08-04-2026
Soledad Morillo Belloso
Lo que nos trajeron los uruguayos
A Venezuela no llegaron multitudes de uruguayos. No podían: Uruguay es un país con pocos millones de nacionales y muchos millones de cabezas de ganado que cabe en un abrazo, y si uno se descuida, en un termo de mate. Pero los pocos que vinieron lo hicieron como llegan las cosas buenas: sin alharaca, sin comité de bienvenida, sin necesidad de anunciarse. Vinieron porque aquí había luz cuando allá había sombras, porque Venezuela era un faro encendido en el Norte del Sur, y porque este país tiene una trampa que nadie ve venir: el “nosotros” venezolano.
Ese “nosotros” que no es pronombre sino abrazo, que no es plural sino invitación. Aquí se entra diciendo “yo” y al rato se dice “nosotros” sin darse cuenta, como quien se contagia de una risa ajena.
Los uruguayos entendieron eso rapidito. Apenas pisaron Maiquetía descubrieron que aquí la gente te adopta sin pedir papeles, que el cafecito es un acto diplomático y que la identidad venezolana es como la arepa: se mezcla con todo y nunca pierde su esencia. Y ellos, con su calma de rambla y su nostalgia bien educada, se dejaron mezclar.
Y entonces está ese lugar. Ese pequeño club uruguayo en Los Chorros que no era club ni era exclusivo ni era solemnidad. Era más bien un milagrito arquitectónico, un refugio de madera y afecto donde Montevideo se asomaba a Caracas sin pedir permiso.
Uno entraba y sentía que había cruzado una frontera invisible: de la avenida caraqueña al airecito fresco de la rambla en diez pasos. Olía a café, a conversación lenta, a madera que ha escuchado historias. Sonaba Zitarrosa bajito, como si estuviera sentado en la mesa de al lado, opinando sin levantar la voz.
Había fotos de la rambla, banderitas discretas, un mapa del Uruguay que parecía dibujado con cariño y no con tinta. Y siempre, siempre, había un uruguayo dispuesto a explicarte por qué el mate no es bebida sino ceremonia, por qué el candombe no se baila sino que se camina, y por qué ellos hablan bajito pero sienten fuerte.
Ese lugar era y es, porque existe, una joya. Una joya sin vitrinas. Un puente entre dos orillas que no se parecen pero se entienden. Un sitio donde uno entraba caraqueño y salía un poquito oriental, y ellos entraban orientales y salían un poquito caraqueños. Un intercambio silencioso, cotidiano, que vale más que cualquier tratado cultural.
Los uruguayos trajeron música que no compite con el ruido: lo transforma. El candombe, que es tambor con memoria africana, ritmo que avanza como procesión laica. La murga, que es carnaval con conciencia, coro callejero que canta verdades disfrazadas de chiste.
El tango, que en Uruguay tiene un dejo más íntimo, menos dramático, más filosófico. Zitarrosa, que no canta: sentencia. Jaime Roos, que logró que la nostalgia sonara a fiesta de vecinos. Eduardo Mateo, ese duende que mezcló psicodelia con tambor y quedó más uruguayo que nunca.
Y ahora, en estos tiempos de playlists infinitas, también nos llegan los nuevos: No Te Va Gustar, con su rock para carreteras largas; La Vela Puerca, que tiene la energía de una murga con guitarra eléctrica; El Cuarteto de Nos, que hace filosofía con humor ácido; Drexler, que convirtió la suavidad en ciencia exacta; Niña Lobo, con su indie íntimo; Socio, que mezcla electrónica con melancolía; Eté & Los Problems, que suenan a madrugada en Montevideo; Florencia Núñez, que canta como si bordara luz. Todos ellos podrían sonar en ese clubcito de Los Chorros sin desentonar ni un poquito.
La música uruguaya —la de antes y la de ahora— nos enseña que la melancolía no es tristeza, es profundidad. Que se puede cantar bajito y aun así decirlo todo. Que el ritmo no siempre es velocidad: a veces es respiración.
También trajeron literatura que piensa con el corazón y siente con la cabeza. Y entonces, inevitablemente, aparece Benedetti, que no vino pero vino, porque Benedetti es de esos escritores que emigran sin pasaporte. Benedetti llegó a Venezuela en maletas ajenas, en mochilas de estudiantes, en bolsillos de profesores, en bibliotecas de esquina con libros usados. Llegó como llegan los amigos verdaderos: sin anunciarse, pero justo a tiempo.
Benedetti fue, para muchos venezolanos, yo incluida, el primer uruguayo que conocieron. Y vaya embajador. Él convirtió la ternura en herramienta política, la cotidianidad en épica, la oficina en campo de batalla emocional. Tenía esa capacidad rara de escribir como si estuviera conversando contigo en una mesa de café, pero al mismo tiempo decir cosas que te dejaban pensando tres días.
Benedetti no necesitaba gritar para conmover; apenas levantaba la ceja y ya uno estaba llorando. O riéndose. O enamorándose. O todo junto, que es lo más benedettiano que existe.
Su literatura tiene esa mezcla de sencillez y profundidad que parece fácil hasta que uno intenta imitarla y descubre que es como querer bailar candombe sin haber nacido en Montevideo: se puede, pero no sale igual. Benedetti escribió sobre el amor sin cursilería, sobre la política sin dogma, sobre la tristeza sin dramatismo. Y escribió sobre la esperanza como quien cuida una vela en medio del viento. Por eso caló tanto aquí: porque Venezuela siempre ha sido un país que vive entre la risa y la intemperie, entre la fiesta y la incertidumbre. Benedetti entendía eso sin haber vivido aquí. Y los venezolanos lo entendieron a él sin haber pisado nunca la rambla.
Y luego está Onetti, que es otro cantar. Onetti no llegó a Venezuela en mochilas de estudiantes sino en manos de lectores tercos, de esos que buscan literatura como quien busca fósforos en un apagón. Onetti es la penumbra, la lucidez amarga, la belleza que no se maquilla. Es el escritor que te dice la verdad sin anestesia, pero con una prosa tan perfecta que uno agradece el golpe. Onetti no seduce: hipnotiza. No consuela: acompaña. No ilumina: revela. Y eso, en un país como Venezuela, donde la realidad a veces parece escrita por un guionista con exceso de imaginación, cayó como un espejo necesario. Onetti enseñó que la desesperanza también puede ser estética, que la derrota puede tener dignidad, que la lucidez no es enemiga del afecto. Y muchos venezolanos lo leyeron como quien encuentra un hermano mayor que no sonríe mucho, pero siempre dice la verdad.
Y Galeano, ay Galeano, ese sí llegó como tormenta eléctrica. Galeano fue el que nos recordó que la historia no es un libro sino un cuerpo vivo. Que la memoria no es archivo sino respiración. Galeano escribía como quien sopla brasas para que no se apague el fuego. Tenía esa manera de convertir lo político en poético sin perder ni un gramo de rigor.
En Venezuela, donde la historia siempre está en ebullición, Galeano cayó como agua fresca. Sus palabras se volvieron brújula, consuelo, advertencia, abrazo. Galeano tenía la habilidad de hablarle al continente entero como si le hablara a una sola persona. Y eso, aquí, se sintió como un acto de intimidad continental. Y era respetado, aunque a veces dijera incoherencias irrespetuosas que se le perdonaban.
Los uruguayos trajeron, además, su forma de ser. Esa calma que no es lentitud, sino profundidad. Ese humor que intenta no herir. Esa cortesía antigua, esa elegancia sin pretensión. Son gente que escucha antes de hablar, que piensa antes de opinar, que no necesita gritar para hacerse entender. Gente de mate y conversación. Gente que convive con la nostalgia sin volverse triste. Personas que saben estar.
Muchos, con el tiempo, se fueron. Regresaron a su país cuando su país volvió a ser país. Cuando la democracia dejó de ser un anhelo y volvió a ser un hábito. Y hoy Uruguay es uno de los países más exitosos del subcontinente, pero sin que los uruguayos se hayan extraviado en la tentadora pedantería del éxito. Siguen siendo ellos: discretos, profundos, irónicos, humildes. El éxito no los mareó; apenas les despeinó un poco la pollina.
Hay uruguayos que todavía no nos agarran el pulso, aunque hayan venido mil veces. Y se entiende. Desde ese sur de mate humeante y cielos pensativos no es sencillo descifrar esta alma nuestra que vive en modo tambor, que respira en clave de sol, que se desborda como si el Caribe fuera un estado de ánimo más que un mar. Y no entienden que aquí el verbo amar se conjuga diferente.
Pero los que aquí vivieron jamás olvidaron a Venezuela. No podían. No pueden. Este país se les metió en la piel como se mete el sol del trópico: sin pedir permiso. Se llevaron el acento, la música, la comida, la risa. Se llevaron el “pana”, el “vale”, el “mi amor”. Se llevaron el “nosotros”. Y desde allá, desde su país que volvió a ser país, siguen recordando a este país que todavía está buscando volver a serlo.
¿Qué nos trajeron, entonces? Una música que camina. Una literatura que piensa. Una nostalgia que acompaña. Una ética de la conversación. Una ternura sin cursilería. Una calma que no es pasividad, sino profundidad. Y sobre todo, la certeza de que el “nosotros” venezolano también podía ser de ellos. Porque aquí nadie pregunta “¿de dónde vienes?”, sino “¿te provoca un cafecito?”. Y ellos respondieron con mate, con murga, con tango, con poesía, con libros, con amistad. Y así, sin ruido, sin aspavientos, se quedaron para siempre en nuestro “nosotros”. Y allí, en el clubcito de Los Chorros, todavía hay historias escondidas en las paredes.
