[*Otros]– Palmeros en América / David W. Fernández: Antonio Fernández Rojas (4/4)

Antonio Fernández Rojas
(1671-1729)

Fernández Rojas fue nombrado el 13 de enero de 1724 castellano del castillo de San Felipe del Puerto de Cavite, justicia mayor de su jurisdicción, y superintendente de las reales fábricas a efectuarse en la ribera del dicho puerto, del que se le despachó auto de merced en forma ordinaria dos días después. La real confirmación le fue concedida por título expedido el 23 de noviembre de 1727, es decir, tres años después cuando ya ocupaba otro destino. Durante los cerca de tres años que se desempeñó como castellano de Cavite pasó, por orden del gobernador, a la provincia de Tayabas y visitó la ensenada de Tagava, junto a Catanauan, así como la isla de Capulan, indicada, por el alcalde mayor de aquella provincia, como los lugares más adecuados para el establecimiento de astilleros, de los cuales escogió para tal este último, aunque estimaba necesario construir en él una fortaleza de firme estacada para su mejor defensa en caso de ataque.

Como, por otra parte, el gobernador había designado a otras personas para reconocer, con idéntico fin, los montes de Pangasinan, Pampanga y Bulacan, ordenó finalmente que Fernández Rojas convocara una junta de técnicos en la cual, y en base a los datos obtenidos, se dictaminara el definitivo emplazamiento del astillero, el cual fue Cavite, por acuerdo del 31 de diciembre de 1726 de la referida junta. Por este tiempo, también se encargó Fernández Rojas de delinear los galibos del nuevo galeón capitana “Nuestra Señora de Guíaa», que había de mandar más tarde, y el cual debía ser del porte del “Santo Cristo de Burgos», entonces recién perdido en Ticao, cuyo informe lo acredita como muy experto en construcción naval, pues va razonando con todo detalle todos y cada uno de los puntos de su proyecto, exponiendo acertadamente las causas por las cuales se desvía de las normas y principios seguidos en los demás astilleros reales. Este informe mereció la aprobación de la junta de técnicos a la cual fue sometido el 2 de enero de 1727, quedando ordenado que se realizara, bajo su dirección, la construcción de la nao para su primer viaje en 1728.

Además del referido galeón dirigió también la fábrica de la fragata “Jesús María». En atención a los relevantes méritos y servicios prestados le fue concedida a Fernández Rojas, y por Real Cédula del 22 de febrero de 1728, una gratificación de cincuenta pesos mensuales, equivalentes al sueldo que tenia asignado, pero cuando llegó a Manila ya el beneficiario había fallecido.

El 10 de julio de 1728 zarpó de Cavite el galeón “Nuestra Señora de Guia», al mando del general Fernández Rojas, desde el 12 de septiembre de 1727, iniciando así el que había de ser su último viaje, el cual daba fondo en la boca del puerto de Acapulco, con mucha gente enferma a bordo, el 26 de enero de 1729. Entre esta debía hallarse el general. Por ello no pudieron entrar a puerto hasta el 28 al amanecer. Entre esta fecha y el último de enero de 1729 falleció, probablemente, en aquel puerto, nuestro Fernández Rojas.

En Manila había contraído matrimonio dos veces. La primera con doña Maria del Rosario Domínguez, y la segunda, con doña Teresa Gutiérrez y Escaño, que le sobrevivió, pero de ninguno de ellos tuvo sucesión, como tampoco la tuvieron sus hermanos que, como ya vimos, siguieron la vida religiosa.

Aparte de su notable labor de piloto, este valiente marinero, que obtuvo los títulos de almirante de la carrera de Filipinas y de adelantado de las islas Palaos, se distinguió asimismo como excelente constructor naval, como experto cartógrafo, y como ingeniero militar de valía. Como ingeniero militar trazó la planta de la fuerza de Santa Isabel, en Taytay, cabecera de la provincia de Calamianes, en la isla de La Paragua, la cual visitó en 1721 con la armada a su mando, y estudió dos posibles emplazamientos para un fuerte de piedra; uno sobre la cima de un cerro en el que existía un fortín llamado La Retirada, y otro en un mogote que avanzaba hacia el mar por la parte oriental del pueblo. Para cada uno de los dos trazó una planta de fortificación, durante los dos meses que paso dirigiendo la reparación de la fuerza de estacada que allí existía, y de los cuales el segundo fue acordado levantarlo por la junta de guerra del 12 de marzo de 1723. Delineó también la fortificación de San Juan Bautista, en la isla de Lalutaya, que pertenecía a su encomienda, corriendo además con la cuenta de la construcción, manutención y defensa de la misma.

Fue autor asimismo de derroteros y cartas planas, como el usado en la carrera de Filipinas, y del que solamente conocemos la cita que de él hace Juan Francisco de San Antonio en sus Chronicas, en las que, por cierto, hace mención también del célebre almirante tinerfeño Jose González Cabrera Bueno.

Asimismo es autor de un mapa de la isla Capulan, la cual reconoció para establecer un astillero. Sin embargo, su obra mas significativa en el campo de la cartografía, y la de más importancia que haya llegado hasta nosotros, fue la “Topographia de la Ciudad de Manila, Capital de las islas Philipinas. Fundada en la de Luzón, Nuevo Reino de Castilla. Dedicada al Rey Nuestro Señor D. Felipe V (que Dios guarde) por el Mariscal de Campo D. Fernando Valdés Ramón su Gobernador y Capitán General de dichas Yslas y Presidenfe de la Real Audlincia y Chancilleria de ellas. Delineado de orden de Su Magestad or D. Antonio Fernádez de Roxas y exculpida por Fr. Hipóito Ximénez del Orden de la Hospitalidad del Glorioso San Juan de Dios”.

Ignoramos la fecha y lugar exactos de esta impresión, pero fue entre 1715 y 1720, y el lugar debió ser seguramente Méjico, o tal vez Manila misma. Esta obra maestra de Fernandez Rojas es un magnifico documento gráfico, de excelente calidad, que nos da una visión clara y exacta de la ciudad de Manila y de sus aledaños, los cuales aparecen incluidos en la misma, pero el valor de esta obra es especialmente notable para el recinto intramuros, cuyos edificios religiosos y civiles se reproducen con gran fidelidad, hasta en los mas pequeños detalles, dándonos una idea viva y animada de la ciudad.

Hemos resumido así la vida y la obra de uno de los hombres gloriosos de Canarias, cuyo conocimiento, por parte de sus paisanos, no ha logrado alcanzar el aprecio que ella merece.

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