[*Otros}– Un ‘santuario’ de coral en las Islas Canarias

24/03/2010

Teresa Guerrero

Las aguas de Lanzarote (Islas Canarias) esconden un lugar excepcional a apenas 30 metros de profundidad. Miles de corales centenarios conforman auténticos bosques submarinos que han convertido este paraje natural en una de las joyas biológicas marinas de nuestras costas.

En ningún otro lugar del mundo como en Canarias hay tantos ejemplares de este tipo de coral, bautizado como Gerardia savaglia. Además de Gerardia savaglia, en este idílico lugar del océano hay al menos otros 15 tipos de corales.

El documental ‘El bajo de Las Gerardias’, que este miércoles se presenta en Las Palmas, muestra la belleza de este pequeño escarpe submarino situado al norte de Lanzarote, entre los 27 y los 70 metros de profundidad. La Gerardia es un género de hexacorales o zoantario y sus ejemplares suelen tener formas y tamaños muy diversos.

Además de Gerardia savaglia, en este idílico lugar del océano habitan al menos otros 15 tipos de corales. Sin embargo, para los investigadores, «lo más destacado de este enclave no es tanto el número de especies como la calidad en la formación del conjunto que se presenta ante el observador».

Los creadores del film, producido por Aquawork, explican que los fondos marinos de Canarias están salpicados por infinidad de promontorios rocosos, la mayoría tan hondos que no sabemos nada de ellos. Otros son poco profundos y bien conocidos por los científicos y los buceadores.

Sin embargo, el enclave de las Gerardias «no es muy profundo, y conforma una comunidad biológica muy especial, única en el mundo». De hecho, es por debajo de los 40 metros donde se concentran la mayoría de las especies de corales y donde los bancos de ‘Gerardia savaglia’ son más densos y los ejemplares más longevos.

Equipos de buceo rebreather

La película es el segundo proyecto de la ‘Fundación Canaria Mapfre Guanarteme’ y para filmarla se utilizaron equipos de buceo de circuito cerrado llamados rebreather. Una mezcla especial de gases permitió a los cinco buceadores que participaron en la grabación alcanzar una profundidad de hasta 75 metros. En total llevaron a cabo más de 80 inmersiones y pasaron alrededor de 120 horas en el fondo del mar.

Las primeras inmersiones en este enclave se hicieron a finales de los años noventa. Los buceadores esperaban encontrar coral negro pero se toparon con paredes tapizadas por enormes Gerardias, ofreciendo el aspecto de un arrecife de coral.

En los años siguientes se bajó a la zona en varias ocasiones, pero los equipos de buceo de aire comprimido no permitían descender a la profundidad necesaria para contemplarlo en su totalidad.

Sin embargo, el sistema rebreather permite mayor tiempo de inmersión (más de tres horas) y menor tiempo de descompresión. Además, no suelta burbujas, por lo que son equipos silenciosos que permiten acercarse mejor a los habitantes del océano.

La huella del hombre

La zona fue declarada Reserva Marina en 1995. Sin embargo, todavía son visibles las huellas que dejó la pesca con nasa (en la actualidad está prohibida) durante los años anteriores.

Y es que los corales, aunque son organismos muy longevos, también son muy sensibles a la contaminación y a las agresiones. Los enganches con líneas de pesca o con los cabos puede provocar la muerte de los pólipos así como romper ramas o colonias enteras de corales. Además, está adquiriendo fuerza el buceo de recreo con aire.

Aunque la zona pertenece a un entorno ya protegido, los investigadores reclaman que se reconozca específicamente este enclave para preservarlo de los impactos que sigue sufriendo en la actualidad.

El Mundo

[*Otros}– La ermita de San José de Santa Cruz de La Palma

28-02-09

José Guillermo Rodríguez Escudero

Se desconoce el año de su fundación, pero el codicilo otorgado por el capitán Juan del Valle el 24 de febrero de 1609 ante el escribano Tomás González, indica que el mencionado caballero dejaba veinte doblas “para ayuda de hacer la ermita del Señor San José, que está comenzada, abajo del Convento de Monjas de Señora Santa Águeda de esta ciudad”.

Antes de confirmar aquel hecho, se conocieron varias conjeturas acerca del posible año de su fabricación. Siguiendo, por ejemplo, las crónicas del alcalde constitucional Lorenzo Rodríguez, éste argumenta que la ermita tuvo que haber sido fundada después de 1557, porque es en esa fecha cuando al barrio donde está ubicada la iglesia se le llama “Los Lordelos”, según se aprecia en la fundación de la capellanía que hizo Catalina Hernández de Los Lordelos en aquel año.

 

También se comprueba con la data para la fundación del convento de San Francisco de Asís ante Pedro Belmonte el 22 de noviembre de 1508, donde también se designa como “Barrio de San José”, de ahí el fundamento de su suposición.

En otro codicilo, el carpintero Gaspar Núñez encargó en 1612 a su esposa que, cobrada una herencia en Cabo Verde, se diesen 100 ducados de limosna “para ayuda a la obra que se haze de la ermita de señor San Jusepe”.

No obstante, se sabe con certeza que en el siglo XVII fue reedificada la nave, y a principios del siglo XVIII la capilla mayor, que actualmente ocupa el recinto de la primitiva ermita.

La iglesia fue fundada por la hermandad gremial más antigua de la capital palmera —formada por carpinteros, albañiles y pedreros, según parece—, por bula del Papa Gregorio XIII, dada en Roma en 1584. Los afiliados se regían por sus propias constituciones que reglamentaban el culto a su protector, el socorro mutuo y la fraternidad entre los agremiados y sus familias.

Se nombraba a un mayordomo cada dos años quién era facultado para la administración y la preparación de los cultos al Santo Patrón, tanto su fiesta como su octava, intentando conseguir el mayor lucimiento. Se llegaba incluso a pedir limosnas por la calle para que las festividades mejoraran cada vez más.

 

Esta cofradía decidió erigir un recinto propio para honrar a San José (recinto único en su género en Canarias), prueba de la preponderancia social que alcanzó el gremio.

Estaba antes radicada en la Parroquia Matriz de El Salvador de esta ciudad, por lo que se aprecia en su libro de cuentas de 1642. Fue anterior a la de San Gonzalo, compuesta por los oficiales toneleros, establecida en el Convento de Santo Domingo en 1577; también que la de San Telmo, que reunía a los mareantes desde 1591; y la de San Crispín y San Crispiniano, formada en 1605 por los zapateros, que hacían la fiesta de estos Santos cada 25 de octubre, su onomástica. Al fin llegó a tanta decadencia, que el Lcdo. Juan Pinto de Guisla, siendo Visitador de La Palma, la suprimió en 1688.

Humilde y modesta en sus orígenes, la ermita de San José fue poco a poco siendo mejorada por el excelente trabajo y celo de los cofrades, oficiales carpinteros y albañiles. Así, consta que en 1629 hacía falta cubrir la capilla con madera, para lo cual rápidamente fueron entregadas dos docenas de madera ofrecidas por el pedrero Juan Fernández para “acabar la obra comenzada que está a tanto riesgo de caer”.

También en 1631, el mayordomo Gaspar González declaró en su testamento que se le debían al Capitán Jaques de Brier unos 390 reales del resto de la teja que le había comprado para techar la iglesia, así como otros 16 reales que se le adeudaba al platero Pedro Leonardo de Santa Cruz “por unos ladrillos de España que le di que eran de la dicha hermita”.

 

Después de haber construido la sacristía en 1666 (siendo maestro de albañil Matías Rodríguez), el cañón de la iglesia (quedando la primitiva ermita como capilla mayor, dividida por un arco en presbiterio y antepresbiterio), el coro (por el carpintero Baltasar de los Reyes y el albañil Manuel de Párraga), el magnífico campanario de cantería roja (bajo la mayordomía del cantero Agustín Hdez Socarrás), la pieza de la puerta de la sacristía (labrada en 1660 por el cantero Francisco Sánchez Carmona), y así un largo etcétera, finalmente en 1686 el licenciado Pinto de Guisla, en su visita a la ermita, hace constar: “aunque el edificio es nuevo, según las noticias que hemos hallado, fue primero ermita lo que es hoy capilla y después se acrecentó el cañón de la iglesia haciendo arco que divide la capilla con bastante capacidad…”.

Después de las obras de elevación de las paredes de la capilla mayor, del nuevo arco de cantería en 1701, la techumbre de la capilla en 1703, y alguna que otra más, se terminó de configurar la ermita, tal y como la conocemos hoy en día, erigiéndose como la más amplia de la ciudad. Tuvo un gran esplendor. Lo reflejaban sus retablos e imágenes, sus altares y los objetos de cultos.

Todo este tesoro fue trasladado a la vecina iglesia del ex convento franciscano, en la segunda mitad del siglo XX, quedando como lo hemos conocido hasta el año 2006, cuatro paredes blancas sin resto de su glorioso pasado, convertido en almacén de tronos de esa iglesia y de ropa para Cáritas, así como de salón de reuniones de las cofradías. Un lamentable fin para un templo con mucha historia y que marcó el devenir de fe de muchas familias y de todo un barrio y de una orgullosa ciudad. Afortunadamente, como veremos más tarde, tras ese año se puso nuevamente al culto.

 

El retablo mayor de la ermita, fabricado en 1757 por los hermanos carpinteros, con remate semicircular a la manera lusitana, pasó a la Parroquia de San Francisco.

En sus dos únicas hornacinas se hallaban entronizadas las dos imágenes titulares de ese Real Exconvento: en la central del primer cuerpo, la talla del Santo de Asís, y en la central del segundo, la efigie flamenca de la Inmaculada Concepción.

Los cuadros que decoran este retablo pertenecen a “Santa Ana” y “San Joaquín”, otro de la “Huida de Egipto” y la “Visita de Santa Isabel”.

Un ejemplo del fervor y devoción que la sociedad palmera de entonces demostraba a San José, fue lo que el mencionado Alcalde narraba en sus “Notas”; un hecho que conmocionó a toda la isla, concretamente el 18 de marzo de 1705, víspera actual de la onomástica del Santo: “Se siente un gran terremoto y temblor de tierra que puso en consternación al vecindario, motivo por El cual acordó el Cabildo sacar en prosecion general al Patriarca San José”.

Recordemos otro suceso. Cuando se incendiaron varias casas en el casco urbano de la capital palmera, la Virgen de Las Nieves tuvo que regresar a Santa Cruz de La Palma justo cuando llevaba la mitad de su Subida al Santuario, ante la petición del pueblo asustado. Corría el mes de febrero de 1770. Una vez detenida la imagen de la Patrona ante el pavoroso incendio, “que arruinó en poco más de tres horas catorce casas…”,

el viento cambió de rumbo y se extinguió. El Personero del Común solicitó al Cabildo que se celebrara solemnemente una “acción de gracias” con la imagen de San José el día de su Patrocinio, el 6 de mayo, “por desagravio de haber celebrado acuerdo por no asistir a su fiesta el 19 de marzo, como tenía obligación el Ayuntamiento”. Se hizo la función con asistencia del “Glorioso Señor San José, que le trajo en procesión de su Ermita y quedó dispuesto que Nuestra Señora se restituyese el día siete a su Iglesia”.

 

La bella imagen policromada y dorada del Patrono data del siglo XVII, y su iconografía nos lo muestra joven, de barba y cabellos largos negros de raya en medio, en una escena de la infancia de Jesús y, como es frecuente después del Renacimiento, tiene a su Hijo de la mano, con un largo bastón florido de plata (por influencia de los apócrifos) y unas herramientas de carpintero del mismo material, el cepillo y la sierra, de cuya profesión es el patrón.

Es perceptible una serena y dulce belleza del rostro. Mira de soslayo a su Hijo y sus ropajes dorados y policromados dejan entrever un bien tallado calzado. La capa que cae sobre sus hombros hasta los talones sin tocar el suelo sugiere el movimiento de la imagen, junto con la incipiente inclinación de su torso y el pie izquierdo adelantado.

Jesús aparece con una mirada melancólica, tocando con su mano izquierda la derecha del Santo. Más que agarrarla, la acaricia, y su mirada de ojos claros se pierde en el horizonte, si bien aparentemente es a su Padre a quien contempla.

Sus cabellos son rubios; el atuendo dorado posee unas amplias mangas recogidas en el antebrazo y un gran escote que cae sobre su hombro derecho, mostrando una piel blanca y reluciente.

También Jesús está en movimiento, acompañando a San José en su caminar. Lo sugiere la posición de la mano derecha, extendida, y la caída de su largo atuendo, con pliegues transversales hasta el suelo.

Si uniéramos imaginariamente con una línea la mano derecha del Hijo, con la mano izquierda del Padre, apreciaríamos una muy bien hecha raya oblicua, tal es la precisión y estudio matemático hecho por el artista de este magnífico grupo escultórico.

 

La peana sobre la cual se erigen las dos efigies fue cubierta con planchas de plata repujada a expensas del Juez de Indias, don José Valcárcel de Lugo, que hizo grabar la siguiente inscripción: “Dierala el ssor jues de yndias Dn Joseph Balcarze y Lugo y su muger la Sa Dña María Monteverde y Briel año de 1752”.

Perteneciente a esta ermita, ahora custodiado en el templo franciscano, es el cuadro atribuido al pintor palmero Juan Manuel de Silva titulado “El Patrocinio de San José”, afín a su estilo y a los estereotipos formales (ángeles, rostros, calidades textiles) que tanto caracterizan su producción.

La figura del Santo, que protege bajo su manto a los representantes de la Iglesia y de la Corona Española, presenta el mismo curvo desplome de la imagen grabada. Sin embargo, según el Libro de Cuentas de la ermita —que estuvo durante un tiempo bajo la tutela de la Hermandad del Santísimo de la parroquia de El Salvador— tal vez se trate del lienzo que llegase a principios del siglo XVIII desde México y sea obra de José de Zalcíbar. Un punto éste que habrá que investigar más profundamente.

Actualmente la imagen de San José se encuentra nuevamente entronizada en su ermita, pero en un altar efímero que había sido construido con motivo de las Fiestas de La Cruz, en el Llano homónimo de esta ciudad.

También se encuentran, sobre sendas peanas, las esculturas de candelero de la Virgen de La Rosa, vestida a la manera de la Patrona de La Palma, con un traje donado por doña Ambrosia Kábana de Cáceres; y también Nuestra Señora de La Estrella del Mar. Ambas contaban con sus propios altares.

 

Se conserva el de esta última imagen mariana en la iglesia de San Francisco, capilla colateral del Evangelio, con la talla de San Roque, la más antigua de este santo en el Archipiélago. La Virgen de la Estrella del Mar porta un Niño Jesús y una estrella de plata en una mano y fue colocada por don Ambrosio Rodríguez de La Cruz, quien en 1745 “erigió altar en la ermita de San Joseph su esposo, por estar inmediata a mi casa y no ser su menos devoto”. Este caballero, rico navegante, muy devoto de esta Virgen marinera, puso su navío bajo su protección. Donó una campana y dos atriles de carey y mitad del hermoso retablo mayor, rojo y dorado. No contento con estas donaciones, prometió en 1741 al Santo José, unos 100 pesos escudos si el navío del capitán Francisco Amarante, que se hallaba arribado en el puerto de La Guaira, llegaba a “salvamento a España”.

Esta bella ermita, considerando su estado exterior, que no al interior, mientras lamentablemente estuvo cerrada al culto y a la entrada del gran público, hubiera sido un recinto extraordinario que pudiera albergar el tan anhelado “Museo de Arte Sacro” para Santa Cruz de La Palma.

También pudiera colocarse en él el “Museo de la Plata” —por ejemplo—, con expositores que mostraran toda la grandeza de un pasado sin parangón, cuyas riquezas, atesoradas y custodiadas en ermitas dispersas de la isla o de la ciudad, unas mejor cuidadas que otras, unas más destrozadas que otras, darían una buena respuesta a un gran interés social, teniendo en cuenta que no existe otra isla canaria con tales muestras de plata indiana, entre otras muchas cosas.

Cada vez que se ha hecho una exposición de arte sacro, recordemos la Magna Palmensis en las Fiestas Lustrales de 2000, ha sido un gran éxito. Es hora ya de ir subsanando estos errores históricos.

Con motivo de las obras de restauración de las cubiertas de la vecina parroquia de San Francisco de Asís, en mayo de 2006 se han trasladado la mayoría de imágenes y utensilios de culto a la ermita de San José que así ha recuperado parte de la ostentación y belleza que le eran tan familiares. También se habla de volver a colocar el retablo mayor de esa parroquia en el testero de la ermita, de donde nunca debió haber salido.

Sus campanas han vuelto a repicar alegremente anunciando a propios y a extraños las celebraciones intramuros. En octubre de 2006 sonaron en honor a San Francisco, y en diciembre a la Inmaculada, primeras procesiones que tuvieron lugar en el bello e histórico recinto, tras tantos años de olvido y desidia.

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BIBLIOGRAFÍA

  • FERRANDO ROIG, Juan: Iconografía de Los Santos.
  • FRAGA GONZÁLEZ, Carmen: La Arquitectura Mudéjar en Canarias.
  • LORENZO RODRÍGUEZ, Juan Bautista: Noticias para la Historia de La Palma.
  • PÉREZ MORERA, Jesús: Bernardo Manuel de Silva.

[*Otros}– Nuestra Señora de La Luz. Ermita de San Telmo (Santa Cruz de La Palma)

24-08-2008

José G. Rodríguez Escudero

Las antiguas fiestas

En la bella iglesia de San Telmo, Patrón de los Mareantes, “templo palmero marinero por excelencia”, desde antiguo se celebraban grandes fiestas en honor a la Virgen de La Luz el día de su onomástica, el 8 de septiembre.

Los festejos de los dos patronos del barrio pujaban en espectacularidad con el resto de las celebradas en la ciudad y en la isla, e incluso entre sí.

La fundación de esta festividad mariana, por cuya asistencia el Beneficiado recibía “cuatro ducados”, se debió a la devoción que doña Ana González de Lima profesaba a la preciosa imagen de la Virgen.

En su testamento, otorgado ante el escribano don Andrés de Chávez el 21 de octubre de 1652, dejó un tributo de 500 reales que poseía sobre los bienes de don Bartolomé Martín, en el municipio norteño de Puntallana. Puntualizaba que “si la imposición fuese redimida, se pusiera sobre bienes seguros”.

La polémica

La costumbre de la fundadora fue continuada por su hijo político, el Capitán y Regidor de la Isla, don José de Arce y Rojas, progenitor del Venerable Padre José de Arce, misionero jesuita mártir llamado el “Apóstol del Paraguay”.

El Regidor cumplió con la tradición hasta 1680, fecha en la que pretendió trasladar la imagen de la Virgen de La Luz hasta la ermita de San Francisco Javier, fundada por él el 26 de febrero de 1674, en la Calle Real del Puerto de esta ciudad, hoy desaparecida.

Tanto la Cofradía de los Mareantes como las autoridades eclesiásticas se opusieron tajantemente a este traslado, por lo que la procesión no se llegó a verificar. Los vecinos del barrio de San Telmo también se habían manifestado en contra de esta decisión unilateral del ilustre caballero.

No contento con el resultado, el Sr. Arce solicitó licencia para celebrar la “Fiesta de la Luz” el mismo día 8 de septiembre, con una imagen de la Virgen que se hallaba entronizada en la ermita de su fundación. Tampoco la Iglesia estuvo conforme, aunque sí le autorizó la celebración de la octava de la fiesta, es decir, el día 15 del mismo mes.

Debido a los obstáculos a los que se enfrentó y a la unánime respuesta del vecindario y eclesiásticos, el Regidor decidió no continuar con su tradicional y heredada devoción. Los Cofrades mareantes de San Telmo determinaron entonces tomar a su cargo la fiesta mariana. Los herederos de doña Ana González de Lima siguieron entregando los réditos de la fundación hasta 1738, dejando de hacerlo durante cierto tiempo.

Más tarde, el 17 de julio de 1750, la dama doña María del Patrocinio Volcán y Medina, devota encargada de la venerada imagen, reclamó el cumplimiento de la fundación. Así fue presentado ante el escribano público don Andrés de Huertas, “pidiendo ejecución contra los bienes de don Luis de Arce y Rojas”.

La mencionada señora falleció en la capital palmera el 1 de diciembre de 1766. Su testamento fue otorgado ante don Miguel de Acosta el 15 de noviembre anterior. Allí consta que poseía varias cantidades de dinero en las “Indias de Su Majestad” y era su deseo de que se invirtieran en “retocar y componer la imagen de la Santísima Virgen de La Luz”.

Las fiestas actuales

Su fiesta de septiembre es un acontecer repleto de entusiasmo, trabajo, colaboración y de tantas manifestaciones por sus calles y rincones, quedándonos atónitos ante el derroche de muchos sacrificios convertidos en auténticos vítores a la Madre de Dios”.

A modo de pregón, el querido vecino del barrio, don Domingo Cabrera, sintetizaba así una de las fiestas más importantes de la ciudad en el programa de las pasadas ediciones.

Cuando otras han decaído, ésta se ha logrado mantener incluso en tiempos difíciles, tanto económicos como devocionales. Aun más, ha ido creciendo en espectacularidad, y cada año surgen nuevos actos. Algo de lo que debieran aprender el resto de los barrios.

Durante estas festividades, el vecindario recuerda a todas aquellas personas —muchas anónimas, pero otras cuyos nombres han perdurado a través de los tiempos— a las que el pueblo hace público homenaje en agradecimiento por engrandecer las fiestas y la devoción a sus patrones: don Gabriel Gómez, doña Josefa (Morita), doña Lola de las Casas Pérez, don Félix Hernández, don Felipe López, don Manuel Pérez Páiz, don Domingo Cabrera —padre e hijo—, don Pedro M. de Las Casas —actual rector del Santuario de Las Nieves—, sus capellanes, mayordomos, cofrades mareantes, devotos vecinos… y, por supuesto, el actual cuidador de la ermita, nuestro admirado amigo Félix Rodríguez González.

Sin ellos, y sin tantos otros personajes, sería imposible llevar adelante una tarea tan ardua y, a veces, tan ingrata. Todo se olvida tras comprobar el exitoso resultado.

En sus fiestas, La Virgen luce sus mejores galas: arropada por un ampuloso manto de brocado en oro de valioso rostrillo, lleva en su mano derecha la larga candela y la rosa, ambas de plata; en la izquierda, el Niño Jesús con gran corona imperial de plata como su Madre; gran cantidad de joyas en el pecho y otras que penden desde las manos del Niño, como collares, rosarios, anillos, etc. Una mandorla barroca y dorada que nimba toda la imagen, y otra con siete estrellas doradas que circunda su cabeza, imprime aun más espectacularidad a la estampa.

Artes suntuarias y joyero de la Virgen

Otra gran devota de esta Virgen, doña Margarita de la Ascensión, legó en su testamento de 16 de enero de 1706 una casa que poseía en el barrio, para así contribuir a su fiesta anual. Siguiendo con los donativos hechos a la imagen, también don Manuel Crisanto Cabezola y Volcán, dejó en testamento “el farolito de cristal engastado en oro y esmaltes, con pendientes perlas” que siempre ha lucido el Niño. Una magnífica bandeja de plata le fue regalada por el Mayordomo don Diego Méndez en 1652.

Una valiosa lámpara de plata fue un obsequio entregado al templo bajo la mayordomía de don Gabriel Hernández y que cuelga del arco toral, con la siguiente inscripción: “Esta lanpara se jiso el año 1664 siendo maiordomo Gabriel Hernándes”. Lo más viejos del lugar la llaman “la lámpara de la Virgen”, como nos recuerda el querido Rector del Santuario de Ntra. Sra. de Las Nieves en su documentadísimo artículo en la prensa local en 1970.

Doña María Nieves Herrera donó un “buen rosario de oro y corales”. Un sagrario de metal dorado barroco, haciendo juego con el magnífico retablo de la ermita, obsequiado por “un grupo de señoritas del barrio, residentes en Venezuela”.

Precisamente un grupo de mujeres, con lo que ganaron en un partido de fútbol entre “casadas y solteras”, compraron en la famosa Casa de Santa Rufina, en Madrid, y regalaron a la Virgen, la magnífica vela de plata que porta en su mano derecha. La rosa del mismo material, hecha por el orfebre don Manuel Hernández Martín, fue donada por doña Pilar Nola Pérez del Amo; un juego de lavabo aparece fechado en 1652… Los vecinos de Timibúcar un rosario de perlas y plata, y una cruz verde de oro, etc.

Y así un largo catálogo de regalos: alfombras, lámparas, alhajas, colgaduras, vasos sagrados, mantos (tiene uno azul, otro verde, otro de brocado en oro: “el bueno”, etc.).

Han sido infinitas las dádivas, valiosas unas, más modestas otras, con las que todas las familias del sector han ofrendado a su patrona. Incluso pequeñas cuotas semanales de todos los vecinos han servido para hacer realidad la hermosa y acogedora ermita que aún hoy tenemos la suerte de contemplar.

Afortunadamente, permanece abierta con regularidad, y sus tesoros pueden ser admirados por propios y extraños. Incluso, durante la mayor parte del tiempo que está cerrada, se puede ver su interior a través de un postigo de cristal colocado en la cancela de la entrada que está bajo la espadaña. Por desgracia, no ocurre lo mismo con otros templos de la ciudad y de la isla.

En los años 70, y también gracias a la generosidad e interés de las gentes del sector de San Telmo, pudo llevarse a cabo la reparación, el embellecimiento y dotación del templo: nuevos bancos, cancel de entrada, acondicionamiento del presbiterio…

Las dos imágenes marianas

El desaparecido historiador palmero Alberto José Fernández García confirmaba —creemos que algo apesadumbrado— que “no hemos podido localizar el lugar donde pudiera localizarse la primitiva imagen de Nuestra Señora de La Luz que en aquel tiempo recibía culto”. En cambio, el profesor Jesús Pérez Morera, nos informa: “Por lo que respecta a la antigua Virgen de La Luz que existía en la ermita desde principios del siglo XVIII, fue cedida en 1873 a la parroquia de Mazo con el fin de celebrar con ella la procesión que la Hermandad del Rosario hacía todos los primeros domingos”.

 

Lo que sí afirma este experto en arte, que fue Alberto José, es que, la que actualmente se venera fue entronizada allí en 1863. Procede de la Parroquia Matriz de El Salvador de esta ciudad, donde recibía culto bajo una diferente advocación: Nuestra Señora del Carmen.

Esta imagen fue esculpida en 1718 por otro prestigioso imaginero de la saga de los Silva, Juan Manuel de Silva Vizcaíno (1687-1751). La efigie se encuentra entronizada en la hornacina central del retablo mayor del testero de la ermita, una obra maestra, “una preciosa joya, dorada y policromada”, cuya decoración se basa en temas platerescos con una técnica intensamente barroca, rematado con una gran venera o concha.

En el antiguo retablo construido antes de 1717, la Virgen se situaba en un nicho lateral mientras que el Crucificado que actualmente se venera en el coro, estaba entronizado en el centro del altar. Al otro lado, en otra hornacina se hallaba San Telmo.

San “Telmito”

Las brillantes fiestas anuales en honor a la Virgen de La Luz absorbieron finalmente las de “San Telmito”, como aún se conoce popularmente al Santo dominico en su barrio.

Tal fue la devoción a la nueva talla, que los vecinos bautizaron a la ermita con el nombre de la Virgen. Tanto es así, que el sello oficial del templo dice: “Ermita de Nuestra Señora de La Luz”. El original fue aprobado por el Obispado de Tenerife y se encuentra clasificado en el Archivo Diocesano Nivariense.

 

Como nota curiosa sobre este tema, y recogiendo la información publicada por el rector don Pedro M. Francisco de Las Casas, diremos que, a principios del siglo XX, un libro-guía impreso en inglés, en Londres, titulado “Brown’s Madeire, Canary Islands and Azores”, en su título “Churches” (iglesias), relacionaba los templos de la capital: “La Virgen de Las Nieves, San Salvador, San Francisco, Santo Domingo, San Francisco Javier, Iglesia (escrita en español) de La Luz…”. (En lugar de San Telmo).

La talla de la virgen

El bello rostro de la imagen presenta un cuidado modelado, “expresándonos esta obra las cualidades artísticas de su autor”. El Niño Jesús, que sostiene en su brazo izquierdo, “carece del cuidado que se puso en la ejecución de la Virgen”.

El imaginero, hijo legítimo del afamado artista don Bernardo Manuel de Silva (1655-1721), quien se autodenominaba “maestro del arte de pintor y escultor”, heredó de su padre también el arte de dorador. Aunque, recogiendo las palabras de Margarita Rodríguez González: “…sin embargo, Juan Manuel de Silva no aparece en la documentación con la asiduidad de su progenitor, posiblemente porque en un principio permaneció a su sombra”.

 

En este sentido, la primera noticia que tenemos de su trabajo —dato recogido por el querido investigador Pérez Morera en su obra “Silva”— ya con independencia del taller paterno, data del 9 de noviembre de 1714 cuando, ya con 27 años, había recibido 40 reales del mayordomo de la Cofradía del Carmen de El Salvador, fundada en 1659. Así, en el Libro de cuentas de esta Hermandad, Sección “Clero”, 2573, consta el pago mencionado “a Juan Manuel de Silva por el trauajo de retocar la ymagen de Nra. Sª. del Carmen”.

Se trata de una imagen de candelero cuyo rostro sigue el modelo flamenco arquetípico en el taller familiar de los Silva. El profesor palmero Jesús Pérez Morera nos lo aclara aun más: “hay que decir, sin embargo, que en aquella ocasión su trabajo se limitó, tal y como consta en las cuentas de la cofradía, a retocar la antigua Virgen, ya que la actual fue donada por don Francisco Ignacio Fierro hacia 1733”.

La esposa de este mayordomo de la Virgen, “que se hizo nueua”, doña Luisa de Silva y Santa Cruz, le había dado de limosna un vestido y joyas de oro”. Así lo confirmó también la profesora Gloria Rodríguez en su obra sobre el suntuoso templo de El Salvador.

Esta imagen de candelero adquiere un aspecto monumental y solemne, y parece inspirada en los ideales clásicos de belleza, sobriedad y reposo. Su posición frontal y cabeza erguida, con rostro de dulce expresión ensimismada, abstraída y serena actitud, cabello partido en raya a la mitad, cejas finas y curvas, boca pequeña y labios finos, amplia frente y barbilla prominente, etc., nos recuerda su gran afinidad con la estatuaria de inspiración flamenca.

Su postura majestuosa y hierática, de ojos semicerrados y mirada perdida, ha cautivado a muchas generaciones de navegantes y a hijos del barrio, que han regresado a su “terruño amado” para cumplir viejas promesas y a rezar ante la “Virgen de La Luz y San Telmito” por los que aquí ya no están y para agradecer su retorno a casa. Por ello, siempre al finalizar los Triduos en su honor durante los festejos anuales, siempre se celebra una emotiva “Santa Misa por los difuntos del Sector”.

Otras obras de Silva

Obra de su gubia también es la imagen de Santa Rita de Casia, “Patrona de las Viudas”, muy semejante a la Virgen de La Luz, que actualmente se venera en la iglesia de Santo Domingo, y que fue donada al extinto convento de Santa Catalina de Siena de esta ciudad en 1730 por el dominico Fray Juan de Guisla y Acuña.

Así mismo esculpió las tallas de la Virgen del Carmen y de San Agustín, de la ermita de Nuestra Señora del Carmen del Barranco de Maldonado, en Santa Cruz de La Palma. En 1742 hizo y doró unas nuevas manos para la imagen de San Pedro en Cátedra de la Parroquia Matriz de la Isla.

Restauración

Precisamente, según Félix Rodríguez, uno de los promotores de la iniciativa de la última restauración de la Virgen, la colaboración de los vecinos ha sido “gratificante” a la hora de recaudar los fondos económicos necesarios para ejecutar los trabajos que ha realizado el experto restaurador del barrio, Domingo Cabrera Benítez.

Esta devoción popular se tradujo en una aportación de 200.000 pesetas, cantidad que se empleó íntegramente en devolver a la escultura su aspecto original, retirándose añadidos, como el pelo, “que estaba confeccionado con papel de periódico”, también repintes que ocultaban la original policromía, restaurar piezas faltantes, y eliminar todos aquellos elementos que nada tienen que ver con la prestancia, distinción y porte de una pieza histórica de su categoría.

Cuadros

En la ermita de San Telmo también se conservan dos lienzos que muestran su inconfundible estilo: “La Oración del Huerto” y “Jesús entre los sayones”. Ambos proceden del cercano Ex -Convento de San Miguel de Las Victorias, cuya comunidad hizo numerosos encargos al maestro Juan Manuel de Silva.

Es precisamente en la capilla del convento, la de Nuestra Señora del Rosario, advocación por la que profesó particular devoción, donde yace enterrado “por voluntad propia antes de morir”, junto con su esposa, doña Mariana Gómez Zacarías.

Trono de baldaquino

El magnífico trono barroco de baldaquino de la Virgen de La Luz — regalo que fue entregado al mayordomo don José María Corral en 1863— acompañado por la magistral representación de un galeón español del siglo XVII —que le sirve de andas a San Telmo—, recorría procesionalmente las engalanadas calles del Barrio los días 7 y 8 de septiembre de cada año, entre grandes fuegos artificiales, descansos, plegarias cantadas, cuadros plásticos, etc.

 

Según el programa de 2006, tan sólo se celebrará la procesión del día de la onomástica de la Virgen, el 8 de septiembre. De esa manera se trata de que ambos tronos vayan acompañados por el mayor número posible de fieles.

En los últimos años ha decaído el número de feligreses y público en general que los acompañaba y era considerado un anti testimonio religioso. Los itinerarios eran muy largos y los vecinos esperaban a que las imágenes pasaran por sus casas.

Entre otros motivos argumentados, se consideraba una de las razones el que no fuese un día festivo y que al día siguiente había que trabajar e ir a clase. Desde ese año ya sólo habrá una larga procesión el día de su fiesta.

En los programas se pide encarecidamente: “Un detalle de amor a la Virgen de La Luz y San Telmo, engalanar las calles, balcones y ventanas del recorrido procesional. Se ruega a los vecinos y devotos de la Virgen y de San Telmo les acompañen en su recorrido procesional de las veneradas imágenes”. (2008)

 

La Loa a la Virgen de La Luz fue compuesta en 1966 por Felipe López y desde entonces no ha dejado de interpretarse al paso de la procesión.

Excepcionalmente, en estas preciosas andas desfiló procesionalmente la imagen de la Virgen de Loreto desde la iglesia del Sto. Cristo de Calcinas hasta El Salvador en sus fiestas de diciembre de 2004. También en la edición de 2003 fueron utilizadas para colocar en ellas el Nacimiento de la misma Parroquia Matriz.

Fernández García decía del trono: “la Santísima Virgen de La Luz dentro de sus andas procesionales barrocas, en otro tiempo doradas, de las de más bello trazado de cuantas vemos por nuestras islas”.

Ofrendas poéticas

Domingo Cabrera escribía: “El Sagrado Galeón / surca el páramo florido / y a La Luz le abre el camino / entre rezo y contemplación…”. También en prosa: “Engalana tus calles, San Telmo orgulloso… muestra tu alegría emocionado, que entre acordes musicales, y cornetas de ilusión ya sale de su ermita la Vecina más querida de este barrio…”.

D. G. Galván de las Casas también recitaba: “Está puesta la Virgen en su altura / frente al arrullo del cercano mar. / Y los vientos le dan en su cantar, / alabanzas de amor y de ternura”.

D. Manuel Glez. Plata “Bejeque”: “Espadaña de La Luz / ojos sobre la bahía. / Bronce de campana vieja / mellada de sol y días…” “María de la Luz / Señora y Madre / del Barrio de San Telmo. / Centenaria presencia ,/ luminoso arabesco / sobre un inquieto puerto / y faenar de mar…”.

“… De un extremo al otro del barrio se abren puertas y ventanas para festejar la solemnidad, vibrando los acordes musicales y voces acompañados de representaciones plásticas sumidas en el embrujo de una bóveda celeste multicolor, mágicos destellos, fiel reflejo de bengalas y tracas. Frente al océano bogan los recuerdos e hitos históricos en torno a unas imágenes centenarias, que son tradición recobrada del compromiso a una faceta ancestral y a sentir en nuestra vida…” . Domingo Cabrera Pérez, 2008.

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BIBLIOGRAFÍA

  • «Estampas de La Palma y el Mar. Entre Mariano y Marinero». Diario de Avisos, (10 de octubre de 1970), Pedro M. Fco de Las Casas.
  • La iglesia de El Salvador de Santa Cruz de La Palma. Gloria Rodríguez.
  • La Palma. Fiestas y Tradiciones. María Victoria Hernández Pérez.
  • La pintura en Canarias durante el siglo XVIII. Margarita Rodríguez González.
  • «Marinas». Diario de Avisos, (13 de septiembre de 1974). Manuel González Plata.
  • «Notas históricas de La Palma. San Telmo (III)». Diario de Avisos, (19 de noviembre de 1969). Alberto-José Fernández García.
  • Noticias para la Historia de La Palma. II. Juan Bautista Lorenzo Rodríguez
  • Programa de 1976. «La Virgen de La Luz». G. Galván de las Casas
  • Programa de las Fiestas en Honor a Nuestra Señora de La Luz y de San Telmo- 2003, 2008
  • «Recuerdos de un pasado memorable», «Luz y Camino». Domingo Cabrera Pérez.
  • «San Telmo» en Magna Palmensis. Retrato de una Ciudad. Jesús Pérez Morera.
  • «San Telmo restaura su Virgen». El Día, (13 de agosto de 1999)
  • Silva. Bernardo Manuel de Silva. Biblioteca de Artistas Canarios. Jesús Pérez Morera.

[*Otros}– Nuestra Señora de Las Angustias y su santuario del barranco

14-08-2009

José Guillermo Rodríguez Escudero

La preciosa imagen titular de la ermita de homónima advocación dolorosa, Nuestra Señora de Las Angustias (fechada hacia 1515-1522), llegó a la Isla de La Palma probablemente gracias a las gestiones del caballero Jácome de Monteverde —mercader oriundo de Colonia y establecido en Amberes— o por alguno de sus sucesores en el dominio de las ricas tierras de los aledaños y del patronato de su oratorio.

La compañía alemana Welsen había vendido en 1513 al mencionado Monteverde la propiedad y señorío de las haciendas de Argual y Tazacorte, compra que ratificó la reina doña Juana por Real Cédula dada en Valladolid. Acusado de luterano, fue trasladado a Sevilla, donde murió en 1531.

No fue el único flamenco que tuvo problemas con la Inquisición española. Recordemos, por ejemplo, al calvinista Hans Aventroot, factor de los mencionados ingenios azucareros, que cometió la osadía de solicitar al propio Felipe IV libertad de conciencia para los reinos hispánicos y, por ello, fue quemado en Toledo en 1632.

La recoleta y bella ermita fue erigida en los primeros años del siglo XVI, por los ricos propietarios de la Hacienda de Tazacorte, en el fondo del más tarde conocido por Barranco de Las Angustias, que da acceso al actual y famoso Parque Nacional de la Caldera de Taburiente, impresionante paraje natural.

Ya en 1613, la venerada talla —escultura de madera policromada de 100 cms. de alto— presidía su altar colocada en una peana y cubierta por un gran manto de tafetán blanco. Los inventarios de la época informan de que ya poseía cinco mantos y siete tocas.

En el legajo nº 14 de la casa Sotomayor, en Argual, existe una copia muy deteriorada de un escrito firmado por don Félix Poggio y Alfaro, datado de 31 de mayo de 1854, en el que se dirige al Sr. Febles, cura párroco de Los Llanos de Aridane, solicitando información sobre la imagen y ermita de Las Angustias.

Alegaba que “ésta que se venera bajo el titulo que la dieron nuestros mayores N.s. de Las Angustias y otras dos iguales fueron tomadas y conservadas por algunos ingleses que preservados de los errores del cisma que contaminó esta nación en los siglos XV y XVI, queriendo llevarlas al país en donde se las continuase dando culto las pusieron en un barco de dicha nación que al pasar por esta Isla, dejaron una en el barranco de Los Sauces, la otra en esta Ciudad y otra en el barranco de la Caldera y que el caballero flamenco Jácome de Monteverde, dueño de este barranco y de Argual y Tazacorte, fabricó su primera ermita en el mismo lugar en que los ingleses dejaron el cajón en que ella venía, que fue al pie de las vueltas que suben a Argual en donde aún se conservan algunos fragmentos. Los hijos de dicho caballero herederos de éste santuario y de la devoción de su padre a esta Santa imagen perpetuaron la costumbre establecida por éste de que el capellán de su Ermita de San Miguel de la Hacienda de Tazacorte fuese los sábados a decir misa a aquélla, según consta en la partición que hicieron de sus bienes el 25 de agosto de 1557 ante el escribano Domingo Pérez…”

Al arruinarse esta primera ermita, sus patronos, los Señores Monteverde y Vandale, en el tercer cuarto del siglo XVII decidieron el traslado de la imagen a la ermita de San Miguel de Tazacorte.

 

Estos ricos hacendados fabricaron, a su costa y en terreno propio, otra mayor, donde se recolocó en 1678. Es en este año cuando el cronista eclesiástico Juan Pinto de Guisla escribía que la segunda ermita fue “fabricada en el distrito de la hazienda de tasacorte por los dueños della y a su costa, donde esta una imagen de nuestra señora desta advocaçion con quien se tiene particular devozion en toda la Ysla”.

La ermita fue conocida en la primera mitad del siglo XVI bajo diversas advocaciones, como la de Santa María y Nuestra Señora de la Piedad. Por ejemplo, en agosto de 1546, el tijarafero Francisco de Riverol mandó en su testamento que se le dijese por su alma una misa —entre otras— en la ermita de “nuestra señora de la piedad en el barranco de Tesacorte”.

 

Pérez Morera también nos informa de que “aún hoy ha perdurado en la toponimia de la zona el nombre de Santa María, pero al otro lado del barranco, en el lado opuesto al santuario, donde, al parecer, estuvo situado su primer templo”.

Otra curiosidad más. Desde 1521 se expidió en Burgos una Real Cédula en la que se indica la importancia de las dos iglesias, San Miguel y Santa María. Jácome de Monteverde era el dueño del heredamiento donde estaban erigidas, y de los caminos por los que tenían lugar las peregrinaciones que hacían los devotos lugareños. Se decía que en ellas había muchos conquistadores enterrados, y allí era donde se encontraban muchos perdones e indulgencias, etc.

Sin embargo, dicho terrateniente impidió el paso de los vecinos y peregrinos a las ermitas debido a que roturó el camino de acceso a ambas y plantó cañaverales de azúcar, por lo que llegaron a medio derribarse por el abandono.

En la visita del obispo Fray Vicente Peraza en 1522, la ermita fue construida por los antecesores del mencionado Monteverde, señores de las Haciendas mencionadas. A él le correspondió reedificarla, puesto que cuando llegó a la isla en 1513 la encontró ya arruinada “y con ciertas paredes questavan caydas”.

 

La profesora Negrín nos informa de que la iglesia de Las Angustias era más modesta en proporciones que la de San Miguel, y que también era de cantería roja y tejado a dos aguas con una pequeña espadaña para la campana.

El propio Jácome tenía por costumbre oír misa, junto con su esposa Margarida, todos los sábados en su ermita, y daba el aceite preciso para la lámpara que debía arder ese día ante la Virgen.

Esta devoción fue heredada por sus sucesores, dueños y copatronos del santuario, quienes especialmente invocaban su protección en el momento de la muerte. Son varias las referencias que han llegado a nuestros días. Por ejemplo, el capitán Luis Maldonado y Monteverde, dueño de un décimo de cañas en el ingenio de Argual, ofrecía desde el lecho de muerte una botija de aceite por la curación de su alma; o los herederos de Nicolás Massieu, que habían pagado 137 reales al ermitaño del santuario, resto de una promesa que había hecho Nicolás Massieu, etc.

 

Fueron varias las dádivas enviadas desde las Indias que se recibieron en el santuario, como “una alhaja de plata que no bajase de 500 reales, a disposición del cura de Los Llanos”. Fue enviada desde Méjico por Nicolás Van Dalle Massieu y Sotomayor, señor de Lilloot y Zuitland.

Este caballero estaba empeñado en que saliesen “a la luz todos los milagros que esta Señora de las Angustias ha hecho con sus devotos y otras Personas hasta estos tiempos para que en los venideros se sepa y perpetue la memoria de tan Milagrosa Ymagen”.

Un nuevo retablo de corte barroco de triple hornacina fue instalado en el presbiterio y la Virgen fue entronizada en el gran nicho central. Ya consta allí en 1861.

 

Una leyenda en latín, escrita en el altar que preside, señala a los peregrinos: “Oh, vosotros, todos los que por aquí pasais, ved si hay dolor semejante a mi dolor”

A propósito de este bello retablo barroco, el profesor Trujillo nos informa de que “en él, los pilares abalaustrados intercalan alguna sección más o menos prismática, otras se decoran con hojas o motivos florales, y alguna ornamenta su parte superior con gallones”.

También hace mención a que el friso recorre mixtilíneamente el cuerpo de triple hornacina y que hay motivos, como soles, de evidente gusto indiano. Finaliza su estudio sobre esta bella pieza diciendo que “las cartelas que lo orlan, en curva y contracurva, terminan en curiosos mascarones, que con foliada cabellera termina en voluta les sirve de pedestal”.

La efigie ya contaba con una corona imperial de plata, así como las potencias del Cristo y de una gran cruz, también del mismo metal. En los años 80 del pasado siglo, también fue llevada a la parroquia matriz de Los Remedios de Llanos de Aridane, cabecera de su arciprestazgo, hasta que fueron terminadas las obras de restauración de su santuario.

Esta magnífica obra interpreta el asunto iconográfico de La Piedad, de acuerdo con la tradición gótico-flamenca, utilizando un esquema próximo al del grupo de análogo asunto del Hospital de Dolores de la capital palmera o del extinto convento franciscano de la Villa de San Andrés y Sauces, denominadas Nuestra Señora de La Piedad en ambos casos.

 

El arte patético de finales de la Edad Media había concedido un amplio espacio en su iconografía a la Virgen Dolorosa, representada ya con un Cristo muerto sobre las rodillas después del Descendimiento de la Cruz, ya sola, tras el Enterramiento de su Hijo.

Estos dos tipos iconográficos se designan con los nombres de Virgen de la Piedad y Virgen de los Siete Dolores. El grupo de la Virgen de la Piedad se compone, estrictamente, de dos personajes: María y su Hijo desclavado de la cruz, cuyo cuerpo inanimado Ella sostiene sobre las rodillas. Este tema ni siquiera está esbozado en los Evangelios, ni procede tampoco del culto oficial: es una creación de la imaginación mística que surgió a principios del siglo XIV, al mismo tiempo que la Virgen de Misericordia y del Varón de Dolores.

La escultura de Nuestra Señora de Las Angustias es la más antigua de las tres piezas flamencas mencionadas que de este tema iconográfico se conservan en La Palma. Se trata de las imágenes de La Piedad. Una que se venera en la actual iglesia del Hospital de Dolores de la capital palmera, y otra que se custodia hoy en día en la parroquial de Montserrat de San Andrés y Sauces.

Por el inventario hecho en 1522 por el obispo fray Vicente Peraza, se sabe que ya en aquella lejana fecha presidía el único altar de la ermita, colocada dentro de un tabernáculo-hornacina que se cerraba la imagen de “Nuestra Señora de bulto con su Hijo preçioso en los braços quando lo desçienden de la cruz”.

La soledad de María va a ser aprovechada, según el padre Trens, por artistas y místicos, quienes, uniendo los dos extremos de la vida de Cristo, infancia y muerte —pesebre y cruz—, crearán esta nueva tipología, popularmente conocida como La Piedad.

En contraposición del dulce recuerdo del Niño pequeño mecido entre los brazos de su Madre, Enrique de Berg describe al Cristo muerto: “sus ojos, que brillaban como carbunclos, ahora están apagados. Sus labios, que parecían rosas rojas recién abiertas, están secos y su lengua pegada al paladar. Su cuerpo, sangrante ha sido tan cruelmente estirado sobre la cruz, que pueden contarse con todos sus huesos”.

 

La postura sedente, vertical e hierática de la Virgen de Las Angustias, mientras sostiene el cuerpo inerte de su Hijo, por la mano izquierda y por la cabeza, contrasta con la forzada curvatura descrita por el cuerpo de éste que, yaciendo en el regazo materno, se arquea para alcanzar el suelo con sus pies cruzados.

Según el pensamiento místico medieval, y siguiendo las palabras de San Bernardino de Siena, se trata de la escena en la que María, melancólica, extraviada, abstraída y angustiada, incluso joven, rememora los años de la infancia de Jesús.

La Virgen tiene la ilusión de acunar a su Hijo pequeño en brazos, como en los felices tiempos, pero ahora no abraza a su pequeña y amada criatura sino que ahora porta el frío cadáver ensangrentado de su Hijo ajusticiado, representado con la estatura de un niño.

Sueña que tiene a su Hijo sobre las rodillas y que lo acuna envuelto en la mortaja como antes en los pañales. Es por ello que estemos ante una desproporción simbólica de ambas imágenes, y no tiene que ser entendido como un error artístico de perspectiva del escultor o en una torpeza o inhabilidad del artista.

Santa Brígida de Suecia atribuye a la propia Virgen esta descripción emotiva de su Hijo descendido de la Cruz: “Lo recibí sobre mis rodillas como un leproso, lívido y magullado, porque sus ojos estaban muertos y llenos de sangre, su boca fría como la nieve, su barba rígida como una cuerda”.

Aquí, la Madre lleva sobre la cabeza una toca hendida en pico sobre la frente, conforme a un tipo bastante usual en la plástica nórdica de las primeras décadas del siglo XVI, mientras que todo su cuerpo sedente está envuelto en amplio manto de duros bordes que se quiebra sobre las piernas en rígidos pliegues angulares. El profesor Pérez Morera, también indica que “el plegado del manto describe las metálicas quebraduras características de arte flamenco”.

La tranquilidad, la serenidad, la paz, la resignación, el dolor silencioso… la apariencia idealizada del melancólico semblante de la Virgen de Las Angustias, se contrapone extraordinariamente al crudo realismo que emana el rostro y el cuerpo del Cristo Muerto.

En su rostro lacerado lleva impresa la huella del dolor, y todo el flácido cuerpo muestra numerosas llagas sangrantes y carnaciones mortecinas de la reciente Pasión. Nuestra obra comparte numerosos rasgos con los modelos tallados en los Países Bajos meridionales en el tránsito de los siglos XV al XVI.

Ejemplo de ello es el trenzado voluminoso de la corona de espinas de Cristo, muy parecido al Crucificado de San Pedro de Lovaina, o también el tratamiento de la barba en mechones individualizados, rizándose en las puntas en forma de caracol y el modelado de su tórax dibujando un exagerado arco jalonado por las protuberancias óseas de las costillas, comparables ambos con los de la estatua de Job de la iglesia de San Martín en Wezemaal; así mismo, el plegado de su perizoma o paño de pureza a base de convencionales acanaladuras paralelas, parecido al de los Cristos del Museo Comunal de Lovaina o al de San Sebastián del Rijksmuseum de Amsterdam.

La profesora Negrín concluye su estudio sobre esta bella pieza, informándonos de que “todo ello apoya la filiación brabanzona de la pieza y su datación en el primer tercio del siglo XVI”

Cada 15 de agosto, romeros llegados desde todos los puntos de La Palma acuden al bello santuario del Barranco de Las Angustias a rendir pleitesía a esta venerada imagen.

Tras la solemne misa concelebrada, los orgullosos vecinos de Los Llanos de Aridane llevan sobre los hombros en multitudinaria procesión a su Virgen en originales andas hasta el Calvario, lugar donde la tradición cuenta que apareció el cajón con la milagrosa imagen.

Hasta allí es acompañada por la arqueta con parte de las reliquias entregadas por San Pío V en Roma al beato jesuita Ignacio de Azevedo y que éste, días antes de ser martirizado, las había regalado a su gran amigo, el flamenco Melchor de Monteverde.

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BIBLIOGRAFÍA

  • CALERO RUIZ, Clementina. «La escultura anterior a José Luján Pérez», Gran Enciclopedia del Arte en Canarias, C.C.P.C., Gobierno de Canarias, 1998
  • Exposición Arciprestal de Arte Sacro, Los Llanos de Aridane, junio 1968
  • FERNÁNDEZ GARCÍA, Alberto-José. «Semana Santa en Los Llanos de Aridane», Diario de Avisos, Santa Cruz de La Palma, (16 de abril de 1965)
  • GALANTE GÓMEZ, F.J. «Arte Gótico», Historia del Arte en Canarias, T. IX, Las Palmas de Gran Canaria, 1982
  • HERNÁNDEZ P. «Mientras se restaura el Santuario, la Virgen de las Angustias recibió culto en Los Llanos de Aridane», El Día, (24 de agosto de 1980)
  • HERNÁNDEZ PERERA, Jesús, «Arte», Canarias, Fundación Juan March, Madrid, 1984.
  • Idem. «Esculturas flamencas en La Palma», Anuario de Estudios Atlánticos, La Laguna, nº 14-16, 1968-1970
  • NEGRÍN DELGADO, Constanza. «Escultura», Arte Flamenco en La Palma, Conserjería de Cultura y Deportes, Gobierno de Canarias, 1985
  • PÉREZ MORERA, Jesús. Arte Flamenco. Isla de La Palma, Consejería de Turismo y Transportes del Gobierno de Canarias, Madrid, 1990
  • Idem. «El Patronazgo de los Señores», La cultura del azúcar. Los ingenios de Argual y Tazacorte, La Laguna, 1994
  • RÉAU, Louis. Iconographie de l’Art Chrétien, P.U.F., Paris, 1957
  • TRUJILLO RODRÌGUEZ, Alfonso. El retablo barroco en Canarias, tomo I, Excmo. Cabildo Insular de Gran Canaria, 1977

[*Otros}– Excelente reportaje sobre la biodiversidad de las islas Canarias

Avance del actual proyecto de Alas Cinematografía, en coproducción con la Televisión Canaria, el Gobierno de Canarias y Cajacanarias, con la participación de los diferentes cabildos insulares.

Una serie documental de ocho capítulos, rodada en cine de súper 16 mm y alta definición.

Tiene sonido.

Para ver el archivo, clicar AQUÍ

Cortesía de Lucy de Armas Padrón

[*Otros}– Santa Rosalía de Palermo y su ermita de Monte de Breña

18-08-2008

José G. Rodríguez Escudero

Historia y arquitectura

La ermita de Santa Rosalía de Palermo fue erigida en 1794 por el presbítero Domingo Lascano Yanes y Monteverde. Este sacerdote, según la Visita de 1794, dotó a la pequeña iglesia con una pensión anual de 45 reales de vellón antiguo destinada a la celebración de una misa cantada en la onomástica de la Santa (actualmente el 4 de septiembre), y también para “tener bien reparada la Yglesia su desencia y adorno”. Así consta en el testamento del clérigo otorgado ante Felipe Rodríguez de León en 1814.

La historia de las tres ermitas que existen actualmente en el municipio palmero de Villa de Mazo guarda cierta afinidad, “ya que todas ellas fueron fundadas por clérigos presbíteros acomodados en sus respectivas haciendas privadas y en parajes entonces alejados, precisamente porque lo que se pretendía con ellas era, entre otras cosas, facilitar la asistencia religiosa de un vecindario bastante disperso”.

 

El Obispo Antonio Tavira y Almazán dio licencia para la bendición de esta bonito y apartado santuario en 1795. La ceremonia estuvo presidida por el Beneficiado de la Parroquia de San Blas de Mazo, Felipe de Lemos.

Desde el punto de vista arquitectónico, su estructura responde al esquema tradicional que guarda este tipo de edificaciones canarias. Se trata, por tanto, de una sencilla arquitectura protagonizada por recintos de nave única, con puertas que, “bajo arcos de medio punto, se abren en las fachadas principales, que a su vez están rematadas por pequeñas espadañas donde se pone de manifiesto la escasa cantería exterior”.

Familia Sotomayor

Velázquez Ramos, en su magnífico trabajo sobre la historia de Mazo, nos informa de que “en la década de los cuarenta del presente siglo vemos a varios miembros de la familia Sotomayor vinculados a la ermita”. Así, Dña. Carmen de Sotomayor, muy devota de la Santa italiana, corrió con todos los gastos ocasionados por el arreglo de la imagen y de unas obras de mejoras y reformas en el pequeño oratorio en septiembre de 1942.

De esta forma se arregló el altar —formado por un retablo hornacina del siglo XVIII—, el tejado, la techumbre y las puertas, colocándose el piso de mosaico y procediéndose al albeo interior y exterior. Así consta en el Libro de Fundación de las Ermitas de Mazo.

 

Dos años más tarde, D. Pedro y Dña. Manuela de Sotomayor corrieron a cargo con todos los gastos derivados de los festejos de 1944. Al año siguiente lo haría también aquella misma dama. Su hermana doña Carmen los pagaría en los tres siguientes.

Don Cirilo también recuerda en su obra que, “esta vinculación de posguerra de la familia Sotomayor, representante máxima del conservadurismo palmero, con la ermita y la celebración de la festividad de su titular contrasta con la visión que nos ofrece el republicano Luis Felipe Gómez Wangüemert, que en un artículo de prensa, titulado «Acudid a Santa Rosalía», escribe desde la Habana en los prolegómenos de las elecciones generales de febrero de 1936…”

Las palabras del político palmero Luis Felipe Gómez Wangüemert (1862-1942) -autonomista destacado en las asambleas de 1908 y 1910-, más detalladas en la obra de De Paz Sánchez titulada Wangüemert y Cuba, no pueden ser más sugerentes: “No comprendemos por qué los cedistas, monárquico-republicanos, fascistas y demás católicos de esta isla, sobre todo los más caracterizados, estimados y conocidos de la Corte Celestial, han prescindido de una imagen, de una santa que se venera una vez al año en una pequeña ermita situada en un extremo de Mazo. Tal omisión es inexplicable: el Mazo de ahora, la Villa en que florecía el caciquismo y daba sus naturales frutos no es la misma, ha cambiado. Y es claro, suponen que Santa Rosalía, a la que nos hemos referidos, se haya contagiado del infecto republicanismo actuante y por esto quizás no han interesado su intervención en los asuntos electorales de la ínsula. No es de admitir que entre católicos de abolengo, de primera clase, se ignore la influencia de Santa Rosalía, su poder, su prestigio en el Cielo, italiana ella, que con seguridad está ya de acuerdo con el Duce para prestarle ayuda allá entre las montañas de Etiopía…”.

Hagiografía, culto e iconografía

La historia de esta noble jovencita nacida en Santo Stefano Quisquina en Agrigento en 1130 nos informa de que llevó una vida solitaria e ignorada en una cueva del Monte Pellegrino desde los 16 años. Así lo había decidido para consagrarse a Cristo. En la puerta de la gruta había esculpido esta decisión en una roca: “Yo, Rosalía, he resuelto habitar esta cueva por amor a mi Señor Jesucristo”.

La patrona de Palermo, Nápoles y Niza —pretendida sobrina del rey Guillermo II de Sicilia— murió cerca de esta ciudad siciliana en 1160 cuando contaba tan sólo con treinta años. Sus restos fueron hallados en 1624 por un cazador y fueron colocados en un sarcófago de plata que fue depositado solemnemente en la catedral de Palermo. Se cuenta que sus reliquias habrían puesto rápido fin a una epidemia de peste que devastaba a la población. El Papa Urbano VIII la incluyó en el martirologio romano fijando su onomástica el día 4 de septiembre, aunque también la Iglesia celebra su fiesta el 6 de marzo y el 15 de junio.

El culto a esta Santa italiana eremita se generalizó a partir de la Contrarreforma. No obstante, se supone que, anteriormente, los jesuitas ya habían introducido la devoción en Roma a la Vergine Palermitana (Virgen de Palermo) en 1627. Fue “rival” de Santa Águeda de Catania (Patrona, por cierto, de Santa Cruz de La Palma), a quien un hagiógrafo siciliano comparó con Judith, que se impuso a Holofernes, es decir, a la “peste”.

Luego, la orden de los jesuitas difundió el culto en Francia, después de haber transportado a París (iglesia de San Luis) una de sus reliquias. Se le invoca sobre todo contra la peste y los seísmos. Esta veneración se popularizó, no sólo en Europa sino también en América, donde abundan los ejemplares, tanto pictóricos como escultóricos, ya que por su intersección, como decíamos, se protege contra los terremotos y epidemias mortales.

En el Archipiélago canario es poco corriente su culto, aunque existen ejemplos interesantes en Tenerife y en La Palma.

Según su iconografía, que se remonta al siglo XVII, se la viste simplemente con una túnica ajada y ceñida con un cordón. Cabellera suelta, o cubierta la cabeza con tocas blancas. Su atributo personal es un pequeño fardo o talega, y un bastón rústico (tal y como salió de su casa). Otros atributos se refieren a su vida de anacoreta y, en conmemoración de su penitencia, un crucifijo, una calavera, etc. El cráneo, que inicialmente era un emblema de ascetismo, en la obra de Van Dyck se convirtió en el símbolo de la peste. No le falta a veces el buril con que grabó la inscripción antes mencionada. Con relación a su nombre, acostumbra llevar una corona de rosas —en alusión a su nombre y a su leyenda, y a manera de armas parlantes— , que recibe tal vez de manos del Niño Jesús o de los ángeles. El tema predilecto de los pintores italianos y flamencos es la santa recibiendo de manos de Jesús Niño la corona de rosas blancas. Otras veces se la representa vistiendo el hábito de las agustinas

En nuestra imagen no se dan todos estos atributos, como veremos a continuación.

Fiestas de la santa

El cronista oficial de la capital palmera, Jaime Pérez García, nos informa en su obra Fastos biográficos de que, un hijo del municipio, don Blas Pérez de la Cruz, nacido en 1869 fue autor de una Representación en honor a Santa Rosalía, en verso, «que se estrenó el 3 de septiembre de 1896, durante la celebración de la fiesta que se lleva a efecto, todos los años, el primer domingo de septiembre, en la aldea de Monte Breña”.

El cuadro plástico, en origen una representación estática de escenas eminentemente sacras, tiene lugar al finalizar la procesión de la víspera, en la plaza de su ermita momentos antes de que el cielo se cubra de espectaculares fuegos artificiales.

Actualmente estas escenificaciones, con la incorporación de efectos especiales e innovaciones técnicas, constituyen verdaderas representaciones teatrales. Una tradición de mucho arraigo en estas fiestas de Monte de Breña, al igual que en otras de Villa de Mazo, como en las de la Virgen de Los Dolores de Lodero, y las de San Juan Bautista, de Belmaco.

Después el cuadro plástico, y antes de que el pequeño baldaquino con la hermosa y delicada talla entre en la ermita y sea entronizado en su retablo, se quema el “machango” y la “machanga”. Como nos recuerda la investigadora Hernández Pérez sobre estas fiestas: “estos personajes —dos peleles— independientes que, como su nombre indica son hombre y mujer, van dando vueltas mientras dure la rueda de fuego que se les instala en una base a los pies de cada uno”.

Nos recuerda Tomás Cruz Santos que estas figuras fueron “inventadas” por su abuelo Antonio Cruz, experto fogatero que tenía como misión la puesta a punto y la preparación de “los fuegos de las fiestas de la zona. Una vez los llevó a las fiestas de Montserrat de Los Sauces, el machango se cayó y los sauceros se le rieron mucho”.

También recoge María Victoria que esto entristeció mucho a don Antonio. A la muerte de éste, su hijo y Matías Pérez López recogieron la tradición. El nieto rescató la costumbre después de varios años de olvido. Se recuperó para las fiestas de la Patrona de Monte Breña después de haber encontrado en su casa, empeñándose a que funcionasen de nuevo. “La machanga se la habían comido los ratones, pero el machango estaba perfecto, incluso el sistema que hace que una mano la rueda que sostiene dé vueltas. La machanga la sustituí por una muñeca y todos los años les ponemos los fuegos que hacen que se muevan y bailen”.

La misma investigadora palmera termina recogiendo otras palabras de D. Antonio: “La gente y los niños se ríen mucho cuando los ven. El varón va vestido de «mago» y la machanga de «señora de baile»”. Nos informa así mismo que el machango, al mismo tiempo que gira sobre sí mismo, va haciendo girar una rueda –más o menos de su mismo tamaño- que sostiene en su mano derecha. La machanga siempre gira sobre sí misma.

En el mencionado artículo de Luis Felipe Gómez- personaje “liberal y republicano de convicción, pero, sobre todo, un periodista brillante, astuto, polémico y mordaz, cuyos escritos desbordan profundo amor a su tierra”, éste hace referencia a las antiguas fiestas de la Santa, donde “a pesar del contenido político del artículo, alguno de sus párrafos permite apreciar el carácter campestre que la celebración tenía antaño”. El autor llanense, con añoranza, rememoraba allí un típico almuerzo con algunos amigos, entre “una multitud alegre y confiada” sobre los “blancos lienzos de un improvisado restorán, al calor del contenido de un garrafón de vino del Hoyo, que no tenemos presente si se agotó o si se quedó algo en el fondo”. Tras la comida, y satisfechos, “contentos en grado superlativo, los cuatro tomamos la vereda de la ermita para deleitarnos escuchando con toda la devoción posible, el sermón del señor cura párroco, catalán y carlista«.

Las fiestas se suelen iniciar con la izada de la multitud de banderas que salpican todos los contornos de la plaza y de la carretera general. A las de España, Europa, La Palma, Villa de Mazo y Canarias se unen los emblemas de Venezuela y otros países, símbolos de la multinacionalidad de sus vecinos. En estos festejos tienen lugar las actuaciones de conocidos “verseadores”, verbenas populares, torneo de ajedrez, festival folklórico, juegos populares, etc.

El día 3 de septiembre (la víspera de la onomástica de Santa Rosalía) —o, en su defecto, la noche anterior al día festivo principal que se designe para hacerlo coincidir con el fin de semana más cercano para asegurar una mayor afluencia de público—, da comienzo la Novena cantada en su honor.

“Gloriosa Santa Rosalía, a ti acudimos, llenos de confianza en tu intersección. Nos sentimos atraídos a ti con una especial devoción y sabemos que nuestras súplicas serán más agradables a Dios nuestro Señor, si tú, que tan amada eres de Él, se las presentas. Tu caridad, reflejo admirable de la de Dios, te inclina a socorrer toda miseria, a consolar toda pena y a complacer todo deseo y necesidad, si ello ha de ser provechoso para nuestra alma […] Haznos la gracia, ¡oh, Señor!, te lo suplicamos, que por intercesión de Santa Rosalía, cuyas virtudes veneramos aquí en la tierra, seamos un día, contados juntamente con ella en el cielo […] “. Novena a Santa Rosalía

A continuación sale, por los aledaños de la ermita, la multitudinaria procesión acompañada por la Banda Municipal «Princesa Arecida». Antes de su entrada tiene lugar el tradicional cuadro plástico y, a su término, se ofrecen espectaculares y vistosos fuegos artificiales, a los que sigue la verbena.

El día siguiente, a las 12:00, tiene lugar la solemne función religiosa cantada por la coral del pueblo —suele ser al aire libre, en la plaza, dada la afluencia de devotos y vecinos—, tras la cual da comienzo la procesión ascendente hasta “La Crucita”.

Durante todo el recorrido procesional, muchos vecinos saludan a su venerada patrona lanzando al aire una ingente cantidad de “voladores”. Es ensordecedor el estruendo. Se diría que todos ellos compiten por hacer la más “ruidosa” ofrenda. Es tal la cantidad de cohetes que se lanza durante el itinerario procesional que el cielo, por momentos, se convierte en una gran nube blanca.

La imagen

La bella imagen de Santa Rosalía es una pequeña escultura cuya cabeza se nos muestra algo desproporcionada si atendemos al conjunto de su cuerpo.

 

El semblante no puede ser más sugerente: dos grandes ojos, oscuros y juntos, de triste mirada sobre los que están trazadas unas finas cejas arqueadas; boca pequeña curvada de delgados labios por la que se dejan entrever unos diminutos dientes blancos; cara afilada bien esculpida que denota, por lo descrito, una profunda aflicción. En la cabeza, ligeramente ladeada hacia el lado izquierdo, se aprecia una gran frente bajo un pelo oscuro ondulado excelentemente tallado y peinado con raya en medio. Éste forma una melena que cae recogida sobre el hombro izquierdo por detrás de dos pequeñas orejas. A pesar que en las solemnidades la cabeza es cubierta con un gran manto blanco con ribetes y bordados dorados, acertadamente nunca se oculta del todo esta delicada cabellera.

 

Esta talla completa está revestida por una amplia y larga túnica de color verde claro recogida a la cintura por un cíngulo dorado que cae sobre la derecha.

Así mismo son dorados los extremos de sus amplias mangas y los ribetes del cuello.

La parte inferior del hábito está profusamente decorada con detalles florales, al igual que el cuello y mangas.

Considero que el tallado de los pliegues no ha sido el correcto, sin embargo, el acabado general de la toga confiere un aspecto majestuoso a la efigie a pesar de sus reducidas dimensiones.

Lo mismo sucede con su mano izquierda, apoyada sobre el pecho, sobre el corazón. Incorrectamente tallada, el pulgar parece tener la misma longitud que el meñique de la misma mano.

 

La izquierda sostiene firmemente un crucifijo de madera clara rematado por adornos de plata con un pequeño Cristo del mismo material.

Sobre la cabeza de la imagen se coloca una magnífica aureola de plata repujada en su color, inventariada desde 1882. Se trata de un halo en forma de media luna del que salen doce ráfagas de tres puntas alternando con otras formas más cortas.

Bajo este cerco exterior de la bella diadema se sitúa una franja con decoración interior relevada decorada con abundancia de motivos vegetales simétricos.

 

Como hemos visto, la talla de nuestra Santa Rosalía difiere en cuanto a las pautas de su tradicional iconografía en las que se presenta vestida como una pobre ermitaña, como sí aparece en el bello estandarte blanco y dorado de la Santa que encabeza sus procesiones. En la escultura, sin embargo, se la representa como una rica doncella palaciega.

Imágenes parecidas a ésta las encontramos, por ejemplo, en el óleo sobre lienzo de 1748 de anónimo tinerfeño, o en la pequeña imagen de candelero de anónimo mejicano de 1755, ambas custodiadas en la parroquia de La Concepción de La Laguna. Se trata de representaciones donde la Santa italiana está lujosamente ataviada de acuerdo a su aristocrático linaje, antes de renunciar a sus riquezas y sus ataduras mundanas para retirarse a vivir como ermitaña.

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BIBLIOGRAFÍA

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[*Otros}– Ntra. Señora de los Dolores de Lodero (Villa de Mazo, La Palma)

12-08-2008

José Guillermo Rodríguez Escudero

La advocación de «Los Dolores»

Esta arraigada festividad, la de Nuestra Señora de Los Dolores, tuvo su origen en el sínodo provincial que el Arzobispo de Colonia, Teodorico, celebró en 1413, extendiéndose rápidamente desde entonces a todo el orbe cristiano.

En La Palma, desde los primeros años de la Conquista, se ha venido rindiendo homenaje a esta tan querida advocación mariana. Existen en nuestra bella Isla varias tallas de la Virgen de los Dolores y, más concretamente, en su variante de “La Piedad”, donde la Dolorosa es representada sosteniendo en sus brazos a su Hijo muerto a los pies de la cruz.

Nos encontramos con varios magníficos grupos escultóricos de Nuestra Señora de La Piedad que enriquecen enormemente nuestro patrimonio artístico. Así, tallas flamencas de La Piedad las encontramos en el retablo mayor del Hospital de Dolores de la capital palmera, en la iglesia de Montserrat de Los Sauces (procedente de su extinto convento) y en el Santuario de Las Angustias de Los Llanos de Aridane. Otra efigie, esta vez barroca del siglo XVIII, puede ser contemplada en uno de los altares colaterales del Evangelio de la Iglesia de San Blas de Villa de Mazo.

Similares son las que el artista e historiador Alberto José Fernández García descubre en sus escritos de la prensa local: “en Santa Cruz de La Palma se cuenta con dos obras barrocas de estimable calidad artística, las que se encuentran en la Casa de Doña María Hernández Luján, Viuda de Martínez, y de Doña María de los Remedios Henríquez Tabares”. Por último encontramos la bellísima escultura mexicana del siglo XVIII de Nuestra Señora de Los Dolores en la ermita homónima del municipio macense.

Fundación de la ermita

La pequeña capilla del Hoyo de Mazo, situada donde dicen “el Lodero”, fue fundada a pedimento y a solicitud de Don Tomás de Aquino Fernández Riverol, clérigo presbítero, con licencia que para ello obtuvo del Ilmo. Sr. Don Fray Valentín Morán, Obispo de estas Islas, fechada en “el puerto de Santa Cruz de Tenerife, a 5 de diciembre de 1759, refrendada por don Manuel Suárez Porla, subsecretario”.

La iglesia se construyó rápidamente y fue bendecida el 15 de abril de 1761. Actuó en la ceremonia el Beneficiado de San Blas de Mazo, D. Francisco José Fernández de Leiria. Como testigos actuaron don José Eduardo Smalley, párroco de San José de Breña Baja, D. José de Flores, párroco del Santuario de Nuestra Señora de Las Nieves y D. Diego de Vargas Machuca, clérigo subdiácono. Acudieron a la ceremonia numerosos fieles que no querían perderse tan histórico acontecimiento.

Dña. Catalina de Salazar, tía del fundador, había hecho dotación en beneficio de esta pequeña iglesia con la cantidad de 15 reales anuales. Su objeto era poder sufragar los deterioros que, con el paso del tiempo, sufrían los ornamentos religiosos destinados al culto y también a ayudar a la conservación de la ermita. Para ello, gravó una hacienda de viña y árboles frutales que eran de su propiedad.

El patronato de esta dotación se lo dejó a su sobrino y heredero, D. Tomás de Aquino, con facultad de nombrar quien lo continuara después de su muerte. Así consta en la escritura que otorgó en Santa Cruz de La Palma ante el escribano Miguel José de Acosta, el 28 de marzo de 1761. Nombró por patrono al resbítero D. Santiago Pinto Van-de-Walle y, a su fallecimiento, a los Beneficiados que fueran de San Blas de Mazo.

Llegada de la Virgen a La Palma

En el libro de fundación de la ermita de Lodero se detallan las vicisitudes y prodigios que acompañaron la azarosa arribada de la Virgen a La Palma, “para que sea notorio a todos los devotos de esta Santísima Ymagen su venida a este referido lugar y con más devoción sea venerada esta prodigiosa reliquia”.

Don Tomás de Aquino había embarcado rumbo al puerto de La Guaira, como capellán, en 1770, a bordo de la fragata La Paloma Isleña, famosa nave palmera que habitualmente hacía la travesía entre Canarias y la antigua provincia de Caracas.

Allí coincidió con su paisano Don Juan Méndez, quien pretendía embarcarse en el barco La Soledad a Veracruz. El capellán, deseoso de tener en la hermita vna ymagen de Dolores de bulto”, le encarga su compra, para poder sustituir el cuadro de la misma advocación que en aquella época se tenía en la capilla.

El caballero no encontró en Veracruz la escultura deseada y por ello la encargó en México. La bonita talla costó 360 reales, que Don Juan Méndez cobró a su regreso a La Palma. Desde la capital mexicana, dentro de una caja y encima de una mula —transporte que costó 4 pesos— llegó a Veracruz, y desde aquí en barco hasta Campeche. El viaje, que normalmente duraba veinte días, se hizo en cuatro y medio.

Este hecho fue considerado como un milagro de la Virgen por el pueblo campechano, “quedando tan aficionados a esta señora con este beneficio y prodigio que le suplicaron a dicho Méndez les vendiesse la escultura”. Pero el orgulloso portador “no la dejava aunque le diessen mil pessos”.

Don Juan Méndez, que no pasó por la Guaira, se había encargado de traer personalmente la imagen a Canarias. Por ello, prosiguió su viaje en barco desde La Habana y desde allí rumbo a Tenerife.

Los cargadores del buque colocaron la caja con la escultura, junto con otros cajones y fardos, en el fondo de la bodega de carga, sitio inapropiado para la ya venerada y “soberana ymagen”. A los pocos días de la navegación se presentó una fuerte tempestad, descrita como “vna tormenta desecha de vn norte sobervio que les presisó calar masteleros, vergas avajo, tomar risos al tinquete y en esta tribulación de desaforado viento y mar toda la tripulación y marineros pedían a Dios el socorro”. Enterado el capitán de que la Virgen se hallaba en la bodega, ordenó inmediatamente que fuera puesta en el camarote de popa. Con muchas dificultades fue subida a ese lugar, donde “recibió sinceras pruebas de amor, llenas de profunda fe”.

Fue un hecho sobrenatural que, a partir de ese preciso instante, el temporal que amenazaba sus vidas fuera remitiendo y “sin mas torbellinos llegaron a salvamento a el puerto de Tenerife».

Don Juan Méndez llegó a Santa Cruz de La Palma “con su preciada carga” el 15 de julio de 1774, “sin haber abonado costo por el cajón, ya que no habían querido cobrar los capitanes de los navíos”. El Ministro Calificador del Santo Oficio fue quien bendijo la imagen en la vivienda de Don Tomás de Aquino. Desde allí, la Virgen fue llevada al lugar donde iba a recibir pública veneración, colocándose en su ermita el 18 de septiembre, onomástica de los Siete Dolores de María, aunque hoy en día se celebra el 15 del mismo mes. “Hízose procesión por el contorno de la hazienda inmediata, en cuyo tránsito sed hizieron varios arcos con todo aseo vestido, y tres loas a el pasaje de dicha procesión, con mucha rama y  vanderas de regosijo con que el devoto pueblo quiso dignificar el goso de esta celebración, gososos de tener en su lugar  tan dichosa prenda”.

La nueva ermita

El alcalde constitucional, Don Juan Bautista Lorenzo Rodríguez, informaba en sus afamadas crónicas de cómo se preparaban en el pueblo de Mazo unas brillantes fiestas con motivo de la traslación de la imagen de la Virgen de los Dolores a su nueva ermita.

Unos solemnes actos que vendrían recogidos en El Time, el 12 de febrero de 1865: “El día 25 del actual, se nos dice, se verificará la ceremonia de la bendición de dicha Ermita, en la que se celebrará en seguida el santo Sacrificio de la Misa.

Por la tarde quedará colocada la indicada Imagen y habrá sermón. Por la noche se quemarán varias piezas de fuegos artificiales y al día siguiente se celebrará una solemne función religiosa con procesion”.

 

Una emotiva ceremonia que también quedó perpetuada en otro artículo: “fue tan tierno el acto que á muchos del inmenso gentío que á él asistió hizo derramar lágrimas nacidas del afecto piadoso que conducía en triunfo á aquella Santa Imagen á su nueva y decente casa”. Asimismo se menciona el estado “de su antigua y desaliñada Ermita”, situada en una finca particular y que fue finalmente demolida por orden del Ve. Párroco Don Juan Antonio Carpintero “á causa de hallarse muy deteriorada y amenazando peligro” .

Esta nueva ermita, como su antecesora, se trataba de un edificio de una sola nave, a cuyos pies se encontraba ahora el coro. “Desde éste se abre a la fachada principal una pequeña pura con balconcillo, situado sobre el arco de la puerta principal, y desde donde se realizan los toques y repiques de campanas”.

En el libro de fundación de ermitas del Archivo Parroquial también se da cuenta de que la espadaña, que alberga tres campanas, fue construida por el maestro Riveros en 1876. Una de ellas, situada en la parte superior, la campana grande “para convocar al Pueblo hecha en Caracas” que costó 30 pesos, fue la primera que tuvo el primitivo templo y que recibió con alegre repicar a la Virgen el día de su llegada. Así consta en el inventario de 6 de junio de 1768.

En diciembre de 1963 se procede a ponerle piso de mosaico a la ermita, para lo cual un grupo de vecinos solicitaba ayuda al Ayuntamiento. Así se desprende de las Actas de Plenos de 26 de aquel mes.

La imagen de La Piedad

Uno de los grupos escultóricos más interesantes realizado por la mano de un escultor americano es el que representa esta preciosa Piedad. Forma parte de las primeras imágenes que llegan a La Palma “ya esculpidas ajustándose a las depuradas formas neoclásicas”.

 

Las medidas de esta escultura en madera policromada son: 65 x 65 x 50 cms. La Virgen —cuyo costo total fue de 538 reales y medio  de hechura, transporte y fletes— tiene un bello rostro de niña, más que de mujer, al que el artista, según el historiador palmero Alberto José “logró darle una serena expresión doliente, y en el Cristo puso su atención a las formas anatómicas”. El profesor Martínez de la Peña afirma que “tanto el tallado del Señor como la Virgen, son muy correctos”.

La Dolorosa, sentada, está envuelta con un manto oscuro (que cubre su hombro izquierdo sobre una pechera de un blanco impecable, y combina en color y en pliegues con el perizoma o paño de pureza de Cristo). Tiene traje rojo también oscuro (como lo es la sangre de Jesús) con unos detalles florales y ribetes dorados. Mantiene dulcemente a su Hijo muerto sobre su rodilla izquierda, sobre la que parece flotar, sin ejercer peso sobre su Madre, en una postura poco forzada y majestuosa.

El Cristo queda sostenido con la mano derecha de la Virgen bajo su cuello del que pende un pañuelo bordado. Con la mano izquierda sostiene la misma del Señor, en un gesto de profunda dulzura y cariño. Las miradas no se cruzan. La Virgen mira triste hacia el suelo. Las pieles son claras, los cabellos largos, negros y bien tallados y las figuras proporcionadas.

 

Se unen estas dos bonitas piezas mediante una espiga de madera a la altura de las rodillas de María. Al igual que las obras mejicanas llegadas al Archipiélago durante el siglo XVIII, este grupo escultórico es de proporciones bastante menores del natural, tamaño adecuado para su exportación.

De tallado correcto y esmerado estudio anatómico sobre todo, en el cuerpo de Cristo, “presenta configuración  piramidal sobre amplia base rocosa y manto estofado – como es característico de la estatuaria novohispana- a base de grandes motivos florales”.

En 1882 se relaciona una gran corona imperial de plata de la Virgen así como una corona de espinas y dos potencias del mismo metal pertenecientes al Cristo que forma parte de esta Piedad. Así está registrado en el Libro de Inventarios de la Parroquia de San Blas perteneciente a los años 1853-1921. Afirma Alberto-José que, “la corona y potencias de la Virgen y el Señor, de plata de estilo rococó, se adquirieron durante la mayordomía de don Diego José Hernández y ya constan en 1794”.

El afamado autor D. Cirilo Velázquez Ramos, en su completa obra sobre el municipio, también informa de que “la cruz plateada que luce la imagen en las festividades fue comprada en Marsella y vino a La Palma por mediación de Don Miguel Pereyra Pérez”. Don Alberto-José también hace mención a que el costo de la preciosa cruz ascendió a 213 pesetas.

Objetos de la iglesia

Además de la Virgen, existen en la ermita tres pinturas del siglo XVIII: una pequeña, situada en lo alto del retablo mayor, representando a Santo Tomás de Aquino, y otras dos de Santo Domingo de Guzmán y San Francisco de Asís, ubicadas a los lados del altar. Esta pareja de figuras, fundadores de las órdenes dominica y franciscana respectivamente, son obras del prestigioso artista palmero D. Juan Manuel de Silva (1687-1751), “Maestro de Pintor y dorador”.  Según el profesor palmero Don Jesús Pérez Morera, “ambos santos-estatuas aparecen sobre el fondo de paisaje convencional. Portan estandartes con sus insignias (el toisón dominico y el escudo seráfico con el brazo de Cristo y San Francisco)”. El Santo de Asís mira al crucifijo, “que en la visión del Monte Averna le transmitió los estigmas que muestra en las manos y en el costado. Tanto uno como otro son versiones de modelos ya conocidos, heredados del taller paterno”.

Su padre fue el célebre pintor Don Bernardo Manuel de Silva (1655-1721).

El Cristo que está colocado en el púlpito es una obra de arte popular salida de la gubia del palmero Don Eustaquio de las Casas, por la que recibió 4 duros el 22 de agosto de 1873.

El armonio es también obra de un palmero, D. Manuel Henríquez Brito, y data del mismo año. También llamado armonium, se trata de un órgano pequeño, con la forma exterior de un piano, al cual se le da el aire por medio de un fuelle que se mueve con los pies.

Fiestas de la Virgen

La devoción por esta Virgen de Lodero, acompañada de grandes festejos populares, ha perdurado hasta nuestros días.

Así, en el Archivo Municipal de Villa de Mazo, aparecen reflejados en 1883 los gastos derivados de los oficios religiosos en su honor, que ascendieron a un total de 81 pesetas y 25 céntimos. Por ejemplo, se recoge el pago al cura párroco D. José Puig y Codina de 20 pesetas por el sermón de la octava.

 

En el Archivo Parroquial de San Blas aparece reflejada la que fue solemne subida de la Virgen de los Dolores hasta ese templo, para lo cual se hizo necesaria la recaudación de fondos de todos los pagos del municipio. También se da cuenta de la cofradía de la Virgen en las diferentes visitas pastorales de mayo de 1778 y abril de 1782.

La fiesta anual se celebra actualmente durante el penúltimo, o a veces el último fin de semana de agosto. Allí se congrega numeroso público para disfrutar durante los tres días, de viernes a domingo, de un variado programa de actos.

En palabras de la periodista palmera Hernández Pérez en su completo estudio sobre las fiestas palmeras, en éstas de Lodero: “no falta la música tradicional de la isla y los puntos cubanos, carrera de caballos, competiciones deportivas, exposiciones, y en lo religioso, novenas, cuadros plásticos y la procesión de la Virgen, acompañada por al Banda de Música Municipal Arecida, y fuegos artificiales”.

Una querida vecina de Mazo, Dña. Miriam Cabrera, recordaba cómo en estas fiestas eran típicos los fuegos artificiales, “el lanzamiento de globos, las dulceras vendiendo dulces con los cestos colocados encima de las paredes, ventorrillos tapados con sábanas y hojas de palmeras mientras la banda de música sonaba delante de la ermita. El vino por la noche corría en abundancia y, el éxito se medía por las peleas que había…”.

Efectivamente, se trata de un escenario único para saborear el buen vino del Hoyo de Mazo. Aquellas palabras quedaron plasmadas en el libro sobre Villa de Mazo publicado por D. Cirilo Velázquez. También ejemplos de décimas que se cantaban en estas celebraciones, como la de Dña. Pancha “Rastera” —Doña Francisca Bravo Martín (1895-1986)— editadas por otro hijo del Pueblo y nieto de aquélla, Don José Luis Teixé, donde se da buena cuenta de la enorme popularidad que han gozado siempre estas fiestas de Lodero:

“Aquellas fiestas del Hoyo/ rodeadas de mesones/con vino y chicharrones/ las mujeres con sus novios./ Ruletas, dulces, de todo/se veía dondequiera;/algunos con borrachera/daban leña con un palo, /peleaban como un diablo/mas la fiesta estuvo buena”.

Un continuador de esta vieja tradición de los verseadores ha sido el octogenarioD. Bernardo Gutiérrez Triana, “donde descansa la tradición de la poesía popular macense, avivada en los últimos años con los festivales de punto cubano que se celebran con motivo de las fiestas locales como la de Nuestra Señora de los Dolores de Lodero o la principal del Corpus, donde suelen darse animadas controversias entre los versadotes participantes”.

Otro de los actos que no podía faltar en estas fiestas es la lucha canaria. En palabras de D. Francisco Antequera:

Ningún otro pueblo de la isla ha dado tantos luchadores como Mazo, los habrá habido mejores, pero a través de los años siempre han sido gentes dispuestas para la lucha”. Esta obligada presencia de la luchada en los festejos del Hoyo de Mazo se prolongará a lo largo del siglo XX. En el programa de 1913 se anunciaban “luchas y carreras de sortijas”.

La Virgen sale en procesión la noche del sábado, después de la solemne Función Religiosa. La preciosa ermita, enramada con primor, queda pequeña para albergar a todos los vecinos y visitantes. Un auténtico valedor de las tradiciones locales, D. José Roberto Martín Pérez —conocido cariñosamente por todos como “Berto”—, se ha encargado del espectacular enrame floral de la ermita y también de la elaboración del machango, “el borracho”.

Después de la novena se escenifica ante el trono de la Virgen un cuadro plástico en una placita de suelo de gravilla rodeada de palmeras, cercana a la ermita. Antes de su entrada, se lanzan numerosos y vistosos fuegos de artificio. Al día siguiente, a mediodía, tras la solemne Misa, vuelve a salir la imagen, acompañada por la multitud y varios faroles encendidos, bajo un enorme estruendo de voladores que todos los vecinos desde sus casas lanzan al cielo para saludar a su Virgen Protectora. Se diría, por la ingente cantidad de cohetes, que estos paisanos compiten por ser los más “ruidosos devotos”.

En la Villa de Mazo, los espectaculares arcos y descansos, los tapices y alfombras definen y engalanan el recorrido procesional del Santísimo y constituyen, sin lugar a dudas, el elemento más característico de estas festividades. Como primera referencia a estos arcos triunfales, la encontramos precisamente cuando se entronizó a la Virgen de los Dolores en su ermita, donde para adorno de todo el recorrido procesional “se hizieron varios arcos con todo aseo vestidos”. Así consta en el Acta de Plenos (sesión de 29-XI-1970) conservado en el Archivo Municipal de Mazo.

“El borrachito fogatero”

Siempre el colofón a las fiestas lo pone la multitudinaria verbena del domingo por la noche. Es, sin duda, el número más popular de las fiestas de Lodero. Después de varias horas de baile y pasada la medianoche, saltan al centro de la gran plaza varios gigantes y cabezudos y “otras caprichosas figuras” que lanzan bengalas y fuegos de artificio entre el emocionado y excitado público que se agolpa a su alrededor.

Son ya unos dieciséis mascarones los que bailan en este pasacalles previo. Tienen nombre propio, como el “Carro”, la “Libélula Galvanizada”, la “Rueda de Fuego”, “la Dama de Lodero”, “Los Cabezudos” y así diversos elementos de  pirotecnia. Todo ello sirve de preámbulo a la salida del “Borracho”.

Cuando la conocida y tarareada “polka del borrachito” suena, hace su aparición el esperado borrachito fogatero, una de tantas manifestaciones de nuestra riquísima cultura popular de La Palma.

La enorme figura del mascarón lanza fuegos artificiales y hacia todos los lados, por lo que el gentío, sobre todo la juventud que más se “arriesga” y que más cerca está del machango, sale muy chamuscada de la plaza. El muñeco está sentado en un gran tonel y lleva un gran sombrero. Dentro de esta segura estructura se encuentra un hombre fornido que tiene la dura tarea de hacer disfrutar a un público enfervorizado y entregado, y algo “chamuscado”, mientras baila sin parar hasta que no queden más cargas pirotécnicas.

María Victoria nos informa de cómo fueron los comienzos de esta fiesta de fuego. El colorido, la música y el olor a pólvora impregnan las celebraciones en honor a Nuestra Señora de Los Dolores. En su completo trabajo hace referencia a una memoria conservada en el Ayuntamiento de Mazo sobre las fiestas de 1979. Allí, tres vecinos sorprendieron con la irrupción en la plaza de un machango de tela provisto de bengalas y sujeto a un palo y al que hacían bailar y girar. Lo llamaron Sapiro. Según nos cuenta, “la idea surgió de un recuerdo de infancia de esas personas que rememoraron los antiguos «machangos de las fiestas del Hoyo» en Lodero, muñecos que giraban impulsados por una rueda de fuego”.Hace mención también a que estos antiguos peleles eran preparados por la familia de pirotécnicos o “fogateros” de Don Antonio Cruz. Unos machangos que hoy se conservan preparados por un nieto de aquél, D. Tomás Cruz Santos, en las fiestas de la vecina ermita de Santa Rosalía de Palermo, cuya onomástica es el 4 de septiembre.

 

Tanto gustó este número que, a partir de entonces, se comenzaría a incluir en el programa de actos. La tramoya se complicaría algo más y en la siguiente edición, sería un pequeño trono cargado por cuatro vecinos. Sobre estas andas iría el machango al que llamarían “el borracho, en reivindicación del carácter vinícola de la zona”.

Al tercer año sería una mujer la protagonista a la que llamaron “borracha” de grandes dimensiones, una circunstancia que no ha vuelto a repetirse hasta la fecha. Para que bailase lanzando fuego, tuvieron que ser dos bailarines los que se introdujeron en su interior. Tuvieron grandes dificultades para bailar esta gran figura, debido a que los materiales utilizados eran muy pesados y era complicada su maniobrabilidad. Ya en la cuarta edición, sería sólo bailado por una única persona, naciendo definitivamente lo que hoy conocemos como el “Borrachito Fogatero”.

Es muy importante la preparación técnica de esta figura. En estas últimas ediciones ha colaborado la empresa de  piroctecnia palmera “Hermanos Cabrera”. Unos profesionales del ramo cuyo brillante quehacer ha contribuido considerablemente al éxito de este anhelado número popular. La seguridad se combina sabiamente con un gran estallido de luz y colorido. Un trabajo bien hecho que ha ayudado a arraigarse un poco más en cada edición en el pueblo mazuco. Se diría que su fama ha traspasado las fronteras del municipio y ya, afortunadamente, el número de fuego es conocido a nivel insular, cuando cumple su aniversario número veintisiete.

Una estructura más adecuada que se iría mejorando con el paso de los años y con la experiencia, tanto en su aspecto técnico como de imagen. El número ha ido ganando espectacularidad y colorido con el paso del tiempo. El muñeco ha mejorado estéticamente y también los fuegos artificiales que se emplean. Sería en el año 1994 cuando se confeccionaría una imagen con un muy satisfactorio acabado.

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  • VELÁZQUEZ RAMOS, Cirilo: Historia General de Villa de Mazo, Excmo. Ayuntamiento de Villa de Mazo, Centro de la Cultura Popular Canaria, 1999.