[*Opino}– Acerca de cuándo y por qué nuestros ojos reflejan el deseo

21-01-14

Carlos M. Padrón

Desde los años ’80s estoy convencido de lo que dice el último párrafo del artículo que copio abajo, o sea, de que la bisexualidad es mucho más común en las mujeres que en los hombres.

Creo que es por eso por lo que ellas no se visten, se emperifollan y se acicalan para gustar a los hombres, sino para gustar, impresionar o hasta dar envidia, a otras mujeres. Nunca he visto hombres que traten de impresionar así a otros hombres, a menos que sean gays.

Y esta característica de las mujeres es otra de las que, nos guste o no a los hombres, deja bien a las claras que ellas no son el sexo débil.

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21/01/2014

Pilar Quijada

¿Por qué nuestros ojos reflejan el deseo?

Muchos siglos antes de que las técnicas de neuroimagen hicieran posible asomarse al cerebro en funcionamiento, los buenos comerciantes ya eran capaces de medir el interés de un posible comprador simplemente mirando a sus ojos, una ventana abierta a nuestras intenciones.

No en vano el refranero sostiene que los ojos son el espejo del alma, y es que las pupilas se dilatan, y nos delatan, cuando algo nos resulta apetecible. Basándose en ese dato, los vendedores podían llegar más o menos lejos regateando el precio.

Sin ir tan lejos, en nuestra experiencia cotidiana, ¿quién no ha pedido alguna vez a alguien que le mire a los ojos para estar seguro de la sinceridad de quien le habla?

Ahora un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences muestra que las pupilas se dilatan mientras estamos deliberando sobre algo, dando pistas sobre la posterior decisión que vamos a tomar y las preferencias individuales.

Mayor reacción ante un «si» fingido

Según el estudio, antes de dar una respuesta afirmativa las pupilas se dilatan más que cuando optamos por el “no”. Lo desconcertante es que se agrandan más aún cuando decimos que ‘sí’ en contra de nuestras preferencias. Algo que sin duda confundiría a los antiguos comerciantes.

Estudios previos ya habían mostrado el papel de las pupilas, cuyo tamaño varía transitoriamente, en la toma de decisiones. Pero se pensaba que esa variación tenía lugar sólo en la fase final, cuando se daba la respuesta que reflejaban la decisión.

Sin embargo, lo que han descubierto los investigadores de la Universidad de Amsterdam, y que publican en PNAS, es que “la dilatación de las pupilas revela en realidad la evolución de todo el proceso de toma de decisiones, y también las preferencias de quien la lleva a cabo”.

Independientemente de cuál sea nuestra respuesta, las pupilas reaccionan de distinta forma cuando estamos actuando en contra de nuestras preferencias.

En concreto, si decimos que sí a algo con lo que no estamos de acuerdo, las pupilas se agrandan más que con una afirmación sincera. Y es que, según los investigadores, las pupilas son un indicador fiable de nuestro estado mental mientras tomamos una decisión. En definitiva, una indiscreta ventana al exterior.

Para el estudio los investigadores midieron el tamaño de las pupilas de los 23 participantes, que tenían que detectar la presencia o ausencia de una señal visual en un monitor sobre un fondo con un ruido dinámico que hacía más difícil la elección.

El estudio reveló que la pupila se mantenía activa en todo el proceso de toma de decisiones y no sólo al final, en contra de lo que se creía. Y que la amplitud total de dilatación de la pupila mientras se gestaba la decisión era mayor antes de decir que sí que ante una negativa, independientemente de la presencia física de la señal.

La ventana indiscreta

El grado de dilatación de las pupilas está regulado por el sistema nervioso parasimpático y mediado por el hipotálamo, una estructura del cerebro que está implicada, entre otras funciones, en el control de la expresión fisiológica de las emociones.

El hipotálamo a su vez está bajo control del lóbulo prefrontal, la parte del cerebro más evolucionada, que está implicada en la toma de decisiones.

Es precisamente en esta zona del cerebro donde se determina el grado de deseabilidad que tienen para nosotros las cosas, que ganan o pierden valor en función de nuestras experiencias pasadas, gustos, carencias, apetencias.

Según esto, las pupilas nos delatan porque a través de ellas hay una “fuga de información” de lo que estamos tramando mientras tomamos una decisión.

Orientación sexual

Esto no es lo único que revelan nuestros ojos. Y es que, al reflejar el deseo, también pueden indicar cuáles son nuestras preferencias sexuales, como demostró un estudio realizado en el verano de 2012 por investigadores de la Universidad de Cornell (Nueva York).

En esta ocasión se sirvieron de una lente de infrarrojos especializada en medir los cambios en las pupilas de voluntarios que veían vídeos eróticos.

Así comprobaron que se dilataban más cuando los participantes veían imágenes de personas que les parecían más atractivas. Pero a la vez esta indiscreta ventana podía revelar, de paso, su orientación heterosexual u homosexual.

La investigación se publicó en PLoS ONE.

Los hombres heterosexuales mostraron una fuerte respuesta a los vídeos eróticos en los que aparecían mujeres, y poca a los de otros hombres, lo que correlacionaba bien con el tamaño de sus pupilas.

Sin embargo, en el caso de las mujeres no era tan fácil determinar su orientación sexual, puesto que sus pupilas se dilataban ante la visión de escenas eróticas con participantes de ambos sexos.

Fuente

[*Drog}– El drogamor, el amor, el deseo y los fármacos

12-10-13

Carlos M. Padrón

El artículo que copio abajo contiene puntos clave del drogamor, el amor y el deseo.

Entre ellos cabe destacar que, una vez más, se dice que el drogamor reside en el circuito opioide del cerebro (el opio es una droga), y es diferente al amor; por ejemplo, al amor maternal.

Lo pasajero del drogamor queda demostrado porque, cuando éste aparece —o sea, cuando nos enamoramos (léase drogamoramos) de una persona— «el factor de crecimiento nervioso presenta niveles elevados, pero en cambio vuelve a sus niveles previos al cabo de un año«.

Por tanto, el drogamor no dura, pero las manifestaciones de los drogamorados son las mismas de quienes sufren de trastorno obsesivo compulsivo, o sea, anormales.

Sí, es cierto que se puede desear sin amor y hasta sin drogamor, pues el deseo no es per se ni amor ni drogamor, aunque puede estar presente en ambos.

Por demás interesante es la aseveración de que el amor implica tres factores: pasión, intimidad y compromiso. Pero sólo se elige voluntariamente el compromiso. Por tanto, fiarse solamente de la pasión y la intimidad no parece muy sensato.

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17/09/2013

Beatriz G. Portalatín

No existen fármacos para el amor

El experto en Psicología Emocional, Stanley Schachter, afirmó que «el amor es una excitación fisiológica que interpretamos de una determinada manera».

Y es que, según ha demostrado la Ciencia a lo largo de los años, en el amor existe un componente biológico que hace regir nuestra forma de sentirlo, de demostrarlo y de comportarnos ante él.

Francisco Cabello, médico, psicólogo y director del Instituto Andaluz de Psicología y Sexología, quien recientemente expuso una ponencia sobre este tema en el VII Curso Internacional de Sexualidad y Salud Mental, asegura que efectivamente, en asuntos del corazón, la Ciencia tiene un lugar muy destacado.

«En el amor intervienen distintos componentes, unos emocionales que no se deciden voluntariamente, como la pasión, y que tienen fecha de caducidad; y otros aspectos que deben cultivarse, como el compromiso»,

mantiene.

Hay zonas en nuestro cerebro, y determinados neurotransmisores, explica el doctor, que se activan ante ciertos estímulos y, de forma dinámica, se ponen en marcha una serie de circuitos que conforman la experiencia amorosa.

Por ejemplo, la dopamina, el circuito opioide, la zona prefrontal del cerebro y, de forma muy destacada, el núcleo accumbens.

Además, «hoy en día sabemos mucho acerca de la neurofisiología del amor. A modo de ejemplo, a través de las imágenes obtenidas por fMRI [neuroimagen obtenida por resonancia magnética funcional] se puede diferenciar entre amor romántico y amor maternal. Por tanto, efectivamente, existe un sustrato biológico del amor»,

indica.

Pero aún hay más datos. Según el investigador Páez, el factor de crecimiento nervioso (NGF) presenta niveles elevados cuando nos enamoramos de una nueva persona, pero en cambio vuelve a sus niveles previos al cabo de un año.

«Para que se secrete la dopamina (neurotransmisor relacionado con el placer) se requiere la novedad»,

dice este experto.

Y, por otro lado, los recién enamorados tienen niveles de serotonina (la hormona relacionada con el bienestar) un 40% más bajos de lo normal, al igual que quienes sufren de trastorno obsesivo compulsivo.

Incluso se puede diferenciar entre amor y deseo.

A nivel neurológico por fRMI, explica Cabello, se ha comprobado que los núcleos cerebrales que se activan ante la visión de la persona amada son, con pequeñas diferencias, los mismos que se ponen en marcha tras mirar a una persona deseada.

Además, «parece obvio que es difícil enamorarse de alguien a quien no se desea, pero, por el contrario, sí se puede desear sin amor».

En este aspecto existen varias modalidades. Por ejemplo,

«Se puede tener impulso sexual no dirigido a una persona en concreto, es decir, deseo sin objeto, y se puede sentir una fuerte atracción sexual hacia alguien a quien no se le ven valores que permitan activar la pasión amorosa»,

comenta.

Pero entonces, ¿realmente existen fármacos para el amor?

No como tal, afirma el experto, no existen.

«La industria farmacéutica no ha inventado nada —probablemente tampoco se lo ha propuesto— que facilite la intimidad, la comunicación en pareja, o el nivel de compromiso Pero, por otro lado, sí tenemos algunos fármacos que potencian y mejoran la sexualidad disfuncional y, por ende, favorecen el erotismo, lo cual puede ayudar al mantenimiento de la pasión»,

indica.

Y la pasión es uno de los componentes, según la teoría de Stenberg, del amor romántico.

Evolución en los tiempos

Según la teoría de Stenberg, en el amor romántico existen tres componentes básicos: la pasión, la intimidad, y el compromiso/decisión.

Los cimientos de la pasión se asientan en la atracción erótica. La intimidad, cuya base es la comunicación, entre otras cosas, sería la sensación de estar a gusto con la pareja y echarla de menos en su ausencia.

Finalmente, el compromiso/decisión estaría formado por todas las ideas y comportamientos llevados a cabo para mantener un vínculo con la persona elegida.

De entre todos, sólo se elige voluntariamente este último componente.

Pero el concepto de amor que tenemos hoy, explica, no ha variado con respecto a antaño, quizás tan sólo que la pasión ha ganado más protagonismo. Lo que sí ha variado es el conocimiento que disponemos acerca de los distintos componentes, cómo evolucionan y qué repercusiones tienen en la vida de las personas pero, a nivel de calle, se sigue pensando igual.

«En realidad, el conocimiento profundo del amor está sirviendo de mucho en el campo de la terapia sexual y de pareja, porque nos permite a los técnicos abordar, con conocimiento de causa, los conflictos que se presentan y que tan frecuentes son hoy día»,

comenta.

Por ejemplo, hay que tener en cuenta que una pareja que se enamore en este momento, sólo tiene un 20,9% de probabilidades de durar más de 10 años, es decir, la tasa de separación es muy alta, y el dolor que conlleva muy elevado.

De hecho, informa de que en las consultas psicológicas los conflictos de pareja están presentes en el 70% de los casos como factor predisponente, precipitante o mantenedor del problema.

Y, con todo ello, concluye Cabello, realmente el amor implica pasión, intimidad y compromiso, y que la pasión y, en parte, la intimidad, no las elegimos, y dependen de muchos factores ajenos a la propia voluntad.

Así como que, a pesar de los conocimientos biológicos que manejamos sobre el amor, no existen fármacos para potenciarlo, pero sí se disponen de algunos medicamentos que facilitan la respuesta sexual e indirectamente la pasión.

Fuente

[*Drog}– Localizado el lugar del cerebro dónde se origina el amor

20-06-12

Carlos M. Padrón

Lo que dice el artículo que sigue , publicado hoy en ABC.es, me deja muy satisfecho porque me da la razón.

Los investigadores en él mencionados hablan de ‘amor’ y ‘deseo’, pero, aunque no clasifican el primero, si dejan claro que reside en la misma parte del cerebro donde se da la adicción a las drogas.

Por tanto —añado yo— es DROGAMOR, ya que muchas veces he dicho que éste, que no el amor, causa los mismos efectos de la adicción a una droga.

¿Podría alguien, en su sano juicio, sugerir que el drogamor es una guía fiable para tomar decisiones importantes?

Lamentablemente, hay muchas personas que no sólo lo sugieren sino que defienden a capa y espada esa fiabilidad, aunque la persona involucrada en la decisión sea un hijo.

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20/06/2012

Dónde se origina el amor, localizado

Por mucho que insista el dicho popular, el amor no vive en el corazón sino en el cerebro, como ya ha demostrado la Ciencia moderna.

Pero, ¿exactamente dónde? ¿Y es el mismo lugar en el que nace el deseo sexual?

Un equipo internacional de científicos ha creado por primera vez un mapa cerebral que describe el lugar exacto en el que se encuentran estos dos sentimientos tan íntimamente ligados. Y parece que sexo y amor activan cada cual áreas del cerebro distintas pero relacionadas entre sí.

Los investigadores de la Universidad Concordia en Montreal (Canadá), junto a colegas de EE.UU. y Suiza, analizaron los resultados de 20 estudios independientes que examinaban la actividad cerebral mientras los sujetos realizaban tareas tales como la visualización de imágenes eróticas, o mirar fotografías de sus seres queridos.

Mediante la combinación de estos datos, los científicos fueron capaces de formar un mapa completo del amor y el deseo en el cerebro.

De esta forma encontraron que dos estructuras cerebrales en particular, la ínsula (corteza insular) y el cuerpo estriado, son responsables para pasar del deseo sexual al amor.

La ínsula es una porción de la corteza cerebral plegada profundamente dentro de un área entre el lóbulo temporal y el lóbulo frontal, mientras que el cuerpo estriado se encuentra cerca, en el interior del cerebro anterior.

El amor y el deseo sexual activan diferentes áreas del cuerpo estriado. El área activada por el deseo sexual se activa normalmente por las cosas que son inherentemente agradables, como el sexo o la comida. El área activada por el amor está relacionada con el proceso de condicionamiento por el cual a las cosas que tienen que ver con la recompensa o el placer se les da un valor inherente, es decir, cómo el deseo sexual se convierte en amor, lo que se procesa en un lugar diferente en el cuerpo estriado.

Sorprendentemente, esta zona del cuerpo estriado es también la parte del cerebro que se asocia con la adicción a las drogas.

Jim Pfaus, profesor de psicología de Concordia, explica que hay una buena razón para ello. «El amor es en realidad un hábito que se forma a partir del deseo sexual cuando este deseo se ve recompensado. Funciona de la misma forma en el cerebro como cuando las personas se vuelven adictas a las drogas».

Monogamia y pareja

Aunque el amor puede ser un hábito, no es necesariamente uno malo. El amor activa las diferentes vías en el cerebro que están involucradas en la monogamia y en la unión de la pareja. Algunas áreas en el cerebro están en realidad menos activas cuando una persona siente amor que cuando siente deseo.

«Si bien el deseo sexual tiene un objetivo muy específico, el amor es más abstracto y complejo, por lo que es menos dependiente de la presencia física de alguien más», dice Pfaus.

De acuerdo con Pfaus, la neurociencia ha dado a los investigadores una comprensión profunda de dónde la inteligencia y resolución de problemas se sitúan en el cerebro, pero todavía hay mucho por descubrir sobre el amor. Nuevos estudios pueden apuntar con más precisión.

Fuente: ABC

[*Drog}– El matrimonio: un invento burgués (que hizo más peligroso el drogamor)

Carlos M. Padrón

El artículo que sigue descubre los orígenes del drogamor, y deja claro que éste no sirve como argumento para llegar al matrimonio, ni como pilar para mantenerlo.

Si eso que el drogamor insiste en hacer creer al drogamorado —que es posible combinar por siempre en una sola persona las emociones de amor, deseo y felicidad— es ilusoria ambición, el dejar que eso mismo nos arrastre a la cárcel del matrimonio es un suicidio y, cuando menos, un seguro de frustración antes de los tres años, pues la experiencia ha demostrado hasta la saciedad la poca duración de la coexistencia entre lo romántico, lo sexual y lo familiar.

Es falsa, por tanto, la creencia de que, con sólo la ayuda de la otra persona, puede uno satisfacer todas sus necesidades románticas, sexuales, de convivencia y de familia.

Y esto incluye no sólo descendientes sino también parentela.

Como muy bien se dice al final, el matrimonio feliz no sólo es un mito, es algo infinitamente más frustrante que eso: es una posibilidad bastante rara, pues las probabilidades de que ocurra son mínimas.

En mi opinión, Joseph Joubert merece un reconocimiento por este invalorable, saludable y más que acertado consejo:

Sólo debes escoger por esposa a la mujer que elegirías como amigo si ella fuese un hombre.

Un sutil faceta de tal consejo es que está dirigido al hombre porque es él quien, al final, resulta atrapado en las redes del matrimonio que le monta un ser que busca cumplir con el más poderoso de los instintos: el maternal.

Pero el Sr. Joubert no tomó en cuenta la metamorfosis que ocurre en la mujer a medida que se adentra en su rol de esposa.

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El matrimonio: un invento burgués

31.07.11

Alain de Botton

Esperar del matrimonio amor, deseo y una familia feliz es casi pedir lo imposible.

Pero ésa es una expectativa moderna que nació de una realidad económica.

Ninguna de las emociones que esperamos encontrar en un matrimonio moderno son inusuales; aparecen bien descritas en el arte y la literatura de todas las culturas y eras. Lo que hace el matrimonio moderno extraordinario es la ilusoria ambición de que todas las emociones deben ser disfrutadas durante toda la vida con la misma persona.

Los trovadores de la Provenza del siglo XII tenían una percepción compleja del amor romántico que incluía el dolor generado por la visión de una elegante figura, el insomnio por la esperanza de un encuentro, y el poder de unas pocas palabras y de las miradas.

Pero estos cortesanos no tenían ninguna intención de combinar esas emociones con la realidad paralela de formar una familia, ni siquiera pretendían tener relaciones sexuales con aquéllos/as a quienes amaban apasionadamente.

Emociones subversivas

Por su parte, los libertinos de principios del siglo XVIII en París estaban muy familiarizados con el repertorio emocional del sexo: el placer de desabrochar por primera vez las prendas de otra persona, la emoción de explorarse el uno al otro a la luz de las velas, la emoción de seducir a alguien en secreto en una misa, etc.

Sin embargo, estos eróticos aventureros sabían que sus placeres tenían muy poco que ver con sentar las bases de un compañerismo, o con criar una tropa de niños.

Y el impulso de vivir en pequeños grupos familiares, en los que crezca la próxima generación, ha acompañado a la mayor parte de la Humanidad desde los primeros días en que caminamos sobre dos piernas en el Valle del Rift, en África Oriental.

No obstante, muy rara vez eso llevó a la gente a pensar que tal vez la tarea de criar una familia estaría incompleta sin el ardiente instinto sexual o el deseo frecuente de ver a la pareja.

La incompatibilidad de los lados romántico, sexual y familiar de la vida, se consideraba una característica sencilla y universal de la edad adulta, hasta que, a mediados del siglo XVIII, en los países más prósperos de Europa, un nuevo y extraordinario ideal comenzó a tomar forma en un sector particular de la sociedad: amarse, desearse y reproducirse con una sola persona.

Este ideal propuso que las personas casadas deberían no sólo tolerarse mutuamente por el bien de los niños, sino que, extraordinariamente, deberían también esforzarse en amar y desear profundamente a su pareja.

Debían manifestar en sus relaciones el mismo tipo de energía romántica que los trovadores habían mostrado por sus cortesanas, y el mismo entusiasmo sexual que el que había sido explorado por los eróticos conocedores de la Francia aristocrática.

El nuevo ideal le planteó al mundo la [falsa] noción de que uno podía satisfacer todas sus necesidades con sólo la ayuda de la otra persona.

Este ideal de matrimonio fue abrumadoramente creado y respaldado por una clase económica específica: la burguesía, que pretendía disfrutar de un equilibrio entre libertad y restricción.

Ni tan ricos, ni tan pobres

En una economía en plena expansión, gracias a la evolución tecnológica y comercial, esta nueva clase podía tener más que las limitadas expectativas de órdenes inferiores.

Con un poco de dinero ahorrado, los abogados de la burguesía y los comerciantes podrían elevar sus expectativas y esperar de una pareja algo más que simplemente compañía para sobrevivir el próximo invierno.

Al mismo tiempo, sus recursos no eran ilimitados. Ellos no tenían el infinito tiempo libre de los trovadores quienes, como heredaban fortunas, podían pasarse tres semanas escribiendo una carta para celebrar la belleza de la punta de la nariz de la amada, pues los burgueses tenían negocios y almacenes que dirigir.

Tampoco podía la burguesía permitirse la arrogancia social de los libertinos aristocráticos —cuyo poder y estatus les daba la confianza para romper corazones y destrozar familias—, ni tenía la riqueza necesaria para lidiar con las desagradables consecuencias de sus travesuras.

La burguesía estaba, por tanto, ni tan abatida como para no creer en el amor romántico ni tan liberada de la necesidad como para darse el lujo de enredos eróticos y emocionales sin límites.

La inversión en una sola persona, legal y eternamente contratada, representaba una frágil solución a su particular necesidad emocional y limitación práctica.

‘Salario significa esclavitud’

No pudo haber sido una coincidencia que una fisión similar de la necesidad y la libertad se hiciera evidente, justo en el mismo momento, en relación con ese segundo pilar de la felicidad moderna: el trabajo.

Durante siglos, la idea de que el trabajo podría algo diferente a sufrimiento había sido totalmente inadmisible.

Aristóteles afirmó que todo el trabajo realizado a cambio de un salario era sinónimo de esclavitud, una desoladora valoración a la que el Cristianismo había añadido la idea de que la dureza del trabajo era una penitencia por los pecados de Adán.

A pesar de todo, en el mismo momento en que el matrimonio estaba siendo replanteado, hubo voces que comenzaron a discutir que el trabajo era tal vez algo más que un valle de lágrimas por la supervivencia, y que, por el contrario, podría ser un camino hacia la autorrealización y la creatividad. Podría ser tan divertido como algo que uno hace sin que le paguen.

Las virtudes que, previamente, la aristocracia había asociado sólo con ocupaciones no remuneradas, empezaron a parecer posibles también en cierto tipo de empleos remunerados.

Tal vez se podía convertir un hobby en trabajo; tal vez uno podía hacer por dinero lo que habría querido hacer de todos modos.

¿El mito del matrimonio feliz?

El ideal burgués del trabajo, al igual que su equivalente matrimonial, era una encarnación de una posición intermedia.

Uno necesitaba trabajar por dinero, pero el trabajo podía ser agradable —al igual que el matrimonio no podía escapar de las cargas tradicionales asociadas a la crianza y educación de los hijos— y, aun así, no tenía que carecer de algunas de las delicias de una aventura amorosa y una obsesión sexual.

La visión burguesa del matrimonio convirtió en tabú una serie de conductas, conductas que previamente eran toleradas o, al menos, no habían sido vistas como una causa de la destrucción de uno mismo o de su familia, pues la idea de que se podía romper la familia por tener relaciones sexuales con alguien fuera de ella, habría sido ridícula para un libertino.

El ideal burgués no es una ilusión. Hay, por supuesto, matrimonios que fusionan perfectamente los tres elementos: romántico, erótico y familiar.

No podemos decir, como a veces los cínicos se siente tentados a hacer, que el matrimonio feliz es un mito, no, el matrimonio feliz es algo infinitamente más frustrante que eso: es una posibilidad bastante rara.

No hay ninguna razón metafísica por la que el matrimonio no colme nuestras expectativas, el problema es que las probabilidades de que eso ocurra son mínimas.

Fuente: BBC Mundo

[*Drog}– El (drog)amor nos hace más creativos

Carlos M. Padrón

En el artículo que copio más abajo, los investigadores que en él se mencionan pasaron por alto el enorme desgaste que causa el drogamor, o “amor romántico”; un desgaste que permitiría sólo por un tiempo la potenciación del pensamiento creativo, lo cual es malo, y la inhibición del pensamiento analítico, lo cual es bueno, pues una de las desgracias del drogamor es que inhibe el raciocino y la capacidad de análisis objetivo.

Y sí, el drogamor hace perspectivas a largo plazo, pero un plazo que en la realidad no pasa de 3 años.

A quien pregone que el amor (romántico) nos hace más creativos hay que preguntarle por cuánto tiempo y a qué costo.

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07 de Octubre de 2009

Un estudio realizado por los psicólogos Jens Förster, Kai Epstude y Amina Özelsel, de la Universidad de Amsterdan, revela que el amor cambia nuestro modo de pensar y potencia la creatividad.

En concreto, los experimentos de Förster y su equipo muestran que el sentimiento amoroso favorece el procesamiento global de la información, que se realiza sobre todo en el hemisferio derecho del cerebro, potenciando el pensamiento creativo a la vez que inhibe el pensamiento analítico.

Según los investigadores, este efecto es opuesto al del deseo sexual, que incrementa el pensamiento analítico y reduce la creatividad.

Los investigadores atribuyen estas diferencias a que el amor romántico requiere tener una perspectiva a largo plazo, mientras que el sexo prepara al cerebro para una perspectiva a corto plazo, “aquí y ahora”.

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