[Cop}> Hispanos somos; latinos, nunca / Álvaro del Castaño

Después de lidiar por 40 años, en vivo y en directo, con países de la América ibérica y de la anglosajona, tengo mi opinion al respecto. Que el lector se haga la suya.

16-05-2022

Álvaro del Castaño

Hispanos somos; latinos, nunca

«Cualquier español o hispanoamericano (le guste o no España) debería rechazar la utilización de la palabreja ‘latino’, pues es incorrecto, y atufa a imperialismo y manipulación».

¿Me entiendes, Mendes, o te lo explico, Federico? Voy directo al trapo: estoy harto del término «Latinoamérica» y sus derivados. La única palabra adecuada para denominar a las antiguas provincias españolas (nunca fueron colonias, eran tan España como una provincia peninsular) es Hispanoamérica. Si en la ecuación se quiere incluir a Brasil y Portugal, hablaríamos entonces de Iberoamérica. Latinoamérica es una aberración imperialista fruto de la Leyenda Negra española.

Me explico. Primero, porque los «latinos» son solamente los nacidos en el Lacio, o aquéllos que tienen un dominio absoluto del latín. Una persona nacida en Hispanoamérica no tiene nada de latina. De la misma manera que un español tampoco tiene nada de latino. Lo tiene de hispano, de ibérico, europeo y americano (por las antiguas provincias que eran España, y por lo que aprendimos de ellas).

Segundo, porque son los impulsores de la Leyenda Negra, los que se empeñaron en diseminar esta voz. Las palabras son armas de manipulación. Según Manuel Morillo (2012, Latino América, Denominación al Servicio del Imperialismo), el término «América Latina» nace en París en el XIX para defender los objetivos imperialistas de la Francia de Napoleón III en relación a sus colonias, amparando su expansionismo político.

De ahí, la expresión cruzó el Atlántico, a finales del siglo XIX, siendo los Estados Unidos los que tomaron el relevo con la idea de eliminar en Hispanoamérica la influencia de la cultura española y de su religión católica. Pura propaganda de un imperio naciente contra una gran nación decreciente.

Morrillo también nos recuerda que fue el presidente Woodrow Wilson el primero en manejar el término oficialmente para apuntalar sus intereses expansionistas y lograr la penetración de sus multinacionales en contra de las interconexiones económicas con España.

La idea era implantar una política de eliminación sistemática de lo español, idéntica a la seguida por éstos mismos en Filipinas tras la guerra contra España en 1898 (donde perdimos las citadas islas Filipinas, Cuba, Puerto Rico y Guam). Allí (en Filipinas) sí lograron acabar con la lengua y con la educación españolas, pero no con la religión (recordemos que Filipinas es el único país católico de Asia).

Los EEUU se convirtieron en el polo magnético de Hispanoamérica en la segunda mitad del siglo XX. Y, curiosamente, en esa lucha tan singular contra lo hispánico le salió a los Estados Unidos un extraño compañero de cama en su enemigo más íntimo: el marxismo. Esta ideología, que ha sodomizado a Hispanoamérica durante tantos años, se asoció con el imperialismo yankee en su ataque al concepto de Hispanidad (de esto hablaremos un poco más a continuación).

Pero no nos llevemos las manos a la cabeza, recordemos que los nacionalismos en España siguen a pies juntillas el mismo patrón hispanofóbico de manual: aniquilar la lengua, la cultura, las tradiciones comunes, y los vínculos emocionales con lo español.

Hecha esta aclaración, hay que celebrar que España e Hispanoamérica siguen unidas por el hilo conductor de la sangre y el mestizaje, la familia, la lengua, la religión, la cultura y las tradiciones. Cualquier español que viaja a Hispanoamérica se siente enseguida parte de esa patria nueva que le recibe. Ese continente es una extensión de España, o España es una continuación de cada uno de esos países.

Además, en la actualidad el vínculo con España se está estrechando aún más al atraer a nuestro país un enorme talento hispano que se ve obligado a emigrar de su patria, acechada por la crisis, la violencia, la mala gestión política y los totalitarismos locales. Aquí son bienvenidos y respetados. Trabajan duro y se integran. Muchos destacan y tienen éxito. Están en su casa. No son inmigrantes, son hermanos que vuelven a casa. Son los descendientes de nuestros antepasados que allí emigraron. Son los hijos de todo lo bueno y todo lo malo que España hizo por esas tierras.

Por eso, cuando leí el reciente artículo del New York Times titulado Madrid Rivals Miami as a Haven for Latin Americans and Their Money (de Raphael Minder), y que alababa los atractivos de España para nuestros hermanos hispanoamericanos, no me sorprendió en absoluto. Porque nuestras raíces nos unen, nuestra historia se entronca, nuestros hijos se enlazan, nuestra cultura nos ata, nuestra lengua nos hace uno, y nuestro Dios es el mismo.

Solamente algunos políticos egoístas se esfuerzan en separarnos y en enfrentarnos. Y miren qué casualidad, siguen siendo los descendientes del marxismo los que siembran la cizaña: Podemos en España, Maduro en Venezuela, AMLO en México, Daniel Ortega en Nicaragua, junto a toda esa patulea totalitaria de sátrapas de segundo nivel. Éstos defienden la pulsión odiadora, la religión del rencor, la del factor diferencial de cada una de las naciones frente a las otras y de todas frente a la madre patria. Desde el odio se gobierna con desprecio, y desde la hermandad siempre con aprecio.

Me gustaría recordar ahora que Hispanoamérica es absolutamente mestiza, y cuenta con numerosos pueblos indígenas. En contraste, por donde pasaron los ingleses (por no citar otros imperios) no hay casi mestizos, ni rastro de cultura nativa. ¿Por qué esta diferencia? La explicación radica en que, mientras otros imperios «colonizaban», España «hispanizaba». El objetivo de la conquista fue primero la evangelización (catalizador para que la Reina Isabel La Católica se embarcara en la locura de Colón), y después agrandar el imperio, pero siempre a través de la integración nacional, cultural y civilizadora, y mediante la protección de los indígenas.

¿Sorprendido, querido lector? Me remito a las pruebas, pues fueron las revolucionarias Leyes de Indias de los Reyes Católicos las que aprobaron el matrimonio con indígenas y les otorgaron protección legal, convirtiéndolos en hombres sujetos de derecho, dotándoles de procedimientos legales claros para denunciar injusticias y malos tratos (Juicios de Residencia).

Otra cosa es la realidad de los bárbaros que se saltaron a la torera estas leyes, la de muchos dirigentes y caciques españoles que abusaron de su posición de manera miserable, y de la maldita viruela que asoló a las poblaciones locales.  Algunos se conmocionaran al aprender que, mientras España permitió y protegió legalmente el matrimonio entre españoles y nativos a través de Real Cédula de 1514, en EEUU fue ilegal casarse con una persona de raza distinta en algunos estados… ¡hasta 1967!

Será también increíble para muchos aprender que antes de que Francia publicara su primera gramática, o que Inglaterra hiciera lo mismo con la suya, los misioneros españoles habían realizado las gramáticas de las más relevantes lenguas indígenas, entre 1547 y 1690. Los evangelizadores españoles aprendieron las lenguas locales para convertir a los indígenas, pues era lo más conveniente para sus objetivos. El español sólo se impuso como lengua nacional en Hispanoamérica una vez que se independizaron las repúblicas de España.

Chanel, una hispano-cubana, nos representó en Eurovisión. Tres de las canciones del top 10 de Los 40 Principales son de hispanos (dos con nacionalidad española también). Nos llena de orgullo que una española-cubana triunfe en Hollywood (Ana de Armas). La serie Café con Aroma de Mujer (colombiana) es la más vista de Netflix en España.

Ser hispanos nos une, nuestra cultura se funde en una banda ancha. Ya es hora de que convirtamos a Hispanoamérica en el polo magnético del siglo XX.

Fuente

Cortesía de Luis Centeno Gutiérrez

[Col}> "Román". Remembranza familiar de El Paso de los años 40 / Adolfo Taño Perera

2002

“ROMÁN”

Remembranza familiar de El Paso de los años 40

Por Adolfo Taño Perera

Román era pequeño de estatura, dominado siempre por cierto nerviosismo, y hablando consigo mismo parecía que estaba a punto de tomar determinantes decisiones. Quizás éstas no iban más allá de enderezar cierta pared que él creía torcida, o de intentar una nueva forma para que los «regos» (surcos de papas en su huerta), quedaran mejor alineados.

Disfrutaba con la perfección conseguida en tra­bajos intrascendentes, como la colocación rectilínea de las pacas de paja almacenadas en el pajero, y soñaba con que algún día se realizara la obra más importante en el pueblo, que sería el alineamiento de la calle principal, seguida de la Plaza Vieja y del colegio de monjas. Nadie le prestaba atención en sus desvaríos reformistas del trazado de calles y caminos.

Al parecer, en su vida no había ningún motivo de agobio. Sí tenía una hermana solterona y sobrinos huérfanos en estado de necesidad, pero él parecía vivir distante de estos problemas. Sin embargo, nunca se le veía reír. Si lo hacía era muy bajo y como para sí mismo. Casado con Lina Ramón, formaban un matrimonio sin hijos. Quizás esta circunstancia le restó felicidad a su vida, ya que él era capaz de sentir afecto por los niños.

Alejo, que era el hijo pequeño de una sobrina de su esposa, recibió su cariño desde la más corta edad. Vivía frente a su casa y desde muy pequeño corría a ésta por cualquier motivo. El tío Román lo recibía siempre con afecto, y en ciertos momentos el niño percibía sus expresiones de ternura contenida. Entre los primeros recuerdos que luego Alejo conservaría estaba el correr al callejón, como se denominaba la entrada de la casa, cuando lo veía, y ponerse entre sus piernas para hacer de caballo y que el tío fuera el jinete. Su leve sonrisa divertida, y lo que él cooperaba para que el niño lo pasara bien, le hacían volver al día siguiente.

Una tarde, después del almuerzo, Alejo salió de la casa corriendo, y al bajar los escalones que estaban junto a la portada perdió el equilibrio y cayó junto a ésta. Al salir había visto al tío Román en el callejón, y no habiendo recibido golpe alguno en la caída, exageró la importancia de ésta, quejándose en voz alta, para ver la reacción del tío. Como suponía, éste llegó todo nervioso y alarmado a ver lo que le había pasado al niño. Alejo, para tran­quilizarlo, le decía que casi no había sido nada, pero de algo se dolía a la vez para que el tío no descubriera el engaño.

La vida de Román era estrictamente ordenada. Cuando ninguna persona de campo, agricultor a ganadero, llevaba reloj, él tenía el suyo en el cinto, en un estuche de cuero oscuro. Varias veces en el día se le veía sacar el reloj y mirarlo pensativamente. Según la hora, tomaba la decisión de realizar alguna actividad. Los objetos de su uso le duraban muchísimo, y presumía de ello. El reloj con el estuche lo trajo de Cuba en su juventud. Alguna vez Alejo le pidió que le enseñara el reloj, y recuerda que Román se lo ponía entre las manos, pendiente él de que no se le cayera.

Una vez, andando Alejo con otro chico de su edad por el morro que está junto a la casa de los tíos, vie­ron un orinal blanco y reluciente secándose al sol en el patio trasero de la casa. Aficionados a tirar pie­dras a cualquier cosa, vieron en el orinal el blanco perfecto para dispararle algunas pedradas. Sin mucha convicción de acertar le lanzaron algunas piedras, pe­ro, por desgracia, una le dio de lleno. Con el ruido que hizo, y conscientes del problema que aquella acción podía ocasionarles, corrieron y se alejaron del lugar.

Alejo estuvo preocupado par lo que había hecho. Cuando Lina y Román supieron que él estaba en la fechoría, no le dieron mucha importancia al asunto, seguramente por no causarle mayor disgusto. La tía Lina dijo que el orinal tenía más de veinticinco años, y que hasta antes de recibir el golpe no tenía ni la más mínima abolladura.

La casa de Lina y Román era visitada por Alejo con frecuencia casi diaria en el principio de su infancia. Siempre tenía para él el misterio de la soledad y de la antigüedad de los objetos que contenía. Se detenía en tres cuadros que colgaban de las paredes del recibidor. Un día la tía Lina le dijo a Alejo que los cuadros proce­dían de una compra que ella había hecho a una persona, conocida suya, que se iba del pueblo. En un cuadro que en su parte inferior se podía leer «La torre de Babel», se veía una multitud de personas extrañas caminando sin rum­bo, divisándose una torre misteriosa al fondo.

Algunas personas hacían esfuerzos por subir a la torre, sin que al parecer lo consiguieran. El cuadro era en blanco y ne­gro y sus figuras desvaídas. Había que prestarle atención para darle alguna interpretación. Estoy seguro de que nadie observó ese cuadro como lo hizo el pequeño Alejo. Quería saber qué le sucedía a las personas aquellas, y no acerta­ba a explicárselo. Esto le llevaba a pensar que en tiem­pos remotos sucedieron hechos extraños que, gracias a Dios, ya no sucedían. Consideraba que su vida estaba segura por­que vivía en unos tiempos donde no pasaban aquellas cosas.

El otro cuadro del mismo estilo que el anterior ponía en su parte inferior «La destrucción de Jerusalén». En él aparecían personas semidesnudas pegándose con diversos obje­tos, y en actitudes de una exagerada ferocidad. Este cua­dro no tenía para el pequeño el misterio del primero, y por eso lo observaba menos. Y por último estaba el tercer cuadro. Aunque era en blanco y negro también, sus figuras, que eran tres y que lo llenaban casi todo, aparecían muy visibles. Se trataba de un joven tendido en el suelo, una mujer volcada sobre él en actitud de reconocimiento, y otro joven con el pelo caído delante de la cara, lloran­do desconsoladoramente. Unas ramas de árboles los rodea­ban. También tenía una indicación: «La muerte de Abel».

Alejo pensaba que Abel tenía necesariamente que ser el jo­ven que estaba tendido, su madre Eva la que estaba junto a él, y el joven que lloraba junto a ellos debía ser Caín, ya que no conocía la existencia de otros hermanos. Pero no en­cajaba esto con lo aprendido del Catecismo, que nada nos enseña del arrepentimiento que sufriera el fratricida. Para Alejo no existían entonces otras personas sobre la Tierra fuera de Adán, Eva, Abel y Caín.

Completaban los adornos de las paredes un retrato en el que se veía a un anciano com­pletamente calvo, delgado y de expresión bondadosa, junto a un joven cuidadosamente peinado y de bigote bien dibujado. Eran, le decía la tía Lina, papá Juan —padre de ella y bisabue­lo del niño—, y su hijo y hermano de ella, Manuel, que había muerto de joven en Cuba. Del resto de objetos no conservaba ya recuerdo alguno.

Algunos días de primavera se iba a jugar solo detrás de las ventanas de la casa de los tíos. Entre éstas y la pequeña pared que dividía la propiedad con la de los vecinos había unas plantas, que sobrepasaban en tamaño a Alejo, con flores predominantemente amarillas. Él observaba que al llegar el anochecer aquellas flores se encogían y quedaban co­mo bolas blandas, y que al amanecer comenzaban a abrirse para llegar a su esplendor cuando el sol les daba luz y calor.

Cada flor iba produciendo una bolita negra en su interior. Cuando ésta crecía, la flor se iba secando. Entonces recolectaba las bolitas, con lo que parecía un interesado en aque­llas semillas. Buscaba en las ramas “primaveras”. Se les da­ba este nombre a ciertos gusanos, de considerable tamaño y de color llamativo, propios de éstas y otras plantas parecidas, que producían rechazo a quien se tropezaba con ellos. Desde allí contemplaba el cañaveral que estaba en la propiedad de los vecinos, muy próximo a la pared divisoria. Cuando el viento soplaba producía un sonido para él miste­rioso. Al interior del cañaveral nunca llegó, tenía en su imaginación la amenaza de lo desconocido.

Algunos días almorzó Alejo con los tíos Román y Lina. Se sentaba junto a la tía Lina, enfrente del tío Román. Ob­servaba cómo éste se concentraba, con movimientos rápidos y contenidos de sus mandíbulas, en el sabor de la sopa o del potaje, mirando fijamente a la tía Lina para después decirle que había puesto pocos cominos, o que estaba falto de sal.

Recuerda las comidas muy condimentadas que consumían y que, al parecer, eran exigencia de él. A Román y a su esposa Lina no se les veía juntos en otro lugar que no fuera su propia casa. Ya de mayor, Alejo llegó a saber por su tía Lina que fueron un matrimonio roto desde muy pron­to. El padeció de celos y la trató siempre de manera distante y disconforme.

Según fue creciendo, Alejo se fue alejando de la ca­sa de sus tíos Lina y Román. Le interesaban más los juegos con otros muchachos de su edad, que abundaban en el barrio. No obstante, seguía viéndolos a diario, pues la tía Lina venía a la casa de Alejo por cualquier motivo, y el tío Román, al caer de la tarde, a estar de tertulia con el padre del muchacho.

De los últimos y más persistentes recuerdos que Alejo tenía del tío Román era ver allá en el patio de su casa una silla con una chaqueta oscura y un pantalón puestos al sol. De ello se deducía que Román al día siguiente bajaría a Argual a entrevistarse con los Sotomayor, de quienes era el encargado de sus propiedades en el municipio. Alejo lo vio salir alguna vez de su casa para estas visitas, cuida­dosamente vestido de oscuro, contrastando con las personas que iba encontrando, vestidas con sus ropas de faena diaria.

Román quería darle a estas entrevistas la importancia que él creía que tenían. En una ocasión venía especialmen­te emocionado. De Manuela, esposa de Don José Miguel Sotomayor, oyó su voz y preguntó si era Román el que estaba allí. Al comunicársele que sí, entró en la oficina y se sentó junto a él, conversando sobre diversos asuntos. Así se lo contó al padre de Alejo, emocionado todavía por las muestras de sencillez y atención que para él había recibido aquella misma mañana de Manuela Sotomayor.

[Canarias}> Reapertura de las carreteras interrumpidas e inmuebles engullidos por la erupción del Volcán de San Juan (La Palma, 1949) y 2 / María Victoria Hernández

Reapertura de las carreteras interrumpidas e inmuebles engullidos por la erupción del Volcán de San Juan (La Palma, 1949) y 2

Los daños del volcán de San Juan fueron cuantiosos y dignos de un mayor y profundo trabajo de investigación que los relacione con la demografía de esos años

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[Canarias}> Así se ve la ‘herida’ de La Palma en primavera, 223 días después de la erupción

30/04/2022

El pasado 28 de abril el satélite Sentinel de Copernicus capturó cómo reverdece la isla en primavera, la primera en la que la cicatriz de lava del volcán marca su geografía

El satélite Sentinel 2-A del programa europeo Copernicus ha captado La Palma desde el espacio, en una imagen donde se observa cómo ha reverdecido la isla como es habitual en primavera, esta vez marcada por la marca de lava que ha dejado el paso del volcán de Cumbre Vieja.

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Con el día despejado, la isla se ve verde en medio del Atlántico azul, mientras su lado oeste muestra las consecuencias de los 85 días y ocho horas de actividad del volcán palmero, la mayor catástrofe por duración, dimensión y destrucción de los últimos años en Europa. 223 días han pasado desde que comenzó la erupción, pero los daños se mantienen en una isla que trata de reponerse del golpe de la Naturaleza.

Se trata de una herida de 1.218 hectáreas cubiertas de lava, bajo las que descansan 1.676 edificaciones, sepultadas, entre las que se contabilizan 1.345 casas, 370 hectáreas de cultivo, y 73,8 kilómetros de carreteras, en una factura económica de 982 millones de euros.

El perímetro teñido en negro es de 68,8 kilómetros y ha modificado el mapa de la isla, que crece 47 hectáreas con esta erupción en Cumbre Vieja, que regó en la isla 216 millones de metros cúbicos de lava.

La imagen, captada el 28 de abril de 2022, también tiene las marcas de las erupciones anteriores, como la del volcán de Teneguía que se observa en la instantánea satelital en la punta sur de La Palma.

Entre los comentarios de esta publicación de Copernicus, los seguidores de la página hablan de la «reconstrucción y recuperación de la isla» basada en «la Ciencia y la tecnología, la sostenibilidad y el respeto a su Naturaleza». Otros hablan de esta imagen recordando que «aunque herida es siempre bonita» o palabras positivas, «Qué imagen tan maravillosa de la isla de La Palma», dicen otros.

«Esa cicatriz que la Naturaleza ha hollado en su figura es sobrecogedora y ha cambiado para siempre la impresión geológica que fue identidad», asegura uno de los comentarios, al igual que otro alega que «esa herida sanará con los años, como siempre ha ocurrido en las islas», celebrando que sigue «verde, fuerte, hermosa y siempre viva».

Fuente

[Canarias}> Reapertura de las carreteras interrumpidas e inmuebles engullidos por la erupción del Volcán de San Juan (La Palma, 1949)/1 / María Victoria Hernández

Reapertura de las carreteras interrumpidas e inmuebles engullidos por la erupción del Volcán de San Juan (La Palma, 1949)/1

A partir de 1936 los habitantes de La Palma comenzaron a sentir movimientos sísmicos, conocidos popularmente en Canarias como temblores

[Cop}> “LA MUERTE NO EXISTE”: Elisabeth Kübler-Ross, la médica que dice haber confirmado la existencia del más allá

(Un tema que, aunque viejo, no pierde actualidad)

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Abril 27, 2022

 

La doctora suizo-estadounidense Elisabeth Kübler-Ross recibió a lo largo de sus 40 años de profesión 28 títulos doctor honoris causa. Sus libros —el más conocido es el bestseller “Sobre la muerte y los moribundos”— han sido traducidos a más de 25 idiomas.

Una parte de su reconocimiento mundial se debe a que la médica psiquiatra se dedicó durante décadas a acompañar a enfermos terminales, aplicando modernos cuidados paliativos para que afrontaran el fin de su vida con serenidad e incluso con alegría. Mientras, estudiaba sus comportamientos, a partir de los cuales desarrolló su teoría sobre las cinco etapas del duelo (negación, ira, negociación, depresión y aceptación), conocida mundialmente como el “modelo de Kübler-Ross”, hoy considerada la base teórica de los cuidados paliativos.

Pero lo que más la distinguió entre sus colegas fueron sus estudios sobre la vida después de la muerte o el “más allá”. A partir de la recopilación de miles de casos de pacientes con muerte clínica que vivieron experiencias extracorporales y luego volvieron a la vida, Kübler-Ross llegó a la conclusión de que la muerte no es más que un nuevo comienzo, y uno feliz. «El instante de la muerte es una experiencia única, bella, liberadora, que se vive sin temor y sin angustia”, ha declarado en numerosas ocasiones. A lo que también ha agregado: “La muerte es sólo un paso más hacia una forma de vida en otra frecuencia».

Sus investigaciones sobre el tema han trazado una línea divisoria entre sus colegas: hay quienes la critican y discuten sus hallazgos con contraargumentos racionalistas, como también quienes la admiran y la respetan como una eminencia en su especialidad, la muerte, o como ella la llamaba: “el mayor misterio para la ciencia”.

Umbral de la muerte: el primer caso que cambió su vida

Kübler-Ross se dedicaba a acompañar a enfermos terminales en distintos hospitales de Estados Unidos cuando trató por primera vez a una paciente que vivó la experiencia del umbral de la muerte. Se trataba de la señora Schwartz, que llegó a un hospital local de Indiana con un estado de salud extremadamente delicado. Al poco tiempo de estar internada, dejó de tener signos vitales.

«La señora Schwartz se vio deslizarse lenta y tranquilamente fuera de su cuerpo físico y luego flotó a una cierta distancia por encima de su cama. Nos contaba, con humor, cómo desde allí miraba su cuerpo extendido, que le parecía pálido y feo. Se encontraba extrañada y sorprendida, pero no asustada ni espantada.

Nos contó cómo vio llegar al equipo de reanimación y nos explicó con detalle quién llegó primero y quién último. No sólo escuchó claramente cada palabra de la conversación, sino que pudo leer igualmente los pensamientos de cada uno. Tenía ganas de interpelarlos para decirles que no se dieran prisa, puesto que se encontraba bien, pero cuanto más se esforzaba en explicarles más la atendían solícitamente, hasta que comprendió que los demás no la oían.

Decidió entonces detener sus esfuerzos y perdió su conciencia, como nos dijo textualmente. Fue declarada muerta cuarenta y cinco minutos después de empezar la reanimación y dio signos de vida después, viviendo todavía un año y medio más»,

detalló la médica psiquiatra en una de sus conferencias sobre el tema, hoy recopiladas en el libro La muerte: un amanecer (1984).

Este caso representó para la psiquiatra el principio de una investigación que duraría décadas. «Nunca había oído hablar de tal experiencia de muerte aparente, aunque era doctora en Medicina desde hacía tiempo. La señora Schwartz produjo un cambio en mí», recordó Kübler Ross en la misma conferencia.

Desde entonces, la especialista y su equipo se dedicaron a reunir experiencias extracorporales de pacientes con muerte clínica que volvieron a la vida en Estados Unidos, Canadá, Australia y algunos otros países. La persona más joven tenía dos años, y la mayor, 97.

Recabaron casos de personas de diferentes orígenes culturales —hasta esquimales y aborígenes de Australia—, así como también de diferentes creencias religiosas: hindúes, budistas, musulmanes, cristianos, e incluso también a agnósticos y ateos. «Era importante poder hacer el recuento de los casos en ámbitos religiosos y culturales tan diferentes como fuese posible, con el fin de estar bien seguros de que los resultados de nuestras investigaciones no fuesen rechazadas por falta de argumentos», explicó años más tarde.

Cuanto más casos conocía y más profundizaba sobre el tema, más se sorprendía. «Ha habido personas que incluso nos han precisado el número de la matrícula del coche que los atropelló y continuó su ruta sin detenerse. No se puede explicar científicamente que alguien que ya no presenta ondas cerebrales pueda leer una matrícula», ha comentado.

En varias ocasiones, tanto en notas periodísticas como en seminarios y en conferencias, Kübler-Ross ha mencionado a una paciente en particular, que sentó un precedente en sus investigaciones sobre la vida después de la muerte.

«Tuvimos el caso de una niña de doce años que estuvo clínicamente muerta. Independientemente del esplendor magnífico y de la luminosidad extraordinaria que fueron descritos por la mayoría de los sobrevivientes, lo que este caso tiene de particular es que ella relató que su hermano estaba a su lado y la había abrazado con amor y ternura.

Después de haber contado todo esto a su padre, le dijo: “Lo único que no comprendo de todo esto es que en realidad yo no tengo un hermano”. Su padre se puso a llorar y le contó que, en efecto, ella había tenido un hermano del que nadie le había hablado hasta ahora, y que había muerto tres meses antes de que ella naciera».

A partir de los distintos casos recopilados —todos con grandes similitudes—, Kübler-Ross llegó a la conclusión de que la muerte es casi idéntica al nacimiento, porque implica el paso a un nuevo estado de conciencia, donde las personas ven, escuchan, se ríen e, incluso, en algunos casos, bailan.

«Los ciegos pueden ver, los sordos o los mudos oyen y hablan otra vez. Una de mis enfermas, que tenía esclerosis en placas, dificultades para hablar y que sólo podía desplazarse utilizando una silla de ruedas, lo primero que me dijo al volver de una experiencia en el umbral de la muerte fue: «Doctora Ross, ¡Yo podía bailar de nuevo!». Las niñas que a consecuencia de una quimioterapia han perdido el pelo, me han dicho después de una experiencia semejante: «Tenía de nuevo mis rizos», detalló la psiquiatra.

Muchos de sus colegas la han cuestionado, argumentando que lo que ven los enfermos terminales en estas circunstancias no son más que proyecciones de deseo creadas por su inconsciente. Pero ella les respondió con más ejemplos, casos de personas ciegas que no tenían percepción luminosa desde hacía al menos diez años cuando tuvieron una experiencia extracorporal. «Estos ciegos pueden decirnos con detalle los colores y las joyas que llevaban los que los rodeaban en aquel momento, así como el detalle del dibujo de sus jerséis o corbatas. Es obvio que en estos casos no puede tratarse de visiones», afirmó en una conferencia.

Según sus propias estadísticas, recabadas en terapias intensivas de distintas partes del mundo, del total de enfermos con paros cardíacos graves que han vuelto a la vida después de una reanimación, solamente el 10% recuerda las experiencias vividas durante el cese de sus constantes vitales.

La muerte, tres etapas

Kübler-Ross dividió la experiencia de muerte en tres etapas. La primera ocurre a nivel físico y está ligada a la consciencia normal de la persona y a su cuerpo. En ese momento, el “yo real” emerge de su cuerpo físico y se traslada al segundo nivel, el psíquico, en el que la persona está completamente alerta, atenta a todo lo que está sucediendo a su alrededor, como un observador. Luego viene la etapa final: “La persona atraviesa algo que para ella representa una transición hacia el tercer nivel, o nivel espiritual. Este símbolo puede ser un pasaje de una montaña, el río Ganges, un túnel…la percepción que de la transición tiene cada individuo será determinada culturalmente.

En cualquier rango, al final del túnel, o lo que sea, usted verá una luz. Una vez que la has vislumbrado, no tendrás temor de la muerte. Cuando finalmente falleces, experimentarás la luz que te dará un inmenso sentimiento de amor y felicidad. Este nivel es el Reino de Dios y no puede ser manipulado por ningún ser humano”, sintetiza la psiquiatra.

“Nadie muere solo”

Kübler Ross aseguró hasta el día de su propia muerte, en 2004, que nadie muere solo: «Una vez que estás fuera de tu cuerpo físico, podrás ver a los familiares y amistades que te precedieron. Los encontrarás, reconocerás y estarás rodeado por más amor del que puedas imaginarte».

No es una opinión, dice, es una realidad. Ella misma investigó varios casos de tragedias familiares en las que un niño seriamente lastimado recobró la conciencia un tiempo largo después del accidente.

«Una vez, un niño que había tenido un accidente de auto con la familia me dijo: “Todo está bien, mi mamá y Peter me están esperando”. Yo sabía que su madre había muerto. A Peter, su hermano, lo habían enviado a otro hospital, a uno de quemados. Era la primera vez que un chico en esas circunstancias mencionaba a alguien que no había muerto.

Pero, como soy investigadora, tomé nota, aunque lo que decía contradecía mi teoría. Cuando salí de la habitación y pasé por cuidados intensivos, me informaron de que tenía una llamada del hospital de quemados: Peter había fallecido hacía 10 minutos»,

relató la psiquiatra en Buenos Aires (1991) durante una entrevista con el diario La Capital, minutos después de su conferencia en el aula magna de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

Luego sumó: «En 15 años no he visto casos de niños que no nombraran personas que los hayan precedido en la muerte».

A los niños, Kübler-Ross les explicaba la muerte con una metáfora, la de la mariposa. «La muerte física del hombre es idéntica al abandono del capullo de seda por la mariposa. El capullo de seda y su larva pueden compararse con el cuerpo humano. Desde el momento en que el capullo de seda se deteriora irreversiblemente, ya sea como consecuencia de un suicidio, de homicidio, infarto o enfermedades crónicas (no importa la forma), va a liberar a la mariposa, es decir, a nuestra alma».

Durante su carrera, Kübler-Ross dictó cursos sobre muerte y agonía a más de 125.000 estudiantes en universidades, facultades de medicina, hospitales e instituciones de trabajo social. En 1970, pronunció “The Ingersoll Lectures on Human Immortality” en la Universidad de Harvard, sobre la muerte y los enfermos terminales.

La psiquiatra dedicó los siguientes 10 años a fundar más de 50 hospicios en todo el mundo. Se retiró finalmente a los 70 años, pero nunca abandonó su vocación: desde su casa, en Arizona, escribió cuatro libros más, incluyendo “Sobre el duelo y el dolor”, coescrito con David Kessler, experto en duelo. Su filosofía, expresada en sus libros, se convirtió luego en la base del actual Movimiento Hospice, que se dedica al cuidado de personas con enfermedades terminales en el final de sus vidas.

Más allá de sus logros, Kübler-Ross debió lidiar en todo momento con las críticas de colegas que consideraban que sus estudios sobre el “más allá” manchaban su integridad científica. Por eso, dedicó las primeras líneas de su libro, “La muerte, un amanecer”, a cuestionar estas mismas críticas: «Hay mucha gente que dice: “La doctora Ross ha visto demasiados moribundos. Ahora empieza a volverse rara”. La opinión que las personas tienen de ti es un problema suyo, no tuyo. Saber esto es muy importante. Si tienes buena conciencia y haces tu trabajo con amor, se te denigrará, te harán la vida imposible, y diez años más tarde te darán dieciocho títulos de doctor honoris causa por ese mismo trabajo. Así transcurre ahora mi vida».

Pocos años antes de fallecer, en un reportaje, un periodista le preguntó si la proximidad de su muerte le generaba miedo. Su respuesta fue contundente: «No, de ningún modo me atemoriza; diría que me produce alegría de antemano». En la misma entrevista, declaró que la vida en el cuerpo terrenal sólo representa una parte muy pequeña de nuestra existencia. Ella siempre repitió la misma frase: “Morir es mudarse de casa, a una más bella”.

Luego de su muerte, Ken Ross, uno de sus dos hijos, creó la Fundación EKR en honor a su madre. La fundación tiene 11 filiales en distintas partes del mundo. Una de éstas es la Fundación Elisabeth Kübler-Ross Argentina-Uruguay, conformado por un equipo interdisciplinario, que surgió a fines de 2020.

«Nuestra misión es difundir en estas latitudes la obra de Elisabeth Kübler-Ross y continuar con su legado», dice Cynthia Frahne, su coordinadora, a La Nación. «Ofrecemos charlas gratuitas sobre diferentes temáticas y un encuentro llamado “Un té con Elisabeth”, que sería como un Dead Café, donde se conversa sobre la muerte, porque en nuestra sociedad ese es un tema del que no se habla. En breve, vamos a estar ofreciendo grupos de apoyo en duelo, también formaciones sobre acompañamiento en duelo y para el modelo hospice», resume Frahne.

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[Col}> Algunas notas sobre el Vía Crucis hasta El Calvario en El Paso / Carlos Valentín Lorenzo Hernández

21-04-2022

Algunas notas sobre el Vía Crucis hasta El Calvario en El Paso

Aún reciente la celebración de los actos de la Semana Santa, en la cual se rememora la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret, dirigimos nuestra mirada escrutadora hacia la observación de elementos o símbolos que se encuentran en rincones de calles y que tienen una relación directa con las festividades que vivimos estos días pasados.

Nos referimos a las cruces repartidas a lo largo del recorrido hasta El Calvario. Simboliza este Vía Crucis (Camino de la Cruz) la pasión de Jesucristo a lo largo del camino que siguió hasta El Calvario, donde finalmente fue crucificado y sepultado.

En muchos pueblos de nuestra geografía nacional se conserva, normalmente en las afueras, un lugar denominado “Calvario”, donde suelen levantarse tres cruces.

En el caso concreto de El Paso, la capilla de El Calvario data de los años veinte del siglo XX. El sacerdote Norberto Pérez Díaz (1862 – 1924), durante el periodo que sirvió en la parroquia de El Paso, fue un gran impulsor de esa obra.

Así, en el Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de Tenerife, de 1 de julio de 1924, en el apartado de crónicas diocesanas se señala: “Los vecinos de El Paso han puesto todos sus entusiasmos en el ensanche y alineación del camino de Tacande (actualmente hermosa calle). El público ha contribuido con donativos que arrojan cerca de 1.000 pesetas, y el resto de la suscripción pasó de 300. Lo demás, fuera del trabajo personal gratuito de aquellos vecinos, fue costeado por el párroco, señor Pérez Díaz. La construcción del Calvario, es también iniciativa suya y será una elegante obra”.

El 1 de julio de 1925 el pleno del Ayuntamiento de El Paso tomó el acuerdo de aprobar la propuesta de Francisco Tabares Capote de ponerle el nombre de Norberto Pérez Díaz al camino de Tacande que conduce hasta El Calvario “en gratitud por los desvelos” con los que actuó durante su permanencia en nuestro pueblo y en obras como las de El Calvario.

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Calle Norberto Pérez Díaz

El promotor del establecimiento en El Paso de un Vía Crucis hasta El Calvario fue el sacerdote, natural de Puerto de la Cruz, José García Pérez (1912 – 1958) que ocupó la parroquia de Ntra. Sra. de Bonanza desde 1936 hasta 1941. Llegó muy joven a nuestro municipio, se trataba de un brillante, elocuente y fogoso orador, “lleno de erudición y amor patrio”. Dadas las circunstancias políticas de la época que le tocó vivir, la forma vehemente con la que defendió sus ideales y credo pudieran parecer inadecuadas para un ministro de la Iglesia. Pero quienes lo trataron directamente, lo recuerdan como un hombre de “buena palabra y dulce sentimiento”.

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En 1941 fue trasladado a la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán, en San Cristóbal de La Laguna, donde permaneció hasta su fallecimiento ocurrido en 1958. Allí continuó destacando por sus dotes oratorias que le hicieron uno de los predicadores de más prestigio de la época.

José García Pérez llevó a cabo una amplia y acabada labor de restauración histórica y artística de la parroquia de Santo Domingo que cuenta con preciadas obras del Conde de Belalcazar y de los admirados pintores Mariano de Cossío, Antonio González Suárez y Pedro de Guezala. Desde 1973 sus restos reposan en la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán, y La Laguna tiene una calle con el nombre de “Párroco García Pérez”.

Tras estas notas biográficas de José García Pérez, el gran valedor del Vía Crucis hasta El Calvario en nuestro pueblo, señalamos que en la sesión plenaria del Ayuntamiento de El Paso de 24 de abril de 1937 se presentó una instancia por parte de don José García Pérez, cura párroco de El Paso, “solicitando le sea concedida autorización para colocar trece cruces desde la Iglesia Nueva hasta el Calvario accediendo la Gestora a tal solicitud”.

El Vía Crucis fue colocado, por las calles y caminos hasta El Calvario, en un acto emotivo, al cual asistieron sus donantes portando las cruces. Reseñamos a continuación quiénes fueron las personas donantes —de las cuales citamos algunos datos de su trayectoria vital— y el orden de la colocación de las cruces, que se corresponde con las catorce estaciones del Vía Crucis vivido por Jesucristo en su pasión, muerte y sepultura.

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I. Fermín Sosa Pino (1852 – 1939). Fue alcalde de El Paso en dos etapas, y juez municipal durante muchos años. Verdadero gestor de la independencia eclesiástica de El Paso. El municipio pasense ha honrado su memoria haciendo que una de sus calles lleve su nombre.

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II. Juan Pérez Capote (1890 – 1940). Licenciado en Medicina y Cirugía. Se dedicó a la Medicina rural en su pueblo y desempeñó el cargo de inspector médico municipal. Su pueblo le tiene dedicada una calle.

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III. Miguel Jurado Serrano (1890 – 1983). Natural de La Rambla (Córdoba). Se estableció en nuestro municipio como farmacéutico a comienzo de los años veinte del pasado siglo. Llegó a desempeñar la alcaldía de El Paso. Fue nombrado hijo adoptivo de nuestro pueblo. Se le concedió la Cruz de Caballero de la Orden del Mérito Civil, junto al alcalde Manuel Fermín Sosa Taño y los concejales Pedro Capote Lorenzo y Juan A. Fernández Fernández, por su intervención en el Comité Local de Unión Patriótica en el periodo de 1927 a 1930.

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IV. Antonio Pino Pérez (1904 – 1970). Odontólogo. Alcalde de El Paso en varios periodos. Se distinguió como orador vibrante y gran poeta. Cronista oficial de la Ciudad. Fueron notables sus creaciones de los Carros Alegóricos que dieron brillantez a las Fiestas del Sagrado Corazón de Jesús. La Corporación Municipal lo nombró Hijo Predilecto de la Ciudad de El Paso, dedicándosele, con posterioridad, una calle. El 25 de junio de 2014, coincidiendo con la celebración del día del municipio, el Ayuntamiento de El Paso pone a la Biblioteca Municipal el nombre de Antonio Pino Pérez.

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V. Segundo Capote Pino (1856 – 1949). Propietario de tierras. Perteneciente a una familia de acendradas virtudes cristianas. Una de sus hijas, Blanca Capote Padrón (1902 – 1977), fue la madrina en la ceremonia de bendición e inauguración del nuevo templo parroquial de El Paso en 1934.

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VI. Carmen Cordovez Hernández. En las inmediaciones a la antigua casa familiar se sitúa la cruz que donara. Hermana de Mela Cordovez, muy recordada en los ámbitos culturales de nuestro pueblo.

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VII. Antonio Capote Lorenzo (1902 – 1984). Vinculado a la empresa tabaquera de su hermano Pedro.

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VIII. Pedro Capote Lorenzo (1899 – 1971). Estudió la carrera de Administrador de Correos, pero destacó como empresario e industrial tabaquero de prestigio. Propietario de la empresa Tabacos Capote, que se convirtió en la principal fuente de sostenimiento de las familias de El Paso y único medio de trabajo estable en el pueblo. Sus labores del tabaco fueron premiadas en la Exposición Iberoamericana de Sevilla, en 1929, donde obtuvo Medalla de Oro.

La participación en la actividad política de su municipio, como ya se ha señalado, hizo que se le concediese la Cruz de Caballero de la Orden del Mérito Civil. Persona de mucho peso en el apartado social y cultural de su pueblo. Presidente–fundador del Club Deportivo Atlético Paso. Entusiasta propulsor de la festividad del Sagrado Corazón de Jesús en nuestro municipio.

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IX. Pedro Capote Gutiérrez (1865 – 1951). Patriarca de una arraigada familia pasense. Personalidad representativa de nuestro pueblo que fuera alcalde del mismo. Siempre se hizo necesario su sereno consejo cuando de importantes gestiones para la localidad se tratase. Como reconocimiento a esa gran labor en pro de su pueblo, la plaza de la antigua Iglesia de Ntra. Sra. de Bonanza (Iglesia Vieja) lleva su nombre. (Destacamos, como queda reflejado, que sus hijos Pedro, Antonio y Tomás también fueron donantes de cruces).

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X. José García Pérez (1912 – 1958) —párroco— o Srta. Albertina Pérez Quintana (1907 – 2010). Albertina fue maestra de la Escuela de niñas de Tacande. Como dato curioso destacamos su longevidad, pues murió a los 103 años de edad.

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XI. Justo Pérez Hernández. Hasta la fecha no hemos podido recoger notas biográficas del mismo. Deseamos que la divulgación de este pequeño trabajo nos permita recibir alguna información sobre esta persona.

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XII. Calvario. En el interior del oratorio se encuentran las tres cruces, colocadas antes que las ya nombradas, que rememoran la crucifixión de Jesucristo entre los dos malhechores, Dimas y Gestas.

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XIII. Tomás Capote Lorenzo (1904 – 1964). Profesionalmente desarrolló su labor en la empresa Tabacos Capote. Ocupó la alcaldía de El Paso. Durante su mandato se inauguró el cementerio de San Vicente Ferrer.

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XIV. Juan Simón Rocha (1907 – 1985). Fue alcalde de El Paso. En el momento de la colocación de las cruces ocupaba ese cargo, presidiendo la Comisión Gestora que regía los destinos del Ayuntamiento de El Paso (junto a él componían la Comisión Gestora municipal, Domingo Hernández Hernández, y Vicente García Sosa).

Las calles donde se ubican las cruces del Vía Crucis son la actual Salvador Miralles Pérez, rotulada desde 1996 con el nombre de quien fuera sacerdote de El Paso (anteriormente se denominaba 13 de septiembre, antigua calle que conducía al cementerio hasta 1939), la calle Norberto Pérez Díaz y la carretera de San Nicolás. Apenas en un kilómetro de trayecto, desde el templo parroquial hasta El Calvario, se encuentran distribuidas, a la vera de las vías, sobre pedestales, muros y alguna hornacina.

Hoy día, el perfil del trazado inicial del Vía Crucis puede estar algo desdibujado por las edificaciones y ampliaciones de los antiguos caminos, principalmente la carretera a San Nicolás que sufrió una importante modificación con el establecimiento de acerado. Algunas de las cruces han sido movidas del sitio original y, otras, por el normal transcurso del tiempo, han tenido que ser remozadas o sustituidas.

Tradicionalmente, el Viernes Santo, al alba, parte desde la iglesia parroquial en procesión a El Calvario la venerada imagen del Cristo crucificado, cantándose en el recorrido el Vía Crucis. Cada una de las estaciones se corresponde con uno de los pasajes vividos por Jesús camino de la cruz.

  • Primera Estación: Jesús es condenado a muerte.
  • Segunda Estación: Jesús carga la cruz.
  • Tercera Estación: Jesús cae por primera vez.
  • Cuarta Estación: Jesús encuentra a su madre María.
  • Quinta Estación: Simón el Cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz.
  • Sexta Estación: Verónica limpia el rostro de Jesús.
  • Séptima Estación: Jesús cae por segunda vez.
  • Octava Estación: Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén.
  • Novena Estación: Jesús cae por tercera vez.
  • Décima Estación: Jesús es despojado de sus vestiduras.
  • Undécima Estación: Jesús es clavado en la cruz.
  • Duodécima Estación: Jesús muere en la cruz.
  • Decimotercera Estación: Jesús es bajado de la cruz y puesto en brazos de su madre.
  • Decimocuarta Estación: Jesús es sepultado.

De esta manera hemos querido aproximarnos un poco más a la historia de ese conjunto de cruces, que conforman el Vía Crucis hasta El Calvario, tan cargado de simbología, presentes en el panorama urbano, como mudos testigos del discurrir del tiempo en nuestra Ciudad, y que cobran protagonismo durante las fechas de Cuaresma y Semana Santa.

Carlos Valentín Lorenzo Hernández