1997
Puesto ante la necesidad de tomar una de entre varias posibles decisiones, me ayuda mucho basarme en la que resulte ganadora por beneficios en la prueba de la doble pregunta: ¿Qué tanto y a quién beneficia? y ¿Qué tanto y a quién perjudica?
Temas relativos a mi vida en general, o sea, de corte biográfico, o relativos a la vida de mis familiares.
1997
Puesto ante la necesidad de tomar una de entre varias posibles decisiones, me ayuda mucho basarme en la que resulte ganadora por beneficios en la prueba de la doble pregunta: ¿Qué tanto y a quién beneficia? y ¿Qué tanto y a quién perjudica?
21.03.08
Carlos M. Padrón
Para iniciar el tour —para mí, zafari— a Barú, a las 08:00 de la mañana del domingo 16/03 nos recogió en el hotel un vehículo llamado “chiva” que es un autobús muy ancho, con asientos en filas transversales abiertas por sólo el costado derecho, y decorado con abalorios de todo tipo (espejitos, tablitas multicolores, cueros repujados, figuras de santos, y otros detalles igualmente cursis e inútiles),


Apenas subir a la chiva fuimos acosados por los buhoneros que vendían lentes (gafas) de sol, gorras “de hasta 8 funciones”, collares, sortijas, etc., y que no paraban de hablar exponiendo las bondades de sus mercancías.
Para el momento, ya mis aprensiones habían aflorado, y empeoraron cuando en la segunda parada luego de salir de nuestro hotel escuchamos como Ingrid, nuestra guía para ese tour, mientras hablaba por radio, con no sé quién, dijo: “Sí, ya el Sr. Padrón y la Sra. Chepina están en la chiva”.
“¿Qué diablos está pasando aquí? —me pregunté con renovada suspicacia—. ¿A quién carajo le importa si ya estamos o no en este carromato?”
Cuando la chiva completó su periplo por no sé cuantos hoteles hasta que todos los puestos estuvieron ocupados, nos dejó en el puerto de Cartagena donde abordamos una lancha de dos motores fuera de borda y con capacidad para unos 60 pasajeros.

Nuestra lancha era de este tipo.
.
Al abordar, nos obligaron a ponernos chalecos salvavidas,

La incipiente sonrisa por la proximidad a la meta que se divisa allá en el horizonte.
.

La resignación.
Y una vez recibido el permiso oficial, la lancha partió a full chola (toda pastilla) hacia la Isla del Encanto, un lugar netamente turístico al estilo moderno, que de isla no tiene nada, pues está donde termina la línea roja que parte desde la Bahía de Cartagena y que indica nuestro recorrido de ida. (En el de regresó entró por Bocachica, el estrecho junto al número 66).

Durante el trayecto, que tomó una hora, Ingrid —bilingüe y bien preparada— recitó su letanía, y yo, como siempre desde hace muchos años, volví a sentir lástima por quienes ejercen este trabajito que les obliga a repetir cada día la misma cantaleta, con los mismos chistes, advertencias, etc.

Ingrid impartiendo instrucciones.
Lo último que a Chepina le habían dicho era que Mariela vendría desde Barú a reunirse con nosotros en Isla del Encanto, así que al llegar a ese lugar tomamos asiento y nos pusimos a esperar la llegada de Mariela.

Terminal turístico de Isla del Encanto visto desde el mar.
De pronto alguien dijo: “Al Sr. Padrón y a la Sra. Chepina los buscan los de lancha que está en el muelle”, y al mirar hacia el muelle vimos una pequeña lancha con motor fuera de borda y dos hombres dentro de ella.
Al entusiasta “¡Vamos!”, que de inmediato me espetó Chepina, respondí, más suspicaz aún, que lo de la tal lancha no estaba en el programa, que ésta había salido de la nada, y que por qué teníamos que montarnos en una lancha cuyos ocupantes eran unos desconocidos que igual podrían ser de las FARC.
Pero Chepina se mostró muy confiada, y yo, víctima de la pesadez y lentitud de reflejos de la condición climática que me pone apático e incapaz de reaccionar normalmente, acepté, subí a la lanchita y nos sentamos en la tabla transversal del centro teniendo a nuestra espalda al piloto, y de frente a un hombre gordo con cara de pocos amigos.
La lanchita arrancó a full chola hacia mar abierto, y de pronto dobló a la izquierda, atravesó un estrecho paso entre macizos de manglares, se adentró en una laguna, y en menos de 5 minutos (tal vez menos, pero el susto hizo que me parecieran más) de haber salido de Isla del Encanto, llegamos a Barú, que desde el mar se vimos así:

Cuando, para mi tranquilidad, pusimos pie en “el muelle internacional de Barú”,

“Muelle internacional” de Barú.
.
uno de los dos hombres le dijo a gritos a una niña que estaba en tierra firme que nos llevara donde Mariela —personaje que, como supimos luego, es como un ícono en esa zona, más que conocido de todos y responsable de los hechos que me pusieron suspicaz—, así que seguimos a la niña hasta que entramos en “downtown Barú” y poco después en la “Barú main street”.

Barú main street, con su “alta congestión” de tráfico automotor, como en todo el poblado,… en el que sólo hay alguna que otra moto.
Y allí, bajo uno de los árboles, esperaba la tan buscada Mariela.
El abrazo entre ella y Chepina fue del tipo que cabe esperar después de 22 años sin verse.

Y Juanchito, el hijo de Mariela, quien lucía así cuando de pequeño vivió en casa de Chepina,

y que había expresado serias dudas acerca de que ésta fuera a Barú, al fin lo creyó cuando la vio allí y pudo abrazarla.

y posar luego a su lado para esta foto,

Y aquí, Chepina junto a Juancho, el marido de Mariela y padre de Juanchito,

Luego de todos los abrazos y presentaciones, otra foto con pose:

El almuerzo, a base de pescado fresco, fue en casa de Mariela y con bastantes vecinos congregados en el terraplén frente a esa casa, y en el exterior de las casas vecinas, atraídos, supongo, por la novedad de nuestra visita.

Camino hacia el “muelle internacional de Barú”, y muy cerca de éste, un niño almorzaba feliz sentado a horcajadas sobre el mostrador de un “restaurante 5 estrellas” que anuncia su menú en un gran cartel. Y cuando una niña que estaba dentro del local se percató de que yo iba a tomarle una foto al niño, vino corriendo y se colocó junto a él.

A las 02:45 de la tarde abordamos, en el “muelle internacional de Barú”, esta lancha,

que, junto con Mariela, Juancho y Juanchito, nos llevó hasta Isla del Encanto desde donde a las 03:33 partimos, con mar picada y grandes saltos de la lancha, hacia la bahía de Cartagena, a la que llegamos, sanos y salvos —yo no lo podía creer— a las 04:30.
El domingo 16 de marzo de 2008 será recordado en los anales de la “metrópolis” de Barú como —parodiando a Woody Allen— “El día en que Chepina reencontró a Mariela”, y los baruleros (que éste es su gentilicio) recordarán también que Chepina llegó acompañada de un extraterrestre rubio y medio loco, pues sólo ese origen y condición puede tener —pensarán ellos— alguien que va al hirviente Barú vistiendo camiseta bajo una camisa de manga larga, pantalón de jean, y calzando sneakers (tenis) con medias gruesas y de caña alta hasta justo debajo de la rodilla.

Dejando de lado el sarcasmo, debo reconocer que la visita a Barú fue para mí como un viaje en el tiempo hacia una comunidad afroamericana de corte tribal que está a menos de 5 minutos en lancha desde un centro turístico del siglo XXI, y en la que todos parecen ser parientes en algún grado, y, por lo que vi, viven en paz y gracia de Dios, tienen abiertas siempre sus casas, y llevan una vida frugal con un mínimo de ropa y cero calzado, pues todos, tanto niños como adultos, andan descalzos.
El altruismo de esta gente tiene en Mariela un claro exponente, pues cuando hace años una de las mujeres del pueblo, que ni siquiera era pariente de Mariela, dio a luz a una niña, tuvo problemas después del parto, y al saber que iba a morir le pidió a Mariela que cuidara de su niñita recién nacida.
Al morir la madre, Mariela —y no para liberarse de ninguna responsabilidad sino para cumplir con una— buscó al padre de la criatura y le preguntó qué se haría con la niña. El hombre contestó que él no la quería, que Mariela y Juancho la registraran como suya, y se la quedaran.
Y así se hizo, sin mayor preocupación, estoy seguro, acerca de cómo o con qué recursos criarían ellos a esa niña. Pero Nathalie, que así se llama, tiene hoy 9 años y es el amor de Juancho que anda con el seso sorbido por esa niñita, que aparece en esta foto junto a Mariela y a Chepina

Mariela está a cargo de un taller de decoración de pareos pintados a mano sobre telas de algodón, que patrocina la llamada Fundación Aviatur

Aquí se la ve trabajando en uno de esos pareos.
Otras mujeres del pueblo trabajan también ahí,

Obsérvese el calzado, común a todos los baruleros.
Y las niñas se acercan para ir aprendiendo de las mayores.

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Aunque en Barú tienen, además del taller de pareos, iglesia, escuela y centro de salud con médico residente, seguro estoy de que, así como los baruleros nada supieron sobre la crisis entre Venezuela, Ecuador y Colombia, tampoco saben —ni les importa— de la crisis financiera internacional, la devaluación del dólar, la guerra de Irak, el calentamiento global (al cual, por cierto, poco contribuyen ellos) u otras tantas cosas que a nosotros nos llenan de preocupaciones renovadas día tras día.
Durante la hora que tomó el regreso a Cartagena, yo no podía dejar de pensar que el mundo sería un mejor lugar si hubiera muchos Barú. Pero, de acuerdo a algunos planes, lamentablemente le queda poco tiempo a su relativo paradisiaco aislamiento y a su pacífica condición social.
En favor de Cartagena debo decir que sentí envidia al palpar y comprobar lo mucho que los cartageneros quieren a su tierra —sin caer en el rancio nacionalismo de otros latinoamericanos—, y lo mucho que respetan y respaldan al Presidente de su país.
21.03.08
Carlos M. Padrón
Allá por 1981, Chepina, cuya hija era aún bebé, contrató los servicios de Mariela, una joven colombiana, para que la ayudara en las labores domésticas, y sobre todo en el cuidado de la bebé, mientras ella, Chepina, trabajaba en IBM, y algunos años después además de mantener ese trabajo también estudiaba Mercadotecnia.

Mariela Zúñiga

Chepina y su hijo Henrique en 1981, el año en que Mariela entró en sus vidas.
En 1986 Mariela decidió regresar a Barú (Cartagena, Colombia), su pueblo natal, situado en lo que llaman una isla del Archipiélago del Rosario, frente a Cartagena, y digo “en lo que llaman” porque, como puede apreciarse en el mapa que sigue, Barú es una península.

Tal vez fue isla en los tiempos de la Colonia, pero siendo de bajo fondo el brazo de mar que la separaba del continente, los manglares ocuparon esa área, señalada en el mapa como Ciénaga Honda, y hoy día aparece como península. Esto es sólo una suposición de Chepina y mía, ya que no pudimos encontrar quien nos diera una mejor explicación a lo de isla.
Desde 1986 Chepina no volvió a ver a Mariela, pero mantenía hacia ella un permanente recuerdo y un gran afecto por lo mucho y bien que la había ayudado, de ahí que, cada vez más, expresara su deseo de ir a Cartagena y de allí a Barú a reencontrarse con Mariela.
***
En febrero de 1998 estuve en Cartagena y supe cómo es su clima,… o al menos eso creí.
Por un problema de salud —tal vez innato en mí pero que se manifestó desde la primera vez que fui a una playa en Venezuela, y que en los años ’60 me diagnosticaron como variante de hiperventilación— el calor a nivel del mar, y el aire denso y preñado de humedad, me ponen sentir muy mal. Me siento alicaído, con dolor de cabeza, mareos, empapado de un sudor frío y con una desesperante sensación de estar en un segundo plano, de que voy lento, cada vez más lento y alejado de la acción que a mi alrededor transcurre a una velocidad que yo, por más que me esfuerzo, no logro alcanzar porque, además, no puedo pensar bien, todo lo cual me pone irritable.
El único paliativo que contra esto he encontrado es fumarme un puro, recurso que descubrí en 1965 durante la boda de un amigo pasense que en la correspondiente celebración cumplió con el muy palmero ritual de distribuir cigarros puros entre los invitados varones.
En mi desesperación —pues la tal celebración tuvo lugar en San Felipe (Edo. Yaracuy, Venezuela) en una finca de cambures (plátanos) y con un para mi insoportable nivel de humedad y una alta temperatura a pesar de que fue en la noche— tomé un puro, lo encendí, y para no molestar con el humo a las asombradas personas que me acompañan en la mesa y que jamás me habían visto fumar porque yo no era fumador, me interné entre las plantas de cambures, y después de unas diez chupadas al puro mi malestar desapareció como por arte de magia.
Desde entonces, y aunque sigo sin ser fumador, cada vez que he viajado he llevado conmigo una dotación de cigarros puros comprados en La Palma (Canarias). Unos 50 me duran más de dos años, pues evito tanto como puedo caer en la maldita combinación de calor + nivel de mar + mucha humedad, muy abundante en el trópico donde el común de los mortales ama la playa, que yo detesto. Amo las temperaturas de entre 15 y 20°C, y el aire ligero que suele encontrarse en lugares altos y montañosos, combinación que me permite ir totalmente vestido y un tanto abrigado, y sentirme así muy bien.
Y es que en materia de vestimenta no tengo términos medios: o estoy totalmente desnudo (para la práctica de deportes de cama, pues si es para dormir uso pijama de cuerpo entero) o estoy totalmente vestido. El andar semidesnudo, como suele andar la gente en las zonas de playa —si es que no andan disfrazados de mamarrachos, con shorts o bermudas, en chancletas o descalzos, y con el ombligo al aire─ no va conmigo.
Para empeorar esta condición, sufro de alergia a los cambios de temperatura, y si en medio de un cuadro climático como el descrito se me ocurre despojarme de algo de ropa, de inmediato me resfrío. Por tanto, siempre ando con camiseta que me arrope bien la garganta, y a veces también con chaqueta.
***
A pesar de mis temores al asunto climático, y como al fin y al cabo sobreviví a mi estada en Cartagena en 1998, decidí llevar a Chepina a Barú este mes de marzo, con motivo de su cumpleaños. El pasado diciembre compré los pasajes, y Chepina, por Internet, reservó el hotel.
Para aumentar mis renuencias y suspicacias, ocurrió lo del problema entre Venezuela y Colombia, y con él aumentaron mis temores de perder tal vez los pasajes, y mis dudas sobre la posibilidad de viajar bajo riesgo de entrar a Colombia pero tener problemas para salir, de que los colombianos se mostraran hostiles hacia los venezolanos, etc. Pero el impasse se resolvió, y el sábado 15/03/2008 viajamos a Cartagena vía Bogotá.
La Cartagena que encontré ahora está más cuidada y hospitalaria que hace 10 años, pero también más cara, pues ha caído en esa plaga llamada turismo. Legiones de barrenderos, uniformados y hasta con tapabocas, la mantienen relativamente limpia, y la cantidad de buhoneros que importunan a uno en las calles es sólo superada por la cantidad de taxis cuya tarifa básica, para un trayecto de apenas 10 a 15 minutos, es de 5.000 pesos (aproximadamente $2.00), mientras que un taxi de la parada del aeropuerto de Bogotá cobra 15.000 pesos por hora.
Un detalle no muy bueno para conservar al turismo es que aunque el hotel que Chepina reservó se anunciaba como de 3 estrellas, con aire acondicionado y con precios propios de tal categoría, en realidad no llegaba ni a dos.
Si bien la habitación tenía baño privado —el colmo sería que no lo tuviera, en cuyo caso yo no me habría quedado en él— de la ducha, que era eléctrica, lo que salía era un menguado chorrito de agua apenas tibia y que caía verticalmente, con lo cual había que hacer cabriolas si uno no quería mojarse la cabeza.
Bidet no había, y la llave de agua caliente del lavamanos estaba de adorno, pues nada salía por ella, con lo cual opté por afeitarme, y sólo superficialmente, cada dos días, pues para darme una afeitada en regla necesito agua casi hirviendo. Si no es así, hasta me hago sangre en la cara, pues además de que mi piel es “delicagadita”, el vello de mi barba tiene consistencia de alambre y crece anárquico en todas direcciones. Y como el espejo situado sobre el lavamanos no tenía luces a su alrededor, mi afeitada era casi adivinando, pues la única luz del baño estaba en el techo y provenía de una bombilla de apenas unos 40 vatios.
La cama de la habitación, que aunque dizque para dos personas no llegaba ni a tamaño queen, tenía una sola mesa de noche en la cual no había siquiera una lámpara. La única luz de la habitación estaba en el techo, era de unos 60 vatios, y su interruptor quedaba a medio camino entre la cama y la salida de la habitación, por lo cual tuve que hacer uso de los recursos que siempre que viajo llevo en el por mis hijas bautizado “Bolso de Macyver”, y sobre la única silla que allí había, y que acerqué a mi lado de la cama a guisa de mesa de noche, coloqué una linterna para poder llegar sin tropiezos a la cama una vez apagada la ventiúnica luz, o para alumbrarme si necesitaba luego llegar al interruptor y no correr el riesgo de golpearme contra el filo del vidrio de una pequeña mesa ubicada justo debajo del interruptor y sobre la cual estaba el teléfono.
El aparato de aire acondicionado, que era del tipo llamado de ventana, caía en la categoría del llamado aire “acondisoplado” —muy frecuente en Europa— pues aunque colocado para que enfriara al máximo, yo dormía apenas cubierto con una sencilla sábana.
Como se ve, era una habitación “muy funcional”.
En lo tocante a seguridad, la puerta principal carecía de cerradura interna, de la cual carecía también la puerta que comunicaba con la habitación contigua y contra la que coloqué las maletas porque no tenía yo garantía de que no pudiera ser abierta desde esa habitación vecina. Así, si alguien intentaba entrar a la nuestra, la puerta tropezaría con las maletas y el consiguiente ruido nos alertaría.
Como se ve, era una habitación “muy segura”.
Si bien detesto los hoteles de lujo —los llamados de 5 estrellas— y las veces que en ellos estuve fue por decisión de IBM, me encantan los que en USA llaman “business hotels” (= hoteles para asuntos de negocios), que son tremendamente funcionales y que nunca he encontrado fuera de USA. Y creo que los moteles decentes, sobre todo ésos en los que uno puede estacionar el carro (coche) frente a la habitación, son una gran invención.
Sin embargo, aunque cabría suponer que las estrellas indicativas de la categoría de un hotel son válidas a nivel internacional, y que su valor representativo es el mismo en cualquier lado, no es así, pues ya supe que no lo son en Marrackech, y ahora averigüé que tampoco en Colombia.
Las dos última veces que he estado en Santa Cruz de Tenerife me he alojado en un apartotel cuyos apartamentos son para mí el ideal para vivir: un dormitorio grande con un closet de pared a pared, mueble gavetero con escritorio incorporado, TV y una gruesa cortina que cubre totalmente el ventanal y permite oscuridad casi total; salón amoblado, también con TV, Internet, aire acondicionado, y mesa de trabajo; cocina bien equipada; y un baño con todas las piezas, repisas grandes y amplias, y una bañera grande con una regadera de la que fluye agua abundante a buena presión. Categoría de ese apartotel: 3 estrellas. Entonces, ¿de dónde salen las 3 estrellas del hotel de Cartagena?
Habiendo yo vivido en pensiones 5 años de mi vida (4 en Tenerife y 1 en Caracas), y habiéndome quedado como huésped en varias de ellas en diferentes ciudades de Venezuela mientras en los años ’60 trabajé en Olivetti, puedo asegurar que ese hotel, si dejamos de lado el baño privado, el teléfono y la TV, no pasa de ser una pensión glorificada, por lo cual, como la primera noche no pude casi dormir, las noches subsiguientes, y a pesar de la inseguridad, tuve que tomar doble dosis de somnífero.
Pero hay más. La Cartagena de marzo/2008 estaba también más calurosa que la de febrero/1998: a las 08:30 de la mañana los termómetros ubicados en las calles de la zona hotelera marcaban 32°C, la humedad era altísima, el sol era como para derretir las piedras, y yo me sentía desfallecer.
La noche del domingo 16 era tal el calor que busqué refugio en el único de los restaurantes, de los alrededores del hotel, que tenía aire acondicionado, sin importarme si la comida era buena, regular, mala, peor, barata o cara. Ha sido la única vez en mi vida que he deseado que el servicio de camareros fuera lento de verdad, que tardara lo más posible.
Continuará…
Carlos M. Padrón
En octubre de 1959, cuando aún vivía yo en Santa Cruz de Tenerife, con mis amigos, José Quirantes ─a quien todos llamábamos Pepe─ y Eleuterio Sicilia, decidimos subir a lo más alto del Teide y, por supuesto, caminando, pues en aquella época no existía el teleférico que hay hoy.
Armados de mochila, calzado apropiado, ropa de abrigo, cámaras fotográficas, etc. salimos de Santa Cruz en la mañana del 03/10 en el Land-Rover de un amigo de Pepe,

Aquí, yo en el portalón trasero del Land-Rover.
Este vehículo debería habernos dejado en Montaña Blanca, o sea, donde comienza el camino para subir al Teide, lugar al que queríamos llegar con tiempo suficiente para subir, aún con luz de día, hasta el refugio, dormir allí esa noche, y en la madrugada del 04/10 escalar el cono final hasta la cúspide, para ver desde arriba el amanecer.
Pero el Land-Rover se accidentó en Güímar, su reparación tomó muchas horas, y, una vez reparado, sólo nos llevó hasta Vilaflor.
Allí, el chofer de un camión cargado de pacas de pinillo (agujas de pino secas) —carga que sobresalía más de un metro por sobre el borde superior se la de por sí elevada carrocería del vehículo— aceptó llevarnos, como de contrabando, hasta Montaña Blanca. Pero para evitar una desgracia nos exigió que nos amarráramos con las sogas que había en lo alto de la carga de pacas, de forma que no fuéramos a caernos por efecto de las inclinaciones que el camión hacía en las muchas y muy cerradas curvas.
También nos advirtió que pasaríamos por un punto de control de la Guardia Civil, que él se detendría ahí a charlar un poco con los guardias, y que en ese rato no sólo deberíamos casi hundirnos en las pacas sino evitar cualquier tipo de ruido o movimiento que pudiera delatar nuestra presencia, pues si la Guardia Civil nos descubría, el chofer podría ir preso y tal vez nosotros también.
Todo salió bien, aunque con el consiguiente estrés. Y eran casi las 9 de la noche cuando el camión nos dejó en Montaña Blanca, junto a un mapa, hecho en piedra, cal y cemento, que indicaba las rutas a seguir en la zona.
Y de inmediato comenzamos a subir a pie, con bufandas cubriéndonos boca y nariz, y gorras o sombreros hundidos hasta la orejas para protegernos del frío.
Como tengo que caminar deprisa, so pena de cansarme y crearme un dolor de espalda, me alejaba bastante de Eleuterio y Pepe, y cuando creía que por la zigzagueante ruta había yo subido un kilómetro en línea recta, me sentaba a esperar por ellos. Al verlos aparecer, reiniciaba mi subida, siempre a mi velocidad, y repetía la maniobra de la espera, y mientras aguardaba sentado me recreaba contemplando el cielo, pues nunca he vuelto a ver estrellas tan grandes como las que vi esa noche.
Una de mis esperas se hizo demasiado larga, y, preocupado, bajé a ver qué por qué mis amigos no aparecían. Los encontré sentados sobre unas piedras porque Pepe, por algunos kilos de más y por su problema de azúcar, se sintió mal y dijo que no podía seguir, que se sentía agotado y que se le había nublado la vista. Descubrimos que de la vista, nada, que lo que se le nublaban eran sus lentes (gafas) porque el aliento los empañaba al salir hacia arriba, y no de frente, forzado por la bufanda con la que Pepe llevaba cubiertas su boca y nariz.
Pero lo del extremo cansancio sí requería atención, así tuve que hacer uso obligado del caminar deprisa, y me disparé ladera arriba a pedir ayuda en el refugio.
Cuando llegué a él toqué con el puño en su única puerta, que ya por la hora estaba trancada, y la persona que la abrió la cerró de golpe apenas verme con la cara cubierta como si fuera asaltante de banco. Desde afuera, y gritando porque a esa altura el ulular del viento era muy fuerte, pedí ayuda para un amigo en apuros. Debí sonar muy auténtico porque el encargado del refugio no sólo me dejó entrar sino que preparó no sé que infusión y bajó conmigo hasta donde habían quedado Pepe y Eleuterio.
A poco de ingerir la infusión, Pepe se sintió mejor y pudo reanudar el ascenso hacia el refugio, una casa hecha de piedra en la que por fin entramos los tres pasadas las 12 de la medianoche.
Como todas las literas estaban ocupadas, el encargado nos facilitó unas mantas, y sobre ellas nos echamos en el piso para tratar de descansar por apenas un par de horas, pues se nos dijo que sobre las 3 deberíamos iniciar el ascenso del tramo final entre el refugio y la cúspide del Teide, a más de 3.700 metros de altura.
Ya que el camino de subida era uno solo, sin pérdida posible, pisé el acelerador y puse velocidad de crucero, dejando atrás a Pepe y a Eleuterio, pero no antes de que Eleuterio nos tomara, a Pepe y a mí, esta foto:

De izquierda a derecha: Carlos M. Padrón y José Quirantes.
Por el camino adelanté a muchos, y al adelantar a un señor ya mayor, cuando éste notó la velocidad que yo llevaba, me dijo que no me apurara porque sí lo hacía él me alcanzaría. Pensé que el señor estaba equivocado, pero unos 15 minutos después un extraño agotamiento me invadió y tuve que sentarme a la vera del camino,… y allí estaba cuando llegó el señor mayor, se detuvo ante mí y, sonriendo, mientras decía algo acerca de la prisa de los jóvenes, me dio un trozo de chocolate y me dijo que lo comiera ya. A poco de comerlo tuve ánimos para reanudar la marcha.
En lo más alto del Teide hay un pequeño cráter que es como una mordida en el costado de la ladera, justo debajo de la cúspide del pico, y la ruta para llegar a ésta pasa por dentro de ese cráter, que, al menos entonces, despedía olor a azufre.
Unos metros antes de entrar al cráter —por su borde inferior, por supuesto— adelanté a un hombre de unos 40 años (yo tenía apenas 20) que por el equipo que llevaba y la forma de caminar parecía un escalador profesional. Y eso debe haber sido, porque en cuanto lo adelanté, y con ello herí su orgullo de veterano, sentí cómo apuraba el paso tratando de alcanzarme. Pero yo, animado por la cercanía de la meta, apuré más el mío, y así se estableció entre nosotros una muda competencia.
Aunque resbalé un par de veces, pues mi calzado no era tan bueno como el suyo, y aunque otras veces logró él situarse a mi nivel y caminamos cabeza a cabeza sin decirnos palabra, puse el pie en la cima primero que mi competidor. Y al verme en la meta final, miré hacia atrás y lo vi parado, mirándome con expresión de entre asombro e ira. Luego reanudó la subida y llegó junto a mí tal vez 10 ó 15 segundos después. En buen inglés me dijo algo así como “Congratulations! You are a real walker!”. Mal sabía él que por muchos años me había entrenado yo en El Paso subiendo como una exhalación, varias veces al día, la empinada cuesta entre La Plaza y mi casa, o entre mi casa y La Cruz Grande.
Eso sí, tuvo la cortesía de tomarme esta foto:

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Poco a poco fueron llegando los demás, y entre ellos Pepe y Eleuterio.

José Quirantes, Eleuterio Sicilia y Carlos M. Padrón en la cima del Teide.
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Al ver desde la cúspide del Teide que la tierra firme de todo el perímetro de la isla salía del mar y confluía en nuestros pies, nos dimos cuenta de que el Teide no está en Tenerife, sino que Tenerife es el Teide.
Aunque se veía una extraña luminosidad, entre claridad y penumbra, el Sol no había salido aún, y cuando esperábamos que asomara y comenzara a subir lentamente —como siempre hacía,… según creíamos— nos sorprendió ver que asomó de un solo golpe y se ubicó a una altura que, dada la distancia y el efecto óptico, podría decirse que era de unos 4 metros sobre la línea del horizonte, y a partir de ahí comenzó su ascenso normal.
Apenas terminó el Sol su extraño salto, giramos 180° y nos quedamos impactados al ver proyectada contra el cielo la sombra perfectamente cónica de ese gigante de más de 3.700 metros que es el Teide. ¡Algo sobrecogedor!
Todos los que teníamos cámaras tomamos fotos de ese insólito espectáculo. De las que tomé, ninguna sirvió, pero Eleuterio si logró ésta:

No hay que olvidar el año en que fue tomada y la calidad de las cámaras que entonces podían comprar muchachos como nosotros.
Después de tal vez casi una hora en la cúspide, bajamos hasta el refugio —de culo muchas veces porque resbalábamos en la arena volcánica y caíamos sentados—, y durante la bajada tomamos estas fotos:

José Quirantes y Carlos M. Padrón. Al fondo, el cono final del Teide.
Y estas otras, ya de vuelta en el refugio:

De izquierda a derecha: Carlos M. Padrón, José Quirantes y Eluterio Sicilia.
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José Quirantes y Carlos M. Padrón, cambiados de ropa y listos para bajar.
Al rato iniciamos el descenso, y nos tomamos un par más al llegar al punto en que el camión nos había dejado la noche anterior, o sea, junto al mapa para excursionistas que ya mencioné antes.

Carlos M. Padrón.
En ésta puede apreciarse cuán “gordo” estaba yo:

De izquierda a derecha: Eleuterio Sioilia, José Quirantes y Carlos M. Padrón.
Para el regreso, otro camionero accedió a llevarnos hasta La Orotava, y desde allí usamos la guagua (autobús) hasta Santa Cruz.

Eleuterio Sicia y José Quirantes dentro del camión que nos llevó hasta la Orotava. Por lo que veo, la foto, cortesía de Eleuterio —al igual que muchos de los detalles arriba dados, que yo ya había olvidado— la tomé yo con su cámara.
Y así culminó nuestra excursión.
He subido al Teide otras dos de veces, en teleférico y luego caminando hasta sólo un poco más arriba de la estación terminal, pero nunca con la emoción de aquella primera vez, de aquellos tiempos de veinteañeros en que excursiones como ésta eran una verdadera aventura.
***
Mi primo Antonio Pedro Dorta Martín me ha enviado desde Tenerife algunas fotos espectaculares, como ésta,

Esta muestra la sombra del Teide contra el cielo y demuestra que lo que dije de que esa sombra era “perfectamente cónica” no es metáfora, y que la foto no es montaje, pues lo prueba la tomada en 1959 desde el mismo sitio —no hay otro mejor— y que repito aquí para facilitar la comparación:

Y esta otra maravillosa foto del Teide fue tomada al amanecer de no sé qué día por Alfredo Lafee, un fotógrafo amateur y jubilado que vive en Santa Cruz de Tenerife.

Mi amigo Juan Antonio Pino, que tuvo la gentileza de enviármela, me cuenta que el día en que don Alfredo, vecino suyo, la tomó, se fue a el Teide a las 4 de la mañana, y cuando regresaba lo pararon los policías y le advirtieron que estaba prohibido pasar sin autorización.
Don Alfredo les contestó que cuando él pasó no había nada ni nadie que lo prohibiera, y como prueba les mostró en su cámara la hora en que había hecho la foto,… hora en que, a falta de carteles, la Policía debió estar donde ahora estaba si quería controlar el acceso.
Carlos M. Padrón
Como dije en “No me tocaba ese día” —artículo cuya lectura recomiendo para entender mejor éste— con la firma de los contratos de DataEnd alcancé como vendedor el 360% de mi cuota para 1973, y me hice acreedor a todos los premios de ventas previstos ese año por IBM de Venezuela.
Entre éstos estaba el Top Performer, que ese año consistía en un viaje a los juegos finales, a celebrarse en Munich a comienzos de julio/1974, del Campeonato Mundial de Fútbol Alemania ‘74.
El itinerario, según me recuerda mi “agendiario” —que, con ciertas irregularidades, mantengo desde 1967— fue:

El miércoles 03/07/1974, el día anterior a mi partida de Venezuela, lo dediqué a dejar ultimado todo lo relativo a mi trabajo, y después de terminar ese día las visitas a clientes, me fui a las dependencias de la Sucursal de Ventas de IBM en la que yo trabajaba.
Para entrar a esa Sucursal había que, desde el pasillo exterior, traspasar una puerta que daba acceso a una especie de pequeño hall, o antesala, al fondo del cual había, una al lado de la otra, dos puertas. La de la izquierda era la del área de esa Sucursal de Ventas, y la de la derecha era la del área administrativa que servía a ésa y a otras sucursales de ventas de IBM.
Internamente, esas dos áreas estaban separadas por un tabique de madera que en su parte alta tenía una especie de romanilla, removible y también de madera, para que el aire acondicionado, común a todo ese espacio, pudiera circular.
Como era ya tarde, encontré cerradas las dos puertas que había que traspasar para llegar hasta el área donde estaba el escritorio que yo compartía con otros tres vendedores, pero usando mi llave pude entrar y me senté a trabajar.
Y en eso estaba cuando llegó la señora que hacía allí la limpieza diaria. Nos saludamos, y ella se puso a hacer lo suyo mientras yo seguía en lo mío.
De pronto, la señora me sorprendió con un “¡Señor Padróooon!”, dicho en voz trémula, bastante baja, y con un tono de entrecortada excitación que denotaba miedo.
Sorprendido miré hacia ella y la vi de pie en medio del salón del área de la Sucursal, a la altura de la oficina de Felipe Laredo, que estaba abierta, y con ojos desorbitados y cara de que no iba a decir más nada, me señalaba con su índice derecho, moviendo su mano hacia adelante y hacia atrás, el interior de esa oficina.
Cuando se percató de que yo había entendido que algo irregular estaba ocurriendo, y me levanté para ir a ver de qué se trataba, se llevó un dedo a sus labios e hizo el conocido gesto de pedir silencio.
Al llegar junto a ella y mirar en la dirección que me señaló vi que, tendido bajo el escritorio de Laredo, y obviamente escondido, había un hombre que parecía joven. Tenía pelo oscuro y corto, y estaba echado de espaldas, con las piernas recogidas casi totalmente. Vestía camiseta amarilla y un pantalón jean azul, y calzaba una especie de alpargatas. Eso era visible porque el escritorio era del tipo cuya parte trasera, la que daba hacia el exterior de la oficina, tenía un panel que no llegaba hasta el piso.
Como era obvio que él se había dado cuenta de que lo habíamos descubierto, en voz alta y con fingido tono de naturalidad, como restándole importancia a una falsa alarma, dije:
—No se preocupe, señora. Es uno de los analistas de Laredo que suelen trabajar hasta tarde y luego se acuestan un rato donde mejor pueden.
Y mientras le decía esto, regresé a mi escritorio, guardé a la carrera, sin orden alguno, lo que tenía sobre él; tranqué; eché mano de mi maletín, en el que ya tenía la documentación para el viaje; tomé del brazo a la señora; salí con ella al pasillo, cerrando y trancando con llave la puerta de la Sucursal y también la del pasillo; y al llegar frente a los ascensores le dije:
—¡Váyase de prisa y dígale a los de Seguridad del edificio que vengan inmediatamente!
Y me quedé esperando allí, y sin apartar la vista de la puerta que daba acceso al hall.
Pasados unos cinco minutos, que me parecieron horas, llegaron dos guardias de la Seguridad del edificio. Les conté lo que había pasado y, por supuesto, dijeron que tenían que entrar al área de la Sucursal, así que, caminando delante de ellos, les abrí la puerta del pasillo, y, al abrir luego la propia de la Sucursal, con un gesto de mi brazo los invité a pasar y me quedé en el hall, pues no quería yo ser el primero en entrar allí.
Desenfundaron sus pistolas y, visiblemente temerosos, entraron al área en la que estaba la oficina de Laredo, pero a los pocos segundos salieron diciendo que allí no había nadie.
Extrañado entré, y en presencia de los dos guardias revisé todo. Efectivamente, el hombre que yo había visto echado bajo el escritorio de Laredo no estaba ya en ese sitio ni en ningún otro de ese área. ¡Se había esfumado!
Molesto por lo que podría ocurrir —retrasos incluidos, y en peligro mi viaje— y temiendo que los de Seguridad pensaran que se les había gastado una broma pesada y presentaran una queja, me puse a pensar cómo pudo haber salido de allí aquel hombre sin que yo lo viera, y entonces recordé la romanilla en lo alto del tabique divisorio entre el área de la Sucursal y el área administrativa. Miré hacia arriba y vi que un tramo de ella estaba claramente mal puesto y con señales de haber sido forzado.
Con un gesto de mi mano hice notar esto a los dos guardias, y con otro gesto los invité a que me siguieran; todo en silencio. Los llevé frente a la puerta del área administrativa, la abrí, y a los dos segundos escasos de haber entrado ellos, pistola en mano, escuché que uno gritó: “¡Manos arriba! ¡No se mueva!”.
Di media vuelta y me fui como alma que lleva el Diablo, pues no quería que los de Seguridad me pidieran que me quedara para dar declaraciones a la Policía que, de seguro, ellos llamarían.
Al llegar a la planta baja comencé a caminar tan rápido como pude. En esta casi huida me crucé con Jesse Alfonso, el gerente de la Sucursal, que salía de una cervecería que había en esa zona del edificio. Sin aminorar la marcha, para no darle oportunidad de hacerme preguntas, le dije “Arriba en la Sucursal te espera alguien”, y continué mi marcha aún más rápido que antes.
Mientras ya en mi casa preparaba el equipaje me sobresalté todas las veces que sonó el teléfono, pues temía que me llamaran de IBM para que me presentara a dar declaraciones, y perdiera yo con eso mi viaje.
Pero no, no llamaron, ni tampoco llamé yo, aunque estuve tentado de hacerlo en la mañana del día siguiente, jueves 04/07/1974, cuando estando ya en el aeropuerto de Maiquetía esperando la salida de mi vuelo, no dejaba de preguntarme quién sería aquel hombre, qué buscaba en nuestra Sucursal, qué habrían hecho con él, etc.
***
Terminado el Mundial de Fútbol —que, en mi opinión, habría ganado Holanda de no haberse disputado en Alemania esa final entre Kruyff y Beckenbauer— continué mi viaje según el itinerario.
El vuelo Münich-Zürich lo hice en compañía de otros varios amigos de IBM de Venezuela. Como Pérez-Pina, uno de ellos, no tenía vuelo de conexión entre Zürich y Caracas, al salir de inmigración y pasar al área de recogida de equipajes, me dio las llaves de su maleta y me pidió que, por favor, se la recogiera, y se fue a toda prisa a ver de conseguir sus vuelos.
Cuando tuve en mi mano su maleta y la mía, puse rumbo a la salida del área, y al pasar por un pasillo una de cuyas paredes era totalmente de vidrio, en ella se abrió de pronto una misteriosa puerta por la que salió un individuo que se plantó delante de mí, impidiéndome el paso, y con gesto enérgico me pidió que entrara al área de la cual él había salido.
Apenas entrar vi que se trataba de un recinto de vigilancia, cuyas paredes de vidrio permitían ver en una sola dirección. Y desde ese recinto varios inspectores de aduana, sentados detrás del tabique de vidrio que daba al área de recogida de equipajes, veían todo lo que en esa área ocurría.
Uno de ellos vio cómo Pérez-Pina me dio las llaves y se fue deprisa, y eso me hizo sospechoso ante los de aduana, así que, una vez adentro, me llevaron a un pequeño cuarto, me sometieron a un largo interrogatorio, y me hicieron abrir las dos maletas, lo cual me puso a temblar porque yo no tenía idea de qué podría haber en la de Pérez-Pina. Y, para colmo, en ese momento recordé que otro compañero de IBM de Venezuela, que por años había trabajado en la misma Sucursal de Ventas en la que, también por años, había trabajado y trabajaba todavía Pérez-Pina, había sido detenido por tráfico de drogas y nunca más supimos de él.
Por suerte salí airoso del interrogatorio y la requisa, y después de darme una reprimenda por haber recibido algo de otra persona, los de aduana me dejaron ir.
Del resto de ese viaje, lo que con el tiempo ha sobrevivido en mi memoria, además del incidente causado por la maleta de Pérez-Pina, es la conversación que el lunes 15/07/1974 sostuve en La Laguna (Tenerife) con quien entonces era mi suegro, pues lo que él, tal vez porque se sentía ya enfermo, me dijo ese día, último en que lo vi con vida, fue profético. Murió en diciembre de 1975.
El jueves 18/07/1974 volví de nuevo al trabajo, y apenas me vio Milena Micasa, la secretaria de la Sucursal, me contó, emocionada, que en el área administrativa habían sorprendido los de Seguridad a un individuo aparentemente árabe que no hablaba español y que no tenía identificación alguna; sólo tenía, en uno de sus bolsillos, un billete de 20 bolívares. Y que en la PTJ (la hoy desaparecida Policía Técnica Judicial) había confesado que había entrado a nuestra Sucursal porque le ofrecieron dinero para que robara el OEI.
El OEI —Order Equipment Inventory = Inventario de órdenes y equipos— era un libraco grande y pesado que, en grandes hojas removibles del papel llamado “formas continuas”, tenía, hasta el mínimo detalle (fechas, nombres de clientes, valor en dólares, etc.), la historia de todos los equipos y programas IBM instalados en el país, en renta o venta, y de todos los equipos, partes o programas ordenados pero no instalados aún. Todo esto era, por supuesto, información confidencial y valiosa para la competencia.
Dándome cuenta de que ni la señora de la limpieza ni Jesse Alfonso habían dicho nada de mi participación en el incidente del ladrón, opté por mostrarme altamente sorprendido de todo lo que Milena me contaba.
Por un tiempo, y cuando pude, hice preguntas al respecto, pero nunca supe si al final se averiguó quién estaba tras el intento de robo del OEI. Supongo que sí lo averiguaron pero no consideraron conveniente divulgarlo porque, tal vez, no había forma de demostrarlo ya que el frustrado ladrón era, a todas luces, un pobre diablo cuyo testimonio no resultaba fiable.
Carlos M. Padrón
Como dije en “No me tocaba ese día” —artículo cuya lectura recomiendo para entender mejor éste— con la firma de los contratos de DataEnd alcancé como vendedor el 360% de mi cuota para 1973, y me hice acreedor a todos los premios de ventas previstos ese año por IBM de Venezuela.
Entre éstos estaba el Top Performer, que ese año consistía en un viaje a los juegos finales, a celebrarse en Munich a comienzos de julio/1974, del Campeonato Mundial de Fútbol Alemania ‘74.
El itinerario, según me recuerda mi “agendiario” —que, con ciertas irregularidades, mantengo desde 1967— fue:

El miércoles 03/07/1974, el día anterior a mi partida de Venezuela, lo dediqué a dejar ultimado todo lo relativo a mi trabajo, y después de terminar ese día las visitas a clientes, me fui a las dependencias de la Sucursal de Ventas de IBM en la que yo trabajaba.
Para entrar a esa Sucursal había que, desde el pasillo exterior, traspasar una puerta que daba acceso a una especie de pequeño hall, o antesala, al fondo del cual había, una al lado de la otra, dos puertas. La de la izquierda era la del área de esa Sucursal de Ventas, y la de la derecha era la del área administrativa que servía a ésa y a otras sucursales de ventas de IBM.
Internamente, esas dos áreas estaban separadas por un tabique de madera que en su parte alta tenía una especie de romanilla, removible y también de madera, para que el aire acondicionado, común a todo ese espacio, pudiera circular.
Como era ya tarde, encontré cerradas las dos puertas que había que traspasar para llegar hasta el área donde estaba el escritorio que yo compartía con otros tres vendedores, pero usando mi llave pude entrar y me senté a trabajar.
Y en eso estaba cuando llegó la señora que hacía allí la limpieza diaria. Nos saludamos, y ella se puso a hacer lo suyo mientras yo seguía en lo mío.
De pronto, la señora me sorprendió con un “¡Señor Padróooon!”, dicho en voz trémula, bastante baja, y con un tono de entrecortada excitación que denotaba miedo.
Sorprendido miré hacia ella y la vi de pie en medio del salón del área de la Sucursal, a la altura de la oficina de Felipe Laredo, que estaba abierta, y con ojos desorbitados y cara de que no iba a decir más nada, me señalaba con su índice derecho, moviendo su mano hacia adelante y hacia atrás, el interior de esa oficina.
Cuando se percató de que yo había entendido que algo irregular estaba ocurriendo, y me levanté para ir a ver de qué se trataba, se llevó un dedo a sus labios e hizo el conocido gesto de pedir silencio.
Al llegar junto a ella y mirar en la dirección que me señaló vi que, tendido bajo el escritorio de Laredo, y obviamente escondido, había un hombre que parecía joven. Tenía pelo oscuro y corto, y estaba echado de espaldas, con las piernas recogidas casi totalmente. Vestía camiseta amarilla y un pantalón jean azul, y calzaba una especie de alpargatas. Eso era visible porque el escritorio era del tipo cuya parte trasera, la que daba hacia el exterior de la oficina, tenía un panel que no llegaba hasta el piso.
Como era obvio que él se había dado cuenta de que lo habíamos descubierto, en voz alta y con fingido tono de naturalidad, como restándole importancia a una falsa alarma, dije:
—No se preocupe, señora. Es uno de los analistas de Laredo que suelen trabajar hasta tarde y luego se acuestan un rato donde mejor pueden.
Y mientras le decía esto, regresé a mi escritorio, guardé a la carrera, sin orden alguno, lo que tenía sobre él; tranqué; eché mano de mi maletín, en el que ya tenía la documentación para el viaje; tomé del brazo a la señora; salí con ella al pasillo, cerrando y trancando con llave la puerta de la Sucursal y también la del pasillo; y al llegar frente a los ascensores le dije:
—¡Váyase de prisa y dígale a los de Seguridad del edificio que vengan inmediatamente!
Y me quedé esperando allí, y sin apartar la vista de la puerta que daba acceso al hall.
Pasados unos cinco minutos, que me parecieron horas, llegaron dos guardias de la Seguridad del edificio. Les conté lo que había pasado y, por supuesto, dijeron que tenían que entrar al área de la Sucursal, así que, caminando delante de ellos, les abrí la puerta del pasillo, y, al abrir luego la propia de la Sucursal, con un gesto de mi brazo los invité a pasar y me quedé en el hall, pues no quería yo ser el primero en entrar allí.
Desenfundaron sus pistolas y, visiblemente temerosos, entraron al área en la que estaba la oficina de Laredo, pero a los pocos segundos salieron diciendo que allí no había nadie.
Extrañado entré, y en presencia de los dos guardias revisé todo. Efectivamente, el hombre que yo había visto echado bajo el escritorio de Laredo no estaba ya en ese sitio ni en ningún otro de ese área. ¡Se había esfumado!
Molesto por lo que podría ocurrir —retrasos incluidos, y en peligro mi viaje— y temiendo que los de Seguridad pensaran que se les había gastado una broma pesada y presentaran una queja, me puse a pensar cómo pudo haber salido de allí aquel hombre sin que yo lo viera, y entonces recordé la romanilla en lo alto del tabique divisorio entre el área de la Sucursal y el área administrativa. Miré hacia arriba y vi que un tramo de ella estaba claramente mal puesto y con señales de haber sido forzado.
Con un gesto de mi mano hice notar esto a los dos guardias, y con otro gesto los invité a que me siguieran; todo en silencio. Los llevé frente a la puerta del área administrativa, la abrí, y a los dos segundos escasos de haber entrado ellos, pistola en mano, escuché que uno gritó: “¡Manos arriba! ¡No se mueva!”.
Di media vuelta y me fui como alma que lleva el Diablo, pues no quería que los de Seguridad me pidieran que me quedara para dar declaraciones a la Policía que, de seguro, ellos llamarían.
Al llegar a la planta baja comencé a caminar tan rápido como pude. En esta casi huida me crucé con Jesse Alfonso, el gerente de la Sucursal, que salía de una cervecería que había en esa zona del edificio. Sin aminorar la marcha, para no darle oportunidad de hacerme preguntas, le dije “Arriba en la Sucursal te espera alguien”, y continué mi marcha aún más rápido que antes.
Mientras ya en mi casa preparaba el equipaje me sobresalté todas las veces que sonó el teléfono, pues temía que me llamaran de IBM para que me presentara a dar declaraciones, y perdiera yo con eso mi viaje.
Pero no, no llamaron, ni tampoco llamé yo, aunque estuve tentado de hacerlo en la mañana del día siguiente, jueves 04/07/1974, cuando estando ya en el aeropuerto de Maiquetía esperando la salida de mi vuelo, no dejaba de preguntarme quién sería aquel hombre, qué buscaba en nuestra Sucursal, qué habrían hecho con él, etc.
***
Terminado el Mundial de Fútbol —que, en mi opinión, habría ganado Holanda de no haberse disputado en Alemania esa final entre Kruyff y Beckenbauer— continué mi viaje según el itinerario.
El vuelo Münich-Zürich lo hice en compañía de otros varios amigos de IBM de Venezuela. Como Pérez-Pina, uno de ellos, no tenía vuelo de conexión entre Zürich y Caracas, al salir de inmigración y pasar al área de recogida de equipajes, me dio las llaves de su maleta y me pidió que, por favor, se la recogiera, y se fue a toda prisa a ver de conseguir sus vuelos.
Cuando tuve en mi mano su maleta y la mía, puse rumbo a la salida del área, y al pasar por un pasillo una de cuyas paredes era totalmente de vidrio, en ella se abrió de pronto una misteriosa puerta por la que salió un individuo que se plantó delante de mí, impidiéndome el paso, y con gesto enérgico me pidió que entrara al área de la cual él había salido.
Apenas entrar vi que se trataba de un recinto de vigilancia, cuyas paredes de vidrio permitían ver en una sola dirección. Y desde ese recinto varios inspectores de aduana, sentados detrás del tabique de vidrio que daba al área de recogida de equipajes, veían todo lo que en esa área ocurría.
Uno de ellos vio cómo Pérez-Pina me dio las llaves y se fue deprisa, y eso me hizo sospechoso ante los de aduana, así que, una vez adentro, me llevaron a un pequeño cuarto, me sometieron a un largo interrogatorio, y me hicieron abrir las dos maletas, lo cual me puso a temblar porque yo no tenía idea de qué podría haber en la de Pérez-Pina. Y, para colmo, en ese momento recordé que otro compañero de IBM de Venezuela, que por años había trabajado en la misma Sucursal de Ventas en la que, también por años, había trabajado y trabajaba todavía Pérez-Pina, había sido detenido por tráfico de drogas y nunca más supimos de él.
Por suerte salí airoso del interrogatorio y la requisa, y después de darme una reprimenda por haber recibido algo de otra persona, los de aduana me dejaron ir.
Del resto de ese viaje, lo que con el tiempo ha sobrevivido en mi memoria, además del incidente causado por la maleta de Pérez-Pina, es la conversación que el lunes 15/07/1974 sostuve en La Laguna (Tenerife) con quien entonces era mi suegro, pues lo que él, tal vez porque se sentía ya enfermo, me dijo ese día, último en que lo vi con vida, fue profético. Murió en diciembre de 1975.
El jueves 18/07/1974 volví de nuevo al trabajo, y apenas me vio Milena Micasa, la secretaria de la Sucursal, me contó, emocionada, que en el área administrativa habían sorprendido los de Seguridad a un individuo aparentemente árabe que no hablaba español y que no tenía identificación alguna; sólo tenía, en uno de sus bolsillos, un billete de 20 bolívares. Y que en la PTJ (la hoy desaparecida Policía Técnica Judicial) había confesado que había entrado a nuestra Sucursal porque le ofrecieron dinero para que robara el OEI.
El OEI —Order Equipment Inventory = Inventario de órdenes y equipos— era un libraco grande y pesado que, en grandes hojas removibles del papel llamado “formas continuas”, tenía, hasta el mínimo detalle (fechas, nombres de clientes, valor en dólares, etc.), la historia de todos los equipos y programas IBM instalados en el país, en renta o venta, y de todos los equipos, partes o programas ordenados pero no instalados aún. Todo esto era, por supuesto, información confidencial y valiosa para la competencia.
Dándome cuenta de que ni la señora de la limpieza ni Jesse Alfonso habían dicho nada de mi participación en el incidente del ladrón, opté por mostrarme altamente sorprendido de todo lo que Milena me contaba.
Por un tiempo, y cuando pude, hice preguntas al respecto, pero nunca supe si al final se averiguó quién estaba tras el intento de robo del OEI. Supongo que sí lo averiguaron pero no consideraron conveniente divulgarlo porque, tal vez, no había forma de demostrarlo ya que el frustrado ladrón era, a todas luces, un pobre diablo cuyo testimonio no resultaba fiable.
Titular en Periodista Digital (España) del 08.02.08:
“Discutir con la pareja alarga la vida”.
Si el efecto de este tipo de discusiones es retroactivo y acumulativo, ¡viviré 200 años!
1997
Si yo pudiera vivir con ello, más me valdría aceptar la seguridad de la solidez y sinceridad de los sentimientos que una mujer que me interese tenga hacia mí, aunque yo no pueda corresponderlos totalmente, que aceptar que otra mujer que me interese más corresponda sólo a medias a los míos o simplemente los utilice o los ignore.
Carlos M. Padrón
1997
En lo tocante a mujeres, cuando mis sentimientos están involucrados mis percepciones no suelen ser fiables, pero cuando no lo están pueden llegar casi hasta la clarividencia.
Carlos M. Padrón