[*Opino}– Los consejos para ubicar el ‘router’

22-10-2015

Carlos M. Padrón

Me temo que los consejos que al respecto da el artículo que copio abajo sólo sirvan para quienes accedan a Internet únicamente por vía Wi-Fi, algo bastante raro.

Me explico. Todo router que se respete tiene opciones que permiten conectarse a él vía Wi-Fi o por medio de cables. En este último caso ofrecen generalmente la posibilidad de conectar por cable hasta cuatro dispositivos.

Comoquiera que la conexión por cable ofrece más velocidad que la conexión vía Wi-Fi, lo normal es que el usuario quiera usar cable para conectar su PC al al router, en cuyo caso éste debería estar cerca de la PC, y me temo que con pocos los casos en que ésta esté próxima al centro de la casa, que es el lugar sugerido como idóneo para ubicar el router, para lo cual, por cierto, no veo la necesidad de hacer un sesudo estudio.

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22 OCT 2015

Mariló Garcia Martín  

¿Quiere que Internet le vaya más rápido? Pruebe con esto

Claves para que el Wi-Fi de su casa no le desespere.

El lugar donde se coloca el ‘router’ importa (y mucho). Piense dónde tiene instalado el router en casa, ese dispositivo con luces que proporciona la conectividad a la Red. Después, recuerde si alguna vez se ha enfrentado a la desesperada situación de no poder navegar por Internet porque la conexión falla.

Hay muchas opciones de que lo segundo tenga que ver con lo primero. Siga estos sencillos consejos para navegar con más velocidad y que el Wi-Fi no le arruine una plácida tarde en las musarañas digitales.

1. Coloque el router en el centro de la casa

Ha tenido que llegar el físico Jason Cole, del Imperial College de Londres, para confirmar un secreto a voces. Cole ha calculado, fijándose en la distribución de la intensidad electromagnética y utilizando la ecuación Helmholtz, que el lugar idóneo donde colocar el router es en el centro del hogar, y que cuanto más cerca se encuentre el receptor del emisor, mejor señal obtendrá. Además, ha creado una aplicación para Android con la que se puede simular la propagación del Wi-Fi teniendo en cuenta la superficie del hogar.

2. Elija un lugar alto y sin obstáculos

Recuerde que las ondas que emite el router, a diferencia de las AM de la radio (que pueden alcanzar cientos de metros de distancia), solo cubren poco más de 12 metros y no penetran materiales como el metal o el cemento. De ahí que no se recomiende colocar el aparato en un espacio cerrado (como un armario) o entre paredes, y se prefieran los lugares altos.

Expertos comparan el comportamiento de las ondas del router con el de la iluminación generada por una bombilla (la cantidad de luz no es igual si la bombilla está en el techo o si está en una lámpara apoyada sobre el suelo). Además, para no perder la mayor parte de la señal, se debe evitar poner delante espejos (que funcionan como una pared) o peceras (pues el agua no es un buen conductor de la señal).

3. No ponga al lado el teléfono (ni la pecera o el televisor)

El televisor, el microondas y, en general, los aparatos que lleven un motor en su interior, pueden provocar interferencias. Incluso los monitores para bebés y los teléfonos inalámbricos, así como todas aquellas máquinas que se conecten vía Bluetooth.

El departamento de Soporte Técnico de Apple resume las fuentes de interferencia más comunes: hornos, pantallas LCD, altavoces o teléfonos, entre otros.

4. Pruebe con mover antenas y dispositivos

Según destaca Dave Hamilton, cofundador de la página web The Mac Observer, si el router tiene dos antenas, éstas deben colocarse en diferentes direcciones: una horizontalmente y la otra verticalmente. De esta forma, alguna de las dos coincidirá con la interna del gadget desde el que se quiere navegar; en la mayoría de las laptops (portátiles), ésta es horizontal. Que la dirección de ambas antenas coincida facilita la navegación, según el experto. Si usa un celular o una tableta, dependerá de cómo los sostenga, por lo que moverlos en caso de fallos de Red, no resulta un disparate.

5. Cambie la contraseña

La seguridad también es esencial para el buen funcionamiento del Wi-Fi. Prevenga cualquier tipo de hackeo con una clave WPA (de acceso a Wi-Fi protegido) y que tenga preferiblemente más de 20 caracteres (con mayúsculas, minúsculas y números).

Si sospecha que le están robando la señal, puede descubrirlo en sólo dos pasos, y, si la respuesta es positiva, cambie de clave. Aquí, sin embargo, el aumento de la velocidad será mínimo, pues el ancho de banda que acapare el vecino pirata será mínimo debido a la lejanía.

6. Si va a consumir vídeos o juegos online, distribuya (con ayuda) su ancho de banda

Las videollamadas, los juegos online o las plataformas como Netflix, que desde el 20 de octubre ya está disponible en España, acaparan el ancho de banda (cantidad de consumo de información o datos que nos permite una conexión).

Si estamos con uno de estos servicios y además tenemos varios dispositivos conectados (esto, por sí solo, ya puede ralentizar la velocidad de conexión en un 80%, según TLife), es probable que el asunto vaya lento. Por fortuna, existe una herramienta llamada QoS con la que, según PC Actual, “el router distribuye el ancho de banda disponible (el que proporciona el operador) en función del escenario de uso y de manera automática”. Baraje otra opción más asequible: moderar su consumo.

7. Seleccione el mejor canal por el que circularán los datos

Julien Herzen, un estudiante de doctorado de la Escuela Politécnica de Lausana, en Suiza, ha descubierto cómo escoger la mejor banda a través de un algoritmo que aumentaría hasta siete veces la velocidad. Este algoritmo, que ya está patentado, elige la ruta más óptima por la que irán los datos de Internet. Estos circulan por 13 canales y el router los dirige por alguno de ellos. Según su estudio, el 25% de los routers usa los mismos canales.

De momento, el algoritmo de Herzen no se ha implementado en ningún equipo, pero existen otras herramientas para buscar canales que no estén saturados.

Javier Pérez Rey, director de la revista Interactiva y articulista de la web TecnoXplora, aconseja programas como InSSIDER (PC) o Explorer (Mac): “Los routers Wi-Fi se conectan en dos frecuencias (2,4 Ghz y 5 Ghz). Solemos usar la primera (de 11 canales), pero la segunda tiene 40. Si una red ocupa muchos canales, se puede cambiar en la página de configuración del router”.

8. Compre repetidores (o fabrique el suyo propio)

Cuando la conexión falla o va muy lenta mientras la señal permanece estática o parpadea rápidamente, puede que dos ondas parecidas se estén anulando. Es lo que se llama «punto negro inalámbrico», formado por una onda estacionaria. Para salir a esos lugares oscuros, conviene comprar extensores o duplicadores de señal inalámbricos (como enchufes), pensados, especialmente, para evitarlos en casas grandes o de varias plantas, donde es más habitual que sucedan. La configuración de estos repetidores es muy sencilla.

Roberto Adeva, de Cinco Días, explica en este artículo cómo se puede reutilizar un viejo router para convertirlo en repetidor.

La última opción

Si llegados a este punto no ha logrado acelerar su conexión, no queda otra que obrar a lo Enjuto Mojamuto: apague y encienda el router. O, al modo de los valientes, llame a su operadora (ISP) y pida una solución. 

Fuente

[*Opino}– ‘La tiranía de la imagen’ y ‘Ver sin mirar’ (2 en 1)

21-10-2015

Carlos M. Padrón

Los dos artículos que copio abajo tratan de los mismo: de esa moderna variante de la estupidez humana —tan asombrosa para Einstein—, que consiste en tomar fotos a granel, tomarlas compulsivamente, y, en los más de los casos, distribuirlas a todos los miembros de un grupo de WhatsApp, o colgarlas en Facebook asumiendo, en un claro rasgo de narcisismo, que interesarán a todo el que las vea.

En fin, algo de lo que ya hablé en el post «Las fotos antiguas, tesoros; las de hoy, epidemia«.

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18 OCT 2015

Javier Sampedro

La tiranía de la imagen

La semana pasada subí al Teide por primera vez, y tuve la suerte del novato. Lo que había dejado allí abajo como un cielo nublado era desde aquí un borbotón de nubes con todos los matices de la luz, una marea como un catálogo de formas compilado por la bruja artista, y entre las estribaciones de aquella cordillera blanca pude ver las otras tres islas occidentales, sacando la cabeza para respirar un aire anóxico más cercano a la Luna que a la vida diaria.

Mi primera reacción, como parece natural, fue echarme la mano a la cartuchera y sacar el celular para fotografiar aquel espectáculo majestuoso. De pronto, sin embargo, algo detuvo mi mano.

¿Se han fijado en la publicidad del iPhone6? No vende megas ni decibelios: vende píxeles, como si el aparato no fuera un teléfono que hace fotos, sino una cámara que hace llamadas. El publicista hizo bien, pues toda persona es un fotógrafo en nuestros días. Desde la invención de la fotografía siempre ha habido unos cuantos fotógrafos muy buenos, pero es sabido que no hay venenos sino dosis.

La facilidad con que la tecnología actual nos permite disparar ha generado una pesadilla irritante de imágenes anodinas y sopor que casi nos hace añorar a los cuñados y sus sesiones de diapositivas al volver de la playa. Una sobredosis que aburre y no dice nada, que nos reduce a todos al grado cero de las artes plásticas.

Los cuñados, loado sea Dios, están de capa caída:

  • La mayoría de la gente (55%) prefiere ya compartir fotos en formato digital en vez de ponérselas en diapositiva a los invitados de la fiesta.
  • Más allá de Facebook hay redes dedicadas exclusivamente a enseñar fotografías, como Flickr y la rabiosamente moderna Instagram
  • El 35% de los usuarios de smartphones hacen una foto de los artículos que van a comprar y se la manda a los amigos para pedir consejo antes de comprarlos
  • El 63% utilizan sólo el formato digital para las fotos.

Ni siquiera hay ya que preocuparse de disparar en el mejor momento: la nueva minicámara Narrative Clip lo hace por ti tomando una foto cada medio minuto. Según los datos de Digital Marketing Stats, la web para guardar y compartir fotos Instagram tiene 400 millones de usuarios activos al mes, incluyendo al 28% de la población estadounidense: está barriendo, sobre todo entre los menores de 35, y es sólo el último grito de este tipo de webs fotográficas, después de Flickr, PhotoBucket y Picasa.

En un estudio, los niños recordaban más detalles de los cuadros que observaban que los que fotografiaban.

“El mayor número de selfies tomados en una hora es de 1.449 y fue alcanzado por Patrick Peterson”, informaba hace poco una web asociada de algún modo a los récord Guinness. Hay también premios para imágenes tomadas con el celular, y a algunos los saca la mujer del tiempo en el telediario. Los Homo sapiens hemos caído gradualmente en la fiebre de la instantánea, y sólo nos queda preguntarnos: ¿cuándo empezó todo a ir mal?

Y ahora, ¿qué paró mi mano en el Teide? Bien, aquella puesta de sol asombrosa iba a durar sólo 10 minutos, y, créanme, pensé que sería mejor aprovecharlos mirándola que fotografiándola, grabándola en mi memoria y no en la de mi teléfono. En la semana y pico que ha pasado, no me he arrepentido de ello. La memoria es más traicionera que la fotografía, pero también más dinámica e interesante. Seguro que esto cambiará algún día, pero ese día no ha llegado.

La psicóloga Linda Henkel, de la Universidad de Fairfield en Connecticut, publicó el año pasado una investigación que resulta iluminadora.

A los estudiantes que se presentaron voluntarios —basta ofrecerles unos créditos para que lo hagan por docenas— se les pidió que fotografiaran ciertos cuadros de un museo de artes plásticas, y que se limitaran a observar otros. El resultado se midió al día siguiente: los estudiantes recordaban menos objetos, y menos detalles de cada objeto, entre los que habían fotografiado que entre los que se habían limitado a observar. El mero hecho de tomar una foto de un cuadro parece, por tanto, una buena receta para olvidarse de él.

Enviar una foto, por ejemplo, del Teide a un amigo significa “estoy aquí” con un “te fastidias” implícito.

“Los resultados”, dice Henkel, “destacan que hay diferencias clave entre la memoria de la gente y la memoria de la cámara”.

Curiosamente, este efecto negativo de la fotografía se revierte si, en vez del cuadro entero, lo que se pide fotografiar es algún detalle de él. Esto ya no puede resolverse con el piloto automático —requiere fijarse en la obra y tomar la decisión consciente de cuál de sus partes merece la pena— y el sujeto recuerda el objeto igual de bien que si sólo lo hubiera observado.

No hay, pues, ningún efecto maligno de la cámara sobre el cerebro de quien la usa: es sustituir el cerebro por la máquina, delegar en ella el registro de las experiencias, lo que estropea las cosas, como parece lógico, si se mira bien.

Estos fenómenos de interferencia con la memoria no son tan específicos de la fotografía como se podría suponer, ni en el fondo tan nuevos. Hace 30 años, cuando yo era un estudiante de doctorado, una parte regular del trabajo era ir a la biblioteca a buscar las últimas publicaciones científicas que tocaran tu tema.

Pero la mayoría no íbamos allí a leer, sino a fotocopiar los artículos. De alguna manera, el mero hecho de tener una copia en tu mesa venía a eximirte de la penalidad de leerlo. Los científicos de hoy ya no tienen que ir a la biblioteca, porque los papers llegan directamente a su computador. Pero, dejando aparte el cambio de la fotocopia por la impresora, sospecho que siguen haciendo lo mismo.

El experimento puede recordar, siquiera vagamente, a una realidad cotidiana: el aluvión de mensajes de correo y de WhatsApp que nos sepultan un minuto tras otro bajo estratos de ingenio ajeno y actividad aparente, hasta casi no dejarnos hacer otra cosa en todo el día.

De forma análoga a las fotos, tampoco es que estos mensajes sean un problema en sí mismos —al menos no necesariamente—, sino que nos impiden concentrarnos en una lectura sostenida, o sustituyen la reflexión profunda por un chisporroteo superficial de ocurrencias no solicitadas. La atención es una sustancia demasiado valiosa para desperdigarla de esa forma sin ganar nada a cambio.

Pero con la fotografía ocurre algo peculiar, algo que no tienen las lecturas pendientes. La gente, sobre todo el público joven, la utiliza no ya como registro gráfico, o como sustituto de la memoria —que también— sino como un lenguaje de comunicación. La foto del Teide (esa que yo no hice) significa “estoy aquí”, con un “te fastidias” implícito, y el primer plano del chuletón es un “te fastidias” explícito, redondo, que no se lo salta un poeta. Y es verdad que hay cosas que se dicen más pronto con una imagen que con un mensaje, sobre todo si el corrector automático tiene uno de esos días didácticos.

Éste es un cuento del que es difícil extraer una moraleja, pero intentemos cocinar una. ¿Hacemos demasiadas fotos? No: pensamos demasiado poco.

Fuente

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18 OCT 2015

Maite Rico

Ver sin mirar

Un impresionante ejército de esqueletos recibe animoso a los visitantes. Iñaki y Daniela entran expectantes en la hermosa Galería de Paleontología, una de las joyas del Museo de Historia Natural de París. El sobrecogimiento dura unos segundos. De inmediato desenfunda cada uno su cámara y comienza el safari fotográfico.

Poseída por el espíritu del maestro Ciruela (ése que no sabía escribir y puso escuela), la tía intenta ilustrar a los pequeños sobrinos sobre las maravillas que tienen ante sus ojos: la carcasa portentosa de ese rinoceronte centenario, o la ballena de 20 metros, o el cocodrilo gigante del Mesozoico, con sus terroríficos dientes…

En vano. Como dos pequeños japoneses enloquecidos, Iñaki y Daniela están sumidos en el frenesí de sus cámaras. Clic, los huesecillos de los batracios de las vitrinas; clic, la jirafa; clic, el diplodocus. ¿Pero por qué no los miráis al natural? La pregunta se topa con un destello de reproche en la mirada de sus madres. ¿Qué tiene de malo que hagan fotos?

Nada, supongo; no lo sé. O sí. No aprecian el paso del tiempo en la textura de los huesos. Ni escuchan bramar al tiranosaurio, ni hablan entre ellos.

Claro que tampoco la tía puede dar muchas lecciones. Su teléfono inteligente tiene la memoria al borde del colapso por la cantidad de fotos que acumula; buena parte de ellas, por cierto, de ese par de criaturas que han sido víctimas desde la cuna de la fiebre fotográfica de sus parientes.

Las imágenes desbordan el celular e invaden computadores y memorias portátiles. La pretensión de cribarlas y ordenarlas choca con la falta de tiempo. No estorban, pero no las ves.

En cambio, las fotos de hasta, digamos, el cambio de milenio, están clasificadas con primor. Ocupan espacio, pero… nada tan evocador como revivir secuencias que amarillean, o visitar a los simpáticos ancestros que pueblan en blanco y negro los álbumes familiares. Se acabó el rito del revelado (“¿brillo o mate?”), la espera impaciente, la sorpresa por una imagen inesperada o la decepción por otra borrosa, los comentarios jocosos mientras las fotos pasan de mano en mano… Ahora compartes algunas por WhatsApp, o las cuelgas en esas redes sociales que cuentan vidas sometidas al Photoshop.

Nostalgias de viejo, sin duda, pero engorros contemporáneos. Recorrer museos, yacimientos o zoológicos implica abrirse paso entre pelmazos que fotografían hasta los carteles explicativos —por si algún día, aburridos, se les ocurre enterarse de qué estaban visitando—, o arriesgarse a que te saquen un ojo con un palo de selfie, metáfora de una actitud ante la vida: la de mirarse ensimismados, en lugar de mirar a lo que nos rodea.

No sólo Rajoy vive en el plasma, también esa niña de 11 años a la que su padre ha subido a sus hombros para que observe mejor los fuegos artificiales en Eurodisney… a través de la pantalla de la tableta, en lugar de dejar que la oscuridad la envuelva y que los colores estallen en su rostro.

Es el signo de los tiempos: menos hablar, menos mirar, menos oler, menos sentir, menos recrear. Es lo que toca en este mundo cada vez más trepidante.

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[*Opino}– La publicidad más irrespetuosa e invasiva que he visto en la Red. ¿Es legal?

19-10-2015

Carlos M. Padrón

En los tres artículos «Lo que ocultan las cookies en internet«, «En España ya es legal introducir troyanos para descubrir actividades delictivas«, y el que copio abajo, se habla de trampitas con las que los usuarios de internet tenemos que lidiar, y de medidas legales que se han tomado en contra de algunas de ellas, medidas en mi opinión muy justificadas aunque, como siempre ocurre, ya se hayan levantado voces contra ellas, incluso comparándolas con La Inquisición.

Sin embargo, en esos tres artículos nada dicen de lo que, desde hace unos días, está haciendo el diario ElMundo.es, que apenas uno abre un artículo, o cierra un vídeo publicitario que aparece constantemente en la esquina inferior derecha, de inmediato en la task bar (barra de herramientas), que generalmente está abajo a la izquierda del reloj, se abre una pestaña que es una página promocional de un programa llamado «Windows 7 Driver Optimizer», que si bien se anuncia con algo gratuito, de eso no tiene nada y, para colmo, lo que se jacta de hacer lo hacen, y muy bien, otros programas que sí son gratuitos, como el CCleaner o el SlimDrivers.

Eso es simplemente un abuso, pues la tal pestaña inunda la task bar sin que nadie se lo haya pedido. ¿Cómo es posible que contra esto no se haya hecho nada?

Ya mencioné aquí el abuso de ABC.es con su trampa de obligar a un lector a clicar varias veces para poder leer un artículo completo, —como Los 10 falsos mitos de la higiene del hogar (que, para colmo, cae en la redundancia de falso mito) o Estos son los «youtubers» más ricos— pero es mucho menos abusivo que lo de ElMundo.es, pues lo de ABC.es no instala a la fuerza ninguna pestaña, y da al usuario la opción de cerrar el artículo apenas caiga en cuenta de que es la trampita de los múltiples clics.

SOLUCIÓN: No visitar más el Mundo.es

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15 OCT 2015

José Manuel Abad Liñán

¿Por qué ese anuncio de Internet no deja de perseguirme?

Ésta es la vulgar historia de un par de zapatos acosadores. Tras una jornada insufrible en el trabajo, Usuario X puede perder el tiempo en Internet sin el menor cargo de conciencia. Al lado de un post de un amigo en Facebook, aparece un anuncio de calzado con un 20% de descuento. Queda mucho aún para las rebajas, y comprarse un par de zapatos será lo mejor que le haya pasado en todo el día.

Usuario X hace clic en el anuncio, entra en un portal donde nunca había comprado. Se le pide darse de alta, incluir los datos de la tarjeta, especificar una dirección de envío y otra de facturación.

En ese tiempo, su flechazo consumista se enfría con las dudas: no sabe si ese modelo le va a quedar bien, y la verdad es que es muy parecido al par que acaba de dejar tirado al pie de la cama. Además, nunca está en casa en los horarios de entrega de las mensajerías, y devolverlos si no le están bien puede ser una pesadilla.

Usuario X cierra la web, se recuerda a sí mismo que no es bueno quitarse horas de sueño mirando el celular en la cama, y se queda dormido enseguida.

Mientras toma el primer café de la mañana y ojea las viñetas de su periódico en Internet, se percata de que, a un lado, ha aparecido de nuevo el calzado de marras. También luce, flamante, en los anuncios sugeridos por su cuenta de correo. Usuario X había olvidado los zapatos, pero esos zapatos no se olvidan de él, no entienden su rechazo, no se sienten ofendidos por el desprecio: su descuento del 20% sigue en pie, bien marcado en letras rojas, sin rencores.

La Red está llena de distracciones, y Usuario X no se quiebra la cabeza con la cuestión. A lo sumo, le extraña durante un par de segundos que aparezcan los mismos zapatos otra vez. Será casualidad. Pasan los días y consulta su email desde casa de su hermano. ¡Ahí están de nuevo! Lo comenta en su entorno. Una compañera de oficina, Usuaria Y, le confiesa que a ella la persigue por doquier un bolso, con un añadido que le pone los pelos de punta: el anuncio se le aparece incluso después de haber comprado el artículo.

Aunque no sepan qué está pasando, Usuario X y Usuaria Y llegan a una conclusión provisional: las tentaciones en Internet no se rinden nunca, ni cuando se cae en ellas. Entre sus consecuencias secundarias, desvelan secretos y recuerdan lo peor del pasado. Usuaria Y quería proponerle a su pareja una escapada de fin de semana: la insistente oferta de hotel que aparece por doquier en el computador de casa le ha reventado la sorpresa. Usuario X estuvo haciendo régimen hace tiempo, sin éxito; los anuncios de complementos dietéticos siguen llamándole gordo en su cara.

Los publicistas llaman a ese martilleo de productos remarketing. Muchos sitios web insisten en mostrar el mismo objeto o servicio sobre el que una vez, quizá en un descuido, el usuario clicó. Cuando se enseña con insistencia uno sin que el usuario haya llegado a entrar en la web que lo ofrece, los expertos hablan de retargeting: los anunciantes insisten en él cuando están seguros de haber localizado a su comprador perfecto.

Remarketing y retargeting son variantes de la publicidad de segmentación por comportamiento, que selecciona a los destinatarios más adecuados para recibir la publicidad de un producto. Las compañías de publicidad on line los ofrecen para sitios web, para Facebook (para los anuncios que aparecen a la derecha o para la sección de noticias), y para buscadores como Google, que, a través de AdWords, también los comercializa.

ReTargeter, una de las mayores compañías entre las especializadas, ofrece estos servicios desde 500 dólares para conseguir 10.000 usuarios únicos y hasta 175.000 impresiones (el número de veces que se ve el anuncio). Por 2.500 dólares promete 50.000 usuarios únicos y hasta 875.000 impresiones. Para campañas más ambiciosas, hay que solicitar un presupuesto a medida.

El retargeting bien y mal hecho

La asociación que representa al sector de la publicidad en medios digitales, IAB, no hace públicos los datos del uso de retargeting y remarketing en España, ni la distingue a efectos estadísticos de la publicidad contextual, pero entiende que su aplicación es similar en todos los países del entorno.

Su directora jurídica y de relaciones institucionales cree que se trata de «una técnica de marketing como cualquier otra, muy beneficiosa para el anunciante si se hace bien».

Pero ¿a qué tanta insistencia? «Si no se mide bien el número de impactos, puede terminar cansando al usuario y revertir negativamente en la imagen del anunciante».

¿Y por qué le sigue apareciendo el bolso a la Usuaria Y si ya lo ha comprado? «Si sigue mostrándose el producto o el servicio, la campaña no está bien diseñada».

Sostiene que es «muy fácil técnicamente» que la web detecte si al final la compra se ha hecho o no, y desde qué página web se ha efectuado. Sin embargo, no existe ninguna regulación —ni autorregulación del sector— que restrinja de alguna manera su uso, ni tampoco manuales de buenas prácticas.

Una empresa especializada en este tipo de publicidad, reconoce que no pueden interrumpir una campaña si el anunciante no le comunica que el cliente ha efectuado la compra. «Algunas veces el usuario ha buscado el producto desde un dispositivo, pero lo ha terminado comprando desde otro. Si ese usuario no es identificado, no podemos saber si se ha efectuado la compra», afirma la portavoz de la compañía que añade que ésta dispone de un software multiplataforma que ayuda a saber si es un mismo usuario el que ha usado diferentes dispositivos para ver un producto, pero sólo es útil si el anunciante decide incorporarlo desde el principio en su campaña.

Otra de las grandes compañías del ramo afirma que pueden excluir a los clientes que ya han comprado, pero también realizar campañas de fidelización, específicas para los que sí lo han hecho. Según su director de solución de marca en España y Portugal, «podemos preparar una campaña para hacer retargeting a ciertos usuarios al cabo de un periodo de tiempo». Por ejemplo, pueden «reimpactar» sobre usuarios treinta días después de que hayan comprado.

Aunque las compañías consultadas no bloquean las campañas si un usuario les comunica que está cansado de ellas, en varios casos sí le ofrecen información sobre por qué las recibe. En el caso de las campañas de la primera mensionada, los anuncios incluyen un icono con una i que les remite a su página sobre la privacidad de datos. La otra está adherida a AdChoices: «Verá su logo en la parte superior derecha del anuncio. Clicando en él, el usuario puede saber cuál es la empresa de retargeting que está detrás del anuncio y podrá escoger que AdRoll no haga publicidad a su cookie en el futuro», señala el directivo de la compañía.

El usuario de Google, a través de Google Ads Settings, puede modificar las preferencias de publicidad, incluso excluirse voluntariamente de los anuncios personalizados.

Galletas cómplices

Los anunciantes cuentan como aliadas con las cookies, esos pequeños archivos de texto que cada vez más webs guardan en el computador o en el celular y que, en su versión más inocente, simplemente ayudan a que el dispositivo recuerde qué edición local de un diario prefiere el usuario, o en qué idioma suele consultar una web. Así le ahorran tener que seleccionarlo cada vez que se conecta.

Las webs están obligadas a informar a los usuarios que las utilizan, y a obtener su consentimiento. En el caso de que un aviso de cookies no cumpla con la normativa, el usuario puede acudir a la Agencia Española de Protección de Datos para poner una reclamación.

Las galletas informáticas también se utilizan para registrar qué páginas webs ha visitado el usuario y sobre qué contenidos ha clicado. Y no es nada personal: los expertos afirman que no sirven para identificar o localizar a un usuario en concreto. Recogen información general para estadísticas o, como mucho, estereotipan a los internautas.

Para la web, Usuario X será sólo uno más de los amantes de zapatos en el enorme universo de la web; Usuaria Y, otra igual, pero de los bolsos. Las cookies son máquinas de fabricar prejuicios. Su función es hacerse una idea sobre el usuario a partir de una información muy parcial. A más datos, más invasiva es la presunción, en favor del usuario, mostrándole anuncios oportunos, o en su contra, excluyéndolo sin que lo sepa de un producto que quizá podría interesarle.

La cuestión se complica, sin embargo, si se trata de una cookie de terceros. En ese caso, la web envía los datos que recoge a otras webs, y son éstas las que se ocupan de mostrar en otras páginas los anuncios que creen más afines. También son las responsables de que las imágenes del bolso y los zapatos martilleen a los sufridos usuarios.

En Europa, un 70% de todas esas pequeñas galletas informáticas son de terceros. Aún estando obligadas a ello, un 26% de las webs no avisan a los usuarios de que van a recoger esa información, y un 54% no les piden su consentimiento. Son datos de un estudio sobre cómo se usan las cookies del Grupo de Trabajo del Artículo 29, que reúne a las autoridades europeas de protección de datos.

Además, las cookies no están solas en su labor de marcado de las páginas y los usuarios. Los beacons, una mutación de las cookies, son pequeñas imágenes incrustadas, muchas veces de manera discreta, en una web, y cumplen una función parecida.

Filtrado a las redes

Las redes sociales añaden rasgos al perfil que la web se hace de los usuarios. A los datos sobre qué páginas visitan y sobre qué enlaces clican, Usuario X y Usuaria Y no se cortan en Facebook en decir qué les gusta; y ahora, también, qué les enfada o qué les divierte. Una información, por lo precisa, muy jugosa para que los anunciantes en la red social les ofrezcan anuncios cada vez más oportunos en los que picar.

Facebook, Twitter y compañía presumen de mantener bajo llave los datos de sus usuarios para los anunciantes, pero un estudio de AT&T Labs y el Instituto Politécnico de Worcester, en Estados Unidos, alerta de que la mayoría permiten el filtrado (leakage, en inglés).

Se trata de un mecanismo por el que las terceras partes emparejan los datos inocuos de una persona con los de su usuario en la red social, es decir, terminan identificando a esa persona. El estudio analiza la práctica en doce redes sociales, y sólo una, Orkut, se libra de ella.

¿Y qué puede hacer Usuario X para evitar, de una vez por todas, la persecución de los zapatos? Se sabe pueblo llano en Internet. Se pierde en los foros técnicos, se aburre en los tutoriales de YouTube y confía en la labor salvadora de algún conocido cuando su computador le da guerra.

Usuario X está leyendo este artículo y se teme que, si expone alguna de las siguientes opciones, pueda sufrir el desprecio inmisericorde de cualquier superusuario cercano. Aun así, configura su navegador para que borre las cookies cuando lo cierra, algo fácil de hacer. Si usa Firefox, siempre puede cargar las extensiones Request Policy y NoScript para detectar cuándo los sitios de las terceras partes incluyen códigos o los leen en su web.

También puede usar complementos, como Ghostery, Privacy Badger o Disconnect, y así saber si lo están siguiendo. Si usa Tor o Anonymizer, garantizará la privacidad de su sesión en Internet.

Otras opciones, más complejas, consisten en descargar extensiones que detectan las marcas que el usuario ha rechazado, lo que en inglés se denomina opt out, o exclusión voluntaria.

Todas las opciones exigen tiempo y ninguna es perfecta ni completa. Usuario X tiene que armarse de paciencia mientras las activa.

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[*Opino}– La ouija: el caso verídico, y comprobado por la Policía, de la joven de Vallecas

14/10/2015

Carlos M. Padrón

Lo que me extraña el artículo que copio abajo es que la cadena de hechos inexplicables en el caso de la joven de Vallecas comenzara cuando ella rompió el tablero de la ouija, pues, según, ya expliqué en lo que en cinco capítulos escribí, y que refiero a continuación, sobre mi experiencia personal con la ouija, en mi caso lo realmente extraño comenzó después de varias sesiones con esa tabla.

13/10/2015

El caso de la joven poseída en Vallecas: los sucesos paranormales que comprobó la Policía

Un armario que se abre repentinamente y de forma antinatural. Estruendos sin justificación en la terraza. Un Cristo separado inexplicablemente de su cruz. Una mancha marrón, identificada como babas.

Éstos son algunos de los sucesos paranormales que la Policía Nacional, en noviembre de 1992, redactó en el parte de su visita a la casa de la familia de Estefanía Gutiérrez Lázaro, la joven de Vallecas que falleció en extrañas circunstancias tras jugar a la ouija con sus amigas.

La historia, relativamente reciente, con pruebas y testigos disponibles, alcanza por su contexto una dimensión superior en su significado. Todavía sin una explicación lógica o científica, es uno de los episodios más relevantes de la parapsicología en España.

Sucedió en la calle Luis Marín, en la popular barriada madrileña, y su consideración ha llamado la atención de diversos expertos en la materia. Igualmente, el tema ha sido tratado en famosos programas televisivos sobre lo oculto y lo desconocido, incluso con la participación de los padres de la joven Estefanía.

Según se ha narrado, el origen del misterioso suceso remite al inicio de la década de los 90, cuando Estefanía, de 18 años, comienza a interesarse por el mundo del ocultismo. Dado que ya había participado en alguna sesión de ouija, organiza otra en su instituto junto a varias compañeras para contactar con el novio de una de ellas, fallecido en un accidente de moto.

Los problemas comienzan cuando la profesora las descubre y destruye el tablero contra el suelo. Entonces, la joven comienza a sufrir comportamientos extraños, inexplicables convulsiones y alucinaciones, voces que la amedrentan y sobras que la acompañan.

Nadie alcanza a dar un diagnóstico acertado sobre qué ocurre. Para creyentes, la chica de Vallecas ha sido poseída por el Mal. Así, en agosto de 1991, ingresa en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid y fallece en extrañas circunstancias.

«Misterio y rareza»

El clima paranormal, sin embargo, no cesa con la muerte de la joven. Numerosos episodios aterrorizan literalmente a su familia, que en la madrugada del 27 de noviembre de 1992 llama a la Policía Nacional.

Según su testimonio, los crucifijos de la casa se movían sin control, y una enorme figura les vigilaba desde el pasillo. Cuando los agentes se personaron en el número 8 de la calle Luis Marín, el padre de la fallecida esperaba en la calle a pesar del frío nocturno de noviembre. Al domicilio acceden el Inspector jefe José Pedro Negri y otros tres policías.

Los hechos avanzados por teléfono son confirmados entonces por los cuatro agentes de Policía, lo que en el parte señalan como «una situación de misterio y rareza». Según recoge el escrito, cuando están sentados junto a la familia «pudieron oír y observar cómo una puerta de un armario perfectamente cerrada, cosa que comprobaron después, se abrió de forma súbita y totalmente antinatural». Así se desencadenó «una serie de sospechas serias».

Y avanza: «No habían salido de la sorpresa cuando, comentando la misma, se produjo un fuerte ruido en la terraza donde pudieron comprobar que no había nadie». Tales sospechas, por tanto, «aumentaron y se reforzaron», hasta confirmarse definitivamente: «momentos después pudieron percatarse y observar cómo en la mesita que sostenía el teléfono y, concretamente, en un mantelito, apareció una mancha de color marrón consistente identificada como babas».

No sólo eso, en su ronda por las habitaciones de la casa observaron un crucifijo en el que el Cristo estaba separado de la cruz, al tiempo que el póster sobre el que se ubicaba contenía las huellas de un arañazo.

Fuente

[*FP}– España. Obtención del permiso de conducir, ahora y hace 21 años

12-10-2015

Carlos M. Padrón

Revisando la prensa digital española encontré el artículo Los examinadores de Tráfico, acorralados por las «palizas» de los suspensos en el que, entre otras cosas, se dice que los examinadores «interrumpen los exámenes como protesta ante el aumento de agresiones por parte de algunos alumnos descontentos con su evaluación». «La normativa [por la que se rigen los examinadores], que antes permitía al examinador informar de la nota a los profesores de autoescuela, obliga a explicar al candidato los errores que ha cometido».

Al leer ese artículo me vino a la mente que hace 21 años, cuando yo vivía en Madrid y trabajaba en IBM de España, escribí y envié a mis compañeros en IBM de Venezuela el relato de la odisea que sufrí, entre 1993 y 1994, para obtener en España el permiso de conducir.

Busqué ese relato, lo encontré, y, aunque lo envié entonces en tres capítulos y un epílogo, aquí lo reproduzco en una sola entrega que muestra que, por lo visto, para la DGT (Dirección general de Tráfico de España) los tiempos han cambiado, y si ahora los examinadores están acorralados, sería bueno que recordaran que sus antecesores de hace 21 años causaron estragos a placer, con arrogancia y recochineo, entre aquéllos a quienes examinaban.

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Para manejar en España

Capítulo I (21-10-1994)

 

Creo que está claro que en este mundo de hoy, sea por motivos laborales o sociales, hay que tener un vehículo para movilizarse, razón por la cual compré un carro (coche) apenas llegar a España y me di a la tarea de obtener el correspondiente permiso de conducir (nombre que aquí se da a lo que en Venezuela llamamos «licencia»), pues con la licencia venezolana sólo podía conducir seis meses, y con la internacional un año, aunque, a la hora de la verdad y según la Ley, ninguna de las dos me serviría porque el nacional de un país sólo puede manejar en ese país con la licencia o permiso de su nacionalidad.

Por aquello de que es bueno escarmentar en cabeza ajena, y habiendo oído cómo es aquí la burocracia, desde abril de 1993, cuando vine al look & see, hice averiguaciones sobre la mejor forma de obtener ese permiso.

Me dijeron que existía la figura del canje, y que Venezuela estaba entre los países con los cuales España aceptaba canje de permisos. Me dieron la lista de los recaudos necesarios, y me aconsejaron que, dado que yo tenía residencia en Canarias y la obtención del permiso hay qua tramitarla donde se tenga la residencia, era mejor que me aprovechara de eso y tratara de hacer en Canarias las gestiones de canje, pues para la DGT en Canarias es común el canje de permisos venezolanos, mientras que en Madrid es asunto raro.

Si yo presentaba todos los recaudos y en regla, dijeron mis amables consejeros, la DGT me enviaría por correo mi permiso español, como se lo habían enviado en su momento a varios conocidos míos. En fin, un trámite muy simple y rápido.

Seguí el consejo, y a finales de julio de 1993 inicié el proceso a través de una gestoría especializada, como es de rigor, a la cual, el 26-07 mandé desde Madrid todos los recaudos, los traídos desde Venezuela, como la certificación de la autenticidad de mi licencia venezolana, más los obtenidos aquí en Madrid, como el certificado médico, que cuesta 3.500 pesetas ($27) y sólo tiene 90 días de validez.

Pero en verano este país casi que se cierra por vacaciones, por lo que creo que mi expediente de solicitud de canje comenzó a moverse a partir de septiembre.

En noviembre me llegó, con fecha de septiembre, un oficio de la DGT de Tenerife en el que se me decía que tenía que presentar un documento que demostrara que yo había residido en Venezuela por lo menos durante los seis meses anteriores a la fecha de expedición de mi licencia venezolana, o durante un periodo de seis meses dentro del cual cayera la fecha de expedición de esa licencia, pues los sellos consulares estampados en mi pasaporte no eran prueba aceptable.

Les solicité más información al respecto y les pedí que me devolvieran mi licencia venezolana (que aparte de necesitarla para manejar en Venezuela podría servir para sacarme de un apuro en España mientras yo no tuviera el permiso español), pero me dijeron que sólo me sería devuelta cuando, bien o mal, terminara el proceso de mi expediente, no antes.

Consulté con Venezuela y encontré que sólo un Certificado de Residencia podría servir para probar lo que la DGT quería, así que pedí favores a unos y a otros, y, una vez que me consiguieron el 11/11/1993 ese certificado, lo mandé a legalizar al Ministerio de Justicia, al de Relaciones Exteriores, y al Consulado de España, todo lo cual costó unos 10.000 bolívares ($96).

Cuando llegó por fin a mis manos en Madrid parecía, por la cantidad de sellos y firmas, el Testamento de la Corona. Feliz de haberlo conseguido, saqué un nuevo certificado médico, pues el anterior había caducado, y, a comienzos de enero de 1994 envié ambos documentos a Canarias.

Pero en mayo de 1994 —todas las fechas de aquí en adelante corresponden a este año— la DGT de Tenerife me comunicó que ese Certificado de Residencia, a pesar de su imponente apariencia, no servía porque no indicaba explícitamente que yo residí en Venezuela en un periodo de seis meses dentro del cual cayera la fecha de expedición de mi licencia.

Argumenté que pretender que un certificado de residencia dijera textualmente tal cosa era como pretender que mi partida de nacimiento dijera algo así como que el día en que nací «brillaba un sol radiante y los pájaros cantaban felices en el bosque», pues el texto de ambos documentos es fijo.

Pero la DGT contestó que eso era asunto mío (¡cómo se me ocurría poner a pensar a un funcionario público, o, peor aún, a que buscara solución a un problema planteado por su administración!), y me recordó, de paso, que ya necesitaba otro certificado médico porque el enviado en enero había caducado. Al fin y al cabo, los dioses de la administración pública estaban siendo bastante tolerantes conmigo.

El 24/05, viéndome acorralado porque en junio expiraba el plazo legal de un año que, por vía de excepción, podría tal vez permitirme conducir en España con un permiso internacional, mandé un fax al cónsul de España en Caracas planteándole mi situación, informándole que la DGT de España no aceptaba la validez de los sellos de baja consular que el consulado haba estampado en mi pasaporte cuando me vine para España, y solicitando su ayuda.

Para mi sorpresa, el cónsul me contestó al día siguiente mediante un fax en que explicaba la aparente incongruencia entre los sellos y las fechas en mi pasaporte, y que terminaba con un párrafo en el que certificaba que yo habla residido en Venezuela desde tal fecha a cual fecha.

Como quien, en un acto de supremo altruismo, perdona la vida a un criminal, la DGT de Tenerife me dijo que aceptaba como bueno ese fax del cónsul (pienso que de no haberlo aceptado podrían haberse metido en un lío), pero que, para poder seguir procesando mi expediente, necesitaban de mí un certificado médico expedido en la provincia de Tenerife, pues los expedidos en Madrid no servían.

Si eso es lo que marca la Ley, bien pudieron decírmelo desde el principio y me habrían evitado gastar las 7.000 pesetas ($54) de los dos certificados que hasta ese momento había sacado yo en Madrid. Pero, claro, eso habría requerido de su parte analizar y manejar más de una objeción a la vez, y, ¡por Dios, hombre, no se puede pre­tender tanto!

Viendo ya luz al final del túnel, me fui a Canarias en junio de 1994 e hice dos horas de espera en un consultorio especial de un pueblo vecino a El Paso, mi pueblo natal, para sacar un nuevo certificado médico.

Pasé la prueba física y la psicotécnica (que es la más difícil), pero cuando estaba en la de visión me dijo el oftalmólogo que yo tenía problemas, lo cual no me extrañó porque, en comparación con las que había visto en Madrid, su instalación de pruebas parecía diseñada para que nadie viera nada.

Como por allá todo el mundo se conoce mal que bien, desempolvé algo de historia con aquel señor y conseguí que me diera como apto. Luego supe que rechazaba en promedio al 70% de las personas que por allí pasaban, pues es el único oftalmólogo del lugar, y, además de trabajar para la DGT, tiene también su consultorio particular. ¡Un negocio redondo!

Creyendo que al fin había terminado (iluso yo), entregué a la DGT de Tenerife mi certificado médico local, y por poco me da un infarto cuando me dijeron que tenía que presentar un examen de manejo, bien teórico o bien práctico.

Me resultó claro que estaba pasando algo anormal, así que me puse a hacer averiguaciones y supe que el director de la DGT de Tenerife tenía una particular arrechera (cabreo) personal contra de los venezolanos, pues descubrió que, abusando de la legislación de canje de permisos, muchos lugareños que nunca se habían sentado tras un volante pero que tenían parientes en Venezuela, compraron a través de éstos una licencia venezolana y la usaron para obtener, por canje y vía correo, el permiso español.

Al descubrirse el fraude, la DGT se fue al otro extremo, y, en particular la de Tenerife, decidió poner cualquier cantidad de trabas a los canjes de licencias venezolanas. Y esto había ocurrido mientras se procesaba mi expediente (por supuesto, no pudo ocurrir después), periodo durante el cual, y por el motivo indicado, cambiaron la Ley y ahora no había canjes por correo sino contra aprobación de examen.

Capítulo II (26-10-1994)

La probabilidad de infarto aumentó cuando me explicaron cómo operaba lo de la presentación del examen, y qué podía yo esperar. Y mi fuente de información era muy confiable, pues a través de parientes pude llegar hasta un funcionario de la DGT quien, a título personal y con carácter confidencial, me echó el cuento completo, que puede resumirse así:

  • Yo debería escoger examen práctico, pues el teórico está lleno de trampas y nadie lo pasa antes de varios intentos.
  • Para presentar examen práctico tenía que inscribirme en una autoescuela y tomar varias clases, pues sólo así sabría yo, e incorporaría a mi rutina de manejo, lo que los examinadores querían o no querían ver.
  • Luego tendría que esperar a que la DGT le aceptara a la autoescuela un examen para canje, lo cual sería sólo en uno de los contados y prefijados días de cada mes en que cada autoescuela tiene cupo para presentación de exámenes.
  • Pero, precisamente por ser yo veterano manejando, y precisamente por ser venezolana la licencia que quería canjear, me rasparían (reprobarían) inexorablemente en el primer examen, y la presentación del segundo y último (pues si no pasaba el segundo tendría que iniciar desde cero, como cualquier principiante, el proceso de obtención del permiso), sería en la fecha que la DGT fijara, no en la que yo quisiera.
  • Además, era muy conveniente que yo supiera que al manejar sin permiso me exponía a una multa de por lo menos 50.000 pesetas (unos $380), y en caso de accidente no me serviría de nada el costoso seguro de responsabilidad civil de amplia cober­tura, y el de autocasco a todo riesgo, que había comprado yo al comprar el carro (sin un seguro no podía sacarlo a la calle), porque la falta del permiso de conducir me descalificaba ante cua1quirr compañía de seguros.

Como no podía quedar sujeto a que la DGT me fijara una fecha, pues tal vez para esa fecha no podría yo ir a Canarias, ni a tener que pagar pasaje de ida y vuelta a Canarias cuando la DGT me convocara al segundo examen, pregunté si yo podía trasladar mi expediente a Madrid y continuar aquí el proceso.

Me dijeron que sí, y el 17/06 ordené traslado urgente e inmediato, pues mi licencia venezolana vencía el 23/07 y la DGT de Madrid no me aceptaría el expediente llegado de Tenerife si la licencia que yo pedía canjear estaba vencida. Tampoco me lo aceptaría si yo no tenía residencia oficial en Madrid.

De vuelta en Madrid me afilié al RACE (Real Automóvil Club de España), una institución que goza de prestigio porque fue fundada por la monarquía (de ahí su calificación de «Real») y sigue aún bajo sus auspicios. Es como la AAA de USA, y pensé que, ya que en eventuales casos de apuro el seguro no me ayudaría, tal vez el RACE podría serme de utilidad.

El 18/07 a las 08:30 (o sea, un mes después: ¡menos mal que había pedido traslado urgente e inmediato!) un courier me entregó en IBM-Madrid el sobre con mi expediente y con la baja de residencia en mi pueblo natal. Me moví en sólo taxis, y a las 13:30 de ese mismo día, en apenas cinco horas, había yo hecho en Madrid lo que no había logrado hacer en casi un año en Canarias, incluido el cambio de residencia, nuevo certificado médico, pago de los derechos de aceptación de expediente en la DGT de Madrid, etc.

Pero esa mañana estuve más cerca aún del infarto, pues el funcionario que en la DGT de Madrid me atendió, y que imperturbable escuchó la historia de lo ocurrido con mi caso, abrió el expediente y, después de estudiarlo, me devolvió uno tras otro, por INNECESARIOS, todos los recaudos (Certificado de Residencia, copias de pasaportes, fax al/del cónsul de España en Venezuela, etc.) que la DGT de Tenerife me había exigido y en cuya obtención había yo gastado dinero y, sobre todo, tiempo.

Me devolvió, además, la licencia venezolana, la misma que la DGT de Tenerife se había negado a devolverme. Y al final me entregó un formulario para presentación de examen, me aconsejó que optara por el práctico, y me dijo que con ese formulario tenía yo que ir a una autoescuela e inscribirme para poder presentar examen a través de esa autoescuela, y que al examen tenía yo que llevar ese formulario.

Si al final del examen me lo devolvían, era porque me habían raspado; si no me lo devolvían, era porque había aprobado, y, en ese caso, tendría mi permiso después de 10 días hábiles contados a partir de la fecha del examen aprobado.

Como el 31/07 tenía yo que salir en viaje de trabajo a América Latina, me di a la tarea de buscar una autoescuela que tuviera cupo de presentación de exámenes para antes del 31. La del RACE no tenía; una perteneciente a una empresa con la que IBM-España trabaja, tampoco, pero ahí me dieron la dirección de otra que tenía cupo para el 28/07. Me inscribí en ésa y pagué clases y examen.

Durante la primera clase supe por qué hacía falta tomarlas aunque, como era mi caso, llevara uno 30 años manejando, pues, por ejemplo:

  • Hay que mantener ambas manos en el volante todo el tiempo, excepto para cambiar. Mi comentario de que por qué entonces no prohibían en España el que los carros tuvieran descansabrazos le cayó al instructor como patada allí donde más duele.
  • Al cambiar hay que hacer una pausa en neutro.
  • Si al arrancar en primera, por ejemplo, las condiciones son pro­picias para cambiar enseguida a segunda, no se puede, después de poner primera, dejar la mano en la palanca de cambios hasta poner la segunda: hay que llevarla al volante entre el cambio de primera a segunda.
  • Para detenerse por cola sólo debe pisarse el embrague en el último momento.
  • Aunque muchas señales de stop están unos tres metros antes de la intersección correspondiente y acompañadas de una raya, blanca, ancha y sólida, pintada en el piso a la altura de la señal, la imponente raya está de verdad «pintada» al estilo criollo, pues hay que hacer caso omiso de ella y seguir adelante hasta meter la nariz en la intersección de vías, de forma tal que pueda uno ver bien en ambas direcciones, detenerse entonces del todo, y seguir luego cuando no haya peligro.
  • No piden andar en retroceso, ni estacionar, ni arrancar en subida, ni nada relacionado con habilidades especiales. Lo que cuenta no es que uno sepa lo que hay que saber para manejar bien, sino que sepa lo que el examinador cree que uno debe saber.

El sábado 23/07 la clase fue en «el circuito», o sea, en las rutas por donde tendría lugar el examen real. Para eso fuimos hasta el Centro de Exámenes de la DGT, en las afueras de Madrid, y partiendo de allí rodamos por carreteras, autopistas y centros urbanos llenos de pasos de peatones, stops, redomas (rotondas), etc.

El 28/07 llegué al Centro de Exámenes a las 11:00 (el examen era a las 11:30) y no pude menos que quedarme pasmado ante el espectáculo dantesco que aquello ofrecía.

Tal vez porque era el último día de exámenes antes de las vacaciones de verano, había cientos de jóvenes, pero en actitudes que inspiraban desde lástima hasta miedo, pasando por la ira.

Muy pocos —no más de un 5% —, daban saltos, gritaban o se retorcían como epilépticos en el piso porque, después del enésimo intento, habían logrado pasar el examen final. Los restantes, o deambulaban cabizbajos y abatidos sin rumbo fijo, o maldecían a voz en grito proclamando a los cuatro vientos que era la cuarta o quinta vez que los reprobaban, o, sobre todo las jóvenes, lloraban abiertamente y, en algunos casos, caían desmayadas presas de ataques nerviosos (a una le oí decir que antes del examen había tornado seis tranquilizantes).

Creo que, como media, aquellos jóvenes se habían presentado ya a exámenes tres veces, sin éxito.

Entendí entonces lo que me habían dicho, y yo no había creído, qué la obtención en España de un permiso de conducir, empezando desde cero, puede llegar a costar unas Ptas. 250.000 pesetas ($1.900) y un calvario de varios meses. Creo que el trauma que esto causa es lo que explica que aquí los conductores hagan a diario todo lo que en el examen se les dijo que no debía hacerse, en especial aquello por lo que los rasparon una o varias veces.

Mi examen duró unos 20 minutos. Al final, y por medio del instructor, me devolvieron, sin explicación alguna (¡pues es claro que el examinador, como dios del Olimpo, no puede rebajarse a dar explicaciones a los despreciables mortales que él se digna examinar!), el formulario que me habían dado en la DGT.

Sobre ese formulario, el examinador, que tenía menos años de vida que los que yo llevo manejando, había hecho unas anotaciones casi ininteligibles, pero sí había escrito muy claramente las palabras «NO APTO», que significaban que yo no había aprobado el examen, y que, por tanto, sólo me quedaba una segunda oportunidad que tenía que ejercer dentro de los tres meses calendario siguientes a ese 28/07, o sea, antes del 28/10.

Entre el instructor y yo tratamos de descifrar lo que el examinador había escrito como causas para no aprobarme, pero sólo logramos entender que yo no había respetado un stop (lo cual no era cierto), y que había hecho doble embrague en la autopista (cierto), cosa que, según el instructor (y, por lo visto, también según el examinador), «sólo debe hacerse en camiones y autobuses». Definitivamente, ¡España es diferente!

Innecesario describir el calibre de arrechera que agarré, y que fue mi compañera durante el viaje que inicié el 31/07. Pero durante ese viaje, y gracias tal vez a la arrechera, preparé mi estrategia para el paso decisivo.

Capítulo III (28-10-1994)

Regresé a Madrid el 08/09, y en el proceso de liquidar el trabajo acumulado durante mi ausencia se me exasperó la alergia, y el 29/09 me tomó por asalto una gripe como no recuerdo haber tenido antes una tan fuerte. Tras la visita a tres galenos, ya que los síntomas y molestias eran cada vez peores, se me diagnosticó sinusitis y se me indicó el correspondiente tratamiento.

Pero aún bajo las molestias propias de tan incómoda dolencia, invoqué la inspiración de las musas y, con el más encendido verbo que ellas me dieron, escribí una carta al Director Nacional de Tráfico, cabeza de la DGT y máxima autoridad de Tráfico en España, describiendo como insólitos los pormenores de mi odisea personal para obtener el canje de permiso, señalando como anomalías de Tráfico las posiciones de intransigencia adoptadas por la DGT de Tenerife, y presentándome al final como un indefenso ciudadano que vivía víctima del más horrible estrés al tener que conducir sin el correspondiente permiso de la DGT, y que había sido objeto de discriminación y del despojo de un tiempo precioso que me había dejado sin un documento válido para reiniciar, en caso necesario, otro proceso, si es que también, de forma tan arbitraria como en el primero, me suspendían en el segundo examen que presentaría esta vez a través del RACE.

Todo lo que escribí era cierto, y todo lo documentable estaba documentado.

El 05/10 fui personalmente al correo y envié la carta, certificada y con acuse de recibo, y me dije que, si esto no funcionaba, entonces haría lo que algunos compañeros de IBM-Madrid me habían aconsejado: llevar mi caso a un tabloide que gusta de publicar abusos como los que conmigo se habían cometido.

Cuando me llegó de vuelta el acuse de recibo, con el sello oficial del despacho del director de la DGT, me fui a la autoescuela del RACE, me inscribí, pagué clases y examen, y de una vez reservé cupo para examinarme el 18/10, que no sólo era el primer día en que esa autoescuela tendría presentación de exámenes ante la DGT, sino, además, una fecha muy significativa para mí.

Tomé una clase práctica en la ciudad el 13/10, día también significativo para mí, y, al contar mi caso al instructor durante esa clase, éste, además de mostrarse más que sorprendido, me dio unos muy buenos consejos que yo debería poner en práctica durante el examen del 18/10 a las 11:30.

El 17/10, día antes del examen, a pesar de que me sentía mal tomé otras clases en el circuito, y, tal vez porque me sentía mal, perdí mi paraguas, pues lo dejé olvidado en el taxi que, de vuelta en Madrid al final de las clases, me trajo desde el RACE a IBM. «Mal augurio, Carlos. Estás de mala racha», pensé.

El martes 18/10, el “Día D», amanecí peor que nunca. Tenía algo de fiebre y los consiguientes escalofríos. Tomé un par de aspirinas y salí de IBM en mi carro a las 10:30 am para asegurarme de que, a pesar del tráfico, estarla en el Centro de Exámenes bastante antes de las 11:30.

Aunque ya, manejando yo, había ido tres veces a ese centro, no sé por qué, cómo ni dónde, equivoqué la ruta y me perdí. Y ese día pude comprobar, amargamente y en carne propia, cuán peligrosa es la inconsistencia de la señalización de tráfico en este país, y cuán malo es para dar direcciones el español medio.

El encargado de una estación de servicio (gasolinera) me mandó en dirección contraria. Cuatro de las personas a quienes pregunté dijeron no saber de la existencia de tal Centro. Otras tantas dijeron conocerlo pero no saber dónde estaba. Quise contratar un taxi para que, siguiéndolo yo, me llevara hasta el lugar, pero no conseguí ninguno disponible, etc. Y, entretanto, el reloj avanzaba inexorable.

Un policía me dijo que siguiera la ruta a Móstoles, y me indicó una señal ubicada a unos 50 metros que decía «Pinto y Móstoles», pero a la tercera bifurcación no apareció más la mención a Móstoles, sólo quedó la de Pinto, que en nada remediaba mi problema… y el tiempo se me acababa.

Recordé que cerca del Centro estaba el pueblo de Alcorcón, y empecé a preguntar cómo llegar hasta él, pero a las 11:30 en punto estaba yo en el medio de no sé dónde y sin encontrar a nadie que supiera decirme cómo llegar hasta Alcorcón, aunque todos dijeron saber que estaba cerca.

Más por sentido de orientación que por las pobres indicaciones recibidas o encontradas en la vía, fui acercándome poco a poco al área del circuito, y por fin me encontré con un carro de auto­escuela. El instructor que iba a bordo me dio instrucciones precisas, y a las 12:00 en punto, convencido de que ya no había nada que hacer, que había perdido tontamente mi segunda y última oportunidad, y temblando no sé si por la fiebre o por la angustia de pensar que ya no podría obtener el bendito permiso, entré en el estacionamiento del Centro de Exámenes.

En el área de espera estaba una muchacha que había tomado clases junto conmigo el día anterior, y me dijo que el instructor me había dejado recado de que lo esperara junto a una indicación cercana. Respiré con alivio: ¡había una esperanza!

Pasado 10 minutos llegó el instructor en su carro de la auto­escuela, en cuyo asiento trasero, muy serio, con aire de importancia y estirado, estaba el examinador. El instructor me pidió que le esperara en ese mismo sitio una media hora más, recogió a otros alumnos y se fueron a examinarles. «No todo está perdido», pensé esta vez.

Cuando regresaron eran las 12:30, y sólo quedaba yo. Me puse al volante, ajusté controles, etc., y el examinador, sentado detrás de mí junto al instructor, me dijo, después de ver mi documentación, que tuviera mucho cuidado porque ésa era mi última oportunidad. Le di las gracias, me declare listo (cochina mentira), y esperé instrucciones.

«Arranque y doble a la derecha en la próxima esquina». «Ahora a la izquierda». «Tome en dirección a Alcorcón»,…. Sólo él hablaba (lo que contrastaba con el examen anterior durante el cual el instructor y el examinador se lo pasaron hablando de sus vacaciones), y yo era todo concentración por temor a no llegar a entender algo, pues tenía los oídos obstruidos, la vista nublada, sudaba frío a pesar de la fiebre, y me dolía la cabeza.

A los 20 minutos estábamos de vuelta en el Centro. Me bajé y esperé fuera del carro. Ambos, instructor y examinador, quedaron dentro hablando, y vi cómo el examinador alargaba hacia el instructor su mano derecha en la que sostenía mi formulario. Temiendo lo peor, me volví para no ver más.

Miré de nuevo cuando oí que hablaban fuera del carro. Se estrecharon las manos, y el examinador, de camino a las oficinas, al pasar junto a mí se despidió con frialdad y sin mirarme, lo cual reforzó mis temores. Cuando hubo entrado al edificio de la DGT me acerqué al instructor, y éste me tendió la mano y me felicitó ¡POR HABER PASADO LA PRUEBA!

Me quedé de piedra. A pesar de todo, algo había salido bien. ¿Qué habría sido? Saque usted sus propias conclusiones.

La que yo saqué es que esperaré hasta comienzos de noviembre. Si entonces me dan el tan ansiado permiso, entonces, y sólo entonces, cantaré victoria.

Entre la sinusitis, y la angustia y confusión por todo lo ocurrido, salí de allí tan atontado que, de regreso a Madrid y para variar, me perdí de nuevo, pues en todo iba pensando menos en la vía. Pero esta vez me lo tomé con tranquilidad, encontré el camino por mis propios medios (que es aquí la mejor forma), y lo encontré tan pronto que llegué a IBM a tiempo para el almuerzo.

Pero, eso sí: temprano en la mañana del día siguiente hice algo que consideré un deber. Fuera de la autoescuela del RACE monté guardia hasta que llegó el que había sido mi instructor, y en agradecimiento por los buenos tips que me había dado y por haber arreglado la situación para que, a pesar de mi retraso en llegar, no perdiera yo la oportunidad de presentar examen, le regalé una botella de ron añejo Santa Teresa, obsequio muy apreciado por estos lares, y que el instructor, con cara de halago y asombro (pues por aquí no abundan tales gestos), se apresuró a guardar en la maleta de su carro.

Epílogo (28-10-1994)

¿Ya tienen sus conclusiones? A ver si cuadran con esto.

El viernes 28/10, cuando les mandé el capítulo III, al llegar a mi casa a las 19:30 encontré en el buzón una carta del director de la DGT fechada el 26/10.

El primer párrafo dice textualmente: «En contestación a su carta del pasado día 5, relatándome los hechos para el canje de permiso de conducción venezolano por el correspondiente español, le participo, una vez recabado informe de la Jefatura de Tráfico, que el pasado día 18 del mes actual ha superado usted favorablemente las pruebas para la expedición de su permiso español».

El resto (dos párrafos con un total de 16 líneas), es un puro guabineo, una salida por la tangente o un pajonal, como ustedes prefieran, que en nada aborda los planteamientos que hice en mi carta. Pero, en fin, la mejor respuesta, y la única que yo esperaba, es el permiso.

Así que, convencido de que si «3M» (que es como los de la DGT llaman a su director general, porque su nombre es Miguel María Muñoz) me escribió el 26/10 era porque mi asunto estaba listo. Me fui hoy, 31/10, a la DGT, ¡Y ME DIERON EL PERMISO! ¡¡EUREKA!!

Pero, ¡qué decepción! Yo esperaba un documento laminado, plastificado, con mi foto digitalizada y destinado a durar eternamente. En fin, algo de apariencia impresionante y acorde con los sufrimientos que me ha costado conseguirlo.

Pero el tan codiciado Permiso de Conducir Español es una vulgar cartulina doblada como un tríptico, en cuya parte interior está mi foto cosida sujeta con una grapa, mis datos personales (nombre, dirección, fecha de nacimiento, etc.), y las fechas de expedición y vencimiento.

Además, y como era de esperar, la cartulina, una vez doblada, no cabe en la cartera en que sí caben todos los demás documentos que uno debe llevar consigo (cédula de identidad o DNI, tarjetas de crédito, etc.).

En lo que sí gané es en que alguien, tal vez a título de «bonus», olvidó que en el permiso debió indicar, como lo dice el certificado médico, que yo para manejar tengo que usar lentes correctivos, y con ese olvido me evitó la necesidad de llevar un par de lentes convencionales, como repuesto de los de contacto, en la guantera del carro, según marca la Ley.

Pero, en fin, parece que este drama terminó, y si alguno/a de ustedes viene a Madrid podré pasearle con gusto en mi carro sin temor a que me paren los «moscas verdes», y celebraremos juntos la culminación de este trámite, «sencillo, simple, rápido y breve», que, iniciado el 26-07-93, «solamente» duró 1 año, 3 meses y 5 días.

[*Opino}– ¿Que si iPhone o Android? No tengo esa duda

05-10-2015

Carlos M. Padrón

Sigo resistiéndome a pagar por un celular más de lo que me ha costado mi muy buena computadora de escritorio.

Por tanto, no existe para mí esta duda porque, aparte de lo más común, como WhatsApp, la hora en diferentes ciudades, etc., uso internet desde mi celular para ver algo en este blog o, si acaso una vez al mes, para alguna consulta, jamás para una transacción bancaria, para preguntar cómo llegar a donde quiero ir o para enviar/recibir e-mails.

La única cuenta e-mail que tengo vinculada a mi smartphone la he usado para bajar apps realmente útiles, como la de apagar la pantalla sin necesidad de presionar el botón lateral, y para actualizar los contactos a través de mi PC y no tener que hacerlo por medio del minúsculo tecladito del celular, una miniatura que detesto incluso en los celulares con pantalla de 5.5 pulgadas, como el mío.

Así que no veo motivo para pagar los altos precios de un iPhone, o de un Android de marcas famosas, pues un clon me sirve de maravilla, y aquéllos de los que he tenido noticia son todos clones de Android, no de los muy caros iPhones.

El smartphone que tengo desde julio de 2013 es un clon del Samsung S3 que entonces costaba más de 600€ pero que a mí me costó $140, y sigue funcionando muy bien. Cuando deje de hacerlo así me daré a la búsqueda de otro clon.

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05/10/2015

Android o iOS: ¿qué sistema operativo es más seguro?

El debate está en la calle. Después de que Apple reconociera el ataque de XcodeGhost, el debate regresa entre los usuarios con más fuerza que nunca.

En los últimos meses, nos hemos ido enterando de las vulnerabilidades que los ciberdelincuentes han aprovechado sin que Google ni Apple pudiesen hacer nada. No hay que olvidar que hace poco saltó a la luz el mayor fallo de seguridad en Android jamás detectado y que afectaría al 95% de los usuarios.

Mientras, Apple ha reconocido que un grupo de «hackers» chinos habían colado virus informáticos en unas cuarenta aplicaciones alojadas en la tienda virtual de descarga App Store.

Queda claro una vez más que nadie está a salvo en internet. Por esta razón, interesa conocer tanto los pros como los contras de ambos sistemas operativos, para facilitar al usuario la deliberación a la hora de elegir uno u otro sistema operativo.

Ventajas e inconvenientes de iOS

Se dice que iOS es un sistema operativo cerrado y, por tanto, más seguro por defecto. Apple ejerce especial control sobre el trabajo de los desarrolladores de aplicaciones: la App Store tiene diferentes mecanismos para verificar las herramientas, su origen y funcionalidades.

Otra de las ventajas es que en iOS 8 los datos que se guardan en el calendario, contactos, notas y recordatorios cuentan con una capa extra de cifrado. Sin embargo, tampoco es que las medidas de Apple sean la panacea, como se ha demostrado estos días. Ningún sistema puede controlarse al 100% ni ser totalmente cerrado. En cuestiones de privacidad alcanza sólo un aprobado raspado: no son pocas las ocasiones en que se ha desvelado la existencia de vulnerabilidades, puertas traseras en sus dispositivos o ataques a las cuentas ID.

Ventajas e inconvenientes de Android

Android ofrece más libertad a sus desarrolladores. Muchos utilizan el lenguaje de programación C++, más complejo que los surgidos posteriormente, y, por tanto, más difícil de modificar por parte de los cibercriminales. Sin embargo, el ser el sistema operativo con mayor cuota de mercado es una venaja para los criminales. Si quieren difundir un malware, ¿qué mejor manera de hacerlo que utilizando la plataforma más visitada?

Se reconoce, sin embargo, que la cosa se tuerce cuando usan lenguaje Java en fragmentos sensibles del código de las «apps», ya que resulta fácilmente modificable. Los ciberdelincuentes pueden insertar su propio código malicioso sin demasiadas dificultades.

A diferencia de Apple, los usuarios de la Play Store adquieren aplicaciones menos seguras. Existe un menor nivel de exigencia para evitar la aparición de herramientas de origen desconocido y, una vez instaladas, el sistema operativo no avisa de las incertidumbres.

Sin embargo, Android permite la aplicación de la tecnología HCE (‘Host Card Emulation’) para realizar pagos seguros a través de los «smartphones». Funciona a través de una «app» que ofrecen los Bancos y que puede bajarse e instalarse en el teléfono. Se trata de toda una ventaja, pues cuando se realiza un pago en la ‘nube’, la herramienta envía la información del usuario a través de estándares seguros instalados en los chips NFC del dispositivo.

Se disponga o no de un dispositivo iOS o Android, el verdadero encargado de velar por la seguridad de la información es el propio usuario. Por esta razón, se aconseja el uso de contraseñas seguras, cambiarlas a menudo y tener mucho ojo con las aplicaciones que se instalen.

Fuente

[*Opino}– La razón y el instinto maternal

29-09-2015

Carlos M. Padrón

Varias veces he dicho aquí algo muy sabido: que los instintos son lo opuesto a la razón. Y que, como el maternal es el más fuerte de ellos, hay que tenerle miedo y mirar con cuidado a quienes lo ejercen: las mujeres.

Por si alguien alberga dudas al respecto, tal vez las diluya el artículo que copio abajo, que es el más completo que al respecto he encontrado, salvo porque trata de llamar razones a lo que no lo son.

La parte que más me impactó de ese artículo es la explicación de «por qué diablos las mujeres se siguen prestando a esta maldición bíblica», o sea, a la maternidad. Lo hacen porque la Naturaleza, que sólo está interesada en perpetuar la especie humana, se las ha ingeniado para que el poderosísimo instinto maternal haga parecer agradable lo que en realidad es el epítome del masoquismo.

Y ese desmedido e irrazonable interés de las madres por sus hijos pudiera ser justificable mientras éstos son indefensos bebés, pero cuando son adultos y se ganan la vida por sus propios medios, resulta aún casi más irrazonable, porque ahí no se ve por lado alguno el interés de la Naturaleza. Al contrario, se ve un apego que llega a ser enfermiza dependencia que puede llevar a las madres a tratar a esos hijos adultos como si fueran bebés.

¿Será éste otro síntoma de las nuevas generaciones? Pregunto porque en mis tiempos —mientras fui niño, adolescente y adulto joven— nunca lo vi, y, cuando lo veo ahora, simplemente me inspira una mezcla de miedo y lástima.

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28 de septiembre de 2015

Victoria Torres

La maternidad es una condena

Sólo me falta que me parta un rayo. Dios (yo también soy atea, es sólo una forma de hablar) me está castigando por las veces que miré con cara de desaprobación y de superioridad a una gorda tirar de un carrito de bebé con un gurruño de pelo a modo de moño, tres dedos de raíz y una vestimenta dictada a pachas entre un daltónico y un mono loco con una bomba atómica en las manos.  Y me decía para mí: “Es tener hijos, y mira cómo se abandonan”.

También me está castigando por la de veces que llamé a alguna amiga y, a la pregunta de “¿Qué tal estás?”, te soltaba una parrafada interminable sobre las eternas anginas de su hijo, parrafada que nunca escuchabas porque habías desconectado nada más empezar. Y pensabas: “Te he preguntado qué tal tú, nena; te estás olvidando de que existes, nunca pensé que serías de Ese Tipo de Madre”.

Y me castiga mucho, pero mucho mucho, por haber creído que lo del techo de cristal era un camelo y que mis compañeras de trabajo madres son todas unas flojas quejicas a las que se les cae el bolígrafo a la hora en punto, y sus hijos, son unos seres débiles que se enferman todo el rato. “Lo que pasa es que ahora tienen otra prioridad”, las censuraba mentalmente.

Pero, sobre todo, me castiga hasta límites insospechados por haber visto a mi amiga del alma dar el pecho a demanda a su hija meses y meses más allá de los tres de rigor, y haber sentido cómo me recorría el cuerpo un horror interno similar al bicho de «El grito» mientras contenía mis ganas de decirle: “Pero hija, que nos hemos criado juntas, que somos mujeres liberadas del siglo XXI, que no me puedo creer que seas tan antigua, que esto es una puta esclavitud…“.

Eso sí, jamás confesé nada de esto en voz alta. Y no lo hice porque intento ser respetuosa con las opciones vitales de los demás, por mucho que no las entienda ni las comparta. Allá cada uno con sus razones, allá cada uno con las mentiras que se cuenta o los embolados en los que se mete para tratar de sobrevivir. Y, sobre todo, porque pienso que hay algo importante que se me escapa, algo que no llego a comprender y que lo explica todo.

Pues bien, he tenido una epifanía de manual y AHORA LO ENTIENDO TODO, absolutamente todo. Entiendo las ojeras, entiendo el desaliño, entiendo las prisas, entiendo las prioridades (menuda expresión tramposa, ¿es que nadie entiende que no hay tribu ni abuelos ni nadie? ¿que si tú no recoges a tu hijo de la guardería se quedaría allí para siempre?), entiendo que rechacéis ascensos, que no tengáis vida social y que no podáis hablar de otra cosa, y hasta casi llego a entender que sólo «feisbuqueeis» [usar Facebook] sobre ellos, pero, por favor, con cariño os lo digo: vale ya de cansinismo. Vuestros hijos van a necesitar tres vidas para borrar todas las fotos vergonzantes que circulan de ellos.

La causa de este súbito ataque de comprensión y de empatía es que he sido madre de mellizos. Sí, de mellizos, y os agradezco que os ahorres el comentario (que si son naturales, que si no te aburres, que si son iguales, que si no se parecen en nada, que si me pasa a mí y me muero… Señora, ¿quién le ha preguntado?) y la compasión, porque sí, ser madre es una condena, y ser multimadre, un auténtico infierno.

Digámoslo claro de una vez: hemos estado tantos años postergando la maternidad y tenemos una imagen tan irreal e idealizada de ella que no nos atrevemos a reconocerlo. La maternidad no es como tú la pintas, Purificación Mascarell, es mucho peor. Hace año y medio que no salgo, no me relaciono con adultos, no viajo, no voy al cine, no leo libros, no entro en mis pantalones, no acudo la primera al último local de moda, no voy a exposiciones, no escucho conferencias, no paseo por la feria del libro, y no tengo tiempo ni de mirarme al espejo. Y, lo que es peor, que no duermo más de dos horas seguidas. Y sin cafeína, ni vino.

Sí, tienes toda la razón: ser madre consiste en renunciar a todo lo que eras antes y me temo que para siempre. Entonces ¿por qué diablos las mujeres se siguen prestando a esta maldición bíblica que arrasa con todo, con sus vidas, sus expectativas, su carrera laboral, su manicura y sus artículos plagados de citas culturetas que ya no tienen tiempo de escribir?

Ahí es donde te equivocas, porque tener hijos es la mayor condena, pero también la mayor de las bendiciones. No hay nada, ningún triunfo profesional, ningún congreso, tesis, libro o película, fiesta con amigos, «viaje desde Moscú hasta Pekín» o «ático con vistas espectaculares» que pueda compararse ni de lejos con la emoción verdaderamente íntima, única e irrepetible de ver a un niño probar el chocolate, andar o ver el mar por primera vez.

Después de una adolescencia y de una juventud estirada al máximo, llena de contradicciones y sinsabores, fracasos vitales y algunas pequeñas victorias, dramas emocionales y desengaños de todo tipo, en las que siempre te ha faltado algo para ser feliz, llega tu hijo a volver del revés tu mundo.

Cuando ves a tu hijo recién nacido salir de tu vientre, cuando te mira como si no hubiera nada más importante en el mundo, cuando aprende lo que es un beso y un abrazo, y te los da cuando menos te lo esperas, cuando te reconoces en él y ves que es un ser inteligente y lleno de ambición, curiosidad y energía, en esos momentos sientes que, por fin, todo encaja, que estás donde tienes que estar y que la felicidad, si es que existe, se parece mucho a esto.

Ésa es la clave, querida amiga, la verdadera verdad de las cosas. No es la pueril ilusión de ser madre porque nadie tiene ni puñetera idea de lo que realmente significa hasta que no le vomitan, en modo catarata del Niágara, dos veces encima y de madrugada (tienes que probarlo, es exquisitamente repugnante).

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La razón de que la gente se siga embarcando en esta locura es, ni más ni menos, las altas dosis de felicidad que genera. La risa de un niño cualquiera es preciosa, pero la risa de tu niño te coge el corazón y te lo agita tan fuerte que piensas que te va a estallar de júbilo. Y no sólo dan felicidad sincera, gratis y a mansalva. Yo no me he drogado nunca, pero el nirvana que me embarga mientras amamanto a dúo a mis mellizos me resulta mucho mejor que la heroína, porque, de paso, no me mata.

Te aseguro que ver crecer a un bebé es mucho más interesante que toda la historia de la filosofía, la literatura y el arte juntas; y si es ver crecer a dos, y siendo además niño y niña, es realmente apasionante; siempre pensé que los roles de sexo eran una patraña, pero el nene da el biberón a la muñeca de una forma muy extraña, más cercana al asesinato que a la alimentación.

Viendo las estrategias que son capaces de desplegar para lograr sus objetivos, entiendo perfectamente que el hombre haya llegado a la Luna.

Y si hablamos de diversión, cualquier ocurrencia de mis bebés —y las tienen a cientos todos los días— es mejor, más real y más auténtica que todos los memes y vines juntos. Y eso que todavía no hablan ni entienden muy bien de qué les hablo cuando hago que el primer ministro húngaro sea el malo de todos los cuentos que invento. Tengo la suerte de disfrutar de una jornada continua que me permite pasar con ellos las tardes y jugar por toda la casa al escondite, enseñarles a meter la mano hasta el codo en harina, mancharse de barro y hacer todo tipo de gamberradas.

Sobre los motivos del padre, habría que preguntarle a él por qué quiso tenerlos a pesar de no sentir la «llamada de la selva» como él dice. Yo creo que es el mayor acto de amor que nadie ha tenido ni tendrá hacia mí. En un momento de agotamiento y agobio absoluto, le pregunté si se arrepentía y se enfadó, dado que ahora no se concibe sin los bebés. Nos peleamos más, es cierto, pero también nos reímos más: de los niños, con los niños, de las cosas que llegas a hacer con tal de que coman y, sobre todo, de las situaciones surrealistas e inimaginables en las que te ves envuelto.

Si me preguntas si merece la pena la renuncia, es que no has entendido nada. Mi ventaja es que yo ya he vivido tu vida y te digo que la mía ahora es mucho mejor. Por muchas veces que hayas visto «atacar naves en llamas más allá de Orión y Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser», nunca verás a tu hijo, entre atónito y fascinado, intentando atrapar con la mano el agua de la ducha. Ahora, mírate de verdad al espejo y piensa quién “se atonta y se amuerma, se vuelve prosaica y gris, envilece su mente y estanca su intelecto”.

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[*FP}– Satisfacciones que me depara este blog

Con fecha 16/07/2018 publiqué la reedición y corrección del texto de este post, con los nombres de quienes aparecen en la foto tomada en agosto de 1958, o sea, hace 60 años.

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28-09-2015

Carlos M. Padrón

Por lo que publiqué en el post La vitamina C y los resfriados, un visitante y lector me hizo, por comentario, esta pregunta: «Carlos, ¿y por qué si ese doctor es de El Paso no lo consultaste antes?«.

Le contesté que en otro post daría yo la respuesta, pues la tal pregunta me ha motivado a escribir ésteo para responderla, ya que en la respuesta está la explicación a lo de las satisfacciones que me depara este blog.

En el post Tiempos de Ayer, publicado el 06/08/2009 y en el que puse la canción de la que salió el título de mi novela, incluí esta foto:

con esta explicación, que ahora he pulido:

Esta foto fue tomada en la Cruz Grande (El Paso), frente a la entonces casa de Pepe “el Sirio”, el 21-02-1960, cuando, viviendo yo en Santa Cruz de Tenerife, vine a El Paso a pasar la Navidad con mis padres y hermanas.

Creo que, salvo los dos caballeros sentados al fondo, las demás personas que aparecemos en esta foto vivimos aún, aunque yo sólo conozca a dos o tres de los niños que en ella me acompañan.

Uno de ellos —el que está con el balón….— consiguió en este blog mi dirección, me contactó por e-mail y me envió esta misma foto que, aunque tal vez él no lo recuerde, llegó a sus manos porque fue tomada con mi cámara y, de vuelta yo en Santa Cruz de Tenerife, hice varias copias que mandé a mis hermanas en El Paso para que dieran una copia a cada uno de los muchachos que aparecen en la foto y que vivían cerca de nosotros».

Pues bien, ese niño que está con el balón se convirtió con el tiempo en el Dr. José Antonio Rodríguez, el que me indicó el tratamiento que, al menos por nueve meses, me ha mantenido libre de resfriados: todo un record en los últimos 30 años de mi vida.

Al comienzo del artículo del artículo Mi llegada a la computación y a IBM escribí esto:

«Hay hechos en mi vida que, cuando hago retrospectiva, me producen una mezcla de desasosiego, amargura y frustración al caer en cuenta de que nunca más he sabido de las personas que en ellos pasaron por mi existencia, pero que, como si de objetos celestes lanzados a gran velocidad se tratara, me rozaron y desviaron mi trayectoria de forma drástica e irreversible. Me parece injusto el no contar con un medio que me permita volver a ver a esas personas, bien sea para darles las gracias o para hacerles saber cómo influyeron en el curso de mi vida».

Y lo que me ha ocurrido con el Dr. José Antonio Rodríguez es uno de tales hechos, pues ¿a mis 19 años, pensaría yo que 57 años después ese niño, dado a jugar con balones, haría esto por mí?

Lo hizo, y nuestro contacto fue gracias a este blog.

Y hay más. El Dr. Rodríguez conoció a Carmensa, la protagonista de la historia que conté en el post sobre mi primer amor, pues en Santa Cruz de Tenerife vivió él en la misma calle en que vivió ella.

¿Habría ocurrido o sabido yo todo esto si yo no le hubiera mandado las fotos a mis hermanas? Seguramente no. Estas coincidencias, que no casualidades, me fascinan; ¡lástima que haya que envejecer para vivirlas!.

Este pasado agosto, para poder localizar y reconocer en El Paso al Dr. Rodríguez —que desde Granada fue hasta allá para las fiestas de la Bajada de la Virgen del Pino—, y agradecerle personalmente, usé esta foto en la que aparece él cargando en brazos a su lindo nieto Javier, pues ya el niño de 1958 es abuelo:

Como dije: satisfacciones que me depara este blog.

[*Opino}– Lo que pasaría si, por suerte, desapareciera Facebook

25-09-2015

Carlos M. Padrón

Creo que quien escribió el artículo que copio abajo piensa de Facebook lo mismo que pienso yo: que, en los más de los casos, se usa para frivolidades, para dar soporte a la indolencia, para exhibicionismo, etc.

En fin, para cosas que poco tienen de beneficiosas y creativas.

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25/09/2015

Siete horribles cosas que pasarían si Facebook desapareciese

El pasado 24 de septiembre, esta red social dejó sin servico a más de un millón de usuarios. ¿Qué sucedería si hubiese sido perpetuo?

En la tarde de ayer, Facebook dio un buen susto a más de un usuario (concretamente, a 1.500 millones) cuando un mensaje de «error» apareció en las pantallas de sus computadores informándoles de que el servicio se había detenido temporalmente.

Los cortes de conexión, que también afectaron a Instagram, se sucedieron durante toda la jornada y derivaron en el escándalo general en la Red. Y todo, por menos de 20 minutos. Después de ello, la web «LADbible» ha querido plantearse cómo afectaría al mundo que esta página desapareciese de la faz de la Tierra de un día para otro, y ha elaborado un curioso ranking sobre las consecuencias que podría traer. Cada una, más alocada que la anterior.

1- Nunca sabríamos cuando nuestra relación es oficial.

Según esta página Web, la época en la que la pareja corroboraba mediante la palabra si ya eran novios o no ha quedado totalmente desfasada. Ahora, por el contrario, los «tortolitos» prefieren dirimirlo a través de Facebook cambiando su estado. ¿Qué sucedería si la red social cerrara? Muchos chicos y chicas no sabrían que tienen novio.

2- Aumentaría la obesidad.

¿Qué sería de los gimnasios si no pudiésemos subir nuestras instantáneas a Facebook demostrando que estamos haciendo pesas y corriendo en la cinta? Según «LADbible», probablemente desaparecerían. Por ello, mucha gente no quemaría esos kilitos de más que se adquieren delante del computador y subiría radicalmente de peso.

3- No sabríamos cuando es el cumpleaños de nadie.

Seamos serios. A día de hoy Facebook nos permite estar al tanto de fechas importantes como los cumpleaños de nuestra pareja y amigos. Por ello, si esta red social cerrase, probablemente también habría muchas más peleas entre novios e, incluso, habría que apuntar las fechas en una libreta. Algo que para muchos es del siglo pasado.

4- Volveríamos a tener que hablar cara a cara con otras personas.

En los últimos años, cada vez es más habitual que el tiempo libre del que disponemos lo pasemos en casa hablando con nuestros amigos a través de Facebook. Así pues, si esta red social terminase cerrada, nos veríamos obligados a volver a coger el teléfono.

5- Los acosadores volverían a mirar a través de las ventanas.

En toda relación suele existir un tiempo en el que la persona a la que han dejado entra de forma obsesiva en la página de Facebook de su antigua pareja para saber qué es de ella. Según «LADbible», si la red social cerrase, estos acosadores volverían a tener que colgarse de los árboles para ver a sus «ex» a través de las ventanas.

6- Volvería Myspace.

Aquéllos con algunas primaveras a sus espaldas recordarán los años en los que la gente entraba en Myspace, una red social que decayó radicalmente cuando nació Facebook. A día de hoy, es probable que sus creadores fueran los únicos contentos por la eliminación repentina de la competencia.

7- Se terminaría con el activismo.

En palabras de esta página, todos aquéllos que luchan por la Naturaleza y los derechos de los animales tendrían que exponer sus ideas mediante cartas escritas a mano, por lo que no serían tan insistentes.

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