[*Otros}– ¿Qué ocurrió realmente en el Barranco de Godínez, en Los Realejos, en Tenerife?

17 de Sept. de 2013

Claudio Hernández

A principios de los años ’70, un jadeo desconcertante congregó a miles de personas en torno a una cueva del lugar.

Pocos meses después, ya en 1971, hacía erupción el volcán Teneguía, pero aún hoy, más de cuarenta años después, nadie ha podido descifrar el misterio de El Bicho del Realejo.

 

Un camarero que trabajaba en un hotel del Puerto de la Cruz, y que cada día bajaba, andando, por un sendero del barranco de Godínez, en el municipio limítrofe de Los Realejos, escuchó extraños y potentes jadeos en una cueva del lugar. Y, asustado, dio aviso a la Guardia Civil del Puerto de la Cruz.

El sargento-comandante del puesto se desplazó al lugar, en compañía de un número de la Benemérita, y efectivamente escuchó los jadeos en la cueva, que sólo se producían en el silencio de la noche.

Creyendo que era una pareja haciendo el amor, vivo Franco, con aquel descaro, el sargento, pistola en mano, conminó a los amantes a que salieran con los brazos en alto. Pero allí no se movió nadie, y los jadeos continuaban.

A partir de ahí se organizaban marchas diarias hacia el lugar. Miles y miles de personas, llegadas de todas partes de la isla, se concentraban en torno a la cueva a escuchar los extraños ruidos.

La Guardia Civil montó un dispositivo especial para canalizar el tráfico, pero nada podía contener a aquella multitud. Unos hablaban de apariciones divinas, y otros, más prosaicos, de amantes que cobijaban en el fragor de la noche.

Algunos osados, como Gilberto Hernández, alias “el Orejas”, un personaje del Puerto de la Cruz al que todo el mundo conocía, quiso cazar por su cuenta al dragón embravecido, y organizó un safari para atraparlo, con escopetas, focos y una patrulla de exploradores.

Fue disuadido por el sargento de la Benemérita, que le dijo que el Bicho era cosa suya.

Hay una anécdota al respecto, protagonizada por Ávalos, un pintor catalán que siempre pintaba la misma vista del muelle portuense, con tal éxito que vendió miles de cuadros iguales.

Ávalos, un hombre muy bajito, atraído por el misterio del Bicho, se trasladó arriba para pintarlo, con tan mala suerte que sufrió un apretón y hubo de retirarse a un lugar cercano a la cueva para defecar.

En ese mismo instante, Gilberto “el Orejas” y sus fieles iban a abrir fuego contra el supuesto Bicho, por lo que Ávalos, con los pantalones caídos, gritó, alzándose sobre sus cuclillas: “¡Gilberto, Gilberto!, no soy el Bicho, soy Ávalos, el pintor, ¿no me reconoces?”.

Tras un par de meses de peregrinaciones al lugar (la gente arrasó las plantaciones del barranco, y un listo montó un kiosco con el que se forró), los jadeos cesaron. Algunos atribuyeron el caso a la respiración de pardelas dentro de la cueva, que haría de altavoz. Pero yo, que escuché aquellos gemidos, les aseguro que allí había algo muy raro y nunca se averiguó qué era.

Pocos meses después hizo explosión el volcán Teneguía, en La Palma. El geólogo y catedrático Telesforo Bravo indicó que no había relación entre uno y otro fenómeno, pero la duda quedó en el aire.

¿Qué originaba aquellos jadeos? ¿un animal, un hombre, un extraño fenómeno natural? Nunca se supo. Lo cierto es que, hace más de cuarenta años, en Los Realejos se pudo escuchar un extraño ruido desde dentro de una cueva.

Cuando la Guardia Civil, con sus “naranjeros” en ristre, pudo entrar en ella —los agentes tenían miedo— no hallaron nada. Sólo unos huesos extraños que nadie se ocupó de analizar. Eran otros tiempos.

Fuente

Cortesía de Roberto González Rodríguez

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