[*Drog}– El matrimonio: un invento burgués (que hizo más peligroso el drogamor)

Carlos M. Padrón

El artículo que sigue descubre los orígenes del drogamor, y deja claro que éste no sirve como argumento para llegar al matrimonio, ni como pilar para mantenerlo.

Si eso que el drogamor insiste en hacer creer al drogamorado —que es posible combinar por siempre en una sola persona las emociones de amor, deseo y felicidad— es ilusoria ambición, el dejar que eso mismo nos arrastre a la cárcel del matrimonio es un suicidio y, cuando menos, un seguro de frustración antes de los tres años, pues la experiencia ha demostrado hasta la saciedad la poca duración de la coexistencia entre lo romántico, lo sexual y lo familiar.

Es falsa, por tanto, la creencia de que, con sólo la ayuda de la otra persona, puede uno satisfacer todas sus necesidades románticas, sexuales, de convivencia y de familia.

Y esto incluye no sólo descendientes sino también parentela.

Como muy bien se dice al final, el matrimonio feliz no sólo es un mito, es algo infinitamente más frustrante que eso: es una posibilidad bastante rara, pues las probabilidades de que ocurra son mínimas.

En mi opinión, Joseph Joubert merece un reconocimiento por este invalorable, saludable y más que acertado consejo:

Sólo debes escoger por esposa a la mujer que elegirías como amigo si ella fuese un hombre.

Un sutil faceta de tal consejo es que está dirigido al hombre porque es él quien, al final, resulta atrapado en las redes del matrimonio que le monta un ser que busca cumplir con el más poderoso de los instintos: el maternal.

Pero el Sr. Joubert no tomó en cuenta la metamorfosis que ocurre en la mujer a medida que se adentra en su rol de esposa.

***

El matrimonio: un invento burgués

31.07.11

Alain de Botton

Esperar del matrimonio amor, deseo y una familia feliz es casi pedir lo imposible.

Pero ésa es una expectativa moderna que nació de una realidad económica.

Ninguna de las emociones que esperamos encontrar en un matrimonio moderno son inusuales; aparecen bien descritas en el arte y la literatura de todas las culturas y eras. Lo que hace el matrimonio moderno extraordinario es la ilusoria ambición de que todas las emociones deben ser disfrutadas durante toda la vida con la misma persona.

Los trovadores de la Provenza del siglo XII tenían una percepción compleja del amor romántico que incluía el dolor generado por la visión de una elegante figura, el insomnio por la esperanza de un encuentro, y el poder de unas pocas palabras y de las miradas.

Pero estos cortesanos no tenían ninguna intención de combinar esas emociones con la realidad paralela de formar una familia, ni siquiera pretendían tener relaciones sexuales con aquéllos/as a quienes amaban apasionadamente.

Emociones subversivas

Por su parte, los libertinos de principios del siglo XVIII en París estaban muy familiarizados con el repertorio emocional del sexo: el placer de desabrochar por primera vez las prendas de otra persona, la emoción de explorarse el uno al otro a la luz de las velas, la emoción de seducir a alguien en secreto en una misa, etc.

Sin embargo, estos eróticos aventureros sabían que sus placeres tenían muy poco que ver con sentar las bases de un compañerismo, o con criar una tropa de niños.

Y el impulso de vivir en pequeños grupos familiares, en los que crezca la próxima generación, ha acompañado a la mayor parte de la Humanidad desde los primeros días en que caminamos sobre dos piernas en el Valle del Rift, en África Oriental.

No obstante, muy rara vez eso llevó a la gente a pensar que tal vez la tarea de criar una familia estaría incompleta sin el ardiente instinto sexual o el deseo frecuente de ver a la pareja.

La incompatibilidad de los lados romántico, sexual y familiar de la vida, se consideraba una característica sencilla y universal de la edad adulta, hasta que, a mediados del siglo XVIII, en los países más prósperos de Europa, un nuevo y extraordinario ideal comenzó a tomar forma en un sector particular de la sociedad: amarse, desearse y reproducirse con una sola persona.

Este ideal propuso que las personas casadas deberían no sólo tolerarse mutuamente por el bien de los niños, sino que, extraordinariamente, deberían también esforzarse en amar y desear profundamente a su pareja.

Debían manifestar en sus relaciones el mismo tipo de energía romántica que los trovadores habían mostrado por sus cortesanas, y el mismo entusiasmo sexual que el que había sido explorado por los eróticos conocedores de la Francia aristocrática.

El nuevo ideal le planteó al mundo la [falsa] noción de que uno podía satisfacer todas sus necesidades con sólo la ayuda de la otra persona.

Este ideal de matrimonio fue abrumadoramente creado y respaldado por una clase económica específica: la burguesía, que pretendía disfrutar de un equilibrio entre libertad y restricción.

Ni tan ricos, ni tan pobres

En una economía en plena expansión, gracias a la evolución tecnológica y comercial, esta nueva clase podía tener más que las limitadas expectativas de órdenes inferiores.

Con un poco de dinero ahorrado, los abogados de la burguesía y los comerciantes podrían elevar sus expectativas y esperar de una pareja algo más que simplemente compañía para sobrevivir el próximo invierno.

Al mismo tiempo, sus recursos no eran ilimitados. Ellos no tenían el infinito tiempo libre de los trovadores quienes, como heredaban fortunas, podían pasarse tres semanas escribiendo una carta para celebrar la belleza de la punta de la nariz de la amada, pues los burgueses tenían negocios y almacenes que dirigir.

Tampoco podía la burguesía permitirse la arrogancia social de los libertinos aristocráticos —cuyo poder y estatus les daba la confianza para romper corazones y destrozar familias—, ni tenía la riqueza necesaria para lidiar con las desagradables consecuencias de sus travesuras.

La burguesía estaba, por tanto, ni tan abatida como para no creer en el amor romántico ni tan liberada de la necesidad como para darse el lujo de enredos eróticos y emocionales sin límites.

La inversión en una sola persona, legal y eternamente contratada, representaba una frágil solución a su particular necesidad emocional y limitación práctica.

‘Salario significa esclavitud’

No pudo haber sido una coincidencia que una fisión similar de la necesidad y la libertad se hiciera evidente, justo en el mismo momento, en relación con ese segundo pilar de la felicidad moderna: el trabajo.

Durante siglos, la idea de que el trabajo podría algo diferente a sufrimiento había sido totalmente inadmisible.

Aristóteles afirmó que todo el trabajo realizado a cambio de un salario era sinónimo de esclavitud, una desoladora valoración a la que el Cristianismo había añadido la idea de que la dureza del trabajo era una penitencia por los pecados de Adán.

A pesar de todo, en el mismo momento en que el matrimonio estaba siendo replanteado, hubo voces que comenzaron a discutir que el trabajo era tal vez algo más que un valle de lágrimas por la supervivencia, y que, por el contrario, podría ser un camino hacia la autorrealización y la creatividad. Podría ser tan divertido como algo que uno hace sin que le paguen.

Las virtudes que, previamente, la aristocracia había asociado sólo con ocupaciones no remuneradas, empezaron a parecer posibles también en cierto tipo de empleos remunerados.

Tal vez se podía convertir un hobby en trabajo; tal vez uno podía hacer por dinero lo que habría querido hacer de todos modos.

¿El mito del matrimonio feliz?

El ideal burgués del trabajo, al igual que su equivalente matrimonial, era una encarnación de una posición intermedia.

Uno necesitaba trabajar por dinero, pero el trabajo podía ser agradable —al igual que el matrimonio no podía escapar de las cargas tradicionales asociadas a la crianza y educación de los hijos— y, aun así, no tenía que carecer de algunas de las delicias de una aventura amorosa y una obsesión sexual.

La visión burguesa del matrimonio convirtió en tabú una serie de conductas, conductas que previamente eran toleradas o, al menos, no habían sido vistas como una causa de la destrucción de uno mismo o de su familia, pues la idea de que se podía romper la familia por tener relaciones sexuales con alguien fuera de ella, habría sido ridícula para un libertino.

El ideal burgués no es una ilusión. Hay, por supuesto, matrimonios que fusionan perfectamente los tres elementos: romántico, erótico y familiar.

No podemos decir, como a veces los cínicos se siente tentados a hacer, que el matrimonio feliz es un mito, no, el matrimonio feliz es algo infinitamente más frustrante que eso: es una posibilidad bastante rara.

No hay ninguna razón metafísica por la que el matrimonio no colme nuestras expectativas, el problema es que las probabilidades de que eso ocurra son mínimas.

Fuente: BBC Mundo

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