[Hum}— IRREVERENTE: San José y el cuervo

Estaba San José trabajando en su carpintería y vio que un cuervo se posó en la ventana. Si dudarlo, echo mano de una escopeta recortada, le disparó al cuervo y lo mató.

María, consternada, le preguntó:

—José, ¿por qué has hecho eso?

—Porque una vez vino una paloma blanca y mira lo que pasó

[Hum}— IRREVERENTE: Artritis

Un borracho que olía a puro aguardiente por los 4 costados se subió a un autobús y se sentó, con su roñoso bolso y un periódico viejo, al lado de un cura.

Sacó una carterita con aguardiente barato y, de un solo trago, se tomó lo que quedaba. Y luego, como satisfecho, agarró el periódico y se puso a leer.

El cura fingió que el borracho no existía y disimuló su incomodidad. Al rato, el borracho se quedó mirando al cura y le preguntó:

—Oiga, Padre, ¿puede decirme qué carajo causa la artritis?

El cura, molesto, le respondió en tono sarcástico:

—Claro. Es la vida profana, el andar frecuentando mujeres mundanas, los excesos con el tabaco y la bebida, en especial el alcohol, esas borracheras que terminan en noches de putas,… y muchas más de esas basuras y porquerías”

—Coooooño, ¡¡¡vaya puta mieeeeerda!!!—, exclamó el borracho volviendo a su lectura.

Al rato, el cura, pensando en lo que le dijo al pobre infeliz, se condolió y, para disculparse, le dijo en tono comprensivo:

—Disculpe usted, no quise ser tan rudo, hijo mío, pero, ¿desde cuándo sufre de artritis?

—¿¡Yoooo!? No joda, Padre, ¡a mí no me pasa nada! Sólo estaba leyendo este artículo del periódico que dice que el Papa sufre de artritis desde hace varios años.

[Hum}— Las mujeres y los baños públicos

¿Con esto los hombres nos entenderán alguna vez?

Mi mamá era una fanática de los baños públicos. De chiquita me llevaba a uno de esos baños, me enseñaba a limpiar con papel higiénico la tabla del inodoro, y luego ponía tiras de papel cuidadosamente en el perímetro de la taza. Finalmente me instruía:

—Nunca, nunca te sientes en un baño público

Y luego me mostraba «la posición», que consiste en balancearte sobre el inodoro en un amago de sentarte pero sin que tu cuerpo haga contacto con la taza.

Eso fue hace mucho tiempo, pero aún hoy, en nuestros años más maduros, «la posición» es dolorosamente difícil de mantener cuando tu vejiga está que revienta.

Cuando «tienes que ir» a un baño público, te encuentras con una cola de mujeres que te hace pensar que los interiores de Brad Pitt están a la venta y a mitad de precio. Así que esperas pacientemente y sonríes amablemente a las demás mujeres que también están discretamente cruzando las piernas.

Finalmente te toca tu turno. Revisas cada cubículo por debajo para ver si no hay piernas; todos están ocupados. Pero de pronto uno se abre y te lanzas casi botando al piso a la persona que va saliendo. Entras y te das cuenta de que el picaporte no funciona; no importa. Cuelgas tu bolso en el gancho que hay en la puerta y, si no hay gancho, te lo cuelgas del cuello mientras miras cómo se balancea debajo de ti, sin contar que casi te desnuca su correa porque el bolso está lleno de mierdas que le fuiste echando dentro, la mayoría de las cuales no usas, pero que las tienes por si acaso.

Pero, volviendo a la puerta, como no tenía picaporte sólo tienes la opción de sostenerla con una mano mientras con la otra te bajas de un tirón las bragas y adoptas «la posición». Aahhhhhh,….. Alivio,….. Más alivio…

Y ahí es cuando tus muslos empiezan a temblar. Te encantaría sentarte, pero no tuviste tiempo de limpiar la taza ni la cubriste con papel, así que te quedas en «la posición» mientras tus piernas tiemblan tan violentamente que registrarían 8 en la escala de Richter. Y la salpicada del chorro que pega en la loza te moja hasta las medias dejando unas marcas ¡¡¡que seguramente se van a notar!!!

Para alejar tu mente de esa desgracia, buscas el rollo de papel higiénico, peeero, je, je, ¡el rollo está vacío! Y tus piernas tiemblan cada vez más.

Recuerdas entonces el pedacito de papel con el que te limpiaste hace un rato la nariz; eso tendrá que ser suficiente. Lo rescatas del interior de tu bolso y lo arrugas de la manera más esponjada posible, pero es más chico que la uña de tu dedo y, encima, todavía está mojado de mocos.

En eso, alguien empuja la puerta de tu baño y, como el cerrojo no funciona, recibes tremendo golpe en la cabeza, y cabreada gritas «¡¡¡OCUPADOOOO!!!» mientras continúas empujado la puerta con tu mano libre, pero el pedacito de kleenex que tenías en la otra mano se te cae exactamente en un charquito que hay en el piso y no estás segura de si es agua o mea…, y en eso te vas de espaldas ¡y terminas sentada en el inodoro!

Te levantas rápidamente, pero ya es demasiado tarde. Tu trasero ya entró en contacto con todos los gérmenes y formas de vida del asiento porque TÚ nunca lo cubriste con papel higiénico —que, de todos modos, no había— aún cuando hubieras tenido tiempo de hacerlo. Y todo esto sin contar el golpe en la cabeza, el desnuque con la correa del bolso, la salpicada del chorro en las piernas y en las medias, el estado de la que te conté, que todavía está mojada, y el recuerdo de tu mamá que estaría avergonzadísima de ti si supiera lo que has hecho, porque el culo de ella nunca tocó el asiento de un baño público, pues, francamente, «tú no sabes qué clase de enfermedades podrías agarrar con algo así».

Pero la debacle no termina ahí. Ahora el sensor automático del baño está tan confundido que suelta el agua como si fuera una fuente y manda todo al colector con tal fuerza que tienes que agarrarte del tubo que sostiene el papel de baño (cuando lo hay) por miedo a que te vaya a chupar y aparezcas en la China.

Aquí es cuando finalmente te rindes. Estás empapada por el agua que salió del baño como si de una fuente se tratara. Estás exhausta. Tratas de limpiarte con un celofán de unos chicles Adams, y luego sales, haciéndote la loca, al lavamanos. Como no sabes cómo funciona con los sensores automáticos, te limpias las manos con saliva, te las secas con una toallita de papel y sales pasando junto a la cola de mujeres que, con las piernas cruzadas y bien apretadas, están aún esperando. En estos momentos eres incapaz de sonreír cortésmente.

Un alma caritativa, que está al final de la cola, te dice que pegado a tu zapato vas arrastrando una tira de papel higiénico del largo del río Mississippi. Con resignación desprendes de tu zapato el bendito papel y lo depositas rudamente en la mano de la mujer que te hizo saber que lo traías pegado, mientras le dices suavemente:

—Toma, ¡¡¡puedes necesitarlo!!!—, y sales del baño.

En ese momento ves a tu esposo que ha entrado, usado y salido del baño de hombres, y que aún tuvo tiempo de sobra para, mientras te esperaba, leer La Guerra y la Paz.

—¿Por qué tardaste tanto?—, te pregunta medio molesto.

Y aquí es cuando te provoca darle una patada en las bo… y mandarlo al recoñ… de su madre.

Esto está dedicado a las mujeres de todas partes que han tenido que usar un baño público. Y, finalmente, les explica a ustedes, hombres, por qué nosotras tardamos tanto en el baño.

[Hum}— El chequeo médico

Si eres un tipo feliz
sin temores y sin miedos,
no se te ocurra jamás
mandar a hacerte un chequeo.

Pues así te entdrarás,
sin siquiera suponerlo,
de que ya estás en las últimas
¡aunque te cueste creerlo!
 
Seguro que te dirán
que te sobran triglicéridos,
acompañados de lípidos
y sin colesterol del bueno.

Que por esos ateromas
que están naciendo por dentro
tienes ya toda tapada
la cañería del medio,
lo que te asegura infarto
que sólo es cuestión de tiempo.

También podría ocurrir
que te encuentren un bloqueo
o una obstrucción de aorta
que no augura nada bueno.

Taquicardia sinusal
que hay que parar a tiempo,
o una isquemia de cuidado
en el ventrículo izquierdo.
 
Son enormes las variantes
que puede darte un chequeo
pues es cuestión que depende
de cómo lo mire el médico:

Que si irritación del colon
o irritación en el recto,
que el intestino delgado
no absorbe los alimentos.

Exceso de fosfatasas
o carencia de anticuerpos,
que puedes tener mareos
por culpa del oído medio.
 
Enfisema pulmonar,
úlcera en el duodeno,
insuficiencia renal,
y cálculos hasta en un dedo.

Hasta podrían decirte,
aunque no entiendas un bledo,
que tienes tremenda falla
en el desoxirribonucleico.

Aunque te sientas fenómeno
y se lo expliques al médico,
tienes que aceptarlo todo
porque lo dice el chequeo.
 
Lo que más te va a asombrar,
a pesar de ser un lego,
es la gran similitud
de todos los tratamientos.

Al margen, ¡claro está!,
de varios medicamentos,
lo demás siempre será:
Una dieta hiposódica,
andar kilómetro y medio,
nada de carnes rojas
ni de embutidos ni quesos, 
y sí al pescado hervido
y al pollo, ¡pero sin cuero!

Tendrás que decirle adiós
a tus grandes compañeros:
al whisky, carne y cigarro,
y hasta al cafecito negro.
 
Pero sí te va a doler
es que antes del chequeo
te sentías cual Tarzán
o como caballo viejo,
y ahora listo pa’l cajón
si no lo tomas en serio.

Por eso, amigo querido,
a aconsejarte me atrevo
que si eres tipo feliz,
sin temores y sin miedos
no se te ocurra ni en broma
jamás hacerte un chequeo.