[Canarias}> Los cronistas de la primera circunnavegación / Luis García Rebollo

04/09/2022

Luis García Rebollo*

Los cronistas de la primera circunnavegación

Los notarios oficiales de la histórica expedición de Magallanes y Elcano que en 1519 hizo escala en Tenerife fueron cinco funcionarios nombrados por la Casa de Contratación con el consentimiento del rey

La primera circunnavegación del mundo fue sobre todo una gesta científica, además de náutica. De la mano del entonces más importante centro científico del mundo: la Casa de Contratación de Sevilla para las Indias, las Islas Canarias y el África atlántica. Fruto de una larga tradición que se remonta a San Isidoro, que ya en la Hispania visigoda potencia los estudios de cosmología y ciencias naturales.

Y más tarde a Alfonso X el Sabio que funda en Toledo la Escuela de Traductores, donde reúne a los mejores sabios de la época para trabajar en un proceso de recopilación científica nunca antes conocido en Europa, traduciendo al latín los textos recogidos por árabes y judíos de la cultura clásica barrida tras la caída del imperio romano.

Promotor también de Las Siete Partidas de 1265 sobre la base del derecho romano de Justiniano, pocos años después de que la primera armada Castellana tomara Sevilla rompiendo el puente de Triana. Ciencia, ley y barcos que harían de Castilla una gran potencia marítima en los siglos que siguieron y en el comercio hanseático.

Tras su fundación en 1503 por los Reyes Católicos, la Casa de Contratación pasa a concentrar todo el desarrollo de las ciencias astronómicas para la navegación de altura, la elaboración de cartografía y derroteros, la fabricación de instrumentos y la formación de pilotos, además de la organización de las expediciones a ultramar. Cuyo equivalente en la carrera espacial podría ser, para hacernos una idea, la National Aeronautics and Space Administration (NASA).

En ese sentido, decir que el proyecto de llegar a la Luna había sido concebido por el comandante del Apolo XI, Neil Armstrong, olvidando los Apolos anteriores, vendría a sugerir el mismo exceso que sostener que el proyecto de llegar a las islas de la especiería había sido concebido por Magallanes.

Cuando éste desplazó al piloto de la Casa de Contratación, Esteban Gómez, quién había pedido antes al Emperador capitanear esa expedición. Y antes que ellos, Juan Díaz de Solís, Piloto Mayor de la Casa de Contratación, que tras hacer escala en Santa Cruz de Tenerife llegó hasta el Rio de la Plata, donde murió, en busca de la especiería.

O la expedición anterior, de 1508, protagonizada también por Solís y Vicente Yáñez Pinzón. Sin olvidar las que salían desde el Caribe, como la de Francisco de Garay, de 1518, buscando el paso interoceánico. O las que ya recorrían las costas del Pacífico desde el golfo de San Miguel, de las que el propio Emperador advierte a Magallanes en las Capitulaciones para no entrar en conflicto. Todas bajo el amparo de la Casa de Contratación (en la carta náutica universal de Diego Ribero de 1529 figuran los descubrimientos en la costa del Pacífico realizados tan sólo un año antes).

Pero quizás el mayor error de bulto sobre los protagonistas de la primera circunnavegación se cometa con Pigafetta, para muchos “cronista oficial”, bautizado por García Márquez como un pionero del realismo mágico. No le falta razón al premio nobel por lo fantástico de los relatos del vicentino ya que: “ni todo lo que cuenta es cierto ni lo cuenta todo”. Echarse ciegamente en sus brazos conduce lamentablemente a irremediables errores historiográficos.

Pigafetta llega a la Península tan sólo unos meses antes de salir la expedición en el séquito de monseñor Francisco Chieregati, nuncio apostólico de S.S. el Papa Adriano VI en visita al Emperador. Enterado del viaje que se organizaba a la especiería consigue embarcarse por intermediación del nuncio con la clara intención, según sus propias palabras, de: “proporcióname a mí mismo satisfacción, y me alumbrarán renombre en la posteridad”, lo que podríamos definir como mero oportunismo.

Obviamente sabía que, por la recomendación que le avalaba, tendría la oportunidad de compartir mesa y mantel con los mejores astrónomos y navegantes del mundo, además de consultar la más importante biblioteca náutica embarcada.

Fiel a su propósito, a pesar de no ser seleccionado por Juan Sebastián de Elcano para dar testimonio ante el Emperador y su asistente Maximiliano Transilvano, insiste en ser recibido en la Corte para presentar un relato de la circunnavegación que publicaría Pedro Mártir de Anglería, cronista de Indias. Relato mucho más breve e incompleto que el de Elcano y sus acompañantes, tanto que ni siquiera recoge el paso de la expedición por Canarias.

Como no obtiene ningún beneficio de la corte española, se presenta ante Juan III de Portugal para dar cuenta de la expedición. Más tarde, en 1525, el mismo año que Elcano muere en el Pacífico y Esteban Gómez (desplazado por Magallanes) termina de cartografiar toda la costa este norteamericana, entrega otra versión del viaje a la reina regente de Francia (Francisco I estaba preso en Madrid).

En esta versión hace referencia a una sola escala en Tenerife, sin mencionar Montaña Roja. Un relato que publicaría pocos años después Giovanni Battista Ramusio junto con el testimonio de Juan Sebastián de Elcano y el de un tripulante anónimo.

En años sucesivos, hasta su muerte, Pigafetta iría escribiendo nuevas relaciones ampliadas de la circunnavegación que entregaría al Papa Clemente VII, al rey de Francia y al Gran Maestre de Rodas. Una versión de esta última sería encontrada en la Biblioteca Ambrosiana de Milán por el archivero Carlos Amoretti en 1795 que, corregida y comentada, publica en el año 1800. Obra en la que a su vez se basa el escritor Stefan Zweig para su archiconocido “Magallanes, el hombre y su gesta”. Una suerte para el realismo mágico y un desastre para la historiografía.

Ya que, sin desdeñarla, en la obra de Pigafetta es preciso distinguir lo real de lo fantástico y las fuentes en las que se inspira. Parece obvio que la biblioteca y los diarios de a bordo le resultaron de gran utilidad mientras le permitieron consultarlos. Sirva de ejemplo su descripción del árbol del agua, el “Garoé”, que erróneamente sitúa en Tenerife, en términos muy parecidos a los del derrotero de Fernández de Enciso de 1518.

O el de sus coordenadas de la situación de las naos, que son bastante exactas hasta que muere Magallanes y pasan a ser disparatadas cuando navega en la Victoria a pesar de que Francisco de Albo las calcula con gran exactitud. Pero quizás lo más flagrante es la copia literal de métodos de navegación de la Casa de Contratación, fruto de siglos de investigación y experiencia, en particular del Regimiento de Longitudes de Rui Falero, incluso donde se menciona a Tenerife como origen de longitudes de la expedición.

Son sobradamente elocuentes las observaciones de Carlo Amoretti sobre este asunto: “… estos (métodos) eran un misterio reservado para un pequeño número de sabios… Ahora estos métodos, que pocos conocían entonces, y que nuestro Pigafetta ha recogido y expuesto en su Tratado, son los mismos que, aún hoy, son considerados los mejores…”.

Igual que la NASA no confió los mandos del módulo lunar a un recién llegado, tampoco la Casa de Contratación confió “la pluma del Rey” a Pigafetta. Los cronistas, escribanos y notarios oficiales de la expedición fueron León de Espeleta en la Trinidad, Sancho de Heredia en la Concepción, Antonio da Costa en la Santiago, Martín Méndez en la Victoria y Gerónimo Guerra en la San Antonio.

Ninguno rindió viaje en la Victoria, pero son los autores de la mayor parte de la documentación fidedigna que se conserva de la gesta. Eran funcionarios nombrados con el consentimiento del Rey, anotaban y “certificaban” todos aquellos acontecimientos, nuevos territorios, actos de impartición de justicia o de interés para la Corona y “de su mano”, por ese motivo ni siquiera Magallanes podía cesarlos. Ejercían su autoridad a través de los alguaciles como agentes judiciales, registrando además los cargos de material y la carga, quintaladas por tripulante, testamentos, fallecimientos, sueldos, etc.

A ellos expresamente van dirigidas estas líneas por su anónimo y trascendental trabajo aún huérfano de reconocimiento.

(*) Presidente de la Tertulia Amigos del 25 de Julio. Autor del libro: “La primera escala de la expedición Magallanes-Elcano”

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