[*Opino}—La arrogancia de Stephen Hawking

10-10-14

Carlos M. Padrón

Al Festival Starmus, celebrado recientemente en Tenerife (Canarias), asistió Stephen Hawking quien es considerado como una de las mentes más brillantes de la actualidad.

Además de declarar que ‘No hay ningún dios. Soy ateo’, en una redundancia que podría entenderse que, como él es ateo, no hay Dios. Además, como ateo es quien no cree en Dios, que Hawking diga que es ateo y añada que Dios no existe es también una especie de contradicción, pues está afirmando la no creencia en algo que no existe, y no tiene sentido creer o no creer en algo que no existe.

Para colmo, dijo también ‘Ahora mismo no sé aún por qué existe el Universo’.

Ese aún implica que él tiene la esperanza, o tal vez la convicción, de que algún día llegará a saber por qué existe el Universo, algo que, para mí, implica una pretensión y arrogancia fuera de todo límite. Sólo pediría yo que Hawking rebasara los 100 años de edad, y que yo pudiera vivir, con buena calidad de vida, el tiempo que él tardara en averiguar por qué existe el Universo.

Este señor, que está casi totalmente paralítico y en una silla de ruedas muy especial, dice que no quiere inspirar lástima, pero me temo que transpira resentimiento contra lo que le rodea o contra quienes no aceptan lo que él predica.

[*Opino}– Falta de concordancia (¿un siete que padece?) y de coma

07-10-14

Carlos M. Padrón

El subtítulo del artículo «Lo que la adicción esconde» reza así:

«Siete de cada 10 pacientes adictos padece otro trastorno mental y la mitad de pacientes psiquiátricos abusa de alguna sustancia«.

Que me perdone la RAE pero eso de «pacientes adictos que padece» y «mitad de pacientes que abusa» carece de concordancia y, sobre todo, de lógica, pues si se habla de pacientes, en plural, el verbo que a ellos se refiere debería estar también en plural, o sea, que el subtítulo que tendría sentido sería «Siete de cada 10 pacientes adictos padecen otro trastorno mental, y la mitad de pacientes psiquiátricos abusan de alguna sustancia».

Además, a pesar de que todavía haya alguien que diga, y aplique, lo de que antes de ‘y’ no se pone coma, en este caso sí debe ponerse porque lo que sigue a esa ‘y’ no es continuación de lo que la precede. No procedería poner esa coma si la frase fuera, por ejemplo, «padecen trastorno mental y emocional», pues, en ese caso, lo que viene después de la ‘y’ sí es continuación de lo que la precede.

Otro titular de hoy es éste: «El PT vence en zona rurales y Río y sufre un desastre en São Paulo«, que debería haberse escrito así: «El PT vence en zona rurales y Río, y sufre un desastre en São Paulo«.

Artículos relacionados:

[*Opino}– Acerca de la pronunciación de ‘nobel’ cuando se refiere a Premio Nobel

06-10-14

Carlos M. Padrón

Otro enredo más de Fundéu o de la RAE.

En el artículo que copio abajo, se dice que nobel puede pronunciarse indistintamente /nobél/ (como palabra aguda) o /nóbel/ (como palabra llana).

Sin embargo, comoquiera que en España, y en casi todo el mundo hispanohablante, no se hace diferencia entre la pronunciación de la ‘b’ y la ‘v’. cuando alguien diga /nobél/ puede interpretarse que se refiere a novel, término del que el DRAE dice esto:

  • novel (Del cat. novell, nuevo). 1. adj. Que comienza a practicar un arte o una profesión, o tiene poca experiencia en ellos.

lo cual puede crear confusión.

Por tanto, y comoquiera que /nóbel/ no crea confusión alguna, en relación a Premio Nobel creo que lo prudente es usar la pronunciación /nóbel/ (como palabra llana).

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06/10/2014

Premio nobel, en minúscula si designa al galardonado

Premio Nobel se escribe con iniciales mayúsculas cuando hace referencia al galardón instituido por el químico sueco Alfred Nobel, pero con minúsculas cuando alude a la persona que lo ha recibido.

Este criterio es el indicado en la Ortografía de la Lengua Española, que advierte de que los sustantivos y los adjetivos que forman parte del nombre de los premios se escriben con mayúscula inicial:

  • «Los Premios Nobel son los más prestigiosos del mundo» o
  • «La gala de los Nobel se celebrará en diciembre».

Con ese uso, la palabra Nobel es invariable en plural, como indica el Diccionario Panhispánico de Dudas: 

  • «La Academia dará a conocer la próxima semana los Premios Nobel de este año».

En cambio, cuando premio y nobel designan al galardonado, se escriben con minúsculas y tienen un plural regular:

  • «José Saramago, premio nobel de literatura, murió a los 87 años» o
  • «Al congreso acudieron varios premios nobeles de medicina».

En todos los casos se trata de una palabra aguda y, por tanto, su pronunciación adecuada es /nobél/, pese a que la llana /nóbel/ está muy extendida, incluso entre personas cultas, como explica el Diccionario Panhispánico de Dudas.

Asimismo, se recuerda que la denominación de cada una de las categorías de los grandes premios internacionales se escribe con mayúscula inicial en todos sus componentes significativos, como puede verse en los ejemplos

  • «El Premio Nobel de Medicina ha recaído en Robert Edward» y
  • «El Nobel de la Paz fue para…».

Fuente

[*Opino}– Acerca de cómo escribir apodos y nombres propios

02-10-14

Carlos M. Padrón

Sinceramente, a veces no entiendo ni a Fundéu ni, lo que es peor, a la RAE.

Insisten en que los nombre propios se escriben con mayúscula inicial, pero, sin embargo, si se trata de apodos que llevan artículo, peste ha de escribirse con minúscula. Por ejemplo, dicen que el apodo de Pablo Simeone, director técnico del Atlético de Madrid, se escribe «el Cholo», y el del cantante José Luis Rodríguez, «el Puma».

Pero ocurre que a «el Cholo» no lo llaman Cholo, ni al «el Puma» lo llaman Puma, sino que ambos apodos van siempre precedidos del artículo ‘el’, por tanto, para mí ese ‘el’ forma parte del apodo y, por tanto, debería escribirse también con mayúscula inicial, o sea, El Puma y El Cholo.

Caso diferente es el de Juana «la loca», pues como nadie se refiere a ella como La Loca, sino como Juana «la loca», el apodo no funge como nombre propio.

En lo que copio abajo se insiste de nuevo en que el artículo que suele preceder al apodo se escribe en minúscula, y ponen como ejemplo «el H», apodo del jefe de un cártel mejicano. Como a ese individuo no lo llaman ‘H’, sino ‘el H’, opino que su apodo debe escribirse El H.

Y tal parece que Libertad Digital me da la razón:

Y esto es ya para confundirse más. Según Fundéu, «Se recuerda además que, cuando un artículo forma parte de un nombre propio, como en el caso de La Meca, lo apropiado es escribirlo en mayúscula (no la Meca), según señalan la Ortografía de la Lengua Española y el Diccionario Panhispánico de Dudas.

Artículo relacionado:

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02/10/2014

Cartel’ y ‘cártel’, grafías válidas

Tanto cartel como cártel son grafías adecuadas para referirse a una ‘organización ilícita vinculada al tráfico de drogas o de armas’ o a un ‘convenio entre empresas para eliminar la competencia’, conforme al Diccionario Académico.

Con motivo de la detención del capo Héctor Beltrán Leyva, en los medios de comunicación pueden verse frases como

  • «El cartel de los Beltrán Leyva es acusado de numerosos casos de secuestro, tortura y asesinatos en el centro del país»,
  • «Detienen al capo mexicano Héctor Beltrán Leyva, heredero de un poderoso cártel familiar» o
  • «Héctor Beltrán Leyva coordinaba las operaciones del cártel desde Querétaro».

De acuerdo con el Diccionario panhispánico de dudas, tanto la acentuación aguda como la llana son adecuadas, por lo que los tres ejemplos anteriores se consideran correctos, si bien esta misma obra prefiere la forma aguda (cartel).

Sus plurales respectivos son carteles y cárteles.

Asimismo, se recuerda que los apodos no necesitan comillas, salvo que aparezcan entre el nombre de pila y el apellido, y que el artículo que suele preceder al apodo se escribe en minúscula, por lo que en un ejemplo como

  • «Detenido “El H”, líder del cartel de los Beltrán Leyva»,

lo apropiado habría sido escribir

  • «Detenido el H, líder del cartel de los Beltrán Leyva».

Fuente

[*Opino}– El atrofiante uso de algunas tecnologías

20-09-14

Carlos M. Padrón

En estos pocos días que he pasado en USA he podido comprobar cuánta razón tiene Nicholas Carr en las opiniones que describe el artículo que copio abajo.

Aunque ya he dicho que para mí los smartphones deberían llamarse complicatedphones, tengo uno que uso sólo para llamadas, mensajes de texto y WhatsApp; o sea, poco o nada de búsquedas en la Red. Por tanto, para mejor poder usarlo en USA —y especialmente para usar WhatsApp— necesito instalarle una tarjeta SIM de alguna operadora celular de ese país.

La última vez que estuve aquí, que fue en 2012, quise comprar una tarjeta SIM apenas llegar en tránsito al aeropuerto de Plastaforma, pero me dijeron que en los aeropuertos no las vendían, así que la compré en AT&T al llegar a San Francisco, mi destino final, y tuve que rellenar varios formularios en los que puse datos personales, tiempo de permanencia en el país, etc.

Pero ahora, al llegar igualmente en tránsito al mismo aeropuerto supe que en los establecimientos de cambio de moneda (Currency Exchange) venden las tarjetas SIM, así que compré una de T-Mobile que funcionó de maravilla durante las muchas horas que estuve en ese aeropuerto, pero que me ha fallado varias veces aquí en California, área en la que, según la gente de T-Mobile, tienen ellos muy buena cobertura.

Estando hoy en la sala de espera de un consultorio, en Santa Rosa (California), mi celular avisó que no tenía cobertura para internet. Extrañado, lo guardé, pero más extrañado quedé cuando a la sala de espera entró una pareja y, apenas sentarse, comenzaron a teclear en sus celulares.

Les pregunté —aunque aquí no es muy bien visto hacer eso— qué operadora usaban; él me dijo que Horizon, y ella que AT&T. En busca de un café, salí fuera de la sala de espera y, ¡oh, sorpresa!, apenas cruzar la puerta si tuve señal de T-Mobile. Para probar, entré de nuevo a la sala, y cero señal.

¿Será que esas tarjetas SIM que venden en los aeropuertos están «recortadas»? ¿O será que así es el servicio de T-Mobile?

Hablando sobre el caso supe que, a pesar del papeleo que en 2012 me hizo llenar AT&T para venderme una tarjeta SIM, ahora uno puede comprar, sin trámite legal alguno, un celular desechable, que usan mucho los delincuentes. Sinceramente, una contradicción difícil de entender, sobre todo en un país que, como éste, padece de legalitis.

Pero vayamos al grano.

Las personas con las que estos días he circulado en sus vehículos usan el celular para que una app les diga cómo llegar a cualquier lugar al que quieran ir. En un viaje usando ese recurso y hacia un lugar al que el conductor ya había ido antes, falló la cobertura celular en un tramo del camino, la indicación de la app no fue recibida por el conductor, éste tomó la ruta que no era, y nos perdimos.

«Si ya ha ido otras veces al mismo lugar —me pregunté—, ¿por qué diablos tiene que usar la bendita app para ir de nuevo?».

Para colmo, como el conductor debe estar pendiente de las instrucciones que la app le dé, no puede mantener con sus acompañantes una conversación decente, si es que no pide que todo el mundo guarde silencio. Un claro caso de aislamiento social, de camino a la atrofia y a una peligrosa dependencia.

He visto que a la app llamada Siri le preguntan hasta por el resultado de operaciones aritméticas básicas. De seguir así, pronto la gente olvidará como multiplicar usando una calculadora, al igual que ya muchos han olvidado la ortografía porque confían en lo que les digan los correctores de texto que, por cierto, suelen no estar actualizados y, por supuesto, en ciertos casos no pueden decidir qué es lo correcto. En fin, que me temo que al alzhéimer le irá cada vez mejor.

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21 SEP 2014

Joseba Elola

Vivir en modo piloto automático

Delegamos cada vez más en la tecnología. Guía nuestros pasos, relaciones, trabajos. Y vamos externalizando capacidades. El ensayista Nicholas Carr alerta de los peligros de la revolución digital

En la primavera del año 1995 el transatlántico Royal Majesty encalló, inesperadamente, en un banco de arena de la isla de Nantucket. A pesar de estar equipado con el más avanzado sistema de navegación del momento, hundió el morro en esta isla situada a 48 kilómetros de Cape Cod, Massachusetts, en Estados Unidos.

Procedía de las islas Bermudas y se dirigía hacia Boston, con 1.500 pasajeros a bordo. La antena del GPS se soltó, el barco fue desviándose progresivamente de su trayectoria y ni el capitán ni la tripulación se dieron cuenta del problema. Un vigilante de guardia no avistó una importante boya junto a la que el barco debía pasar, y no informó: ¿cómo se va a equivocar la máquina?

Afortunadamente, el accidente no produjo heridos.

El prestigioso ensayista useño Nicholas Carr utiliza este episodio para ilustrar hasta qué punto hemos depositado nuestra fe en las nuevas tecnologías, que no siempre resultan infalibles. En algunos casos, pueden arrastrarnos a lugares a los que no queríamos llegar.

En su nuevo libro, Carr, de 55 años, explica que hemos caído en una excesiva automatización, proceso mediante el cual hemos externalizado parte de nuestras capacidades.

La tecnología guía nuestras búsquedas de información, nuestra participación en la conversación de las redes, nuestras compras, nuestra búsqueda de amigos, y nos descarga de labores pesadas.

Todo ello, poco a poco, nos conduce a lo que Carr denomina complacencia automatizada: confiamos en que la máquina lo resolverá todo, nos encomendamos a ella como si fuera todopoderosa, y dejamos nuestra atención a la deriva. A partir de ese momento, si surgen problemas, ya no sabemos cómo resolverlos.

La pequeña historia del Royal Majesty, de hecho, encierra toda una metáfora: hemos puesto el GPS y hemos perdido el rumbo.

Algo así es lo que nos viene a explicar el experto estadounidense: “Estamos embrujados por las tecnologías ingeniosas”, dice en conversación telefónica desde su casa en Boulder, Colorado, en las Montañas Rocosas. “Las adoptamos muy rápido porque pensamos que son cool o porque creemos que nos descargarán de trabajo; pero lleva tiempo darse cuenta de los peligros que encierran, y no nos paramos a pensar cómo estas herramientas cambian nuestro comportamiento, nuestra manera de actuar en el mundo”.

Las tecnologías nos están robando talentos que sólo se desarrollan cuando se lucha duro por conseguir las cosas.

Este estudioso de las nuevas tecnologías, que en 2011 fue finalista del premio Pulitzer con su anterior obra, «Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras vidas?», estima que la complacencia automatizada está mermando nuestras capacidades. Y usa un ejemplo bien sencillo: gracias a los correctores automáticos, hemos externalizado nuestras habilidades ortográficas. Cada vez escribimos peor. Desaprendemos.

“A medida que empresas como Facebook, Google, Twitter y Apple compiten más ferozmente por hacer las cosas por nosotros, para ganarse nuestra lealtad, el software tiende a apoderarse del esfuerzo que supone conseguir cualquier cosa”.

Pregunta: ¿Qué nos están robando las nuevas tecnologías?

Respuesta: Nos están robando el desarrollo de preciosas habilidades y talentos que sólo se desarrollan cuando luchamos duro por las cosas. Cuanto más inmediata es la respuesta que nos da el software diciéndonos adónde ir o qué hacer, menos luchamos contra esos problemas, y menos aprendemos.

Nos roba también nuestro compromiso con el mundo. Pasamos más tiempo socializando a través de la pantalla, como observadores. Reduce los talentos que desarrollamos y, por tanto, la satisfacción que se siente al desarrollarlos.

El discurso tecno-escéptico de Carr puede ser rebatido desde muchos flancos. No son pocas las voces que se alzarían diciendo que esas mismas tecnologías están permitiendo expandir la capacidad de comunicación de las gentes, las posibilidades de aprender o incluso de organizarse para cambiar las cosas y comprometerse con el mundo.

El propio Carr matiza su discurso alabando las inmensas posibilidades que la Red ofrece para acceder a información y comunicarse. Pero hay costes asociados.

Mantener la atención en el nuevo escenario tecnológico, de hecho, no es cosa fácil. Los estímulos y distracciones que almacenan los teléfonos inteligentes que llevamos con nosotros, o las pantallas a las que estamos conectados nos impiden centrarnos. Nos hacen sobrevolar las cosas. Pasar de una otra, sin ton ni son, en un profundo viaje hacia la superficialidad.

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[*Opino}– USA y las propinas

19/09/2014

Carlos M. Padrón

Totalmente de acuerdo con lo que dice el artículo que copio abajo.

A pesar que desde noviembre de 1968, cuando hice mi primer viaje a USA, he visitado este país (lo de «este» es porque al momento estoy en él) muchas más veces de lo que a primera vista me parece, y hasta viví aquí todo un año, no termino de aceptar de buen grado la bendita costumbre de la propina.

Allá por los años 80, después de haber terminado mi almuerzo en un restaurante de Manhattan, dejé el pago sobre la mesa y me dispuse a salir. Antes de llegar a la puerta, me interceptó la camarera y, con acento agrio y cara de pocos amigos, me preguntó qué había hecho ella de malo.

Desconcertado por la pregunta, que no entendí, pregunté a mi vez a qué se refería, y su respuesta me dio lástima: «Usted no dejó propina, y yo vivo de eso».

Mi primera intención fue decirle que no era mi culpa que ella hubiera aceptado vivir de propinas en vez de buscar un trabajo en el que le pagaran un salario, pero luego recordé en qué país estaba, regresé a la mesa, y añadí la propina al pago que ya había dejado allí.

El caso que me ocurrió hace apenas unos días es tal vez peor, pues con mi hija y su novio asistí a un tour de vinos en un viñedo de Napa (California), y al final nos llevaron a una especie de restaurante donde uno podía comer algo y le daban a catar los diferentes vinos de ese viñedo, en la esperanza de que, al final, uno comprara al menos una botella de alguno de ellos.

Decidí comprar una de tinto —como ya he dicho aquí, para mí el vino ha de ser tinto; todos los otros me parecen adulteraciones—, y al pagar con tarjeta de crédito no añadí la propina porque pensé en darla después en efectivo.

La cara que puso el dueño del restaurante cuando vio que no añadí la propina fue como para asustarse, y la verdad es que ese gesto no me gustó porque no se trataba de un camarero que, como dijo la del almuerzo antes mencionado, vivía de eso; se trataba del dueño del local.

Para colmo, el monto de la propina no es voluntario; nada de eso. En los tiempos del caso de la camarera era 10% del total de la factura; años después era 12%; y al momento es, que yo sepa, 15%. Es una especie de ley no escrita que, en un país que padece de legalitis, se ha de cumplir aunque nadie crea ya, si es que alguna vez lo creyó, que la propina sea para recompensar un buen servicio.

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19/09/2014

La dictadura de la propina

Javier Ansorena

En EE.UU. es algo tan automatizado, que a veces se olvidan de su esencia: recompensar un buen servicio.

Jimmy’s No. 43 es mi bar preferido del East Village. Es una cava oscura, con mesas apretadas y ambiente tabernario. La barra cuenta con una docena de grifos de cerveza, la especialidad de la casa, que rotan cada semana.

Si no sabes qué pedir entre los distintos tipos de lúpulos y fermentaciones, el camarero lo resuelve con una charla y la degustación de un par de variedades locales.

A un par de manzanas está el Village Pourhouse, un bar como tantos otros en este barrio: pantallas enormes con fútbol americano o béisbol, comida grasienta, tiradores con cervezas comerciales y universitarios a los gritos. La camarera no dice ni hola, abre la boca mientras mastica chicle, no presta atención a la espuma, y cuando dice el precio no mira a la cara.

Tanto ella como el camarero de Jimmy’s se llevarán su propina.

Las «tips» o la «gratuity», como aquí se llama a la propina, es algo tan incorporado a algunas transacciones comerciales, que a veces uno se olvida de su esencia: recompensar un buen servicio. Sorprende al recién llegado y al turista que la norma sea añadir dólares al precio cuando quien realiza el servicio, en muchas ocasiones, no aporta valor añadido.

¿Por qué pagar propina por servir una copa de vino? ¿O por llevarme en taxi del Flatiron a Wall Street?

La lista de ocasiones en las que se da propina no deja de crecer: al camarero, al taxista, a la peluquera, al repartidor de pizza, a la que hace las uñas, al guardarropa, a los músicos de un bar… Es el resultado de un sistema —para algunos perverso— en el que el salario de estos trabajadores, o un porcentaje importante, recae en los clientes. Sus empleadores nos endilgan esa responsabilidad.

Esta semana se ha incorporado otro grupo de trabajadores a la propina: la cadena de hoteles Marriott ha empezado a dejar un sobre en sus habitaciones con el siguiente mensaje: «Gracias por hospedarse en Marriott Hotels. Nuestro servicio de habitaciones ha disfrutado al procurarle una estancia cálida y confortable. Por favor, deje una propina si lo desea para expresar su agradecimiento por sus esfuerzos».

La palabrería se resume en un nuevo intento por traspasar al cliente el pago del salario del personal.

Acostumbrarse al sistema de propinas requiere un proceso.

  1. La primera fase es de sorpresa.
  2. La segunda, enfado, con conatos de rebelión aplacados por quienes llevan más tiempo en el país.
  3. La tercera, aceptación, a la que ayuda que el servicio en EE.UU. oscila entre lo correcto y lo excelente. Es difícil que alguien expuesto a propinas no dé un trato educado, aunque pueda ser seco o indiferente.

Sistema injusto

Pero lo peor del asunto es que, como explica un artículo de Vox, el sistema de propinas es injusto e ineficiente, para todas las partes: los trabajadores que viven de propinas tienen más posibilidades de vivir por debajo de la línea de la pobreza que los que tienen un salario regulado (son el 12,8% frente al 6,7% en EE.UU.)

  • El sistema es profundamente antidemocrático y enraizado en una tradición aristocrática
  • No sirve a su función original —recompensar un servicio— como demostró un estudio en 21 restaurantes, que concluyó que «la propina apenas está relacionada con la calidad del servicio» y no motiva al camarero a hacer un mejor trabajo;
  • La propina también es discriminatoria, ya que los datos dicen que se recompensa menos a trabajadores de minorías raciales; y
  • En muchas ocasiones crea un clima negativo entre los empleados que perjudica al negocio.

Algunos restaurantes han empezado su guerra para acabar con la práctica. Sushi Yasuda, al lado de la estación Grand Central, y Per Se, uno de los mejores restaurantes de la ciudad, son dos ejemplos en Nueva York, aunque hay casos por todo EE.UU.

Este mismo fin de semana, en la barra de algún bar, quizá me plantee la desobediencia civil a la propina.

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[*Opino}– Acerca de estilos que, según don Amando de Miguel, son plagas en el idioma español

29-08-14

Carlos M. Padrón.

Don Amando de Miguel trató este tema en dos entregas, una del 20-08-2014 y otra de hoy. Me he tomado la libertad de reunirlas en un solo artículo que copio abajo, y hago aquí mis comentarios a él.

2. La conjunción copulativa ‘y’ resulta imprescindible

Me extraña que no mencione lo de la errónea obligatoriedad de poner siempre coma después de esa conjunción.

4. El castellano aborrece los periodos largos

Es una opinión personal que no siempre puede resultar la mejor opción; también habló de ella en el punto 10. Me extraña que, en cambio, haga gala de una pobreza en signos de puntuación, como en estos párrafos:

«Ha quedado el número siete para las famosas plagas que asolaron a Egipto, quizá porque en hebreo el siete significa ‘mucho’. La Biblia enumera diez plagas. Es igual. A título práctico, resumo aquí diez desvíos sistemáticos en los escritos contemporáneos, para empezar, en los míos. Se trata de corregirlos todo lo que se pueda, al menos tenerlos en cuenta».

«Un extraño principio de la corrección de textos. Uno mismo detecta mal los errores. Es mejor que la operación la haga otra persona. El método óptimo es que el texto sea leído en voz alta por el corrector y el autor. Lleva tiempo, pero compensa. La corrección automática del computador suele ser pobre, insuficiente e incluso equivocada. No he logrado entender por qué el corrector automático aborrece ciertas voces perfectamente incorporadas a nuestro idioma».

que parecen emular a quienes, no sabiendo qué signo usar, usan sólo puntos suspensivos, pues don Amando usa sólo punto y seguido. Y también parecen ratificar, entre otras cosas, lo que el mismo don Amando dijo una vez: que el punto y coma está en vías de extinción. Que yo sepa, no sólo tiene vigencia, sino utilidad, además de contribuir a romper la monotonía, vicio que don Amando condena.

8. La plaga de los demostrativos (este, ese, aquel, etc.)

Pues dígalo quien lo diga, yo seguiré poniendo acento (o sea, poniendo tilde) en esos pronombres, así como también en los adverbios cómo, aún, y sólo cuando, según la norma antigua, deban llevarlo.

Según las referencias autorizadas de nuestra lengua, entre las que se cuenta el DRAE, estos pronombres no llevan tilde, pero don Amando escribió estragante, y esa palabra no aparece en el DRAE.

9. La cuestión del leísmo

Que me perdone don Amando, pero sí lo que él propone incluye que digamos la di de comer en vez de le di de comer, no estoy de acuerdo con él.

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29-08-14

Amando de Miguel

Las diez plagas de Egipto

Ha quedado el número siete para las famosas plagas que asolaron a Egipto, quizá porque en hebreo el siete significa mucho. La Biblia enumera diez plagas. Es igual. A título práctico, resumo aquí diez desvíos sistemáticos en los escritos contemporáneos, para empezar, en los míos. Se trata de corregirlos todo lo que se pueda, al menos tenerlos en cuenta.

Las expongo sucintamente, por si pudiera servir de aviso para escritores y lectores.

A título práctico, resumo aquí diez desvíos sistemáticos en los escritos contemporáneos, para empezar, en los míos. Se trata de corregirlos todo lo que se pueda; al menos tenerlos en cuenta.

1. El idioma español presenta la desventaja de la monotonía

Hay que cuidar mucho las repeticiones, reiteraciones de ciertas palabras, que se convierten en comodines. Por ejemplo, la preposición ‘en‘, necesaria pero sobreabundante. Hay que tratar de sustituirla a veces por otras: de, a través de, etc. Nuestra desgracia es que con esa preposición empieza el Quijote. «En un lugar de La Mancha…». La rima más odiosa es la de las voces terminadas en –ón. No hay soneto que la resista.

2. La conjunción copulativa ‘y’ resulta imprescindible

Pero a veces choca un poco, sobre todo al principio de la frase. Resulta un horror la serie de noticias de los telediarios cuando comienzan sistemáticamente con la dichosa y, sin venir a cuento. La y al comienzo de una oración da buen resultado en la lírica, pero la prosa la rechaza.

Ahora nos invade la moda de la pregunta: «¿Y?». Hay que ser argentino para dominarla.

3. Los artículos determinados o indeterminados son necesarios

Pero, una vez más, molesta su uso reiterativo. Ajústese el oído a cada caso. Por ejemplo, suena fatal «subir a dirección», «bajar a planta» o «chutar a portería».

A mí me gusta decir «los Estados Unidos», «la India», «el Japón», «el Perú», «la Argentina», etc., pero reconozco que puede resultar pesadito. Naturalmente, cabe decir “la España contemporánea” o “la Inglaterra victoriana”, al llevar un adjetivo.

4. Al ser una lengua monótona, el castellano aborrece los periodos largos

Yo me he impuesto la norma de que las frases no excedan de 30 palabras, los párrafos de 30 líneas, y los capítulos de 30 páginas. La reducción a esos límites siempre mejora el texto. Lo he comprobado mil veces.

5. Los neutros son muy peligrosos: aquello, esto, eso, lo, lo que, etc.

En mis escritos constituyen una plaga. Trataré de reducir su presencia.

6. Otro fallo de mis textos es el abuso de los adverbios

Sobre todo los terminados en –mente, y las expresiones adverbiales, por ejemplo, esto es, la verdad es que, con todo, por lo menos, etc.

No hay que llegar a la tontería de García Márquez, quien suprimió bonitamente todos los adverbios en –mente. Sin embargo, tengamos cuidado con su abundancia. Cuando se juntan dos -mente en la misma frase, la rima se hace odiosa.

7. Los verbos auxiliares (ser, estar, haber, tener) son utilísimos

Pero, una vez más, su exceso puede adormecer al lector. Es fácil sustituir el es por consiste en, aunque ya hemos introducido la maldita preposición en. Es cosa sabida, al corregir un error, se cuela otro.

Un extraño principio de la corrección de textos. Uno mismo detecta mal los errores. Es mejor que la operación la haga otra persona. El método óptimo es que el texto sea leído en voz alta por el corrector y el autor. Lleva tiempo, pero compensa. La corrección automática del computador suele ser pobre, insuficiente e incluso equivocada. No he logrado entender por qué el corrector automático aborrece ciertas voces perfectamente incorporadas a nuestro idioma.

8. La plaga de los demostrativos (este, ese, aquel, etc.) nos cerca por todas partes

Claro que son útiles para no tener que repetir nombres, pero muchas veces despistan. La diferencia entre ellos depende de la posición del observador o del que emite la información. Es evidente que por ahí se llega a continuas indeterminaciones.

El más peligroso —una especie de ébola gramatical— es el pronombre aquel. Debe huirse de él. Cabe sólo apelar a esa indeterminación cuando se desee transmitir un sentido de soledad y nostalgia.

Recuérdense los famosos versos de Bécquer sobre las golondrinas: Pero aquellas que el vuelo refrenaban / tu hermosura y mi dicha al contemplar, / aquellas que aprendieron nuestros nombres…/ esas… ¡no volverán! 

Por cierto, ningún pronombre demostrativo lleva ya tilde. Me parece maravillosa la expresión tener su aquel, pero aquí no es demostrativo sino sustantivo. Equivale a encanto, ángel, espíritu.

9. Está la cuestión del leísmo

No afectaba mucho cuando se reducía en España a una franja geográfica a ambos lados de la carretera o el ferrocarril de Madrid a Irún. Pero ahora se ha generalizado, por influencia, quizá, de los modos iberoamericanos.

No tiene mayor importancia. Acabaremos todos siendo leístas: la preferencia por le en lugar de la o lo como complemento directo de cosas o personas. Digamos que se trata de una plaga benigna, algo así como una gripe común.

10. La plaga más general es el natural barroquismo de la tradición española en tantos aspectos de la vida

Llega a ser estragante cuando se abusa de tal recurso. Me he acostumbrado a no soportar frases de más de 30 palabras, aunque las hay de más de ciento.

Una concesión barroca que me encanta es la sucesión de tres adjetivos, nombres o verbos, siempre que se precise la triada. Por ejemplo: «Bueno, bonito y barato». No debe abusarse de un recurso, en principio tan elegante.

Un virus reciente es el del verbo poder por influencia estadounidense. No sé si los gramáticos lo consideran un verbo auxiliar, pero así me lo parece en numerosas ocasiones.

En sí mismo no dice mucho, a no ser que le añadamos la acción principal. Podemos hacer el inri o podemos ser más imaginativos. Si no le agregamos la acción principal, el verbo poder adquiere una connotación de fuerza, mando, voluntad, autoridad, presión, dominación, imposición, victoria.

Es evidente la conexión de esas voces con los frentes o movimientos fascistas de toda laya, en definitiva, con ansias totalitarias. Recordemos el viejo juego infantil a ver quién puede más. Nótese que el dichoso verbo poder no admite la construcción pasiva. En inglés resulta todavía más defectivo. Se conjuga en presente (I can, we can), pero no admite el futuro. En tal caso hay que recurrir a una perífrasis: I will be able (= seré capaz).

Fuente

[*Opino}– Descubrimientos que no son tales

29-08-14

Carlos M. Padrón

De nuevo, algún estudio o «descubrimiento» ha logrado asombrarme, y no por lo novedoso de sus resultados, sino porque éstos han sido sabidos desde hace muchos años.

El «descubrimiento» que revela el artículo que copio abajo es un truco que me enseñaron antes de que, en 1949, me pusieran las primeras gafas; un «descubrimiento» que desde entonces he usado y he contado a muchas personas, así que para mí, y para muchas personas más, no se trata de ninguna novedad.

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29/08/2014

El increíble truco que te permitirá ver sin usar gafas graduadas

Mirar a través de un pequeño agujero permite al ojo enfocar las imágenes distorsionadas.

La rotura de las gafas es una de las peores pesadillas de todas aquellas personas que necesitan llevar lentes correctoras para poder desenvolverse con normalidad en su día a día.

Sólo quienes alguna vez se han visto obligados a usar gafas saben que existen pocas cosas tan frustrantes como intentar leer un documento y no poder descifrar las palabras que lo componen, o tratar de identificar a una persona que se dirige hacia nosotros y no ser capaces de ver más que un bulto borroso.

Por eso, estamos seguros de que el sencillo truco que hemos encontrado en el blog «Meridianos» será de gran utilidad para miles de personas, siempre que no les importe pasar un poco de vergüenza cuando no tengan sus gafas cerca.

El truco consiste en formar un pequeño círculo con los dedos, o practicar un agujero en un papel, y mirar a través de él. Tal y como demuestra un vídeo elaborado por el canal de vídeos educativos de YouTube «MinutePhysics», casi por arte de magia la imagen, hasta entonces borrosa, se volverá nítida casi por completo. No importa lo borrosa que sea la visión, el truco siempre funciona.

Sin embargo, no se trata de magia. Tal y como explica el vídeo, que ya roza los cinco millones de visualizaciones en su versión subtitulada al español, la explicación de este curioso fenómeno se encuentra en el ámbito de la Física y tiene relación con la forma en la que el cristalino del ojo actúa para dejar pasar más o menos luz y concentrarla en la retina.

Al igual que ocurre con los obturadores de una cámara fotográfica, cuanto menor sea la abertura, menos luz entrará en el ojo, lo que hará que se refleje en un área menor, permitiendo al cerebro formar una imagen nítida.

Sin duda, usar gafas o lentes de contacto es, además de más cómodo, mucho más práctico. Sin embargo, este asombroso truco puede sacarnos de más de un apuro en esos embarazosos momentos en los que no tenemos las gafas a mano.

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