28-06-2026
Soledad Morillo Belloso
La maldad al desnudo
Miles de muertos y heridos; decenas de miles de desaparecidos. El país convertido en una piel arrancada a tirones: kilómetros de tierra abierta como vísceras expuestas, como si la geografía hubiera sido molida bajo una bota que disfruta aplastar. Toneladas de lágrimas que ya no son llanto sino corrosión: angustia que deshace, dolor que perfora, un océano espeso que devora nombres, cuerpos, historias. Esto no es tragedia: es devastación en su forma más obscena, una contabilidad de horror que ningún gobierno inútil puede tapar, aunque se disfrace de autoridad.
La maldad al desnudo no necesita discurso: se ve, se huele, se siente como metal oxidado en la lengua. Es la mano que no tiembla al soltar la cuerda, el gesto frío de quien mira la desgracia como si fuera paisaje. Es la sonrisa torcida del que sabe que su poder depende del daño, que su fuerza nace del miedo, que su existencia se sostiene en la ruina de otros. La maldad al desnudo no grita: corroe. No avanza: devora. No se esconde: se exhibe, confiada, porque sabe que en un país herido, la impunidad es su mejor maquillaje.
La estrechez mental del gobierno encargado ya no se discute: apesta. Huele a óxido, a humedad podrida, a carroña escondida bajo la alfombra. El operativo del Poliedro no fue un error: fue una emboscada burocrática diseñada por mentes que solo saben trabar, enredar, impedir. Habilitar el Sistema Patria —su juguete chillón, inútil y carísimo— habría bastado. Un clic. Pero el verbo que los define no es organizar: es impedir.
Impedir que la sociedad civil haga lo que el Estado jamás ha hecho.
Impedir que la prensa muestre lo que ellos esconden: saqueos, negligencia, ineptitud.
Impedir que se vea cómo otros países resuelven lo que este gobierno ni siquiera comprende.
Impedir que la eficiencia ciudadana exhiba su incompetencia crónica, desnuda y sin anestesia.
Mientras tanto, los tres voceros —los mismos tres, siempre los mismos tres— se turnan el micrófono como bufones desesperados por cámara. Hablan demasiado, hablan sin saber, hablan para llenar el vacío donde debería haber gobierno. Cada intervención es una confesión involuntaria: no hay autoridad, solo ruido, relleno y una cacofonía que intenta hacerse pasar por mando.
En cualquier país serio, las emergencias tienen orden:
El presidente habla una vez.
El Legislativo calla.
Los voceros son Defensa, Interior, Salud, Información.
Aquí no.
Aquí la tragedia es tarima, cámara y utilería.
El show es su oxígeno, su alimento, su razón de existir.
Un gobierno que necesita tres voces para decir lo que debería decir una es un gobierno que no sabe mandar. Un gobierno que convierte la emergencia en espectáculo no gobierna: actúa. Y cuando un gobierno actúa en vez de gobernar, la tragedia se duplica: natural e institucional. Por eso la gente escucha más al general Jarred, a los equipos internacionales y a los ciudadanos de a pie que a los “tres” que recitan tonterías egocéntricas.
El Estado es presa de su propia incompetencia. Habla golpeado porque teme.
Teme porque sabe.
Sabe que cuando la ciudadanía brilla, su sombra queda expuesta.
Sabe que cuando otros países muestran eficiencia, su ineptitud queda desnuda.
Sabe que ante la fortaleza de la sociedad civil, ha quedado reducido a lo que es: un cascarón hueco, un aparato que hace años dejó de ser Estado.
El país les queda enorme.
Cada estructura caída es un espejo que los acusa.
Cada operativo improvisado, una confesión de incapacidad.
Cada intento de control, una prueba de su pequeñez mental y moral.
Y mientras ellos traban, enredan y complican, los venezolanos de bien —estén donde estén— sostienen al país. Nunca fallan. Nunca. Son la última línea, la que no retrocede, la que no negocia con la miseria moral. Son, en términos estrictos, lo mejor que le queda a Venezuela.
Han pasado dos años desde aquel julio en que se robaron las elecciones. Ese día no solo nos arrebataron una elección y los sueños: nos robaron la posibilidad de un gobierno que no hubiera abandonado al pueblo. Hoy estaríamos contando muchos menos muertos.
Que los organismos internacionales que otorguen socorro financiero entiendan esto de una vez: este gobierno encargado no debe tocar ni el polvo de un dólar. No es solo riesgo; es certeza. Porque ya ni siquiera queda claro qué sería más devastador: que lo despilfarren como idiotas o que lo roben como siempre.
