[*Drog}– Cinco cosas que debes tener en cuenta en tu relación de pareja, si es que quieres conservarla

2014-10-12

Me complace encontrar artículos que, como el que sigue, no dan consejos sobre romanticismo ni príncipes/princesas azules ni pajaritos preñados, sino sobre aspectos prácticos, realistas y con sentido.

Creo que faltó añadir el daño que puede hacer el silencio usado sistemáticamente como respuesta, algo que va en contra de la generación y fortalecimiento de la confianza, y a favor del perjuicio que puede causar el que a uno le obliguen a adivinar.

  • Decir en voz alta, sobre todo lo bueno, va en contra de ese silencio.
  • No hay que dar nada por sentado; en esto es preferible ser redundante que repetitivo.
  • Tampoco hay que dar nada por «amarrado», por «pájaro en mano». Como ya he dicho en esta sección varias veces, crear una relación basada en el amor requiere trabajo, y fijarse en los consejos que siguen es parte de tal trabajo.

Al respecto, creo que tenía mucha razón San Francisco de Sales cuando dijo que «Se aprende a hablar, hablando; a estudiar, estudiando; a trabajar, trabajando. De igual forma, se aprende a amar, amando».

Hay en esta sentencia dos elementos clave para el amor:

1. Hablar. Algo imprescindible para la comunicación que, a su vez, es uno de los cuatro pilares en que se basan una buena relación. Hay que decir lo que siente, lo que nos gusta y disgusta, y por qué. Tragarse las cosas, buenas o malas, no beneficia a nadie, como tampoco el soltarlas de mala manera o en momento inoportuno.

2. Estudiar. Es lo que hay que hacer, en silencio, con atención y sin prejuicios, cómo es y qué gusta/disgusta a nuestra pareja.

3. Trabajar. Como ya dije arriba, sólo los drogamorados creen que el amor es un sentimiento que nace espontáneamente y durará eternamente porque fue enviado por el Destino u origen equivalente. No, el crear amor, y mantenerlo activo y fuerte requiere esfuerzo, cuidado y dedicación; o sea, trabajo.

Cuando no puede llevarse a la práctica nada de esto, ya la pareja no tiene futuro.

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08-10-12

Iván Gil

Cinco cosas que debes decir a tu pareja (para conservarla)

Cualquier comentario dirigido a tu pareja, ya sea acertado o desafortunado, determinará el futuro de tu relación, por muy irrelevante que parezca a primera vista la expresión utilizada.

La importancia de lo que se dice, y también de lo que no se dice, se debe a su impacto a largo plazo en la configuración de la imagen mental del receptor sobre el emisor.

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La predominancia de los mensajes positivos está asociada con las relaciones duraderas y los matrimonios felices, mientras que, si los comentarios son mayoritariamente negativos, acabarán por generar un profundo desencuentro entre los miembros de la relación, como argumenta el psicólogo y escritor useño Martin Seligman en su último ensayo Flourish: A visionary new understanding of happiness and well-being.

El psicólogo John Gottman, especializado en relaciones de pareja, ha dedicado varios años a investigar la retroalimentación entre los mensajes positivos y los negativos en los matrimonios, mediante la grabación de sus conversaciones durante días enteros.

Su conclusión fue que la relación ideal para que una pareja siga felizmente casada es de cinco mensajes afectivos y cariñosos por cada reproche o crítica.

Por debajo de una proporción de tres mensajes positivos por cada uno negativo, las posibilidades de divorcio muy altas y a largo plazo acabarán por dinamitar la relación.

Parece una frivolidad reducir los sentimientos a una fórmula matemática, pero este tipo de estadísticas están demostradas científicamente y hasta son usadas en el ámbito de los negocios. La médica, y coaching en crecimiento personal, Susan Biali, autora de Live a life you love, propone cinco consejos para el que el amor de una pareja dure toda la vida:

1. Si estás pensando algo bueno sobre tu pareja, díselo en voz alta

No siempre expresamos con palabras lo que pensamos, principalmente cuando se trata de cuestiones positivas.

Para mantener una buena relación es fundamental acostumbrarse a decir las cosas, y a resaltar los aspectos que más nos gustan de la otra persona.

Con el tiempo hay muchas cosas que se dan por sentadas, pero aun así siempre hay actitudes o acciones que, si nos gustan, debemos halagar. A nadie le desagrada que lo valoren ni se cansará nunca de escuchar cómo destacan alguna de sus cualidades.

2. Reconoce y repite las cuestiones que supuestamente se dan por sentadas

Aunque seas la persona más generosa y amable del mundo, es natural que, con el tiempo, te acostumbres tanto a los rasgos positivos de tu pareja que acabarás pasándolos por alto o te olvidarás de reconocerlos.

Biali recomienda realizar una lista con los aspectos que más te gustan de tu pareja para que, cuando actúe de esa manera, se lo hagas saber.

3. Pensar siempre que detrás de los gestos o actos de tu pareja no hay más que buena voluntad, independientemente de lo que diga o haga

En ocasiones se dice lo contrario de lo que se piensa, y se sobreactúa con la pareja, como recuerda el médico y escritor Emerson Eggerichs en el ensayo El lenguaje del amor y el respeto.

Recordar que la pareja siempre se mueve por sus buenas intenciones es clave para relativizar ciertos descuidos o salidas de tono, porque podrán sobrevalorarse.

En los momentos difíciles y más conflictivos es fundamental ser conscientes de las buenas intenciones de la pareja, para no herir demasiado los sentimientos.

Obviamente, hay situaciones en que una pareja puede cambiar su actitud repentinamente por algún trastorno de personalidad y tener intenciones verdaderamente maliciosas, pero estos casos son una minoría.

4. Ser agradecido

Nunca debemos cansarnos de dar las gracias y reconocer, con un beso o un abrazo, los buenos gestos de tu pareja, para así reforzar los lazos de cariño.

Además, al expresar efusivamente los agradecimientos se potenciarán más este tipo de gestos y se harán con más afabilidad.

5. Antes de hacer un comentario negativo pregúntate si es estrictamente necesario

Las críticas constructivas pueden ser muy útiles, y hasta pueden mejorar la relación, siempre y cuando se cuiden mucho los comentarios, que sean racionales, y que se mediten previamente para no hacerlos en caliente.

Para ello es conveniente preguntarse cuál es la verdadera motivación para reprobar una actitud: si es que uno está enfadado por cuestiones ajenas a la pareja, o si es que está cansado o resentido por algo en concreto, especialmente si la crítica se va a realizar en público.

Esto sólo aumentará los problemas y creará malas sensaciones, por lo que hay que pensarlo mucho antes de “montar un numerito”, explica Biali.

Una buena relación no debe tirarse por la borda por una salida de tono que no hará más que desacreditar a uno mismo y provocar una peligrosa pérdida de confianza.

Fuente: El Confidencial

Cortesía de Natividad Recio

[*Drog}– Tal parece que ahora pueden coexistir el amor y la infidelidad

10-09-12

Carlos M. Padrón

Más abajo copio un artículo sobre el tema en referencia, artículo que tal vez sólo fue escrito para promocionar un libro. Aún así, me preocupan varias aseveraciones que en él se hacen.

Para empezar, se afirma que «Dicen los expertos que el amor, como enamoramiento, dura unos dos años; después aparece lo que denominan el amor maduro».

No es cierto que pasado ese enamoramiento, al que llamo drogamor, aparezca siempre el amor maduro. Además, el amor tarda en madurar mucho más que dos años.

Lo que sí es cierto es que, «a lo largo de nuestra vida, la industria cinematográfica se ha encargado de idealizarnos un ‘amor’ que no se corresponde, ni de lejos, con la realidad. Y que, a través de las películas románticas de Hollywood y de los cuentos de niños con final feliz que nos ha entregado Disney, se nos ha inculcado un concepto de amor que ha hecho mucho daño».

Yo añadiría a la lista dañina las novelas rosa, varios ejemplares de la llamada literatura romántica, y la educación, pues, como ya he dicho en esta sección, la sociedad no se ha preocupado de implantar una asignatura sobre el amor y el drogamor.

Y también es cierto que «lo normal en la vida real es que las parejas convivan con cierto grado de conflictividad», pero lo importante es que tengan la voluntad de gestionar bien, y con amor, esos conflictos de los que no está exenta ninguna pareja.

Por eso, cuando ya uno o ambos miembros no tiene(n) esa voluntad y, en consecuencia, deja(n) de interesarse por el otro y, con espíritu de diálogo conciliador, mandarle refuerzos positivos en vez de palabras o acciones agresivas, es síntoma de que el amor se ha terminado

En lo que sí no estoy de acuerdo es en que «el amor para toda la vida» no sólo se sustenta en amor sino que «requiere al menos una de estas tres cosas: motivos económicos, sociales, y miedo a la soledad».

Me temo que la relación de amor que requiera basarse en uno de estos motivos no es una relación de amor, es sólo de interés, de conveniencia o de miedo.

Hablando en España con una dama vasca, ya mayor y divorciada, me dijo muy en serio que ella no quería casarse de nuevo pero que sí necesitaba una pareja fija. Como justificación para tal apetencia añadió, muy convencida de la solidez de su argumento, que la necesitaba para no andar sola en sociedad, para, por ejemplo, tener quien la acompañara a ir al teatro.

Si acaso convenció a algún hombre, que estuviera buscando pareja, de que aceptara estos términos, lo compadezco.

Por otra parte, veo una contradicción entre eso de que «hay personas que temen a la soledad y, por ello, siguen con su pareja, aunque no estén ya enamorados», y eso de que el enamoramiento dura sólo unos dos años.

Y la guinda es lo de que «Las parejas pueden tener encuentros íntimos con otras personas, pero su pareja es plenamente consciente de ello».

Tendría yo que nacer de nuevo para aceptar que,

  • «En una pareja pueda haber infidelidad y siga funcionando bien»; y que,
  • «En contra de lo que se pueda pensar, en casos de infidelidad de alguno de los miembros de la pareja, eso puede incluso reforzar la relación».

¡Por favor! Si en un caso así existe refuerzo, es que hay de por medio intereses ajenos al amor. No entiendo cuál es el tipo de afecto y cariño que pueda aceptar la infidelidad. Podría yo entender que, en caso de infidelidad, se siguieran seguir viviendo juntos, pero no ya como pareja.

Por lo grave de la infidelidad es por lo que se dice, y con razón, que lo peor en el ser humano es la traición. Y si lo peor es la traición, quisiera conocer la salud mental y emocional de alguien que vuelva a confiar en la pareja que le ha traicionado.

Quien después de haber cometido infidelidad, o de haber traicionado de otro modo, no se sienta culpable, es porque tampoco siente que tenga compromiso alguno con su pareja.

Y no, yo podría aceptar que la clave maestra de nuestra cultura occidental sea el sexo, pero nunca el adulterio, que es, entre otras cosas, un mal uso del sexo.

Menos mal que ya pasó mi juventud, pues, repito ¡mi reino no es de este mundo!

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08/09/2012

Beatriz G. Portalatín

Códigos, normas y otras alternativas del ‘amor’

A Frida Kahlo nunca le importó que su marido, Diego Rivera, fuera un mujeriego empedernido, pues ella también estuvo con más hombres, pero lo que no pudo soportar nunca fue que le engañara con su propia hermana.

Para Frida, primero la lealtad, más tarde la fidelidad. Según han narrado sus historiadores, ambos parecían tener un ‘código particular’ que les hizo estar juntos toda la vida a pesar de importantes e intensas aventuras con otras personas.

Dicen los expertos que el amor, como enamoramiento, dura unos dos años; después aparece lo que denominan el amor maduro. Esto es, el afecto, el querer el bienestar de la otra persona, en definitiva, la búsqueda del equilibrio entre ambos.

Pero las necesidades y las demandas de la sociedad actual no son las mismas de antes, y el ser humano, y especialmente las mujeres, son más independientes que hace algunos años. Hoy en día, muchas parejas establecen unos compromisos explícitos o no, que intentan mantener para salvaguardar su relación.

Y de códigos, normas y otras alternativas al ‘amor’ es precisamente de lo que habla ‘The New Rules: Internet Dating, Playfairs and Erotic Power’, (Las nuevas reglas: relaciones por internet, orgías y el poder del erotismo), el nuevo libro que acaba de publicar la escritora y socióloga Catherine Hakim.

«Necesitamos una visión más flexible de las parejas, no sólo la que está basada en el amor eterno», aseguraba recientemente al periódico ‘The Guardian’. Con esta publicación, pretende abrir horizontes a un mundo que cambia vertiginosamente y, con él, otra nueva idea y concepto del amor.

«Es cierto que la percepción y el sentimiento del amor están cambiando en los últimos años; se han vuelto más realistas», afirma Francisca Molero, médico y sexóloga del Instituto de Sexología de Barcelona. Una de las claves, explica, es que muchas de las ficciones que podemos ver ahora en nuestras pantallas se han vuelto más creíbles. «La ficción copia de la realidad para crear sus obras, pero ésta también coge de la ficción; por tanto, la sexualidad y el amor también cambian», añade.

Idealización del amor

Del mismo modo, José Luis Casado, psicólogo del Centro Senso de Valladolid, asegura que la industria cinematográfica a lo largo de nuestra vida se ha encargado de idealizarnos un ‘amor’ que no se corresponde «ni de lejos» con la realidad.

«Tenemos un concepto de amor inculcado a través de las películas románticas de Hollywood, y los cuentos de niños con final feliz. Disney ha hecho mucho daño», reitera.

El experto explica que la imagen de pareja está sobrevalorada, y que lo normal en la vida real es que las parejas convivan con cierto grado de conflictividad pero, eso sí, «lo importante es saber gestionar esos problemas».

Pero ambos coinciden en que el verdadero cambio de todo concepto y visión del amor y las relaciones está en «el empoderamiento de la mujer», como lo denomina Molero.

Antes, la mujer —explica el psicólogo— sabía que su marido podía tener otra u otras amantes, pero se ‘aguantaba’. Con tal de que estuviera a su lado, él podía hacer lo que quisiera. «Ahora está claro que las cosas, afortunadamente, han cambiado», reitera el experto.

Pero, a pesar de esta ‘vida moderna’, todavía seguimos buscando e idealizando ese amor para toda la vida.

Rosa Malgar, psicóloga y coaching del centro madrileño Fine&You, asegura que entre los jóvenes el deseo y el objetivo de tener una pareja para toda la vida sigue estando presente. «Existe la ilusión de tener a alguien para siempre, y tiene que ver, sobre todo, con el espíritu de supervivencia que tenemos».

José Luis Casado matiza, por su parte, que los jóvenes y adolescentes, efectivamente quieren a alguien a su lado, pero la perdurabilidad de la relación presente, teniendo en cuenta su corta edad y de que su idea de futuro es un futuro cercano, depende en gran parte de la ideología moral de cada persona. «Hay quienes creen que son eternas, vitalicias, y otros que duran lo que dura el amor», explica el experto.

Las claves de la perdurabilidad

La intemporalidad, asegura por su parte la doctora Molero, es más pragmática, realista e independiente. «Estaremos juntos hasta el que el tiempo quiera», asegura, a la vez que añade que los jóvenes saben que el amor se tambalea y que no es omnipresente. Pero, ¿cuándo sabes que el amor se ha terminado? «Cuando dejas de interesarte y de mandarle refuerzos positivos a la otra persona», dice contundentemente.

Y es que, según explican los especialistas, el amor para toda la vida no se sustenta sólo de amor. Con él, debe haber al menos una de estas tres cosas: motivos económicos, sociales, y el miedo a la soledad.

«No hablamos de enamoramiento, sino de perdurabilidad. Para que una pareja perdure, debe haber, además de amor, alguno de estos tres motivos», matiza al mismo tiempo que asegura que hay personas que temen a la soledad y, por ello, siguen con su pareja, aunque no estén ya enamorados. «Eso depende de cada cual», afirma este especialista.

Por todo esto, y a pesar de que el modelo mayoritario que predomina sigue siendo el de la ‘pareja cerrada’, existen cada vez más parejas que establecen unas claves en su relación, esto es, las llamadas relaciones abiertas. Las parejas pueden tener encuentros íntimos con otras personas, pero su pareja es plenamente consciente de ello. «Todo esto depende en parte de los proyectos en común que tenga la pareja». Pero, la mayoría de las veces, no se quiere saber ni cómo, ni cuándo ni con quién. «Detalles no», aclara la especialista.

Infidelidad reiterada

Otra cosa sería hablar de la persistente infidelidad. El 40% de las personas confiesan haber sido infieles a sus parejas, pero, en contra de lo que se pueda pensar, esto puede incluso reforzar la relación. «Si la historia ha sido buena desde el principio, pero ambos se han ido alejando por el trabajo o por los hijos, si esa persona admite el engaño y hace todo lo posible por recuperar a su pareja, la relación puede incluso en un futuro salir reforzada», explica Molero.

Los motivos para perdonar —o «para salvar los restos del naufragio», como afirma Casado— son principalmente: el miedo social, el miedo a estar solo, por los hijos y, por último y sobre todo, por el afecto y el cariño que la pareja se tiene.

«Cuesta mucho superar una infidelidad, incluso años», asegura la psicóloga de Fine&You. Es muy difícil que se vuelva a confiar, explica, ya que «lo peor en el ser humano es la traición». ¿Pero, puedes volver a confiar 100% en tu pareja? Montero lo tiene claro: «Depende de la pareja y de las circunstancias, pero si se está realmente arrepentido y hay una honestidad y credibilidad, se puede volver a confiar plenamente».

Además, asegura Molero que si una persona infiel no se siente culpable, se vuelve mucho más enérgica porque está viviendo de nuevo emociones que ya no vivía, y, por ende, su bienestar físico es mejor. Pero si se da el caso contrario, y sí se siente culpable, su ansiedad aumenta y, por tanto, empeoraría también ese bienestar.

Pero, sea más o menos saludable, o se crea en el perdón o en el propio olvido, lo cierto es que la infidelidad siempre persigue el miedo en todos los seres humanos. Como afirma el psicólogo Casado, «el adulterio es la clave maestra de nuestra cultura occidental. Sin él, no existirían ni el arte, ni las canciones».

Fuente: El Mundo

[*Drog}– Y Pilar Rahola también opina como yo

24-06-12

Carlos M. Padrón

¡Bravo por Pilar Rahola! Más claro no canta un gallo:

  • «Nadie que haya estado enamorado puede dudar de que el enamoramiento es un enganche adictivo que tiende a dominar la voluntad de su víctima, y que cuesta una barbaridad dejarlo… De hecho, es el estadio de mayor estupidez del ser humano»».
  • «Estar enamorado es como estar «colocado» (o sea, drogado)».
  • «El enamoramiento —o sea, el drogamor— es un simple descontrol hormonal, mientras que el amor es un proceso inteligente perfectamente equilibrado entre lo racional y lo sentimental. Es decir, que lo primero habita en instintos básicos, y lo segundo necesita un planeta con un poco de vida inteligente».

El artículo que sigue, que Pilar Rahola ha titulado acertadamente «Una droga llamada amor», lo escribió cuando supo que la Ciencia ha descubierto el lugar exacto del cerebro en el que se originan los sentimientos que se experimentan cuando alguien está enamorado, y determinado que el amor drogamor está en la misma zona cerebral de la adicción a las drogas.

Esto último, lo de adicción a las drogas, es algo que a Pilar Rahola no le sorprende ni a mí tampoco, pues lo he dicho en este blog desde hace tiempo.

Ante tantas evidencias, ¿cuándo se adoptará un término que, como el mío ‘drogamor‘, se use para designar con nombre propio ese desastroso sentimiento que por siglos se ha llamado amor pero que no lo es, sino que, por el contrario, opera como una auténtica droga y causa estupidez y un sinfín de males en quien lo padece, pudiendo hasta arruinar su vida?

Hay que celebrar que cada día son más las voces que se suman a esta denuncia, y es de esperar que no sólo aumenten sino que el caso llegue algún día a ser materia de enseñanza obligatoria desde el comienzo de la adolescencia.

Por ahora, la cosa va todavía muy mal, pues a la juventud se le sigue diciendo en todos los medios —radio, prensa, revistas, libros, cine y televisión— que ese placentero pero engañoso estado de estupidez e incapacidad de raciocinio en que sume el drogamor es como una señal que da el Destino para indicarnos el camino a seguir.

NotaCMP.- Lo en cursiva lo he añadido yo.

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24-06-12

Pilar Rahola

Una droga llamada amor

A pesar de ser una defensora apasionada de la Ciencia, me inquieta un poquito que su larga marcha hacia el conocimiento no tenga freno.

Por supuesto, lo mío es puro romanticismo, pero me inclino a pensar que algunos enigmas del cerebro y de sus contingencias deberían seguir siendo un misterio.

El otro día leía que investigadores de varias universidades (Canadá, EE.UU. y Ginebra) han descubierto el lugar exacto del cerebro en el que se originan los sentimientos que se experimentan cuando alguien está enamorado. Y añadía la información: «El amor está en la misma zona cerebral de la adicción a las drogas». Es decir, que estar enamorado es como estar «colocado».

Ignoro para qué servirá, desde la perspectiva médica, dicha información, pero la verdad es que no resulta ninguna sorpresa.

Nadie que haya estado enamorado puede dudar de que el enamoramiento es un enganche adictivo que tiende a dominar la voluntad de su víctima, y que cuesta una barbaridad dejarlo… De hecho, es el estadio de mayor estupidez del ser humano. Así lo decía Noel Clarasó: «Cuando se habla de estar enamorado como un loco se exagera; en general, se está enamorado como un tonto«.

Ciertamente, el enamoramiento es un simple descontrol hormonal, mientras que el amor es un proceso inteligente perfectamente equilibrado entre lo racional y lo sentimental. Es decir, que lo primero habita en instintos básicos, y lo segundo necesita un planeta con un poco de vida inteligente.

Sin embargo, ¿puede alguien llegar al estadio del amor sin haber sufrido previamente ese torturado descontrol de los sentidos? Me resulta difícil imaginarlo, aunque para gustos, los colores.

El amor… Me parece deliciosa la idea de que sea una droga que se cuece en la zona del cerebro donde hierven las adicciones, porque creo que el amor es uno de los procesos más grandiosos del ser humano, y tener su adicción me parece un buen síntoma.

Quizás es por ello, por tener componentes adictivos, por lo que algunos pueden hacer locuras por amor, pero sinceramente creo que, sobre todo, se hacen maravillas gracias a su fuerza. El verbo ‘amar’ es un verbo redondo, rotundo, que ofrece y obliga, que duele pero enaltece, que desgarra pero sutura, y que nunca falla si no se espera de él más que su entrega.

Su conjugación bien aprendida nos construye como mejores personas, y me resulta imposible imaginar nada bueno de alguien que nunca haya sabido amar. Por supuesto hablo del amor en su acepción amplia, desde la pareja a cualquier componente de nuestro círculo sentimental, padres, hijos, amigos…, el otro, el prójimo.

Por amor atravesamos muros de dificultades, luchamos contra los elementos, nos reconstruimos para mejorarnos, y por amor damos más allá de lo que sabíamos que podíamos dar. Y cuando triunfa por encima de los miedos, es el amor lo que nos hace más fuertes. Una buena adicción para los tiempos del desconcierto.

Fuente: La Vanguardia

[*Drog}– Localizado el lugar del cerebro dónde se origina el amor

20-06-12

Carlos M. Padrón

Lo que dice el artículo que sigue , publicado hoy en ABC.es, me deja muy satisfecho porque me da la razón.

Los investigadores en él mencionados hablan de ‘amor’ y ‘deseo’, pero, aunque no clasifican el primero, si dejan claro que reside en la misma parte del cerebro donde se da la adicción a las drogas.

Por tanto —añado yo— es DROGAMOR, ya que muchas veces he dicho que éste, que no el amor, causa los mismos efectos de la adicción a una droga.

¿Podría alguien, en su sano juicio, sugerir que el drogamor es una guía fiable para tomar decisiones importantes?

Lamentablemente, hay muchas personas que no sólo lo sugieren sino que defienden a capa y espada esa fiabilidad, aunque la persona involucrada en la decisión sea un hijo.

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20/06/2012

Dónde se origina el amor, localizado

Por mucho que insista el dicho popular, el amor no vive en el corazón sino en el cerebro, como ya ha demostrado la Ciencia moderna.

Pero, ¿exactamente dónde? ¿Y es el mismo lugar en el que nace el deseo sexual?

Un equipo internacional de científicos ha creado por primera vez un mapa cerebral que describe el lugar exacto en el que se encuentran estos dos sentimientos tan íntimamente ligados. Y parece que sexo y amor activan cada cual áreas del cerebro distintas pero relacionadas entre sí.

Los investigadores de la Universidad Concordia en Montreal (Canadá), junto a colegas de EE.UU. y Suiza, analizaron los resultados de 20 estudios independientes que examinaban la actividad cerebral mientras los sujetos realizaban tareas tales como la visualización de imágenes eróticas, o mirar fotografías de sus seres queridos.

Mediante la combinación de estos datos, los científicos fueron capaces de formar un mapa completo del amor y el deseo en el cerebro.

De esta forma encontraron que dos estructuras cerebrales en particular, la ínsula (corteza insular) y el cuerpo estriado, son responsables para pasar del deseo sexual al amor.

La ínsula es una porción de la corteza cerebral plegada profundamente dentro de un área entre el lóbulo temporal y el lóbulo frontal, mientras que el cuerpo estriado se encuentra cerca, en el interior del cerebro anterior.

El amor y el deseo sexual activan diferentes áreas del cuerpo estriado. El área activada por el deseo sexual se activa normalmente por las cosas que son inherentemente agradables, como el sexo o la comida. El área activada por el amor está relacionada con el proceso de condicionamiento por el cual a las cosas que tienen que ver con la recompensa o el placer se les da un valor inherente, es decir, cómo el deseo sexual se convierte en amor, lo que se procesa en un lugar diferente en el cuerpo estriado.

Sorprendentemente, esta zona del cuerpo estriado es también la parte del cerebro que se asocia con la adicción a las drogas.

Jim Pfaus, profesor de psicología de Concordia, explica que hay una buena razón para ello. «El amor es en realidad un hábito que se forma a partir del deseo sexual cuando este deseo se ve recompensado. Funciona de la misma forma en el cerebro como cuando las personas se vuelven adictas a las drogas».

Monogamia y pareja

Aunque el amor puede ser un hábito, no es necesariamente uno malo. El amor activa las diferentes vías en el cerebro que están involucradas en la monogamia y en la unión de la pareja. Algunas áreas en el cerebro están en realidad menos activas cuando una persona siente amor que cuando siente deseo.

«Si bien el deseo sexual tiene un objetivo muy específico, el amor es más abstracto y complejo, por lo que es menos dependiente de la presencia física de alguien más», dice Pfaus.

De acuerdo con Pfaus, la neurociencia ha dado a los investigadores una comprensión profunda de dónde la inteligencia y resolución de problemas se sitúan en el cerebro, pero todavía hay mucho por descubrir sobre el amor. Nuevos estudios pueden apuntar con más precisión.

Fuente: ABC

[*Drog}– A vueltas con lo de ‘amistad’ entre hombre y mujer

19-04-12

Carlos M. Padrón

Pretty woman (Mujer bonita) y Friends with benefits (Amigos con derecho a roce) son dos de las películas más porno que he visto, si por porno se entiende lo que puede hacer daño, pues en ambas se proclama a voces la mortal creencia de que el drogamor es guía fiable para formar pareja, y por ello deberían estar proscritas.

En la primera, la moral —aunque ya no esté de moda— sale hecha pedazos, y en la segunda —y sólo por nombrar una de tantas aberraciones que en ella hay—, el padre del protagonista le dice a su hijo que si una mujer desata en él drogamor, ésa es la mujer con la que tiene que casarse, pues es la «mujer de su vida».

Y el pobre viejo se lamenta de que él dejó escapar a la suya, y anima a su hijo a que no cometa el mismo error.

No le dijo que el error suyo estuvo en haber roto la relación antes de tiempo, o sea, antes de haberla «elaborado» para que la ruptura no le causara el trauma que sí le causó.

Quien crea que eso de «follamigos» —que menciona el artículo que copio más abajo— no acarrea consecuencias, está creyendo, como suele decirse, en pajaritos preñados.

La atracción sexual es, en los más de los casos, el detonante que puede dar inicio al drogamor, y, una vez que esa atracción lleve al acto sexual, lo de «amigo» está sobrando, y lo de «follar» conducirá —tal vez primero en él que en ella, o viceversa— a que nazca el sentimiento de drogamor, con las fatales consecuencias que en esta sección se han explicado ya muchas veces.

Por otra parte, ya casi me causa risa el comprobar cómo las mujeres cuentan alegremente —léase el artículo que sigue— que se acuestan con hombres casados, pero, al mismo tiempo, son legión las que acusan a los hombres de ser infieles.

Sería interesante poder determinar, en términos de porcentajes, cuántas buscan atrapar al hombre, y cuántas joder a la mujer de éste. Me temo que buscan ambos fines, pero que el segundo es el que más satisfacción les da.

Artículo relacionado:

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19-04-12

La cama de Pandora. ¿Por qué lo llamamos sexo?

Consulta de Dalia

Hola Pandora, tengo una duda: ¿En qué momento se confunden sexo y amor, y por qué?

Tengo la teoría de que infinidad de mujeres (¿la mayoría?) a partir del tercer polvo que les echan en condiciones, empiezan a pensar que lo suyo trasciende lo meramente físico y, por consiguiente, que lo de su amante también.

Una conocida mía empezó una historia únicamente sexual, preacuerdo mediante, con un hombre casado, pero al cabo del tercer o cuarto encuentro se hacía reflexiones en voz alta acerca del tipo:

«Si la naturaleza nos ha dado esta energía y tenemos este magnetismo, ¿será porque existe algo más que tengamos que descubrir el uno del otro? Ya se sabe que nadie aparece en el mundo de otro por casualidad…».

«Es que parece que adivina lo que quiero en cada momento, es como mi alter ego«.

«Le pido que me cuente cosas de su vida, y juraría que le entiendo y psicoanalizo mejor que nadie».

«¿Qué habrá querido decir con…? Deja el celular en la mesilla y se va a la ducha… eso es que confía en mí».

En fin, la historia termina como todas: él se da cuenta de que ella está perdidamente enamorada, entra en pánico y desaparece.

Tengo otra amiga que dice que debería existir incluso una baja laboral temporal por enamoramiento, que exima de toda responsabilidad al enamorado hasta que consiga poner de nuevo los pies sobre la tierra. ¿Tú qué opinas?

San Sebastián de los Reyes (Madrid)

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Hasta aquí, la consulta; lo que sigue es la respuesta

Completamente de acuerdo con lo último. Yo creo que nuestros representantes en las cámaras legislativas (conozco a uno que es monísimo y, además, parlamentario) deberían introducir una enmienda a la reforma laboral que contemplase una baja por enajenación mental transitoria en caso de enamoramiento frustrado.

De hecho, debería ser como las bajas por maternidad: los dos implicados tendrían derecho a ella, pero con la posibilidad de pasarse los días entre ellos, en beneficio del más perjudicado de los dos. ¿Qué? ¿Adivináis quién puede ser? Exacto: ella.

Has dado en el clavo, amiga: muchas más mujeres de las que están dispuestas a confesarlo se han quedado colgadas de un follamigo. Hoy ya no está de moda hacerse la víctima en plan: «Oh, ha abusado de mi inocencia y de mi confianza…». Porque todas solemos llegar a esa tesitura en la mayoría de los casos (salvo algunas deshonrosas excepciones) más que advertidas.

El que no te pone por delante un contrato de follamigos, se pasa las dos primeras citas clamando las virtudes de su libertad y no te llama ni uno, ni dos, ni tres días después del encuentro, no sea que te creas que se preocupa por ti y te emociones. Algunos ni siquiera contestan a los mensajes.

Además, para engancharnos no hace falta que sea el tipo más gallardo, potente y sexualmente activo del planeta; basta con que nos creamos que cambiará por nosotras. Exactamente igual que le pasa a tu amiga.

Porque, a ver, ¿sabes qué se puede esperar de un tipo casado/comprometido que te advierte de antemano que no piensa separarse, y que sólo quiere entretenimiento en posición horizontal?

Pues yo te lo voy a decir: como mucho, que se duche antes de meterse en la cama; en serio. En el 98% de los casos es inútil empeñarse en hacerle recorrer un camino que él no quiere, pero muchas mujeres pierden tiempo y energías en intentarlo. ¿Y por qué?

Pues creo que es ese maldito complejo de salvadoras que nos echamos encima sin que nadie nos lo pida. Una servidora incluida.

A ver, qué os creéis; yo también me he enganchado con uno que pasaba. En mi descargo confesaré que él no me contó sus planes hasta dos meses (y unos 17 ó 20 encuentros sexuales) después. No es que el tipo valiese gran cosa (mis amigas le llamaban «el feo», con eso os lo digo todo), pero a mí me hacía un ‘nosequé’ indefinible que me gustaba, dentro y fuera de la cama, que me tenía enganchada y entretenida.

Cuando vio el percal, mi amiga Patricia, la psicóloga, me recriminó así:.

—Lo que te hace y que te gusta, tontita, es que pasa de ti. No te devuelve la mitad de las llamadas, Pandora. Sólo te llama cuando tiene ganas de follar.

—No es cierto. Nos vemos cuando podemos, y siempre acabamos follando porque me excita muchísimo, y yo a él más. Y si no me devuelve las llamadas es porque no puede…

—¿Estás loca? Pero si ayer se lo encontró Carmen en la puerta del Ayuntamiento y la cogió bien fuerte por la cintura, coqueteó con ella hasta la saciedad, le pidió el teléfono ¡y a ella sí que la ha llamado!

—¿¡La ha llamado!?… Bueno, eso es porque sabe que es mi amiga y seguro que me están preparando juntos una sorpresa.

Y tanto…

Por supuesto, la siguiente vez que nos citamos saqué, como quien no quiere la cosa, el tema de «si salimos o no salimos con otras personas» y el tipo me soltó, tan fresco y feliz de la vida, que él, desde luego, sí que lo hacía, y que había dado por supuesto que yo también.

Su error fue, claro, «darlo por supuesto». Y el mío, como el de todas, querer ver donde no hay, y pensar que, si le gusta citarse conmigo, cenar conmigo, ir al cine o al teatro conmigo, dormir conmigo, follar conmigo, despertarse conmigo,… y no me había dicho lo contrario, es que tenía conmigo una relación que no tenía con nadie más.

Contestando a tu pregunta de por qué nos pasan una y otra vez estas cosas, te diré que gran parte de la culpa la tiene esa ficción edulcorada tipo ‘Erodisney’ (rollo sexual que acaba con campanas de boda) de películas estadounidenses como ‘Con derecho a roce’, donde Justin Timberlake y Mila Kunis empiezan de follamigos y terminan, como podéis imaginar, camino del altar.

Confesad: ¿qué corazón sensible y pelín cursi no se deja llevar por ese tipo de historias? Pues, ¡sorpresa! No somos sólo nosotras. También hay amigos a los que esto del «derecho a roce» ha pillado más de una vez con el paso cambiado, como a Miguel.

Fuente: El Mundo

[*Drog}– Amor, drogamor y querer

09-04-12

Carlos M. Padrón

Las frases o pensamientos que siguen, supuestamente salidos de mentes brillantes, muestran a las claras la confusión existente entre amor, drogamor y querer.

Además, algunos son contradictorios, como el que asegura que detenerse a pensar si se quiere a alguien significa que ya no se le quiere, vs. el que asegura que nada está nunca acabado, y el que declara —muy acertadamente, en mi opinión— que amar no es solamente querer.

No, amar no es querer, y estar drogamorado sí es querer pero no amar.

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En el momento en que te paras a pensar si quieres a alguien, ya has dejado de quererle.
Carlos Ruíz Zafón

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Nada está nunca acabado; basta un poco de felicidad para que todo vuelva a empezar.
Émile Zola

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Amar no es solamente querer, es, sobre todo, comprender. Somos y crecemos en la medida en que amamos, y amar significa compartir, servir, y entregarse, algo que representa un camino que nunca acabamos de recorrer.

[*Drog}– El divorcio está en los genes femeninos

28-02-12

Carlos M. Padrón

Esto viene a explicar lo que, sin saber el motivo, me dijo una dama de profesión abogada y especialista en divorcios: «En mis muchos años en este trabajo he comprobado que el 90% de los divorcios ocurren porque la mujer lo quiere».

A la explicación dada en el artículo que sigue, me atrevo a añadir la suposición de que esa baja de oxitocina ocurre más en mujeres que son madres, pues ya la Naturaleza consiguió usarlas —casi siempre vía drogamor— para lo que las quiere: para reproducir la especie.

El resto, incluida la relación de pareja, es circunstancial, y tal vez pueda sobrevivir si se usa la razón.

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28/02/2012

La unión conyugal no está en crisis sólo por un cambio de mentalidad en la sociedad sino por una cuestión de herencia genética.

Un estudio sueco del Karolinska Institute asegura haber identificado el gen receptor de la oxitocina, una «hormona del amor» al que adjudican una gran responsabilidad en las separaciones actuales cuando ésta deja de hacer bien su trabajo, además de relacionarla con estados más depresivos cuando hay bajos niveles de esta hormona en el cerebro.

 

Los investigadores del Karolinska Institute han examinado el ADN de más de 1.800 parejas que llevaban juntas más de cinco años, llegando a la conclusión de que las mujeres que presentaban una variación significativa del gen receptor de la oxitocina hablaban de crisis matrimonial y divorcio en un 50% más respecto a las señoras con receptores normales para esta hormona.

La oxitocina, segregada por la hipófisis, desempeña un papel importante como estimulador de las células de los conductos lácteos de las mamas.

Es producida naturalmente por la mujer, sobre todo en el momento del nacimiento de un hijo y en el periodo de lactancia, y contribuye a mejorar la relación entre la mamá y bebe, como ha sido demostrado por estudios científicos sobre animales.

Sin embargo, las mujeres en las que se ha encontrado una variación del gen receptor de esta hormona son en general menos propensas a casarse y a establecer las relaciones afectivas.

Y cuando deciden dar el paso hacia el altar, tienen el doble de posibilidades de «naufragar», según este estudio sueco.

Hasse Walum, quien ha liderado la investigación del Karolinska Institute de Estocolomo, señala el importante papel de la oxitocina en la propensión a relacionarse con la pareja. Tanto es así que, durante el orgasmo, su cantidad en sangre llega a ser cinco veces superior que en una situación normal.

En el caso de los hombres, la «hormona del amor» se llama vasopresina y tiene un papel importante en las infidelidades y las separaciones, así como en el acercamiento a la pareja.

Según un estudio análogo realizado por este instituto hace cuatro años, el papel de la vasopresina en los comportamientos sociales es determinante.

Fuente: ABC

[*Drog}– El fascinante (y peligroso) engranaje del amor: pura magia,… bioquímica

Carlos M. Padrón

Complace saber que el tema del amor, o del drogamor, es objeto de tan detallados y variados estudios.

Sin embargo, las conclusiones no varían con respecto a las que he mencionado en esta sección. Se menciona que, al igual que una droga, actúa en un toxicómano como el deseo de consumir cocaína.

Si bien se atribuye ahora importancia al factor genético, no hay que descartar la importancia de la educación y formación recibida en la casa, en el seno de la familia.

Hay que destacar que se confirma que el amor no es una emoción sino un instinto; es algo universal que se ha encontrado en todas las culturas porque es un fenómeno común a todos los humanos, que está íntimamente ligado al afán de la Naturaleza por perpetuar la especie.

Y, por supuesto, es teoría extendida que su variante, generalmente inicial, de enamoramiento romántico, o amor pasional —lo que llamo drogamor— es obsesivo y no suele durar, pues pierde intensidad con el tiempo, y, en caso de que perdure hay que considerarlo, según Freud, como signo de patología.

No hay que ser médico para entender que algo malo tiene que sobrevenir si la dopanima, serotonina, testosterona, estrógenos, oxitocina y demás sustancias que genera el drogamor continúan pasando por tiempo al torrente sanguíneo,

La parte buena es que, cuando al fin pasa el drogamor, en el mejor de los casos la pareja comparte más un afecto, un acompañamiento, y unos intereses.

En otro artículo, publicado el 13/02/2012 en ABC, se dice que «Hasta doce áreas del cerebro —entre las que se cuentan el hipotálamo, la corteza prefrontal, la amígdala, el núcleo accumbens o el área tegmental frontal— están involucradas en el sentimiento del amor por lo que, según los expertos, sería más adecuado decir «te amo con todo mi cerebro» en lugar de «con todo mi corazón»»

La Dra. Stephanie Ortigue fue incluso un poco más allá al considerar que sólo se tarda medio segundo en enamorarse, puesto que es el tiempo que le lleva al cerebro liberar las moléculas neurotrasmisoras que generan las distintas respuestas emocionales.

No obstante, ha aclarado que «mientras el amor parece inhibir parte de las zonas donde se procesan las ideas racionales, el odio las hiperactiva».

Y en otro, también de ABC,, se dice que en tan sólo medio segundo nuestro cerebro puede vincularnos a otra persona —es el conocido flechazo—, y condicionar nuestra esperanza de vida porque libera al torrente sanguíneo sustancias que afectan a todo el organismo, como adrenalina, dopamina, serotonina, oxitocina y vasopresina.

Un cóctel químico que hará que nuestro corazón vaya más rápido (adrenalina), que al pensar en la persona amada, nos centremos en ella (dopamina), y que ésta ocupe nuestros pensamientos (serotonina) en la tormenta emocional que llamamos enamoramiento.

Posteriormente podremos crear lazos duraderos gracias a la oxitocina y la vasopresina, que ponen en marcha el apego.

Estas moléculas están pluriempleadas, y muchas actúan también como hormonas, de ahí que una de las áreas del cerebro que se encienden cuando nos enamoramos sea el hipotálamo, el regulador hormonal.

  • La adrenalina incrementa la frecuencia cardíaca, contrae los vasos sanguíneos, dilata los conductos de aire, y participa en la respuesta de lucha o huída.
  • La dopamina es clave en el mantenimiento de la atención y en la regulación del dolor.
  • La oxitocina se libera durante el parto y la lactancia; y,
  • La vasopresina se ocupa de regular los fluidos en sangre.

Sin embargo, son las implicadas en la fase de enamoramiento las que tienen mayores repercusiones sobre la salud del cuerpo.

¿Puede considerarse sensato y de fiar tomar una decisión —que, como la de formalizar una relación de pareja puede afectar toda una vida— basándose en algo que apareció en apenas medio segundo, que provoca una tormenta emocional y otras  consecuencias imprevistas, y que no es racional?

***

10/02/2012

El engranaje del amor

Por tanto soñar en el amor, vivirlo, escribir sobre él, llevarlo al cine, y llorar por él, será difícil para muchos admitir que tiene menos de irracional de lo que se creía.

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Pero así es, aunque no deja de ser fascinante: es pura magia,… bioquímica. Al sentir amor, lo que se experimenta es una compleja reacción biológica.

Aunque el amor lo condicionen factores psicológicos y sociales, se origina en unos mecanismos que se activan en el organismo, en que intervienen neurotransmisores cerebrales, hormonas, y genes, seguramente.

La Ciencia va deconstruyendo el amor para comprender mejor al ser humano.

¿Por qué María se enamoró de Santi y no de Luis, aunque les conoció a la vez, y hasta los dos hombres guardan cierto parecido?

“Hasta ahora, una de las grandes preguntas que no sabemos responder es ésa, por qué uno se enamora de una persona y no de otra”, reconoce Helen Fisher, profesora en el departamento de Antropología de la Universidad Rutgers de Nueva York, aunque es más conocida como la antropóloga del amor, por los años que lleva dedicada a su estudio.

Pues bien, Fisher cree que ha dado con alguna respuesta a esa incógnita, y explica:

«Después de descodificar la bioquímica del amor, hemos constatado que hay cuatro tipos de sistemas cerebrales, según la sustancia que más se segrega, y que estarían ligados a personalidades distintas, y que tendrían un papel en el enamoramiento.

  • Si una persona produce mucha dopamina, que es un neurotransmisor cerebral, esa persona tiene una personalidad exploradora, curiosa, energética;
  • Si produce mucha serotonina, que es otro neurotransmisor, tiene una personalidad que yo llamo de constructor, convencional, meticulosa;
  • Si produce mucha hormona testosterona, es lógica, con gran decisión; es una de esas personas a las que les gustan la ingeniería o las matemáticas; y,
  • Si produce muchas hormonas estrógenos u oxitocina, es de personalidad negociadora, imaginativa, compasiva.

Pues hemos observado que las personas que tienen una personalidad curiosa o una convencional tienden a enamorarse de alguien que sea como ellas; en cambio, quien tiene una personalidad donde domina la testosterona, tiende a sentirse atraído por quienes expresan mayores niveles de estrógenos, y viceversa».

Habría tanta razón en aquello de que las personas suelen enamorarse de quien se les parece como en que los extremos se atraen.

Fisher aún trabaja en estos resultados, obtenidos al estudiar, con entrevistas y cuestionarios, a miles de personas enamoradas, y medir su actividad cerebral mediante técnicas de neuroimagen (tomografías y resonancias magnéticas funcionales).

Por ejemplo, se ha medido su reacción a un estímulo, como ver la foto de la persona amada.

Esta base biológica de la personalidad, y su papel en el enamoramiento, campo en el que Fisher se ha volcado en los últimos tres años, le ha abierto otra puerta: la genética del amor, un ámbito en el que apenas se ha profundizado.

“Probablemente, hay razones genéticas, que aún no conocemos —al menos el 50% de lo que somos y hacemos es genético—, por las que, según cuál sea tu personalidad, eliges a alguien del mismo u otro tipo de personalidad”,

dice la antropóloga.

Habría —subraya— una determinación biológica en enamorarse de una u otra persona, además de los factores que se habían considerado hasta ahora: aspectos psicológicos, la atracción visual, compartir unos valores y una cultura, o tener un nivel de inteligencia y socioeconómico similar.

El psicólogo social Arthur Aron, de la Universidad de Nueva York-Stony Brook, también cree que la genética tiene mucho que decir en el amor.

Aron y Fisher han colaborado en los últimos años en diversos estudios, junto a la neurobióloga Lucy Brown y otros investigadores.

En 2005 firmaron una investigación, publicada por la Sociedad Americana de Fisiología, que detalló por primera vez qué experimenta una persona en su cerebro cuando se enamora, es decir, los sistemas cerebrales del enamoramiento. Los hicieron visibles gracias a la neuroimagen.

“Hay diferentes sistemas cerebrales que se activan, por separado y compartiendo algunas áreas, para el sexo, el enamoramiento y el amor duradero, y entendemos ya esos circuitos básicos”,

explica Helen Fisher.

El deseo sexual se activa por las hormonas sexuales (testosterona y estrógenos) y, sobre todo, en regiones del cerebro, como el hipotálamo y la amígdala. Es un mecanismo más primario que el del amor, y menos coincidente con él de lo que se pudiera creer.

En el enamoramiento, el estudio de los investigadores estadounidenses evidenció que se activa, sobre todo, una zona cerebral (área ventral tegmental, en la región subcortical) que segrega dopamina, el neurotransmisor cerebral que rige el placer.

Además, las resonancias magnéticas funcionales mostraron que al ver la persona una foto de su enamorado/a, aumentaba mucho la actividad de uno de los sistemas cerebrales que funcionan con la dopamina, el de recompensa, intencionalidad, y motivación para conseguir algo.

Arthur Aron ya llevaba años trabajando en una teoría que este estudio confirmó: el amor no seguía los parámetros cerebrales de las emociones (como la euforia), sino el de las motivaciones o necesidades.

Aunque a nivel neurológico intervengan emociones (esa motivación origina euforia o ansiedad) y conductas, el amor no es una emoción sino una motivación, sostiene Aron.

Ese mecanismo de gratificación que se activa en el enamoramiento está por debajo de los sistemas cognitivos y emocionales en el cerebro, y regula comportamientos de supervivencia, como los que responden a la necesidad de comida o los que también se ha visto que actúan en un toxicómano ante el deseo de consumir cocaína.

En el amor, sería un sistema primario de búsqueda de pareja.

Los investigadores observaron actividad en otras áreas cerebrales.

Stephanie Ortigue, profesora de Psicología de la Universidad de Siracusa, contabilizó en 2010 que al enamorarse se activan 12 áreas distintas.

Entre ellas, las hay más cognitivas —como las de recuerdo, representación mental o el concepto de imagen corporal—, u otras donde se sopesan los riesgos de pérdidas/beneficios, ante el amor, pero igualmente en cuestiones económicas.

Dice Helen Fisher que “El amor es una de las fuerzas que mueven el mundo; por eso decidí estudiarlo. Está en nuestro interior y es universal”.

Subraya que no se ha encontrado una cultura en la que no esté presente. Obedecería, en buena medida, a esos mecanismos naturales.

“Hace 30 años que estudio el amor, y la verdad es que en las múltiples investigaciones que se han hecho sobre qué pasa en el cuerpo, en el cerebro de una persona, cuando se enamora, se ve lo mismo sea cual sea su sexo, edad o incluso su cultura, clase socioeconómica y el lugar donde vive. Es un fenómeno común a todos los humanos”,

corrobora Arthur Aron.

Hay diferencias en el amor, pero más bien parecen culturales (como que en algunas culturas esté mal vista la pasión), y se han observado diferencias biológicas por sexos, pero no se sabe hasta qué punto son fruto de años de influencias culturales. Y nunca alteran los mecanismos básicos.

Señala Fisher que

“A las mujeres y los hombres no les gusta lo mismo, ni actúan igual, aunque cuando se enamoren funcione el mismo mecanismo cerebral con pocas diferencias. En los hombres, por ejemplo, hemos visto más actividad en zonas del cerebro relacionadas con lo visual, y en mujeres, con los recuerdos. Si se reflexiona, durante milenios el hombre miraba a una mujer y juzgaba si le valía como pareja, mientras que la mujer muchas veces no podía ver a ese hombre; también el hombre es mayor consumidor de pornografía… Otra diferencia es que parece que las mujeres se enamoran más rápido, pero el hombre quiere ir a vivir juntos más rápido que la mujer… Hay diferencias a la hora de la elección de pareja, pero no sabemos cuánto las condicionan los factores psicosociales».

Fisher sostiene que la razón por la que el amor es universal, y sus mecanismos naturales tienen rasgos comunes en diferentes especies animales, es que el amor humano derivó de un mecanismo primario, el de apareamiento, que desde Darwin se ha observado en muchas especies de mamíferos y hasta de aves. En su opinión, el amor es un instinto.

“En la evolución hay selección natural y, al mismo tiempo, actúa una selección cultural. Desde un principio, existía un mecanismo encaminado a favorecer la reproducción y la continuidad de la especie. En muchas especies, se da el cortejo entre el macho y la hembra, que no es más que un sistema natural de acercamiento, de test de complementariedad para el apareamiento. En los homínidos, a partir de un momento determinado, eso derivó en algo social, cultural (y sometido a evolución): el cortejo o el apareamiento ya no tienen necesariamente como objetivo la reproducción, y se estipulan diferentes mecanismos sociales en la relación macho/hembra. Ese sexo social da lugar al amor, que es un sistema neuroquímico, una producción de sustancias cerebrales que pasan al torrente sanguíneo, pero que se complementa con una actividad social; hoy el amor son adquisiciones que se han ido haciendo poco a poco con la evolución”, sostiene Eudald Carbonell, catedrático de Prehistoria en la Universitat Rovira i Virgili de Tarragona y codirector de las excavaciones arqueológicas de Atapuerca.

Carbonell desarrolló esta teoría “porque comprendí que para entender la evolución sexual había que relacionarla con los cambios sociales”, dice, y la recogió en su libro «El sexo social».

Ese salto del apareamiento con fin reproductor al amor social, Carbonell lo sitúa “probablemente hace unos 400.000 ó 500.000 años, cuando creemos que aparecieron los mecanismos de conciencia social (cuando los ancestros empezaron a enterrar a los muertos, adquirieron estructuras simbólicas…); hasta entonces, seguramente había un comportamiento biológico, como el que mantienen otras especies”.

Las primeras representaciones de aspectos sexuales y amorosos que se han hallado datan de hace 30.000 ó 40.000 años.

Helen Fisher señala que un rasgo de ese mecanismo de apareamiento, común en diversas especies animales, es una fuerte y rápida atracción inicial (en algunos estudios se ha visto que se activan también en animales los circuitos de la dopamina o de un factor de crecimiento nervioso) que en las personas sería lo que se llama amor a primera vista.

Pero la sofisticación del amor humano es enorme. Siempre se ha discutido, por ejemplo, si el encendido amor inicial puede durar. La teoría más extendida es que, con el tiempo, pierde intensidad, y la pareja comparte más un afecto, un acompañamiento, unos intereses,…

Se pone a menudo fecha de caducidad a ese amor inicial. Freud consideraba, incluso, que si perduraba era signo de patología.

Un estudio de Bianca Acevedo, neurocientífica de la Universidad Cornell de Nueva York, con Aron (de quien fue discípula), Fisher y Brown, desveló en 2009 el tercer mecanismo del amor, tras el sexual y el enamoramiento: el del amor duradero. Y no dejó de sorprender, porque mostró que el amor inicial puede perdurar.

La investigación se hizo con personas que tenían relaciones de pareja de 10, 15 años ó más, y que se declaraban muy enamoradas.

La neuroimagen reveló que, en su reacción cerebral ante el amado/a, seguía funcionando el mecanismo del amor inicial de dopamina y área de gratificación.

Además, se activaban otras zonas cerebrales distintas (en mayor número incluso que en el enamoramiento inicial), en las que se producen los péptidos oxitocina y vasopresina, que regulan los lazos afectivos intensos, la empatía, lo que se relaciona con el apego y el compromiso.

Se segrega también serotonina —neurotransmisor que modula las emociones, y que en el amor inicial tiene una baja actividad—,y hay una actividad en el área de receptores opiáceos que funciona al tomar fármacos contra el dolor o la depresión, lo que explicaría que estas relaciones largas sean de bienestar y más calmadas.

La oxitocina, llamada hormona del amor, se segrega en gran cantidad en el acto sexual y en el parto, momentos en los que se establece un lazo intenso con otra persona. Los mecanismos cerebrales del amor duradero coinciden en parte con los que se activan en el amor hacia los hijos.

Otro de los destacados neurobiólogos que han estudiado el amor —Semir Zeki, del Colegio Universitario de Londres— comprobó, además, que tanto en el amor romántico como en el maternal se inhibe la actividad en el área cortical del cerebro donde radican el juicio y el razonamiento, lo que explica aquella consideración popular de que a veces el amor es ciego.

Lo que se sabe del amor no resuelve todavía todos sus misterios.

Si hay una base biológica en cómo experimentan los humanos el amor, ¿cómo se explica que a unos les vaya tan bien y otros sean desgraciados?

Responde Fisher: “Es que en el circuito del amor hay muchos eslabones que aún no hemos descifrado. Y una persona puede enamorarse de otra que, por personalidad, incluso genéticamente, es su media naranja perfecta, pero no funcione la relación.

¿Por qué? Pues, quizás, porque no estaban preparadas una u otra para el amor. O una pareja puede estar locamente enamorada, se da el chute bioquímico en el cerebro, se lanzan a la relación, pero después les va mal. ¿Por qué? Pues porque la gente cambia, pueden tener hijos, o uno u otro pueden perder el trabajo, o hacerse adictos al alcohol…. Hay factores que pueden estresar una relación, muchas experiencias que influirán más allá de la biología, y depende de cómo las gestionen”.

Para entender mejor algunos aspectos, Aron estudia ahora la biología de caras negativas del amor, como el ansia o los celos (en los que la oxitocina también tiene un papel).

Acevedo ya estudió el amor pasional, más obsesivo (en que parece que se activa menos el área ventral tegmental básica en el enamoramiento romántico), y concluyó que no suele durar, y que resulta menos satisfactorio que el amor duradero. Ahora estudia el amor compasivo.

Fisher ha analizado el rechazo amoroso como otra vía para entender el amor.

Una investigación con personas que habían sido dejadas por sus parejas deparó paradojas como que al mostrarles las fotos de sus examados se activaban en su cerebro las zonas que rigen el cálculo de riesgos, la del dolor, pero asimismo el sistema de recompensa del amor inicial, como si las personas se esforzaran aún más en conseguir a quien amaban.

La antropóloga concluyó que se acentuaba todavía más la coincidencia con los mecanismos de las adicciones.

Semir Zeki fue más allá, y analizó los circuitos biológicos del odio (que en el córtex y el subcórtex cerebral comparten actividad con los centros de decisión para actuar o la agresividad) y comprobó que, aun siendo engranajes diferentes a los del amor, había actividad común en algunas áreas (como las de los estímulos).

Y, curiosamente, la mayor diferencia que halló es que, si bien ya había comprobado que en el amor baja la actividad en amplias áreas cerebrales ligadas al juicio y al razonamiento crítico, eso no ocurre en el odio, sino más bien al contrario, se activan.

Si se conoce la fórmula química del amor, cabe pensar si no se comercializará a no tardar una píldora del amor. Algunos psicólogos y neurobiólogos ya lo han apuntado y, de hecho, se comercializa una supuesta oxitocina, aunque no están probados sus efectos.

Ni Fisher ni Aron, por ejemplo, creen que se vaya a comercializar una píldora del amor aunque fuera posible reproducir artificialmente la fórmula química (igual que hay drogas que alteran diferentes puntos del cerebro o fármacos para modular la producción de serotonina o de hormonas) y o aunque hasta pudiera ser útil para terapias contra la depresión o para problemas de pareja.

“Yo creo que una persona quiere enamorarse de manera natural, y no quiere amar de forma abstracta; hay muchos aspectos de contextualización en el mecanismo cerebral del amor. Si estás listo para enamorarte y encuentras a alguien con una personalidad que encaja en la tuya, y te gusta el tiempo que pasas con esa persona,… no creo que eso pueda reproducirse mediante una poción”,

apunta Fisher.

Añade Aron:

“No sería una sorpresa si se reprodujera en laboratorio la experiencia química que supone el amor en el cerebro, pero es que el amor no es sólo ese mecanismo químico, hay otros aspectos asociados: la relación con otra persona, o lo que compartes con ella, es difícil de reproducir. Entre los últimos estudios, hemos visto que el amor se autoalimenta; que, en relaciones duraderas, la asociación con la pareja, lo que comparten, el hacer juntos cosas excitantes,… aumenta el amor, lo que se evidencia en cambios de actividad cerebral. Esto sería muy complejo de reproducir sólo con fármacos”.

Aunque en los últimos años haya desvelado muchos aspectos, la biología no explica científicamente todo sobre el amor. Hay que recurrir, además, a la sociopsicología, y faltan estudios con más población y más diversidad de parejas.

Pero los resultados nunca dejan de sorprender. Una muestra: un estudio realizado en 2008 con parejas estadounidenses de 18 a 46 años indicó que las actitudes de un integrante de la pareja hacia el otro tienden a parecerse, pero también que todavía se nutren de estereotipos.

Así, ellos exageraron, y ellas subestimaron el temor de sus parejas al abandono, y lo mismo se constató al preguntar a los hombres por el deseo sexual de sus mujeres (era mayor de lo que ellos creían), y a ellas por el deseo de independencia de sus hombres (era menor de lo que las mujeres decían).

Fuente: La Vanguardia

[*Drog}– El matrimonio: un invento burgués (que hizo más peligroso el drogamor)

Carlos M. Padrón

El artículo que sigue descubre los orígenes del drogamor, y deja claro que éste no sirve como argumento para llegar al matrimonio, ni como pilar para mantenerlo.

Si eso que el drogamor insiste en hacer creer al drogamorado —que es posible combinar por siempre en una sola persona las emociones de amor, deseo y felicidad— es ilusoria ambición, el dejar que eso mismo nos arrastre a la cárcel del matrimonio es un suicidio y, cuando menos, un seguro de frustración antes de los tres años, pues la experiencia ha demostrado hasta la saciedad la poca duración de la coexistencia entre lo romántico, lo sexual y lo familiar.

Es falsa, por tanto, la creencia de que, con sólo la ayuda de la otra persona, puede uno satisfacer todas sus necesidades románticas, sexuales, de convivencia y de familia.

Y esto incluye no sólo descendientes sino también parentela.

Como muy bien se dice al final, el matrimonio feliz no sólo es un mito, es algo infinitamente más frustrante que eso: es una posibilidad bastante rara, pues las probabilidades de que ocurra son mínimas.

En mi opinión, Joseph Joubert merece un reconocimiento por este invalorable, saludable y más que acertado consejo:

Sólo debes escoger por esposa a la mujer que elegirías como amigo si ella fuese un hombre.

Un sutil faceta de tal consejo es que está dirigido al hombre porque es él quien, al final, resulta atrapado en las redes del matrimonio que le monta un ser que busca cumplir con el más poderoso de los instintos: el maternal.

Pero el Sr. Joubert no tomó en cuenta la metamorfosis que ocurre en la mujer a medida que se adentra en su rol de esposa.

***

El matrimonio: un invento burgués

31.07.11

Alain de Botton

Esperar del matrimonio amor, deseo y una familia feliz es casi pedir lo imposible.

Pero ésa es una expectativa moderna que nació de una realidad económica.

Ninguna de las emociones que esperamos encontrar en un matrimonio moderno son inusuales; aparecen bien descritas en el arte y la literatura de todas las culturas y eras. Lo que hace el matrimonio moderno extraordinario es la ilusoria ambición de que todas las emociones deben ser disfrutadas durante toda la vida con la misma persona.

Los trovadores de la Provenza del siglo XII tenían una percepción compleja del amor romántico que incluía el dolor generado por la visión de una elegante figura, el insomnio por la esperanza de un encuentro, y el poder de unas pocas palabras y de las miradas.

Pero estos cortesanos no tenían ninguna intención de combinar esas emociones con la realidad paralela de formar una familia, ni siquiera pretendían tener relaciones sexuales con aquéllos/as a quienes amaban apasionadamente.

Emociones subversivas

Por su parte, los libertinos de principios del siglo XVIII en París estaban muy familiarizados con el repertorio emocional del sexo: el placer de desabrochar por primera vez las prendas de otra persona, la emoción de explorarse el uno al otro a la luz de las velas, la emoción de seducir a alguien en secreto en una misa, etc.

Sin embargo, estos eróticos aventureros sabían que sus placeres tenían muy poco que ver con sentar las bases de un compañerismo, o con criar una tropa de niños.

Y el impulso de vivir en pequeños grupos familiares, en los que crezca la próxima generación, ha acompañado a la mayor parte de la Humanidad desde los primeros días en que caminamos sobre dos piernas en el Valle del Rift, en África Oriental.

No obstante, muy rara vez eso llevó a la gente a pensar que tal vez la tarea de criar una familia estaría incompleta sin el ardiente instinto sexual o el deseo frecuente de ver a la pareja.

La incompatibilidad de los lados romántico, sexual y familiar de la vida, se consideraba una característica sencilla y universal de la edad adulta, hasta que, a mediados del siglo XVIII, en los países más prósperos de Europa, un nuevo y extraordinario ideal comenzó a tomar forma en un sector particular de la sociedad: amarse, desearse y reproducirse con una sola persona.

Este ideal propuso que las personas casadas deberían no sólo tolerarse mutuamente por el bien de los niños, sino que, extraordinariamente, deberían también esforzarse en amar y desear profundamente a su pareja.

Debían manifestar en sus relaciones el mismo tipo de energía romántica que los trovadores habían mostrado por sus cortesanas, y el mismo entusiasmo sexual que el que había sido explorado por los eróticos conocedores de la Francia aristocrática.

El nuevo ideal le planteó al mundo la [falsa] noción de que uno podía satisfacer todas sus necesidades con sólo la ayuda de la otra persona.

Este ideal de matrimonio fue abrumadoramente creado y respaldado por una clase económica específica: la burguesía, que pretendía disfrutar de un equilibrio entre libertad y restricción.

Ni tan ricos, ni tan pobres

En una economía en plena expansión, gracias a la evolución tecnológica y comercial, esta nueva clase podía tener más que las limitadas expectativas de órdenes inferiores.

Con un poco de dinero ahorrado, los abogados de la burguesía y los comerciantes podrían elevar sus expectativas y esperar de una pareja algo más que simplemente compañía para sobrevivir el próximo invierno.

Al mismo tiempo, sus recursos no eran ilimitados. Ellos no tenían el infinito tiempo libre de los trovadores quienes, como heredaban fortunas, podían pasarse tres semanas escribiendo una carta para celebrar la belleza de la punta de la nariz de la amada, pues los burgueses tenían negocios y almacenes que dirigir.

Tampoco podía la burguesía permitirse la arrogancia social de los libertinos aristocráticos —cuyo poder y estatus les daba la confianza para romper corazones y destrozar familias—, ni tenía la riqueza necesaria para lidiar con las desagradables consecuencias de sus travesuras.

La burguesía estaba, por tanto, ni tan abatida como para no creer en el amor romántico ni tan liberada de la necesidad como para darse el lujo de enredos eróticos y emocionales sin límites.

La inversión en una sola persona, legal y eternamente contratada, representaba una frágil solución a su particular necesidad emocional y limitación práctica.

‘Salario significa esclavitud’

No pudo haber sido una coincidencia que una fisión similar de la necesidad y la libertad se hiciera evidente, justo en el mismo momento, en relación con ese segundo pilar de la felicidad moderna: el trabajo.

Durante siglos, la idea de que el trabajo podría algo diferente a sufrimiento había sido totalmente inadmisible.

Aristóteles afirmó que todo el trabajo realizado a cambio de un salario era sinónimo de esclavitud, una desoladora valoración a la que el Cristianismo había añadido la idea de que la dureza del trabajo era una penitencia por los pecados de Adán.

A pesar de todo, en el mismo momento en que el matrimonio estaba siendo replanteado, hubo voces que comenzaron a discutir que el trabajo era tal vez algo más que un valle de lágrimas por la supervivencia, y que, por el contrario, podría ser un camino hacia la autorrealización y la creatividad. Podría ser tan divertido como algo que uno hace sin que le paguen.

Las virtudes que, previamente, la aristocracia había asociado sólo con ocupaciones no remuneradas, empezaron a parecer posibles también en cierto tipo de empleos remunerados.

Tal vez se podía convertir un hobby en trabajo; tal vez uno podía hacer por dinero lo que habría querido hacer de todos modos.

¿El mito del matrimonio feliz?

El ideal burgués del trabajo, al igual que su equivalente matrimonial, era una encarnación de una posición intermedia.

Uno necesitaba trabajar por dinero, pero el trabajo podía ser agradable —al igual que el matrimonio no podía escapar de las cargas tradicionales asociadas a la crianza y educación de los hijos— y, aun así, no tenía que carecer de algunas de las delicias de una aventura amorosa y una obsesión sexual.

La visión burguesa del matrimonio convirtió en tabú una serie de conductas, conductas que previamente eran toleradas o, al menos, no habían sido vistas como una causa de la destrucción de uno mismo o de su familia, pues la idea de que se podía romper la familia por tener relaciones sexuales con alguien fuera de ella, habría sido ridícula para un libertino.

El ideal burgués no es una ilusión. Hay, por supuesto, matrimonios que fusionan perfectamente los tres elementos: romántico, erótico y familiar.

No podemos decir, como a veces los cínicos se siente tentados a hacer, que el matrimonio feliz es un mito, no, el matrimonio feliz es algo infinitamente más frustrante que eso: es una posibilidad bastante rara.

No hay ninguna razón metafísica por la que el matrimonio no colme nuestras expectativas, el problema es que las probabilidades de que eso ocurra son mínimas.

Fuente: BBC Mundo