[*Opino}– Acerca de la vitamina C la A y los resfriados

23-09-2015

Carlos M. Padrón

Antes de pasar a comentar el contenido del artículo que copio abajo, debo destacar una observación de mi cosecha.

Eso de llamar zumo a lo que es jugo, me cae sólo un poco menos mal que lo de llamar ordenador a lo que es un computador. Al igual que por este medio he preguntado por qué en España no dicen ambiente ordenacional o superordenación, sino ambiente computacional y supercomputación, pregunto ahora: ¿alguien ha escuchado decir naranjas zumosas? Aunque la palabra está en el DRAE, llegado el caso se dice jugosas.

Y ahora sí voy con lo de la vitamina C.

Hace unos 30 años comencé a contraer un resfriado cada vez que me exponía a un cambio fuerte de ambiente caluroso a ambiente frío, y por eso, y a medida que esa para mí alergia empeoraba, comencé a andar con chaqueta todo el tiempo, aunque hiciera calor.

Creo que no fueron menos de 10 los médicos, algunos especialistas, a los que consulté al respecto, pero ninguno me dio solución satisfactoria. Uno —aunque parezca increíble— me dijo que consultara con un homeópata, cosa que yo había ya hecho, sin resultado positivo, en 1990, pero que, ante este consejo autorizado, repetí en 2013, con iguales resultados.

Salvo un caso muy claro en que el resfriado me comenzó inmediatamente después de haber sufrido yo un disgusto porque, estando en El Paso, se rompió el disco duro externo donde yo había llevado todos los archivos para usar en la computadora, los episodios de resfriado comenzaban por cosquilleos en la nariz y picor en la garganta, y lo único que me funcionó para detenerlos y que no llegaran al resfriado fue tomar una pastilla de Talzic (un antialérgico) o de AirBorne (un complejo vitamínico); a veces, y dependiendo de lo fuerte de los síntomas, tomaba yo ambos. Y desde hace años llevo siempre conmigo Talzic, por si acaso.

Era casi irritante que cuando yo recurría a esos remedios y luego seguía en lo mío, aproximadamente una hora después reparaba, asombrado, en que los síntomas habían desaparecido como por arte de magia.

A comienzos del pasado año 2014 descubrí que a veces despertaba yo ya resfriado, y que esos síntomas se presentaban siempre cuando me sentaba el sofá que en casa usamos para ponernos a ver TV.

¿Había algo en común entre esos episodios?

Después de mucho analizar concluí que podría ser la diferencia de temperatura entre pecho y espalda, pues cuando yo despertaba resfriado notaba que la temperatura estaba más baja de lo común, y cuando me sentaba en el sofá, poco a poco mi espalda iba calentándose mientras que, con el aire que entraba por la ventaba, mi pecho iba enfriándose.

Probé a poner una tabla entre mi espalda y el sofá, y los síntomas no se presentaron más. Pero, ¿cómo detenerlos mientras yo dormía?

En enero de este año 2015, por e-mail expuse el caso al Dr. José Antonio Rodríguez, médico paisano mío que reside en España. Luego de varios mensajes, me dijo que seguramente mi sistema inmune no estaba bien; que tomara cada día 1.000 mg de vitamina C, y que, a meses alternos, tomara, durante los 10 primeros días de cada uno de ellos, 50.000 unidades de vitamina A, pero no más.

Como yo apenas había salido de uno de esos resfriados que me había dado a finales de diciembre de 2014, a finales de enero de 2015 comencé con los 1.000 mg de vitamina C, y el 1° de febrero comencé a tomar, cada día y hasta el día 10, las 50.000 unidades de vitamina A (que repetí en abril, junio, y agosto).

Pocos días después dejé de usar la tabla entre mi espalda y el sofá, y casi no se presentaron los síntomas que antes sí aparecían, aunque no desaparecieron del todo. Ante esto, opté por subir a 1.500 mg la dosis de vitamina C y, para mi muy grata sorpresa, esos síntomas no se presentaron más.

La mejora ha sido hasta el punto de que en el viaje del pasado agosto a Canarias pude andar en la calle en mangas de camisa sin que nada me pasara, algo que hacía años que no podía hacer sin arriesgarme al resfriado. También me ha ayudado el ducharme con agua a temperatura ambiente, cosa que hago cada mañana apenas dejar la cama.

Según el artículo de abajo, la vitamina C no ayuda en nada contra el resfriado, pero ese mismo artículo dice que el consumo de vitamina C «tiene un indiscutible efecto desestresante, ya que actúa sobre la respuesta de la glándula adrenal al estrés, reduciendo los niveles sanguíneos de cortisol, la hormona que fabricamos en situaciones de emergencia y que, producida de forma crónica, puede anular nuestras defensas y exponernos a todo tipo de enfermedades».

Pues bien, el estrés ha sido para mí una constante desde poco menos de hace 30 años, y en 2004 arreció hasta el punto de que mis médicos me pusieron bajo tratamiento para reducir sus perniciosos efectos. Y el disgusto por la rotura del disco duro simplemente me disparó el estrés, bajó mis defensas y, de golpe, apareció el resfriado.

En conclusión, y al menos en mi caso, tal vez la vitamina C no me ayude a combatir el resfriado si ya lo tengo, pero sí me ayuda a evitarlo. Es más, he batido un récord: el último resfriado que me dio fue, como dije, a finales de diciembre de 2014, o sea, que hace NUEVE (9) meses que no he vuelto a padecer algo que en el pasado llegó a afectarme hasta dos veces al mes.

Aunque ya di personalmente las gracias al Dr. José Antonio Rodríguez, se las doy de nuevo por este medio, y espero que lo que él me recomendó sirva de ayuda a alguien.

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22 SEP 2015

Elena Sanz

Para qué sirve realmente la vitamina C (y para qué no)

Si se pregunta si bebiendo zumos1 de naranja o tomando suplementos de vitamina C podría evitar coger un resfriado o contraer la gripe este invierno, la respuesta es rotundamente que no.

Que este falso mito esté tan extendido se lo debemos al doble Premio Nobel de Química y de la Paz Linus Pauling, que en los años 70 del pasado siglo publicó un libro titulado «La vitamina C» y el resfriado común, en el que defendía que unas altas dosis de esta sustancia, concretamente 3.000 miligramos al día —50 veces la actual cantidad diaria recomendada (CDR)— evitaban la bronquitis, la alergia, la fiebre, la neumonía y los resfriados.

Sin embargo, los 29 estudios científicos que se han realizado desde entonces hasta hoy tratando de confirmar estas propiedades de la vitamina C han llegado a la conclusión de que esta molécula no le hace ni cosquillas ni al virus del resfriado ni al de la gripe. Es decir, ni acorta la duración de las infecciones del tracto respiratorio superior ni reduce sus síntomas.

Sólo se ha encontrado una excepción: a los corredores de maratones y los esquiadores, sometidos a un ejercicio físico intenso durante un período breve, beber un vaso de zumo1 de naranja (200 mililitros) les supone disminuir hasta un 50% el riesgo de constiparse, tal y como concluía una revisión de estudios sobre la vitamina C publicada recientemente en la revista The Cochrane Library. En el resto de la población, tomar vitamina C para reducir los resfriados no tiene ningún sentido.

No obstante, y a pesar de su ineficacia como anticatarral, la vitamina C se puede considerar saludable por otros motivos.

Samuel Campbell, biólogo de la Universidad de Alabama (EEUU), ha comprobado que su consumo tiene un indiscutible efecto desestresante, ya que actúa sobre la respuesta de la glándula adrenal al estrés, reduciendo los niveles sanguíneos de cortisol, la hormona que fabricamos en situaciones de emergencia y que, producida de forma crónica, puede anular nuestras defensas y exponernos a todo tipo de enfermedades.

A la vista de sus hallazgos, Campbell postula que nuestros ancestros tenían una dieta tropical rica en frutas que les aportaba una dosis muy alta de vitamina C. Y defiende que «la constitución fisiológica que hemos heredado podría hacer que, para mantenernos sanos en un entorno cambiante y estresante, necesitemos dosis de vitamina C mucho más elevadas de las que figuran en las cantidades diarias recomendadas (CDR)», que legisla cada país basándose en recomendaciones generales de la FAO y la OMS. En el caso de la vitamina C, en España la dosis diaria recomendada actualmente es de 80 miligramos.

Otra idea errónea que circula acerca de la vitamina C es que la naranja es la fruta más rica en este micronutriente. Pero lo cierto es que, mientras que una pieza de este cítrico aporta 69 miligramos de vitamina C, un solo tazón de fresas contiene 84,7 miligramos, una pieza de mango aporta 122,3 miligramos, media taza de pimientos chile 107,8 miligramos, y un pimiento rojo en torno a 190 miligramos.

Si usted es hipertenso, el consumo de vitamina C también puede beneficiarle. Científicos del Instituto Linus Pauling, de la Universidad Estatal de Oregón, han demostrado que un suplemento diario de 500 miligramos de vitamina C reduce la presión arterial en pacientes hipertensos. Concretamente, en los ensayos se redujo la presión diastólica y sistólica —mínima y máxima— en un 9%.

«Esto aporta un modo relativamente sencillo de mantener la presión arterial de estos pacientes en niveles adecuados sin los altos costos ni los posibles efectos secundarios negativos de la mayoría de fármacos», explica el investigador Baiz Frei, que publicaba sus conclusiones en American Journal of Nutrition.

La vitamina C parece ser, asimismo, un buen aliado en la lucha contra el cáncer. El oncólogo Chi Dang, de la Universidad Johns Hopkins, demostró hace unos años que, por su efecto antioxidante, esta molécula bloquea la proteína HIF-1, que es la que permite que, cuando falta oxígeno, las células cancerígenas puedan seguir usándolo convirtiendo el azúcar en energía. En otras palabras, «el consumo de esta molécula detiene los tumores, los deja sin fuerzas e impide que crezcan», tal y como explicaba Chang en la revista especializada Cancer Cell.

Lo que también ha confirmado la Ciencia es que la vitamina C es beneficiosa para la piel. En concreto, un estudio reciente de la Universidad de Leicester demostró que contribuye a la curación de las heridas en la piel, y evita que el ADN de las células de ella se dañe, por ejemplo cuando se exponen a demasiada radiación ultravioleta procedente del sol.

«La vitamina C favorece la cicatrización estimulando a los fibroblastos para que se dividan y acudan al área dañada, además de aumentar su capacidad de reparar mutaciones en el material genético», especifica Tiago Diarte, coautor del trabajo.

A esto se le suma que ingerir un suplemento diario de vitamina C resulta tan beneficioso para el sistema cardiovascular como practicar deporte asiduamente, de acuerdo con un nuevo estudio de la Universidad de Colorado (EEUU). Según los autores de la investigación, los vasos sanguíneos de las personas obesas tienen una elevada actividad de la endotelina 1 (ET-1), una proteína que hace que las venas y arterias se contraigan más y respondan peor a la demanda de sangre, lo que aumenta el riesgo de sufrir infartos e ictus.

Desde hace tiempo se sabe que el ejercicio físico rutinario reduce la actividad vasoconstrictora de la ET-1, pero, incluso si los pacientes se resisten a abandonar su vida sedentaria, hay una alternativa igual de eficaz, que consiste en ingerir 500 miligramos de vitamina C cada día. Dicho en otros términos, una buena carrera protege el corazón tanto como beber un litro diario de zumo* de naranja.

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[*Opino}– Totalmente de acuerdo con estas opiniones de Pérez-Reverte

22-09-15

Carlos M. Padrón

Sí, del artículo que copio abajo, que es de una entrevista hecha a Arturo Pérez-Reverte, quiero destacar los pasajes en los que, según ya he dicho, coincido con él, coincidencia que me llena de satisfacción porque Pérez-Reverte tiene un nivel al que yo ni de lejos llego.

  • El desprecio por lo políticamente correcto.
  • Lo de que en este mundo lo peor es la estupidez. También, a su manera, lo dijo Einstein.
  • «De nada vale una urna si el que vota es analfabeto». Es la debilidad que, en mi opinión, tiene la democracia actual: que el voto de un analfabeto vale igual que el de un ilustrado.
  • «Las redes sociales son un bar de analfabetos». Ya dije AQUÍ que, para mí, aparte de la utilidad que a veces prestan las redes sociales, Facebook —y posiblemente también otras redes sociales— es un sitio para la chismografía cuyos adeptos (¿o adictos?) parecen padecer de deseos de figuración y de ostentación social con ribetes de narcisismo.
  • El problema de la Educación actual es que se ha dejado de lado la búsqueda y cuidado de la excelencia, y lo que se busca es «igualar por debajo», o sea, «machacar al brillante por ser brillante, para igualarlo al mediocre».
  • Y, en cuanto a las fotos, ya expresé AQUÍ mi opinión.

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22/09/2015

Pedro Simón

Entrevista con Arturo Pérez-Reverte: ‘En España, desgraciadamente, la palabra ha dejado de ser peligrosa’

Vive en un batiscafo abisal de sables y libros, luce ese escepticismo del que lo ha visto casi todo con una libreta en la mano y, de cuando en cuando, emerge de las profundidades para hacer apnea de sí mismo.

Y dice que «Envejecer significa dejar de ser cosas que has sido. Cuando me viene esa sensación de que estoy dejando de ser lo que he sido, me voy a navegar».

—¿Por qué?

—Porque navegar no es estar tomando el sol en Formentera. Es mal tiempo, temporales, tratar de no perder el barco, de no perderte tú.

De Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) nos habían dicho que es un corsario difícil, que en los duelos dispara antes de contar 10. Como en la vida, casi nada es verdad.

—¿Prefieres respuestas largas o cortas?

—Como tú quieras, Arturo.

—Bueno, procuraré hacértelo lo más fácil que pueda. ‘Hombres buenos’ es un homenaje a la razón. ¿Quedan hombres de aquellos hoy en día?

—Claro que quedan. Lo que pasa es que las elites intelectuales, que son las que siempre han marcado el camino en el mundo ilustrado, cada vez están más asfixiadas por lo políticamente correcto, por la injerencia de los políticos en territorios culturales que no son los suyos ni los conocen.

Digamos que la voz de los hombres buenos cada vez está más apagada y se escucha menos. De todas formas, el hombre bueno por excelencia es el maestro. Es el que ilumina a los jóvenes, el que abre el camino. De ellos depende el futuro.

—Según Rafael Chirbes, los malos siempre ganan. Y, entre los malos, el peor de todos.

—Chirbes era un hombre bueno; y tenía razón: casi siempre gana el peor. El malo no tiene ningún escrúpulo a la hora de utilizar las herramientas de la maldad, mientras que el bueno tiene líneas rojas que no pasa. Y si, además, unes la ignorancia, y la osadía que da la ignorancia…

A veces oyes hablar a un político y te dices: «Madre, ¿cómo este tío, que no sabe hilar sujeto, verbo y predicado, que no tiene no ya un discurso intelectual normal, sino un discurso sintáctico normal, se atreve a pretender orientar la vida de los demás?». Cuanto más preparado estás, más prudente eres, porque sabes que el mundo está plagado de minas.

—El Premio Columnistas del Mundo trata de honrar la memoria de José Luis López de Lacalle, asesinado por ETA, y otros compañeros. ¿Tan peligrosas son las palabras?

—En España, la palabra, desgraciadamente, está dejando de ser peligrosa; hablo de la palabra como arma, como el arma de aquél que no quería otra arma. Es un arma que ha sido eficaz durante 3.000 años; el arma más afilada que la espada. En un tiempo como éste, la palabra ha sido tan devaluada que ha sido sustituida por la imagen. Ha perdido influencia, vigor, eficacia. La gente buena todavía acude a donde están las palabras, pero la gente estúpida, la gran masa, acude a la imagen.

—Tus columnas son arcabuzazos.

—Son duras. Hay gente que piensa que yo soy así, pero es que esas columnas tienen un objetivo: que sean eficaces. Vivimos en un país en el que, si no le pateas el hígado a la gente, ésta no se da por aludida, y esa brutalidad es necesaria. Yo no soy brutal en mi vida normal, pero la columna es otra cosa. Ahí acudo a la brutalidad, al insulto, a la violencia, porque sé muy bien que, si no pateas la cara de algunas personas, esa columna pasaría inadvertida.

—¿A dónde toca disparar ahora?

—A la ignorancia, a la estupidez. No te voy a decir nada nuevo.

—Bueno, yo tampoco te voy a preguntar nada nuevo.

—Mira, durante mucho tiempo pensé que lo peor del mundo era la maldad, pero no. Con la edad, te haces más lúcido, adiestras la mirada: lo peor es la estupidez, son peores los estúpidos que los malos. El estúpido siempre hace más daño que el malo, por acción o por omisión; por líder estúpido o por masa borreguera. Un personaje de mi novela dice: «Sin esclavos no habría tiranos; sin borregos no habría lobos». Todo aquel impulso social que no está guiado por la razón termina siendo pernicioso. Ya lo he dicho: de nada vale una urna si el que vota es analfabeto.´

—Decía Enrique Meneses que el periodista tiene que tratar de forma suave a los débiles, y de forma fuerte a los fuertes.

—Depende. Hay débiles que necesitan una conmoción. Hay gente cuya debilidad les hace cobardes, cómplices pasivos de las grandes líneas de los malos. Ellos necesitan situaciones que los conmuevan. Cuando el débil se ve arropado por la masa se comporta como la masa, el débil no está indefenso, tiene unas derivas muy peligrosas. Por eso cuando se combate el mal no sólo hay que ir contra los que gritan, sino también contra los que están callados.

—¿Añoras algo del Pérez-Reverte reportero?

—Añoro la juventud, el poder estar tres días sin comer, una semana sin dormir, el caminar por el desierto todo un día, y por la noche dormir como un bendito. Fueron 21 años. No fue un paseo, fue lo bastante intenso como para colmarlo.

—¿Estás cansado de algo del Pérez-Reverte escritor?

—No. Yo ahora tengo una responsabilidad: los lectores, y en 40 países. Sé que mi trabajo va a ser visto por mucha gente. Te das cuenta de que no puedes gustarle a todo el mundo. Vivir es elegir. Y elegir es tener amigos y enemigos, moverte, ir decantándote.

—¿Crees que la velocidad que demanda lo digital está envileciendo el periodismo o lo está haciendo mejor?

—El periodismo ha cambiado. Yo era reportero. Me iba seis meses a Eritrea y mi reportaje iba en primera página. Ahora tardo cinco minutos en transmitir, y lo que dices no vale una mierda porque lo ha dado todo el mundo, hasta tu vecino con internet. Ahora la inmediatez es fundamental. Lo malo es que la inmediatez provoca una serie de reacciones de gente no periodista, de ruido, que sofocan al profesional.

En ese sentido, el periodismo ha dejado de ser un ejercicio profesional de tíos preparados, formados para ello o con talento, en el cual las voces eran autorizadas, para convertirse en una especie de competición para ver quién da más, más fuerte, más rápido. El periodismo ha dejado de ser un polo de referencia, y ahora es un foro de debate; esto es muy distinto. El periodismo sereno, analítico, informativo, riguroso que se hacía antes ha quedado sumergido. El periodismo serio está condicionado por lo otro, por lo que digan las redes.

—La gente escribe más, pero lo hace bastante peor. Te hablo del teléfono celular, de WhatsApp y hasta de Twitter.

—Se escribe mal por muchas razones. La gente no lee, ve analfabetos hablando por televisión, y luego escribe antes de pensar. Todo eso redunda en un despojo: las redes sociales son un bar de analfabetos. Vargas Llosa dice algo, y uno suelta: «Vargas Llosa no tiene ni puta idea». En su perfil, ese uno se define como ‘Libertario, tengo 18 años y me gusta el rock…’. Y el tío se atreve a criticar a Vargas Llosa, creyendo de verdad que las redes sociales lo igualan. Cuantos más hombres buenos haya, el desastre será menor, pero el desastre es inevitable. Por eso son importantes los combates de retaguardia. Los últimos soldados que defienden la trinchera.

—¿Se puede hacer un novelón con el tema catalán?

—Es demasiado mediocre. Hay temas sórdidos, y éste es uno de ellos.

—¿Qué personaje es el presidente Rajoy?

—[Largo silencio]. ¿Has venido aquí para fastidiarme?

—En efecto [Nos reímos los dos]. En un país con 2.000 imputados por corrupción y casi 200 causas abiertas, ¿cómo se explica esta paz?

—Porque no se han dado cuenta. La gente no quiere mirar. No es la economía nada más, es todo. Es el sistema de vida de los últimos 50 años. Es lo que está cayéndose. En cuanto la crisis ha dejado de apretar, la gente ha vuelto a hacer lo de antes: a entramparse con una hipoteca, a gastarse lo que no tiene por un viaje a Cancún, a hacer lo mismo. Me incluyo yo también.

—Me gustaría que recomendaras un clásico rabiosamente moderno.

—Recomendaría dos autores: Galdós y Valle-Inclán. Sus lecturas ayudarían a entender por qué estamos como estamos.

—En las elecciones generales, ¿te gustaría que ganara uno o que perdieran todos?

—[Hasta 20 segundos de silencio. Pérez-Reverte medita mucho la respuesta] No voy a contestar a esa pregunta.

—¿El problema de la educación se llama sistema educativo?

—El problema de la educación en España se llama políticos analfabetos. Que en vez de elevarse ellos hasta el nivel de la cultura hayan rebajado la cultura hasta su mediocre nivel. Hay un error enorme: el desprecio a las elites intelectuales. Se han empeñado en decir que todos los niños son iguales en el colegio, y eso no es verdad. Todos han de tener las mismas oportunidades, eso sí, pero no son iguales. Lo que están haciendo es machacar al brillante por ser brillante para igualarlo al mediocre. Es un sistema hecho para machacar el futuro. España es un país enfermo, histórica y culturalmente.

—Sólo una última cosa. ¿Por qué te joden tanto las fotos?

—Nunca me han gustado; las detesto. Y, para mi desgracia, me veo obligado cada poco tiempo a tener que someterme a ellas.

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[*Opino}—De la relación entre el sol y la intolerancia a la leche

20 SEP 2015

Carlos M. Padrón

Según el artículo que copio abajo, es posible que el hecho de que los nórdicos tengan más tolerancia a los lácteos que otros pueblos del planeta se deba a que, como en los países nórdicos es menor la radiación ultravioleta —y no reciben del Sol la vitamina D que sí reciben las gentes de otros pueblos—, «habría existido [en los países nórdicos] una mayor presión selectiva a favor de los individuos que pudiesen consumir leche».

Si algo hay en Canarias es sol, que brilla casi la totalidad de los días del año, y, en mis tiempos, y en todos los anteriores, los niños y adultos recibíamos sol quisiéramos o no y, por tanto, cabe suponer que por ese medio recibíamos más que suficiente vitamina D. Sin embargo, y al menos en los pueblos donde primaba lo agropecuario, que eran los más, todos bebíamos leche, de vaca o de cabra, a menudo dos veces al día —en el desayuno y en la cena— y durante todo el año, y no supe o vi que le hiciera daño a nadie conocido, u oí que se comentara que le hiciera daño a otras personas.

Lo de la existencia de la intolerancia a la lactosa lo supe estando yo ya en Venezuela.

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20 SEP 2015

Daniel Mediavilla 

¿Cómo empezamos a beber leche?

Hace 10.000 años, nuestra relación con la leche era similar a la de otros mamíferos. Este rico alimento debía alimentar durante sus primeros años de vida a las crías hasta que éstas fuesen más o menos independientes de la madre. Después, los niños abandonaban el pecho para comer, como el resto de la tribu, y dejar libre el pecho para nuevos bebés.

Para asegurar que eso sucediese y los mayores no se quedasen enganchados a las mamas, la evolución favoreció el apagón del gen que produce la lactasa, la enzima intestinal que permite digerir la lactosa, el principal nutriente de la leche. A partir de ese momento, beber leche suponía ganarse un dolor de estómago o incluso una peligrosa diarrea.

Pero, al final de la última glaciación, los humanos habían decidido comer la fruta del árbol prohibido, aventurarse fuera del paraíso y empezar a jugar con las reglas de la madre Naturaleza. Poco a poco fueron seleccionando los animales más dóciles para comer su carne, utilizar su piel o, al cabo de un tiempo, aprovechar su leche.

Aunque el organismo de aquellas personas aún no podía digerir aquel alimento para crías, se dieron cuenta de que, cuando se fermentaba para convertirse en yogur o queso, mantenía sus propiedades nutritivas sin producir problemas digestivos.

En esas poblaciones de ganaderos apareció una mutación que parecía enmendar la plana a la Naturaleza. Los individuos de aquellas poblaciones recuperaron la capacidad para digerir la leche durante toda su vida, y con tal capacidad lograron acceso a un alimento nutritivo que les podría salvar el pellejo cuando otros recursos escaseasen.

Hoy, alrededor de un tercio de la población mundial es tolerante a la lactosa. La gran mayoría son europeos o tienen ancestros de este continente, aunque también hay algunas regiones, en África y Oriente Medio, en las que se produjo, de forma independiente, la mutación que hace posible digerir la leche.

En un principio se pensó que aquella transformación, que podría haber incrementado hasta en un 19% el número de descendientes de los poseedores de la variante genética, se había expandido a toda velocidad por Europa. Aquellos mutantes habrían desplazado a las tribus de cazadores recolectores que ocupaban el continente, convirtiéndose en los ancestros de los europeos actuales.

Sin embargo, pese a la gran ventaja evolutiva de poder beber leche, el cambio está muy lejos de ser universal y tardó en aparecer. En el norte del continente, la mutación tuvo mucho más éxito que en el sur, y hay regiones de Europa, como España, donde, pese tener animales domesticados, hace tan sólo 3.800 años la tolerancia a la lactosa aún no se había desarrollado.

Mark Thomas, investigador del University College London y uno de los principales expertos del mundo en la materia, reconoce que, por ahora, sólo tienen algunas hipótesis y muchas incógnitas por resolver antes de entender por qué tantos adultos mantienen la tolerancia a la leche.

Una de las posibilidades que ha puesto a prueba es la hipótesis de la asimilación del calcio. Para que nuestro cuerpo pueda aprovechar este importante mineral, es necesaria la vitamina D, y la principal fuente de vitamina D es el Sol. Esto explicaría por qué en los países del norte del continente, donde la radiación ultravioleta es menor, habría existido una mayor presión selectiva a favor de los individuos que pudiesen consumir leche y, con ella, el calcio y la vitamina D que ésta contiene.

Esta posibilidad se probó con individuos del yacimiento del Portalón, en Atapuerca (Burgos). Allí se recogió ADN de ocho individuos de hace 3.800 años que se dedicaban al pastoreo y, se supone, incluirían derivados lácteos en su dieta, pero ninguno de ellos tenía la variante genética que permite beber leche.

En principio, como recuerda Thomas, el resultado no es sorprendente. En España, y en otras regiones donde apareció la tolerancia a la lactosa de manera independiente, como África Occidental, la radiación solar es suficiente para que los humanos produzcan la vitamina D que necesitan. En esos casos, la presión selectiva debió ser distinta.

“Cuando estudiamos a aquellos individuos de una época en la que podían llevar varios miles de años trabajando con animales domesticados y utilizando lácteos, cabría pensar que ya serían tolerantes a la lactosa, pero no lo eran”, dice José Miguel Carretero, investigador de la Universidad de Burgos y miembro del equipo de Atapuerca. Sin embargo, la tolerancia a la lactosa de los españoles es del 40%, y se ha comprobado que se produjo en el mismo territorio, y que no se debe a la llegada de poblaciones del norte. En ese caso, Carretero menciona que “la hambruna podría ser el factor que favoreció una selección natural más rápida y más fuerte” para llegar a tanta gente en tan poco tiempo.

Para averiguar cuál fue el momento en que se produjo el cambio y dónde, Thomas señala que será necesario hacer más análisis de ADN antiguo por todo el continente para tener una imagen amplia de los cambios en el espacio y el tiempo. La información se podrá utilizar para reconstruir la historia del neolítico en Europa, y explicar cómo acabó el dominio de las tribus nómadas que se dedicaban a cazar y recolectar lo que la naturaleza ponía a su alcance para dejar sitio a pueblos que dejaron de vagar para trabajar la Tierra, pastorear animales y sufrir y gozar de la civilización.

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[*Drog}– La Naturaleza y el drogamor

16-09-2015

Carlos M. Padrón

En realidad, del artículo que copio abajo no me convence que los resultados de un estudio hecho con los pinzones cebra, que son aves, sean aplicables a humanos, pero no deja de llamar mi atención que tales resultados concluyan —como ya dijo antes Helen Fischer— que los emparejamientos por drogamor son un recurso de la Naturaleza para «garantizar que, durante la larga fase de dependencia de los hijos, éstos obtendrán el apoyo de sus padres».

O sea, que, como ya he dicho aquí varias veces, se demuestra una vez más que a la Naturaleza no le interesa nuestra felicidad, sino perpetuar la especie humana.

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14/09/2015

Pilar Quijada

¿Por qué la evolución ha favorecido el emparejamiento por amor?

Aunque pueda sorprendernos, la idea de emparejarse por amor es un “invento” relativamente reciente, al menos en nuestra especie.

Hoy nos parece normal, pero en el pasado muchos matrimonios se hacían por conveniencia, como explica la historiadora Stephanie Coontz en su libro «Historia del matrimonio». Surgido inicialmente como un contrato o alianza entre grupos (clanes, familias y linajes), más que entre una pareja, la «revolucionaria» idea de casarse por amor no se impuso hasta el siglo XVIII.

Sin embargo, hoy en día, los humanos somos extremadamente exigentes cuando se trata de emparejarnos. Una exigencia que ha ido “in crescendo” a medida que las mujeres han adquirido independencia económica para rechazar casarse si no encuentran un compañero adecuado, o para dejar a su pareja cuando se sienten infelices, resaltaba Coontz en una entrevista concedida a ABC en 2006.

¿Pero cuál es el punto de vista evolutivo sobre este tema? Un estudio que se publica en la revista PLoS Biology podría tener la respuesta.

Investigadores del Instituto Max Planck de Ornitología, de Alemania han ideado un elegante diseño experimental para aclarar esta peliaguda cuestión de la elección de pareja, a la que dedicamos gran cantidad de tiempo en la fase previa del cortejo, que incluye ilusiones y también frustraciones.

Y para ello han utilizado a pinzones cebra, también conocido como diamante mandarín, unos pájaros australianos que ya se han prestado en otras ocasiones a estudios sobre la fidelidad. Aprovechando las similitudes de estas aves con nuestra especie, en el cortejo, la monogamia y el cuidado de las crías, los investigadores establecieron una sesión de «citas rápidas», dejando a grupos de 20 hembras elegir libremente entre 20 pinzones macho.

Una vez que las aves se habían emparejado, a la mitad de las parejas se les permitió una vida de felicidad conyugal. Sin embargo, la otra mitad tuvo peor suerte. Como una reminiscencia de lo que ocurría en el pasado con los matrimonios humanos, los investigadores separaron a la feliz pareja y obligaron a cada integrante a unirse con otro compañero distinto del elegido.

Tanto a las parejas felices como a las de “conveniencia” (de los investigadores, en este caso) las dejaron criar libremente y evaluaron su comportamiento mediante el número de los embriones y pollos muertos así como hijos supervivientes.

Sorprendentemente, el número final de pollos supervivientes fue un 37% mayor en el caso de las aves que se habían emparejado “por amor” que en las parejas impuestas. Los nidos de parejas formadas sin posibilidad de elección tenían casi tres veces más huevos no fecundados que las de las de libre elección, y un mayor número de huevos fueron escondidos o se perdieron.

También murieron muchos más pollos de estas parejas después de la eclosión. La mayoría de las muertes ocurrieron dentro de las primeras 48 horas, un período crítico durante el cual los padres obligados a emparejarse eran notablemente menos diligente en sus deberes con las crías que los de las parejas felices.

Pero, por lo que parece, la cosa venía de atrás. El noviazgo de ambos tipos de parejas —felices y obligadas— mostró algunas diferencias notables. En primer lugar, aunque los machos de las parejas obligadas prestaban la misma atención a sus compañeras que los de las parejas felices, las hembras eran mucho menos receptiva a sus iniciativas y tendían a aparearse con menos frecuencia.

Además, al analizar la armonía de las parejas, los investigadores vieron que las que no tuvieron elección eran en general mucho menos “tiernas” que las felices. También registraron un mayor nivel de la infidelidad en las aves de las parejas obligadas.

Los investigadores concluyen que las aves varían bastante en sus gustos y eligen compañeros que encuentran estimulantes de alguna manera que no es necesariamente obvia para un observador externo. La elección hace que las hembras de pinzón tengan mayor probabilidad de éxito en la cópula, y promueve el compromiso paterno durante el tiempo necesario para criar a la nidada. En conjunto, esto maximizaría la probabilidad de que la pareja perpetúe sus genes a través de una descendencia próspera.

¿Suena familiar?

Es probable que el juego de la seducción en nuestra especie tenga una finalidad parecida para garantizar que durante la larga fase de dependencia de los hijos obtendrán el apoyo de sus padres.

De hecho, los resultados de estos autores son coherentes con algunos estudios sobre las diferencias entre matrimonios basados en el amor y los llevados a cabo por conveniencia en la sociedad humana.

De ahí que dediquemos tanto tiempo y esfuerzo a la fase previa de cortejo, pese a que en algunos casos obtengamos frustraciones.

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[*Opino}– De las nuevas tecnologías, como el Wi-Fi, y los supuestos daños que causan a la salud

14-09-2015

Carlos M. Padrón

Los dos artículos que copio abajo son contradictorios.

El primero, publicado el pasado 20 de enero, dice que el Wi-Fi, una de las más nuevas tecnologías, es totalmente inofensivo, y expone pruebas que parecen demostrarlo así.

El segundo, en cambio, publicado el pasado sábado, día 12, asegura lo contrario, y habla de enfermedades causadas por las nuevas tecnologías y que ya han sido reconocidas por la OMS.

Me temo que en esto se quiere pescar en río revuelto, y parece que ya alguien lo consiguió porque ganó el pleito que presentó a la empresa en la que trabajaba acusándola de haberse enfermedad por causa del Wi-Fi.

Si en realidad éste hace daño, me queda poca vida porque la mayor parte del día me la paso frente a un router Wi-Fi activo, que nunca apago, y, además, llevo colgado al cuello —como el perro San Bernardo lleva el barrilito que lo ha hecho famoso— y conectado al Wi-Fi mi smartphone. Aunque hay quienes dicen que es peligroso llevarlo cerca del corazón, para mí lo peligroso es llevarlo por debajo de la cintura, pues tal vez las vibraciones que, si lo llevo ahí, me causa en la pelvis no sean malas para la salud, pero son insoportables.

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20/01/2015

Judith de Jorge

«El Wi-Fi supone tanto peligro como un caracol en una autopista: ¡Ninguno!»

¿Recuerda cuando se decía que los microondas podían perjudicar la salud?

Hubo un tiempo en el que temíamos calentar la comida en ese nuevo electrodoméstico por el temor de sacar de ahí un plato «atómico» además de recalentado. Superadas las primeras inquietudes, hemos aceptado el calentamiento por rozamiento como parte de nuestra vida cotidiana, sin prestarle más atención que la de no pasarnos con los minutos.

Ahora, son otro tipo de ondas las que nos traen de cabeza. La idea de que la telefonía celular, o el Wi-Fi, pueden perjudicar la salud está muy extendida, hasta el punto de que existen peticiones para eliminar las redes inalámbricas de los colegios y evitar la exposición en los más pequeños, y otros acusan a las antenas de estar enfermos o padecer cáncer. En algunos casos incluso han conseguido que las retiren.

¿Hay realmente un fundamento serio para temer al Wi-Fi, o nos encontramos con un nuevo «caso microondas»?

Para un equipo de doctores en Física de la Facultad de Medicina y la de Escuela Superior de Ingeniería Informática de la Universidad de Casilla-La Mancha (UCLM), la «antenafobia» no tiene ningún sentido. Ellos están convencidos: Estas nuevas tecnologías son inocuas para la salud.

Durante cuatro años, los investigadores midieron en Albacete la exposición de 75 personas a estas ondas en 14 bandas de frecuencia, FM, TETRA, TV y las seis bandas de telefonía celular, Wi-Fi,, el inalámbrico (DECT), etc.

Los voluntarios portaban sus medidores exposímetros con una sensibilidad de 0,000000066 W/m2, el más preciso del mercado, durante todo el día y hacían vida normal, anotando por dónde iban. También llevaban encima un GPS con el que después eran situados en un mapa.

En total, se realizaron 8.640 registros por voluntario, y se obtuvieron 13 millones de datos.

Según los resultados, en promedio por banda de frecuencia, la radiación media recibida «es la equivalente a la que recibiríamos de una bombilla de 100 W colocada a 1 km de distancia de nosotros», es decir, algo insignificante. Por ejemplo, la radiación media más alta es la de una vieja conocida, la FM, con la que llevamos conviviendo cien años, y es 0,0001 W/m2, mil veces por debajo del límite legal.

Las radiaciones de las diferentes bandas de telefonía pueden ir de 0,00004 W/m2 a 0,00001304 W/m2, o aún más bajas. Los valores máximos tampoco superaron los límites legales en ningún momento, y en ninguna banda. El 90% de los registros se encontraban entre 500 y 10.000 veces por debajo del límite legal.

«No apago el Wi-Fi»

«La radiación por radiofrecuencia puede compararse a un caracol en una autovía: nunca hará saltar ningún radar porque su velocidad es la diezmilésima parte de la máxima permitida», afirma el físico Enrique Arribas Garde, director del grupo de investigación de ondas de RF de la UCLM.

Según explica, el estudio puede extrapolarse perfectamente a una gran ciudad como Madrid con los mismos resultados, pues la densidad de antenas está relaciona con la densidad de población. E insiste: «No hay ningún estudio que correlacione la radiofrecuencia con el cáncer. Yo en mi casa no apago el Wi-Fi, ni con niños ni ahora con mi nieta. Con eso lo digo todo».

A su juicio, «hay un interés en decir que el Wi-Fi es dañino para vender falsas curaciones. A eso se suma que la ignorancia es muy atrevida. En su día, el tren también era una máquina diabólica». Y recuerda: «El mando a distancia de la tele es 10.000 veces más potente que las ondas de radiofrecuencia, y a nadie parece preocuparle».

Precisamente, el estudio nació después de que un movimiento antiantenas de Albacete lograra retirar una acusándola de ser la responsable de algunos casos de cáncer. Pero los números de sus mediciones, como dice Alberto Nájera, principal investigador, hablan por sí solos.

A ese respecto, opta por transmitir «total tranquilidad».«La pseudociencia se apodera del dolor de la gente para engañarla y estafarla», advierte. Y añade que se buscan falsos grandes enemigos cuando, por ejemplo, «sí está claro que la contaminación atmosférica y el tabaco causan esas enfermedades».

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12/09/2015

Esther Armora

Las enfermedades de las nuevas tecnologías

La hipersensibilidad electromagnética es un trastorno de base neurológica que sufren determinadas personas que reaccionan ante las radiaciones electromagnéticas no ionizantes como las que emiten los teléfonos celulares o las antenas de telefonía.

Los casos se han disparado en los últimos 15 años, coincidiendo con la generalización del uso de las nuevas tecnologías.

¿Es una enfermedad reconocida por la OMS?

Las autoridades sanitarias mundiales no la reconocen como enfermedad. Un estudio de 2005 de la OMS concluyó que «se caracteriza por una variedad de síntomas específicos que difieren de un individuo a otro». Reconoce, asimismo, que «puede ser un problema incapacitante para la persona afectada».

¿Qué síntomas provoca?

Dolores de cabeza, insomnio, irritabilidad, fatiga, dolor muscular y manifestaciones cutáneas, entre otros síntomas.

La afectación varía según el grado de sensibilidad de las personas hacia estas radiaciones. Los niños y las mujeres son más vulnerables.

Cuando los síntomas prevalecen más de seis meses, se considera que existe el trastorno y no es un episodio puntual.

¿A cuántas personas afecta?

Afecta a una de cada 1.000 personas. En un 5% de los casos, el trastorno es severo. Para estas personas la única solución es la protección total ante estas radiaciones.

¿Existe algún tratamiento?

La única forma de evitar el trastorno es evitando la exposición a las radiaciones. También se utilizan tratamientos para aliviar la sintomatología, como analgésicos, neurobióticos o antioxidantes.

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[*Opino}– Las fotos antiguas, tesoros; las de hoy, epidemia

11-09-2015

Carlos M. Padrón

En el artículo que copio abajo hay dos afirmaciones que comparto plenamente.

  1. Hoy en día nos sacamos tantas fotos sonriendo que la idea de que alguien pueda encontrar auténtica profundidad y poesía en la mayor parte de ellas es absurda.
  2. La «necesidad histérica» que hay hoy de tomarse fotos mostrando alegría.

Durante mi niñez, adolescencia y primeros años de juventud, las fotos tenían un gran valor, tanto en la familia como en lo social, pues, por ejemplo, un muchacho daba cualquier cosa con tal de hacerse con una foto de la muchacha que le gustaba.

Tal vez por esto fue por lo que el primer regalo que me hice en mi vida, a la edad de 19 años, fue una cámara fotográfica marca REGULA IIIa, alemana, que, en un bazar de la Plaza Candelaria, en Santa Cruz de Tenerife, me costó, en oferta, 1.200 pesetas.

Con esa cámara —que don Julián Acevedo, dueño de la tienda de fotografía que había en la calle San José, donde yo revelaba los rollos, me enseñó a usar— pude tomar fotos de las muchachas que me gustaban, de familiares que murieron hace ya muchos años, y de momentos de relevancia en mi vida, tanto en Canarias como en Venezuela.

Son fotos que aún conservo, y muchas de ellas las he publicado en este blog. Para tomarlas bien debí seguir antes un curso de fotografía, pues mi cámara era totalmente manual y, por supuesto, no era digital, y la llevaba conmigo a cualquier evento relevante.

Ahora, sin embargo, hablando en plata, lo de la fotografía se ha puteado. Las cámaras digitales, que hace pocos años causaron furor, han sido reemplazadas por las que tienen todos los celulares, pero cuando sé que iré a algo en lo que quiero tomar fotos, llevo mi cámara digital ya que hasta el momento no he visto ningún celular que tome fotos mejores que mi cámara.

Pero como todo el mundo tiene celular, todo el mundo toma fotos y más fotos de lo que sea y, lo que es peor, las sube a la nube, o las envía por e-mail o por WhatsApp sin siquiera pensar que alguno de sus destinatarios no tenga interés en ellas porque, en los más de los casos, son repetitivas.

Casi la totalidad de esas fotos carecen de valor artístico, no tienen ni profundidad ni poesía, y responden a una necesidad histérica de algo parecido a exhibicionismo, ostentación o narcicismo.

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11 SEP 2015

Jonathan Jones

¿Por qué la gente no sonríe en las fotos antiguas?

Tal y como los usuarios que le hacen esa pregunta a Google han podido comprobar con exactitud, existe una lúgubre ausencia de sonrisas en las primeras fotografías de la historia.

Los retratos fueron uno de los principales atractivos de la fotografía desde su invención. En 1852, por ejemplo, una chica posó para un daguerrotipo con la cabeza ligeramente girada, lanzando al objetivo una mirada firme y segura, y sin sonreír. Así, queda conservada para siempre como una joven de lo más severo.

Esa severidad aparece por doquier en las fotografías victorianas. Charles Darwin, que según todas las fuentes era un hombre afable y un padre cariñoso y bromista, parece congelado en la melancolía en todas sus fotos. En el gran retrato del astrónomo John Frederick William Herschel realizado en 1867 por Julia Margaret, su profunda introspección taciturna y su pelo enmarañado, bañado por la luz, le daban el aire de un rey Lear trágico.

¿Por qué nuestros ancestros, desde los desconocidos que posaban para retratos familiares a los personajes famosos y de renombre, se ponían tan sumamente tristes delante del objetivo?

No hay que observar durante mucho tiempo estas antiguas y solemnes fotografías para ver cuán incompleta está la respuesta aparentemente obvia: que congelan sus caras para poder aguantar los largos tiempos de exposición. En el retrato que Julia Margaret Cameron le hizo a Tennyson, el poeta rumia y sueña, su rostro es la máscara sombreada de un genio. No se trata de una mera extravagancia técnica, sino de una elección estética y emocional.

La gente del pasado no era necesariamente más pesimista que nosotros; las personas no deambulaban por el mundo en un estado de tristeza perpetua, aunque, de haberlo hecho, estarían justificados, al vivir en un mundo con altísimas tasas de mortalidad en comparación con el Occidente actual, con una Medicina del todo deficiente para nuestros estándares.

De hecho, los victorianos se tomaban con humor incluso los aspectos más lúgubres de su sociedad. El libro de Jerome K. Jerome, «Tres hombres en una barca», ofrece una imagen reveladora del sentido del humor victoriano, juguetón e irreverente. Cuando el narrador bebe un trago de agua del río Támesis, sus amigos bromean diciéndole que probablemente pille el cólera.

La broma es fuerte teniendo en cuenta que estaban en 1889, sólo unas décadas después de que dicha enfermedad arrasara Londres. Aunque ahí estaba Chaucer escribiendo !Los cuentos de Canterbury», que aún arrancan carcajadas, en el siglo de la peste negra. O Jane Austen, que encontró cantidad de elementos tronchantes en la época de las guerras napoleónicas.

La risa y el regocijo no sólo eran habituales en el pasado, sino que estaban mucho más institucionalizados que hoy en día: desde los carnavales medievales, donde comunidades enteras disfrutaban con payasadas y extravagancias cómicas desenfrenadas, hasta las imprentas georgianas, donde la gente se reunía para enterarse de los últimos chistes.

Lejos de reprimir los festivales y la diversión, los victorianos, que inventaron la fotografía, también confirieron a la Navidad el carácter de fiesta laica que tiene en la actualidad.

Así las cosas, la seriedad de la gente en las fotografías del siglo XIX no puede ser prueba de una tristeza y depresión generalizada. No se trataba de una sociedad que vivía en una desesperanza perenne. Más bien, la verdadera respuesta tiene que ver con la actitud hacia el retrato en sí.

Las personas que posaban para las primeras fotografías, desde las severas familias de clase media que dejaban constancia de su estatus hasta los famosos captados por el objetivo, las concebían como un momento significativo. La fotografía aún era muy poco corriente, y hacerse una foto no era algo que ocurriera todos los días. Para mucha gente, podía tratarse de una experiencia única en la vida.

Posar para la cámara, en otras palabras, no era muy distinto de hacerlo para un cuadro. Era más barato, más rápido (a pesar de los largos tiempos de exposición) y significaba que unas personas que nunca habían tenido la oportunidad de ser pintadas, ahora podían hacerse un retrato; pero, al parecer, la gente se lo tomaba con la misma seriedad que se reservaba a los cuadros. Aquello no era una “instantánea”. Al igual que los cuadros, la fotografía se concebía como el registro atemporal de una persona.

Los retratos al óleo tampoco están plagados de sonrisas. Las obras de Rembrandt serían muy distintas si todo el mundo estuviera sonriendo. De hecho, rezuman conciencia de la mortalidad y del misterio de la existencia, que no son precisamente motivos para reírse. Desde la mirada rojiza del papa Inocencio X retratado por Velázquez a la Violante de Tiziano, y su seriedad íntima, son contados los retratos con caras sonrientes que encontramos en los museos.

La excepción más famosa es, claro está, la Mona Lisa, y Leonardo da Vinci se esforzó durante años para que esa sonrisa “funcionase”. Sus coetáneos se sorprendieron al ver un retrato sonriente. En el siglo XVIII, los artistas pintaban a personas risueñas —el escultor Houdon incluso dio a la estatua de mármol de Voltaire una sonrisa— para captar la nueva actitud, sociable y alegre, de la Ilustración.

No obstante, en líneas generales, la melancolía y la introspección dominan el retrato al óleo, y esa sensación de la seriedad de la vida pasó de la pintura a los albores de la fotografía.

De hecho, la pregunta podría reformularse: ¿por qué las fotografías antiguas son mucho más conmovedoras que las modernas?

Lo cierto es que la grandeza existencial de los retratos tradicionales, la gravedad de Rembrandt, aún sobrevive en la fotografía victoriana. Hoy en día nos sacamos tantas fotos sonriendo que la idea de que alguien pueda encontrar auténtica profundidad y poesía en la mayor parte de ellas es absurda. Las fotos representan la sociabilidad: queremos transmitir que somos gente sociable y feliz. Así que sonreímos, nos reímos y hacemos el tonto en selfis infinitos, infinitamente compartidos.

Un selfi risueño es la antítesis de un retrato solemne, una mera representación momentánea de la felicidad. No tiene ninguna profundidad, y, por ende, ningún valor artístico. Como documento humano resulta inquietantemente desechable. (De hecho, ni siquiera es lo bastante sólido como para hacer una bolita: basta con pulsar “borrar”).

¡Qué hermosas y cautivadoras son las fotografías antiguas en comparación con nuestros ridículos selfis! Probablemente aquella gente seria se divertía tanto como nosotros, si no más, pero no tenían la necesidad histérica de demostrarlo con fotos. Al contrario, cuando posaban para una fotografía pensaban en el tiempo, la muerte y la memoria.

La presencia de esas realidades solemnes en las fotografías del pasado las hace mucho más valiosas que las instantáneas con una felicidad tonta colgadas en Instagram. A lo mejor, nosotros también deberíamos dejar de sonreír a veces.

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[*FP}– En California y Canarias, este verano de 2015

05-09-2015

Carlos M. Padrón

Chepina y yo fuimos para Canarias el pasado agosto, después de asistir en Carmel (California, USA) a la boda de mi hija Elena. Una ceremonia muy distinta a las que he visto en otros lados y, en particular, muy emotiva.

En esta foto, previa al momento de la entrega que el padre hace de su hija, ya Elena iba llorando, y yo estaba cerca de hacer lo mismo.


Pero, pasado ese trance, ya todo fue mejor, como lo muestra esta foto:

Además, como allí me dijeron que me parezco a Robert Wagner, me dejaron dudando sobre si continuar vuelo a Canarias o irme a Hollywood.

(En las fotos que siguen, nombro siempre de izquierda a derecha a las personas que en ellas aparecen)

Como de costumbre, en el aeropuerto de Los Rodeos, o Tenerife Norte, nos esperaban varios amigos, con algunos de los cuales nos reuniríamos luego en El Paso.

Gilberto Cruz, Juan Enrique Brito, Carlos M. Padrón, Carmen Josefina (Chepina) Pernía de Padrón (en adelante sólo Chepina), y Wifredo Ramos

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El Paso estaba de fiesta, y muy engalanado por la celebración de la Bajada de la Virgen del Pino.

La torre de la Iglesia Nueva y, al fondo, la acostumbrada brisa, que, misteriosamente, no sopla cuando Chepina está en el pueblo. Son siete ya las veces que esto ha ocurrido, algo fuera de toda probabilidad

Pero en este viaje a Canarias nos animaban motivos diferentes al de disfrutar de la romería asociada a esa festividad (para la que el amigo Wifredo Ramos, cronista oficial de El Paso, preparó estos APUNTES porque no pudo asistir), a la cual, sin embargo, asistimos, pero no caminando un largo trecho acompañando a la imagen en su bajada desde el monte al centro del pueblo, como hemos hecho otras veces, sino esperándola en puntos clave en los que suelen hacerse danzas en su honor, y luego a que pasara frente a la casa en que, con un numeroso grupo de amigos y conocidos, aguardábamos haciendo el «sacrificio» de comer y beber (vino, y del tinto, claro está).

Pepe López, el dueño de la casa y amable anfitrión

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Al igual que ya hiciera en la romería de 2009, este año 2015, Chepina se vistió de «maga», o sea, que vistió el traje típico de La Palma, lo que en la romería lucen muchos —hombres y mujeres— de los que en ella participan.

El factor común a todo lo que sigue es la compañía de amigos, excelentes personas con las que me une una amistad de, en algunos casos, más de 70 años. Y el departir con ellos es, sin duda, lo mejor que de estos viajes obtengo.

Además de la presentación pública de mi novela, de la que ya colgué en el blog el muy bien documentado artículo titulado «De la presentación oficial de mi novela ‘Aquel futuro de mil caminos’», los más de los días, entre 09:00 y 09:30 de la mañana salíamos a caminar por entre los pinares de El Riachuelo, disfrutando del silencio «atronador» y del aire límpido, perfumado y fresco.

Detrás: Carlos M. Padrón, José María Brito, Laura de Brito, Francisco Lorenzo, Javier Simón, e Isabel de Simón.
Delante: Chepina, y Fidel González.

Luego, sobre las 11 de la mañana, nos reuníamos en un bar ubicado en El Paso downtown 🙂 , y allí, frente a cafés (algunos con leche condensada, porque saben mejor) y refrescantes «cañas» (cerveza de sifón), arreglábamos el mundo y, sobre todo, establecíamos las «coordenadas» (lugar, fecha y hora) de la próxima comilona.

Si digo comilona es porque, normalmente, cuando no estoy con amigos, como apenas un tercio de lo que como en esas «gastroreuniones» con ellos. La de asistencia más numerosa fue la celebrada en homenaje a nosotros, en la que éramos 14 comensales, parte de los cuales aparecen en las fotos que siguen.

Pido disculpas a Álvaro Taño, Javier Simón y señora, porque, aunque asistieron, no aparecen en ninguna. Pude tomar más, pero para ello habría tenido yo que salir del sitio en que me senté, lo cual no era fácil.

Juan Enrique Brito, Manuel Ángel Yanes, Oswaldo Izquierdo, Rosa Margot de Izquierdo, Chepina, Carlos M. Padrón, y Laura de Brito

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Carlos M. Padrón, Laura de Brito, Berta Nola de Martín, José Antonio Martín, y José María Brito

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José Antonio Martín, José María Brito, y Francisco Lorenzo

Otras comilonas fueron en familia, en la casa de algún amigo, donde, por supuesto, se come más porque el anfitrión no cesa en su samaritano empeño de que probemos esto, lo otro y lo de más allá. Son las ocasiones en las que un puro palmero me ayuda con la digestión y la hiperventilación que me aqueja cuando a nivel del mar hace calor.

Mario Rigoberto Rodríguez, Eyilda de Rodríguez, y Carlos M. Padrón

Tampoco faltó la celebración del 59° aniversario de la odisea que en una excursión a La Caldera de Taburiente vivimos cuatro amigos —Ángel Díaz (Lelo), Wifredo, Gilberto y yo— el 06 de julio de 1956. Pero, a diferencia de otros años, en éste no pudo unírsenos Wifredo porque vive en Tenerife y allá está esperando estrenarse como abuelo. Sin embargo, celebramos Lelo, Gilberto y yo.

Gilberto Cruz (que con su mano derecha da a entender que falta Wifredo, «El hombre chiquito», como Gilberto lo llama), Ángel Díaz (Lelo), y Carlos M. Padrón

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Gilberto Cruz, Carlos M. Padrón, Chepina, y Ángel Díaz (Lelo)

Ni tampoco faltaron los paseos a los que ya nos ha acostumbrado el amigo Roberto González que se ha constituido en el guía-instructor oficial de Chepina —y a veces también mío— en La Palma y Tenerife.

Fuencaliente (La Palma). Las Salinas

Chepina, y Roberto González

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Fuencaliente (La Palma). Caserío costero

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La Laguna (Tenerife). El Camino Largo

Chepina, y Roberto González

Ya de regreso en Venezuela necesitamos unas vacaciones, pues el ajetreo fue de campeonato porque, por ejemplo, en avión hicimos 14 vuelos, a saber:

1: Caracas – Santo Domingo (República Dominicana)
2: Santo Domingo – New York
3: New York – Salt Lake City
4. Salt Lake City – San José (California)
5: San José – Salt Lake City
6: Salt Lake City – Atlanta
7: Atlanta – Santo Domingo
8: Santo Domingo – Madrid
9: Madrid – Tenerife
10: Tenerife – La Palma
11:  La Palma – Tenerife
12:  Tenerife – Madrid
13: Madrid – Santo Domingo
14:  Santo Domingo – Caracas
Que en total suman 17.318 millas, o 27.870 kilómetros.

Estamos cansados, pero, sin duda, valió la pena. Gracias, unavez más, a todos esos buenos amigos por la compañía, el soporte y los buenos momentos que nos depararon.

[*Opino}– Los niños de campo y las alergias, o descubrir el agua tibia

04-09-15

Carlos M. Padrón

En el Paso, mi pueblo natal, donde en mis tiempos de muchacho el 99% de las casas tenían vaca, caballo o mulo, cochino, cabras, conejos, gallinas, gatos, perros, etc., los niños andábamos entre excrementos de esos animales.

Lidiábamos con él de forma casual, pisándolo o cayendo sobre él mientras corríamos, o de forma deliberada, como extrayéndolo a mano limpia de los corrales para acumularlo en un estercolero donde fermentaba y se convertía en excelente fertilizante para las plantas de maíz, papas, coles, etc., que también había en ese mismo porcentaje de casas.

Se podría decir que entonces no se sabía tanto de alergias, pero, que yo recuerde, sólo conocí dos personas, y adultas, que padecían una enfermedad que posiblemente era alergia. No recuerdo ningún niño con esas afecciones.

La extrema asepsia en que ahora se cría a los niños no es saludable porque, para empezar, no es natural. El no toques esto, lávate a cada rato, no te acerques a los animales, etc. es un error.

En mi casa vi siempre un peral, que aún existe y que da unas peras formidables que a mí me gustaban mucho… y que también gustaban a mi caballo blanco. Cuando éste me veía comiendo una, me miraba desconsolado y esperanzado de que ocurriera lo que luego ocurría: que yo, una vez que terminaba de comer la pulpa de la pera, sostenía en mis labios un extremo de la parte donde se esconden sus semillas, acercaba mi cara al caballo, y éste, con toda delicadeza, proyectaba hacia adelante sus gruesos labios y tomaba de los míos el resto de pera que tanto le gustaba.

Por supuesto, en esta maniobra era inevitable el roce de nuestros labios, algo que nunca me causó problema, aunque ignoro si afectó la salud del caballo.

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04/09/2015

Descubren por qué los niños de campo están más protegidos frente a las alergias

La exposición regular a las partículas de bacterias y al polvo de granja desencadena las respuestas inmunes inflamatorias y protege a los niños contra las alergias porque, según sugiere un nuevo estudio realizado en ratones.

El trabajo, publicado en «Science», implica a una enzima antiinflamatoria en particular, A20, en este efecto protector.

Aunque siguen sin estar claros los aspectos de cómo se desarrollan las alergias, los científicos saben que están impulsadas no sólo por los genes, sino también por el ambiente. Los hogares con animales domésticos, así como las explotaciones lecheras —donde los niños respiran polvo que contiene altas dosis de partículas de hongos y bacterias derivadas del establo y el componente bacteriano endotoxina—, protegen contra las alergias, como sugieren estudios recientes, pero no se sabe cómo.

Ahora, el equipo de Martijn J. Schuijs y Hamida Hammad, del VIB Inflammation Research Center (Bélgica), aporta nuevos datos sobre este misterio.

Los expertos expusieron a ratones a la endotoxina cada dos días durante dos semanas, y después les pusieron ante ácaros de polvo doméstico desencadenantes de alergia, que a menudo causan asma en las personas, y vieron que los roedores que habían sido expuestos regularmente a la endotoxina no desarrollaron características alérgicas, mientras que los de control sí que las padecieron.

La exposición a la endotoxina parece que protegió a los ratones al aplastar la capacidad de las células epiteliales del pulmón de los animales de generar moléculas proinflamatorias, aunque este efecto protector solo funcionó en presencia de una copia sana de la enzima A20.

Además de la relación causal, los científicos descubrieron el mecanismo que está detrás de esto: el polvo agrícola hace que la membrana mucosa interior de las vías respiratorias reaccione con menos severidad a los alérgenos, como los ácaros del polvo doméstico.

Explica Hamida Hammad que dicho «efecto se crea por la proteína A20, que se produce cuando el cuerpo entra en contacto con polvo de granja. Cuando inactivamos la proteína A20 en la membrana mucosa de los pulmones, el polvo ya no es capaz de reducir la reacción alérgica o asmática».

Cuando analizaron estos hallazgos en pacientes, los resultados mostraron que las personas que sufren de alergias y asma tienen una deficiencia en la proteína protectora A20 proteína protectora, lo que explica por qué reaccionan a los alérgenos tan severamente.

«Cuando analizamos a 2.000 niños que viven en granjas vimos que la mayoría de ellos están protegidos frente a las alergias, y los que no están protegidos y desarrollan alergia tienen una variante genética del gen A20», explica Bart Lambrecht.

Las conclusiones abren varias posibilidades para la investigación futura. Por el momento, los investigadores están tratando de identificar la sustancia activa del polvo de la granja que es responsable de proporcionar protección. Una vez que se haya sido identificado, el desarrollo de un medicamento preventivo contra el asma puede ser el siguiente paso.

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[*Opino}– Excelente reflexión que, en mi caso, confirma que ‘Mi reino no es [ya] de este mundo’

15-08-2015

Carlos M. Padrón

Estoy totalmente de acuerdo, y me siento totalmente identificado con lo que se dice en la lista que copio abajo.

Lo de mariconófobo lo puse yo, pues eso de «homófobo», además de ser una construcción gramatical deliberadamente destinada a confundir —aunque, por supuesto, políticamente correcta— es un eufemismo que me cae muy mal, como igual de mal me caería «gayófobo» ya que no veo motivo para recurrir a «rebusques» habiendo en nuestro idioma una palabra muy precisa y específica para quienes, por el motivo que sea, son varones homosexuales.

Y es que, a la lista de los defectos que siguen, debo añadir que me gusta lo de «Al pan, pan, y al vino, vino».

Por esto he dicho ya en este blog que el que hoy en día me llamen fascista, machista u homófobo, es para mí un piropo, —aunque lo de machista es algo que echo de menos en la lista que sigue—, y por eso suelo decir, pidiendo antes perdón por el virtual irrespeto, que «Mi reino no es de este mundo».

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July 30, 2015

He aquí una breve reseña de mi reputación.

En los últimos tiempos mi vida se ha complicado, por lo que agradezco que aún cuente yo con amigos que todavía se atreven a relacionarse conmigo… a pesar de todos estos mis defectos:

  • Nací blanco, lo que hace de mi un racista.
  • Yo no voto a la izquierda, lo que hace de mi un fascista.
  • Soy heterosexual, lo que hace de mí un homófobo [o sea, mariconófobo].
  • No soy de ningún sindicato, lo cual hace de mí un traidor a la clase obrera y un aliado de las grandes empresas.
  • Yo soy cristiano, lo que hace de mí un perro infiel.
  • Soy mayor de 60 años y estoy jubilado, lo que hace de mí un viejo estúpido.
  • Yo reflexiono, sin creerme todo lo que la prensa me dice, lo que me hace un reaccionario.
  • Yo valoro mi identidad y mi cultura, lo que hace de mí un xenófobo.
  • Me gustaría vivir con seguridad y ver a los delincuentes en la cárcel, lo que hace de mí un miembro de la Gestapo.
  • Creo que cada uno debería ser recompensado según sus méritos, lo que hace de mí un antisocial.
  • He sido severamente educado, y se lo agradezco a mis padres, lo cual hace de mí un verdugo de niños que se opone al bienestar de éstos.
  • Yo creo que la defensa de mi país es cosa de todos los ciudadanos, lo cual hace de mi un militarista.

Al menos somos tres lo que estamos de acuerdo con esto: Adolfo Blanco (el amigo que me ha enviado el mensaje), el que lo escribió, y yo.

Fuente

Cortesía de Adolfo Blanco