[*Drog}– A vueltas con lo de ‘amistad’ entre hombre y mujer

19-04-12

Carlos M. Padrón

Pretty woman (Mujer bonita) y Friends with benefits (Amigos con derecho a roce) son dos de las películas más porno que he visto, si por porno se entiende lo que puede hacer daño, pues en ambas se proclama a voces la mortal creencia de que el drogamor es guía fiable para formar pareja, y por ello deberían estar proscritas.

En la primera, la moral —aunque ya no esté de moda— sale hecha pedazos, y en la segunda —y sólo por nombrar una de tantas aberraciones que en ella hay—, el padre del protagonista le dice a su hijo que si una mujer desata en él drogamor, ésa es la mujer con la que tiene que casarse, pues es la “mujer de su vida”.

Y el pobre viejo se lamenta de que él dejó escapar a la suya, y anima a su hijo a que no cometa el mismo error.

No le dijo que el error suyo estuvo en haber roto la relación antes de tiempo, o sea, antes de haberla “elaborado” para que la ruptura no le causara el trauma que sí le causó.

Quien crea que eso de “follamigos” —que menciona el artículo que copio más abajo— no acarrea consecuencias, está creyendo, como suele decirse, en pajaritos preñados.

La atracción sexual es, en los más de los casos, el detonante que puede dar inicio al drogamor, y, una vez que esa atracción lleve al acto sexual, lo de “amigo” está sobrando, y lo de “follar” conducirá —tal vez primero en él que en ella, o viceversa— a que nazca el sentimiento de drogamor, con las fatales consecuencias que en esta sección se han explicado ya muchas veces.

Por otra parte, ya casi me causa risa el comprobar cómo las mujeres cuentan alegremente —léase el artículo que sigue— que se acuestan con hombres casados, pero, al mismo tiempo, son legión las que acusan a los hombres de ser infieles.

Sería interesante poder determinar, en términos de porcentajes, cuántas buscan atrapar al hombre, y cuántas joder a la mujer de éste. Me temo que buscan ambos fines, pero que el segundo es el que más satisfacción les da.

Artículo relacionado:

***

19-04-12

La cama de Pandora. ¿Por qué lo llamamos sexo?

Consulta de Dalia

Hola Pandora, tengo una duda: ¿En qué momento se confunden sexo y amor, y por qué?

Tengo la teoría de que infinidad de mujeres (¿la mayoría?) a partir del tercer polvo que les echan en condiciones, empiezan a pensar que lo suyo trasciende lo meramente físico y, por consiguiente, que lo de su amante también.

Una conocida mía empezó una historia únicamente sexual, preacuerdo mediante, con un hombre casado, pero al cabo del tercer o cuarto encuentro se hacía reflexiones en voz alta acerca del tipo:

“Si la naturaleza nos ha dado esta energía y tenemos este magnetismo, ¿será porque existe algo más que tengamos que descubrir el uno del otro? Ya se sabe que nadie aparece en el mundo de otro por casualidad…”.

“Es que parece que adivina lo que quiero en cada momento, es como mi alter ego“.

“Le pido que me cuente cosas de su vida, y juraría que le entiendo y psicoanalizo mejor que nadie”.

“¿Qué habrá querido decir con…? Deja el celular en la mesilla y se va a la ducha… eso es que confía en mí”.

En fin, la historia termina como todas: él se da cuenta de que ella está perdidamente enamorada, entra en pánico y desaparece.

Tengo otra amiga que dice que debería existir incluso una baja laboral temporal por enamoramiento, que exima de toda responsabilidad al enamorado hasta que consiga poner de nuevo los pies sobre la tierra. ¿Tú qué opinas?

San Sebastián de los Reyes (Madrid)

~~~

Hasta aquí, la consulta; lo que sigue es la respuesta

Completamente de acuerdo con lo último. Yo creo que nuestros representantes en las cámaras legislativas (conozco a uno que es monísimo y, además, parlamentario) deberían introducir una enmienda a la reforma laboral que contemplase una baja por enajenación mental transitoria en caso de enamoramiento frustrado.

De hecho, debería ser como las bajas por maternidad: los dos implicados tendrían derecho a ella, pero con la posibilidad de pasarse los días entre ellos, en beneficio del más perjudicado de los dos. ¿Qué? ¿Adivináis quién puede ser? Exacto: ella.

Has dado en el clavo, amiga: muchas más mujeres de las que están dispuestas a confesarlo se han quedado colgadas de un follamigo. Hoy ya no está de moda hacerse la víctima en plan: “Oh, ha abusado de mi inocencia y de mi confianza…”. Porque todas solemos llegar a esa tesitura en la mayoría de los casos (salvo algunas deshonrosas excepciones) más que advertidas.

El que no te pone por delante un contrato de follamigos, se pasa las dos primeras citas clamando las virtudes de su libertad y no te llama ni uno, ni dos, ni tres días después del encuentro, no sea que te creas que se preocupa por ti y te emociones. Algunos ni siquiera contestan a los mensajes.

Además, para engancharnos no hace falta que sea el tipo más gallardo, potente y sexualmente activo del planeta; basta con que nos creamos que cambiará por nosotras. Exactamente igual que le pasa a tu amiga.

Porque, a ver, ¿sabes qué se puede esperar de un tipo casado/comprometido que te advierte de antemano que no piensa separarse, y que sólo quiere entretenimiento en posición horizontal?

Pues yo te lo voy a decir: como mucho, que se duche antes de meterse en la cama; en serio. En el 98% de los casos es inútil empeñarse en hacerle recorrer un camino que él no quiere, pero muchas mujeres pierden tiempo y energías en intentarlo. ¿Y por qué?

Pues creo que es ese maldito complejo de salvadoras que nos echamos encima sin que nadie nos lo pida. Una servidora incluida.

A ver, qué os creéis; yo también me he enganchado con uno que pasaba. En mi descargo confesaré que él no me contó sus planes hasta dos meses (y unos 17 ó 20 encuentros sexuales) después. No es que el tipo valiese gran cosa (mis amigas le llamaban “el feo”, con eso os lo digo todo), pero a mí me hacía un ‘nosequé’ indefinible que me gustaba, dentro y fuera de la cama, que me tenía enganchada y entretenida.

Cuando vio el percal, mi amiga Patricia, la psicóloga, me recriminó así:.

—Lo que te hace y que te gusta, tontita, es que pasa de ti. No te devuelve la mitad de las llamadas, Pandora. Sólo te llama cuando tiene ganas de follar.

—No es cierto. Nos vemos cuando podemos, y siempre acabamos follando porque me excita muchísimo, y yo a él más. Y si no me devuelve las llamadas es porque no puede…

—¿Estás loca? Pero si ayer se lo encontró Carmen en la puerta del Ayuntamiento y la cogió bien fuerte por la cintura, coqueteó con ella hasta la saciedad, le pidió el teléfono ¡y a ella sí que la ha llamado!

—¿¡La ha llamado!?… Bueno, eso es porque sabe que es mi amiga y seguro que me están preparando juntos una sorpresa.

Y tanto…

Por supuesto, la siguiente vez que nos citamos saqué, como quien no quiere la cosa, el tema de “si salimos o no salimos con otras personas” y el tipo me soltó, tan fresco y feliz de la vida, que él, desde luego, sí que lo hacía, y que había dado por supuesto que yo también.

Su error fue, claro, “darlo por supuesto”. Y el mío, como el de todas, querer ver donde no hay, y pensar que, si le gusta citarse conmigo, cenar conmigo, ir al cine o al teatro conmigo, dormir conmigo, follar conmigo, despertarse conmigo,… y no me había dicho lo contrario, es que tenía conmigo una relación que no tenía con nadie más.

Contestando a tu pregunta de por qué nos pasan una y otra vez estas cosas, te diré que gran parte de la culpa la tiene esa ficción edulcorada tipo ‘Erodisney’ (rollo sexual que acaba con campanas de boda) de películas estadounidenses como ‘Con derecho a roce’, donde Justin Timberlake y Mila Kunis empiezan de follamigos y terminan, como podéis imaginar, camino del altar.

Confesad: ¿qué corazón sensible y pelín cursi no se deja llevar por ese tipo de historias? Pues, ¡sorpresa! No somos sólo nosotras. También hay amigos a los que esto del “derecho a roce” ha pillado más de una vez con el paso cambiado, como a Miguel.

Fuente: El Mundo

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