[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Miguel Jerónimo de Orihuela

Bachiller en Leyes de la Universidad de La Habana, y escritor jocoso, de costumbres y dramático, nació en la ciudad de Las Palmas.

Su juguete como «Los Portales del Gobierno» —1814— obtuvo un extraordinario éxito.

Según afirma Calcagno, solía escribir en algunos periódicos, y firmar con el pseudónimo «El duende de las Antillas».

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Edelia González González / Estela Hernández Rodríguez

Estela

Esta descendiente herreña habla de Frontera.

Edelia González González es hermana de Juan González, quien contó la historia de su padre, natural de Frontera (El Hierro). Ahora la descendiente herreña cuenta sobre su madre, también oriunda de esa región.

Contó que su mamá había venido a Cuba con dos de sus hermanos, Antonio y Marcos. Este último vivía en Cabaiguán, en Sancti Spíritus. En El Hierro se habían quedado Juana, María y Petra.

Marcos enfermó, y cuando estuvo grave vino para La Habana y murió en un hospital al que abonaban los nativos Canarios, el llamado “Quinta Canaria”.

Recordaba cómo su mamá había muerto cuando ella era chica, y cuando ya fue algo mayor ya tenía que cuidar y atender a sus hermanos.

De su padre decía que, para ella, era el mejor papá del mundo, aunque no era muy comunicativo, pero era de corazón noble y bueno, recalcaba.

Su tío Antonio vivió mucho tiempo con ellos y les enseñaba canciones de su terruño, sobre todo folías. Empezaba cantando y bailando —decía— para que ella le siguiera, y entonces lo complacía.

Sobre la cocina recuerda cómo le enseñaron a hacer el mojo isleño, la especialidad de su mamá y ahora de ella. Así continuaba esa costumbre en la casa de los herreños, de igual forma que la utilización de las yerbas medicinales.

Edelia cuenta: «Mi hermano Juan siempre fue más inteligente que yo, y muy estudioso. Claro que yo tenía que atender a mis otros hermanos y a él, quien llegó a ser Doctor en Ciencias».

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre de 2010

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Ilustrísimo Sr. D. Sebastián de Cubas y Fernández

El íntegro magistrado de la Audiencia de La Habana y presidente de la Sala de lo Civil de la misma, D. Sebastián de Cubas y Fernán­dez —a quien con la más alta satisfacción dedicamos estas líneas y de quien publicamos su retrato—, nació, al igual que Gomara, Ruiz de Padrón y tantos otros compatriotas ilustradísimos, en la Villa de San Sebastián de La Gomera, y desciende de una de las familias más distinguidas de ese hermoso y privilegiado suelo que se halla bañado, como sus hermanas las otras Islas, por las frescas brisas del Teide.

Su apreciable padre, D. José, a quien tuvimos el honor de tratar, hombre eminentemente estudioso y de una inteligencia poco común, conociendo las disposiciones de su hijo lo envió a cursar sus estu­dios a las universidades de la Península, siguiendo la carrera de abo­gado; asó como D. Gabriel, la de médico; D. Luis, la de militar (en la actualidad, teniente general de los ejércitos nacionales, y consejero del Tribunal Supremo de Guerra y Marina); D. Tomás, la de ingeniero agrónomo; y D. Diego, D. José y D. Juan, la del comercio, alcan­zando todos una ventajosísima posición social y un nombre que enaltece la memoria de sus honradísimos progenitores.

Pero demos la palabra al ilustrado periódico El Fígaro del 15 de abril de 1897, que tan acertadamente dirige el aventajado escritor Manuel S. Pi­chardo, quien, con motivo del ascenso de nuestro comprovinciano a la presidencia de la Excma. Audiencia Territorial de La Habana, se expresa en los siguientes términos:

«Por primera vez se publica entre nosotros el retrato del integé­rrimo magistrado que acaba de jurar el alto cargo de presidente de la Audiencia de La Habana.

Al mismo Sr. Cubas le sorprenderá esta oportuna exhibición de su persona, por no concebir que pudiéramos haber obtenido su fotografía. A medios hábiles debemos el poder presentar a los lectores de El Fígaro —mejor dicho, al público de la Isla— el retrato de la honorable personalidad que dirige hoy la administración de justicia.

Ésa era nuestra única misión, y queda cumplida. Si la efigie no, la historia jurídica del Sr. Cubas es sobradamente conocida de todos por el extenso y continuado periodo de tiempo durante el cual ha venido prestando sus eminentes servicios en la magistratura cubana, donde tiene un nombre prestigioso que abonan una inteligencia clarividente, una ilustración vasta y sólida, una rectitud siempre acompañada del mejor acierto, y una probidad acrisolada.

No a influencias de la política, ya que apartado de ella ha permaneci­do siempre, sino sólo a sus meritos ilustres obedece el encumbramiento de su carrera.

En el alto sitial que hoy ocupa, podrá nuestro respeta­ble y querido amigo hacer más brillantes los títulos que le han con­quistado la consideración».

Deber nuestro es, como historiadores, dejarlo así consignado para honra del país que lo vio hacer.

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Juan González González / Estela Hernández Rodríguez

Estela

Un doctor en Ciencias cuenta sobre Frontera (El Hierro, Canarias).

Juan González González es descendiente de Frontera. Este isleño, ingeniero químico y doctor en Ciencias, tuvo aquí en Cuba una rica trayectoria laboral en el Instituto de Investigaciones de la Industria Alimenticia, Industria Láctea.

El isleño me contó que cuando su padre, Justo González Barrera, tenía 16 años, vino a Cuba con un hermano en 1883. En 1911, su esposa Juana tuvo a su primer hijo, la hermana de Juan. La pareja tuvo en total nueve hijos. Juan nació en 1931, y a los dos años de nacido su mamá enfermó y murió.

Justo, su padre, tuvo negocio de bodegas, y luego trabajó como pesador de caña de azúcar en una finca de un pariente, hasta que se jubiló. Esto fue en Villa Bermeja, en el Central “San Antonio”, en Matanzas.

Contaba Juan González que en 1940 recibieron de las Islas Canarias una carta de una prima suya, llamada Ortelia, pero que no supieron más de esos familiares hasta después de quince años.

De su visita a Canarias

En 2003, a Juan lo invitaron a visitar Canarias de igual forma que a su amigo Domingo y por el mismo proyecto. Estaba convencido de que no contactaría con sus familiares, pero el último día se le presentó una prima acompañada de su esposo. Para él fue una alegría, pues ya no tenía esperanzas de ver a sus parientes.

Un día de felicidad

Contaba Juan que nunca pensó que un día iría a Frontera y pudiera hablar con sus familiares, aunque no con todos pero si con una gran parte de ellos, ya que la familia de su mamá no pudo verla.

Un recuerdo que se trajo de ese terruño fue que lo llevaron allí a ver la casa de sus padres.

Cuenta que estaba destruida, abandonada, por los años, pero, aún así, pudo palpar el calor del lugar que un día los albergó a todos. Ahora los tiempos cambian y la vida moderna se impone, dijo.

Y Juan siguió contando: «Para mí el viaje era triste, durante cinco días no me divertía, pero en un solo día se me arregló. Pude ver a mi familia que me dio mucha atención, fueron amables conmigo».

Y termina contando sus anécdotas con una ligera sonrisa, como agradecido de ese momento de recordación, que más que recordar es vivir.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre de 2010

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Don José Curbelo y Ayala

Este distinguido ciudadano y estimado compatriota nació en 1836 en la ciudad de Santa Cruz de Tenerife.

El año 1854 llegó a la ciudad de Matanzas, donde su hermano, D. Bernardo, se hallaba establecido.

Con la influencia de éste entró de meritorio en la acreditada casa importadora de los Sres. Jenkes & Ximeno, pasando a los dos años a la de los Sres. C. S. Ponjand hasta el 31 de diciembre de 1860 cuando esta casa fue liquidada.

En febrero de ese año compró la imprenta periódico Aurora del Yumuri, en unión del inspirado poeta D. Rafael Otero, pero en el año 1864 quedó como único dueño y director de aquella acreditada publicación que rayó entonces a la altura de los mejores de la Isla de Cuba.

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Gaspar de Contreras

El Ilustrísimo Sr. Gaspar de Contreras, intendente honorario, ex diputado a Cortes, ex inspector general de los hospitales militares de Cuba, y ex interventor-contador de la Real Lotería, nació en Santa Cruz de Tenerife.

Está vinculado este nuestro respetable compatriota con las principales familias de las islas de Tenerife y de Las Palmas, así como con los González Abreu, de Villa Calar.

Su hermano D. Santiago contrajo matrimonio con una hija de nuestro dignísimo compatriota Abreu, rico hacendado que fue de esa comarca y persona de alta y reconocida influencia.

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Domingo Norberto Cabrera Morgadanes / Estela Hernández Rodríguez

Estela

Un hijo de Isora (Frontera, El Hierro) cuenta su historia de cómo en un solo día visitó la tierra de su padre.

Conocí a Domingo Norberto Cabrera Morgadanes —un hombre entrado en canas, de ojos azules brillantes como perlas de mar— cuando estaba contento porque podía contar la historia de su padre, del pueblo natal de éste, Isora (Frontera, isla de El Hierro), y de su descendencia.

Su padre nació en el año 1888. Se llamaba Domingo Cabrera Gutiérrez, y en 1902, cuando apenas tenía catorce años, vino a Cuba. Hasta entonces había pastoreado cabras en El Hierro, y leía si acaso malamente. Decía el isleño:

“Mi abuelo tenía cinco hijos, y pensó que antes de que a sus hijos los mataran en la guerra mejor era que vinieran para Cuba. Ya mi padre, al llegar a la tierra cubana, comenzó a trabajar en la Ciénaga de Zapata, ubicada en la provincia de Matanzas, el centro de la isla”,

Allí estuvo hasta que un pariente de buena posición económica, Ignacio Padrón, primo de su abuelo, colocara a su papá en un comercio; tenía fincas y era benefactor, pues hizo en su barrio una escuela. Domingo contaba:

«Mi padre se independizó y tuvo su primera bodega en Bermeja, Unión de Reyes, en la provincia de Matanzas, y fue ahí donde conoció a la que fuera luego mi mamá, Mercedes Morgadanes, también hija de isleña, de Tenerife, y de padre gallego, de Pontevedra. Cuando ya mi padre tenía dos hijos, ocurrió una desgracia con su hermano, que murió, y entonces mi abuelo le dijo: “Ya tienes dos hijos. Quiero irme de regreso a mi casa». Entonces le pagó el viaje y lo llevó. Mi padre estaba ya encaminado. y luego nacieron dos hijos más; fuimos cuatro hermanos en total».

Cuenta Domingo que su padre era un hombre muy humano, no podía ver miserias, y cuando alguien venía a su bodega comprar algo fiado porque no tenía dinero, le daba la mercancía. Fue por eso por lo que quebró la bodega de su propiedad. Luego llegó a vender hasta confituras en los comercios, pues era muy buscador de vida. Y decía el descendiente herreño.

«Yo crecí, y mi primer trabajo fue en un estorage vendiendo gasolina, en La Habana, y vivía con mi madre y mis hermanos. También me superé, pues pasé la escuela y en 1948 me gradué de Técnico en Farmacia en la Universidad de La Habana. Trabajé esa profesión hasta el año 1988, cuando me jubilé. Para entonces estaba en la farmacia de Santos Suárez, en La Habana, de Dolores Oharris. Y en 1957 estaba en la farmacia de los hospitales Clínico Quirúrgico, que coincidió con su inauguración, y conjuntamente realizaba otro trabajo en el hospital Calixto García, también en la propia ciudad».

En el año 2003, invitado por el gobierno de Canarias, pudo visitar la isla de Tenerife, lo cual —dijo— le dio una gran alegría. «Para mí fue un sueño convertido en realidad. El gran sueño que duró un solo día», recalcó Domingo.

Estando ya en Tenerife y en un hotel cinco estrellas, Domingo pensaba en la querida tierra de su padre, Isora, en El Hierro. Pero por muy cerca que estuviera, estaba muy lejos de ella, pues en estas salidas de turismo dirigido no se permite estar de un lado para otro solo, y durante los 9 días que duraría su permanencia le era difícil ponerse en contacto con sus familiares. Pero añoraba verlos, y sólo un milagro lo permitiría.

Ese mismo día un gran amigo, y compañero de la habitación de hotel, recibía a unos familiares y le dijo:

Domingo, vamos conmigo y así conoces a mi familia y te animas un poco.

Domingo accedió y bajó con su amigo.

Ya con los familiares de éste, lo presentaron a todos y conoció al esposo de la prima de su amigo, quien le dijo:

Señor, en mi casa yo tengo un retrato donde aparece usted.

Domingo quedó asombrado y, como cosas del destino o casuales, resultó que el esposo de la prima de su amigo era pariente lejano de él, otro Cabrera también.

Tal fue la alegría que inmediatamente este pariente llamó a la prima de Domingo, Nicolasa, y le dijo.

Aquí tengo frente a mí a un primo tuyo que quiere verte.

Nicolasa aceptó y esa noche salieron en barco para El Hierro. Allí, en el puerto, todos estaban esperándolo, y fue así como pudo visitar la tierra de su padre y cumplir con su deseo.

Una bonita experiencia

Todo fue precipitado para el descendiente de Isora, pero su vida cambió, pues ya no se iría de Canarias sin visitar la tierra de sus ancestros.

Allí conoció a cinco primos hermanos. Luego fue a ver la casa de su padre. Todo estaba igual.

Había 100 chivas que daban 100 litros de leche diarios. Luego vino la conversación y los análisis, a través de los años, de dos vidas diferentes.

Antes, su papá pastoreaba; ahora, con la modernidad, los animales se alimentaban con pienso, y entonces pudo ver un almacén con sacos de ese alimento. Luego, Domingo, volviendo a recordar a su padre comentó:

«El se superó, hasta estudió inglés, y siempre estuvo preocupado por la educación de sus hijos. Tenía la moral por principio. Murió a los 86 años. Todos estudiamos. Mi hermano mayor, Ramón, es contador, el tercero estuvo en Comercio Exterior, y mi hermana Reina es maestra».

A mi pregunta de qué había sentido en ese solo día, contestó, con brillo de lágrimas en sus ojos:

«En ese solo día aunque, fue tan corto el tiempo, recibí muchas muestras de cariño y tuve muchas emociones, todo por igual. Fue un día maravilloso».

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Miguel Suárez Castellano / Estela Hernández Rodríguez

Estela

Miguel Suárez Castellano, un nativo de Fontanales (Moya, Las Palmas, Canarias) llegó a La Habana en el vapor “Niágara” cuando contaba sólo 9 años de edad, en noviembre de 1926, pocos días después del ciclón del veintiséis. 

«Por el paso del ciclón, en Cuba se veían aún árboles tirados y los destrozos propios de estos fenómenos», cuenta Miguel.

Su padre había venido tres años antes, y cuando se estableció en una cafetería en Aguiar y Peña Pobre, en La Habana Vieja, mandó a buscar a su esposa, Rosa Castellano Ojeda, y a sus tres hijos varones.

Su hermano era Juan Suárez, dueño de «La Lechera», una empresa láctea muy reconocida por aquellos tiempos. José Suárez era otro tío mío, dice Miguel, que como gustaba del trabajo en comercio, laboraba en la cafetería de su padre y estudiaba de noche en una academia.

Sobre la vida de su padre en La Habana me contó que al llegar éste a la capital había contratado a una viejita, de nombre Efigenia, que le cocinaba primero a él y luego a toda la familia.

El encuentro con su familia

Hace cuatro años, Miguel Suárez Castellano viajó a las Islas Canarias, y un sobrino suyo fue a verlo. Estuvieron una semana en Tenerife, y le sucedió como a otros: que casi no puede ver a su familia, lo cual le preocupó.

Me cuenta que «Estando ya en el aeropuerto, sentado en el autobús, preguntó un señor: «¿Quién se llama Miguel Suárez?», «Yo, yo soy Miguel Suárez». Entonces el señor me dijo: «Vamos, que te están esperando». Era mi familia. ¡Imagínese qué contento me puse, pues ya casi regresaba a Cuba y, en un momento, mi sueño de ver a mi gente se hizo realidad».

«Todos los días me llevaban a pasear, sobre todo al lugar que más me gustó visitar: la casa donde yo viví. Pero ya es un chalet. Claro, la casa vieja estaba detrás del chalet, y la tenían de desahogo de éste. Ocupaba una manzana completa».

Uno de los parientes que tuvo atenciones con Miguel —recuerda— era un accionista, o algo así, de la fábrica de chocolates Tirma, nombre que le habían dedicado en honor a una leyenda que tiene que ver con un luchador guanche.

Me interesó esa historia y pude conocer que se trataba del nombre de un rebelde isleño, Bentejuí, un temible jefe que, de montaña en montaña, huía de la persecución del ejército castellano que luchaba por conquistar la isla de Las Palmas.

Bentejuí y un compañero suyo no quisieron caer en las manos del enemigo y se precipitaron por un risco con el grito de «¡Atis Tirma!». De ahí el nombre de la fábrica.

Cuenta el isleño que Juana Rosa Vizcaíno Moreno, quien fuera su esposa, era cubana, mayor que él, y murió a los 90 años. Era viuda cuando él la conoció.

Su primer esposo era hijo de un isleño llamado Rafael Perdomo, que era telegrafista y que, huyendo de la huelga de Batista, se fue de Cuba con papeles de español, pero con tan mala suerte que la tripulación del barco en que viajaba fue detenida porque al registrarlo encontraron armas.

Se llevaron a todos presos, incluso a él, y en España el régimen de Franco los fusiló.

«Yo me casé con Juana Rosa cuando ya tenía mi propio café, en Vives y Carmen, en la capital cubana, mientras que ella trabajaba en perfumes “Astras”. En 1959, cuando la propiedad privada desapareció, me ofrecieron administrar un mercado en el que fui supervisor. Luego me incorporé a la zafra de los diez millones, que así le llamaban en el año 1970. Más tarde pasé a la empresa, y de noche estudiaba contabilidad en el Centro Asturiano de La Habana».

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Introducción / Estela Hernández Rodríguez

Estela

La emigración ha dejado siempre huellas en aquéllos que una vez buscaron otras rutas sin saber lo que les depararía el destino.

Quizás la desesperación de encontrar una vida mejor motivó a muchos Canarios a dejar el terruño que nunca olvidaron a pesar de haber encontrado en esta isla de Cuba un lugar que les ofreció amor.

Muchos años han pasado por estas personas que relatan sus vidas convertidas en historias que cuento en los artículos que siguen. En tales personas muy pocas veces existen momentos de alegría, pero sí la añoranza de sus islas, de su familia.

Para los emigrantes canarios no había otra solución, el exilio era el escape que tenían a la mano, y muchos países les dieron asilo; Cuba fue uno de ellos. Aquí llegaron y se asentaron; hicieron sus vidas; formaron su familia; siguieron sus costumbres; y dieron lo mejor de sí en el trabajo. El campo fue uno de los mayores testigos en las hojas verdes del tabaco.

Allí también se oyeron sus cantos convertidos en poesías, y con ellos sembraron la semilla de la décima que, traída desde sus islas, han hecho llegar hasta nuestros días.

Para los emigrantes, contar su historia es como volver a revivir el momento. Para ellos es una necesidad y, sobre todo, lo es hacer saber con ello que quieren a sus Islas, y que no porque las abandonaron han dejado de ser Canarios, o isleños como en Cuba se les dice.

Por ello es tan significativo escribir sobre sus historias, es importante que éstas no se queden dentro de sus corazones, para que todos sepan cómo le fue la vida de estas gentes.

Contar esos momentos es entrar en el pensamiento añejo de las mentes de cada uno de estos isleños y de sus descendientes, no importa de qué isla de las Canarias sean. Es como si por largos años hubieran dormido pero despiertos, y, por ello, estas sus historias que aquí contaré pudieran catalogarse como «Sueños de Emigrantes», título bajo el cual las agruparé todas.

Las historias de Cachita, la del dulcero y las de mi abuela Lola ya fueron publicadas en estos artículos:

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Las Islas Canarias tiene como antecedente el primer viaje de Cristóbal Colón, quien levó anclas desde La Gomera, una de las siete. Y es que Canarias fue el sitio escogido por los conquistadores para reparar sus naves y adquirir las provisiones necesarias para la travesía, así como especies de animales y plantas que fueron trasladados a América.

Desde entonces comenzó la emigración canaria, y Cuba fue uno de los puntos principales que dio abrigo a esos bien llamados isleños quienes influyeron en todos los aspectos de nuestra sociedad legando costumbres que han hecho historia a lo largo y ancho de nuestra nación.

En aquellos tiempos gobernaba en Cuba Don Luis de Las Casas, quien permitió la llegada de matrimonios para fundar los pueblos. No fueron pocos los lugares de asentamiento de los Canarios en Cuba, y es la bahía de Nipe la que por su bondad atrajo a un gran número de colonos, de igual forma que Guantánamo.

Asimismo, cientos de familias crearon poblaciones cerca de Matanzas. Tierras como realengos y grandes fincas fueron distribuidas a emigrantes Canarios que se dedicaron al tabaco y a la agricultura en general, aunque algunos trabajaron en ferrocarriles o comercios.

La robustez de los isleños hizo que sobrellevaran el clima tropical al que tuvieron que adaptarse, de igual forma que les permitía buena inclinación y disposición al trabajo hasta llegar a hacerse famosos por sus buenas cualidades en sus labores, sin dejar atrás su honestidad.

Así a través de los años fueron entretejiéndose leyendas alrededor de sus vidas, a partir de la añoranza que sentían por su terruño, la familia que habían dejado atrás y la necesidad de traerla; y los que no la tenían, de crearla.

Así comenzaron estas historias en Cuba, tierra que dio a los Canarios o isleños un abrigo y un lugar donde esparcieron sus semillas, las que a través de los años germinaron y crecieron, y hoy ellos pueden contar quienes son, de donde vinieron y cómo mantienen vivos sus sueños de emigrantes, aquí donde aún existen raíces para contarlos.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010