[*Opino}– Acerca de cuándo y por qué nuestros ojos reflejan el deseo

21-01-14

Carlos M. Padrón

Desde los años ’80s estoy convencido de lo que dice el último párrafo del artículo que copio abajo, o sea, de que la bisexualidad es mucho más común en las mujeres que en los hombres.

Creo que es por eso por lo que ellas no se visten, se emperifollan y se acicalan para gustar a los hombres, sino para gustar, impresionar o hasta dar envidia, a otras mujeres. Nunca he visto hombres que traten de impresionar así a otros hombres, a menos que sean gays.

Y esta característica de las mujeres es otra de las que, nos guste o no a los hombres, deja bien a las claras que ellas no son el sexo débil.

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21/01/2014

Pilar Quijada

¿Por qué nuestros ojos reflejan el deseo?

Muchos siglos antes de que las técnicas de neuroimagen hicieran posible asomarse al cerebro en funcionamiento, los buenos comerciantes ya eran capaces de medir el interés de un posible comprador simplemente mirando a sus ojos, una ventana abierta a nuestras intenciones.

No en vano el refranero sostiene que los ojos son el espejo del alma, y es que las pupilas se dilatan, y nos delatan, cuando algo nos resulta apetecible. Basándose en ese dato, los vendedores podían llegar más o menos lejos regateando el precio.

Sin ir tan lejos, en nuestra experiencia cotidiana, ¿quién no ha pedido alguna vez a alguien que le mire a los ojos para estar seguro de la sinceridad de quien le habla?

Ahora un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences muestra que las pupilas se dilatan mientras estamos deliberando sobre algo, dando pistas sobre la posterior decisión que vamos a tomar y las preferencias individuales.

Mayor reacción ante un «si» fingido

Según el estudio, antes de dar una respuesta afirmativa las pupilas se dilatan más que cuando optamos por el “no”. Lo desconcertante es que se agrandan más aún cuando decimos que ‘sí’ en contra de nuestras preferencias. Algo que sin duda confundiría a los antiguos comerciantes.

Estudios previos ya habían mostrado el papel de las pupilas, cuyo tamaño varía transitoriamente, en la toma de decisiones. Pero se pensaba que esa variación tenía lugar sólo en la fase final, cuando se daba la respuesta que reflejaban la decisión.

Sin embargo, lo que han descubierto los investigadores de la Universidad de Amsterdam, y que publican en PNAS, es que “la dilatación de las pupilas revela en realidad la evolución de todo el proceso de toma de decisiones, y también las preferencias de quien la lleva a cabo”.

Independientemente de cuál sea nuestra respuesta, las pupilas reaccionan de distinta forma cuando estamos actuando en contra de nuestras preferencias.

En concreto, si decimos que sí a algo con lo que no estamos de acuerdo, las pupilas se agrandan más que con una afirmación sincera. Y es que, según los investigadores, las pupilas son un indicador fiable de nuestro estado mental mientras tomamos una decisión. En definitiva, una indiscreta ventana al exterior.

Para el estudio los investigadores midieron el tamaño de las pupilas de los 23 participantes, que tenían que detectar la presencia o ausencia de una señal visual en un monitor sobre un fondo con un ruido dinámico que hacía más difícil la elección.

El estudio reveló que la pupila se mantenía activa en todo el proceso de toma de decisiones y no sólo al final, en contra de lo que se creía. Y que la amplitud total de dilatación de la pupila mientras se gestaba la decisión era mayor antes de decir que sí que ante una negativa, independientemente de la presencia física de la señal.

La ventana indiscreta

El grado de dilatación de las pupilas está regulado por el sistema nervioso parasimpático y mediado por el hipotálamo, una estructura del cerebro que está implicada, entre otras funciones, en el control de la expresión fisiológica de las emociones.

El hipotálamo a su vez está bajo control del lóbulo prefrontal, la parte del cerebro más evolucionada, que está implicada en la toma de decisiones.

Es precisamente en esta zona del cerebro donde se determina el grado de deseabilidad que tienen para nosotros las cosas, que ganan o pierden valor en función de nuestras experiencias pasadas, gustos, carencias, apetencias.

Según esto, las pupilas nos delatan porque a través de ellas hay una “fuga de información” de lo que estamos tramando mientras tomamos una decisión.

Orientación sexual

Esto no es lo único que revelan nuestros ojos. Y es que, al reflejar el deseo, también pueden indicar cuáles son nuestras preferencias sexuales, como demostró un estudio realizado en el verano de 2012 por investigadores de la Universidad de Cornell (Nueva York).

En esta ocasión se sirvieron de una lente de infrarrojos especializada en medir los cambios en las pupilas de voluntarios que veían vídeos eróticos.

Así comprobaron que se dilataban más cuando los participantes veían imágenes de personas que les parecían más atractivas. Pero a la vez esta indiscreta ventana podía revelar, de paso, su orientación heterosexual u homosexual.

La investigación se publicó en PLoS ONE.

Los hombres heterosexuales mostraron una fuerte respuesta a los vídeos eróticos en los que aparecían mujeres, y poca a los de otros hombres, lo que correlacionaba bien con el tamaño de sus pupilas.

Sin embargo, en el caso de las mujeres no era tan fácil determinar su orientación sexual, puesto que sus pupilas se dilataban ante la visión de escenas eróticas con participantes de ambos sexos.

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[*Opino}– ¡Pobre idioma! No es economía, es ridículo esnobismo

15-05-13 (Reedición con 37)

Carlos M. Padrón

Alguien dijo que la economía es algo que usa siempre la Naturaleza.

No sé si es cierto, pero sí sé que aplico economía cada vez que puedo, desde el manejo del dinero hasta el uso del tiempo, incluyendo los clics que debo dar para llegar a algo en una computadora.

Sin embargo, si en el uso del idioma, sobre todo escrito, la economía puede crear confusión al lector, entonces me inclino por la claridad. Y términos como los de la lista que sigue parecen, tal y como ahora se usan, ideados para hacerse el esnob o para crear confusión:

Muestras de esnobismo simplón:

  • Apostar
  • Apuntar

Creadores de confusión:

  • Poner
  • Quedar
  • Ingresar

Los dos primeros ya son como epidemia en los medios españoles: todo el mundo apunta o apuesta.

Acabo de editar un artículo del que eliminé nada menos que siete «apunta», pues se trataba de una entrevista, y cada vez que el periodista autor del tal artículo se refería a algo dicho por el entrevistado, usaba «apunta», con lo cual el entevistado nunca dijo ni comentó ni declaró, etc., sólo apuntó.

Como soy de la época en que apuntar era tomar apuntes, destacar un indicio, o señalar con el dedo, con un puntero o con un arma, me niego a usar ese término con la acepción que ahora le da la moda.

Apostar era, en esa misma época, algo que conllevaba el uso de dinero en una competencia. Ahora parece ser una simple intención o preferencia, así que también me niego a usarlo.

Los tres son algo que raya en lo ridículo y constituyen el epítome de la confusión. ¿Poner contento, poner triste, poner de rodillas, poner contra la pared,..? ¿Poner qué?

¿Y qué decir de quedar? ¿Quedar sin blanca, quedar solo, quedar mudo,…? ¿Quedar qué?

Nótese el contrasentido que encierra este frase, que apareció hoy en este artículo de ABC.es, y el cual reemplacé por ‘citarse’ el segundo ‘quedar’: «Si algo quedó pendiente es mejor quedar expresamente para hablar de ello». ¡Por favor!

Y de ingresar cabe preguntarse, ¿ingresar dónde? ¿en la universidad? ¿en un manicomio? ¿en un convento?

Este titular es un buen ejemplo: Queda con una mujer para recoger su currículo, y la viola en presencia de su hija

Los añadiré a la lista de términos que me niego a usar.

Nota a posteriori: Véase este artículo que es una buena muestra del ridículo abuso de ‘apuntar’.

[*Opino}– Razones para equivocarse en un matrimonio

13-01-14

Carlos M. Padrón

Las tales razones, listadas en el artículo que copio abajo, tal vez sirvan para adolescentes, pero, por lo obvias, serían de casi risa para las más de las personas adultas, y de difícl aceptación por parte de adolescentes que han sido socialmente (ambiente, medios, etc.) adoctrinados para creer que muchas de esas razones o son válidas o no revisten peligro o constituyen impedimento.

La frase que resume lo mejor del artículo es ésta: «Para llevar a buen puerto el matrimonio, no basta el corazón. Hay que poner también la cabeza y aprender juntos a superar diferencias y sacar provecho de las dificultades«.

En la sección Drogamor ya se ha tratado bastante el tema de los peligros de fiarse del corazón, o sea, de los sentimientos, así que no voy a abundar más en ellos.

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12/01/2014

Diez falsas razones para casarse (y equivocarse)

Hay diez falsas razones por las que una persona puede casarse, según recoge Tomás Melendo, uno de los mejores filósofos y especialistas en la persona y la familia de nuestro país.

Junto a su mujer, la también filósofa Lourdes Millán-Puelles, ha escrito un libro en el que señala diez errores que, según dicen, «son mucho más frecuentes de lo que pudiera parecernos».

Para esta pareja, «un matrimonio feliz no es resultado del azar. La vida conyugal será lo que él y ella hayan sabido construir día tras día. Para llevar a buen puerto el matrimonio, no basta el corazón. Hay que poner también la cabeza y aprender juntos a superar diferencias y sacar provecho de las dificultades».

Éste es el decálogo:

  1. Atender sólo al atractivo externo de la pareja, o incluso al dinero, posesiones y vida social, olvidando, o no dando importancia, a aspectos más decisivos como su carácter, su personalidad, sus defectos y virtudes, los intereses comunes y su concepción de la vida.
  2. Idealizar sus virtudes, sin caer en cuenta de que parte son el fruto de nuestro propio enardecimiento romántico, no del todo realista.
  3. El miedo a quedarnos solos o a hacer el ridículo.
  4. El afán de independencia respecto a los propios padres.
  5. La honra de afirmarnos ante la negativa de nuestros padres a la relación que queremos mantener.
  6. El miedo a interrumpir un noviazgo oficial y socialmente alentado.
  7. El terror al escándalo, cuando la chica queda embarazada.
  8. Casarse con alguien por la compasión que produce su situación, y pensando que así le podremos ayudar.
  9. Pensar que el matrimonio puede ser un remedio para las propias anomalías psicoafectivas.
  10. Buscar en el marido un futuro padre, y en la mujer, una futura madre, exclusivamente.

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[*Opino}– Acerca del origen español del nombre de ocho Estados de USA

13-01-14

Carlos M. Padrón

Por lo visto, alguien cree que Colón fue un conquistador, pues, según el artículo que copio abajo, «el continente americano fue descubierto por conquistadores españoles».

Lo que olvidaron mencionar es que, a pesar de que llegó a decirse, y con mucha verdad, que «en los dominios de España no se pone nunca el Sol», Pérez-Reverte toca algo al respecto es este artículo suyo, y yo me permito repetir la adición de este para mí vergonzoso vídeo histórico que tal vez hasta tenga también algo de profético.

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13/01/2014

El desconocido origen español del nombre de ocho Estados de Norteamérica

El continente americano fue descubierto por conquistadores españoles, y gran parte de sus territorios formaron en algún momento parte del territorio de la Corona de Castilla y, posteriormente, de España.

Aunque al hablar de la presencia española en América lo habitual es pensar en los países que se encuentran desde México hacia abajo, lo cierto es que gran parte del sur de Estados Unidos fue colonizado por españoles.

Prueba de ello son los topónimos de muchas de sus ciudades, algunas tan conocidas como San Antonio de Texas, Los Ángeles o Las Vegas.

Sin embargo, esta influencia española se extendió mucho más, ya que, tal y como cuenta Guillermo Carvajal en el blog «La brújula verde», hasta ocho de los cincuenta estados que forman Estados Unidos conservan un nombre directamente heredado del español.

En algunos casos, el origen del nombre es evidente, pero en otros pasa más desapercibido. Por ello, algunos de los estados incluidos en la siguiente lista pueden resultar sorprendentes.

1.- California

El origen de este nombre es bastante curioso, ya que nace en la novela «Las sergas de Esplandián», escrita por Garci Rodríguez de Montalvo y publicada en 1510.

En ese texto aparece un lugar imaginario e idílico llamado California. Al parecer, los descubridores de esta región pensaron que aquellas tierras se parecían mucho al Paraíso y le pusieron el nombre inventado por Rodríguez de Montalvo.

2.- Colorado

En este caso, el estado toma su nombre del río Colorado, cuyo origen castellano es más que evidente.

3.- Florida

Aunque su origen es también más que evidente, la razón por la que fue escogido puede resultar engañosa.

Así, aunque la lógica parezca dictar que se debe a la frondosidad de esta península del norte del Golfo de México, lo cierto es que el topónimo hace referencia a la Pascua Florida, llamada así quizá por su coincidencia con la primavera.

Florida recibió ese nombre tras ser descubierta el día de Pascua de 1513.

4.- Montana

Este topónimo deriva de la palabra castellana montaña y fue propuesto como nombre del estado por el congresista por Ohio James H. Ashley en 1864.

5.- Nevada

Al igual que el anterior, este nombre, de claro origen castellano, deriva de la cercana Sierra Nevada, que fue bautizada así en honor a la sierra granadina homónima.

6.- New Mexico

El nombre de este estado procede del castellano Nuevo México, que a su vez derivaba de la pronunciación española para la ciudad azteca de Mexihco.

7.- Texas

De la palabra en lengua Caddo, que era hablada por una tribu del este de Texas, «taysha», derivaba la pronunciación castellana «tejas», de la cual procede el actual nombre de Texas.

8.- Utah

Deriva de la pronunciación española de la palabra apache yudah, «alto», que en castellano se decía «yuta».

Posteriormente los angloparlantes acabaron adaptándola como Utah.

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[*Opino}– De ‘cyborg’ aceptan cíborg, pero de ‘boomerang’ sólo búmeran, sin la ‘g’ final

09-01-14

Carlos M. Padrón

Ésta es otra clara inconsistencias más de los esfuerzos artificiales por españolizar términos de otras lenguas, en particular del inglés.

Ya antes se dijo que, en español, la palabra inglesa cyborg sería cíborg; nótese que se conserva la ‘g’ final.

¿Por qué, entonces, con la españolización —término que prefiero a hispanización, pues el nombre de nuestro idioma es español, no hispano— de la inglesa boomerang no se siguió la misma norma de respetar la ‘g’ final sino que se propone búmeran o bumerán, según explica el artículo que copio abajo?

Como ya hice notar en ‘Cíborg’, adaptación española del inglés ‘cyborg’,

1. ¿Por qué no hacen lo mismo con affair?

2. ¿Por qué no lo dejaron en ‘cíbor’ ya que serán muy pocos los que pronuncien esa ‘g’ final?

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09/01/2014

Búmeran o bumerán, hispanización de boomerang

Búmeran o bumerán, y no bumerang, son las adaptaciones recomendadas de la voz inglesa boomerang, tal como indica el Diccionario Panhispánico de Dudas.

En los medios de comunicación es habitual encontrar tanto la grafía bumerang como el sustantivo inglés boomerang:

  • «Una medida implantada en los años setenta para luchar contra la superpoblación con efecto bumerang» o
  • «Ese boomerang en forma de simposio y desafío soberanista le golpea en la cara rudamente».

Según la Academia, bumerang es una forma híbrida, que no es ni inglesa ni española y «no debe usarse».

Por otra parte, la hispanización de boomerang presenta dos acentuaciones válidas: en algunos países de América, como Argentina, Ecuador o México, se pronuncia búmeran; mientras que en España y en otras zonas de América predomina la pronunciación aguda bumerán.

Así pues, en los ejemplos anteriores lo apropiado habría sido escribir

  • «Una medida implantada en los años setenta para luchar contra la superpoblación con efecto búmeran» y
  • «Ese bumerán en forma de simposio y desafío soberanista le golpea en la cara rudamente».

El plural de la forma esdrújula es invariable, los búmeran, mientras que el de la forma aguda es regular: los bumeranes.

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[*FP}– Sólo unos ‘pocos’ años después

05-01-14

Carlos M. Padrón

En medio de las tareas de «adelgazamiento» del blog, como ya conté, y de limpieza de fin de año, di con un corto vídeo hecho cuando al regreso de las vacaciones de 1973, en las que fuimos a Los Andes, paramos en Barinas para visitar a un par de pasenses que allí vivían entonces.

En la casa de Blanca Cruz Calero, quien aún vive en Barinas, se tomó con mi cámara Super 8 una película de la que hace años digitalicé un trozo que puede verse clicando AQUÍ. Y más abajo he puesto fotos relativamente recientes de estas personas.

  • La dama joven vestida de negro —porque había enviudado hacía poco— es Blanca Cruz
  • La también vestida de negro —por igual motivo— pero de más años, es mi madre
  • La de blusa azulada y gafas (lentes) es mi hermana María Celia
  • El guapo galán con barba, soy yo 🙂
  • El hombre que aparece detrás de mí, a mi derecha, es mi primo-hermano Roberto Padrón
  • La niña de franela roja es mi hija Alicia, y
  • La niña que se sienta sobre las rodillas de Blanca es su hija, María José.

Como prueba del paso del tiempo, aquí van fotos de las personas arriba mencionadas. De las demás que también aparecen en el vídeo no tengo fotos ni recientes ni viejas.

El niño que muestra una foto enmarcada es Felipe, hijo de Blanca. Y la joven de gafas, sentada a la izquierda en el sofá, es Rosa Elvira García, también de El Paso.

Mi madre en 2001: 28 años después. Fue la última foto que se le tomó; murió en mayo de ese año.

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Roberto Padrón en 2006: 33 años después.

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Mi hermana María Celia en 2011: 38 años después.

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Carlos M. Padrón en 2013: 40 años después.

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Mi hija Alicia en 2014: 41 años después.

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María José en 2009: 36 años después.

[*FP}– ‘Dos moscas por dos pesetas’. Una historia verídica

He querido reeditar esta historia antes de que termine este año 2013, año en que se cumplió el décimo aniversario de la ratificación como verídico del hecho que en ella narro, ratiticación por la que hube de esperar 52 años, durante los cuales mi credibilidad personal vivió maltrecha. Pero más vale tarde que nunca 🙂

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22-05-2008

Carlos M. Padrón

I

Cuando yo asistía en El Paso a la escuela primaria de don Enrique Campos —que estaba en los bajos de la casa de don Domingo ‘Pulguita’, en el extremo de El Callejón, como llamábamos, y aún llamamos, a la vía de unos 70 metros de largo que une el Camino Real con el patio de mi casa— a la hora del recreo, los alumnos solíamos organizar carreras de ida y vuelta entre la puerta de la escuala y el patio de mi casa.

Tanto en ésta como en todas las de alrededor había animales domésticos, principalmente vacas, caballos, cochinos y gallinas, cuyo excremento atraía muchas moscas que estaban por todos lados, dentro y fuera de las casas.

Y, por lo menos una vez por semana, mientras jadeante disputaba yo una de esas carreras, sin querer me traguaba una mosca, pero seguía corriendo porque, si no, era seguro que perdería la carrera. Igual hacían mis amigos competidores, y, que yo sepa, a ninguno nos pasó nada malo por la involuntaria ingesta de moscas.

Nos ocurría como lo que le ocurre al señor de este muy corto vídeo, que mi prima Lucy de Armas Padrón me hizo el favor de editar, y que aconsejo ver antes de continuar leyendo.

Además, en el pueblo había tantas moscas que a veces sin correr sino con sólo estar hablando podía uno tragarse alguna porque, simplemente, eran muchas, y alguna se metía en la boca. Creo que de esa mala maña de tales insectos viene el dicho “En boca cerrada no entran moscas”.

A diferencia de los citadinos, quienes tuvimos la suerte de crecer y ser educados en un pueblo de campo eminentemente agropecuario, no padecemos de tontos ascos ante la presencia o la necesidad de lidiar con productos naturales, como excremento de animales, moscas, cucarachas, etc.

Y si, además nos tocó época de escasez, comemos sin chistar todo lo que sea comida; y en presencia de algún plato para nosotros extraño, casi desconocemos la expresión “Esto no me gusta”, o la horrible “¡Aaaasco!”, tan común entre los venezolanos, citadinos o no.

II

A los 10 años de edad comencé a estudiar bachillerato, y por algo cuyo origen nunca tuve claro —pero que creo obra de mi madre— en vez de presentar exámenes en el Instituto de Enseñanza Media de Santa Cruz de La Palma, lo hacía en el de Santa Cruz de Tenerife, donde para esos tiempos vivía ya, con su familia, mi tío-abuelo Pedro Castillo (Pedro Martín Hernández y Castillo)

Si yo aprobaba los exámenes, mis padres me dejaban quedar en Tenerife durante casi un mes, parte del tiempo en casa del tío Pedro (en Santa Cruz), y parte en casa de su hija Concha (en La Laguna), quien además de prima era también mi madrina de bautismo, y que, por cierto, falleció el día 12 del pasado mes de enero, a los 94 años de edad.

Estar en La Laguna no me gustaba, pues era una ciudad endiabladamente fría y húmeda durante todo el año. La humedad era tal que, como yo usaba entonces pantalón corto —el largo me lo pusieron cuando cumplí 14 años—, el agua escurría por mis piernas cuando en las tardes, aunque de verano, me obligaban a salir a pasear por la calle Carrera.

Para atender las labores domésticas, Concha se había traído de El Paso a una joven de nombre Carmen, quien en 1952, cuando yo tenía 12 años, tendría unos 15 ó 16.

Así lucía yo en los días a que se refiere esta historia. La pared del fondo es de la casa en que vivían Concha y su familia, en la calle Viana, de La Laguna (Tenerife), ciudad nefasta.

Un domingo de junio de ese año, al salir de misa con Concha, su marido y la hija de ambos, pasamos por el cine Parque Victoria —que estaba en la Plaza del Adelantado, donde hoy está la central telefónica— y vi que para la matinée de ese día anunciaban una película titulada “Los tres randas”. Sólo el título y el correspondiente afiche me abrieron el apetito por ver esa película, pero se me presentaba un pequeño inconveniente: la entrada costaba dos pesetas, y yo no las tenía.

Después de almorzar, Concha y los suyos fueron a echar una siesta, y yo me quedé en la cocina sentado a la mesa que allí había y viendo cómo Carmen, mientras lavaba los platos, con expresiones de mal humor espantaba las moscas que, huyendo del frío y atraídas por los restos de comida, revoloteaban a su alrededor y en torno a la mesa donde aún había platos con sobras del almuerzo.

Tal vez por buscarme la lengua o por “hacerme rabiar”, como allá se decía entonces, Carmen me preguntó qué iba yo a hacer esa tarde, pues bien sabía ella que yo no podía hacer nada. Le dije que me gustaría ir al cine pero que no tenía las dos pesetas que costaba la entrada, respuesta que la motivó a seguir metiéndome el dedo en la llaga que recién me había descubierto.

A una de sus puntillosas preguntas respondí diciéndole que yo haría cualquier cosa con tal de conseguir esas dos pesetas. Envalentonada, y mientras se sacudía de encima una molesta mosca, me preguntó:

—¿¡Cualquier cosa!? ¿Por una peseta serías capaz de comerte una de estas moscas?

—No, una no; me comeré dos moscas si me das dos pesetas.

Poniendo cara de asco, pero convencida de que yo solamente alardeaba, me dijo, muy seria y en tono de desafío, que sí, que si yo me comía dos moscas me daría dos pesetas.

Sin perder tiempo, y convencido de que si ella no me daba las dos pesetas al menos le haría pasar un mal rato, puse manos a la obra.

Tomé la más gruesa de las rodajas de tomate que habían sobrado de la ensalada, le quité las semillas y le dejé sólo la pulpa. Luego, haciendo uso de una habilidad que todos los muchachos de El Paso teníamos, esperé a que una mosca se posara sobre la mesa, y abordándola de frente, con un certero y rápido movimiento, cuando levantó vuelo la atrapé dentro de mi mano derecha.

Con cuidado, y manteniendo aún cerrada esa mano, introduje, entre su palma y el doblado meñique, el índice de la izquierda, y al dar con la mosca la maté apretándola contra la palma de mi diestra. Abrí luego la mano, le saqué las alas a la difunta —la religión auarita, la de los aborígenes de La Palma, considera sacrílega la ingesta de alas de mosca en los días domingo 🙂 — y deposité su aún tibio cadáver en la pulpa de uno de los cuartos de la rodaja de tomate.

Para ese momento miré de reojo a Carmen y noté con satisfacción que los ojos se le salían de las órbitas y que, paralizada y olvidada de los platos y cubiertos que debía lavar, no me sacaba la vista de encima. ¡Mi venganza iba por buen camino!

Repetí la maniobra con una segunda mosca, cuyo cadáver recibió sepultura en el cuarto de rodaja diagonal al anterior.

Doblé entonces por la mitad la rodaja de tomate, y, mirando a Carmen directamente a los ojos, mientras yo ponía la típica expresión del goloso que está a punto de degustar un exquisito y esperado bocado, ¡me la comí!

No había yo terminado de engullir tal “manjar” cuando Carmen, ahogando a duras penas el grito que se le escapó al ver que yo me había comido la rodaja de tomate con su mosquil aderezo, partió en carrera hacia el baño, pero un poco tarde, pues vomitó en el piso antes de llegar a destino.

Asustada por si descubrían lo ocurrido, se dio a la tarea de limpiar su vómito, mientras en voz baja, para no despertar a los de la siesta, me prodigaba variados “piropos”.

Cuando al fin hizo desaparecer el corpus delicti, se acercó a la mesa donde yo, muy tranquilo, permanecía sentado, y quiso endilgarme una monserga aleccionadora, pero la detuve alargando mi mano al tiempo que le decía:

—¡Mis dos pesetas!

Sin dejar de refunfuñar por lo bajito, pues no convenía que se enteraran los de la casa, se fue a su habitación y regresó con las dos pesetas que, a regañadientes, depositó sobre la mesa frente a mí.

Y así pude ir al cine esa fría tarde dominguera.

III

Varias veces eché ese cuento en Venezuela, país en el que abunda mucho el no me gusta esto o lo otro, y donde, tal vez por influencia gringa, se trata de ocultar, disimular o hasta ignorar, lo natural. De ahí el fracaso del famoso Decreto 21 que en tiempos de Carlos Andrés Pérez quiso obligar a que los establecimientos, como gasolineras en las carretereras, que tuvieran baños para uso público contrataran personal que los mantuviera limpios. El decreto murió de inanición porque nadie quiso ese trabajo.

Conociendo este punto flaco, le saqué buen provecho al cuento de “Dos moscas por dos pesetas”, pues cuando yo estaba en un grupo de gente de confianza, comiendo algo que a mí me gustaba, bastaba que yo echara el referido cuento para que alguna remilgada huyera de la mesa clamando el consabido “¡Aaaasco!”, tan común por estos lares, lo cual aprovechaba yo para hacerme del manjar que la remilgada había dejado abandonado.

Luego descubrí que, simplemente, la gente creía que eso no era cierto, que se trataba de un invento mío para conseguir esos manjares.

Cuando mi hija menor, Elena, tenía unos 7 años, como buena citadina sentía asco ante las moscas que, todavía a comienzos de los años ’80s, había en La Trinidad (Caracas), donde está mi casa. Yo le mostraba cómo cazarlas y matarlas, y Elenita disfrutaba con la aniquilación que yo hiciera de cada una de las por ella odiadas moscas.

Aprovechando la condición de héroe que todo niño atribuye a su padre, inventé una especie de conjuro y le dije a Elenita que con él podría conseguir, si lo declamaba con energía y convicción, que las moscas huyeran asustadas.

A pesar de su corta edad, Elenita se aprendió de memoria el “tremendo repertorio” —así lo bautizó mi madre— y lo recitaba airada, como si de verdad fuera un efectivo talismán contra las moscas, o para deleite de quien se lo pidiera:

¡Moscas, temblad porque viene mi papá,
y él es el terror de las moscas!
En el mundo del insecto volador
no hay afaníptero que se le resista.

Más tarde supo que las moscas no eran afanípteros, y me hizo el correspondiente reclamo, pero hoy, después de tantos años, todavía recuerda Elena este “gran poema”.

IV

En algún momento del comienzo de mi relación con Chepina le eché el cuento de “Dos moscas por dos pesetas”, y además de que vi claramente que se sintió asqueada (otra citadina más), tuve la impresión de que no estaba muy convencida de que fuera cierto. Igual me había pasado, muchos años antes, con mis hermanas, pero, ¿qué otra cosa podía yo hacer si eso había ocurrido entre Carmen y yo? (y las moscas, claro).

En 2003 llevé a Chepina a El Paso por primera vez. Quise, por supuesto, que probara bocados típicos de mi pueblo, como leche con gofio (pero leche natural. recién ordeñada), higos pasados acompañados con queso, almendras y vino, etc.

Pero cuando le pedí a mi hermana María Celia que consiguiera un queso ahumado hecho en la casa de algún conocido, me vino con la respuesta de que su primera proveedora no tenía queso, ni la segunda tampoco, que había que comprarlo en el supermercado.

Ni a mí ni a María Celia nos gustaba esa idea, así que ella hizo algunas llamadas telefónicas y encontró la solución: Carmen “la de los quesos” tenía uno disponible. Sin perder tiempo, metí a Chepina y a María Celia en el auto y, guiado por mi hermana, nos dirigimos a casa de la tal Carmen.

En el camino le pregunté a María Celia quién era esa Carmen, nombre por demás común en El Paso. Su respuesta fue,

—¿No te acuerdas de la muchacha que Concha la de tío Pedro tuvo una vez trabajando en su casa, en La Laguna?

Haciendo un esfuerzo para ocultar mi sorpresa —y mi esperanza— contesté con un seco “Sí” y no dije nada más. Sólo recé para que Carmen no estuviera acompañada de otra mujer de su edad, pues, malo como soy para recordar caras, era seguro que yo no reconocería a Carmen.

Pero no, Carmen, convertida en una respetable abuela, estaba sola, y, apenas entrar y dar las buenas tardes, María Celia, en vez de decir “Vinimos a buscar el queso”, dio comienzo a uno de los interminables y retorcidos repertorios que usan los de El Paso —a veces creo que todos los isleños— que fue de este tenor:

«Bueno, Carmen, desde que me desperté esta mañana pensé que mi hermano Carlos iba a querer queso ahumado, y con esa matraquilla estuve toda la mañana porque yo sabía que Pili ya no los hacía porque no tenía cabras, y la pobre las echa en falta porque el otro día me dijo “¿¡Qué habrá sido de mis cabritas!? ¡Cuánto las extraño!”. Y yo creo que tiene razón, la pobre, porque a ella eso le servía de entretenimiento.

Entonces dije “Voy a llamar…”, y en eso sonó el teléfono y era Luisa la de Roberto. Y nos pusimos a hablar y se me olvidó lo del queso. Y es que yo últimamente olvido las cosas, Carmen, pues anoche dije “Tengo que tomar esta pastilla antes de acostarme”, y para no olvidarme la puse sobre la mesa del comedor, y cuando llegué a la cama para acostarme no me acordaba dónde la había puesto. ¡Ay, Carmen, que cosa tan triste es ponerse viejo!, pero yo creo…….».

Que equivale a que si alguien quiere ir desde Caracas a Miami, en vez de tomar un vuelo directo toma uno de Caracas a Madrid, luego sigue a Londres, Bangkok, Tokyo, San Francisco y, por fin, Miami; o sea, le da la vuelta al mundo. Así hablan mis hermanas y, repito, muchos Canarios.

Por eso, en el caso que nos ocupa, interrumpí a María Celia, pedí uso de palabra y dirigiéndome a doña Carmen le pregunté:

—¿Sabe usted quién soy?

—¡Buena va! Pues claro que sé. Tú eres Carlos Padrón.

—¿Y recuerda usted algo que yo haya hecho frente a usted, hace muchos años, estando en La Laguna?

—¿¡Que si lo recuerdo!?— contestó molesta por la duda implícita en la pregunta. —¡Claro que lo recuerdo! ¡¡TE COMISTE DOS MOSCAS!!

El sonoro “¡¡¡¡JESÚUUUS!!!” que gritó mi hermana, y la carcajada de Chepina estallaron simultáneamente. Y yo sentí tan grande alivio que abriendo los brazos me acerqué a doña Carmen, y diciéndole “¡Muchas gracias por ayudarme a demostrar, después de tantos años, que lo de las moscas es cierto!”, le di un abrazo y un sonoro beso en la mejilla.

Si en 1951 ella pensó que yo estaba loco, creo que en 2003 quedó totalmente convencida, pero al menos, y en virtud de la Ley de la Compensación que rige los grandes eventos cósmicos, para confirmar su opinión debió esperar el mismo tiempo que yo para que mi historia mosquil me fuera acreditada como cierta.

Y ya que hemos caído en el nivel cósmico, ¿cuántas moscas habrá —me pregunto— cuya memoria haya perdurado tanto en el tiempo? ¿Cuántas cuyo heroico final haya llegado a un blog?

Me cabe la satisfacción de saber que las de esta historia dieron su vida por una causa noble (aunque la peseta haya ya desaparecido), y serán recordadas como héroes en el mundo de los afanípteros,…. ¡perdón!, de los dípteros.

Lo que sigue molestándome de todo esto es que no recuerdo de qué trataba la película.

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P.D.: “DOS moscas por DOS pesetas” es un título apropiado para este artículo que monto en el blog hoy, 22 (DOS y DOS) de mayo de 2008, día del aniversario DOS de Padronel, desde San Francisco (California, USA) donde vine a visitar a mi hija Elena, la de “¡Moscas, temblad…!”.

[*Opino}– Más sobre la supuesta condición doméstica de los gatos

31-12-13

Carlos M. Padrón

En el artículo que copio abajo se cuenta cuán peligrosos son los que llaman gatos «asilvestrados», un adjetivo que para mí es sólo un eufemismo para no reconocer que esos felinos son, por naturaleza, fieras.

Los «no asilvestrados» serían los que nacieron en un ambiente doméstico, o sea, en una casa habitada por humanos, y mantuvieron constante contacto con éstos.

De no ser así, se comportarían como lo hicieron unos gatos que, si bien nacieron y se criaron a escasos metros de una casa de familia, en El Paso (isla de La Palma, Canarias), se comportaron como fieras, según ya conté en el artículo «No creo que a los gatos se les pueda considerar a priori animales domesticados«.

Este artículo recibió un comentario diciendo que los perros se comportarían igual de fieras si hubieran nacido y se hubieran criado en similares condiciones, pero discrepo porque, en el supuesto rarísimo caso de que una perra doméstica —como eran todas las que había en la isla— pariera dentro de unas tuneras tan próximas a una casa habitada, vendría a esa casa a solicitar comida, y traería con ella a sus cachorros en cuanto éstos pudieran caminar. La gata del cuento, aunque supuestamente «doméstica», no hizo nada de eso.

En el artículo que sigue se dice que el gato doméstico ha establecido poblaciones asilvestradas en islas de todo el mundo cuya extensión es inferior a los 290 km², y su población no supera los 900 habitantes.

Pues bien, la isla de La Palma tiene una extensión de 708,32 km², en sus montes no hay especies peligrosas para el hombre, y estoy convencido de que si alguien abandonara en ellos a una pareja —macho y hembra— de perros domésticos (en realidad, allá no hay de otros), éstos no tardarían en acercarse a la casa más próxima y quedarse en ella, si se lo permitieran, o seguir tras del primer humano que en el monte encontraran.

Sin embargo, los gatos del artículo que sigue fueron abandonados en islas mucho más pequeñas, se quedaron en los montes de éstas y vivieron allí como las fieritas que son.

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31/12/2013

Los gatos asilvestrados, el azote de las especies amenazadas en las islas

Un equipo internacional liderado por investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha examinado el papel de los gatos asilvestrados en el contexto de la crisis de biodiversidad que sufren las islas.

El equipo ha determinado que estos invasores han contribuido a la extinción de al menos 33 especies de vertebrados endémicos. Los resultados, publicados en la revista BioScience, recogen que 13 especies se encuentran en peligro crítico en 12 islas de dimensiones reducidas.

Los investigadores han identificado aquellas islas donde existe una gran probabilidad de que acontezcan las próximas extinciones causadas por esta especie invasora. Para ello han tenido en cuenta datos sobre la alimentación, los impactos sobre la conservación de especies amenazadas y la experiencia de las campañas de erradicación ya realizadas.

Según estos resultados, dos reptiles, nueve aves y dos mamíferos se encuentran en peligro crítico, de acuerdo con la catalogación de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

«Los datos que hemos obtenido pueden ser de gran utilidad a la hora de dedicar los escasos fondos de que disponen las agencias de conservación, a nivel nacional o internacional, a la vez que se priorizan la erradicación de gatos asilvestrados, además de otras especies invasoras, en un contexto global», destaca Manuel Nogales, investigador del CSIC en el Instituto de Productos Naturales y Agrobiología, ubicado en Tenerife.

La introducción de especies invasoras, particularmente de mamíferos depredadores, es uno de los principales factores que contribuyen a la extinción en las islas.

Desde la domesticación del gato salvaje africano, hace unos 9.000 años, el hombre ha dispersado ampliamente el gato doméstico, que ha establecido poblaciones asilvestradas en islas de todo el mundo, incluso en los archipiélagos más remotos.

  • Siete de las 12 islas que albergan especies de vertebrados en peligro crítico se encuentran en el océano Pacífico: Alejandro Selkirk (Chile), Guadalupe (Baja California), Floreana (Islas Galápagos), Socorro (Islas de Revillagigedo), Fatu Hiva (Polinesia francesa), Robinson Crusoe (Chile), y San Lorenzo Sur (Baja California)
  • Tres de ellas en el Caribe: Cayo Pine (Islas Caicos), Pequeña Caimán (Islas Caimán), y Anegada (Islas Vírgenes Británicas)
  • Una en el Índico, Ámsterdam (Tierras Australes y Antárticas Francesas), y
  • Una en el Mediterráneo (Baja California).
  • Todas ellas tienen una extensión inferior a los 290 kilómetros cuadrados y su población no supera los 900 habitantes.

Fuente

[*Opino}– El estereotipo de lo lindo de la Navidad

27-12-13

Carlos M. Padrón

Varios de los motivos que en el artículo que copio abajo se dan para explicar la aversión a la Navidad, o los efectos negativos que ésta produce, son aplicables a mi caso, pues después de más de medio siglo en Venezuela no he podido superar mi aversión a las manifestaciones de consumismo, facilismo, juerga, bonche, ruido (aunque lo quieran hacer pasar por música) estridente y fuera de lugar, y obligación de regalar y de aceptar regalos, que imperan en la Navidad tal y como se celebra en este país.

Son celebraciones que contrastan brutalmente con el recogimiento, intimidad y frugalidad con que en El Paso se celebraba en mis tiempos, que no ahora, la Navidad. De ahí nuestro asombro —en especial el de mis padres— cuando en diciembre de 1961 asistimos perplejos a la celebración de la Navidad en Venezuela. Entre sí, ellos decían que lo que veían era más propio del Carnaval que de la Navidad, opinión que yo compartí totalmente.

Y nada tenía de raro esa perplejidad porque cuando de niño vivía yo con ellos en mi casa natal, en El Paso, los vi sufrir porque no tenían con qué comprar para el hijo/a menor un decente regalo de Reyes. Allá se regalaba en la noche del 05 de enero, no en la del 24 de diciembre; y los regalos eran para los niños, no para los mayores.

Como cosa especial de las fechas navideñas, mi madre hacía los dulces (pan de leche, truchas, almendrados, mantecados o galletas, etc.) típicos de tales fechas, y mi padre horneaba los que, como el pan de leche, requerían horno. Nada de comprar turrones, polvorones u otros dulces; sólo se consumían los que pudieran hacerse en casa con sólo añadirles azúcar, que era lo único que había que comprar.

En la noche del 24/12 teníamos una cena familiar sin ningún especial atuendo físico, pero sí anímico, pues cena estaba marcada por un ambiente íntimo, propicio para la reflexión, sin apenas conversaciones —no al menos frugales—, sin música ni algarabía, en un recato poco común, casi monacal, como el que se mantiene dentro de un templo,

Era un silencio que reflejaba el respeto que por esa cena familiar sentíamos todos, y el toque de tristeza ante los dos puestos vacíos que una vez ocuparon mis dos hermanos mayores, ya en Venezuela, todo lo cual le daba a ese acto un ambiente casi sacro que nada tenía que ver con que la comida fuese especial, sabrosa, escasa o abundante.

Y al término de la cena, en la que el postre eran los dulces ya mencionados, cada uno se iba en silencio a la cama, también con espíritu casi monacal, como si fuera a meditar.

No recuerdo que en esas cenas hubiera nunca una persona que no tuviera con mis padres —y, por tanto, también con mis hermanos y conmigo— un vínculo de consanguinidad.

Desde comienzos de diciembre, o tal vez antes, muchos de los niños del pueblo nos organizábamos en un coro para ensayar los villancicos que se cantarían en las ceremonias religiosas. Y la diferencia entre esos villancicos y las gaitas que tan populares son en la Navidad venezolana es de años luz.

Tal vez porque llegué a Venezuela a los 22 años de edad —o sea, con mi carácter ya formado—, no he logrado adaptarme a ese cambio.

Y como, para colmo, el mes de diciembre ha sido tradicionalmente el que, a lo largo de mi existencia, más disgustos me ha deparado —en los dos primeros diciembres de mi vida estuve al borde de la muerte—, y en el que, tal vez por todo eso, tiendo a deprimirme, desde aquel ya remoto 1961 he dicho que con gusto aceptaría yo que me pusieran en cura de sueño el 15 de diciembre y me despertaran el 15 de enero; o tal vez más tarde, pues parece que ahora la guachafita navideña se prolonga hasta comienzos de febrero.

Dentro de este periodo cae fin de año. Pues bien, en mis tiempos en El Paso, esa fecha «pasaba por debajo de la mesa», o sea, que no tenía relevancia alguna, pues sólo contaba para los jóvenes adultos que quisieran y pudieran ir al baile que se celebraba en el Teatro Monterrey.

Y ya que el tema es de fechas, nunca celebrábamos los cumpleaños. Del mío me enteraba casi siempre porque sobre el día de mes en que cae me entregaban en la academia el recibo de pago por la mensualidad.

A quien le parezca raro lo que he dicho acerca de la Navidad, que lea abajo la conclusión de que, en las fechas navideñas —que incluyen también Fin de Año, Año Nuevo, y Reyes—, «la presencia conjunta de ansiedad, depresión y síntomas somáticos es casi más la norma que la excepción». Un cóctel que causa muchos suicidios.

En el origen de todas estas manifestaciones hay motivos como los que he contado —formación sociocultural, tradición familiar, lejanía, pérdida, ausencia de consanguinidad, etc.— u otros muchos y distintos, según las vivencias de cada persona.

A este cuadro hay que añadir la frustración de que los hijos no entiendan (no sería bueno que compartieran, pero sí que entendieran) el origen, basamento y alcance de esa aversión hacia la Navidad. No pueden entender porque las vivencias personales no son transferibles, y les resulta difícil trascender al medio social en que nacieron, crecieron y se formaron; un medio que suele ser más poderoso que el netamente familiar.

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25/12/2013

A. F. Vergara

Navidades negras: Cómo evitar la depresión en estas fechas

Existen varias razones por las que la Navidad y Año Nuevo son una época poco deseada para algunos, además de temida y evitada.

Según especialistas de la salud mental, la depresión en esta temporada del año ocurre por no saber cómo expresar afecto, lo que conlleva a querer demostrarlo haciendo gastos innecesarios que en muchas ocasiones acarrean más problemas, sobre todo ante problemas económicos, o bien porque las personas se crean altas expectativas en lo que se les va a regalar y, al no cumplirse, se sienten tristes y decepcionadas.

En algunos casos puede ser porque las personas tuvieron en su infancia malas experiencias antes o durante las fiestas, así que se encuentran predispuestos a pasarla mal.

Otra razón es que los recuerdos de navidades y años nuevos anteriores se apoderan de nuestra mente, recuerdos que fueron muy dolorosos para nosotros: una enfermedad, el rompimiento de relaciones amorosas o amistosas, la lejanía de un ser querido, cambios de localidad, o también la pérdida de un puesto de trabajo.

El hecho de revivir esos recuerdos hace que volvamos a experimentar las mismas emociones que sufrimos en su momento, provocando que en algunos casos sobrevengan las depresiones.

En especial durante Navidad y Año Nuevo que recordamos con más anhelo a los seres queridos que en su momento estuvieron con nosotros, su ausencia se nota más, y, por consiguiente, el vacío que se sentimos es mucho mayor.

Para otros quizás son fechas que nostálgicamente los remontan a otras pasadas en las que no tenían grandes problemas y, en cambio, ahora se sienten muy abrumados y decepcionados.

La gente que se deprime en la temporada navideña y que coincide con el fin de año, se pone a evaluar los logros y fracasos del año fijándose solamente en aquello que no pudieron lograr.

Se cree también que otro factor que contribuye a la depresión decembrina es un desorden estacional conocido como SAD (Desorden Afectivo de Temporada), que lo sufren algunas personas cuando experimentan una reducción en la exposición a la luz del día, así que los días cortos de invierno contribuyen a que la persona se sienta desanimada.

Qué hacer para no deprimirse en Navidad

Cambia tus expectativas: No esperes a la Navidad y el Año Nuevo para ser feliz, simplemente recibe estas fechas sin esperar grandes acontecimientos, vívelas como unas fiestas más.

No pienses que la Navidad y el Año Nuevo son la solución a tus problemas emocionales, o que sean estas fechas las que llenen los vacíos afectivos que hay en tu interior. Si crees que tu vida no tiene sentido, dale un cambio; tienes todo un año y los que vendrán para lograrlo.

Aumenta tu capacidad para ilusionarte y date la oportunidad de sentirte contento; es trabajo sólo tuyo.

Si nuestro estado de ánimo anda por los suelos, es momento de revisar nuestro interior para lograr deshacernos de ese pasado que nos atormenta.

Con este ejercicio podremos además conocer las conductas que nos limitan y que nos impiden cambiar el rumbo de nuestra vida. No permitas que los pensamientos derrotistas y negativos aparezcan, sustitúyelos por los de carácter positivo.

Evita el agotarte mentalmente con las compras, la comida, los regalos, las visitas,… e intenta relajarte y disfrutar del momento. Puedes ayudarte haciendo una lista de lo que tienes que hacer, establece prioridades y delega responsabilidades.

Durante estas fechas la gente deprimida lo esconde, ya sea alejándose, poniéndose a la defensiva o llevando todo al extremo, sobrepasan límites en la comida y la bebida sintiéndose peor luego, disfruta sin excesos.

Si no consigues el objetivo y la depresión continúa semanas después de las navidades, debes consultar a un médico, o a un psicólogo.

Sobrevivir a la Navidad

Como todo en esta vida, la Navidad tiene sus cosas buenas y sus cosas no tan buenas. Fiestas de empresa, compromisos familiares, tradiciones, comilonas, regalos, recuerdos…pueden hacer que adoremos esta época del año o que estemos contando los días para que se acabe.

De nuevo, y como en cualquier crisis que se precie, hay que procurar sacar lo máximo de cada situación, pues aunque no puedas elegir las circunstancias que te toca vivir, siempre puedes elegir cómo vas a vivirlas.

¿Se trata de depresión o simplemente de tristeza?

Cuando hablamos de depresión nos referimos, en rasgos generales, a un estado de ánimo caracterizado por la tristeza, la anhedonia (incapacidad para sentir placer) y la abulia (falta de energía), que se mantiene durante un periodo mínimo de dos semanas.

Un alto porcentaje de las personas que padecen depresión también manifiestan síntomas somáticos, es decir, frecuentes dolores de cabeza o musculares, mareos, malestar gástrico…todo ello se ve agravado si concurren con síntomas ansiosos, como la taquicardia o la sensación de opresión en el pecho.

La presencia conjunta de ansiedad, depresión y síntomas somáticos es casi más la norma que la excepción.

Las personas que padecen depresión suelen acudir, en un primer término, a los servicios médicos de Atención Primaria. Cuando los analgésicos no cumplen su función, el médico, ante la imposibilidad de dar con un diagnóstico claro, ha de investigar y averiguar el origen de la verdadera patología, de la depresión.

De hecho, en España hay entre 1,2 y 1,5 millones de personas que padecen un trastorno depresivo, aunque se estima que un 35% de los casos no se llega a diagnosticar.

Según la OMS (Organización Mundial de la Salud), la depresión es la cuarta causa de discapacidad en el mundo.

Momentos de duelo

El duelo puede definirse como la experiencia de una persona tras una pérdida, o como el proceso de adaptación a esa pérdida. De esta forma, es un proceso psicológico normal que nos permite asumir una nueva realidad, en la cual nuestro ser querido ya no está.

Sus manifestaciones son parecidas a una depresión, pero no es lo mismo. En ambos casos pueden encontrarse síntomas clásicos. como trastornos del sueño, del apetito e intensa tristeza. Sin embargo, en el duelo no se da la pérdida de autoestima característica de la depresión clínica.

Las manifestaciones más características del duelo normal son:

  • Sentimientos de tristeza, enfado, culpa y autorreproche, ansiedad, soledad, fatiga, impotencia, shock, anhelo, alivio o insensibilidad, entre otras.
  • Sensaciones físicas, como vacío en el estómago, opresión en el pecho o en la garganta, hipersensibilidad al ruido, sensación de despersonalización, falta de aire, debilidad muscular, falta de energía o sequedad de boca.
  • Cogniciones o patrones de pensamiento que son normales en las primeras fases del duelo, pero que, si persisten, pueden desencadenar sentimientos que desemboquen en una depresión o en problemas de ansiedad.
  • Estados de confusión, distracción, incredulidad, preocupación, sentido de presencia, experiencias ilusorias pasajeras, e incluso alucinaciones.
  • Conductas que desemboquen en trastornos del sueño, trastornos alimentarios, hiperactividad desasosegada, aislamiento social, llorar en exceso, soñar con el fallecido, buscar y llamar en voz alta, visitar lugares relacionados, llevar consigo objetos o atesorar pertenencias; o, por el contrario, evitar recordatorios del fallecido, lo cual en estas fechas suele ser complicado y la ausencia se hace especialmente notable.

Aunque la depresión no es lo mismo que el duelo, suele ir asociada a éste. Así, algunas personas desarrollan episodios depresivos mayores después de una pérdida.

Por lo tanto, para que este proceso normal por el que todos pasamos ante una pérdida no se complique y desencadene un duelo patológico, crónico, no resuelto o enmascarado, es importante recibir asesoramiento psicológico.

Los principales objetivos terapéuticos son:

  • Aumentar la realidad de la pérdida.
  • Identificar, experimentar, aceptar y expresar los sentimientos y emociones.
  • Superar los diferentes obstáculos y reajustarse después de la pérdida.
  • Recordar a la persona fallecida y sentirse cómodo al seguir viviendo.

Asimismo, el término duelo no se refiere exclusivamente a un fallecimiento, ya que puede aplicarse a otros tipos de pérdidas, como una enfermedad, una ruptura sentimental, estar en situación de desempleo, encontrarse o tener a un ser querido en el extranjero, etc.

En estas fechas es recomendable tener en cuenta que el dolor y los recuerdos nos acompañarán, por lo que intentar ocultarlo, evitarlo o huir no hará que desaparezcan.

Por ello es importante construir una nueva manera de celebrar la Navidad. Reunir a la familia para hablar y tomar en conjunto las decisiones correspondientes, acordar un pequeño homenaje o acto simbólico para recordar a la persona ausente, incluir a los niños por pequeños que sean y arroparse en la familia, pueden ser formas de afrontar eficazmente el dolor.

«No puedo, no me apetece»

Todos en algún momento de nuestra vida nos sorprendemos diciéndonos a nosotros mismos frases del tipo «No puedo» o «No me apetece».

Estas frases son clásicos mecanismos automáticos que utilizamos para engañarnos a nosotros mismos y llevarnos, sin darnos cuenta, a la inercia, a la tristeza, a la apatía e incluso a la abulia. Son la forma perfecta de entrar en un bucle del cual, posteriormente, no sabemos cómo salir ni cómo hemos entrado.

Cabe tener en cuenta que el uso de estas frases de manera puntual no conlleva ningún riesgo, ya que nos permiten tomar aire o darnos un respiro sin sentirnos mal.

El problema surge cuando las utilizamos de manera indiscriminada, o se convierten en pensamientos automáticos, los cuales irrumpen con tanta fuerza que ni si quiera somos capaces de plantearnos si son reales o no, lo que nos deja sin recursos y opciones para salir del bucle en el que nos encontramos o transformar la situación que vivimos.

Para desarticular estos pensamientos es importante tomar conciencia de cuándo nos asaltan. Lo segundo, es preguntarnos qué función cumplen o qué ventajas nos están aportando, si es que hay alguna.

Respecto a la frase «Esto no sirve para nada», no podemos esperar que las cosas cambien si nosotros seguimos haciendo lo mismo de siempre.

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