[*Opino}– Acerca de ‘Repartir Canarios’.

Carlos M. Padrón

En el artículo Al maestro, con cariño que publiqué el día 01 del pasado julio, y que enriqueceré con datos que acerca de Don Santiago García Castro recogí ahora en Canarias, hablé de los godos. Algunos parientes me comentaron que al leer ese artículo sus hijos les preguntaron qué eran godos, lo cual me alegró porque deduje que si esos muchachos no sabían qué eran godos, era porque esa odiosa especie se había extinguido.

Pero no, tonto de mí. Según este escrito, “Repartir Canarios”, que firma un tal Javier Calvo, todavía existen godos.

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Repartir canarios

Mi mujer y yo estamos cada vez mas preocupados con los miles de africanos que llegan cada día a las Canarias. Al ver cómo la vicepresidenta del Gobierno le pedía ayuda desesperada a la presidencia de turno de la Unión Europea, sentimos una extraña disociación mental en forma de comprensión total por ambas partes. Por un lado, si yo viviera en Helsinki, me la sudaría lo que pasa en las Canarias. Por otro lado, lo de los cayucos es lo más parecido al Apocalipsis que he visto fuera de un cine. ¿A quién apoyar? Al final, usando un mapa y una regla, vimos que estamos más cerca de Tenerife que de Finlandia. Así que nos hemos concienciado y ahora también buscamos soluciones.

Al principio pensamos en poblar las costas Canarias de tiburones. Eso funcionaría como factor disuasorio, pero es cuestión de tiempo que los tiburones se comieran a algún niño canario. Construir una verja en el mar que rodeara las islas también parece buena idea, pero enseguida tuve una visión de los africanos trepando por la verja y tirando el cayuco por encima. Al final, como siempre, la solución es tan fácil que nadie la ve: hay que renunciar a la soberanía de las Canarias. Que se las queden. Problema solucionado.

Así, en vez de repartirnos inmigrantes por la península, nos repartimos a los canarios. Que vean que los godos somos buena gente. Yo mismo me ofrezco para alojar a un canario en casa. A condición de que planche y sepa cocinar.

jcalvo@diarioadn.com
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no sólo existen todavía los godos sino que se autodenominan así, o al menos lo hace el tal Javier Calvo quien, por la forma en que se expresa, es de verdad uno de esos especímenes de godo que describí en “Al maestro, con cariño”: un despectivo, arrogante y, por supuesto, ignorante que, encima, se cree gracioso.

La fuerza de su ignorancia le lleva a jugar con fuego y a no reparar en que, antes que la invasión de africanos, tuvimos en Canarias la invasión de godos. La diferencia es que los africanos de ahora llegan en pateras, y los godos llegaban en alpargatas y “adornados” de unos atributos y conductas que el poeta palmero (natural de Santa Cruz de La Palma, Canarias) Domingo Acosta inmortalizó en este poema, escrito en la época de la invasión goda a Canarias, titulado NO-DO (creo que acrónimo de Noticieros y Documentales) ya que ése era el nombre del corto cinematográfic que, hecho en Madrid y enviado desde allá en la época de Franco, era obligatorio proyectar en los cines antes de la película de turno.

Lean el poema con detenimiento; no tiene desperdicio. Domingo Acosta, con su característico lenguaje procaz, se lo dedicó a los godos de la invasión de los años 40 y 50, y yo se lo dedico al tal Javier Calvo ya que describe a cabalidad a tipos “buena gente” como él.

           N O-D O

Llega un godo y otro godo
a esta tierra hospitalaria
vociferando de todo.
Hallan plácido acomodo
y arrojan la solitaria(*).

Empiezan a codearse,
a echar andorga y tupé,
a ver al sastre, a bañarse,
a fumar puros y a hartarse
de sentarse en el café.

Quien que de estirpe preclara
pregona por las esquinas,
de venir de los Mañana.
de Ladrones de Guevara…
o ladrones de gallinas.

Cual que tiene por divisa
presentar el nalgatorio
por donde le da la brisa,
y tal que es para tenorio
más feo que un pedo en misa,
persigue de un nuevo rico
algún guayabo en sazón
y el país le sale chico
para ser cabrón y pico
que es pasarse de cabrón.

Cual otro que de saber
no duerme en adquirir fama
sin llegar a conocer
que no ha pasado de ser
distinguido coño-mama.

De godos y sarracenos
nos llega cada ejemplar
que el que más como el que menos
tenemos los huevos llenos
sin poderlo remediar.

Esto lo dijo un palmero
que está bien harto de godos.
Después, volviendo el trasero,
rubricó, con gran salero,
cuatro pedos para todos.

(*): Debilidad congénita producida por la eterna mantenencia de roscas y sardinas, si las hubiere.

[*ElPaso}– El himeneo de Marianito

02-09-2006

Carlos M. Padrón.

Los bailes en fechas señaladas —como las patronales, carnavales, etc.— eran muy esperados y concurridos, pero José Mariano, por todos conocido como Marianito, asistía a ellos sólo para mirar desde el borde de la pista cómo sus amigos bailaban y se relacionaban con las muchachas del pueblo, y cómo alguna de esas relaciones maduraba y llegaba al matrimonio después de una “mocedad” (léase noviazgo) oficial, mientras él, hombre por demás trabajador, honesto y tímido, seguía dedicado, año tras año, a las tareas del campo, al cuidado de sus animales… y a fumar su inseparable cachimba (especie de pipa artesanal hecha de madera de brezo).

Sus amigos, sabedores de que Marianito era virgen, que estaba en edad de casarse, pero que, por su gran timidez, no iba jamás a dirigirse a una muchacha para iniciar una relación ni para ninguna otra cosa, decidieron tomar cartas en el asunto.

Comenzaron por hacer mentalmente una lista de las muchachas solteras y sin compromiso —de edad adecuada para Marianito y que, en opinión de ellos, le gustaban a él— y luego le hablaron sutilmente de cada una hasta detectar cuáles eran sus preferidas. Después de identificadas éstas, buscaron consenso sobre una en particular, y la agraciada fue Juana, una muchacha que reunía las condiciones ya mencionadas y, además, tenía características personales bastante parecidas a las que adornaban a Marianito.

El próximo paso fue arreglárselas para que, por “casualidad”, Marianito y Juana coincidieran en varios eventos sociales (recogidas y peladas de almendras, bodas, trillas, etc.) y en forma tal que se vieran obligados a dirigirse la palabra o, cuando menos, dedicarse miradas un tanto sugerentes.

Por supuesto, los amigos de Marianito se encargaron de contarle oportunamente a él que, según serias averiguaciones y comentarios de buena fuente, Juana lo quería, pero, como era de rigor, estaba esperando que él tomara la iniciativa y le propusiera algo más formal. Y, para completar la tarea, le comentaban a Juana que Marianito, cuyas virtudes le ensalzaban, suspiraba por ella y estaba buscando arrestos para atreverse a proponerle una relación formal.

El plan funcionó, tal vez porque las alternativas del uno y de la otra eran escasas o nulas, y después que Marianito se atrevió a plantearle noviazgo a Juana, y de las subsiguientes visitas que le hizo en la casa de sus padres —los domingos y los jueves, con chaperona presente y durante un tiempo prudencial, según exigía el protocolo— fijaron fecha y se casaron.

En aquellos tiempos no se acostumbraba —pues no había ni infraestructura ni facilidades económicas que lo permitieran— pasar la luna de miel en un hotel o en un lugar diferente al pueblo. Los novios se desposaban en el lugar donde iban a vivir, que a veces era una habitación en la casa de los padres de él o de ella. En el caso de Marianito y Juana, el lugar elegido fue la casa, ubicada en un barrio de los altos de El Paso, que Marianito había heredado de sus padres; una de dos plantas que en la baja tenía la lonja, o lugar de despejo, y en la alta el dormitorio y las otras dependencias básicas. El dormitorio contaba con una especie de terraza cuyo borde exterior quedaba justo sobre la entrada de la lonja.

La noche de la boda, la celebración fue también en esa casa, y un poco antes de media noche los invitados se retiraron todos… excepto los amigos “celestinos” de Marianito que se fueron a los bajos de la casa y se escondieron, pegados a la puerta de la lonja, y aguardaron pacientemente.

Como a eso de las dos de la madrugada se oyó el rechinar de una puerta seguido por unos pasos en la terraza que procedían del dormitorio. Los amigos de Marianito, aún bien pegados a la puerta de la lonja para que la luz de la Luna no los hiciera visibles, miraron hacía arriba y, cuando la llama del mechero que Marianito usó para dar fuego a su pipa iluminó completamente la cara de éste, parado al borde de la terraza y dispuesto a “echarse un cachimbazo”, se separaron enseguida de la puerta hasta un punto en que Marianito pudiera verlos, y con un “¡Psst!” en baja voz para que Juana no oyera, llamaron su atención.

Marianito miró hacia abajo, y entonces ellos, igualmente en voz baja, le preguntaron:

—Marianito, Marianito, ¿cómo estuvo eso?

La expresión de Marianito se tornó radiante como la de un niño que encuentra el regalo de Reyes que tanto deseaba, y a voz en cuello, y con tono de alborozada alegría, contestó:

—¡¡Coño, eso es más bueno que el arroz con leche!!

[*Opino}– Un caso de aversión nacional y visceral

Carlos M. Padrón

Pasa el tiempo y mi alergia a términos como “fichero” y “ordenador” no desaparece. Tengo para mí que, sobre todo el segundo, es producto de un antigringuismo a ultranza, reflejo tal vez de un complejo de gentilicio, pues el computador como tal nació en USA, y también la computación.

Antes de la aparición del sistema operativo se usaban máquinas —que en muchos de los países hispanohablantes del otro lado del charco, donde hay unos cuantos millones más que en España, llamábamos “de registro directo”— que ejecutaban un programa por vez y trabajaban en base a tarjetas perforadas. El trabajo de tales máquinas se basaba principalmente en leer el contenido de las tarjetas perforadas, ordenarlo e imprimirlo; de ahí que podría aceptarse que se las llamara ‘ordenadores’, y que, como las tarjetas perforadas se guardaban en grandes gaveteros como si fueran fichas, a un conjunto dado de ellas se les llamara ‘fichero’. Por ejemplo, el fichero de nómina de enero/1956, que contenía las tarjetas perforadas con la información de lo que había que pagar por la nómina correspondiente a ese mes.

Pero con el advenimiento del sistema operativo apareció una máquina que hacía mucho, pero mucho más, que ordenar; que no se alimentaba con fichas —dejando así obsoleto lo de ‘fichero’— y a la que en inglés se le llamó “computer”, término que fue aceptado por las más de las lenguas del mundo excepto por algunas como la francesa y la española. Esto no obstante, el DRAE registra la palabra “computador” o “computadora” además de “ordenador”. ¿Por qué, entonces, usar ordenador?. Es aquí donde creo que aparece el antes mencionado complejo.

Lo paradójico del caso es que en relación con la informática o ciencia de la computación existen términos derivados de ‘computador’ que no hay modo de hacer que deriven de ‘ordenador’, y, por ello, a pesar de que en España insisten en llamar ‘ordenador’ al ‘computador’ (lo cual me resulta insultante para una máquina tan maravillosa como el computador o computadora, y de ahí mi alergia, por decir lo menos) tienen que usar términos como computación o computacional. ¿Qué sentido tiene decir que supercomputación o computacional derivan de ordenador? Vean, como muestra, este pasaje que apareció en no recuerdo qué medio español: ‘Para su estudio, en consecuencia, se emplean potentes sistemas computacionales donde se simulan sus componentes, sus conexiones y sus interacciones,…”. O el artículo que copio más abajo y que extraje del diario español ABC, URL http://www.abc.es/teknologica/index.asp).

Desde el comienzo de la computación, el afán que los español por traducir lo intraducible h sido proverbial y rozado lo rid;iculo, y cuando parecía que comenzaba imponerse en esto un cierto grado de sensatez, este 13/08/2006 acaba de aparecer un artículo, del que más abajo copio un párrafo, en el que aún dicen octeto donde deberían decir, lo que me recuerda que una vez, para referirse al llamdo ‘linkage editor’ decían ‘compaginador de vinculación’ o ‘vinculador de enlace’; etc. Con el tiempo, y sobre todo con la expansión de Internet, no han tenido más remedio que aceptar términos como ‘byte’ (aunque ya veo que vuelven con él a las andadas), ‘online’, ‘phising’, ‘web’, ‘blog’, ‘cookie’ y muchos otros, pero insisten en traducir ‘email’ con el ridículo nombre de ‘emilio’ o ‘emilia’. Huelgan los comentarios.

Lamentablemente para los que así proceden, les guste o no, el idioma de la computación es el inglés, y por más que instalen en su computadora programas que supuestamente están en español, incluido el Windows, siempre aparecerán en pantalla mensajes en inglés, Y además, como la traducción al español de un término en inglés ocupa generalmente mucho más espacio que éste pero ambos aparecen enmarcados en un espacio de igual tamaño calculado para que quepan bien los términos en inglés, hay que arreglárselas para poder leer sus traducciones al español que muchas veces son, además de ininteligibles, risibles.

Por mi parte, seguiré,
— poniendo computador donde digan ordenador.
— poniendo archivo donde digan fichero. Aún no he logrado dos explicaciones iguales y con sentido sobre la diferencia entre ambos términos, pues usan los dos.
— poniendo byte donde diga octeto,… y se trate de computación.

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Un superordenador realiza la más precisa simulación informática de los «agujeros negros»

MADRID. Investigadores de la NASA han alcanzado un nuevo hito en supercomputación con el que ha sido posible reconstruir cómo se comportan y qué apariencia tienen las ondas gravitatorias ….. Otros equipos de investigadores habían intentado ese mismo objetivo, pero fracasaron en su intento. La NASA anunció ayer que, con ayuda de su más potente superordenador, este equipo sí ha logrado con éxito culminar su simulación informática.

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Párrafo de un artículo aparecido el 13 de agosto de 2006 en Yahoo! de España (sospecho que eso de darle a una compañía el nombre de YAHOO!, con exclamación al final, es producto de una deficiencia hormonal) en el que aún, y aunque parezca mentira, se habla de octetos en vez de bytes. ¡Simplemente PATÉTICO!.

13 de agosto de 2006

El primer PC: pesado, lento y terriblemente caro.

SAN FRANCISCO (AFP) – ….. el aparato puesto a la venta el 12 de agosto de 1981 había sido bautizado con un nombre tan poco atractivo como ‘IBM 5150 PC’, llevaba en una pantalla monocromada (NotaCMP.- O sea, monocromática) verde, un procesador Intel de 4,77 megahertzios y una memoria de 16 kilo-octetos)

[*ElPaso}– Mujer importada

13-08-2006

Carlos M. Padrón

Antonio, un muchacho de El Paso, emigró a Venezuela a comienzos de los 50, y Nieves, su novia, una muchacha también de El Paso, espigada y de buen ver sin ser una belleza, quedó esperando a que Antonio regresara a casarse con ella, o a que se casaran por poder y fuera ella a Venezuela a reunirse con él, según un trámite que fue bastante usado durante las décadas de los 50 y 60.

Por años, y como hicieron muchas otras muchachas, Nieves le “guardó la ausencia” a Antonio, o sea, se alejó de la vida social y sólo iba a misa, a funerales y a la boda de algún familiar cercano, pero nada de bailes, cine ni diversiones de ningún tipo.

Pero como el amor y la distancia no suelen hacer buenas migas, Antonio se casó en Venezuela con una mujer que poco tenía que agradecer a Dios por su físico, pues pequeña, regordeta y hasta con algo de joroba, no tenía ninguno de los atributos que hacen atractiva a una fémina. Y Nieves quedó para vestir santos, lo cual Doña Andrea, la madre de Nieves, nunca le perdonó a Antonio.

Pasaron los años, y un buen día Antonio regresó a El Paso trayendo consigo a su mujer «importada».

Como con cualquier otro “indiano” (así llamaban a los que venían de Venezuela, como llamaron antes a los que venían de Cuba), la noticia de su llegada corrió por todo el pueblo, que se hizo planes para asistir a la misa mayor del domingo inmediato siguiente a la llegada de Antonio, ya que era ley no escrita que él y su mujer debían ir a esa misa y, a la salida, saludar a todos los que allí iban a reunirse para ese fin, aunque fingiendo que no.

Y así ocurrió. Antonio y su mujer fueron a la misa mayor del domingo, y terminada la misa pasaron algún tiempo saludando, aún dentro de la iglesia, a los parientes y más conocidos, que por serlo se acercaron a ellos de inmediato.

El tiempo que dedicaron a esto lo aprovechó el resto de la gente para tomar posiciones afuera, frente a la puerta de la iglesia, y en particular lo aprovechó el “Consejo de Ancianas” cuya misión, implícitamente aceptada pero jamás declarada, era evaluar a la mujer de Antonio ya que ella no era de El Paso.

Un miembro distinguido de ese consejo era Doña Andrea.

Cuando por fin salieron Antonio y su mujer, comenzaron a saludar a unos y a otros hasta que dieron con la fila cerrada que formaban las ancianas del Consejo. Antonio fue presentando a su mujer a cada una de ellas, y al llegar a Doña Andrea —momento que todos esperaban con ansia—, ésta dio un paso atrás, con ojo crítico escaneó de arriba a abajo a la mujer de Antonio y, mirándolo luego a él directamente a los ojos, le dijo bien alto, para que todos pudieran oír:

—Pues para conseguir algo como esto no había que ir tan lejos.

[*Opino}– La guerra de los sexos: 9 – Travestidas para triunfar

Carlos M. Padrón

Acerca del artículo que copio abajo.

¿Quién las obliga a invertir importantes sumas de dinero en vestidos, cosméticos, gimnasios, dietas y otros calvarios, para conseguir un mayor atractivo? Nadie.

¿Quién a tratar de alargar la esclavitud derivada de eso? Nadie.
¿Alguien sería capaz de decir que no les gusta hacerlo? No lo creo; lo hacen porque les gusta hacerlo.

No estoy de acuerdo en que “sólo mediante este transformismo teatrero las mujeres han conseguido avanzar en sus carreras profesionales”, pero sí he visto que muchas de las tales travestidas creen que con sólo disfrazarse así ya tienen los requisitos para la posición; o sea, creen que el hábito hace al monje.

Mi experiencia al respecto es que, salvo excepciones, las mujeres que han avanzado en posiciones dentro de un empresa lo han hecho porque, sin dejar de ser mujeres ni esconder su feminidad, han sabido enseriarse y dejar de lado los típicos mohines, los gestos de mimo y coqueteo, el tono de niña desvalida y mimada, y un sinnúmero de otros ardides que usados en el ambiente empresarial sólo producen desconfianza y crean la impresión de que ocultan una grave incompetencia.

En una gran mayoría de mujeres existen manifestaciones de coquetería y vanidad, deseos de lucirse, de ostentar, de llamar la atención y de causar envidia en sus congéneres, pues, salvo en casos puntuales de caza del varón, ellas no se maquillan, trajean, enjoyan, se hacen cirugía estética, etc. para gustar a los hombres sino para ver de deslumbrar y “darle casquillo” a otras mujeres. Esa pelea que la autora se empeña en montar entre mujeres y hombres es en realidad entre sólo mujeres, y tal vez por ello es por lo que, en general, una mujer siempre preferirá tener por jefe a un hombre que no tener por jefe a otra una mujer. Con eso se ahrra muchas intrigas y competencias extenuantes.

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F. Gavilán

Decía Aristóteles que «la belleza es la mejor carta de presentación». No parece faltarle razón al filósofo a juzgar por los millones de personas, especialmente mujeres, preocupadas por la apariencia física. Ésta juega un importante papel en nuestras vidas y ofrece múltiples ventajas. Sin embargo, el atractivo femenino se convierte en una clara desventaja cuando las mujeres aspiran a ocupar puestos directivos tradicionalmente masculinos.

Deslumbrados por la belleza de la nueva secretaria, dos ejecutivos decidieron ponerla al tanto del funcionamiento de la empresa. «Tú enséñale lo que está bien, y yo le enseñaré lo que está mal», apuntó el más osado. Tan célere y lujuriosa predisposición tiene su explicación. Si se le pregunta a la gente qué es lo que más le atrae de los demás en un primer encuentro, la mayoría responderá que la inteligencia, la personalidad o el sentido del humor.

Pero, seguramente, se engaña a sí misma, pues la característica que más impresiona es el atractivo físico. La célebre cantante Madonna lo expresa así de claro: «Lo que más me gusta del hombre es la inteligencia, el sentido del humor y un cuerpo fantástico. ¡pero si tiene un cuerpo fantástico, puedo olvidar lo demás!».

El influjo de la belleza se observa, prácticamente, en todos los ámbitos y todas las situaciones. Desde las más intranscendentes —permitir, por ejemplo, que alguien atractivo se salte la cola de hacer fotocopias— hasta las más importantes: optar a puestos de trabajo, elegir amigos, parejas o amantes. Incluso puede afectar positivamente los resultados de exámenes o el veredicto de un jurado, por poner más ejemplos. Esto puede parecer injusto e irracional. pero a menudo es así. Las personas atractivas son, por lo general, más preferidas que las menos agraciadas.

Y es que, según muchos experimentos, la gente percibe a los atractivos como más felices, más sensibles, más cálidos, más sociables. En suma: más interesantes. La belleza vende. No en balde los fabricantes de automóviles (al igual que otros) tratan de seducir a sus potenciales compradores ¡más por las líneas femeninas que por las del propio auto!.

La apariencia física juega, pues, un importante papel. No sólo en los juicios que la gente hace de los demás, sino porque también ofrece muchas ventajas en la vida. Así, no es de extrañar que millones de personas —principalmente mujeres— inviertan importantes sumas de dinero en vestidos, cosméticos, gimnasios, dietas y otros calvarios, para conseguir un mayor atractivo.

Decía Sócrates que «la belleza es una tiranía de corta duración», pero la mayoría de las mujeres trata de alargar esta esclavitud por todos los medios posibles. Alguna, incluso tiene la suerte de heredar los atractivos físicos del padre ¡cuando éste es cirujano plástico!

Pero, en contra de lo que pudiera parecer, no siempre es una ventaja para las mujeres su atractivo físico, especialmente en el entorno laboral, donde los estereotipos sexuales pueden entrar en conflicto. Ahí las mujeres bellas tienen una clara desventaja cuando aspiran a ocupar puestos directivos tradicionalmente masculinos. Ésos en los que los perfiles requeridos se basan en la energía, la independencia y la agresividad por vía genital para imponerse a los demás. Los hombres que poseen estos atributos no tienen que preocuparse ni por los buitres. ¡No se comen a los colegas!.

El atractivo de los hombres, en cambio, siempre es una ventaja, tanto para ocupar puestos de dirección como de subordinación. El de las mujeres, por contra, sólo es ventajoso cuando aspiran a cargos no directivos (secretaria, relaciones públicas, etc.). Son precisamente las mujeres menos agraciadas las que gozan de mayores posibilidades de asumir altas responsabilidades desempeñadas históricamente por hombres. Mucho más aún si, por naturaleza, ya poseen rasgos de personalidad masculinos. como la energía o la dominación antes citados. Como los de esa esposa cuyo marido comentaba a un amigo: «Estábamos con el psicólogo para ver si mi mujer es dominante o no. Primero, ella contó su parte de la historia. ¡y, después, contó mi parte de la historia!».

Con el propósito de paliar el grave inconveniente que la belleza supone para la mujer ambiciosa, ésta se ha visto obligada a practicar lo que podría denominarse «travestismo laboral». Este fenómeno consiste en camuflar su propia imagen para parecer menos atractiva, menos femenina y algo más masculina. Sólo mediante este transformismo teatrero las mujeres han conseguido avanzar en sus carreras profesionales hasta alcanzar las posiciones de poder que ahora ostentan. Pero las más miméticas han cosechado, a veces, hasta reproches maritales, como el de ese directivo que, al contemplar la varonil guisa de su mujer, le espeta: «¡Yo no me casé para acostarme con otro ejecutivo!».

Y es que la forma en que una mujer hermosa se arregla afecta de manera determinante su posibilidad de emplearse en puestos de mando. A priori, casi ningún seleccionador de personal admitiría que mujeres con vestidos típicamente femeninos —ésos que responden al «deseo de revelar y la necesidad de ocultar»—, enjoyadas, maquilladas, con largas uñas pintadas y peinadas con estilo profesional, pudieran ser potenciales directivos de empresa.

Diversos estudios psicológicos han demostrado que las candidatas al más puro estilo femenino son percibidas con menor aptitud de mando, menos interesadas en el trabajo, dependientes de los otros, más sexys —por tanto, proclives al flirteo—, menos asertivas y seguras que las que se travistieron. Con sus prejuicios machistas, muchos hombres no sólo parecen querer tumbar la autoestima de las bellas mujeres sino también sus cuerpos,… sobre el diván de cualquier solitario despacho.

Pero si estas mismas mujeres practican el «travestismo laboral», la percepción que se tiene de ellas es completamente diferente. Si visten trajes de chaqueta impersonales, con corbata o pañuelo, sin apenas maquillaje, con peinados nada sofisticados o con melena corta, serán elegidas posibles candidatas para cargos directivos. La realidad sugiere, pues, que las mujeres con apariencia menos femenina o más masculina son consideradas más competentes y con mayores opciones para triunfar en altos niveles del organigrama empresarial. También alcanzan mejores salarios, mayor aceptación y credibilidad social que las que se presentan acicaladas al modo tradicional femenino. Desgraciadamente, los hechos confirman lo que toda mujer hace tiempo sospecha: si quiere tener éxito en el mundo de los negocios, ha de travestirse para no mostrarse «demasiado femenina». Las bellas, además, a diferencia de las que tienen en la cara una verruga como rasgo más hermoso, sienten inseguridad y desconfianza ante los hombres. No en vano su atractivo puede invitar a indeseados acosos sexuales. Incluso simples secretarias se defienden de ellos practicando también el travestismo.

Es curioso comprobar cómo muchas personas —hombres y mujeres— que se ofenden por las actitudes sexistas de nuestra sociedad, nunca se cuestionan la injusticia de la fórmula del «travestismo laboral». Porque, como se ve, la mentalidad empresarial sigue manteniendo diferentes patrones para hombres y mujeres. Es cierto que los hombres deben seguir también ciertas normas formales de vestir, pero ninguna respecto a su masculinidad. Nadie espera de él que se peine de una forma en la oficina y de otra distinta para acudir a la cita de una cena, por poner un ejemplo. Es lamentable que las mujeres hayan de imitar detestables patrones masculinos para escalar puestos de mayor responsabilidad, en vez de intentar crear otras pautas de relación.

Pero parece que los prejuicios machistas son más difíciles de eliminar que un chicle pegado a un suéter de angora. Tanto, que uno justifica el travestismo y se pregunta: ¿cómo se las hubieran apañado las mujeres si no?

Fuente

[*Drog}– Sufrir por amor

En el plano fisiológico, el enamoramiento implica, a menudo, sufrimiento. Aumenta los ritmos respiratorios y cardíacos, descarga azúcar en la sangre, produce palpitaciones, insomnio, pérdida de apetito, cambios de humor, etcétera. y, aún siendo esta sintomatología importante, lo más preocupante ocurre en el plano psicológico: el enamoramiento transforma por completo el campo perceptivo, de asociaciones, de la vida interior. La persona enamorada se vuelve sorda, ciega e imbécil (hay grados). No comprende nada que no se refiera al objeto de su pasión. Cumple la paradoja de Trischman, ésa que asegura que una pipa da tiempo a un hombre sabio para pensar. y a un tonto algo que ponerse en la boca. La persona amada no es diferente a las demás; tampoco lo es la enamorada. Es el tipo de relación que se establece entre ambos lo que la hace diferente. Los que no conocen esta enfermedad ven a los enamorados fuera de lugar, ¡como asnos en una subasta de purasangres!

No es de extrañar, pues, que muchos psicólogos consideren el enamoramiento como una forma de locura. Esta teoría está sustentada por el hecho de que la gente enamorada hace cosas irracionales, auténticas locuras (como las que hacen los cuerdos, pero éstos sin coartada). Los enamorados parecen estar dominados por fuerzas que no reconocen como suyas, que no pueden controlar, que los arrastran a actuar estúpidamente; incluso los pueden volver violentos.

Son bien conocidos los casos en que algunos enamorados son capaces hasta de matar al objeto de su deseo, especialmente si éste no les corresponde, o incluso suicidarse. A este estado de demencia e insensatez —pues no se puede estar enamorado y ser sensato al mismo tiempo— se llega, a veces, simplemente, por enamorarse de unos ojos o unos labios. ¡pero el enamorado comete el error de desear a la persona entera!.

***

NotaCMP.- En esto si estoy totalmente de acuerdo con la autora —pues creo que a estas alturas ya estarán de acuerdo en que se trata de una mujer—, y lo que me asombra cada vez más es que la sociedad de hoy, que tanto dice preocuparse por la salud física y emocional del ser humano, no haya hecho nada en este sentido. Tampoco lo ha hecho la educación, pues no sé de ninguna escuela, colegio o universidad en la que se expliquen los perniciosos efectos del drogamor y se enseñe cómo combatirlos.

[*Drog}– ¿Perjudica la salud enamorarse?

¡Ah!, el amor, el amor con mayúsculas. cuántos contradictorios sentimientos encierran estas cuatro letras. de la pasión a la decepción, del éxtasis a la desesperación. y, sin embargo, todos se empeñan en probar el dulce veneno, aunque de amor también se muere, y se mate por amor.

Enamorarse es un misterioso fenómeno que sume a las personas que lo atraviesan en un estado extraordinariamente explosivo, eufórico, efervescente e… inconsciente. Los enamorados viven casi en éxtasis. Como en una nube. por encima de las obligaciones y miserias cotidianas. Es una maravillosa sensación que muchos anhelan experimentar, pero pocos son conscientes de que enamorarse es también vivir una extraña mezcla de placer y dolor.

No es coincidencia que el día de los enamorados lo patrocine San Valentín, un tipo apaleado y decapitado por los antiguos romanos, que no se andaban con romanticismos. ¿Qué mejor patrón para los enamorados que un hombre íntimamente familiarizado con el dolor?. Porque aunque el enamoramiento es lo más fantástico que se conoce, también es, ¡ay!, una enfermedad que amenaza desequilibrarnos física y emocionalmente. y que no tiene antídoto ni tratamiento: el que la padece es como el que viaja en un avión en plena tormenta: ¡No puede hacer nada!

NotaCMP.- Viven drogados.

[FP}– 45 años de mi primera foto en y de Venezuela

Carlos M. Padrón

Ésta, la primera foto que tomé en Venezuela y de Venezuela, la hice en la mañana del 26/07/1961, hace hoy 45 años, cuando el ‘Bianca C’, el barco que nos trajo desde Tenerife, atracaba en el muelle de La Guaira.

Aún recuerdo la mala impresión que nos causó la vista general, pues habiendo salido del puerto de Santa Cruz de Tenerife, considerado entonces el más bello de España y uno de lo más ellos de Europa, el shock fue duro.

[*ElPaso}– Miguel el de Angelina

26-07-2006

Carlos M. Padrón

A decir de mi hija Elena, la psicóloga, en El Paso pocos tienen identidad propia, pues la mayoría de las personas “son” de alguien, ya que abundan los nombres como Pancho el de Tajuya, Pepe el de la Exclusiva, Luisa la del Morro, Fernando el de Avelina, Toto el de Carmelina, Juan José el de Benigno, etc.

Creo que la explicación a esta curiosa costumbre nominativa es que, por muchos años, El Paso fue un pueblo de unos 4 mil habitantes, y ubicado, por no decir que aislado, en todo el centro de la mitad del medio de la isla de La Palma. Por lógica, la mayoría de los matrimonios eran entre vecinos del pueblo (lo cual podría servir tal vez para explicar el origen y alto índice de cierto tipo de mortalidad que viene ocurriendo allí desde hace años).

Por igual motivo, los pocos apellidos se multiplicaron y se tornaron repetitivos haciendo que su uso sirviera de poco para identificar a quienes los llevaban, y así, decir Antonio Martín resultaba mucho menos preciso que decir Toto el de Carmelina, pues éste era sólo uno mientras que Antonio Martín había varios.

Ese aislamiento contribuyó también a la formación de un léxico muy particular que ha caído en desuso y resulta ininteligible para los miembros de la generación actual, razón por la cual he decidido rescatarlo en lo posible y tal vez lo publique algún día.

También podría yo publicar algo de la biografía de Don Pedro Castillo —considerado el maestro por excelencia de El Paso— y del proceso de obtención de la seda natural, proceso que casi cae en el campo de lo fascinante. En uno de los pasos de tal proceso aparece una pequeña mariposa a la que, al igual que a las llamadas “de luz”, a los abejorros o a todo animalito volador de pequeño tamaño con cuerpo en forma de fuselaje de avión y con dos alas, los “magos” —léase campesinos incultos— llamaban ‘barboleto’.

El lector se preguntará cuál es la relación entre los nombres con “de”, Don Pedro Castillo y las pequeñas mariposas llamadas barboletos en léxico pasense. Allá voy.

En la escuela de Don Pedro Castillo, única existente para la época, se enseñaba a leer usando un silabario, o sea, un libro o cartilla en la que aparecía, por ejemplo, la figura de un martillo y debajo de ella su nombre descompuesto en sílabas, así:

(Figura de un martillo)
M-A-R: Mar
T-I….. : ti
L-L-O.: llo
MARTILLO

En presencia del profesor, en un caso como el del ejemplo el alumno debía mirar primero la figura y leer luego las cuatro líneas asegurándose de pronunciar correctamente la palabra de la línea final que correspondía al nombre de la figura que encabezaba la página.

Miguel el de Angelina, siendo apenas un muchacho, asistía a la escuela de Don Pedro Castillo y estaba aprendiendo a leer, pero entre las virtudes de Don Pedro no estaba la paciencia, y entre las de Miguel no estaba la lucidez mental, y este cóctel hizo explosión el día que Don Pedro le puso a Miguel, ante toda la clase, un examen personal de lectura.

Le presentó una página del silabario en la que se veía muy clara la figura de una hermosa mariposa, y debajo,

M-A: Ma
R-I..: ri
P-O.: po
S-A.: sa
MARIPOSA

Miguel leyó correctamente las cuatro primeras líneas, pero al llegar a la final, y a pesar de que en ella estaba escrito Mariposa, dijo BARBOLETO, pues ése era, para él, el nombre del animal que representaba la figura en la cabeza de la página.

La explosión de Don Pedro, maestro de los que aplicaba la regla de que “la letra, con sangre entra”, fue, como diríamos hoy, “de película”.

***

Estando ya Miguel en sus veintes, pasó por su casa Ramón, un vecino, que iba camino a otro barrio, y fue abordado por Angelina, la madre de Miguel, mientras éste, armado de unas largas tenazas de madera, arrancaba los tunos maduros que había en una tunera frente a la casa, y que era cuidada con mucho mimo. (Para quienes no sepan a qué llamamos en Canarias tunera y tunos —los frutos de la tunera—, adjunto foto).

Angelina le preguntó a Ramón si por fin había asistido a las fiestas de la Bajada de la Virgen, celebradas la semana anterior en Santa Cruz de La Palma y a las que Ramón había ido a pie atravesando la llamada Cumbre Nueva. A la respuesta afirmativa de Ramón siguió la pregunta de qué había encontrado de nuevo, a lo que, con toda segunda intención, Ramón respondió que muchas “flores de camino”, un eufemismo para excremento por deposiciones humanas, pues, a falta de baños, los caminantes hacían sus necesidades a la orilla del camino.

La carcajada de Angelina no se hizo esperar, y eso desató la curiosidad de Miguel que, haciendo un alto en su tarea, pregunto intrigado: “¿Qué son flores de camino?”.

Ante tal pregunta, tonta por demás en opinión de Angelina, ésta se rió aún más y le respondió “Mierda, Miguel”, lo cual desató las iras de Miguel, que se consideró insultado —pues ‘mierda’ era una respuesta grosera habitual a preguntas indiscretas a las que uno no quería contestar—, y enarbolando las tenazas la emprendió a golpes contra las tuneras llenas de frutos mientras gritaba “¡O me dices qué son flores de camino o te destrozo las tuneras!”.

Desesperada, Angelina gritaba una y otra vez, “¡¡Mierda, Miguel, mieeeerda!!” pero sólo conseguía que Miguel, como un Don Quijote contra los molinos de viento, arremetiera cada vez con más denuedo contra las preciadas tuneras.

***

Creo que fue el año 1989 cuando, de regreso a Venezuela después de terminar un trabajo en Londres, hice escala en Canarias y me fui a El Paso unos días. En mi obligado —y por demás agradable— tour de visitas incluí una a Angelina y Miguel, para entonces ya sesentón.

Cuando llegué a la puerta de su casa eran las 2 de la tarde de un día tan radiante que la luz casi hería los ojos, y el sol simplemente quemaba.

A esa hora y bajo tales condiciones, los más de los vecinos estaban haciendo siesta. Con el puño di tres golpes en la puerta, a medias entreabierta, de la casa de Angelina, y al rato oí ruido de pasos que se acercaban. Una mano abrió completamente la puerta y ante mí apareció Miguel —torso desnudo, descalzo y con una toalla al hombro— que se quedó mirándome con cara de póquer y sin decir palabra.

Yo, parado frente a la puerta en actitud muy formal, adrede guardé silencio por unos segundos enfrentando su mirada, y luego, con tono muy seco, le dije:

—¡Buenas noches!

Miguel no se inmutó. Siguió allí parado, mirándome inexpresivo, mudo y sin siquiera pestañear.

Angelina, que sí estaba haciendo la siesta, lógicamente preocupada porque después de escuchar los golpes en su puerta no oyó nada más, gritó desde su cama:

—¡Migueeel, ¿quién está ahí?!

Y Miguel, sin dejar de mirarme ni alterar su posición ni su actitud, contestó:

—Aquí hay un hombre que dice ‘buenas noches’.

—¿¡Cómo que buenas noches, Miguel, si son las dos de la tarde!?—fue la airada respuesta de Angelina, dicha con retintín de fastidio.

De inmediato escuché unos pasos apresurados y a los pocos segundos se presentó Angelina, que al verme puso cara de pascuas, me dio un gran abrazo y luego, volviéndose a Miguel, que había contemplado la escena sin acusar cambio alguno, le dijo en tono de reprimenda:

—Pero, ¿¡tú eres bobo!? ¿¡No ves que éste es Carlos Padrón!?

Y como si eso fuera el desenlace decepcionante de algún enigma, Miguel giró sobre sus talones y con un sonoro «¡Déjame ir a lavarme las patas!» se alejó y dio por cerrada la sesión, acabando así con mis esperanzas de una amena visita.