[*Otro}– Palmeros en América / David W. Fernández: Domingo Pantaleon Álvarez de Abreu (1/2)

Domingo Pantaleón Álvarez de Abreu
(1683-1763)

Uno de los canarios más ilustres del siglo XVIII fue el arzobispo Álvarez de Abreu, quien rigió los destinos del arzobispado de Santo Domingo, Republica Dominicana, durante mas de cinco años.

En la casa número 25 de la entonces llamada ‘Calle de la Carnicería’, de la ciudad de Santa Cruz de La Palma (Canarias), nació don Domingo Pantaleón Álvarez de Abreu, el 27 de julio de 1863, siendo bautizado en la parroquia matriz de El Salvador, de la misma ciudad, el 4 de agosto del mismo año.

Era hijo del sargento don Domingo Álvarez Hernández y de doña María Yanes Abreu, nieto por línea paterna del marinero don José Hernández Álvarez y de doña Ana Hernández y Hernández, y nieto por línea materna de don Pedro Yanes Hernández y de doña María Abreu y Díaz-Pimienta. Fueron sus bisabuelos paterno-paternos don Antonio Hernández y Díaz-Pimienta y doña María González, sus bisabuelos paterno-maternos don Domingo Hernández y doña Isabel Hernández, sus bisabuelos materno-paternos don Pedro Yanes y doña Isabel Hernández, distinta de la ya

nombrada, y sus bisabuelos materno-maternos don Miguel Abreu y doña Jacinta Díaz-Pimienta y de Oca.

Podemos agregar, respecto a los antepasados del personaje que nos ocupa, que eran primos hermanos entre sí, sus expresados bisabuelos don Antonio Hernández y Díaz-Pimienta y doña Jacinta Díaz-Pimienta y de Oca, pues fue don Antonio hijo de don Luis Hernández Álvarez y de doña Felipa Díaz-Pimienta y Franco, y doña Jacinta, hija del capitán don Francisco Díaz-Pimienta y Franco y de doña Mencía de Oca. Siendo hermanos doña Felipa Díaz-Pimienta y Franco y el capitán don Francisco Díaz-Pimienta y Franco, y ambos hijos del capitán don Diego Díaz-Pimienta y de doña Mayor Franco, estos últimos abuelos cuartos de don Domingo Pantaleón Álvarez de Abreu. Todos los citados fueron naturales o vecinos de diferentes lugares de la isla de La Palma, con excepción de doña Mencía de Oca, que fue vecina de Sevilla.

Pertenecía nuestro biografiado a una familia que, si bien no tuvo los orígenes que algunos han pretendido darle, dio figuras tan ilustres como la del personaje que nos ocupa, su hermano don Antonio José Álvarez de Abreu, primer marqués de la Regalía (1688-1756), y su sobrino, el también obispo don Miguel Anselmo Álvarez de Abreu y Valdés (1710-1774).

Hemos insistido tanto en su genealogía porque, a pesar de estar bastante estudiada, es frecuente hallaría deformada por algunos historiadores, sobre todo cuando hacen referencia al primer marqués de la Regalía.

Realizó sus primeros estudios en su ciudad natal, donde los colegios sostenidos por franciscanos y dominicos satisfacían las exigencias de entonces. De allí pasó a seguir estudios de Latinidad y Filosofía en el convento de San Agustín, en La Laguna de Tenerife, y trasladado más tarde a la España peninsular, alcanzó el grado de doctor en Cánones por la Universidad de Ávila.

En La Laguna de Tenerife fue luego Cura Beneficiado de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Concepción, y Vicario Foráneo del partido, juez de la Santa Cruzada, visitador sinodal del obispado, y abogado fiscal de la Cámara Apostólica. En Las Palmas de Gran Canaria, sede de la Catedral de Canaria, fue Racionero el 9 de Julio de 1715, pasando a ocupar la Canonjía octava de la misma catedral el 27 de septiembre de 1722. Ascendido más tarde a Arcediano de Tenerife tomo posesión el 17 de agosto de 1732, y fue trasladado a Arcediano de Canaria posteriormente, tomando posesión de esta dignidad el 8 de noviembre de 1734.

En 1734 compró, por 89.506 reales, la casa de don Francisco de Monteverde, en Santa Cruz de Tenerife, situada en lo quo es hoy la avenida Marítima, frente a la muralla que desde la plaza del Castillo de San Cristóbal se dirigía a la playa de los Pescadores, y la constituyó en vínculo a favor de su tío paterno, don Santiago Álvarez de Abreu, capitán de Milicias provinciales y veedor y contador general de la Gente de Guerra de Canarias.

Más tarde, el 20 de mayo de 1737, fue exaltado a la Silla Arzobispal de Santo Domingo, cuya consagración solemne la efectuó el obispo don Pedro Manuel Dávila Cárdenas, en la catedral de Canaria, el domingo 17 de agosto de 1738, lo cual constituyó, al decir de Viera y Clavijo, un “… nuevo y agradable espectáculo para las Canarias, que vieron por la primera vez esta augusta ceremonia en hijo suyo».

El 28 de diciembre de 1738 consagró en Tenerife el templo del real convento de Nuestra Señora de Candelaria, patrona general de las islas Canarias, y ya se hallaba en Santo Domingo, al frente de su arquidiócesis, en julio de 1739.

Durante su periodo arquiepiscopal en Santo Domingo tomó tanto interés en el régimen espiritual de la isla como en el buen éxito de su administración temporal, ayudando en gran manera al gobernador y capitán general de Santo Domingo y presidente de su real Audiencia, que lo era a la sazón el brigadier don Pedro Zorrilla de San Martin.

Comenzó su primera visita pastoral por la catedral de Santo Domingo el 26 de octubre de 1739 y durante la misma levantó en sus parroquias el espíritu de sus feligreses en quienes despertaba esperanzas lisonjeras, y, en algunos casos, nombró visitadores generales que imitaban su ejemplo y alimentaban el culto.

Uno de estos visitadores generales fue el prelado Dr. don Antonio de la Concha y Solano, quien reconoció, ante la presencia de testigos calificados, el tesorero del santuario de Higüey, en la actual provincia de La Altagracia, el 15 de mayo de 1740, dando testimonio de su satisfacción por la honradez y cuidado con que, desde 1738 lo manejaba don Pedro del Castillo.

Donó a la Catedral de Santo Domingo un incensario y una naveta de oro, un ornamento completo y unas andas de plata para el Santísimo. Reedificó la iglesia de San Sebastián, concluyó la edificación del convento e iglesia de Santa Rosa. Agregó al Seminario Tridentino el edificio de San Pantaleón y en el instituyó las cátedras de Cánones y Leyes y Sagradas Ceremonias y destinó becas al de San Pablo para canonistas y legistas. También concluyó la secularización de todos los beneficios curados de los regulares.

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