[*Opino}— Padre > Papá > Papi… y la degradación de la educación en el hogar

22-06-2020

Carlos M. Padrón

El artículo que copio abajo, cuyo autor desconozco, me llegó ayer, Día del Padre en América, varias veces por WhatsApp enviado por diferentes contactos, pero siempre teniendo al comienzo esta declaración: “A propósito del Día del Padre, me pasaron esto y me he reído mucho”.

A mí, en cambio, no me ha hecho ninguna gracia porque la evolución descrita en el artículo tiene que ver con la degradación a que ha llegado la educación a los hijos gracias a las teorías basadas en que nunca deben recurrir los padres a lo que por siglos resultó efectivo: la nalgada a tiempo.

Crecí y me eduqué en la época del papá, pero cuando aún imperaba la nalgada a tiempo, y de los entonces muchachos/as no he conocido ningún delincuente ni mal ciudadano

Pero ahora —y en gran medida gracias a la divulgación que han tenido las series de TV y las películas hechas en USA—, la imagen que de los hogares nos han vendido es una en que abundan los adolescentes insoportables por respondones, engreídos, sabiondos y convencidos de que son sus padres quienes les deben respeto, y no al revés. Adolescentes buenos para nada —a veces sí para la droga— que se creen con muchos derechos y cero deberes. Adolescentes convencidos de que sus padres son culpables de haberlos traído al mundo sin su permiso y que, por tanto, en pago deben cumplir las reglas y los caprichos que a ellos, los adolescentes, más convengan.

La impresión que esto causa es que los padres son esclavos de esos monstruitos que sólo dan problemas aunque, por graves que éstos sean, las madres siempre dicen “Mi hijo es un buen chico” (“He’s a good boy”). En una serie de TV que mostraba estos enredos, una madre, que sí era sensata y que por tales enredos estaba desesperada, dijo a su marido: “Recuérdame por qué quise tener hijos”. Una pregunta que, lamentablemente, se me antoja más válida cada día.

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Diferencias entre Padre, Papá y Papi

Hasta hace cosa de un siglo, los hijos acataban el cuarto mandamiento como un verdadero dictamen de Dios. Imperaban normas estrictas de educación: nadie se sentaba a la mesa antes que el padre, nadie hablaba sin permiso del padre, nadie se levantaba de la mesa si el padre no se había levantado antes… por algo era el padre.

La madre fue siempre el eje sentimental de la casa; el padre, siempre la autoridad suprema.

Todo empezó a cambiar hace unas siete décadas cuando el padre dejó de ser el padre y se convirtió en papá. El mero sustantivo era ya una derrota. Padre es una palabra sólida, rocosa, imponente; papá es un apelativo para oso de felpa o para perro faldero; da demasiada confianza. Además, con el uso de papá el hijo se sintió autorizado para protestar, cosa que nunca había ocurrido cuando el papá era el padre.

A diferencia del padre, el papá era tolerante. Permitía al hijo que fumara en su presencia, en vez de tumbarle los dientes con una trompada, como hacía el padre en circunstancias parecidas. Los hijos empezaron a llevar amigos a la casa y a organizar bailes en los que se consumían bebidas, mientras papá y mamá se desvelaban y comentaban en voz baja: “Bueno, por lo menos tranquiliza saber que están tomándose unos tragos en casa y no en quién sabe dónde”.

El papá marcó un acercamiento generacional muy importante, algo que el padre desaconsejaba por completo. Los hijos empezaron a comer en la sala mirando la televisión, mientras papá y mamá lo hacían solos en la mesa.

Papá seguía siendo la autoridad de la casa, pero una autoridad bastante maltrecha. Era, en fin, un tipo querido; lavaba, planchaba, cocinaba y, además, se le podía pedir un consejo o también dinero prestado.

Y entonces vino papi que es un invento reciente, de los últimos 20 ó 30 años, descendiente menguado y raquítico de padre y de papá. A papi ya ni siquiera se le consulta ni se le pregunta nada, simplemente se le notifica. “Papi, me llevo el coche”, “Dame para gasolina”, “Voy a salir”, “Vas por mi cuando yo te diga”, etc.

Le ordenan que se vaya al cine con mami mientras los hijos están de fiesta. Lo tutean y hasta le indican cómo dirigirse a ellos: “¡Papi, no me vuelvas a llamar chiquita delante de Jonathan!”, y tal vez al decir algo así te voltean la cara o ni te dirigen la mirada.

No sé qué seguirá después de papi. Supongo que la esclavitud o el destierro definitivo.

Yo estoy aterrado. Después de haber sido nieto de padre, hijo de papá, y papi de mis hijos, mis nietos y nietas han empezado a llamarme “pa”.

Creo que quieren decir: “¿Pa qué sirves?”

Es la pura verdad, pues, por lo que veo, según este análisis los “padres” estamos a punto de extinguirnos.

Cortesía de Eva Matute

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