[Hum}— IRREVERENTE: La rubia y la monja

Una monja iba caminando por la calle con rumbo a su convento cuando, de repente, una rubia se ofreció a llevarla en su coche.

Muy agradecida, la monja aceptó y se subió al coche, un reluciente Ferrari rojo con asientos de cuero, equipo de sonido Alpine y como 10 mil extras más.

“¡Qué bello coche tiene usted!”, comentó la monja. “Debe haber trabajado mucho para poder comprarlo, ¿verdad?”

“No, no fue así, hermana”, respondió la rubia. “En verdad este coche me lo regaló un empresario que durmió conmigo durante algunos meses”

La monja no dijo nada.

Al mirar luego hacia el asiento trasero vio un bellísimo abrigo de visón, y otra vez le dijo a la rubia:

“Su abrigo de piel es muy bonito. Debe haberle costado una fortuna, ¿verdad?”

“Pues no, no me costó mucho. Fue un regalo por unas cuantas noches que pasé con un jugador de fútbol”

La monja no dijo nada, y guardó silencio por el resto del viaje.

Al llegar al convento se fue a su cuarto. Al rato tocaron en la puerta.

“¿Quién es?”

“Soy yo, el Padre Martín”

“¿Quiere saber una cosa, Padre? Se puede ir a la mierda ahora mismo, ¡¡usted y sus chocolatitos!!

[Hum}— IRREVERENTE: Padre amnésico

Un anciano muere y va al Cielo donde es recibido por San Pedro.

“¿Me puede decir cómo se llama?”

”Pues,… es que no me acuerdo”

”A ver, le pondré algunos nombres, y me dice si le suenan. ¿Carlos? ¿Luis? ¿Juan? ¿Antonio?”

“No, creo que no, ninguno me suena, aunque podría ser uno de ésos”

San Pedro, desesperado, va a ver a Jesús, al que le cuenta el caso del anciano. Entonces Jesús acude a hablar con él.

”Mire, le haré unas preguntas; intente recordar, ¿de acuerdo?”

El anciano asiente.

”¿En qué trabajabas?”

”Creo que era carpintero”

”¿Estabas casado?”

”Creo que sí, era una mujer muy buena, casi un santa, creo recordar”

”¿Tenías hijos?”

”Sí, uno, pero era muy independiente”

Entonces Jesús llora de alegría, y corre a abrazar al anciano.

”¡Papá, soy yo, TU HIJO!”

Y el anciano llora también y exclama emocionado.

”¡PINOCHO!”

[Hum}— La inglesita

La mujer de una de esas parejas que se llevan como perro y gato decide irse a Inglaterra. Por aquello de la mínima comunicación, antes de salir le pregunta a su marido:

«¿No quieres que te traiga algo de allá?»

Y él, para no perder la oportunidad de echar más leña al fuego, le contesta:

«Bueno, pues tráeme una inglesita»

A las dos semanas regresó la mujer, y al llegar el marido a la casa y verla ya allí, miró alrededor y, por todo saludo, le preguntó:

«¿Qué pasó con lo que te encargué?»

Con una expresión de interesante, ella respondió:

«¿La inglesita? Pues hice lo que pude; ahora sólo hay que esperar unos meses a ver si es niña»

[Hum}— Confesión

Un hombre, con cara de preocupación, se acerca al confesionario en una iglesia.

– Padre, quiero confesarme.

– Sí, hijo, dime, ¿cuáles son tus pecados?

– Padre, le he sido infiel a mi esposa: me acosté con Jennifer López.

– Lo siento, hijo, pero no puedo darte la absolución

– Pero, ¡¿por qué NO, Padre?! ¡¡¡Si la misericordia de Dios es infinita!!!

– Sí, pero ¡¡¡ni Dios te va a creer que estás arrepentido!!!

[Hum}— El profiláctico

En un convento, la madre superiora encontró sobre el piano un profiláctico completamente desenrollado.

Reunió a todas las monjas y preguntó quién era la responsable de esto. Una monjita humildemente respondió:

Yo fui, Madre.

― ¿Y por qué lo hizo, hermana?

― Yo venía caminando y encontré un paquetito que parecía no tener dueño ― contestó la hermanita―. Entonces lo tomé y al abrirlo vi que tenía escrito: «Abra, desenrolle y coloque sobre el órgano.», y, como no tenemos órgano, lo coloqué sobre el piano.

[Hum}— IRREVERENTE: Los gastos del internado

Un anciano judío es internado en el sanatorio «La Pequeña Compañía». Una monja, que era la superiora, le pregunta:

—¿Quién se hará responsable del pago de las facturas y gastos que requiera su internado?

El judío anciano piensa un instante y dice:

—La única persona allegada a mí es una hermana vieja y solterona que se convirtió al cristianismo y ahora es monja

—¡Un momento! —replica la superiora—. Nosotras no somos solteronas, ¡¡¡estamos casadas con Cristo!!!

—Bueno —concluye el anciano judío—, en ese caso, ¡¡¡envíenle la cuenta a mi cuñado!!!