[*FP}– Un alfiler en África (1/5)

Carlos M. Padrón

Introducción.

El nombre de MADGRI, que acompaña al de este blog, nació cuando, viviendo yo en Madrid entre 1993 y 1995, comencé a escribir, y a enviar a gente de IBM de América Latina, reportajes sobre lo que de raro o novedoso veía en España y en otros países de Europa a los que iba por trabajo o placer.

A finales de diciembre de 1994, y para “partir” el año, viajé a Marrakech, y por lo accidentado de este viaje, de regreso a Madrid escribí el consiguiente reportaje, pero, por motivos que ahora no recuerdo, nunca lo envié.

Hace unos días lo encontré entre mis papeles, y aunque tiene ya 11 años —fue escrito en Madrid en los primeros días de enero de 1995, a los pocos de haber regresado yo de ese viaje, lo cual hay que tener en cuenta al leerlo—, he decidido publicarlo aquí para compartir con ustedes, en cinco capítulos, aquella “interesante” experiencia.

Más vale tarde que nunca.

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Un alfiler en África (1/5)

En mi casa en Caracas tengo un mapamundi de pared en el que he ido clavando un alfiler en cada ciudad que he visitado y que aparezca en ese mapa. Hay alfileres en todos los continentes excepto en África, lo cual me había creado un cierto síndrome de coleccionista frustrado.

Dispuesto a remediar esta situación me puse en contacto con las agencias de viajes que ofrecían paquetes (boleto aéreo, hotel de 4 estrellas con media pensión, traslados aeropuerto-hotel-aeropuerto, etc.) muy comunes aquí para viajar a casi a cualquier parte del mundo, y en Dunia Tours conseguí uno para pasar en Marrackeh (se pronuncia marrakesh, y está en Marruecos, al borde suroeste del Sahara) el fin del año 1994 y recibir allí el 1995. La idea me resultó interesante porque a varios IBMistas les había oído hablar muy bien de esa ciudad, e incluso IBM-España había celebrado allá la convención HPC (Hundred Percent Club = Club del 100%) correspondiente al año 1992.

Entre los consejos que me dieron en la agencia estaba que hablara siempre español, porque todos me entenderían y me tratarían muy bien por ese motivo, y que si no encontraba grupo para excursión a algún sitio al que quisiera yo ir, que negociara con un taxi del hotel, que por un precio razonable se pasaría el día a mi servicio, pues hay muchos taxis y no tantos clientes que los contraten por todo un día.

En especial me aconsejaron que por nada dejara de visitar el Zoco, pero que fuera primero en tour y luego solo, pues valía la pena dedicarle mucho tiempo. También me dijeron que, lamentándolo mucho, el paquete incluía, sin posibilidad de eliminación dadas las fecha, una cena de fin de año, en el hotel, que costaría 13.900 pesetas, a pagar en el mismo hotel.

Y entre la folletería que me entregaron, y que incluía un panfleto editado por el organismo estatal que en Marruecos se encarga del turismo, se decía, entre otras, cosas, que en Marrakech se hablaba, en orden de prioridad, árabe, francés, español e inglés; que el cambio al momento era de unas 15 pesetas por dirham (DRM); que se podía cambiar a la misma tasa tanto en los hoteles como en los bancos; que, previa presentación de comprobantes oficiales de esos cambios, se podía, ya en el aeropuerto, cambiar DRM a la moneda original usada para adquirirlos; y que los marroquíes, que eran muy dados al comercio, gustaban mucho de regatear, pero exigían que se respetara el precio convenido de palabra, pues la palabra dada al final del regateo equivalía a un contrato escrito.

A este respecto se ponía como ejemplo que si uno, después de regatear, aceptaba comprar un artículo en 75 DRM, y un instante después volvía la vista hacia el puesto de venta vecino y veía el mismo artículo a 50 DRM, era mucho mejor que pagara sin protestar los 75 DRM convenidos porque, si no, “enfrentaría una reacción nada agradable de parte del vendedor con el que había convenido el precio de 75 DRM”.

Con todo esto en mente me fui al aeropuerto de Barajas en la tarde del viernes 30/12/1994 dispuesto a usar por primera vez los servicios de la línea aérea RAM —siglas que me sobresaltaron un tanto por aquello de RAMbo, pero que son las de Royal Air Morocco—, lo cual me agradó porque sería una nueva línea aérea para mi colección —la número 49—, y porque Iberia, que era la otra opción, estaba en cuasi-huelga.

En huelga, y no cuasi sino total, estaba ese día el transporte público de Madrid, así que opté por pedir taxi por teléfono. Pasaron 15 minutos antes de que llegara, pero muchísimo más tiempo había pasado desde la última vez que su chofer se había bañado, pues el mal olor dentro del taxi era tal que, a pesar de los cero grados en el exterior y del viento helado que iba a pegarme, me acerqué a la ventanilla trasera derecha y la abrí un poco para poder respirar aire no contaminado. Como eso causó bastante ruido, el taxista, visiblemente molesto, miró un par de veces hacia la ventanilla con cara de estar dispuesto, si no a pedirme que la cerrara del todo, sí a preguntarme por qué la había abierto. Y yo tenía preparada ya mi respuesta —no muy agradable, por cierto— para el caso de que el tipo me dijera algo, aunque tenía también ciertos temores acerca de la reacción que mi respuesta causaría. Pero el “aromático” chofer no dijo nada, y así llegamos a Barajas.

Dado como soy a buscar significados a las mal llamadas “coincidencias”, me dije que este apestoso comienzo no presagiaba nada bueno.

El itinerario del vuelo de RAM que yo tenía que abordar era Madrid-Casablanca-Marrakech. La salida para el primer tramo se retrasó casi una hora. Cuando al fin anunciaron el abordaje, entré de los primeros, siguiendo mi costumbre, pero no lograba ubicar mi asiento, el 9C-Pasillo, porque simplemente los asientos no tenían numeración. Un tripulante me indicó por fin cuál era el mío y, haciendo un acto de fe, me senté en ése —después de colocar en buen sitio mi equipaje de mano— y me ajusté el cinturón.

Al rato llegó una dama de rara vestimenta, y después de hablar con otro tripulante —ya que no era adivina— para saber cuál era su asiento, me dirigió algo parecido a una sonrisa y me pidió en inglés que la dejara pasar porque debía sentarse en el 9B, que era el asiento junto al mío. Para no tener que zafarme el cinturón, decidí encogerme cuanto pude y dejarle paso entre mis rodillas y el respaldo del asiento que estaba delante del mío, e inmediatamente me arrepentí de mi decisión y ratifiqué el mal presagio habido en el taxi, porque el olor que brotó de la axila izquierda de aquella dama de rara vestimenta podía noquear a Casius Clay en sus mejores tiempos.

Medianamente recuperado después de varias inhalaciones profundas —con la cara vuelta hacia el pasillo, por supuesto— rogué a la corte celestial que algún piojo alborotado no fuera a picar a la damita en el lado derecho de su cráneo y ésta se viera obligada a levantar el brazo para rascarse. Afortunadamente eso no ocurrió, y durante los 85 minutos que duró el vuelo a Casablanca el ambiente olfativo estuvo medianamente aceptable, pero no así el auditivo, pues en business class, que estaba apenas tres filas delante de mí, iban unos tipos que se pasaron el viaje pegándole al cante jondo, con palmas y todo, y turnándose para efectuar en el pasillo las contorsiones propias del baile flamenco. Eso fue un martirio de 85 minutos porque el tal canto y el tal baile me caen, desde que siendo adolescente los ví y escuché por primera vez, como una mentada de madre acompañada de una patada allí donde más duele.

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