[*Opino}– La simetría del rostro y la cualidad de sexy

Carlos M. Padrón

No me convence esa aseveración, hecha en el artículo que sigue, de que una cara simétrica resulta muy sexy, pues he visto muchas caras femeninas —y será de mujeres de lo que hable, por supuesto— que podría yo clasificar como perfectamente simétricas, pero su dueña —que no la cara— no me ha parecido nada sexy.

Lo de que “no la cara” lo menciono porque sexy es la persona como un todo, no una parte de su cuerpo,… excepto en el caso de la voz, pues puede ocurrir que una mujer tenga una voz sexy, pero ella, como persona, sea repulsiva; esto ocurre mucho cuando la primera vez que se escucha la voz es por teléfono, y luego ve uno a su dueña en vivo y en directo.

En esto he descubierto que las más de las veces que al hablar por teléfono con una mujer encuentro que su voz suena dulce o sexy, esa mujer es fea. En cambio, lo contrario no se cumple con tanta frecuencia.

Me resulta evidente que existe un factor que es clave y que determina si un rostro —o hasta un cuerpo completo, la forma de caminar, de gesticular, etc.— es o no es sexy. Y aún no he sabido que nadie haya logrado determinar cuál es ese factor, a menos que sea subjetivo, en cuyo caso no hay mucho que averiguar.

Y de subjetivo tiene mucho pues, por ejemplo, los más de los hombres aseguran que Marilyn Monroe era sexy, pero yo no le vi nunca nada de eso; lo mismo me ocurrió con la Brigitte Bardot y Elizabeth Taylor. Dicen que Angelina Jolie es sexy, y a mí me parece fea, con una boca que recuerda el culo de una vaca; vésase si no estas caricaturas:

Quienes hicieron estas caricaturas tienen de la bocPitt Joliea de la Jolie la misma opinión que yo. Pero Brad Pitt no tiene el mismo gusto que yo, pues yo me habría quedado con la Jennifer Aniston, que está más buena. Por ejemplo, en la película “She’s the one”, por nombrar una, está de un bueno como para ponerse a llorar de desconsuelo.

¿Que Cameron Diaz es sexy? Yo no voltearía a mirarla si me la tropezara en la calle. Que Jennifer Lopez es sexy, pero a mí me parece vulgar, etc.

Para mí, sexy es Sharon Stone, Elisabeth Shue, Senta Berger, Maribel Verdú (especialmente hace años, cuando hizo “Amantes”, pues ahora está muy flaca), Julie Christi (que en “Dr. Zhivago” encarnó a la amante que todo hombre quisiera tener; Julie Andrews, en cambio, me parece frígida), Juliette Binoche,… y otras muchas actrices que tienen la virtud de alterar mi testosterona cuando las veo en pantalla.

En general, lo de sexy se me da más donde predomina la carne que donde predominan los huesos, y por eso en el mundo real hay mujeres que me resultan sexy a pesar de que son gorditas y, a veces, hasta feas, pero es poco probable que una flacuchenta me resulte sexy.

Las mujeres lindas, las tipo Barbie, no me resultan sexy (Wynona Rider, Meg Ryan, Catherine Zeta Jones, Charlize Theron,…), ni tampoco las “simpáticas” (Goldie Hawn, Doris Day, Reese Witherspoon,…).

A algunas me resulta imposible verlas sexy, bien por muy feas (Sarah Jessica Parker, de quien con toda razón han dicho que tiene cara de caballo —y mejor no hablar de sus piernas—; Barbra Streisand,…), o bien porque, aunque pudieran ser bellas, la frialdad de su expresión me asusta (Nicole Kidman, Sela Ward, Glenda Close,…), o me repele y exaspera su aire de mujer fatal (Mia Farrow) o de boba (Sandra Bullock, por más que esté buena y no sea fea).

Algunas me resultan bellas pero no sexy (Marta Toren, Ann Blyth, Candice Bergen,…).

Otras me resultan sexy pero no lindas ni bellas (Elisabeth Shue y Hillary Swank).

Muchas de las personas a quienes he dicho que Hillary Swank me atrae mucho se han manifestado extrañadas, pero ella tiene, al menos para mí y en la pantalla, todos los ingredientes que además de la carne y las curvas debe reunir una mujer para que me resulte sexy: que se le note en la mirada, generalmente densa, una suerte de lujuria latente, un deseo velado y, sobre todo, un reflejo de tomarse el sexo en serio y con pasión. Las mujeres sexy son la antítesis de una Barbie, de la frivolidad y la superficialidad.

A pesar de todo esto, no logro averiguar, con exactitud y tan bien como yo quisiera, en qué reside la cualidad de sexy, algo que me ha preocupado desde mi adolescencia, y que me preocupa tanto más cuanto más tiempo pasa.

Me inclino por atribuir a lo sexy lo que acerca de la belleza dijera Jorge Luis Borges: “… es ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica”.

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07 de mayo de 2008

Tanto para los humanos como para la mayoría de los primates, una cara simétrica resulta muy sexy.

En la Universidad escocesa de Stirling, el investigador Anthony Little y sus colegas han medido los niveles de simetría y dimorfismo sexual —o sea, qué tan femenino o masculino es un rostro— en sujetos europeos y africanos, e incluso en primates. Y en todos los casos han comprobado que los varones simétricos tienen proporciones faciales más masculinas, mientras que las proporciones faciales de las hembras simétricas suelen ser más femeninas.

Aunque los científicos desconocen por qué la combinación de ambos aspectos resulta atractiva, en la revista PLoS ONE proponen que estas características podrían ser un indicador de la calidad genética o de algún otro aspecto biológico, como la fertilidad.

No es el primer trabajo del profesor Little sobre fisonomía facial. Hace unos meses, en un estudio pionero con 160 parejas, este británico comprobó que las personas que viven mucho tiempo juntas terminan pareciéndose físicamente una a la otra. Y el año pasado publicó un artículo en Evolution and Human Behavior demostrando que la forma de la cara de los candidatos políticos permite predecir quién ganará y quién perderá las elecciones.

Actualmente, Anthony Little y su equipo llevan a cabo en la web www.alittlelab.com varios estudios sobre la percepción humana de la belleza facial, en los que cualquier internauta puede participar respondiendo a unas sencillas preguntas. En el mismo website, Little ha puesto en marcha otro test online para averiguar qué buscamos en una pareja.

MUY

[*Opino}– La cuenta atrás: la cohesión de un futuro social que se resquebraja

Desde que tuve edad suficiente para hacerme alguna idea del mundo en que vivimos, concluí que no venimos a él para pasarlo bien, para disfrutar o alcanzar una felicidad duradera. Mi idea al respecto se consolidó cuando conocí la frase lapidaria de M. Scott Peck: “La vida es un problema”.

De ahí que me cayera tan gorda esa expresión que se usaba en España casi con la convicción de que habían alcanzado para siempre el soñado Nirvana: ESTADO DE BIENESTAR.

Y bien, ¿qué pasó con él? pregunto yo ahora. Éste es un mundo de ciclos, y a los de la mayoría hedonista que se llenaban la boca con lo del bendito “estado de bienestar” les costará mucho más digerir esta época de vacas flacas.

Carlos M. Padrón

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17.08.08

Los economistas lo llaman el efecto Modigliani. Ciclos estables de ahorro creciente y consumo desahogado que se quiebran de golpe con una intensidad dramática provocando una profunda sensación de shock social.

Prepárese porque la crisis será larga, y el Gobierno ZP, paralizado por el miedo, no tiene la menor idea de cómo salir del pozo, mientras echa balones fuera culpando a Europa.

Ahora, simplemente, se oyen lamentos por la inacción del Gobierno ante la productividad perdida, quejas por el colapso de las ventas, y vagas preocupaciones por el maltrecho crédito industrial. El malestar contra la situación se ha trasladado a otro segmento social, menos pudiente pero más numeroso y, por tanto, socialmente mucho más significativo, escribe Ignacio Camacho en ABC.

Basta recorrer unos kilómetros, carretera arriba o abajo, para tomar el pulso de esa deriva de decepciones. Pasear por Fuengirola, por Denia, por Matalascañas, cambiar la teka impermeable de los pavimentos y los suaves emparrados de jazmines y damas de noche por la solería áspera de los chiringuitos y los sombrajos de lona. Pegar la oreja entre las sillas de plástico de las terrazas populares y escuchar a los padres de familia eligiendo las raciones más baratas o clausurando con prudencia la tentación de una segunda botella de vino.

Oír las conversaciones que hablan del gasto inminente del nuevo curso, de la sombra de incertidumbre que planea sobre el contrato temporal de los hijos, de la angustia del vecino recién desempleado que ha suspendido su veraneo al recibir la carta de despido. La clase media zozobra ante la perspectiva de un otoño de cinturones prietos e hipotecas vencidas, que aguarda más allá de la luna llena, en el cuarto menguante de los salarios y las expectativas, al otro lado de las inminentes maletas cerradas camino de un septiembre incierto.

Los economistas lo llaman el efecto Modigliani. Ciclos estables de ahorro creciente y consumo desahogado que se quiebran de golpe con una intensidad dramática provocando una profunda sensación de shock social. Este verano, planificado sobre los postreros rescoldos del ciclo alcista, actúa aún como el espejismo amortiguador de un batacazo presentido, cuya inminencia amarga los últimos sabores del esplendor envueltos en el vapor contenido de una obligada prudencia de gasto.

Como los cohetes de las fiestas de agosto, cuya humareda se disipa en el cielo con los ecos del estallido más sonoro, las vacaciones se extinguen en un vacío incierto de tribulaciones en el que la breve retórica optimista del Gobierno se confunde con el brillo efímero de alguna perseida consumida en el fulgor de su propia estela. En el reloj de la burguesía trabajadora, cada noche de agosto es una vuelta en la cuenta atrás hacia el encuentro con una realidad amarga, amenazante y desesperanzadora.

La confusa alarma por la nación que se partía ha dado paso a la inquietud, mucho más densa, viscosa y extendida, por la cohesión de un futuro social que se resquebraja.

PD

[*ElPaso}– De la prehistoria de la aviación en La Palma

18-08-2008

Carlos M. Padrón

Don José María era un típico campesino pasense de la década de los 50 que de aviones sólo había visto los DC-3 que, muy raras veces, sobrevolaban el pueblo, a mucha altura, para ir a uno no sabía dónde.

El rugir de sus motores se escuchaba mucho antes de que el aparato pudiera divisarse a simple vista, y, con sólo ese ruido, todo el mundo se echaba fuera de sus casas para otear el cielo en busca de la pequeña “cruz voladora”, que era cómo se veía el avión.

Cuando al fin lo ubicaba alguno del grupo familiar, alborozado señalaba con el dedo y gritaba “¡Míralo allí, míralo allí!”, ante lo cual María Celia, mi hermana mayor, comenzaba a llorar porque, por más que le señalaran el lugar al que debía mirar para que viera el avión, ella no conseguía ver nada. Por ahí cayeron en cuenta mis padres de que María Celia necesitaba gafas y, cuando al fin se las pusieron, la alegría la llevó a gritar “¡Dios mío, yo estaba ciega!”, y a llorar la primera vez que, ¡por fin!, pudo ver uno de los pocos frecuentes aviones DC-3.

Cuando alguien del gobierno consideró que en La Palma hacía falta un aeropuerto, mandaron a El Paso a un “aviador” —no era ancestro de Leonardo Di Caprio, pero así lo apodaron porque era, o había sido, piloto, ignoro si civil o militar, aunque me inclino por lo segundo— para que se encargara de buscar qué lugares del Valle de Aridane —pues el resto de la isla es tan abrupto que quedaba fuera de consideración— servirían para construir el aeropuerto.

Como la única parte un tanto plana de ese valle es el Llano de las Cuevas —en el borde Este de El Paso, en las estribaciones de la Cumbre Nueva— El Aviador instaló instrumentos de medición en la Montaña de Antonio José y en otros puntos altos, y tal vez fueron esos aparatos los que, al hacer acto de presencia nuestra “Brisa” con sus furibundos ventarrones, dejaron bien claro que en el Llano de las Cuevas no tendría futuro ningún aeropuerto.

Ese anuncio causó alegría en muchos cuyos mejores pedazos de terreno estaban precisamente en el Llano de las Cuevas, y que, de construirse allí un aeropuerto, se los expropiarían.

Pero El Aviador sí tuvo futuro, pues al igual que el 90% de los hombres solteros que en aquella época llegaban a El Paso, terminó casándose con una pasense,… que pasó a ser “La mujer de El Aviador”, y entre ambos traspasaron el “apellido” a su descendencia..

Al fin construyeron el aeropuerto en Breña Alta, al Este de la Isla, cerca del llamado Risco de La Concepción, pues allí encontraron un lugar en el que la “enorme” pista resultante era de lo más tranquilizadora: tenía 600 metros de largo, y uno de sus extremos terminaba en el borde de un barranco, y el otro en el borde de un cementerio. ¡Como para entusiasmar a los muchos que entonces le tenían pánico a subirse en un avión!

Y el pánico no era sólo de los potenciales viajeros, sino que a raíz de que en un aterrizaje el avión derrapó y pegó contra la montaña al costado de la pista (no hubo ni heridos), también el miedo salió a flote en los pilotos que cubrían esa ruta porque el tal accidente les dio motivo para declarar que no seguirían pilotando esos vuelos porque para despegar y aterrizar en aquella pista tenían literalmente que jugársela, así que un día se pusieron de acuerdo y le dijeron a Iberia que no volarían más a La Palma.

En Iberia optaron por una solución basada en la psicología de la testosterona: contrataron pilotos de guerra, acostumbrados a operar aviones en condiciones muy precarias, y cuando éstos demostraron que operar en la pista de La Palma era cosa de niños, el maltrecho orgullo de los pilotos civiles, más el autoritarismo gubernamental entonces imperante, les llevó a regresar sin chistar a los vuelos a y desde La Palma.

Una de las personas con miedo a volar en avión era el ya mencionado don José María, quien expresó públicamente su negativa a montarse en “aquellos chismes” que de vez en cuando veía él pasar haciendo mucho ruido.

Pero una de sus hijas se casó y se fue a vivir a Tenerife, y ante el deseo de verla y la presión de su mujer y sus vecinos para que fueran en avión, porque el aparato —le decían todos— era mucho mayor de lo que él creía, aceptó remolón que lo llevaran un día al aeropuerto para ver de cerca el bendito “chisme”.

Y allá lo llevaron a esperar el vuelo —entonces el único al día— proveniente de Tenerife.

Apenas llegar al aeropuerto, don José María encendió su cachimba, se recostó indolente contra una de las columnas del área de pasajeros (no había entonces en ese aeropuerto nada que pudiera llamarse terminal), y, sin decir palabra, como correspondía a su condición de campesino socarrón, se puso a esperar.

Aterrizó el vuelo, sin novedad alguna. El DC-3 carreteó hasta el área mencionada, y don José María olvidó su cachimba y quedó mirando fijamente a los pasajeros que comenzaron a bajar del avión y que, tal vez por haber llegado sanos y salvos, exhibían casi todos una amplia sonrisa.

Cuando pasados unos minutos no bajó nadie más, dando media vuelta y encaminándose hacia donde estaba el automóvil en el que lo habían traído, don José María exclamó: “¡Pues donde se montan 34 también se monta José María!”.

Una por demás filosófica conclusión, amparado en la cual voló días después a Tenerife.

En ese viaje tuvo oportunidad de ver en Los Rodeos —único aeropuerto que entonces había en Tenerife— otros aviones mayores que el DC-3, y también algunos helicópteros militares, con capacidad para varios pasajeros, pertenecientes a las instalaciones de Aviación Militar que allí había.

Y un día, mientras estaba en su huerta de El Paso arrimándole tierra a las papas, don José María escuchó un ruido proveniente del cielo, del lado de la Cumbre Nueva, que no era como el de los aviones que a veces pasaban, sino que sonaba diferente y más cercano, mucho más cerca del suelo. Y era lógico, pues se trataba de un helicóptero —que ya volaba bajo porque se acercaba al lugar donde debía aterrizar— del tipo Bell, de ésos que para alojamiento humano tienen sólo una especie de burbuja, como éste:

helicopterobell

Apoyando una mano en una de sus rodillas para medio incorporarse —pero no del todo, pues sufría de dolores en la cintura— don José María alzó como pudo su cabeza, miró al cielo, y al ver aquel extraño aparato volador que no sólo venía ya muy bajo sino que claramente estaba perdiendo altura, exclamó:

—¡A dónde irás a caer, que ya no te queda sino el esqueleto!

[*Opino}– Análisis de inversión

Lo que copio más abajo lo he recibido ya varias veces ─enviado por hombres, por supuesto─, obviamente traducido (y mal) del inglés, y con la aclaratoria de que fue un caso cierto publicado en un portal financiero de USA.

No creo que nadie use, para asuntos “del corazón”, un portal financiero, pero sí es posible que alguien haya ideado esta historia para dar una ingeniosa y elemental lección de finanzas basándose en las absurdas pretensiones de algunas (demasiadas) mujeres, y de cómo sus potenciales víctimas deberían analizarlas.

En la Canarias de mis tiempos, el caso expuesto por las muchas Rafaelas que allá había —o sea, la idea que del matrimonio tenían muchas mujeres que, por creer (a veces sin razón) que estaba buenas o eran bellas, aspiraban a cazar un príncipe azul forrado en plata— se exponía de forma mucho más cruda y directa: “Yo aporto el chocho, y tú todo lo demás”.

Para colmo, cuando muchas de ellas consiguieron con quien casarse, se supo de varias que no sabían usar bien la parte que aportaron al trato, o imponían condiciones de uso para conseguir más de “todo lo demás”.

Rafaelas ha habido siempre y siempre habrá. Es casi una condición femenina, ésa que hace que ellas se queden atónitas y mudas si la víctima potencial les pregunta “¿A cambio de qué?”.

Carlos M. Padrón

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Una paradoja basada en consulta publicad en una página web.

Una mujer escribió pidiendo consejos sobre cómo conseguir un marido rico. Eso, de por sí, ya es gracioso, pero lo mejor de la historia es que un tipo le dio una respuesta bien fundamentada.

Exposición de ELLA

“Soy una chica de 25 años maravillosamente linda, bien formada y con clase. Quiero casarme con alguien que gane como mínimo medio millón de dólares al año.

¿Tienen en este portal algún hombre que gane 500.000 dólares o más? Quizás las esposas de los que ganen eso me puedan dar algunos consejos.

He estado de novia con hombres que ganan de 200 a 250 mil, pero no pueden pasar de eso, y 250 mil no me van a hacer vivir en el Central Park West.

En mi clase de yoga conocí a una mujer que se casó con un banquero y vive en Tribeca, y ella no es tan bonita como yo, ni es inteligente. Entonces, ¿qué es lo que ella hizo y yo no hice? ¿Cómo llego al nivel de ella?

Rafaela S.

Respuesta de Él

Leí su consulta con gran interés. Pensé cuidadosamente en su caso e hice un análisis de la situación.

Primero, no estoy haciéndole perder tiempo, pues gano más de 500 mil por año. Aclarado esto, considero el caso de la siguiente forma:

Lo que usted ofrece, visto desde la perspectiva de un hombre como el que usted busca, es simplemente un pésimo negocio. Y le explico por qué.

Su propuesta se basa en que usted pone la belleza física y yo pongo el dinero; eso está claro.  Sin embargo, existe un problema. Con seguridad, su belleza va a decaer, y un día se marchitará, y lo más probable es que mi dinero continúe creciendo. Así, en términos económicos, usted es un activo que sufre depreciación, y yo soy un activo que rinde dividendos. Y usted no sólo sufre depreciación, sino que, como ésta es progresiva, aumentará siempre.

Aclarando más, usted tiene hoy 25 años y va a continuar siendo linda durante los próximos 5 a 10 años, pero siempre un poco menos cada año. Y si al final de esos 10 años se compara con una foto de hoy, verá que ya está envejecida. Esto quiere decir que usted está hoy en ‘alza’, en la época ideal de ser vendida, no de ser comprada.

Usando lenguaje de Wall Street, quien la tuviera hoy debería tenerla en trading position (posición para comercializar), y no en buy and hold (compre y retenga), que es para lo que usted se ofrece.

Por tanto, y todavía en términos comerciales, un matrimonio (que es un buy and hold) con usted no es un buen negocio ni a mediano ni a largo plazo. Pero alquilarla sí podría ser, y hasta en términos sociales, un negocio razonable que podríamos discutir.

Yo pienso que mediante certificación de cuán ‘maravillosamente linda, bien formada y con clase’ es usted, yo, como probable futuro usuario de esa ‘máquina’, quiero lo que es de práctica habitual: Hacer una prueba —o sea, un test drive— para concretar la operación.

Si usted está de acuerdo, puedo hacerle espacio en mi agenda.

Jack Paul H.
Inversor

[*Opino}– Divorcios posvacacionales… y del resto del año

Un abogado especialista en divorcios me dijo hace años que el 90% de los casos que en su carrera había él manejado habían sido iniciados por la mujer.

Otro me dio cifras similares, y añadió que en la gran mayoría de los casos el hombre procede con más honestidad, respeta el “fair play”, mientras que la mujer tira a matar.

En el artículo que sigue se dice, hablando de los casos de divorcio imputables a las vacaciones de verano, que el 55% han sido iniciativa de la mujer.

Ante estadísticas así uno no puede menos que recordar que cuando alguien se mete en un pleito es porque piensa que va a salir ganando, y que, por tanto, si las “miembras” del mal llamado sexo débil se meten en el pleito que conlleva todo divorcio es porque saben que terminarán llevándose la mayor tajada de, entre otras cosas, el patrimonio conyugal.

Carlos M. Padrón

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31.07.08

El último destino de vacaciones… los juzgados de divorcio

(PD).- Las vacaciones ponen a prueba a la pareja. De la noche a la mañana lo hacen todo juntos, con mucho tiempo por delante. Descubren así los dos lo ocupados que han estado el resto del año, y si pueden acortar distancias con la ilusión —casi— del primer día.

Según cuenta la revista Época, en ese periplo de sentimientos y constataciones varias, puede presentarse un panorama de relax y reencuentro, o salir a relucir las carencias que la relación arrastra. El destino final de muchas: una demanda de separación en septiembre.

De las 140.000 presentadas en 2007, un tercio se inició tras las vacaciones. Y no es un tópico: los que aún apuran el último cartucho para salvar su pareja saturan las consultas de los terapeutas en septiembre y octubre, después de que la convivencia les haya puesto en una vital disyuntiva en el plano emocional o sexual.

En lo que coinciden los expertos es en que el periodo estival siempre tiene relevancia. Las vacaciones “suman o restan para la pareja” -explica el psicólogo y sexólogo Antoni Bolinches; “en algunos casos sirven para que ambos cónyuges se den cuenta de que viven el resto del año focalizados en un proyecto personal, y se conciencien para aumentar la cohesión y mejorar el vínculo”. En otras, perciben que, una de dos, o esto ya no es lo de antes o que, sencillamente, ya no se soportan”.

Es cuando se produce lo que este profesional denomina “una crisis por inmersión en convivencia intensiva”, el desgaste de los compañeros que no habían notado previamente la falta de calidad de su relación.

La añoranza de tiempos mejores se da curiosamente en parejas que llevan uno o dos años juntos y perciben un cambio radical en el sentimiento o en la actividad sexual, explica Bolinches; “el enamoramiento se ha diluido”. Mientras que los que ya no aguantan compartir sus días con el otro se enfrentan a un conflicto larvado.

Y puede resultar aún más problemático cuando la insatisfacción surge sólo en una de las partes, que al reencontrarse con la otra se topa con el sacrificio de su estilo de vida habitual. Según un estudio del Institut Psicològic que dirige este profesional sobre parejas heterosexuales en terapia, de las parejas que decidían romper, el 55% lo hacía por iniciativa de la mujer; el 25% del hombre, y el 20%, de mutuo acuerdo. La desatención invernal.

Pero, ¿cómo ha transcurrido la relación antes de cargar el maletero? Hombres y mujeres se han volcado fundamentalmente en el trabajo, y en esa cotidianidad la convivencia ha quedado reducida a la mínima expresión. Los encuentros del día a día son puntuales y suelen darse al final de la jornada. Tras una rutina ordenada, las dificultades se camuflan con facilidad.

“Se van creando focos de insatisfacción”, advierte la psicóloga María Jesús Álava, “un ya lo hablaremos poco esperanzador. En vacaciones, el nivel de exigencia se eleva, y también la inflexibilidad”. El mes de convivencia conyugal, como explica el psiquiatra Jesús de la Gándara, examina cómo funcionan cuatro pilares: la convivencia, la coexistencia, la conversación y la compenetración.

No estamos acostumbrados a comer juntos, sin televisión, ni a escuchar y a dialogar. Y cuando las conversaciones comienzan con un tú dijiste, tú hiciste… ya se empieza a fallar; a veces no se quiere hablar o ya no se sabe cómo hacerlo.

Afloran entonces los reproches, quedando patente la insatisfacción de unas altas expectativas ante la etapa estival, cuando el resto del año exige igualmente que hagamos saber al otro que estamos dispuestos a escucharle, sin interferencias.

Antoni Bolinches también incide en cómo va minando la rutina: “No se deben hacer las mismas cosas, a la misma hora y del mismo modo. En el sexo y en la vida hay que variar el estímulo, el ritual. El verano es una oportunidad para regenerar la frecuencia de las relaciones —que se duplica o triplica—, gestionar pequeños conflictos y constatar que, pese a los años, se sienten unidos.

PD

[*FP}– El destape del fígaro

Carlos M. Padrón

Como ya puede deducirse de mi artículo Barbería unisex, en Olga y el tenorio y en Mujeres en su salsa, las barberías no son precisamente sitios de mi devoción. Voy a ellas cuando ya casi no me queda otro remedio, pues no he conseguido que mi mujer se atreva a cortarme el pelo. Si se atreviera, con gusto me arriesgaría a que los primeros cortes resultaran un desastre, pues, a diferencia de otras cosas, el pelo sí crece.

Las barberías son lugares de “habladera de paja” [1], como se dice en Venezuela, o sea, lugares donde el cliente jactancioso opina sobre política, cuenta chistes y relata sus proezas, sobre todo en deportes o con mujeres, confiado en que su barbero no va a contradecirle sino que aparentará creerle a pie juntillas; donde es el barbero quien trae a colación temas que no te interesan en lo más mínimo, pero, como eres prisionero de él y no quieres ser rudo, pues aparentas que le das importancia al cuento, y él sigue sin parar aunque —al menos lo hago así— uno le conteste con ocasionales monosílabos; donde, aunque no sea tu barbero el que hable paja sino que, respetuoso de tu silencio, permanezca callado, es uno de los otros barberos, o uno o más de los otros clientes, los que no paran de hablar paja, y, en ese caso, tu silencio y el de tu barbero sólo sirven para que tengas que escuchar, quieras o no, la paja de los demás; etc.

Llevado por la aversión que esto me produce, una vez estuve 75 días sin pasar por una barbería, lo cual no entenderían jamás algunos hombres que dicen que no van a cortarse el pelo cada semana porque no tienen tiempo.

Cuando oigo decir eso, pienso que es producto de masoquismo o, peor aún, de vanidad, pues he comprobado que los que frecuentan mucho las barberías no sólo se cortan el pelo, como es mi caso, sino que piden que se lo laven, le echen champú y lociones, les den masajes en el cuero cabelludo, les hagan las uñas, etc. Aunque a ninguno de mis barberos le guste, pido que simplemente me corten el pelo, y sin mojarlo ni antes del corte ni después. Y punto.

Por todo esto no me resulta fácil encontrar una barbería que me agrade, pues además quiero una que quede cerca de mi casa —antes la condición era que quedara cerca de mi lugar de trabajo— y que tenga estacionamiento fácil.

Una vez, allá por 1973, Manolo González, el amigo y compañero de IBM ya mencionado en No me tocaba ese día, me dijo que mi melena iba camino de emular a la de Einstein, aunque no así mi cerebro. Al reparar en la suya noté que mostraba un estilo de pelo corto, como el que me gusta (para que dure más), y le pregunté si sabía de algún barbero “decente”.

Me dijo que él iba a uno, de nombre Antonio y paisano mío —o sea, de Canarias— que trabajaba en una barbería ubicada en El Silencio, en el centro de Caracas, lugar que me convenía porque ahí estaban entonces las oficinas principales de la mayoría de los bancos que eran mis clientes, y lugar al que en aquella época todavía podía uno ir,… y salir con vida o sin que lo asaltaran.

Tomé nota de la dirección, y al día siguiente fui a esa barbería, pregunté por el tal Antonio, y éste me hizo un buen corte de pelo.

Desde esa primera vez evité decirle a Antonio que yo era también canario, pues eso habría disparado su verborrea. Sin embargo, mi amigo, el mismo que me había referido a él, se encargó de decírselo, y todas las demás veces que fui, Antonio no paraba de hablar de algo relativo a Canarias. Pero como yo iba una vez cada más o menos 45 días, y la ubicación de la barbería y el corte que me hacían eran de mi agrado, aceptaba resignado la cháchara de Antonio.

Un día alguien me dijo de un utensilio metálico que parecía un peine y que llevaba insertas unas hojillas. Si uno se lo pasaba por la cabeza como si se peinara con él, las hojillas cortaban el exceso de pelo, y así o se distanciaban las visitas a la barbería o se eliminaban del todo.

De inmediato compré uno de esos utensilios, y como mi mujer de entonces tampoco quería intentar siquiera cortarme el pelo, decidí que el utensilio lo usaría yo mismo.

En las áreas que me eran visibles mirándome al espejo logré un corte bastante potable, pero en la parte trasera de mi cabeza hice un desastre de marca mayor, de ésos que los barberos llaman “escaleras”. Como todo el que me conocía y me veía así me hacía bromas al respecto, fui a la barbería a ver si mi barbero Canario podía disimular las tales escaleras.

Antonio estaba atendiendo a otro cliente, pero al verme entrar me saludó y me comentó que había pasado mucho tiempo desde la última vez que yo había ido por allí, lo cual me dio pie para minimizar de alguna forma el ridículo de lo que yo me había hecho, y le dije que había estado de vacaciones en Mérida, y allá, como mi pelo estaba largo, había ido a una barbería local, y me lo cortó un barbero que no resultó nada bueno. Por el lugar donde yo estaba sentado, Antonio no podía ver la parte trasera de mi cabeza.

Cuando después de sentarme en su sillón, se dispuso a colocarme el paño que ataría a mi cuello, no había aterrizado aún el paño sobre mi pecho cuando el hasta entonces Canario sobrio y decente,emitió un estridente y espontáneo “¡¡¡Qué horrooooor!!!” con un tono de total amaneramiento que tuvo la virtud de hacer que una especie de descarga eléctrica circulara por todo mi cuerpo, y, nunca mejor dicho, los pelos se me pusieron de punta.

Como la desagradable sorpresa me dejó mudo, me fue fácil abstenerme de hacer comentarios, y sólo me limité a mirar de reojo a Antonio a través del espejo frente a mí.

Lo que siguió convirtió la descarga eléctrica en una de alto voltaje, pues Antonio, soltando el paño, que cayó flácido sobre mis rodillas, en un gesto de total amaneramiento, apoyó las yemas de sus dedos sobre mis parietales e hizo girar mi cabeza a derecha e izquierda —haciéndome sentir como la muchacha de El Exorcista— mientras, ya totalmente “partido” [2], exclamaba:

Pero, ¿¡quién le hizo esto!? ¿¡Cómo es posible que hayan podido hacerle algo así,… si USTED TIENE UNA CONFIGURACIÓN CRANEANA ¡¡¡BEEEEELLLA!!!?

Simplemente, yo no podía permitir que aquel tipo continuara tocándome, ni que estuviera cerca de mí, así que a millón me puse a pensar qué podía yo hacer para marcharme de inmediato.

Antonio me dio la excusa perfecta cuando, poseído de gran agitación y “partiéndose” ya del todo mientras gesticulaba su horror de pie tras el sillón y mirando a todos en la barbería, como para que vieran que él tenía razón, exclamó:

—¡Dios mío! Miren esto. ¡Esto no tiene arreglo posible! Hay que dar tiempo a que crezca el pelo.

De un salto me levanté del sillón, dejando que el paño cayera al piso —pensé que debía recogerlo, pero como para eso tendría que agacharme, no lo hice,… por si acaso— , y balbuceando que ya volvería yo cuando el pelo me creciera, abandoné a toda prisa la barbería a la que, por supuesto, no volví nunca más.

Cuando a mi amigo de IBM le relaté lo ocurrido, no me creía, pues, me dijo, Antonio nunca le había dado la más mínima muestra de amaneramiento, pero, por si fuera cierto lo que yo contaba, aguzaría sus antenas y, si detectaba algo, haría igual que yo hice: buscarse otra barbería.

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[1]  Hablar de lo que no se sabe, decir tonterías, frivolidades o cosas sin fundamento o que no vienen al caso, generalmente con el ánimo de impresionar o llevado por la simple necesidad de hablar por hablar.

[2]  En Venezuela, cuando un hombre camina o gesticula de forma afeminada se dice que “se parte”; tal vez se usa el término ‘partir’ por el quiebre de cintura típico de los homosexuales. Y entre las sentencias acuñadas por Fernando Lacoste, uno de nuestros “filósofos” en la IBM de los ’60 y 70’, está ésta, destinada a “mitigar” los efectos de las burlas que los “partidos” recibían: “Todo hombre se parte al menos una vez al día”.

[*Opino}– Muestras de deterioro social

Carlos M. Padrón

He aquí dos verdaderas “joyas”:

Will Smith no sólo lidera la lista de las películas más vistas, sino que también encabeza la de los actores mejor pagados de Hollywood.

Periodista Digital, 24/07/08.

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Mia Farrow pide mayor presión sobre la dictadura militar birmana.

La Vanguardia, 25/07/08.

¿Cómo es posible que un payaso como Will Smith sea el “actor” de las películas más vistas? ¿Y cómo es posible que esté mejor pagado que muchos otros que sí son ACTORES? Sólo faltaría que Jim Carry lo desbancara.

Y bueno, ¡por fin se vislumbra un arreglo en la situación de Birmania, pues Mia Farrow metió su mano en eso!

¿A quién carajo le importa, salvo a tontos de pura cepa, lo que diga Mia Farrow? ¿Y por qué un medio importante dedica tiempo y espacio y a lo que acerca de política internacional opine un personaje que si sabe de algo es, tal vez, de cine?

Son muestras del deterioro evidente de una sociedad en la que, como en todas partes, ha crecido mucho, y sigue creciendo, la mediocridad.

Ellos no saben de nada, pero de la basura en TV, sí.

[*FP}– Tal día como hoy, hace 47 años

26.07.2008

Carlos M. Padrón

En la mañana de un 26 de julio, tal día como hoy pero de 1961, puse pie por primera vez en Venezuela después de una travesía de una semana a bordo del “Bianca C” desde el puerto de Santa Cruz de Tenerife y en compañía de mis padres y mis dos hermanas.

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De izq. a derecha: María Celia Padrón (mi hermana mayor), María del Carmen Padrón (mi hermana menor), Victoria Pérez (mi madre), Tomás Padrón (mi padre), y Carlos M. Padrón. – Cuando hicimos este viaje, mi padre tenía la edad que tengo yo ahora,… y a mí me parecía un anciano. (Sin comentarios).

Por esa extraña percepción que acerca del tiempo se tiene a medida que se avanza en edad, me parece que fue ayer. Pero al rememorar lo sucedido desde entonces, son tantos los acontecimientos que desfilan por mi mente que no puedo evitar sentir el peso de los años.

Muchos parientes o conocidos de El Paso que habían estado ya en Venezuela y que, a diferencia de mí, estaban seguros de que yo no llevaría a cabo el loco plan que explicaré más abajo, sino que, al igual que mis hermanos, me quedaría en este país, me prepararon con palabras como éstas: “Engurúñate y traga en seco, porque los dos primeros años vas a querer largarte de Venezuela aunque sea nadando”.

Y así fue. Y ese deseo de largarme se veía aumentado porque nunca quise venir a Venezuela, y cuando mi padre insistió en que yo tenía que venir en condiciones similares a como lo habían hecho mis hermanos, dije que si tenía que emigrar de Canarias lo haría a Inglaterra o Alemania —donde entonces iban muchos jóvenes a trabajar como camareros—, pero no a Venezuela, pues aparte de que no quería dejar solo a mi padre, ya mayor, estaba el hecho de que las muestras del cambio operado en los que de cuando en cuando regresaban de Venezuela no me resultaban edificantes en modo alguno.

Si vine fue porque la poesía que escribí en diciembre de 1960 destinada a servir como tarjeta de navidad a mis hermanos Raúl y Tomás, que estaban en Venezuela desde 1946 y 1947 respectivamente, causó que ellos nos hicieran una invitación colectiva que de haber sido rechazada por mí habría disgustado tanto a mis padres como a mis hermanos y hermanas, pues la ilusión, en particular la de mi padre, era que viniéramos todos, y poder él volver a poner pie en la América que tanto añoraba. Pero su añorada América era Cuba, y su decepción fue grande cuando descubrió que Venezuela no se parecía en nada a la Cuba de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

No puedo por tanto decir que vine engañado, pues bien sabía yo que en el trasfondo de la invitación yacía el plan de que me quedara en Venezuela.

Y decidí quedarme, pero diciéndome para mis adentros que sólo por el tiempo necesario para, trabajando a todo gas, ahorrar unos 3.500 dólares que, según mis cálculos de estúpido drogamorado (valga la redundancia), era el dinero que yo necesitaba para volver a Canarias, comprar una casa de las prefabricadas en madera (nunca se me ocurrió pensar que necesitaría también un solar donde montarla) y casarme.

Pero, por supuesto, por efecto del prejuicio que por años hizo que yo me negara a venir a este país, mis primeras impresiones acerca de él fueron todas malas, comenzando por la que me causó el puerto de La Guaria, del que tomé esta mi primera foto de Venezuela y en Venezuela:

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Lo que de esa ciudad y sus alrededores se veía desde el barco no fue nada agradable, y tampoco me gustó lo más de lo que en los siguientes meses pude ver.

Agosto/1961 lo dedicamos a ir por carretera a bordo de la camioneta Plymouth 1959 que mi hermano Raúl había comprado para tal fin, un vehículo en el que podían viajar sentadas nueve personas, y nueve (“El clan de los 9”) éramos en el grupo: Mi padre, mi madre, Raúl mi hermano, su mujer y sus dos hijas; mis dos hermanas y yo. A la fecha sólo quedamos 6.

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Parte trasera de la camioneta Plymouth. – De izq. a derecha: Ada Padrón (hija mayor de mi hermano Raúl), Carlos M. Padrón, Marité Padrón (hija mayor de mi hermano Tomás, sentada sobre mi pierna), Elsa Padrón (hija menor de mi hermano Raúl).

Hicimos un largo recorrido visitando a los parientes y a los ex vecinos de El Paso que vivían en lugares del interior de Venezuela. Así estuvimos en Valencia,

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Mi primera visita al Campo de Carabobo. Los 9 pasajeros de la camioneta, “El clan de los 9″. De izq. a derecha: Elsa Armas (esposa de mi hermano Raúl), Raúl Padrón, Tomás Padrón (mi padre), Victoria Pérez (mi madre), Elsa Padrón (delante de mi madre. Hija menor de Raúl mi hermano), Carlos M. Padrón (detrás), María Celia Padrón (mi hermana mayor), María del Carmen Padrón (mi hermana menor), Elsa Padrón (hija menor de mi hermano Raúl).

Yaritagua y Barquisimeto,

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El primer tren “en vivo” que vi en mi vida fue éste, en Barquisimeto. De izq. a derecha. Detrás: María Celia Padrón, Elsa Armas, María Victoria Sosa (vecina en El Paso), Victoria Pérez, María del Carmen Padrón, Rapul Padrón. – Delante: Elsa Padrón, Ada Padrón.

Acarigua y Guanare,

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Uno de los puentes entre Acarigua y Guanare, sobre un río por el que todavía corría agua.

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A los recién llegados de Canarias nos impresionó esta estructura metálica. De ahí que yo pidiera que me tomaran una foto con el río al fondo, el primer río grande que vi en mi vida.

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El Tocuyo,

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Una vista de El Tocuyo de aquella época. Nunca más he vuelto ahí.

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En el río El Tocuyo, primero en que mojé mi humanidad. “El clan de los 9″ y María Victoria Sosa, quien fuera vecina nuestra en El Paso.

y Humocaro. Antes y después de Humocaro, todo por una carretera de tierra, los pinchazos de cauchos (neumáticos) fueron muchos,

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Saliendo de Humocaro. Vista lateral de la Plymouth parada por causa de uno de los tantos pinchazos. Mi padre apoyado en ella, y mi madre y mi hermana menor observan desde atrás, cerca de un par de campesinos que se acercaron a ayudar.

y las sorpresas de ver en qué condiciones vivían algunos parientes dedicados al cultivo de papas fueron dolorosas. Pero a todo esto, y a guisa de explicación, mi hermano Raúl decía algo que yo no entendía: “¡Esto es Venezuela!”.

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Esta chabola estaba enclavada al descampado en medio de una hacienda que trabajaba como medianero un pariente nuestro,… cuya vivienda era esa chabola. Cuando mi madre lo supo, rompió a llorar.

En septiembre/1961 conseguí mi primer trabajo como contador (contable) en una tienda de electrodomésticos que estaba ubicada en el centro de Caracas. Para llegar a ella y regresar a casa de mi hermano, donde yo vivía, usaba lo que entonces llamaban un “carrito por puestos”, que no era otra cosa que un carro (coche) que cobraba por la ocupación de cada uno de sus puestos.

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Mi primera visita al balneario de Los Caracas. De izq. a derecha. En pie: Mi padre, mi madre, ¿?, mi hermano Raúl (su hija Ada delante de él), mi hermana María Celia, Elsa Armas. – En cuclillas: Elsa Padrón, mi hermano Tomás sosteniendo a su hija Marité Padrón, Teresa Delgado (esposa de mi hermano Tomás), y mi hermana María del Carmen.

Cada viaje en esos carritos me resultaba un calvario porque lo que hablaban el chofer o los pasajeros era para mí como chino. Así que para no correr el riesgo de no entender lo que mi interlocutor me dijera, y meterme por ello en problemas, llevaba exacto el dinero para pagar mi pasaje (50 céntimos de bolívar), y al entrar me limitaba a dar las buenas horas y decirle al chofer hasta donde quería yo que me dejara.

En marzo/1962 conseguí otro trabajo —esta vez en una compañía de un tal Floreal que vendía artículos de propaganda— como encargado de la correspondencia en inglés con las empresas de USA que en bolígrafos, llaveros y otros objetos que suelen darse como regalos promocionales, se encargaban de imprimir en ellos los mensajes, logos, etc. que uno les pidiera.

Con ese cambio dupliqué mi sueldo pero no mejoré mi situación laboral, pues de las manos de un judío pasé a las de un catalán, lo cual no tiene nada malo per se excepto porque estos dos eran de los que contribuyen eficazmente a consolidar la mala fama de sus respectivos gentilicios.

Con más ingresos aumentaron mis esperanzas de poder conseguir la deseada meta y dejar atrás este país en el que al menos una vez por semana me llamaban, con desprecio e ira, “Musiú”, o sea, extranjero; y un par de veces me amenazaron con una pistola.

“Musiú”, degeneración de la palabra francesa “Monsieur”, se usaba para denominar, de forma peyorativa, a los extranjeros, en particular a los que, como yo, éramos catires (rubios), de piel blanca y ojos claros.

Como ya contaré en más detalle en otros artículos, de los dominios de Floreal pasé a Olivetti (Sept./1962) y de ésta —luego de un obligado puente de seis meses en Prodaca, un data center— a IBM (Oct./1969).

Aunque a poco de estar en Olivetti conseguí que mis ahorros llegaran al monto que estúpidamente me había fijado como meta para regresar a Canarias, también había conseguido para entonces una perspectiva más real del mundo en que vivía, y un creciente y extraño atractivo por el trabajo que yo debía hacer.

Esta perspectiva y este atractivo tuvieron la virtud de hacer que el otrora firme deseo de regresar a Canarias viniera a menos hasta que su lugar fue ocupado por la convicción de que en Canarias no podría yo conseguir el futuro que en Venezuela vislumbraba. Y esa convicción se consolidó cuando por fin pude entrar a trabajar en IBM.

Salvo por el tiempo que mi trabajo me mantuvo fuera de Venezuela, he estado aquí durante 47 años durante los cuales vi cómo este país fue subiendo hasta niveles inimaginables en 1961, y cómo luego se ha venido abajo hasta alcanzar, en ciertas áreas, niveles inferiores a los de 1961.

A quien antes de 1964 me hubiera dicho que yo permanecería en Venezuela por 47 años le habría contestado que estaba loco. Pero hoy debo reconocer, como he reconocido desde hace mucho tiempo, que los tres mejores regalos que la vida me ha dado han sido mis dos hijas e IBM, la que por muchos años fuera la mejor compañía del mundo.

Hay más —como Chepina, por ejemplo— pero llegaron a mí por vía de IBM, como también me llegaron por esa vía mi crecimiento personal y profesional, mi mayor dominio del idioma inglés, mis visitas, a veces repetidas, a 36 países de este mundo, mi roce con la cultura de un par de ellos en los que viví por mucho tiempo, etc.

Tal vez alguien piense que el regalo que representan mis dos hijas igual podría haberlo recibido yo estando en Canarias. Pero no, pues el que ellas —ELLAS, y no otras— hayan nacido cuando nacieron, y no antes ni después, fue consecuencia directa del estilo de vida imperante entonces en Venezuela, algo que condicionó nuestros hábitos y costumbres.

Por esos tres regalos, ¡gracias, Venezuela!

Después de 47 años, al mirar hacia atrás reconozco cuán difícil fueron los comienzos de mi vida como emigrante, no deja de asombrarme que algo tan simple cómo un poema familiar alterara de forma tan radical el curso de mi vida, y no dejo de lamentar que mis hijas no hayan vivido de cerca la parte positiva del ambiente que allá en Canarias me formó a mí, y al que al menos pude haberlas acercado si las vivencias personales fueran transferibles, pero no lo son.

He escuchado que cuando alguien está a punto de morir ahogado, en apenas unos segundos desfila por su mente toda la historia de su vida hasta ese momento.

Si por obra de algo similar pero a la inversa hubiera yo podido vislumbrar cómo iba a ser mi futuro si yo subía al “Bianca C” aquel 19/07/1961, lo más probable es que no hubiera subido, pues habiéndome formado en un medio fuertemente controlado por el dúo Estado-Iglesia, con la estrechez de miras que entonces existía en ese medio, y con el efecto de la gran limitación geográfica en que, además de por archipiélago de pequeñas islas, nos sumía el aislamiento en que Canarias estaba por efecto de la lejanía de centros desarrollados, no creo que hubiera tenido yo discernimiento para conseguir el valor que me permitiera iniciar lo que, en lo tocante a mi destino, fue un viaje sin retorno.

La falta de experiencia de la juventud es algo obligado para que podamos aprender las lecciones de la vida.

[*Opino}– España y el aire acondicionado

Creo que el problema es sugestión basada en la manía que en España le tienen al aire acondicionado que, además, en la mayoría de los lugares donde lo hay —hoteles incluidos— no pasa de “acondisoplado”, pues sólo sopla y apenas enfría. Así lo conté ya en Impresiones de un viaje por España. Diez años después.

Los muchos que opinan que el aire acondicionado causa estos males, ¿qué harán si alguna vez tienen que entrar en un quirófano para una intervención quirúrgica? ¿Pedirán que apaguen el aire acondicionado, o se pondrán medias gruesas, gorro con orejeras y ropa de invierno, con bufanda y demás?

Si ya han pasado por un quirófano, ¿se enfermaron por eso?

Lo que estos usuarios aseguran no es necesariamente cierto. Aparte de casos de alergia, me temo que el resto se trata de somatización basada en sugestión y en el prejuicio contra el aire acondicionado.

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Publicado en La Vanguardia (España) del 22/07/08:

El 20% de los usuarios de aire acondicionado sufren problemas respiratoriosMadrid. (EUROPA PRESS).- El 20% de los usuarios de aire acondicionado en España aseguran haber sufrido problemas respiratorios derivados de su utilización, en su mayoría resfriados (32%), dolores de garganta (27%) y enfriamientos (11%),…