[*ElPaso}– ¿Pioneras del feminismo?

19-01-2010

Carlos M. Padrón

Hasta que dejé El Paso, a la edad de 18 años, sólo supe de dos mujeres que por la actitud que tenían hacia sus maridos bien se las puede considerar como pioneras de las peores feministas.

Una de ellas, a la que llamaré Bonifacia, era una bien nutrida matrona que, además de no llevarse bien con el agua, todo lo decía a gritos, pues tanto a su marido como a sus hijos, y hasta a los vecinos, les gritaba continuamente. Llegué a pensar que no sabía hablar sino gritando.

Cuando su marido Julián salía a hacer una diligencia, que generalmente era un “mandado” al que su mujer lo enviaba, tal parece que ella le fijaba una hora límite de regreso, y cuando pasaba esa hora y Julián no había vuelto, Bonifacia salía a barrer el patio frontal, que era el lugar por donde, a su regreso, Julián tendría que pasar para entrar a la casa.

Al verla iniciar esta actividad, todos los muchachos que en ese momento estuviéramos cerca nos apostábamos en un punto estratégico desde el que mejor pudiéramos presenciar el espectáculo que, estábamos seguros, se avecinaba.

Y cuando Julián por fin llegaba, Bonifacia tomaba la escoba por el extremo que tiene las cerdas y la emprendía a escobazos contra él mientras, entre imprecaciones, le gritaba: “¡Toma, toma! ¡¡A ver si aprendes!!”.

Julián se limitaba a inclinarse hacia adelante y llevarse las manos a la nuca para evitar que alguno de los escobazos lo golpeara directamente ahí, y apresuraba el paso para entrar a la casa. Pero Bonifacia lo seguía, siempre dándole escobazos, hasta que ambos desaparecían en el interior de la casa y desde dentro seguían escuchándose los gritos de Bonifacia, no sé si acompañados o no de los escobazos o de algo peor.

La otra pionera del feminismo vivía en la parte alta del pueblo, y su argumento tras la agresividad se basaba en el mito del Indiano, que está bien descrito en el artículo “Los Indianos, el cuadro”, y así cuando le daba la “veneta”, la emprendía a golpes contra su marido mientras le gritaba: “¡Anda, coño, que estuviste en Cuba un montón de años y no trajiste nada sino una catorra!” (léase ‘cotorra’).

Haciendo retrospectiva me permito suponer que estas dos mujeres tenían algún problema hepático u hormonal que las mantenía en constante estado de agresividad, y el espectáculo entre Bonifacia y Julián, que presencié varias veces, no cabía en mi mente de adolescente, ni aún en la de adulto, pues tanto yo como mis amigos más cercanos, parientes y compañeros de escuela, no habíamos sido educados en la idea de que una mujer pegara a su marido, ni viceversa. ¿Cómo es posible, me preguntaba y me pregunto, que un hombre se deje hacer eso? ¿Cómo puede ser el resto de la relación entre esa pareja? ¿Cómo pudieron llegar a la intimidad necesaria para tener hijos?

Tal vez la respuesta a esta última pregunta sea que la menopausia marcó el punto de inicio de la agresividad de estas mujeres, pues como he comprobado —haciendo también retrospectiva— que pasada esa etapa de su vida algunas mujeres “se sueltan el moño”, olvidan la modosidad y los “finos” modales que una vez tuvieron, y sueltan chistes verdes y groserías que años atrás causaban que marginaran, despreciaran y calificaran de basura social a quienes los dijeran, en especial si eran congéneres, me permito suponer que fue el problema hormonal asociado a la menopausia lo que hizo que Bonifacia y la otra se hicieran merecedoras, en mi opinión, al título de pioneras del feminismo más agresivo.

Lo que no consigo siquiera suponer es que, con ese problema hormonal o sin él, sus maridos se dejaran hacer, una y otra vez, lo que estas mujeres les hacían.

Tal vez ellos tenían un problema hormonal que en ciencia ficción podría explicarse como que su testosterona les fue transferida a ellas mientras ambos dormían,… o durante un coito alquímico. 🙂

[*Opino}– Pues parece que padezco sinestesia espacio-temporal…..

… ya que, según cuentan en el artículo que adjunto, es lo que padecen las personas que, porque perciben visualmente los números, recuerdan mejor las fechas de sucesos pasados.

¡Pues a buena hora vengo yo a saber la explicación a mi buena memoria para las fechas!

Efectivamente, yo visualizo el pasado como una cinta métrica en la que destacan, en relieve, los comienzos de década.

Y es más, para mí los nombres tienen color, y por eso me armo un lío entre, por ejemplo, Zaragoza y Valladolid porque "veo" a ambos del mismo color.

Carlos M. Padrón

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18/12/2009

Una investigación reciente ha demostrado que la gente que percibe visualmente los números, y que ve las secuencias numéricas como patrones visuales, recuerda mejor que otras personas las fechas de sucesos pasados.

Esta capacidad para ver los números es debida a un trastorno conocido como sinestesia espacio-temporal, una condición neurológica por la que los sentidos se combinan de formas poco corrientes.

Las personas que sufren este tipo de sinestesia visualizan los números como si éstos existieran en un espacio de tres dimensiones (por ejemplo, pueden ver que el año 1980 está más alejado en el espacio que 1995).

La percepción visual de los números es involuntaria, y la sinestesia puede pasar desapercibida durante años, si aquéllos que la padecen no comparten sus experiencias con otros.

En el estudio, realizado por científicos de la Universidad de Edimburgo, en Escocia, fueron analizados 10 voluntarios con sinestesia espacio-temporal para averiguar si éstos tenían una memoria superior para los números que la de la gente corriente. Así se descubrió que los participantes eran capaces de recordar rápidamente las fechas de cientos de eventos ocurridos entre 1950 y 2008.

Más información.

Tendencias 21

 

[*Opino}– Cómo decir ‘2010’

Lo de los angloparlantes lo entiendo porque para las dos primeras cifras del año ya no tienen el ‘–teen’ que comenzó con el año 1301 (Thirteen o one) y terminó con el 1999 (Nineteen ninety nine), pero lo de los hispanoparlantes no, pues si siempre se dijo, por ejemplo, “en mil novecientos sesenta y ocho” no veo por qué tenga que decirse “en el dos mil nueve”. Ese ‘el’ está por demás.

Sigo apegado al principio que promueve los términos económicos y de sólo uno o pocos significados de uso común, y por eso —van sólo dos ejemplos— prefiero ‘clicar’ que es más corto que ‘hacer clic’ y que al momento sólo vale para una cosa, y ‘celular’ que tiene menos significados de uso común que ‘móvil’. Y ‘dos mil diez’ es más corto que ‘el dos mil diez’.

Carlos M. Padrón

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31/12/2009

La fecha no parece problemática en español. Sin embargo, la pronunciación del año próximo sí genera dudas entre los anglosajones, y muchos aún no han decidido cómo llamarlo. ¿Twenty-ten?, ¿Two thousand and ten?, ¿Two-o-one-o?, ¿Ten? La duda ha surgido incluso en directo, durante un programa radiofónico de la BBC.

«Se supone que tenemos que decir Twenty-ten’, explicó la estrella televisiva David Tennant, último protagonista de la sempiterna serie ‘Doctor Who’, después de felicitar el año a un oyente durante un programa de Radio 2, perteneciente a la cadena pública británica. «No se te permite decir Two thousand and ten, aclaró su copresentadora, la también actriz Catherine Tate.

Según un portavoz de la BBC citado por el ‘Daily Telegraph’, «antes del programa se decidió que Twenty ten era el modo más fácil de pronunciar el año. [Aunque] no se rompe ninguna norma si se dice de otro modo».

 

Así se han pronunciado siempre los años en inglés: Nineteen seventy-two (1972), Nineteen ninety three (1993)… Sin embargo, la norma ha cambiado con los primeros años del milenio, que han pasado a ser Two thousand and one (2001) o Two thousand and two (2002). De ahí que a muchos les surja la duda con el cambio de década.

La culpa, de la película de Kubrick

Aunque tipográficamente el año «2010» sea mucho mejor que «2009» (al menos así lo cree la revista ‘Wallpaper’), lingüísticamente está generando bastantes más problemas. En la red, 42.500 páginas web responden al internauta cuando pregunta a Google ‘How do you say 2010» (= ¿Cómo dices 2010?).

Desde artículos de prensa hasta foros. Incluso la National Public Radio de EEUU dedicó un programa al asunto. Algunos invitados se inclinaban por el Twenty-ten —así se ha bautizado a los Juegos Olímpicos de Invierno, que se celebran en Vancouver, explicó Bob Condron, portavoz del Comité Olímpico de EEUU, en antena— pero otros se inclinaban por el Two thousand and ten porque debido «Probablemente a la película ‘2001’ [de Stanley Kubrick] la gente se ha acostumbrado a decirlo así una y otra vez», explicó Jim Burk, director de una empresa de calendarios, quien reconoció que él mismo prefería esa opción.

Los antecedentes españoles

El debate recuerda al que hubo entre los hispanohablantes con el cambio de milenio. ¿Se decía «2000» o «el 2000»? Entonces, sobre la expresión de las fechas a partir de ese año la Real Academia Española emitió esta nota: «A partir del año 2000, la novedad que supuso el cambio de millar explica la tendencia mayoritaria inicial al uso del artículo. Sin embargo, en la datación de cartas y documentos no son tan marcadas las fluctuaciones antes señaladas y se prefiere, desde la Edad Media, el uso sin artículo».

Eso sí, tampoco considera incorrecto añadir un «del». Al final, será uno mismo quien decida.

El Mundo

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Cortesía de Rafael García Sánchez

[*Opino}– Internet vs interné (con minúscula y acento)

A lo que abajo escribe don Amando debo señalar que en ‘fútbol’ se respetó la fonética original inglesa, pero lo de ‘chalé’, ‘carné’, ‘chaqué’ me parece un estímulo a la indolencia fonética del español típico que dice no poder pronunciar consonantes finales, de sílaba o palabra, que no sean ‘l’, ‘n’, ‘r’, ‘s’, ‘x’ y ‘z’, y a veces hasta la ‘d’ (Madrí por Madrid).

Por eso cuando en España digo que mi dominio es ‘padronelpaso.net’, surge de inmediato la pregunta “¿¡Punto qué!?”. ¿Serviría en este caso, según don Amando, contestar ‘né’? ¡Por supuesto que no! Por tanto, mejor sería esforzarse por pronunciar bien, o al menos escuchar bien, paso previo indispensable.

Afortunadamente ya hay destellos en contra de tal indolencia.

Carlos M. Padrón

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A. de Miguel

Carlos M. Padrón (Caracas, Venezuela) se alarma ante la propuesta de escribir “la interné” en lugar de “Internet”. Se pregunta acongojado: “¿Por qué esa manía de querer traducir lo que no está pidiendo traducción alguna, o, peor aún, lo intraducible?”.

No hay ninguna manía traductora. Ya he dicho que sería absurdo decir ‘Interred’, pero me parece razonable despojar al palabro de la mayúscula para quedar en el estatuto de nombre común. Así, yo suelo escribir ‘la internet’.

Ahora bien, al igual que en ‘chalé’, ‘carné’, ‘chaqué’ y otras voces parecidas, parece aconsejable que en español le quitemos la ‘T’ final. No es traducción sino adaptación. Es la misma operación que hacemos con “fútbol” (y no foot-ball o balompié).

En los ejemplos citados el habla del pueblo va por delante y luego se establece la norma. El paso del tiempo y el uso va decantando el valor auténtico de las palabras. Un idioma es un ser vivo.

Libertad Digital

[*Opino}– El gen del perro pequeño

Aunque el hombre es un animal sociable, todos conocemos personas que no nos gustan; algunas veces sabemos muy bien por qué y otras no.

Igual me ocurre a mí, y supongo que también a todos, con los perros, pues si bien me encantan, hay algunos cuya sola presencia me pone malo, y si a eso añadimos su comportamiento, entonces mejor ni me les acerco

En general me gustan los perros pero no los pequeños, ésos a los que en Canarias llamaban “falderos”, pues además de su tamaño, que los hace cuotas iniciales caninas, suelen tener una o más de estas “virtudes”: neuróticos, cascarrabias, “delicagaditos” (lloran por todo), acomplejados, siempre a la defensiva, y chillones. A juzgar por el artículo que copio abajo, esto se debe a sus genes muy especiales que, en mi opinión, los diferencia de los para mí verdaderos perros.

 

Sin embargo, algunos perros pequeños no me desagradan tanto como otros, y luego de analizar el caso he concluido que los que de verdad no me gustan son los que además de pequeños son peludos en todo el cuerpo, en especial en la cara..

Me gustan los que tienen, como mínimo, tamaño mediano, buena alzada (esbeltos) y figura convencional (nada de ése que parece una alfombra), con hocico protuberante (no chatos), de pelo corto (sobre todo en la cara), y que no se la pasen jadeando/babeando. El resto de los atributos son de carácter.

Por eso Susy, la perrita cacri (doberman y pastor alemán) que un día nos adoptó en la calle a Chepina y a mí, fue para nosotros un total serendipity canino, pues reúne todas esas características que me gustan y, además, es inteligente, obediente, de carácter apacible y tremendamente cariñosa.

Carlos M. Padrón

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Un equipo de investigadores de EE UU ha buscado la causa de la enorme variedad de tamaño de los perros, y ha encontrado una variante genética clave.

El perro doméstico, Canis familiaris, es la especie, entre todos los mamíferos, con mayor rango de tamaño. Nathan B. Sutter (Instituto Nacional de Investigación del Genoma Humano, en Washington) y sus colegas han descubierto que todos los perros pequeños comparten una secuencia específica de ADN en el gen responsable de producir el factor de crecimiento, similar a la insulina, IGF1. Este gen, cuya variación está relacionada con el tamaño del cuerpo, está presente en otros organismos, incluidos los ratones y los seres humanos.

Los científicos analizaron en el estudio el ADN de 3.000 perros de 143 razas. Los muchos siglos de crianza de los perros por parte de los humanos, han facilitado la identificación del gen, reconocen los científicos, que ahora buscan genes implicados en otras características más complejas de estos animales.

El País

[*Opino}– Las useñas prefieren la ropa al sexo

Carlos M. Padrón

Sostengo que la mujer se arregla —se viste, maquilla, perfuma y, en general, usa el gancho del RPM— para impresionar a otras mujeres, no a los hombres,… a menos que esté en “temporada de caza”.

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La mayoría de las mujeres de Estados Unidos prefieren disponer de un armario atestado de ropa antes que mantener relaciones sexuales, según una encuesta realizada a mujeres de diez de las mayores ciudades del país.

De acuerdo con el estudio, realizado por la empresa Unilever, un 61% de las useñas considera que le resultaría más traumático perder su prenda de ropa favorita que quedarse sin practicar sexo durante un mes.

El grado de abstinencia, además, va en aumento en relación con el objetivo del ropero, según el informe, pues la mayoría de las mujeres dejarían de mantener relaciones sexuales durante quince meses, si al finalizar ese periodo se encontraran con un armario repleto de ropa nueva. Incluso un 2% de las encuestadas asumiría sin problemas tres años de abstinencia si se encontraran con la misma recompensa.

Pero el sexo no es el único objetivo a desechar en esta batalla: en la lista de preferencias femeninas, las relaciones sentimentales, el amor y los hombres también aparecen por debajo de la ropa.

La media de encuestadas de entre 18 y 54 años han mantenido en el armario su prenda de ropa favorita durante doce años y medio, un año más de lo que ha durado su relación sentimental más larga. Y una amplia mayoría de las mujeres se muestran convencidas de que existe el amor a primera vista,… pero sólo en lo que a la ropa se refiere.

El ‘flechazo’ es auténtico para el 70% de las encuestadas cuando se enamoran de alguna falda, blusa o zapatos, mientras que esa cifra se rebaja al 54% en lo que se refiere a la detección a primera vista del hombre adecuado.

Entre el poder que para hacer sentir bien a las mujeres tienen el sexo opuesto y la ropa, tampoco hay lugar a dudas. Para un 48% del millar de encuestadas, un hombre no les puede transmitir tanta seguridad ni hacerles sentir tan ’sexy’ como sus prendas de ropa favorita.

Periodista Digital

[*Opino}– Literatura clásica AC (antes del celular) y DC (después del celular)

El genial escrito que sigue lo calificaría yo de “bromenserio” pues si bien es chistoso no puede ocultarse su impactante fondo social. Eso de que ya las famosas obras de la literatura clásica no tienen futuro es, cuando menos, preocupante; es una dramática prueba de cómo el celular ha cambiado nuestro mundo y nuestras vidas.

¿Cómo podría un muchacho de hoy entender a cabalidad lo que hace 40 años eran las comunicaciones? Si mi nieto se extrañó cuando por primera vez vio un teléfono de dial, ¿cómo podría entender que en 1963 esperé yo 4 horas en las oficinas centrales de la telefónica de Venezuela para poder hacer una llamada desde Caracas a Canarias, que fue poco menos que simbólica porque casi no se escuchaba nada?

¡Qué distintos habrían sido los entonces trágicos efectos de la emigración si los padres del muchacho que emigró a América hubieran podido comunicarse con él por vía de un celular en vez de tener que conformarse con, si había suerte, una carta al mes!

Al comparar la vida que yo tuve con la que tienen mis hijas me he sentido frustrado por no poder transferirles mis vivencias personales, pero ante esto se me ocurre que tal vez esa imposibilidad sea realmente un tipo de bendición.

Carlos M. Padrón

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27 de octubre de 2008

Hernán Casciari

Anoche le contaba a la niña un cuento infantil muy famoso, “Hansel y Gretel”. En el momento más tenebroso de la aventura los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas bolitas de pan para regresar a casa. Hansel y Gretel se descubren solos en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer. Mi hija me dice justo en ese punto: “No importa.
Que llamen al papá por el celular”.

Entonces pensé, por primera vez, que mi hija no tiene una noción de la vida que sea ajena a la telefonía inalámbrica. Al mismo tiempo descubrí qué espantosa resultaría la literatura si el teléfono celular hubiera existido siempre. Cuántas tramas habrían muerto antes de nacer, y qué fácil se hubieran solucionado los intríngulis más célebres de las grandes historias de ficción.

Piense el lector ahora mismo, en una historia clásica. Muy bien. Ahora ponga un teléfono celular en el bolsillo del protagonista. Un teléfono con cobertura, con conexión a correo electrónico y chat, con saldo para enviar mensajes de texto y con la posibilidad de realizar llamadas internacionales cuatribanda.

¿Funciona la trama como una seda ahora que los personajes pueden llamarse desde cualquier sitio, chatear, hacer  videoconferencias y enviarse mensajes de texto? Nooo, no funciona un carajo.

Con un teléfono en las manos, por ejemplo, Penélope ya no espera con incertidumbre a que Ulises regrese del combate, y Caperucita alerta a la abuela a tiempo, y la llegada del leñador no es necesaria, y Tom Sawyer no se pierde en el Mississippi,…. gracias al servicio de localización de personas de Telefónica.
Un enorme porcentaje de las historias de veinte siglos atrás han tenido como principal fuente de conflicto la distancia, el desencuentro y la incomunicación. Esas historias existieron gracias a la ausencia de telefonía celular.

Ninguna historia de amor habría sido trágica si los amantes hubieran tenido un teléfono en el bolsillo de la camisa. La historia romántica “Romeo y Julieta” basa todo su dramatismo en una incomunicación fortuita: la amante finge un suicidio, el enamorado la cree muerta y se mata, y entonces ella, al despertar, se suicida de verdad. Si Julieta hubiese tenido teléfono celular le habría escrito un mensajito de texto a Romeo en el capítulo seis:

M HGO LA MUERTA, PERO NO STOY MUERTA. NO T PRCUPES NI HGAS IDIOTCES. BSO. OK ?

Y las últimas cuarenta páginas de la obra no tendrían gollete, no se habrían escrito nunca si hubiera existido la promoción ‘Banda ancha celular’ de Movistar.
Muchas obras importantes habrían tenido que cambiar el nombre por otros más adecuados. Por ejemplo, la novela de García Márquez «Cien años de soledad» se llamaría “Cien años sin conexión” y narraría las aventuras de una familia en la quee todos tienen el mismo nick pero a nadie le funciona el Messenger  (buendia23, a.buendia, aureliano_goodmorni g).

La famosa novela de James M. Cain “El cartero llama dos veces”, escrita en 1934 y llevada más tarde al cine, se llamaría “El g-mail me duplica los correos entrantes” y versaría sobre un marido cornudo que descubre (leyendo el historial de chat de su esposa) el romance de la joven adúltera con un forastero de malvivir.

En la obra “El jotapegé de Dorian Grey”, Oscar Wilde contaría la historia de un joven que se mantiene siempre lozano y sin arrugas, en virtud a un pacto con Adobe Photoshop, mientras que en la carpeta Images de su teléfono una foto de su rostro se pixela sin remedio, paulatinamente, hasta perder definición.

La bruja del clásico “Blancanieves” no consultaría todas las noches al espejo sobre ‘quién es la mujer más bella del mundo’, porque el costo por llamada del oráculo sería de 1,90€ la conexión y 0,60€ el minuto; se contentaría con preguntarlo una o dos veces al mes, y al final se cansaría.

Todo el cine romántico en el que, al final, el muchacho corre como loco por la ciudad porque su amada está a punto de tomar un avión, se soluciona hoy con un SMS de cuatro líneas.

La telefonía inalámbrica nos va a entorpecer las historias que contemos de ahora en adelante. Las hará más tristes, menos sosegadas, mucho más predecibles.

Y me pregunto, ¿no estará acaso ocurriendo lo mismo con la vida real? ¿Alguno de nosotros, alguna vez, correrá desesperado al aeropuerto para decirle a la mujer que ama que no suba a ese avión, que la vida es aquí y ahora? No. Le enviaremos un mensaje de texto.  Cuatro líneas con mayúsculas. Quizá le haremos una llamada perdida, y cruzaremos los dedos para que la mujer amada no tenga su telefonito en modo vibrador.

Nuestras tramas están perdiendo el brillo porque nos hemos convertido en héroes perezosos.

Fuente: Puntadas de cuento

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Cortesía de Juan Carlos Hernández

[*ElPaso}– «¡Adiós, Calero!»

10-11-2009

Carlos M. Padrón

En uno de los pueblos del Valle de Aridane habitaba en los años 50 un individuo de nombre Francisco al que todos llamaban Panchito. Era amanerado, de unos 35 años, solterón, y vivía con su madre viuda de la cual era hijo único.

Su pasión era la Iglesia, y por ello se encargaba de mantener pulcro y limpio el templo de su pueblo, cuidando de todos los detalles, desde el orden de los bancos y reclinatorios hasta la apariencia física de las imágenes, incluyendo sus vestidos. Y cuando hablaba de temas relativos a eso —que eran de los que hablaba el 99% del tiempo— lo hacía con tono solemne, casi apocalíptico.

A diario iba a la iglesia del pueblo a cumplir con sus tareas, pero para ello tenía que pasar frente a unas edificaciones de dos o más pisos en cuyos balcones y ventanas había siempre varias ancianas que, a falta de mejor cosa que hacer, vigilaban desde arriba el paso de los vecinos para luego hablar de ellos. Y en la base de esas edificaciones había unos bancos en los que, como era y sigue siendo costumbre en nuestros pueblos, se sentaban a diario unos cuantos hombres, de la tercera edad todos ellos, que entretenían sus lenguas con temas pueblerinos, y que, como les disgustaba el amaneramiento de Panchito, cuando éste pasaba frente a ellos, siempre llevando un ramo de flores para ponerlas en el trono de a la imagen de la Virgen patrona de su pueblo, le soltaban comentarios que a él le molestaban, como también hacían los jóvenes, adolescentes y hasta los veinteañeros.

Para hacer oídos sordos a los hirientes comentarios de aquellos hombres e ignorarlos, al pasar frente a los bancos en que éstos estaban, Panchito alzaba la vista hacia los balcones y ventanas antes mencionados y, mientras saludaba con la mano en alto, iba diciendo: “¡Adiós, doña Margarita!”, “¡Buenos días, doña Gertrudis!”, “¡Hasta luego, doña Albertina!”, y así hasta que dejaba atrás la “zona de peligro”.

Se cuenta que un día en que estaba esperando que llegara la guagua, acertaron a pasar dos curas en el coche de uno de ellos, y al ver a Panchito, que de seguro esperaba para ir a la iglesia, le ofrecieron llevarlo.

Él, más que feliz por tan gran deferencia y por tener la oportunidad de estar por unos minutos en la cercanía y compañía no sólo de un cura sino de dos, aceptó gustoso. Al subir al coche, el cura de la iglesia que Panchito atendía quiso presentárselo al otro, que era párroco de otro pueblo, y lo hizo con estas palabras:

—Don Antonio, éste es Panchito, de quien ya le he hablado. Es un mirlo blanco.

A lo que Panchito, arrobado en su inmensa satisfacción, desde el asiento trasero del coche contestó:

—No, don Marino, ¡aún sostengo reñidas luchas con la carne!

Un día, Panchito tuvo que ir a Santa Cruz de Tenerife y se hospedó en una pensión de estudiantes que estaba en la calle Ramón y Cajal, en la que también se hospedaban varios jóvenes de su pueblo y de pueblos vecinos. Uno de estos jóvenes, a quien llamaban Calero, pues ése era su apellido, no dejaba de gastarle a Panchito bromas pesadas, pero, porque ambos eran vecinos de barrio en su pueblo natal, Panchito socializaba más con Calero que con los otros paisanos.

Los más de los estudiantes de esa pensión frecuentaban un determinado burdel y conocían muy bien a las mujeres de vida alegre que en él ofrecían sus servicios. Y sabiendo que Panchito era virgen, Calero se puso de acuerdo con otros paisanos, y entre todos le montaron una emboscada.

Desde comienzos de cierta semana primaveral, Calero le dijo a Panchito que quería que el próximo domingo lo acompañara a conocer a sus primas, propuesta que fue aceptada de inmediato, pues Panchito consideró que eso de que Calero lo llevara a conocer a su familia era un gran honor, y se sintió halagado cada vez que Calero le recordó, día a día, esa invitación, pidiéndole encarecidamente que para la tarde del domingo de marras no aceptara ningún otro compromiso.

Llegó el tan ansiado domingo, y Panchito, en compañía de Calero y de tres de los otros estudiantes, se dirigió contento a conocer a las “primas” de Calero,… y cayó en la emboscada que fue para él el hecho más importante y trágico que le había ocurrido en su vida, pues lo contaba —y lo contó muchas veces, a título de tema aleccionador— así:

«Llegamos a una casa muy grande. Calero abrió la puerta sin llamar, pero, como era la casa de sus tíos —pensé yo— podía tomarse esas libertades.

Apenas entramos aparecieron cuatro mujeres todas pintarrajeadas y con vestidos no muy decorosos, pero pensé que era por el día domingo. Además, me extrañó que fueran cuatro cuando nosotros éramos cuatro también. Alborotadas, como si los que iban conmigo fueran viejos conocidos, los saludaron, uno a uno, con besos en la cara. Cuando la primera llegó a mí, Calero la detuvo, y en voz alta me presentó ante todas, y no sé por qué, ¡pero a Dios gracias!, ya no intentaron besarme.

Yo miraba aquella casa y a aquellas mujeres y decía para mí “¡Cuántas primas tiene Calero! ¡Pero qué raras son todas! Además, ¿dónde están sus padres, los tíos de Calero?”.

Entonces, cada uno de ellos se sentó con una de las primas, y la que quedó sobrante vino a sentarse conmigo.

Ya aquello no me estaba gustando, pero menos me gustó cuando, hablando bajito y de a poquito, cada pareja se fue retirando hacia la parte alta de la casa, y cuando sólo quedábamos Calero y yo, con una mujer al lado de cada uno, Calero se dirigió a la que estba sentada conmigo y le dijo que por qué no me llevaba arriba y me mostraba las fotos de sus padres. “¡Por fin —me dije yo— voy a conocer a los tíos de Calero, aunque sea en fotos!”. E inocente subí con aquella mujer a la parte alta de la casa, sin imaginar siquiera la dura prueba que me esperaba.

Arriba había un pasillo muy largo con puertas a los dos lados. La mujer, que iba delante de mí, abrió una de estas puertas y me hizo entrar a la habitación que, en contra de lo que yo pensaba, no era un salón de recibo sino un dormitorio, con cama y todo. “¡Ay, señor! —me dije yo— ¡esto cada vez me gusta menos!”.

Y menos todavía me gustó cuando la mujer cerró la puerta apenas entrar yo. Y enseguida, con una sonrisa diabólica, me echó los brazos al cuello y me besó en la boca.

Enfurecido, con todas mis fuerzas la separé de mí gritando “¡Noooo! ¡¡Apártate, Satanás!!”. Y aprovechando que mi empujón la dejó sentada en la cama, corrí hacia la puerta y la abrí.

Al salir al pasillo miré a la derecha y a la izquierda, exclamé “¡Ayúdame, San Francisco de Asís, a encontrar la salida más cercana!” y, desesperado, comencé a abrir puerta tras puerta en la esperanza de encontrar una que diera a la calle. Pero, ¡oh, Dios mío!, cada vez que abría una puerta ¡¡yo veía,…. yo veía,…. veía,…!!».

Siempre que contaba este trágico suceso de su vida, Panchito se detenía, rojo de vergüenza, en este pasaje. Quienes, por malicia, lo habían estimulado a que lo contara, lo animaban con repetidos “¿¡Qué viste, Panchito, qué viste!? ¡Dinos qué viste!”, hasta que, después de hacerse rogar varias veces, Panchito, cubriéndose el rostro con ambas manos y bajando su cabeza, gritaba,

—¡Un parapeto, un parapeto!

—Pero, Panchito, ¿qué es un parapeto?—, preguntaban varios al unísono.

—¡Un hombre con una mujer, y desnudos los dos!— gritaba angustiado Panchito mientras, sin retirar las manos de su enrojecida cara, la escondía ahora entre las rodillas.

Y luego de una pausa, como para recuperar algo la perdida compostura, continuaba:

«Pero San Francisco de Asís, protector de los inocentes, me escuchó, y al abrir una de las puertas vi que era una salida a la calle trasera. Sintiéndome libre al fin, me paré frente a esa puerta bendita, y cuando de un golpe terminé de abrirla de par en par, volví la vista hacia atrás y vi que en el pasillo estaban, riéndose, los tres que me habían llevado a aquel lugar de perdición».

Y al llegar a este punto, Panchito unía la acción a la palabra recreando con gestos y entonación el cierre de su historia:

«Y entonces, mirando de frente a Calero, alcé mi mano en gesto condenatorio hacia el pecador que él era, y le dije “¡Adiós, Calero! ¡¡¡Has perdido un amigo para siempre!!!”, y a toda carrera me alejé de aquel antro de pecado».

***

Tal vez Panchito no sepa —o nunca supo, si es que murió— que esta su trágica frase ha sobrevivido en mi familia, y entre muchos conocidos, hasta el día de hoy, y, cuando después de una reunión alguien de éstos quiere irse a pesar de que el resto no quiere que se vaya, ese alguien levanta su mano en gesto grandilocuente, se dirige a los demás y, en tono trágico, exclama “¡Adiós, Calero!”, prescindiendo casi siempre de la segunda parte por cuanto ya los más de los así increpados la conocen.

Y el tal Calero seguramente tampoco sabe cuánto ha perdurado la frase que le fue endilgada por el iracundo Panchito.

Esos conocidos saben de la frase por mi familia, y ésta lo supo por mis cuentos, pero la adoptó la noche en que, a la salida de la primera boda a la que asistí en Venezuela —boda de una tal Flor, que tuvo lugar en el barrio caraqueño de La Pastora el 18/08/1961— en la camioneta que entonces tenía mi difunto hermano Raúl íbamos él, su mujer, sus dos hijas, mis padres, mis dos hermanas y yo.

Para que viéramos algo de la Caracas nocturna, Raúl hizo un recorrido que nos llevó a la Avenida Bolívar que a esa hora, sobre las dos de la madrugada, estaba desierta. Pero vimos que delante de nosotros, por el borde del canal por el que Raúl conducía, caminaba tambaleante un individuo que, a todas luces, estaba borracho.

Al pasar a su altura, a mí se me ocurrió gritarle: “¡Adiós, Calero!”. La respuesta del borrachito fue contundente, pues se enderezó cuanto pudo y a todo pulmón exclamó: “¡Al coño’e tu madre!”.

Ese improperio inmortalizó, al menos en el círculo social que señalé, la histórica frase de Panchito.