor. “Está más salado que mariscal sin limón”, decían, y nosotros les respondíamos: “¡No vale, eso se arregla con ají dulce y buena conversa!”

Y así, entre empanadas de pino y cuentos de Valparaíso que parecían Porlamar con neblina, empezamos a mezclar nuestras historias. No vinieron a cambiar nada, vinieron a sumar. En las universidades, se volvieron profes queridos. En los hospitales, médicos pacientes. En los barrios y urbanizaciones, vecinos confiables. El del 3B, que cuando nos cruzábamos en el ascensor soltaba un saludo cantarín, como verso de sus poetas. Y en las casas, amigos entrañables que te dicen “pásame la palta” mientras tú les sirves papelón con limón.

Sus hijos crecieron diciendo “chévere” y “bacán” en la misma frase, comiendo arepa con palta y bailando salsa con pasos de cueca. Y en esa mezcla nació algo sabroso, algo que no cabe en ninguna etiqueta: el chileno-venezolano, que celebra el 18 de septiembre y el 5 de julio con la misma emoción, que entiende que migrar no es perder, sino ganar nuevos ritmos.

Porque si algo nos enseñaron los chilenos es que cuando se cruzan las historias, se multiplican las alegrías. Que la nostalgia, cuando se comparte, sabe a vino tinto que acompaña unos tequeños. Que el exilio puede ser semilla. Y que en esta tierra de sol y arepa, siempre hay espacio para una nueva historia que contar… con música de fondo y versos de Neruda escondidos en el mantel.

Una de mis grandes amigas, venezolana, está casada con un chileno que ya habla con “chévere” y come arepa con chicharrón. Un chileno reencauchado, como decimos, que se volvió mitad Caribe sin perder su cordillera. Por él conocí el alma chilena desde hace tiempo: esa mezcla de pausa y profundidad, de humor que se esconde en la esquina y cariño que no hace ruido.

Ahora, una de sus hijas vive en Chile, y hay nietos chilenos que también son venezolanos. Y los lazos se han tejido más, como esas mantas del sur de Chile que se hacen con paciencia y con hilos de muchos colores. Porque cuando las historias se cruzan, no hay vuelta atrás: se forma una trama nueva, más fuerte, más sabrosa.

Los chilenos nos trajeron una manera más linda, más poética, de comer mariscos. Nada de apuro ni formalidad: comer mariscos con ellos es como sentarse a conversar con el mar. Cada bocado tiene ritmo de ola, pausa de brisa, y sabor a memoria salada. Nos enseñaron que el loco no es sólo un molusco, es un personaje con historia; que la macha a la parmesana no se come, se celebra; que el piure, aunque tímido, tiene voz propia si se le escucha con respeto.

Con ellos aprendimos que el mar se honra. Que el plato no es sólo comida, es ritual. Y que cuando se come mirando el horizonte, el cuerpo se llena de preguntas que no necesitan respuesta. Porque en su forma de servir mariscos hay poesía, hay pausa, hay cariño. Como quien dice: “esto viene del fondo del mundo, y merece silencio antes del primer bocado.”

Y cómo escribir sin que se me atraviese Chile en la garganta. Viví allá seis lunas completas, seis estaciones de asombro. Recorrimos miles de kilómetros como quien se deja llevar por un verso largo, uno que no rima pero sí vibra. Pueblos donde el tiempo se toma su pisco con calma, como si la prisa fuera pecado. Ciudades que huelen a empanada recién salida del horno, con esa mezcla de cebolla, carne y memoria. Mercados donde el mar habla en voz alta y las frutas tienen nombre de canción. Librerías que parecen iglesias sin santos, buscando a Mistral entre los estantes y a Nicanor Parra escondido entre los afiches, como quien juega a las escondidas con la palabra.

Caminamos largo frente a ese océano que no susurra, ruge. El Pacífico chileno no es tímido: te habla con espuma, te sacude con viento, te canta con gaviotas. Y nosotros, como buenos conversadores, le respondíamos con silencio y mirada larga, como quien entiende que no todo se dice con la boca.

Nos dejamos empapar por los versos de Neruda, que allá no son sólo poesía: son pan, son vino, son casa. Visitamos sus hogares con mascarones de proa, como quien entra a un barco anclado en la tierra. Cada rincón tenía una metáfora, cada objeto una historia, cada ventana una invitación a mirar el mundo con ojos de marinero enamorado.

En Chile, el paisaje no se mira: se escucha, se respira, se siente como un poema que cambia de ritmo según la altitud. Desde el desierto de Atacama, donde el silencio tiene textura, hasta los bosques del sur que huelen a lluvia y madera, el país se despliega como telón de fondo para historias que cruzan fronteras. Allá uno aprende que el frío no es sólo temperatura, es carácter. Que el pisco no es sólo bebida, es ritual. Y que mirar el cielo no es sólo astronomía, es filosofía con estrellas.

Los centros astronómicos en Chile  no son laboratorios: son templos donde la ciencia se arrodilla ante el misterio. Bajo cielos que parecen recién lavados por el universo, los telescopios escuchan galaxias mientras los visitantes se preguntan por su lugar en el mapa cósmico. Porque en Chile, mirar hacia arriba es también mirar hacia adentro.

Mirar las estrellas en el Valle de Elqui es como leer un poema sin palabras. Pero hacerlo desde una montaña mágica, donde el aire no pesa y el cielo se entrega limpio, es otra cosa. Es como si el universo te dijera: “Aquí estoy, sin filtros ni adornos.” Y uno, sin saber nada de astronomía, se deja atravesar por esa vastedad que no cabe en ningún telescopio. En Atacama, donde el aire parece hecho de silencio y los astros se asoman sin timidez, uno no sólo ve estrellas: uno escucha preguntas antiguas, siente que el universo tiene voz.

Allí, bajo ese cielo que parece recién estrenado, el alma se vuelve antena. No importa si sabes de ciencia o no; lo que importa es que algo en ti se expande, como si Neruda te susurrara desde la Vía Láctea: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente…” Porque en Chile, mirar el cielo es también mirar el alma. Y hay cosas que solo se entienden cuando se contemplan sin apuro, con el corazón abierto y los pies bien puestos en la tierra.

Fue una experiencia gloriosa, sí. Pero más que gloriosa, fue entrañable. Porque Chile no se visita, se vive. Y cuando uno lo vive, se le queda pegado en el alma como el olor a mar en la ropa después de una caminata larga.

Entonces, después de vivir en Chile, entendí con el cuerpo y el alma a esos chilenos que un día cruzaron el mapa y llegaron a Venezuela. Entendí sus silencios, su manera de mirar sin apuro, su nostalgia envuelta en pebre. Entendí que no vinieron a buscar, vinieron a sembrar. Y que este país, con su sol generoso y su tambor en la sangre, se les volvió hogar aunque estuviera lejos de la cordillera.

Gracias, Chile. Por tus hijos que llegaron con frío y encontraron calor. Por tus cuentos que se acomodaron en nuestras esquinas, por tus sabores que se metieron en nuestras cocinas sin pedir permiso, por tus silencios que también abrazan, y por esa forma tuya de mirar el cielo como quien busca respuestas en la inmensidad. Gracias por enseñarnos que la identidad no aprieta, se extiende. Que no es camisa de fuerza.

Cuando la marea política en Chile se aquietó y el país volvió a abrir sus brazos, muchos chilenos regresaron. Volvieron a sus montañas, a sus mares, a sus silencios. Pero, ¿y qué pasó? Muchos, curiosamente, volvieron también a Venezuela. Porque hay migraciones que no se deshacen, sólo se remezclan. Como el vino navegado: dulce, cálido, y con ese toque de canela que no estaba en la receta original, pero ahora no puede faltar.

Una vez que se mezcla el alma, ya no hay vuelta atrás. Se transforma. Se expande. Se vuelve otra cosa, más sabrosa, más compleja, mejor. Porque pertenecer no es quedarse quieto, es aprender a bailar con varios ritmos en el corazón.

Y como escribió Gabriela Mistral, que sabía de exilios y regresos: “Todo lo que soñé, lo que perdí, lo que gané, está en mi sangre como un río.”

Nadie llega con las manos vacías, aunque traiga poco en las maletas. Siempre hay algo que se carga en el alma: un sabor, una canción, una manera de mirar el mundo. Y nadie se va sin dejar huella, aunque no lo note. Se queda un gesto, una palabra, una receta improvisada, un refrán que se cuela en la conversación. Migrar es eso: un intercambio invisible pero profundo.

Como quien entra a una casa con lluvia en los zapatos y deja charquitos de historia en el piso. Como quien se despide, pero deja encendida una luz en la cocina. Porque cada ida y cada vuelta tejen la trama de lo que somos: mezcla, memoria, pertenencia.

Así es la migración: un río que no se detiene, que lleva recuerdos, sabores, canciones y refranes. Y cuando se junta con otro río, no se borra: se vuelve caudal.