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Cortesía de Juan Antonio Pino Capote
Hechos, imágenes o escritos acerca de Canarias, pero no de El Paso, y de autores no pasenses.
Fotos de algunas de las mejores playas de Canarias.
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Fotos cortesía de Ana María Padrón
Montaje en PPS, cortesía de Charo Bodega
24/01/2010
Elsa Fernández-Santos
Félix Francisco Casanova escribió “El don de Vorace” en 44 días; era el verano de 1974 y él tenía 17 años. Un vómito literario que, en estado de gracia, y casi de trance, relataba la infernal espiral de Bernardo Vorace, un hombre en caída libre tras creerse inmortal después de varios intentos frustrados de suicidio.
El libro, que ahora rescata la editorial Demipage (que también editará el diario del precoz escritor), se convirtió pronto en un texto de culto que escondía las claves del enrabietado talento de un joven que pasaba los días escribiendo, escuchando a Soft Machine y a John Coltrane, y que a los 19 años murió en extrañas circunstancias: un accidental escape de gas mientras se duchaba, según la familia; un suicidio, según el resto. La prematura muerte de Casanova aumentó el eco de su leyenda para fijar su imagen de ángel maldito.
Casanova había nacido en la isla de La Palma en 1956, hijo de un dentista y poeta postista, Félix Casanova de Ayala, y de una de esas pasmosas bellezas locales de ojos verdes. La madre era conocida por la mirada (seña de identidad que heredó su hijo) y por sus largas sesiones al piano en la casa familiar, a la que siempre se acercaban curiosos para escucharla.
Félix Francisco era un chico fuera de lo común, pero a nadie le sorprendía: su padre solía pasear con un calcetín en la solapa en lugar de un pañuelo. Casanova escribía poesía desde niño, pero sobre todo escuchaba música sin parar. Le obsesionaba y gastaba en comprar discos todo el dinero que ganaba en concursos literarios. Con su hermano pequeño, Bernardo, dibujaba cubiertas especiales para los discos que se inventaban, con sus amigos tocaba en el grupo OVNO (mierda, en checo) y con su padre escribía versos mano a mano. De ambos nació el poemario “Cuello de botella”, editado en 1976 y recogido en la poesía completa del joven escritor que en 1990 editó Hiperión bajo el título “La memoria olvidada”.
«Era distinto a todos. Atento, estudioso y tímido. Cada día llegaba a clase con un cuento o con un poema que no se parecía a ningún otro. Ya entonces sus imágenes poéticas no tenían nada de Disney”, recuerda su profesora de literatura en La Palma, Maribel Arrocha Lugo.
Casanova solía enviar comentarios musicales a la revista Disco Express. Allí le descubrieron algunos miembros del grupo CLOC, surrealistas del País Vasco, que encontraron en el canario un inesperado referente.
«Yo era un joven melenudo como él que hacía crítica musical en Disco Express. Sus comentarios musicales y sus poemas eran deslumbrantes, y muy pronto me llamaron la atención. Cuando nos enteramos de su muerte, el 14 de enero de 1976, me puse a investigar. Fue entonces cuando dimos con su padre, que nos envió “El don de Vorace”, una novela llena de registros, extraña, siempre al límite, y con un final tan abierto como asombroso», recuerda el poeta Francisco Javier Irazoki.
Fernando Aramburu (para quien la precocidad poética de Casanova le convierte en «nuestro» particular Rimbau), reivindica a un escritor singular: «Maestro del misterio, hondo y liviano al mismo tiempo, inexplicable dentro de la tradición a la que estamos acostumbrados. Si hay algo que todavía asombra en él es el hecho de que un joven de 17 años escriba poemas sin incurrir en la imitación de la poesía».
El cantautor vasco Jabier Muguruza utilizó el poema “A veces” para una de sus canciones: «A veces, cuando la noche me aprisiona, suelo sentarme frente a una cabina telefónica / y contemplo las bocas que hablan / para lejanos oídos. / Y cuando el hielo de la soledad / me ha desvenado, los barrenderos moros / canturrean tristemente / y las estrellas ocupan su lugar, yo acaricio el teléfono / y le susurro sin usar monedas».
Lo cierto es que el joven poeta, incómodo en los círculos literarios que tanto le aplaudían, renegó pronto de sí mismo y de su obra. En diciembre de 1973, recién cumplidos los 17 años, le conceden el Premio Julio Tovar (el más importante de poesía convocado en las islas) por “El invernadero”, editado en mayo de 1974. Rechaza toda su obra anterior, ya sea inédita o publicada en los periódicos. De esa limpieza, Casanova salvaba sólo el libro escrito en colaboración con su padre, quien falleció pocos años después que su hijo, y escribió: «Te recuerdo escribiendo ese prólogo que ahora me sobrecoge y entonces no entendía. Tú, el único poeta al que yo no podía envidiar, aunque me era envidiable, me has dado la respuesta, a tu modo, sobre la marcha, alegremente. Sí, ¡ojalá sean éstos, poemas para la reencarnación!».
Suicida o no, la muerte (o ese terrible reverso adolescente que es la firme creencia en su imposibilidad) obsesionaba al poeta. Su alegría y vitalidad chocan con su desenlace. Su hermano Bernardo descarta el suicido, aunque reconoce detalles «extraños» en todo lo que rodea su final. Murió en la ducha y el agua le obsesionaba: «siempre tenía sueños terribles relacionados con el agua».
Escribió “El último poema” («mi favorito», afirma Bernardo) dedicado a su novia. Y, además, de alguna manera, se despidió: «Me pidió que nunca dejara de comprar discos. Era un coleccionista nato, y me dijo que siguiera comprando siempre por él. Recuerdo que escuchar aquello me asustó».
Bernardo, hoy profesor de fotografía en Tenerife, tenía entonces 16 años y todavía arrastraba la pérdida, tres años antes, de su madre, que entró en un coma irreversible tras una extraña enfermedad que la consumió. «De alguna manera nunca me he recuperado. Mi hermano era como nuestra madre, lograba que todo girara a su alrededor, como esas luces brillantes siempre rodeadas de bichos, y lo cierto es que no he vuelto a conectar igual con nadie. Quizá suene raro, pero nunca se tomó en serio, y por eso a veces ofendía su actitud. Para nosotros la poesía y la música eran un juego».
Un juego en manos de niño que inventó un mundo aparte —mezcla de “Peter Pan y Alicia en el país de las maravillas», apunta la poeta Elsa López— en el que las pesadillas y los sueños tenían pies y cabeza, «algo así como en la vida», escribió él.
Un breve paseo por las siete islas.
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Cortesía de Roberto González Rodríguez
Acerca de la celebración que de la Cruz de Mayo se hace en Tenerife. De fondo musical, Los Sabandeños y su famosa isa.
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Cortesía de Ramón López
7 Abril, 2008
Melchor Padilla
Todos sabemos que la ciudad de La Laguna recibe su nombre del antiguo pequeño lago (en adelante, laguna) en cuyas orillas se fundó, pero pocos conocen dónde estuvo, cómo era y cómo sería la ciudad si aún existiera esa laguna.
Todavía hoy, algún turista despistado que visita la ciudad pregunta dónde está la tal laguna, pero ésa ya no existe, aunque sabemos por los documentos históricos cuáles fueron su ubicación y sus características.
Los aborígenes la llamaron Aguere (a-garaw: gran superficie de agua), pero la primera referencia histórica nos la da el ingeniero cremonés Leonardo Torriani, enviado por el rey Felipe II para analizar y mejorar en lo posible las fortificaciones de las islas Canarias.
Torriani escribió “Descripción e historia del reino de las Islas Canarias” (1588), una fuente fundamental en la que describe las islas, sus principales poblaciones y su historia, además de aportar datos y planos para sus fortificaciones. En su obra aporta el único plano de la ciudad en el que aparece la laguna. La describe así:
«Se forma por la reunión de las aguas de los montes circunvecinos, se llena por medio de un riachuelo que viene desde el norte, y se desagua por otro que corre en dirección del levante. Tiene poco fondo, y durante el verano a menudo se seca completamente. Es muy útil para el ganado que pasta en su alrededor, en número infinito. Para los que tiran el arcabuz es un verdadero deleite, por la diversidad de pájaros y animales que viven en ella; tanto más, que está muy cerca de las casas, de modo que resulta útil y agradable, sin cansar y exigir mucho camino».
Nos dice, además, que su perímetro era de unos 1.880 metros (2.700 pasos andantes).
El profesor Criado, de la Universidad de La Laguna, en su interesante “Breve e incompleta historia del antiguo lago de la ciudad de San Cristóbal de La Laguna”, publicada en 2002 y hasta ahora el trabajo más completo sobre el tema, establece la profundidad máxima de la laguna en torno a los 0,80 metros. A finales del siglo XVI, el viajero inglés Sir Edmund Scory nos dice que la ciudad «toma su nombre de un gran lago o pantano que tiene cerca, hacia el oeste, en el cual se hallan de ordinario gran número de pájaros de río de diferentes especies».
A partir del siglo XVII los distintos autores que describen esa laguna —Núñez de La Peña, Castillo, o Glas— insisten ya en que se secaba en verano, por lo que debemos suponer que se trataría de un pantano o humedal cuyo volumen de agua dependería no de los aportes de los nacientes del monte de Las Mercedes, sino exclusivamente de las lluvias invernales.
Paulatinamente fue desapareciendo, y en el plano del teniente coronel Amat de Tortosa, que copia en 1779 el marino francés M. le Chevalier Isle, ya no aparece ninguna superficie de agua. En 1837, ingenieros militares drenan y nivelan el llano, lo que supone la desaparición de la laguna como tal.
Saber donde estuvo es todavía sencillo. Desde las montañas que circundan la ciudad puede apreciarse una mancha de vegetación que ocupa el lugar de nuestra laguna. Su perímetro viene marcado por las calles Silverio Alonso, Lucas Vega, Marcos Redondo, Paseo Oramas hasta el Estadio de La Manzanilla, Alfredo Kraus y Concepción Salazar hasta el Camino Largo. Una de las calles que iban a dar al lago, Rodríguez Moure, recibe todavía el nombre popular de calle Remojo, evidentemente por las inundaciones que provocaban las subidas de nivel del agua de la laguna.
Una reconstrucción infográfica nos permite situar la laguna en una fotografía aérea, y ver cómo sería la ciudad si todavía existiese la desaparecida laguna.
Sólo en el siglo XX, en 1922, 1950 y en 1977, lluvias torrenciales ocasionaron que por unos pocos días volviera del pasado el recuerdo de la laguna que dio nombre a la ciudad. Las obras emprendidas por el primer ayuntamiento de la democracia, que presidió el pintor Pedro González, sirvieron para sanear la red de evacuación de aguas por los barrancos de la ciudad, por lo que el peligro de inundaciones ha disminuido mucho. Pero la Naturaleza es persistente.
Nota de la redacción: El vecino reportero autor de esta información expresa su agradecimiento a Adrián Alemán de Armas por facilitarle la fotografía de la inundación de La Laguna en 1977.
Fuente: Lo que pasa en Tenerife
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Cortesía de Roberto González Rodríguez
03-02-2010
Manuel Iglesias
Los expertos dicen que muchos tenemos mala memoria climática, es decir, que los acontecimientos relacionados con el clima del pasado sólo se recuerdan vagamente, y son los del presente los que impactan con más intensidad, de manera que es frecuente encontrar afirmaciones del tipo de que «nunca había habido tanto frío» o «nunca llovió como ayer», pese a que los meteorólogos señalan que, según sus datos, tales temperaturas y episodios ya habían sucedido antes.
Un ejemplo está en estos días, donde la gente, e incluso medios de comunicación, mezclan las lluvias del 31 de marzo de 2002, en Santa Cruz de Tenerife, con la tormenta Delta, que fue más de viento y que ocurrió en noviembre de 2005.
Pero más allá de la mala memoria climática, ¿por qué ahora esos fenómenos producen mucho más daño? Si esos daños no han ocurrido antes, ¿qué se ha modificado? Obviamente, si no es el clima, entonces es el territorio, que sí ha sido muy alterado a lo largo del tiempo. Y las nuevas infraestructuras, que antes no estaban, hoy se perjudican.
Al tomar un mapa antiguo de Santa Cruz y La Laguna puede observarse la gran cantidad de cauces naturales que tenía el territorio, algo normal si se tiene en cuenta que éste va en pendiente desde varios cientos de metros de altura hasta el mar. No es sólo el conocido Barranco de Santos, o los otros que aún existen, sino los centenares de barranquillos que conducían los excesos en las grandes lluvias.
La zona desde el Mencey y la calle del Pilar era un barranco, el de Cagalaceite. La calle de Imeldo Serís era conocida como «del Barranquillo». Y muchas gentes ignoran, o no recuerdan, que el término «rambla» no designa paseos peatonales sino, literalmente, lecho natural de las aguas pluviales cuando caen copiosamente, y por donde éstas corren.
El sector de la antes llamada avenida General Mola, hoy Av. Islas Canarias, es una rambla, al igual que la denominada precisamente Rambla de Pulido. Y hay muchas otras, como la de Santa Cruz, 25 de Julio, Pérez Armas, etc. Y las aguas que antes discurrían por allí, o bien encuentran su viejo cauce o, desviadas, van a circular torrencialmente por otro lado, ya que por algún sitio buscan correr.
Y si lo que era antes tierra, que absorbía en parte el agua de la lluvia, hoy está cubierto de asfalto y hormigón, y no existen ya cauces naturales por los que evacuar el exceso de agua, cada litro que cae en un metro cuadrado corre y se suma al litro del otro metro siguiente, y así sucesivamente, hasta formar estas riadas que hallan una salida por cualquier lado.
Con el agravante de que, en un territorio con tan alta pendiente como las que vienen de La Laguna y las propias de Santa Cruz, lo que llega al alcantarillado se convierte en un martillo pilón con la fuerza de cientos de toneladas que en la parte baja de la capital hace saltar las tapas en las calles y forma surtidores espectaculares alimentados por la fuerza del empuje de los miles de metros cúbicos que presionan detrás.
Fuente: Diario de Avisos
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Lluvias S/C Tenerife (1) 01/02/2010
Lluvias S/C Tenerife (2) 01-02-2010
Lluvias S/C Tenerife (3) 01/02/2010
Barranco paralelo a La Milagrosa – La Laguna
Calle Barranquillo, por Teatro Guimerá
Barranco Santos, entre La Noria y el TEA
Barranco Santos, por las Asuncionistas
Barranco Santos, por el puente Zurita
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Texto y vídeos, cortesía de Roberto González Rodríguez