[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: Domingo Pantaleón Álvarez de Abreu (2/2)

Domingo Pantaleón Álvarez de Abreu
(1683-1763)

De Santo Domingo fue promovido, el 21 de enero de 1743, a ocupar el obispado de la diócesis de Puebla de los Ángeles (México), dejando a la cabeza de la iglesia dominicana al deán Dr. don José Rengifo Pimentel, quien la dirigió con acierto y tino.

En su diócesis de Puebla de los Ángeles falleció, ya octogenario, el 28 de noviembre de 1763. Había testado ante Salvador Bello Palenzuela, en Las Palmas de Gran Canaria, el 22 de septiembre de 1724.

El epitafio escrito en la lápida sepulcral que cubre sus restos, en la catedral de Puebla de los Ángeles, dice así:

Marmoreo isto sub lapide
conditum ex corpus exangue
Illmi. D. D. Dominici Pataleonis
Aluares de Abreu,
ortu Tenerifensis: canonicatu Canariensis: dignitate

Archiepiscopi Dominicopolitani, Indiarumque Priniatis in
Insula Hispaniola.
Deinhujusce Almae Cathedral i Angel opoli
tanae Ecclesiae per viginti annos et quattuor
menses Episcopi, atque Pontificii Solii Assistentis.
Qui ut praeclarum humilitatis ovibus, vel
mortuus praeberet exemplum,
maluit supremis tabulis cum
populo hac objecta Sepulhira,

quan pretioso suorum Praedecessorum
Sarcophago sepeliri.
Supremum lausit diem, octogenario
major, vigessima septima
die Novembris anno
Dommi 1763.
Sit in pace locus ejus
et habitatio sua sancta Sion.

De su generosa piedad dan testimonio el hecho de haber edificado a su costa el segundo cuerpo de la torre de la parroquia matriz de El Salvador, en que fue bautizado, además de haber remitido, en 1745, un cáliz y un par de vinajeras de plata dorada para el mismo templo, y un jarrón de plata con salvilla, un cáliz con patena y unas vinajeras con campanilla de plata dorada para el santuario de Nuestra Señora de las Nieves, patrona de su isla natal. Todas las mencionadas obras de orfebrería se conservan aún en aquellos templos, donde son expresión del excesivo barroquismo de la platería poblana de entonces.

Contribuyó, además, con mil pesos fuertes para que se emplearan en planchas de plata para el trono de la referida imagen de las Nieves; y remitió, también quinientos pesos para la construcción del templo de Nuestra Señora del Pino, en Teror (Gran Canaria).

De su producción literaria conocemos la “Compediosa Noticia de la Isla de Santo Domingo”, que presenta al Rey, estudio detenido de los datos recogidos durante su visita pastoral a la isla en 1739; y una “Carta pastoral sobre la utilidad de la instrucción en la lengua mexicana para la enseñanza de los indios”.

Se conservan además en el Archivo Secreto Capitular, de Las Palmas de Gran Canaria, diez cartas, enviadas por diferentes motivos a1 Cabildo Eclesiástico de Canaria, en las cuales refleja el amor que siempre profesó a su tierra natal. Son el lugar y fecha en que escribió dichas cartas los siguientes:

• Santa Cruz de Tenerife, 2 de septiembre de 1738.
• Santa Cruz de Tenerife, 14 de diciembre de 1738.
• Santa Cruz de Tenerife, 18 de abril de 1739.
• Santo Domingo (lsla Española), 20 de julio de 1739.
• Veracruz (México), 5 de agosto de 1743.

• Puebla de los Ángeles (México). 12 de noviembre de 1744.
• Puebla de los Ángeles (México), 24 de septiembre de 1749.
• Puebla de los Ángeles (México), 15 de octubre de 1750.
• Puebla de los Ángeles (México), 21 de agosto de 1760.

• Puebla de los Ángeles (México). 13 de octubre de 1763.

De don Domingo Pantaleón se mencionan cuatro retratos suyos, de autor anónimo:
a) Óleo, de 2.00 x 1.20 metros aproximadamente que se conserva en la sacristía de la parroquia matriz de El Salvador, de Santa Cruz de La Palma.
b) Óleo que se halla en la sala capitular de la basílica catedral de Santo Domingo, en la República Dominicana.

c) Óleo sobre lienzo, con el lema “Hurnanus, Ingenuus, Misericors», que se encuentra en el palacio arzobispal de Puebla de los Ángeles;, y,
d) Óleo que se custodia en el departamento de historia del Instituto Nacional de Arqueología e Historia de México.

Fue el Dr. don Domingo Pantaleón Álvarez de Abreu, Arzobispo de Santo Domingo y Primado de las Américas, así como obispo de Puebla de los Ángeles, un pastor que gobernó con virtud y celo su grey, dejando una obra escrita que no sólo es útil sino que e reflejo de su decantada cultura, además de haber hecho espléndidas donaciones a diversos templos de su archipiélago natal.

De él ha dicho la posteridad que fue un “prelado respetable, cuyo apostólico celo por el bien de las iglesias, que administró 26 años, le sirvió de
toda especie de talentos».

[*Otro}– Palmeros en América / David W. Fernández: Domingo Pantaleon Álvarez de Abreu (1/2)

Domingo Pantaleón Álvarez de Abreu
(1683-1763)

Uno de los canarios más ilustres del siglo XVIII fue el arzobispo Álvarez de Abreu, quien rigió los destinos del arzobispado de Santo Domingo, Republica Dominicana, durante mas de cinco años.

En la casa número 25 de la entonces llamada ‘Calle de la Carnicería’, de la ciudad de Santa Cruz de La Palma (Canarias), nació don Domingo Pantaleón Álvarez de Abreu, el 27 de julio de 1863, siendo bautizado en la parroquia matriz de El Salvador, de la misma ciudad, el 4 de agosto del mismo año.

Era hijo del sargento don Domingo Álvarez Hernández y de doña María Yanes Abreu, nieto por línea paterna del marinero don José Hernández Álvarez y de doña Ana Hernández y Hernández, y nieto por línea materna de don Pedro Yanes Hernández y de doña María Abreu y Díaz-Pimienta. Fueron sus bisabuelos paterno-paternos don Antonio Hernández y Díaz-Pimienta y doña María González, sus bisabuelos paterno-maternos don Domingo Hernández y doña Isabel Hernández, sus bisabuelos materno-paternos don Pedro Yanes y doña Isabel Hernández, distinta de la ya

nombrada, y sus bisabuelos materno-maternos don Miguel Abreu y doña Jacinta Díaz-Pimienta y de Oca.

Podemos agregar, respecto a los antepasados del personaje que nos ocupa, que eran primos hermanos entre sí, sus expresados bisabuelos don Antonio Hernández y Díaz-Pimienta y doña Jacinta Díaz-Pimienta y de Oca, pues fue don Antonio hijo de don Luis Hernández Álvarez y de doña Felipa Díaz-Pimienta y Franco, y doña Jacinta, hija del capitán don Francisco Díaz-Pimienta y Franco y de doña Mencía de Oca. Siendo hermanos doña Felipa Díaz-Pimienta y Franco y el capitán don Francisco Díaz-Pimienta y Franco, y ambos hijos del capitán don Diego Díaz-Pimienta y de doña Mayor Franco, estos últimos abuelos cuartos de don Domingo Pantaleón Álvarez de Abreu. Todos los citados fueron naturales o vecinos de diferentes lugares de la isla de La Palma, con excepción de doña Mencía de Oca, que fue vecina de Sevilla.

Pertenecía nuestro biografiado a una familia que, si bien no tuvo los orígenes que algunos han pretendido darle, dio figuras tan ilustres como la del personaje que nos ocupa, su hermano don Antonio José Álvarez de Abreu, primer marqués de la Regalía (1688-1756), y su sobrino, el también obispo don Miguel Anselmo Álvarez de Abreu y Valdés (1710-1774).

Hemos insistido tanto en su genealogía porque, a pesar de estar bastante estudiada, es frecuente hallaría deformada por algunos historiadores, sobre todo cuando hacen referencia al primer marqués de la Regalía.

Realizó sus primeros estudios en su ciudad natal, donde los colegios sostenidos por franciscanos y dominicos satisfacían las exigencias de entonces. De allí pasó a seguir estudios de Latinidad y Filosofía en el convento de San Agustín, en La Laguna de Tenerife, y trasladado más tarde a la España peninsular, alcanzó el grado de doctor en Cánones por la Universidad de Ávila.

En La Laguna de Tenerife fue luego Cura Beneficiado de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Concepción, y Vicario Foráneo del partido, juez de la Santa Cruzada, visitador sinodal del obispado, y abogado fiscal de la Cámara Apostólica. En Las Palmas de Gran Canaria, sede de la Catedral de Canaria, fue Racionero el 9 de Julio de 1715, pasando a ocupar la Canonjía octava de la misma catedral el 27 de septiembre de 1722. Ascendido más tarde a Arcediano de Tenerife tomo posesión el 17 de agosto de 1732, y fue trasladado a Arcediano de Canaria posteriormente, tomando posesión de esta dignidad el 8 de noviembre de 1734.

En 1734 compró, por 89.506 reales, la casa de don Francisco de Monteverde, en Santa Cruz de Tenerife, situada en lo quo es hoy la avenida Marítima, frente a la muralla que desde la plaza del Castillo de San Cristóbal se dirigía a la playa de los Pescadores, y la constituyó en vínculo a favor de su tío paterno, don Santiago Álvarez de Abreu, capitán de Milicias provinciales y veedor y contador general de la Gente de Guerra de Canarias.

Más tarde, el 20 de mayo de 1737, fue exaltado a la Silla Arzobispal de Santo Domingo, cuya consagración solemne la efectuó el obispo don Pedro Manuel Dávila Cárdenas, en la catedral de Canaria, el domingo 17 de agosto de 1738, lo cual constituyó, al decir de Viera y Clavijo, un “… nuevo y agradable espectáculo para las Canarias, que vieron por la primera vez esta augusta ceremonia en hijo suyo».

El 28 de diciembre de 1738 consagró en Tenerife el templo del real convento de Nuestra Señora de Candelaria, patrona general de las islas Canarias, y ya se hallaba en Santo Domingo, al frente de su arquidiócesis, en julio de 1739.

Durante su periodo arquiepiscopal en Santo Domingo tomó tanto interés en el régimen espiritual de la isla como en el buen éxito de su administración temporal, ayudando en gran manera al gobernador y capitán general de Santo Domingo y presidente de su real Audiencia, que lo era a la sazón el brigadier don Pedro Zorrilla de San Martin.

Comenzó su primera visita pastoral por la catedral de Santo Domingo el 26 de octubre de 1739 y durante la misma levantó en sus parroquias el espíritu de sus feligreses en quienes despertaba esperanzas lisonjeras, y, en algunos casos, nombró visitadores generales que imitaban su ejemplo y alimentaban el culto.

Uno de estos visitadores generales fue el prelado Dr. don Antonio de la Concha y Solano, quien reconoció, ante la presencia de testigos calificados, el tesorero del santuario de Higüey, en la actual provincia de La Altagracia, el 15 de mayo de 1740, dando testimonio de su satisfacción por la honradez y cuidado con que, desde 1738 lo manejaba don Pedro del Castillo.

Donó a la Catedral de Santo Domingo un incensario y una naveta de oro, un ornamento completo y unas andas de plata para el Santísimo. Reedificó la iglesia de San Sebastián, concluyó la edificación del convento e iglesia de Santa Rosa. Agregó al Seminario Tridentino el edificio de San Pantaleón y en el instituyó las cátedras de Cánones y Leyes y Sagradas Ceremonias y destinó becas al de San Pablo para canonistas y legistas. También concluyó la secularización de todos los beneficios curados de los regulares.

[*Otros}– Sale a la venta por nueve millones un islote protegido junto a Tenerife donde no se puede edificar

29/08/2007

Comprar la isla permite atracar grandes yates u obtener beneficios fiscales por inversión medioambiental.

Una inmobiliaria ha puesto a la venta por nueve millones de euros la pequeña isla Montaña Clara, situada al norte de la costa de Tenerife, que forma parte del parque natural del Archipiélago Chinijo y de la reserva natural de los Islotes.

La inmobiliaria Look & Find ha estimado el valor de la isla en función del “precio de expropiación de suelo rústico” que paga el Estado en la isla de Tenerife. Sin embargo, asegura que los nueve millones de euros que reclama pueden ser “un precio de salida, ya que la riqueza medioambiental de la isla, que forma parte de la mayor reserva marina de España y de la segunda de Europa, además de ser refugio de un abundante número de aves. puede justificar incluso un precio superior».

La isla, con una extensión de 2,7 millones de metros cuadrados y origen volcánico, está calificada como paraje natural protegido, por lo que en su superficie no se puede edificar. Según Alejandro Márquez, director de la oficina de Look & Find en Las Palmas, que es la encargada de la operación de venta, en estos momentos el islote “cuenta con una pequeña choza, de unos 17 metros cuadrados, en la que pernoctan los biólogos que realizan estudios en la zona».

La protección de que dispone el paraje, controlado por patrulleras del Estado y del Cabildo de Canarias, hace que su acceso esté vedado salvo a los propietarios o a quienes, con la autorización de éstos, realizan trabajos científicos en su superficie.

La isla es actualmente propiedad de los herederos de Mariano López Soca, un prohombre local que fue procurador en Cortes durante el franquismo y que era “un biólogo y enamorado de la naturaleza», por lo que siempre preservó su actual estado virgen. Según el director de la oficina de Look & Find, podría ser “el capricho de un multimillonario», ya que cuenta con una gran ensenada en la que pueden atracar grandes yates en los que alojarse para disfrutar del paisaje o la fauna de la isla. O bien convertirse en una buena posibilidad de inversión para alguna gran empresa o institución financiera que desee aprovechar los beneficios fiscales que concede la ley de mecenazgo a las entidades que inviertan para preservar bienes culturales o medioambientales que disponen de protección.

Alejandro Márquez, sin embargo, reconoció que a la familia propietaria de la isla “le gustaría que el comprador fuera el propio Estado, para garantizar que se preserve el estado natural de la isla».

El caso de la isla Montaña Clara ilustra las dificultades en que se encuentran los propietarios de parajes que son calificados como protegidos y que deben asumir una fuerte restricción de usos que ni siquiera les deja el recurso a la expropiación, puesto que el Estado no está generalmente dispuesto a asumir la propiedad.

En el mismo caso, explicó Márquez a este diario, se encuentra la isla de Alegranza, la más próxima a la de Montaña Clara, propiedad de otra familia local, los Jordán. “En este caso —señaló— los propietarios han decidido presentar una demanda contra el Estado reclamando que les expropie, puesto que la restricción total de usos que conlleva su calificación como paraje natural deja al propietario sin vías para rentabilizar su patrimonio».

NotaCMP.- Suele decirse que las Islas Canarias son siete: Tenerife, La Palma, Gomera, Hierro (Provincia de Tenerife), Las Palmas, Lanzarote, y Fuerteventura (Provincia de Gran Canaria), pero ésas son sólo las mayores y habitadas. Desde el punto de vista geográfico son trece, pues a las siete nombradas hay que añadir Alegranza, La Graciosa, Roque del Este, Roque del Oeste, Montaña Clara, y Lobos.

La Vanguardia

[*Otros}– ‘Dándole vueltas al viento’ / Poemas de Antonio Pino Pérez: La Caldera

LA CALDERA

I – El risco liso

Aquí, por este risco levantado
del abismo subimos rumbo al cielo,
pues llegó hasta las nubes, consagrado,
para ensayar al porvenir el vuelo.

Por el fuego fundido y aventado
cuajó en las rocas su entrañable anhelo,
y se miró, y se ve siempre abismado
como un coloso en permanente duelo.

Las aguas de la lluvia lo rayaron,
los vientos le arrancaron sus canciones
y las nubes celestes lo arroparon.

Pero él, firme, impasible, hondo y austero,
espera a lucir verdes ilusiones
cuando llegue su tiempo venidero.

II – Por el risco liso

Tú que fuiste risquero y resabido
cazador de las luces estrenadas,
del paisaje cambiante y escondido
oculto en las pendientes desriscadas.

Tú, que esperaste al sol recién nacido
asomarse a las cumbres desflecadas,
para mirarlo con el ojo ardido
derramarse en las tardes incendiadas.

Tú, que viste las nubes volanderas
ascender y bajar, ir y volver,
entretejiendo el cielo de quimeras.

Dime qué buscas y en qué norte esperas
hallar el sueño que quisiste ser
buscando en las eternas primaveras.

III – Dentro del risco

Y riscos,… sólo riscos. La isla entera
enriscada a los cielos se nos fue,
señalando la vida verdadera
tras la última duda de un porqué.

En el grito de Idafe en la Caldera
que, lanzado a los aires, no se ve,
palpita toda nuestra inquieta espera
en la esperanza que alumbró la fe.

Quisiera que esta roca, que es mi tierra,
revuelta y trastocada en convulsiones,
nos diera el agua que su entraña encierra,

el agua viva, purificadora,
que lave nuestras manchas y traiciones
y nos sacie la sed que nos devora.

1964

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: Antonio Fernández Rojas (3/4)

Antonio Fernández Rojas
(1671-1729)

La Noble Ciudad y Comercio de Manila nombró a Fernández Rojas en 1713 su compromisario y procurador general, así como comisario del galeón “Nuestra Señora de Begoña», cuyo último cargo consistía en embarcar la nao desde Cavite hasta la embocadura, a fin de evitar la introducción fraudulenta de mercancías fuera del registro.

En 1714 embarca Fernández Rojas a su costa y mención en plaza de soldado aventurero en la armada despachada para apresar a un navío extranjero que estaba en la costa de llocos, y que en efecto fue conducido luego a Cavite.

En 1715, con motivo de haber varado en el bajo de San Nicolás el galeón “Santo Cristo de Burgos” a su regreso de Nueva España, fue nombrado Fernández Rojas, por el gobernador, para dirigir las maniobras necesarias para ponerlo a flote, con amplias facultades y autoridad superior a la del general y demás oficiales de dicha nao.

Al año siguiente se le comisionó para dirigir la descarga y nuevo cargamento del mismo galeón, logrando que estuviese a punto para efectuar la salida en el tiempo oportuno.

En 1717 condujo el galeón “Nuestra Señora de Begoña” desde Bagatao hasta Cavite, con título de general de dicho barco, pero conservando sus anteriores cargos, los cuales volvió a ocupar tan pronto dejó asegurado el galeón en dicho puerto, pero como al zarpar éste rumbo a Nueva España quedó detenido durante varios días en la boca Mariveles, por vientos contrarios, se le volvió a comisionar para pasar a bordo y examinarlo para ver si estaba en condiciones de proseguir el viaje, y en caso de ello, gobernarlo hasta ponerlo en franquicia, como lo hizo, llevándolo hasta Suban, donde lo entregó de nuevo al mando de su general.

Durante algún tiempo permanece Fernández Rojas en Manila sin realizar viajes a Nueva España, como lo prueban su asistencia a Juntas de Guerra y su emisión de informes técnicos sobre diversas cuestiones que le fueron sometidas a su peritaje, lo cual no asegura que haya estado sin ausentarse de la ciudad por cortos periodos,

En 1718 desempeña allí el cargo de comisario del galeón “Sacra Familia», y el 4 de junio de dicho año asiste a la junta de guerra convocada en dicha ciudad por haberse visto un navío cerca de las islas Verde y Marinduque.

Asistió a otra junta de guerra convocada para tratar del establecimiento de un presidio en la isla de Paragua, el 27 de abril de 1719, y el 21 de noviembre del mismo año declara en la causa instruida con el general del galeón “Sacra Familia», y el 16 de diciembre del repetido año emite un informe sobre la arribada del patache “Nuestra Señora del Carmen», que se dirigía a las islas Marianas, después de haber reconocido su diario de navegación, como se le encargó por auto de la Audiencia.

En union de otros técnicos aparece reconociendo unas galeotas en el puerto de Cavite el 15 de enero de 1720, y el 3 de junio del mismo año realiza otro reconocimiento técnico junto con otros, también el 28 del mismo mes y año informa de la cantidad de gente que ha de tripular el patache “San Andrés», destinado a llevar el situado a las islas Marianas.

El gobernador interino de Filipinas, que lo era a la sazón fray Francisco de la Cuesta, ante los frecuentes ataques chinos, joloes, bomeyes y de otros pueblos, decidió equipar una armada de champanes para combatirlos, la cual puso bajo el mando de Fernández Rojas, a quien dio autoridad sobre todos los alcaldes mayores y capitanes de guerra de la provincia, así como sobre las autoridades locales de los pueblos, para lo cual le expidió título de cabo superior de esta armada el 31 de mayo de 1721, saliendo la expedición el 6 de junio próximo y se prolongó hasta fines de enero de 1722, durante cuyo tlempo, aunque no hubo choque alguno decisivo con el enemigo, porque éstos no le hicieron frente, logró dejar libre de piratas aquellos mares aprovechando dicha estancia en esta provincia para realizar varios trabajos de ingeniería militar.

En mayo de 1722 con motivo de estar aprestándose una nueva escuadra para combatir a joloes y mindanaos que atacaban la provincia de lloilo, en la isla de Panay, se ofrece Fernández Rojas para ir a su costa, a pesar de su muy quebrantada salud, como soldado aventurero, o para satisfacer de su peculio la paga de diez soldados durante seis meses, hipotecando su encomienda como fianza. El gobernador le agradece su ofrecimiento y se reserva utilizarlo en otra ocasión.

El 23 de mayo de 1722 asiste en Manila a la junta de guerra convocada para examinar la petición de los naturales de Cuyo, que solicitaban artillería, arcabuces y hombres para la defensa de aquella isla, que tenían encomendada, y para la que Fernández Rojas ofrece tres cañones de hierro y otras armas de fuego, que entregó al principal de aquel pueblo Juan Velázquez de Bocanegra, en la oportunidad en que éste regresaba de Cavitea a dicha isla en dos caracoas.

Habiéndose tenido indicios de la existencia de las islas Palaos, y después de varios intentos para descubrirlas y conquistarlas, el monarca español dio orden a su gobernador en Filipinas de realizar dicha empresa, y nombró a Fernández Rojas adelantado de las Palaos, por título del 11 de noviembre de 1715, lo que había sido sugerido al Consejo de Indias por el P. Francisco de Borja y Aragón, a través del marqués de Mejorada. El Consejo de Indias elevó al rey consulta favorable a dicho nombramiento, cuyo título le fue enviado al interesado por mano del marqués de Valero, virrey electo de Nueva España.

Tan pronto como Fernández Rojas recibió su título y merced de adelantado se dirigió por escrito al gobernador proponiéndole los medios que consideraba más acertados para llevar a cabo su cometido. El escrito, con las habituales dilaciones, dio motivo a que en mayo se reuniera una junta particular, que se mostró de acuerdo con los planes expuestos por Fernández Rojas, pero acordó que, antes de llevarlos a la práctica, se diera cuenta de ello al monarca.

Varios obstáculos fueron haciendo dilatar la empresa hasta que en 1720 Fernández Rojas volvió a hacer presente su título y, dos años más tarde, se creyó obligado a escribir al monarca directamente a fin de comunicarle las gestiones que había realizado para cumplir con la misión que se le había encargado, y escribió al mismo tiempo al virrey de la Nueva España, pero no logró la atención y murió sin haber realizado su función de adelantado de las Palaos.

[*Otros]– Palmeros en América / David W. Fernández: Antonio Fernández Rojas (4/4)

Antonio Fernández Rojas
(1671-1729)

Fernández Rojas fue nombrado el 13 de enero de 1724 castellano del castillo de San Felipe del Puerto de Cavite, justicia mayor de su jurisdicción, y superintendente de las reales fábricas a efectuarse en la ribera del dicho puerto, del que se le despachó auto de merced en forma ordinaria dos días después. La real confirmación le fue concedida por título expedido el 23 de noviembre de 1727, es decir, tres años después cuando ya ocupaba otro destino. Durante los cerca de tres años que se desempeñó como castellano de Cavite pasó, por orden del gobernador, a la provincia de Tayabas y visitó la ensenada de Tagava, junto a Catanauan, así como la isla de Capulan, indicada, por el alcalde mayor de aquella provincia, como los lugares más adecuados para el establecimiento de astilleros, de los cuales escogió para tal este último, aunque estimaba necesario construir en él una fortaleza de firme estacada para su mejor defensa en caso de ataque.

Como, por otra parte, el gobernador había designado a otras personas para reconocer, con idéntico fin, los montes de Pangasinan, Pampanga y Bulacan, ordenó finalmente que Fernández Rojas convocara una junta de técnicos en la cual, y en base a los datos obtenidos, se dictaminara el definitivo emplazamiento del astillero, el cual fue Cavite, por acuerdo del 31 de diciembre de 1726 de la referida junta. Por este tiempo, también se encargó Fernández Rojas de delinear los galibos del nuevo galeón capitana “Nuestra Señora de Guíaa», que había de mandar más tarde, y el cual debía ser del porte del “Santo Cristo de Burgos», entonces recién perdido en Ticao, cuyo informe lo acredita como muy experto en construcción naval, pues va razonando con todo detalle todos y cada uno de los puntos de su proyecto, exponiendo acertadamente las causas por las cuales se desvía de las normas y principios seguidos en los demás astilleros reales. Este informe mereció la aprobación de la junta de técnicos a la cual fue sometido el 2 de enero de 1727, quedando ordenado que se realizara, bajo su dirección, la construcción de la nao para su primer viaje en 1728.

Además del referido galeón dirigió también la fábrica de la fragata “Jesús María». En atención a los relevantes méritos y servicios prestados le fue concedida a Fernández Rojas, y por Real Cédula del 22 de febrero de 1728, una gratificación de cincuenta pesos mensuales, equivalentes al sueldo que tenia asignado, pero cuando llegó a Manila ya el beneficiario había fallecido.

El 10 de julio de 1728 zarpó de Cavite el galeón “Nuestra Señora de Guia», al mando del general Fernández Rojas, desde el 12 de septiembre de 1727, iniciando así el que había de ser su último viaje, el cual daba fondo en la boca del puerto de Acapulco, con mucha gente enferma a bordo, el 26 de enero de 1729. Entre esta debía hallarse el general. Por ello no pudieron entrar a puerto hasta el 28 al amanecer. Entre esta fecha y el último de enero de 1729 falleció, probablemente, en aquel puerto, nuestro Fernández Rojas.

En Manila había contraído matrimonio dos veces. La primera con doña Maria del Rosario Domínguez, y la segunda, con doña Teresa Gutiérrez y Escaño, que le sobrevivió, pero de ninguno de ellos tuvo sucesión, como tampoco la tuvieron sus hermanos que, como ya vimos, siguieron la vida religiosa.

Aparte de su notable labor de piloto, este valiente marinero, que obtuvo los títulos de almirante de la carrera de Filipinas y de adelantado de las islas Palaos, se distinguió asimismo como excelente constructor naval, como experto cartógrafo, y como ingeniero militar de valía. Como ingeniero militar trazó la planta de la fuerza de Santa Isabel, en Taytay, cabecera de la provincia de Calamianes, en la isla de La Paragua, la cual visitó en 1721 con la armada a su mando, y estudió dos posibles emplazamientos para un fuerte de piedra; uno sobre la cima de un cerro en el que existía un fortín llamado La Retirada, y otro en un mogote que avanzaba hacia el mar por la parte oriental del pueblo. Para cada uno de los dos trazó una planta de fortificación, durante los dos meses que paso dirigiendo la reparación de la fuerza de estacada que allí existía, y de los cuales el segundo fue acordado levantarlo por la junta de guerra del 12 de marzo de 1723. Delineó también la fortificación de San Juan Bautista, en la isla de Lalutaya, que pertenecía a su encomienda, corriendo además con la cuenta de la construcción, manutención y defensa de la misma.

Fue autor asimismo de derroteros y cartas planas, como el usado en la carrera de Filipinas, y del que solamente conocemos la cita que de él hace Juan Francisco de San Antonio en sus Chronicas, en las que, por cierto, hace mención también del célebre almirante tinerfeño Jose González Cabrera Bueno.

Asimismo es autor de un mapa de la isla Capulan, la cual reconoció para establecer un astillero. Sin embargo, su obra mas significativa en el campo de la cartografía, y la de más importancia que haya llegado hasta nosotros, fue la “Topographia de la Ciudad de Manila, Capital de las islas Philipinas. Fundada en la de Luzón, Nuevo Reino de Castilla. Dedicada al Rey Nuestro Señor D. Felipe V (que Dios guarde) por el Mariscal de Campo D. Fernando Valdés Ramón su Gobernador y Capitán General de dichas Yslas y Presidenfe de la Real Audlincia y Chancilleria de ellas. Delineado de orden de Su Magestad or D. Antonio Fernádez de Roxas y exculpida por Fr. Hipóito Ximénez del Orden de la Hospitalidad del Glorioso San Juan de Dios”.

Ignoramos la fecha y lugar exactos de esta impresión, pero fue entre 1715 y 1720, y el lugar debió ser seguramente Méjico, o tal vez Manila misma. Esta obra maestra de Fernandez Rojas es un magnifico documento gráfico, de excelente calidad, que nos da una visión clara y exacta de la ciudad de Manila y de sus aledaños, los cuales aparecen incluidos en la misma, pero el valor de esta obra es especialmente notable para el recinto intramuros, cuyos edificios religiosos y civiles se reproducen con gran fidelidad, hasta en los mas pequeños detalles, dándonos una idea viva y animada de la ciudad.

Hemos resumido así la vida y la obra de uno de los hombres gloriosos de Canarias, cuyo conocimiento, por parte de sus paisanos, no ha logrado alcanzar el aprecio que ella merece.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: Antonio Fernández Rojas (2/4)

Antonio Fernández Rojas
(1671-1729)

El regreso de este viaje concluyó en 1701, tocando primero en el puerto de Calomotan, provincia de Leyte, de donde, por orden del gobernador, se dirigía a Bagatao, pero por averías sufridas hubo de refugiarse en la isla de Canaguayo, donde dirigió las maniobras de reparación por enfermedad del titular. Concluidas estas reparaciones, sacó el barco y lo condujo hasta Bagatao, donde entró el 12 de noviembre de 1701, a tiempo de ser carenado y aprestado para los nuevos viajes que posteriormente realizó.

Por los méritos y servicios prestados, el 11 de marzo de 1702 fue Fernández Rojas nombrado piloto mayor del mismo galeón, para el viaje de dicho año, en cuya ida descubrió una isla situada a 27″ 20′ de latitud norte, a la que bautizó con el nombre de Nuestra Señora del Rosario, en memoria de su barco, y después de un año y ciento tres días de duración, regresó a Cavite el 24 de octubre de 1703, y allí quedó como piloto mayor entretenido desde el I de febrero de 1704 hasta su nuevo nombramiento.

Durante el tiempo que permanece en tierra se recurre a su pericia y conocimientos técnicos, y se le encarga el examen de la ensenada de Maraiomo a fin de que señale el emplazamiento más ventajoso para establecer en él un astillero, indicado como tal el puerto de Subic, donde se inicia la fabricación de navíos. El 14 de junio de 1704 fue nombrado cabo superior y piloto mayor del navío “Nuestra Señora del Rosario, Santo Domingo y Las Ánimas», que debía acompañar al galeón “Nuestra Señora del Rosario” hasta el cabo del Espíritu Santo prosiguiendo luego su viaje a las islas Marianas.

Con este nombramiento le fue despachado, en igual fecha, el título y grado de almirante. AI término del referido viaje, Fernández Rojas dejó su buque en !a isla de Guam, archipiélago de las Marianas, y llevó a cabo el rescate de la artillería del galeón “Nuestra Señora de la Concepción», que se había perdido en la isla Seypan, de dicho archipiélago, en 1638, y cuyo rescate había sido intentado infructuosamente por otros. Dirigió con tanto acierto la operación de rescate que logró recuperar diecisiete de las veinte piezas que portaba el navío, y de las cuales llevó cuatro a Manila, dejando preparadas las demás para envíos posteriores.

No sólo ejecutó este servicio a su propia cuenta, sino que también hizo donación al rey de la mayor parte de su sueldo de almirante devengado durante el viaje, pues habiendo servido dicha plaza ciento ochenta días, contados desde el 27 de junio de 1704 hasta el 23 de diciembre del mismo año, a razón de dos mil quinientos cincuenta pesos anuales, ello representa mil trescientos cincuenta y seis pesos, un tomín y tres granos, de todo lo cual sólo se le habían pagado trescientos un peso y cuatro tomines, por lo cual se le adeudaban mil cincuenta y cuatro pesos, cinco tomines y tres granos, lo cual cedió gratuitamente a la Corona.

Concluida la gestión anterior volvió a quedar Fernández Rojas en Cavite como piloto entretenido, desde el 2 de febrero de 1705 hasta el 9 de abril del mismo año, cuando fue nombrado teniente de gobernador y capitán general, así como piloto mayor y cabo superior de la armada de las galeras enviadas al estrecho de San Bernardino, entre las islas Luzón y Samar, para esperar y dar escolta al galeón “Nuestra Señora del Rosario», que regresaba de Nueva España, y dejarlo asegurado en Cavite, lo cual concluyó exitosamente el 7 de julio de 1705, siendo a su regreso cuando le fueron expedidos, con fecha 5 de septiembre de dicho año, los títulos antes mencionados, que la premura de tiempo había impedido se le entregasen antes del viaje.

Nuevamente queda Fernández Rojas en calidad de piloto entretenido, lo que aprovecha para solicitar la encomienda de los pueblos de Cuyo y Lalutaya, en la provincia de Calamianes, la cual se componía de 377 tributes y había quedado vacante a la muerte de su poseedora, quien la gozaba ya en segunda vida, y cuya oposición, a la que se presentaron veinticuatro pretendientes, fue convocada por edicto del 29 de octubre de 1705, quedando resuelto el concurso a favor de Fernández Rojas por auto de merced del 17 de diciembre de dicho año y título de encomendero expedido el 12 de febrero de 1706.

Pronto recibió Fernández Rojas el nombramiento de piloto mayor del galeón “Nuestra Señora del Rosario», que en 1706 emprendió viaje a Nueva España sin contratiempo alguno. En 1708 pasó a desempeñar igual plaza en el navío “Nuestra Señora del Rosario y San Vicente Ferrer», cuando iba como almirante en conserva del galeón capitana “Nuestra Señora del Rosario», y en una época en que ya no le correspondía el cargo de piloto por haber sido nombrado almirante de dicho navío, pero la escasez de marineros expertos lo había hecho decidirse a ocuparse de la derrota de su
buque.

En este viaje, desviado de la ruta ordinaria por los vientos, descubrió un archipiélago que se extiende entre los 26° 30′ y los 28° de latitud norte, formado por un rosario de islas y farallones con arrecifes, al que llamó Islas Arzobispales, hallando asimismo un arrecife a los 28° 30′ de latitud norte, todo lo cual, peligroso para los barcos por la gran extensión que cubre, situó sobre la carta náutica.

AI término de este viaje permaneció algunos años en tierra, pero en 1710, a la vez que posee el titulo de teniente gobernador y capitán general de las provincias de Tayabas, Camarines, Albay y Leyte, se encuentra también desempeñando el cargo de cabo superior del Real Astillero de Bagatao y superintendente de las fábricas reales, dirigiendo como tal la carena del galeón “Nuestra Señora de Begoña” y la construcción del galeón “Santo Cristo de Burgos», cuyos trabajos se hallaban ya bastante adelantados cuando solicitó y obtuvo licencia para pasar a Manila, por asuntos particulares, y hallándose muy quebrantado de salud, según manifestó.

[*Otros]– Palmeros en América / David W. Fernández: Antonio Fernández Rojas (1/4)

Antonio Fernández Rojas
(1671-1729)

Entre los mejores marinos canarios de todos los tiempos, ocupa un lugar destacado el almirante Antonio Fernández Rojas, cuya vida, por ser relativamente poco conocida, es digna de un esbozo biográfico para su mayor difusión y mejor conocimiento de sus paisanos.

Entre los portugueses que desde los primeros tiempos de ia colonización de la isla de La Palma tuvieron importante participación en la misma,—atraídos por el comercio de sus productos, sobre todo la caña de azúcar y el vino—, se hallaba un capitán de la Marina Mercante llamado Manuel Fernández de Lima, natural de Matosinhos, pequeña población situada en la margen izquierda de la desembocadura del río Leça, en Portugal. Este capitán visitaba con frecuencia la ciudad y puerto de Santa Cruz de La Palma, hasta que finalmente se estableció en ella, y allí contrajo matrimonio, el 1 de diciembre de 1658, con doña Lucía de Rojas Ravelo Sandoval y Escobar, natural de aquella ciudad.

Tuvo este matrimonio cuatro hijos, tres de los cuales abrazaron la vida monástica; fueron éstos Manuel y Francisco, que entraron de religiosos en el convento dominico de su ciudad natal, y ambos fueron priores del mismo; y María, que fue monja profesa en el convento de Santa Catalina de Sena, de la misma población.

El cuarto de los hijos, llamado Antonio Fernández Rojas, objeto de nuestro estudio, nació, como todos sus hermanos, en la ciudad del matrimonio de sus padres el 12 de septiembre de 1671. De su niñez y juventud sabemos que fue alumno de las escuelas que en Santa Cruz de La Palma sostenían los franciscanos y dominicos, y que a la muerte de su padre siguió la carrera de marino, haciéndose cargo del buque paterno.

A los veinte años de edad lo encontramos en América como piloto acompañado en un patache que transportaba al presidio de San Agustín de la Florida el situado remitido desde Nueva España, y sirvió esta plaza, para la que le fue despachado el título correspondiente por el gobernador de dicho presidio, durante un año y dos meses, de 1691 a 1692.

Siendo gobernador y capitán general de Cumaná y costas de Tierra Firme don Gaspar Mateo de Acosta, paisano de Fernández Rojas y protegido del padre de éste, le fue expedido el título de alférez de Infantería, con el cual sirvió a la Corona en el Ejército de tierra de aquella provincia) con la tropa enviada desde la ciudad de Cumaná para socorrer el castillo de Santiago de Arroyo de la Real Fuerza de Araya, el cual había sido proveído de bastimentos por el referido gobernador. Ocupó esta plaza sólo sesenta y cuatro días, o sea, desde julio de 1693 hasta septiembre del mismo año, fecha del decreto por el cual el gobernador, que se hallaba en los preparativos para pasar con igual cargo a la provincia de Mérida y La Grita y ciudad del Espíritu Santo de Maracaibo, le concedió licencia para pasar a la metrópoli a emplearse en el real servicio. Posiblemente, lo recomendaba para mejor empleo con motivo de su viaje.

En 1695 se hallaba como piloto particular en el puerto de Veracruz, cuando lo llamó el virrey, conde de Gálvez, para que pasara a Filipinas como tercer piloto del galeón “San José” que se preparaba para zarpar. Con este motivo se presentó al virrey en Méjico, pasando seguidamente a Acapulco, en donde embarcó, ocupando dicha plaza desde el 23 de marzo de 1695, llegando a Cavite el 23 de junio de dicho año.

A su llegada a Filipinas permaneció algún tiempo separado del real servicio, y el 7 de julio de 1697 se encontraba en Bagatao [1] de piloto del patache de propiedad privada “San Bernardo», cuando estando listo para salir el galeón “San Francisco Xavler», recién construido en aquellos artilleros, y no hallándose a bordo el día fijado el piloto acompañado, fue nombrado para sustituirle Fernández Rojas, quien, en efecto, realizó el viaje, y en el regreso del mismo ejerció también el mando de una compañía de infantería española, para lo cual le despachó el título correspondiente el virrey, conde de Moctezurna, el 26 de febrero de 1698, designándole un sueldo mensual de 60 ducados de Castilla.

Ocupó esta plaza durante un año y ciento cinco días, es decir, hasta el 19 de octubre de 1698, fecha en que arribó a Cavite, isla de Luzón, archipiélago filipino, en viaje de regreso.

Permaneció en el puerto de Cavite, como piloto entretenido [2], hasta que el 22 de junio de 1699 fue nombrado piloto mayor del patache “Santa Rosa», el cual había de realizar aquel año el viaje regular a las islas Marianas para llevar el situado ordinario y la gente necesaria para su guarnición. Las incidencias de este accidentado viaje, en el que se le asignó un sueldo anual de 300 pesos y la ración ordinaria, se conoce en detalle por el Diario de Navegación redactado por el propio Fernández Rojas, en su calidad de piloto, y el cual figura en el Testimonio de Autos sobre la arribada del patache “Santa Rosa” que se despachó para las islas Marianas en el pasado año de 1699, el cual se conserva en el Archivo General de Indias, de Sevilla.

La frustración del referido viaje dio motivo a un expediente para averiguar sus causas, y en el que todos los dictámenes y exámenes técnicos fueron favorables y elogiosos para Fernández Rojas, por todo lo cual el gobernador dio por fortuita la arribada del patache, dejando a nuestro biografiado libre de todo cargo y favorecido por este contratiempo, donde puso de manifiesto la pericia que le fue reconocida en los informes de los peritos, por lo que antes de concluido el referido expediente, y con fecha 10 de marzo de 1700, le expidió el gobernador el título de piloto acompañado del galeón capitana “Nuestra Señora del Rosario», asignándole un sueldo de 300 pesos anuales.

***

[1] Bagalao es el antiguo nombre del actual puerto de Sorsogon, en la isla de Luzón, archipiélago filipino.

[2] Se llamaba piloto entretenido al aspirante a una plaza efectiva, que está haclendo méritos para obtenerla.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández – Padre José de Arce y Rojas, «Apóstol del Paraguay» (4/4)

Padre José de Arce y Rojas, “Apóstol del Paraguay” (4/4)
(1640-1715)

Los payaguas prepararon una emboscada al padre Blende en la que le dieron muerte, y esperaban al padre Arce para sacrificarlo de igual modo. El padre Arce, al no hallar el barco ni al padre Blende, compuso una embarcación y en ella se embarcó con los trece neófitos a principios de diciembre. Hallo los cadáveres del padre Blende y sus compañeros, y desatendiendo el peligro de encontrarse con los payaguas cayó en manos de ellos. Al primer lance aferraron la embarcación y la llevaron a tierra.

El primero que entró en ella fue Cotaga, hijo de un hechicero, que, llegado al padre Arce, le sacó a la playa echándole con ímpetu en el suelo, para lo cual fue menester muy poco por lo débil que se hallaba, y le dio tan fiero golpe en la cabeza que le quitó al punto la vida sin poder decir otra cosa sino: “Hijos míos muy amados, ¿por que hacéis esto?». Los demás compañeros fueron asesinados también, salvo uno que se salvo.

Los asesinos llevaron el cuerpo del padre Arce al otro lado del río y lo entregaron a los guaycurús, cómplices de ellos. Estos tomaron el cadáver y lo maltrataron y zahirieron. Era diciembre de 1715.

Así falleció el Padre Arce, cuando buscaba el ansiado camino para el Perú, que había de facilitar extraordinariamente las tareas apostólicas del Chaco. Tenía casi 75 años de edad; 45 de religión y 29 de profesión de cuatro votos, que había hecho el 15 de agosto de 1686. Se supo la muerte del padre Arce por cuatro compañeros cristianos llamados José Mazzabis, Jacinto Poquibiqui, Pablo Tubari y Pedro Melchor Guarayo, que habiendo sido esclavos de los payaguás fueron rescatados por los padres en el primer viaje, y en éste los había llevado el padre Arce como intérpretes, quedando ahora esclavos por segunda vez de los payaguas.

Pero también se libraron nuevamente, pues en enero de 1718, en compañía de una india asionés, también esclava, y pretextando ir en busca de frutos silvestres, se fugaron, llegando a San Rafael de los Chiquitos. En Asunción el P. M. Fr. Jose de Zerza, comendador de Nuestra Señora de la Merced, amigo íntimo del padre Arce por haber sido su discípulo de Filosofía, dice que en el momento de su martirio lo vio entrar en la celda y le dijo con tierno afecto: “Hijo, encomiéndame a Dios, porque me hallo en grandes angustias».

Además de las fatigas que pasó entre los chiriguanás, chiquitos y guaraníes, en el descubrimiento del río Paraguay, y las conversiones que hizo en las iglesias que fundó, aprendió los lenguajes chiquito, quichuo, guaraní, chiriguaná y payaguá. Fue de aventajado talento en el púlpito.

Hallándose en Córdoba de Tucumán, en cuya Real Universidad fue descargado de la ocupación de leer las Facultades mayores, se le encargó predicar sobre las virtudes de San Francisco Javier, en la festividad de este santo, y por modestia al subir al púlpito se excusó de no tener dotes de orador y, en lenguaje poco elegante, dijo algo de doctrina cristiana. Cierto discípulo suyo en Filosofía, en teatro público y en traje de bufón, representó dicha acción moviendo a risa a los oyentes. El padre Arce, en lugar de ofenderse, se lo agradeció, por lo que aquél, en adelante, se convirtió en panegirista de sus virtudes.

Vistió siempre con mucha humildad y era parco en el comer. En una calabaza que le servia de olla, escudilla y vaso, cocía un poco de maíz con agua y, sin otro aderezo, lo comía, y sólo por enfermedad comía un pedazo de carne mal asada.

Así fue la vida de este misionero que ha merecido de la posteridad el sobrenombre de “Apóstol del Paraguay».