– VI –
Queriendo tus bondades saber por tu expresión,
tus ojos y tu boca me han dicho tu portento:
aquéllos, lo que siente tu noble corazón,
aquésta, la grandeza de tu alto pensamiento.
Capítulo que recoge artículos de mi cosecha, de otros, siempre que sean relativos al terruño, y de secciones selectas.
– VI –
Queriendo tus bondades saber por tu expresión,
tus ojos y tu boca me han dicho tu portento:
aquéllos, lo que siente tu noble corazón,
aquésta, la grandeza de tu alto pensamiento.
– IV-
De mi pueblo en la oculta pradería,
tanto charlas conmigo,
que otro al verte charlar te tomaría
por mi mejor amigo.
Mas si te viera, sólo al saludarte
estando en la ciudad,
diría con acierto al contemplarte:
¡Qué clara falsedad!
Carlos M. Padrón
Alicia hizo este pasado verano las ilustraciones del libro Ladies First Favourite – Christmas Book, que trata de canciones y cuentos de Navidad, y que salió a la venta en UK hace dos días.
También saldrá a la venta en otros países —de habla inglesa, supongo—, aunque aún no se sabe en qué fecha.
Por el tamaño, por la buena calidad de la encuadernado y de la impresión, etc., éste es un libro poco común que, si bien se publica en UK, hay un site a través del cual se puede comprar en USA y no cobran el delivery, que es lo que resulta caro.
AQUÍ, la URL de ese site.
Si alguien me hubiera mostrado, sin darme explicación alguna, la imagen que acompaña al artículo que sigue, yo habría creído que se trataba de una hoja de papel blanco que, como esos cartelitos de letras blancas sobre fondo negro, fue pintada de negro por una impresora y, por una falla en la impresión, el negro no cubrió todo el papel, y a través de dos pequeñas áreas circulares de éste puede verse el color de fondo.
Pero cuanto entiendo que se trata de una foto en la que los dos puntos blancos son la Tierra y la Luna vistas desde el espacio a casi 10 millones de kilómetros de distancia, mi percepción sufre un vuelco sobrecogedor y tan profundo que no puedo describirlo.
Se me ocurre que el atinado calificativo de «minucia» puede usarse de formas o desde dos puntos de vista, a saber:
El punto de vista 1 me parece derrotista. Es renunciar a nuestra condición de seres «inteligentes» y no mostrar interés alguno ni por nuestro origen ni por nuestro destino.
Tenemos que aceptar que nuestra forma de medir la inteligencia está adaptada a lo que entendemos por tal, pero que, así como damos por cierto que en nuestro mundo hay cuatro dimensiones, en el universo tiene que haber diferentes magnitudes de inteligencia, inferiores y superiores a la nuestra pero, sobre todo, algunas que ni siquiera son comparables a la nuestra,.. precisamente porque están en otra dimensión.
El mensaje de esta foto —la que, entre las muchas vistas en mi vida, es la que para mí tiene la mayor distancia entre presentación y significado—, es que debemos abrazar el punto 2 y la consiguiente aceptación, y proceder en consecuencia.
Carlos M. Padrón
***
31/08/2011
En su camino hacia Júpiter, el planeta más grande del Sistema Solar, la nave Juno de la NASA ha tomado unas hermosas fotografías de la Tierra y la Luna.
El valor de la imagen no sólo reside en su perspectiva —rara vez tenemos la oportunidad de ver nuestro mundo desde ese punto de vista— sino también en la fragilidad que la bola azul transmite desde tan lejos, como un puntito luminoso perdido en el espacio.
La Tierra (izquierda) y la Luna (derecha) aparecen como dos frágiles «puntitos» en esta imagen tomada por Juno a 9.66 millones de kilómetros de distancia
«Éste es un memorable espectáculo que la gente puede ver muy rara vez. Este punto de vista de nuestro planeta muestra cómo la Tierra se ve desde el exterior, lo que expone una perspectiva especial de nuestro papel y lugar en el Universo. Es una visión humilde y bella de nosotros mismos», apunta Scott Bolton, principal responsable de la nave Juno en el Instituto de Investigación del Suroeste (SwRI), en San Antonio (Texas).
La imagen fue tomada por la cámara de la nave, llamada JunoCam, el pasado 26 de agosto, cuando la sonda se encontrada a unos 9,66 millones de kilómetros de distancia, como parte del trabajo del equipo de comprobación de la sonda, encargado de verificar que todos sus instrumentos funcionan correctamente.
Juno fue lanzada el pasado 5 de agosto desde Cabo Cañaveral.
En menos de un día, cubrió la distancia de la Tierra a la Luna, unos 402.000 kilómetros. Llegará a Júpiter dentro de cinco años, después de recorrer 2.800 millones de kilómetros.
Entonces, orbitará los polos del planeta 33 veces y usará sus ocho instrumentos científicos bajo la oscura nube que cubre el gigante de gas para aprender más sobre los orígenes, la estructura, la atmósfera y la magnetosfera del planeta. También buscará un potencial núcleo planetario sólido.
Júpiter es un planeta de gran interés científico, y un mundo espectacular. Es 1.300 veces más grande que la Tierra y gira 2,5 veces más rápido. Es azotado por vientos endemoniados, por huracanes que duplican el tamaño de nuestro planeta, y por rayos que caen cien veces más brillantes. Un auténtico infierno por descubrir.
Fuente: ABC
Al igual que lo de «Esto empezó con la 1620 instalada en la UCV«, los escritos que copio más abajo fueron intercambiados por e-mail comenzando el día 29 de agosto de 2003, o sea, hace hoy exactamente OCHO (8) años.
Mis excusas por la repetición.
***
Carlos M. Padrón
La IBM 1401 fue la primera computadora que vi en mi vida. Estaba instalada en el Banco Francés e Italiano (BFI, con sede principal en la Avda. Urdaneta cruce con Avda. Fuerzas Armadas), que luego fue “Banco Latinoamericano de Venezuela, C.A. Sudameris”, y luego, cuando lo compró Pedro Tinoco, Banco Latino C.A.
Las malas lenguas dijeron entonces que se escogió ese nombre porque al incorporar a “Latino” las siglas de compañía anónima (C.A.) el resultado era LATINOCA, o sea, la hacienda de Tinoco.
Como se recordará, el Banco Latino quebró en 1994 durante la crisis financiera.
Esa 1401 era igual a la de la foto que sigue, excepto por que no tenía ni la muchacha ni el tambor de discos que en la foto aparece al fondo y a la derecha. Creo que tenía 8K de memoria.
Mi “encuentro” con la 1401 ocurrió en 1963, o sea, hace 40 años.
Siendo yo vendedor de Olivetti y especialista en las máquina llamadas Audi, me asignaron la cuenta BFI porque Olivetti había instalado con éxito en Europa una solución en base a la cinta de papel perforada de sus máquinas Audi, y esa solución, que corría en una 1401, podía adaptarse para Bancos.
Hice la oferta al BFI, y Claudio Santilli, que era el DP Mgr del BFI, me pidió que, para empezar, programara en un par de Audi la aplicación para cuentas corrientes y de ahorros que, en base a tarjetones y libretas, y máquinas NCR y Burrough’s de registro directo, tenía el Banco instalada desde hacía años.
Puse manos a la obra. Con una especie de comisión de gerentes del Banco, encabezada por su presidente, de apellido Belloni (su nombre lo pronunciaban Joaquín pero creo que se escribía Gioacchino), y coordinada por Santilli como interfaz primaria conmigo, acordé el diseño de los tarjetones que querían.
Olivetti imprimó un lote de tarjetones para las pruebas (las libretas de ahorro serían las mismas ya en uso), e instalé un par de Audi en la sede del BFI con las cuales di demostraciones a la tal comisión.
Realicé los ajustes que pidieron, y, cuando esa parte estuvo lista —así como la cantidad de Audi que comprarían, el precio, las condiciones, etc.—, vino el gran problema: cómo leer y pasar a una computadora 1401 la cinta de papel que las Audi perforarían como producto de su trabajo.
Yo sabía, por los manuales que me habían servido para entender y programar las máquinas Audi, que en Europa se usaba para eso la IBM-3903, que, como en IBM aprendí después, era un RPQ (Request Price Quotation) de no sé qué máquina.
Pero cuando el BFI le pidió a IBM de Venezuela la 3903, la respuesta fue que no existía, respuesta que podía entenderse por cuanto IBM, al ver en el BFI las Audi en demostración, se puso a buscar algo con qué competir para ganar el negocio e impedir que Olivetti entrara en ese Banco.
Ante esta respuesta, Olivetti puso en manos del BFI toda la documentación que acerca de la 3903 había yo conseguido desde Olivetti HQ, y el BFI se la entregó a IBM como prueba de que la 3903 sí existía.
Ante esto, IBM no tuvo otra opción que traer de Europa esa lectora de cinta de papel y conectarla a la 1401 del BFI.
Hacer que la 3903 leyera la cinta de papel de hueco cuadrado que producían las Audis fue otro cantar, en cuya poco melódica y desagradable “entonación” conocí a los primeros técnicos y analistas IBM que literalmente «parieron» por semanas hasta que la 3903 hizo a satisfacción su trabajo.
Para variar, no recuerdo sus nombres ni las caras de casi ninguno de los IBMistas que intervinieron en esto; sólo me viene a la memoria, y por razones “aromáticas”, la cara de Luis Somoza.
Así logré vender un montón de Audi que luego tuve que instalar, personalmente y ayudado por dos instaladores, en todas y cada una de las agencias importantes del BFI a nivel nacional.
Junto con mis instaladores y dos funcionarios —Rafael Masiello (q.e.p.d.) y Luis Guirado— que el BFI había destinado para eso a tiempo completo, me recorrí casi la total la geografía del país.
Pero fue el ver, en vivo y en directo, cómo actuaban, se fajaban y comportaban los técnicos y analistas de IBM, y cómo era su relación entre ellos y con el cliente, lo que me llevó a decidir que yo haría todo lo que fuera necesario para entrar en esa compañía.
A comienzos de 1967, y a petición mía, Claudio Santilli me hizo un contacto con IBM, fui al Edf. Mene Grande y presenté los exámenes.
A los pocos días me llamó la Sra. Rebeca Perli y me dijo que los había aprobado, pero que quedarían archivados a la espera de que IBM necesitara personal.
Casi dos años más tarde —y dos negocios más ganados por mí a IBM: IVSS y CANTV— supe que IBM estaba buscando personal, así que llamé a la Sra. Perli y recibí de ella dos malas noticias:
1) Lamentablemente, mi expediente, al igual que muchos otros documentos, se había perdido en el desastre causado por el terremoto de julio/1967, y que, por tanto, yo debía presentar de nuevo los exámenes.
2) Aunque no hubiera ocurrido la pérdida de mi expediente con los exámenes aprobados, no podían contratarme porque Olivetti había presentado ante IBM una queja formal por “robo” de personal, pues desde Olivetti y para IBM se habían ido, a la fecha, José (Pepe) Martínez Montalvo (q.e.p.d.), Carlos Pérez Requejo, y Miguel Cabrera. Mi única posibilidad era que yo dejara Olivetti y tocara de nuevo a las puertas de IBM por lo menos seis meses después.
Fiel a mi decisión, en marzo de 1969 —y poco tiempo después de haber regresado de Ivrea (Italia) donde están los HQ de Olivetti, de un viaje premio y de contribuir al diseño de la nueva familia de terminales bancarios que Olivetti quería lanzar al mercado— renuncié a Olivetti y me fui a trabajar con Santilli en PRODACA, un data center que, usando los equipos del BFI, había montado él en sociedad con Leonello Andreassi, también funcionario del BFI.
Allí esperaba pasar yo tranquilo los 6 meses reglamentarios, pero en junio de ese año murió mi padre, y su muerte me dejó tan destrozado (de hecho, es el golpe más duro que he recibido hasta la fecha) que quedé en la actitud que él, mi padre, habría descrito con la expresión, creo que cubana, de que todo «me daba lo mismo atrás que a las espaldas”.
Contra el suelo, vuelto ñoña y moviéndome por inercia en mi trabajo con PRODACA, en septiembre de 1969 me topé con Carlos Pérez Requejo en la esquina de Urapal, me dijo que IBM estaba buscando gente, que aprovechara y fuera de nuevo, y, sin saber cómo ni por qué (estoy convencido de que fue obra de mi padre), un par de días después me fui una mañana al Edf. Mene Grande, presenté otra vez los exámenes —con cero nervios, pues todo me daba lo mismo atrás que a las espaldas, o sea, que me importaba un pito— y poco días después me llamó a mi casa al Sra. Perli para que fuera a unas entrevistas.
A pesar de la oposición de algunos IBMistas de entonces, y después de ser entrevistado por Humberto Ribadeneira, Rainer Barany y José Avendaño, el día 1° de octubre de 1969 entré por fin en IBM de Venezuela.
En mis solicitudes —la de 1967 y la de 1969— yo había pedido la posición de analista de sistemas (SE), pero cuando ya mi Entry Level Training (ELT) estaba por terminar, José Avendaño me dijo que yo iba para Ventas, sí o sí, y en el área de Banca, pues después de haberle ganado a IBM tres negocios ejerciendo yo como vendedor de competencia no iban a darme otra posición que no fuera ésa. Y para Ventas fui como RV (Representante de Ventas).
Debuté como RV Trainee ayudando a Juan Llorens con las cuentas de su territorio, especialmente con Banco de Venezuela, que era la mayor.
Fuera y dentro de mi familia yo siempre había sido Carlos Padrón, y ese nombre no me había creado problema alguno. Pero a poco de estar en IBM descubrí que, tan sólo en el medio relacionado con la computación, había nada menos que seis Carlos Padrón.
Así que, para evitar confusiones, desenterré la inicial de mi segundo nombre, que es Miguel, y comencé a usar Carlos M. Padrón tanto en la correspondencia como en las tarjetas personales.
Fuera de ese medio siguen llamándome Carlos Padrón.
***
Ahora ya sé de quién fue el invento de la dichosa lectora de cinta de papel que había en el BFI. Gracias, coño, por los malos ratos pasados.
***
Carlos M. Padrón
A lo dicho más arriba vino a refrescar mi memoria el mensaje que acaba de llegarme por e-mail con el “agradecimiento” de Antonio Lalaguna por los muchos “buenos ratos” que la 3903 le hizo pasar en el BFI.
Esta demostración de tan noble sentimiento llegó un poco tarde, pero llegó, aunque debo disculpar a Antonio ya que, según él mismo reconoce, fue por el Release 1 de este artículo por donde por fin supo de quién había sido el invento de la dichosa lectora de cinta de papel que había en el Latino [BFI].
Antonio: Felicitaciones, aunque tardías, por lo feliz que te hizo la 3903. ¡Qué malagradecido!
¡De nada, Antonio, de nada! 🙂
***
Las primeras 1401s tenían una memoria de 1.4 Kb, y había de 2 K. A Venezuela llegaron todas con 4 K o más. El límite era 16 K.
El especialista de esta máquina era Hugo Smitter.
En octubre de 1962 hice una sugerencia modificando algunos circuitos de la 1620, pues cuando esta máquina multiplicaba tomaba 4 ciclos de 20 microsegundos por cada dígito, pero, con la modificación por mí propuesta, cuando encontraba ceros hacía que el shift saltara al próximo dígito, ahorrando así mucho tiempo, pues, normalmente, en cualquier cantidad hay un buen porcentaje de ceros, y con esto se acortaba el tiempo de la multiplicación.
Mi idea no la pusieron en la 1620 sino en la 1620 II, que fue anunciada unos meses después.
Por esta sugerencia me dieron un premio, y a fin de año, otro, por haber sido ésa la mejor sugerencia del Área.
A Pepe Martínez Montalvo le ayudé a entrar en IBM. Él estaba casado con una chica que era prima del esposo de mi prima Rosario, que vive en Asturias. Pepe (q.e.p.d) era una magnifica persona.
***
Manuel Alberto Gutiérrez
Todo lo enviado se refiere a computadoras. Nadie menciona las maravillosas máquinas denominadas «Registro Unitario», o Tabulating Equipment. El verdadero multiproceso de las 024/026/056 y 059, 077 y 088, 557, 082/083 y 101, 513 y 514, 402/403/421 y 407, 602/604 y 607. Y con las tarjetas de 80, y sí, ¡de 81 columnas!
Fue el nacimiento de lo que hoy tenemos, pero SIN virus ni gusanos ni problemas.
La verdad es que mi ingreso al procesamiento automatizado fue con UNIT RECORD en 1959 en el Ministerio de Hacienda, en Costa Rica, cuando me pasaron a trabajador en «Departamento IBM» como se llamaban antes (gran mercadeo).
Después de botar tarjetas porque tenían huecos de corte perfecto y creí que se las habían comido las polillas, pasé el examen de IBM y los cursos iniciales, y luego entendí lo de las «perforaciones» y me acostumbré a perforar.
Dicho esto, me doy cuenta de que he estado en «esto» desde 1959 (no sé qué mes), o sea, por cuarenta y cuatro años. Empecé a los 19.
– I –
Soberbio por tu pobre inteligencia,
el misterio más grande lo escarneces
y niegas del Supremo la existencia;
pero has dicho que siempre te estremeces
a la punzante voz de la Conciencia,
que escuchas intranquilo muchas veces.
Pues eso que has sentido ¡ser pequeño!
es la voz del que niegas con empeño.
Quien escribió lo que copio más abajo, aunque seguramente es de mi generación, debe ser un citadino, pues olvidó destacar, entre otros, algunos ejemplos, como los que describo a continuación, tomados de la vida en El Paso de los años ’50s.
Para recoger el flujo de la menstruación, las mujeres no usaban modess ni tampones ni ningún otro objeto desechable, sino unos paños hechos con material de toallas que por medio de cintas se fijaban al lugar. Esos paños se lavaban, con agua que no se perdía, y eran reutilizables.
Las sobras, nunca muchas, de la comida, no iban a una triturado eléctrica sino que se reunían en un balde o tobo —al que llamábamos ‘balsa’—, y con ellas se alimentaba al cerdo —al que llamábamos ‘cochino’—, del que en cada casa había al menos uno. Por tanto, el nombre dado a ese balde era «la balsa del cochino».
De ese cochino —uno por año— se aprovechaba todo excepto los huesos y pezuñas, y con su tocino comíamos todo un año alimentos naturales —nada de enlatados ni conservantes— que en su mayoría cosechábamos en nuestras huertas y abonábamos con el más natural de los productos: el excremento del ganado vacuno, caballar y caprino.
A tal efecto, en los corrales de estos animales había que recoger a diario su excremento y acumularlo en el lugar llamado ‘estercolero’ desde el que, una vez fermentado, se distribuía en las huertas según la necesidad.
El excremento de las gallinas tenía un uso puntual, ya que no servía para lo mismo que el otro porque es muy fuerte, pero ésas se alimentaban también de productos naturales, como verduras en mal estado para consumo humano, maíz natural, cosechado en las huertas, y los gusanos que, al recoger la cosecha lograda en esas huertas —como la de papas— encontraban entre la tierra removida; ahí se daban las gallinas un verdadero festín.
Como resultado, los huevos que ponían eran A1, no como los que uno encuentra ahora a la venta, que no se sabe cuánto tiempo tienen de haber sido puestos, y qué comieron las gallinas que los pusieron.
Para lavar la ropa —ésa que luego se secaba al sol— no se usaban detergentes llenos de extraños y dañinos químicos sino jabón hecho con grasa animal (sí, la del cochino), y así el agua de las lavadas, incluida la de lavar las toallas sanitarias, no se desperdiciaba sino que se empleaba para regar las huertas en las que se cultivaban hortalizas, papas, maíz, etc.
Para defecar se usaban retretes o letrinas, o sea, un asiento con un orificio al centro por el que, a través de un ducto, caían los excrementos en un hueco subterráneo. Los llamábamos simplemente ‘retretes’ y, como se ve, no requerían desperdicio de agua.
Cuando ese hueco se llenaba, o había que vaciarlo (trabajo, llamado de «limpiarretretes», que muy pocos querían hacer, pero que había quienes lo hacían) o se montaba el retrete en otro lugar, pues, por supuesto, esos retretes estaban separados de la casa, no sólo por lo subterráneo del hueco que necesitaban sino por el mal olor que despedían.
Esa separación sirvió a veces para otras cosas, como ya conté AQUÍ.
El algunas casas había lo que llamábamos ‘cisterna’ que no era otra cosa que el recipiente que se usa sobre los llamados váteres (pocetas) que recoge agua que al ser descargada al interior de la poceta empuja hacia la cloaca el contenido de ésta.
En mi casa teníamos el dúo de cisterna y poceta, que mi padre había traído de Cuba.
Gracias a esta facilidad, él construyó el baño adosado a un extremo de la casa y excavó el trayecto hasta la cercana huerta con tan buena suerte que descubrió una especie de cueva, de inicio y fin desconocidos, en la que hizo desembocar el canal de desagüe de la poceta.
Por supuesto, desde entonces, y a pesar de los muchos años transcurridos, nunca en esa casa hemos tenido el problema de que el hueco antes mencionado se haya llenado.
Es importante mencionar que para limpiarse después de hacer una necesidad mayor no teníamos el hoy tan «imprescindible» papel higiénico. Para eso se usaban trozos de hojas de peridódicos o revistas, y hasta trozos del papel llamado ‘baso’ en el que envolvían en las tienda de comestibles los garbanzos, arroz, azúcar, etc. que allí se compraba.
Si esa necesidad ocurría en el campo, buenas resultaban las hojas de algunas plantas.
Como ir de noche al retrete no era cómodo, se imponía el uso de orinales, de los que había uno, generalmente de peltre, debajo de cada cama.
En ellos se defecaba y orinaba (o vomitaba, si era el caso), y a la mañana siguiente se vaciaba en el retrete el contenido de todos los orinales de la casa, se lavaban, y se ubicaban de nuevo debajo de cada cama.
Y para ir al retrete cuando llovía, o se mojaba uno o recurría a un paraguas.
Los aparatos eléctricos eran escasos. En mi casa, por ejemplo, sólo había un bombillo —y de pocos vatios— en cada habitación, y un radio de tubos al que cada cuatro meses más o menos se le fundía uno, y yo, cuando ya vivía en Tenerife, iba a comprarlo en una tienda llamada Padrón. Tantas veces fui que aún recuerdo el nombre del tal tubo: 35L6GT.
Para mitigar el calor del verano era raro que alguien tuviera un ventilador, y para hacer lo propio con el frío de las crudas noches invernales, mucha gente se llevaba a la cama una botella llena de agua caliente y se acostaba con ella puesta bajo las plantas de los pies,… mientras el frío orinal esperaba impasible debajo de la cama.
¿Alguien quiere una onda más verde que ésta?
Carlos M. Padrón
***
La Onda Verde
En la cola del supermercado, el cajero le dijo a una señora mayor que debería traer su propia bolsa de compras ya que las bolsas plásticas no eran buenas para el medio ambiente.
La señora pidió disculpas y explicó:
—Es que en mis tiempos no había esta onda verde de ahora.
El empleado le contestó:
—Sí, y ése es nuestro problema ahora: que su generación no tuvo suficiente cuidado para preservar nuestro medio ambiente.
Y tenía razón el cajero: nuestra generación no tenía esa onda verde en nuestros tiempos.
En aquel entonces, las botellas de leche, las botellas de gaseosas y las de cerveza se devolvían a la tienda. La tienda las enviaba de nuevo a la planta para ser lavadas y esterilizadas antes de llenarlas de nuevo, de manera que podían usar las mismas botellas una y otra vez. Así, realmente las reciclaban.
Pero no teníamos onda verde en nuestros tiempos.
Subíamos y bajábamos escaleras normales porque no había escaleras mecánicas en cada comercio y oficina. Caminábamos hasta la bodega o tienda de abastos en lugar de montar en nuestro vehículo de 300 caballos de fuerza cada vez que necesitábamos recorrer dos cuadras.
Pero tenía razón: no teníamos la onda verde en nuestros días.
Por entonces, lavábamos los pañales de los bebés porque no había desechables. Secábamos la ropa en tendederos, no en esas máquinas consumidoras de energía sacudiéndose a 220 voltios; la energía solar y la eólica secaban muy bien nuestra ropa.
Los chicos usaban la ropa de sus hermanos mayores, no siempre modelitos nuevos.
Pero esa señora está en lo cierto: no teníamos una onda verde en nuestros días.
En ese entonces teníamos en la casa un televisor o un radio, no un televisor en cada habitación. Y la TV tenía una pantallita del tamaño de un pañuelo (¿se acuerdan?), no una pantallota del tamaño de un estadio.
En la cocina, molíamos y batíamos a mano porque no había máquinas eléctricas que lo hicieran todo por nosotros.
Cuando empacábamos algo frágil para enviarlo por correo, usábamos periódicos arrugados para protegerlo, no esas láminas plásticas llenas de bolitas.
En esos tiempos no encendíamos un motor y quemábamos gasolina sólo para cortar el césped. Usábamos una podadora que funcionaba a músculo. Hacíamos ejercicio trabajando, así que no necesitábamos ir a un gimnasio para correr sobre pistas mecánicas que funcionan con electricidad.
Pero ella está en lo cierto: no había en esos tiempos una onda verde.
Cuando teníamos sed bebíamos de una fuente, en lugar de usar vasitos o botellas de plástico cada vez que teníamos que tomar agua.
Recargábamos las plumas con tinta en lugar de comprar una nueva, y cambiábamos las hojillas de afeitar en vez de echar a la basura toda la afeitadora sólo porque la hoja perdió su filo.
Pero no teníamos una onda verde por entonces.
En aquellos tiempos la gente tomaba el tranvía o el autobús, y los chicos iban en sus bicicletas a la escuela o caminaban, en lugar de usar a la mamá como un servicio de taxi de 24 horas.
Teníamos un enchufe en cada habitación, no un banco de enchufes para alimentar una docena de artefactos.
Y para encontrar la pizzería más próxima no necesitábamos un aparato electrónico para recibir por en el espacio señales de satélites orbitando al Tierra a kilómetros de altura.
¿No resulta lamentable que la actual generación esté lamentándose de cuán botarates éramos los viejos por no tener esta onda verde en nuestros tiempos?
Cortesía de Peter Matthes
DEDICATORIA
A vosotros, hipócritas, farsantes,
espíritus esclavos del dinero,
que vivís de soberbia exuberantes,
esta parte del libro ofrecer quiero.
MÁRTIR DE LA VIDA
¡Cuánto luchas, obrero!
¡Cuánto bien proporcionas en el mundo!
No obstante, buen bracero,
siempre has vivido mísero, errabundo.
Tan sólo es de riqueza
el trabajo que empleas diariamente;
mas, siempre en la pobreza perduras
ante el rico indiferente.
También obrero soy
y a tus masas encuéntrome afiliado.
Por eso ayer como hoy,
de los grandes me he visto despreciado…
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¡Cuánto luchas, obrero!
¡Cuánto bien proporcionas en el mundo!
No obstante, buen bracero,
¡desprecios lloras con dolor profundo!