Un cojo le dice a una muchacha:
—¡Qué divina estás, mamita!
Ella le dice:
—¡Cojo horrible!
A lo que él contesta:
—No importa; yo te enseño.
Cortesía de Hiram Pérez
Chistes de aquí y de allá
Un cojo le dice a una muchacha:
—¡Qué divina estás, mamita!
Ella le dice:
—¡Cojo horrible!
A lo que él contesta:
—No importa; yo te enseño.
Cortesía de Hiram Pérez
Dos personas mayores, él viudo y ella viuda, se conocían desde hacía varios años. Una noche hubo una cena comunitaria en la Casa Club, y los dos se sentaron en la misma mesa, uno frente al otro. Durante la cena él la miró y la miró admirado, y finalmente juntó el coraje para preguntarle:
—¿Quieres casarte conmigo?
Después de unos segundos de «cuidadosa consideración», ella respondió:
—Sí. ¡Sí acepto!
La cena terminó y, luego de algunos intercambios agradables de palabras, se fueron a sus respectivos hogares.
A la mañana siguiente, él despertó preocupado y dudoso de la respuesta, y se preguntaba ¿dijo sí o dijo no? No podía recordar. Lo intentó y lo intentó, pero simplemente no recordaba, no tenía ni siquiera una vaga idea. Inquieto, fue al teléfono y llamó a su amiga. En primer lugar, le explicó que su memoria no era tan buena como solía serlo. Luego le recordó la noche hermosa que habían pasado y, con un poco más de coraje, le preguntó:
—¿Cuando te pregunté si querías casarte conmigo, dijiste, sí o no?
Y quedó encantado al oírla decir:
—Te dije que sí, que sí acepto, y lo dije con todo mi corazón. Y estoy muy feliz de que me llamaras porque no podía recordar quién me lo había pedido.
Cortesía de Leonardo Masina
En Cuba, un comisario trata de enseñar a un campesino ignorante en política:
– ¿Sabes quién fue Lenin?
– No
– ¿Sabes quién fue el camarada Allende?
– Lo ignoro.
– ¡Esto pasa por estar todo el día en casa y no asistir a los mítines del partido!
– Un momento comisario, ¿sabe usted quién es Jorge “el Cojo”?
– No me suena.
– Si se quedara un poco más en casa, sin tanto mitin, sabría que es el tipo que se acuesta con su mujer
1. Si al regresar a casa oyes el timbre del teléfono, hay un 99% de probabilidades de que cese de sonar justo en el momento antes de que levantes el auricular.
2. Si al darse esta circunstancia te sientas a esperar que repitan la llamada, esta no ocurrirá NUNCA.
3. En el caso de que, tras golpearte la espinilla con un mueble, llegues a tiempo de contestar, resultará una llamada equivocada.
4. Si tienes hijas jóvenes, la probabilidad de coger el auricular y encontrarlo «frío» es prácticamente despreciable.
—¿A qué te dedicas?
—Soy hacker informático.
—¡Qué interesante! Cuéntame más.
—¿De mi vida o de la tuya?
Un hombre relataba a otro por qué había despedido a su secretaria.
Dos semanas atrás, contaba él, fue mi cumpleaños número 37 y no me sentía nada bien cuando me levanté esa mañana. Fui a desayunar sabiendo que mi esposa estaría contenta y me diría: «Feliz Cumpleaños!!», y quizás tuviera un regalo para mí, pero ella ni siquiera me dio los buenos días. Yo dije para mis adentros… «bueno, quizás mis hijos se acuerden».
Los niños vinieron a desayunar y no dijeron ni una sola palabra. Cuando me fui a mi oficina me sentía totalmente deprimido, y para mis adentros pensé «Ni siquiera el perro se mostró agradecido. Valiente chiste este de celebrar un cumpleaños más. A toda mi familia le importo poco».
Al entrar en mi despacho, mi bella secretaria Jeanette, me dijo: «Buenos días Licenciado, y Feliz Cumpleaños!!!». Ahí me empecé a sentir un poco mejor, por lo menos ella sí se acordaba.
Después de innumerables reuniones y telefonazos, ya cerca de las dos de la tarde, entró Jeanette y me dijo: «Sabes… hace un día precioso y además es tu cumpleaños, qué tal si vamos a comer los dos solos, tu y yo?».
Y yo me dije: «Ésta es la mejor cosa que he oído en todo el día» Así que, tomé mi chaqueta y salimos. En vez de ir a comer al lugar acostumbrado, fuimos a un sitio -seguro-, en el campo, un lugar mucho más privado.
Comimos y nos tomamos varios martinis; la comida estuvo deliciosa, nos divertimos bastante. De regreso a la oficina, ella dijo: «Sabes… para qué desperdiciar este ambiente?, mejor no regresemos a la oficina. En vez de regresar, te invito a mi apartamento en donde te podré preparar unos deliciosos martinis o lo que tú quieras».
Una vez dentro del apartamento, puso música suave (por cierto, una de mis preferidas), la luz tenue y me dijo de manera prometedora:
«Si no te molesta, creo que voy a mi dormitorio a cambiarme de ropa y ponerme algo más cómodo. Ahora regreso».
Yo la dejé ir; no me molestaba eso. Ella entró en su habitación, cerrando la puerta a su paso, y a los seis minutos regresó cargando un gran pastel de cumpleaños… seguida de mi mujer, mis hijos y algunos de mis compañeros de oficina, todos ellos cantando «Cumpleaños feliz».
Y allí estaba yo, desnudo en la sala, sólo con los calcetines puestos.
Amada esposa,
Como no es posible dialogar contigo debido a que tus principios de feminidad no te lo permiten, he realizado la siguiente estadística a lo largo de un año, y quiero someterla a tu consideración. Durante el mismo, he llevado la iniciativa para hacer el amor contigo 365 veces, pero solamente tuve éxito en 24 ocasiones, lo que hace un promedio de una vez cada 15 días.
Te expongo a continuación los motivos de mis continuos fracasos:
Lo que hace un total de 341 veces, y de las 24 en que tuve éxito, 23 NO fueron satisfactorias porque:
Y, finalmente, 1 vez tuve miedo de haberte lastimado, pues me pareció que te movías
Cariño, tu marido te echa mucho de menos.
Sucedió en la universidad de Harvard.
En una clase de biología, cuando el profesor estaba hablando de los altos niveles de glucosa hallados en el semen, una jovencita (novata) levantó la mano y preguntó:
—Si le he entendido bien, ¿está usted diciendo que en el semen masculino hay un montón de glucosa, como el azúcar?
—Es correcto—, respondió el profesor.
Y cuando quiso añadir información estadística, la chica levantó la mano y preguntó de nuevo.
—Entonces, ¿porqué no sabe dulce?
Tras un silencio estupefacto, la clase al completo estalló en risas. La cara de la pobre chica se volvió rojo brillante, y, cuando se dio cuenta de lo que había dicho inadvertidamente, cogió sus libros y, sin decir una palabra, salió de la clase a toda prisa.
Sin embargo, mientras cruzaba la puerta, la respuesta del profesor fue clásica. Totalmente serio, respondió a la última pregunta:
—No sabe dulce porque las papilas gustativas para el dulzor están en la punta de tu lengua y no al fondo de tu garganta.