[Canarias}— ¿Qué ocultó la base estadounidense de Puerto Naos, en La Palma?

¿Qué ocultó la base estadounidense de Puerto Naos?

Junto a la tranquila playa de Puerto Naos, en el municipio de Los Llanos de Aridane, isla de La Palma, se desplegaron durante algo más de una década las instalaciones de la llamada “base americana” adscritas a la Universidad de Columbia, Nueva York. Según su director, su misión era exclusivamente científica.

Concretamente se ocupaban del estudio mediante hidrófonos de los sonidos emitidos por los mamíferos marinos, como los grandes cetáceos que cruzaban nuestras costas. Sin embargo, este no era su principal cometido.

La estación hidrofónica pertenecía en realidad a la Marina de Estados Unidos y desarrollaba en plena “guerra fría” las labores de detección sistemática del paso de los SSBN (Submarinos Balísticos de Propulsión Nuclear) de la URSS que cruzaban las aguas del Océano Atlántico, principal teatro de operaciones por esos años, en las estrategias entre la Armada Soviética y las fuerzas de la lucha antisubmarina de la marina de los EE.UU.

Corría el año 1970 cuando tuve la ocasión de visitar por primera vez la “base americana”, tal y como se era conocida por las gentes de nuestra isla. No había medidas de seguridad evidentes o por lo menos a mí no me lo pareció. Accedí acompañado del personal palmero que estaba contratado por aquel entonces.

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El centro constaba de un edificio rectangular, de una sola planta, que estaba rodeado por un jardín con una fuente circular y numerosas plantas, entre las que destacaba los frondosos cardones de la entrada, una palmera solitaria y un pequeño ciprés. Anexo al edificio principal pude observar otras edificaciones menores. En una de ellas se alojaba el grupo electrógeno que proporcionaba fluido eléctrico autónomo a todo el conjunto. Del edificio principal salían unos gruesos tubos metálicos que cruzaban el jardín en dirección a la playa. Éstos acogían las vainas, tipo troquel, que llevaban los conductores de cobre que portaban las señales tomadas por los hidrófonos que estaban en el fondo del mar.

Destacaba también la torreta galvanizada y una enorme antena direccional monobanda orientada al oeste. El personal de la base era muy amable con los visitantes. A los jóvenes nos ofrecían una helada bebida refrescante que decían era “la chispa de la vida” y que además tenía, entre otras múltiples “virtudes”, la de aflojar los tornillos oxidados.

También conocí al subdirector del complejo, el Sr. Peter Green, un oficial estadounidense siempre dispuesto a ofrecer cuantas explicaciones se le pedían. Por supuesto, la inmensa mayoría de los isleños no conocíamos el verdadero uso de la base, ni cuanto acontecía entre ambas potencias en las profundidades del Atlántico, y es por ello que me resulta ahora evidente, porque él, un oficial altamente adiestrado, salió siempre airoso de cuantas preguntas le hicieron.

Puerto Naos no fue en un principio el punto elegido para la construcción de la estación, ya que se producía un eco debido a la estructura del edificio insular, y por ello se había pensado como primera ubicación la isla de El Hierro. Esta idea fue desechada debido a la mayor infraestructura con que contaba La Palma.

La estación hidrofónica comenzó a construirse en el verano del año 1963 bajo la supervisión de Carl Hartdegen, del Instituto Geofísico Palisades. Concretamente, el 8 de junio la barcaza “UNIZEV-1”, utilizada para desembarcos durante la Segunda Guerra Mundial, salió con un conjunto de tráilers e instrumentos eléctricos desde la Base Naval de Las Palmas de Gran Canaria, con destino a la playa de Puerto Naos. El día 13 de junio comenzó el tendido de los cables costeando la orilla oeste de la isla. El 14 de junio se inició el desembarco de los tráilers y la instalación de éstos a unos 100 metros de la orilla. En precario, días después, se emprendió la tarea de recogida de los primeros datos acústicos para la calibración de los equipos.

El equipamiento es sofisticado para la época: grabadoras magnéticas (modelo Ampex S3612), relojes digitales y cronómetros Westrex TS-3A, oscilogramas Samborn 152-100B, preamplificadores, osciloscopios, sismógrafos, equipos de comunicaciones de los modelos Collins KWN-2, amplificador lineal Collins 1Kw y receptores de WWW BeckMan, etc,. Merece especial mención el enorme grupo electrógeno, un Allis Chalmer de 100 Kw, que conjuntamente con el motor ocupaba un solo tráiler.

Pronto se contrató personal especializado para las labores de mantenimiento de la estación. Entre ellos, varios técnicos y mecánicos palmeros que serían adiestrados en las tareas básicas de control del equipamiento. Uno de ellos fue el Sr. Hugo Castro Bethencourt, que alcanzó la categoría profesional de jefe técnico de la estación hidrofónica. Él recuerda aquellos años pasados en la estación como “una experiencia altamente positiva”, y añade: “Allí pude aprender cuanto sé”.

A continuación me explica que la estación comienza sus trabajos con tan sólo un par de hidrófonos, y prosigue: “Tras numerosas pruebas, se localizan los puntos más idóneos en el lecho marino que puedan recoger mejor las ondas acústicas”. Ya en 1965, según un plano de los cables e hidrófonos que he podido consultar, se constató la existencia de un total de seis hidrófonos, dispuestos como sigue: en dirección norte, a 28º 38′ N (latitud) y 18º 2′ O (longitud), encontramos los hidrófonos A y B (justo en frente de la montaña de Todoque), después el C y D los encontramos frente a la Playa de Puerto Naos, a 28º 34′ N y 17º 55′ O, y por último los hidrófonos E y F están a 28º 32′ N y 17º 55′ O, en dirección sur.

Con el paso del tiempo, Castro Bethencourt aprendió a reconocer las llamadas de los cetáceos distinguiendo incluso entre machos y hembras. Los registros en papel de los sonidos captados eran enviados en tambores precintados a la Base Aérea de Torrejón de Ardoz, en Madrid, y de ahí a la Universidad de Columbia, donde “casualmente” también estaba el Centro de Evaluación de la Guerra Antisubmarina, de Nueva York. Lo que no es casualidad, según explicaremos más tarde, porque ambos organismos tenían una misión común.

La jornada para el técnico en la estación empezaba a las 9, con desayuno fuerte en la misma base. Luego entre las tareas más importantes de la mañana estaban: calibrar los equipos e hidrófonos, cambiar los tambores con el rollo de los oscilogramas, ajustar la hora oficial mediante los tonos recibidos de una radioestación horaria, etc.

A las doce horas, tocaba deporte. Todo el personal a jugar al pingpong. Peter Green utilizaba con los miembros de la estación una terapia propia de los pilotos de la Marina estadounidense: jugar cada día una hora al ping-pong con el fin de desarrollar los reflejos. La jornada terminaba sobre las 17 horas tras haber contactado por radio con los centros de referencia establecidos.

En el año 1971 la estación prestó un gran servicio al estudio del vulcanismo en nuestra isla. Varios días antes de que se produjeran los primeros temblores que anunciaban la inminente erupción del Volcán Teneguía, la estación pudo captar unos extraños ruidos submarinos cuyos registros fueron enviados en mano a la Base de Torrejón de Ardoz y luego, con toda prontitud, en vuelo estafeta al Centro de Evaluación. Al día siguiente, la respuesta confirmaba las sospechas: ese sonido intenso era de origen volcánico y su epicentro estaba en el sur de la isla, cerca del mar.

Una semana más tarde tuvieron lugar los movimientos sísmicos iniciales que son registrados por la estación, hasta que el 31 de octubre de 1971 se abrió la primera brecha en el suelo del municipio de Fuencaliente.

En relación con este hecho, hemos recogido, de los archivos del Instituto Smithsoniano, el informe que fue enviado por la Estación Hidrofónica de Canarias. En él se cita como informador al profesor José M. Fuster Casas, del Instituto Lucas Mallada, de Madrid. Y además se recogen todos los datos sobre la evolución del volcán en el período comprendido entre el 31 de octubre y el 4 de noviembre del año 1971. Los informes fueron radiados desde la Estación Hidrofónica y recibidos por Carl Hartdegen, el entonces ya director del Instituto Palisades, isla Sofar (Bermudas), que a su vez transfiere éstos, vía teléfono, a la Oficina de Investigación Naval, en Washington, que los cedió cortésmente al Instituto Smithsoniano.

Castro Bethencourt, como técnico de la estación, aprendió muy pronto a trabajar bajo el silencio impuesto por sus patronos, la Marina de los Estados Unidos. Nos cuenta que hubo numerosas ocasiones en que tuvo que evadir preguntas indiscretas sobre el trabajo que se realizaba allí. En cierta ocasión —sobre los años setenta, cree— se empezaron a escuchar ciertos ruidos atronadores que se originaban entre la costa oeste de nuestra isla y la isla de El Hierro.

Muchas personas, entre ellas los miembros de la Guardia Civil, se preocuparon por su origen. Una tarde fue llamado por el comandante del puesto del cuartel de la Guardia Civil de los Llanos de Aridane, que le interrogó sobre la procedencia de tales ruidos. Nuestro informante tuvo que responder con una evasiva, diciéndole que muy posiblemente se debieran a pescadores que se dedicaban furtivamente a tirar cartuchos de dinamita en busca de abundantes capturas de pescado.

La verdad era otra muy distinta, sólo que tal información estaba clasificada, y se imponía la orden de no revelarla a nadie. Ahora, pasados ya treinta y cinco años de los hechos, nos habla de ello: “Durante esa época cruzaban los cielos de las islas numerosos aviones militares de Estados Unidos, y algunos reactores incluso llegaban a romper la barrera del sonido muy cerca de nuestras costas”. La “base americana”, que desempeñó un indiscutible papel en el control del tráfico marítimo del Atlántico durante la guerra fría, cerró en 1974, aunque se mantuvo durante un par de años con un mantenimiento mínimo de los equipos, a la espera del cierre definitivo en el año 1976.

Tras la guerra fría, la detección de los SSBN fue de la mano de las nuevas tecnologías. Para ello se utilizó un sistema integrado de vigilancia que manejaba una combinación de detectores que incluían detectores de anomalías magnéticas, sonar, sonoboyas (hidrófonos autónomos con transmisores lanzados desde aviones), detectores de la temperatura del agua del mar, FLIR (prospectores infrarrojos), etc.

Todos estos sensores se alojaban en los satélites, en las estaciones terrestres y en los buques y aviones de la lucha antisubmarina. Producían tal volumen de datos que sólo grandes equipos informáticos podían analizar toda la información remitida. Por ejemplo, los Estados Unidos, empleaba un supercomputador llamado “ILIAC-4” con una memoria de 10 x 9 bit.

Ahora la base, ya desmantelada, sede intermitente de algunos grupos de “ocupas”, es propiedad de la Marina Española. La estación hidrofónica: un proyecto bajo jurisdicción militar con una tapadera científica. Mucho se ha hablado sobre el verdadero uso de las instalaciones de la Estación Hidrofónica de Puerto Naos y de qué agencia o universidad dependían. Lo cierto es que estaba bajo jurisdicción militar y era controlada por las fuerzas militares de los Estados Unidos que estaban destacadas en España.

Todo se aclara si consultamos algunos documentos y cartas cedidas por el personal palmero contratado en la estación, donde hemos constatado el encabezamiento siguiente: “JUSMG – ONR Hydrofone Station, La Palma, Canary Island”. En la Guía Federal de Archivos y Expedientes de los Estados Unidos, apartado 334,4,10, que se refiere a los expedientes de las unidades militares de asistencia en España, se recoge el acuerdo de la creación de JUSMG España (Grupo Militar Conjunto de Estados Unidos) y MAAG España (Grupo Consultivo de Asistencia Militar) en el año 1953, donde se especifica: “(…).

El 2 de septiembre de 1953 se toman dos acuerdos de defensa y otro acuerdo de ejecución económica entre los Estados Unidos y España, que a su vez son refrendados por un tratado entre ambas naciones de fecha 26 de septiembre de 1953. En el mismo se establece el MAAG España y el JUSMG España, el 1 de noviembre de 1953, confirmado por el General Orden/43 del Departamento de la Fuerza Aérea, del 6 de noviembre de 1953″.

Con motivo de estos acuerdos bilaterales se creó el MAAG España, que se hace responsable de la administración del programa mutuo de defensa y, por otra parte, el JUSMG España se ocupa de la ayuda a la defensa, así como de la planificación y construcción de las bases que usarían las fuerzas militares de Estados Unidos destacadas en el territorio de nuestro país. Fruto de ello, es la construcción de la Base Naval de Rota, en la bahía de Cádiz, que da apoyo logístico a la Sexta Flota estadounidense en todo el área del Mediterráneo. Ambos organismos militares (JUSMG y MAAG) conjuntamente con la Oficina de Investigación Naval (ONI), adscrita al Departamento de Defensa de los Estados Unidos, al igual que los ya referidos Instituto Geofísico Palisades, de las Bermudas, y la Universidad de Columbia, de Nueva York, participaron en la puesta en marcha de la Estación Hidrofónica de Puerto Naos.

El interés de la Marina estadounidense por la investigación acústica subacuática se culmina con el “Proyecto Hartwell”, en 1950, donde se estructura una defensa antisubmarina basada en la detección del sonido de baja frecuencia mediante un sistema de sensores basados en matrices de hidrófonos. Este plan estaba integrado en el plan ASW (Guerra Antisubmarina) que se desarrolla en el decenio de los años cincuenta para la utilización del sonar pasivo en la detección de submarinos enemigos, coordinamos dos proyectos secretos conocidos por los nombres de “Proyecto Jezebel” y “Proyecto Michael”.

La Universidad de Columbia, que a la sazón fue el organismo que contrató al personal palmero de la estación, se ocupó, a partir de 1951, del proyecto de alta prioridad llamado “Proyecto Michael”, que estudiaba la acústica de largo rango en el océano. Mientras la parte tecnológica fue liderada por los laboratorios Bell, mediante el “Proyecto Jezebel” de investigación acústica de corto rango, conocida por alta frecuencia.

Los trabajos culminaron en 1952 con la implantación del sistema SOSUS (Sistema de Vigilancia Sónica), nombre clasificado que respondía a una red integrada de vigilancia submarina por sonido mediante matrices de hidrófonos montados en el fondo del mar. Los grupos de hidrófonos, localizados en los puntos más óptimos para la propagación acústica, estaban conectados mediante cables submarinos con las estaciones costeras que detectaban y dejaban registro, tanto en magnetófonos como en oscilagramas, de potencias acústicas de menos de un vatio que estuviera en un radio de varios cientos de kilómetros.

En 1954 se autorizó la construcción de diez estaciones, tres para el Atlántico y seis para el Pacífico y sólo una en Hawai, que son llamadas “Caesar”, nombre en clave que recibió el proyecto SOSUS cuando atendía a las labores de producción e instalación de las bases. Pronto se incorporaron las estaciones de las Islas Bermudas; Shelburne, en Nueva Escocia (Canadá); Isla de Nantucket, en el golfo de Maine (Estados Unidos); Isla de Barbados, en el mar Caribe, e isla de San Nicolás, en el Pacífico. Se establecen los centros de evaluación en Nueva York y en Norfolk, Virginia.

El 26 de junio de 1962 se produjo la primera detección de un submarino del tipo diesel “snorkel” soviético, y el 6 de julio de ese mismo año la estación de Barbados detectó el paso de un SSBN (Submarino Balístico Nuclear) soviético que cruzaba por la ruta “GIUK” que pasa por el Reino Unido, Islandia y Groenlandia, hasta acabar en las aguas del Golfo de Maine, en Massachussets, Estados Unidos.

En 1963, para seguir completando el sistema SOSUS que contaba con más de una treintena de estaciones, se incorporó la estación de Puerto Naos, que se halla a 4.450 km de las Islas Bermudas, a 4.590 km de la Isla de Barbados, y a 1.230 km del archipiélago de Azores, que en conjunto tendrían como misión el rastrear la zona del Atlántico medio en búsqueda de los SSBN soviéticos.

Otra de las misiones de la estación de Puerto Naos fue la de participar en los rescates de navíos accidentados, tal y como se llevó a cabo con la búsqueda del submarino nuclear USS CORPION (SSN-589) que se hundió el 22 de mayo de 1968 con 99 hombres a bordo y a más de 10.000 pies de profundidad, en un punto situado a 400 millas al sudoeste de las Islas Azores.

La búsqueda del USS SCORPION mantuvo ocupadas a las estaciones hidrofónicas atlánticas durante unos 15 días. Durante este período, nos relata Hugo Castro Bethencourt, “se trabajó en turnos de día y de noche. Cada dos o tres horas se lanzaban desde barcos y aviones cargas explosivas sobre la zona, luego era recibido el eco por la base y con ello se podía elaborar un mapa de perspectiva del fondo marino. Finalmente se encontró el submarino al sudoeste de las Azores. Se dice que portaba armas nucleares”.

Esto contradice lo que algunos autores han afirmado de que nunca se encontró este sumergible. Efectivamente, se hundió con dos torpedos de la marca 45 ASTOR, con cabezas nucleares, que no se pudieron recuperar. Lo curioso es que, según denunció el periódico Houston Chronicle, atendiendo a la desclasificación de los documentos oficiales, muy posiblemente el accidente fue debido a una falta de mantenimiento eficaz por parte de la Marina estadounidense que redujo drásticamente estos trabajos en favor del aumento de la operatividad durante la guerra fría.

Hoy en día el peligro nuclear que puede derivarse del accidente del Scorpion se mantiene. En 1979 y 1986 se hicieron estudios radiológicos de la zona buscando el radio nucleido cobalto 60, y por ahora los índices encontrados en los sedimentos, el agua y la vida marina, según la Marina estadounidense, no alcanzan cifras significativas. Sin embargo, el peligro permanece latente.

Fuente – No encuentro nombre del autor

Cortesía de Ricardo Lorenzo

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