[*FP}– Neblina (6/7): Mi segundo viaje a Australia

Carlos M. Padrón

Mi segundo viaje a Australia

Desde que ya en mi oficina de Caracas me conecté a Office Vision, encontré cantidad de mensajes enviados por los que sí habían asistido a la reunión de Sydney a la que no pude llegar, y todos eran bromas en las que me decían que en realidad yo no había llegado a Sydney porque me había quedado en las playas de Hawai tomando sol, bebiendo agua de coco y bailando hula-hula en compañía de bellas hawaianas, lo cual ellos entendían muy bien, y envidiaban.

Sin embargo —terminaban diciendo—, consideraban que era imperativo que se efectuara una reunión con mi presencia, y decidieron ponerle fecha tan pronto yo tuviera visa para Australia.

MEU se encargó de los trámites con Neblina, y me dieron la visa al cuarto día de mi llegada a Caracas después del frustrado viaje. Mandé a Sydney la buena noticia y mi llegada a Sydney fue fijada para el domingo siguiente.

Esta vez Neblina tuvo listo todo, y “requeteverificado”, en tiempo record. Con AA volé de Caracas a Los Ángeles vía Miami, y con Qantas desde Los Ángeles a Sydney, ida y vuelta. Y debo reconocer, por esos dos vuelos, que Qantas es la mejor línea aérea con la que jamás volé hasta el día de hoy.

Todo, desde el check-in, la sala VIP del aeropuerto, la bienvenida a la entrada del Jumbo 747, la decoración interna del avión, la distribución de los asientos, la atención a bordo, etc., todo fue, en ambos vuelos, de calificación A1, excepto —siempre ha de haber un pero— que en vez de las dos bellas aeromozas que suelen prestar atención a los viajeros de la parte alta, o segundo piso, del Jumbo 747, nos tocó un individuo, un “aeromozo”, sólo uno, que a todas luces era gay, de la variedad exhibicionista, y en todo —gestos, habla, andar, etc.— hacía alarde de serlo. Según la placa en su uniforme se llamaba Louis, nombre que él pronunciaba como Louise (= Luisa).

No sé si porque el 90% de los que íbamos en el segundo piso del avión éramos hombres, Louis se desvivía por atendernos a todos, pero con una abnegación tal que resultaba agobiante.

A poco de despegar el avión nos hizo la acostumbrada demostración de seguridad, pero adornada con unos gestos tan de gay que opté por ponerme a mirar por la ventanilla. Ya en altura de crucero, ofreció a cada pasajero, con reverencias y alguna que otra zalamería, la carta de bebidas.

Terminada esta tarea, sirvió en un santiamén todas las bebidas, y luego no paró de caminar de un extremo a otro de esa cubierta, con una botella en cada mano, rellenando las copas de los pasajeros apenas veía que sólo les quedaba un dedo de licor. Y mientras estuvo allí no dejó de caminar un solo instante. Era tal su actividad física que mantuvo siempre la frente perlada de sudor.

Los botones para pedir servicio eran en ese vuelo meros objetos decorativos, pues Louis nos hacía un barrido visual a todos cada dos o tres segundos, y cuando un pasajero alzaba su mano para oprimir el tal botón, el aeromozo estaba a su lado antes que la mano del pasajero llegara a destino.

Al momento de servir la comida —previa presentación recitada del menú, seguida de las consiguientes recomendaciones, por supuesto— la colocación del mantelito, cubiertos, vasos, etc. habría causado la envidia de la más delicada fémina. Acto seguido, Louis se dedicó a intentar colocarle un babero a cada pasajero. Y digo “intentar” porque muchos, como yo, lo rechazaron, pero a quienes lo aceptaron se los colocó con un estilo de desmedido esmero, en una especie de ceremonia de movimientos bien calculados, y se los ató con un nudo en la nuca.

Si se trataba de un hombre cuyo cabello fuera un tanto abundante cerca del cuello, Louis asumía que en la tarea de amarrar el babero había desordenado ese cabello, y luego de que con un precioso lazo culminaba el amarre, deslizaba sus dedos a modo de peine entre el cabello del pasajero para ver de ponerlo en el lugar del que, en mi opinión, nunca había salido.

Y durante la comida, vuelta a las interminables caminatas, de un extremo a otro, con botellas en ambas manos para rellenar vasos y copas.

Luego de los postres, el café, y el mismo interés en rellenar las tazas.

Antes de la hora de dormir, el aeromozo, llevando en la mano una bolsa grande, fue sacando de ella y regalando a cada pasajero un estuche —el mejor de éstos que he visto— con artículos que pudieran ser útiles a bordo, como cepillo y pasta de dientes, tapones para los oídos, tapaojos, etc. Si el pasajero era un hombre, Louis le regalaba un estuche que en su exterior tenía impresa la palabra HIS (= de él); y si era una fémina, uno con la palabra HER (= de ella).

Y cuando ya algunos pasajeros echaron hacia atrás sus asientos, se cubrieron con una manta y se dispusieron a dormir, mi preocupación aumentó considerablemente de nivel porque Louis, que no dejaba de caminar de un extremo a otro, apenas veía que alguna de las mantas se desplazaba un milímetro hacia un lado, dejando al descubierto algo del cuerpo del pasajero con ella arropado, iba corriendo, y con un cuidado exquisito y una mirada que presagiaba no menos de un besito de buenas noches, colocaba la manta en su sitio de forma que arropara debidamente al durmiente.

Ante esto opté por decirle —mostrándole el somnífero que siempre tomaba en los vuelos largos— que yo, además de dificultad para dormir, tenía un sueño tan ligero que se interrumpía hasta por el vuelo de una mosca, y luego ya no podía retomarlo, por lo cual le agradecía que, no importanso cómo estuvieran mi manta o mi cuerpo, no hiciera nada en mis alrededores si yo estaba durmiendo. Después de lamentar mis problemas de sueño, me prometió que cumpliría al pie de la letra mis instrucciones.

Apenas llegó la hora del desayuno, se ocupó de hacer el ruido suficiente para despertar a los pocos pasajeros que aún dormían, y de nuevo volvió a lucirse con su abnegado servicio.

Cuando por fin llegamos a Sydney, Louis, parado frente a la puerta y listo para salir, nos dio las gracias a todos por haberle permitido servirnos, y nos hizo una reverencia al más puro estilo oriental, con las manos en posición de plegaria y demás yerbas. Algunos pasajeros no pudieron menos que dedicarle un aplauso y comentar en voz alta que nunca habían sido tan bien atendidos a bordo de un avión, todo lo cual debe haber transportado a nuestro aeromozo a las mismas puertas del Cielo.

***

La reunión, que duró dos días y medio, tuvo lugar en Sydney y en Melbourne, y desde el Centro de Finanzas de IBM-Sydney salí directamente para el aeropuerto a tomar mi vuelo de regreso que, como ya dije, sería también con Qantas.

Cuando después de disfrutar de las atenciones del salón VIP subí por fin a bordo a buscar mi asiento en la parte alta del Jumbo 747, me quedé de una pieza al comprobar que allí estaba de nuevo el inefable Louis y, cabía suponer, dispuesto a repetir sus abnegadas faenas. Aparte de murmurar para mis adentros una maldición no pude hacer otra cosa, salvo rogar que no se propasara ni que se “partiera” más que en el vuelo de venida.

Pero todo iba igual que en ese vuelo de venida, salvo los cambios por la diferencia de horas. Sin embargo, mi asombro llegó al máximo cuando al momento de regalar el estuche del HIS y el HER, Louis, llevando en una mano la bolsa con esos estuches, se detuvo a mi lado y, con una sonrisa que se me antojó pícara, me preguntó:

—¿Es usted casado?

Mi intención fue alzarme y contestarle algo feo, pero el cinturón de seguridad, que llevo puesto siempre que yo esté en mi asiento, me impidió levantarme. Tal vez por el gesto que hice, el aeromozo cayó en cuenta de que no me había gustado la pregunta, y de inmediato añadió:

—Lo siento, es que quisiera saber si usted tiene hijos.

De forma bastante brusca le respondí:

Yes, I’m married and I have two daughters. So what? (Sí, estoy casado y tengo dos hijas. ¿Y qué?)

La respuesta, acompañada de voz y ademanes muy afectados, no me hizo caer porque ya estaba yo sentado:

—Es que en el vuelo anterior yo le regalé un estuche HIS, y no quisiera regalarle ahora otro HIS a menos que usted tenga un hijo varón, así que le daré un HER, si a usted no le importa.

Más por molesto que por otra cosa, le dije:

—Sí que me importa, pues ya le dije que tengo DOS hijas, no una.

—Oh, señor, ¡no hay problema!.

Y sin más me regaló dos estuches HER.

Después de eso —me dije—, de este tipo puede esperarse cualquier cosa.

A las 7:54am el vuelo aterrizó en Papeete, la capital de Tahití, en la Polinesia Francesa, para una escala de una hora durante la que no se nos permitió bajar del avión.

Pasados unos 20 minutos entró en la parte alta del Jumbo un individuo —luego supimos que era francés— de unos 40 y tantos años y con pinta de hippie, que por el nauseabundo olor que despedía debe haber visto agua por última vez el día que lo bautizaron, si es que fue bautizado. Para ese momento, Louis estaba, de espaldas, en el extremo contrario al de la entrada al área, y cuando los pasajeros nos percatamos de aquel terrible “aroma” y de que tendríamos que soportarlo por todo el tiempo desde Papeete a Los Ángeles, al unísono volvimos nuestros ojos hacia Louis, a quien en ese preciso momento le había alcanzado el tsunami nacido del francés y, alarmado, se dio vuelta con cara de asco.

Viendo que el causante de algo tan desagradable e insoportable era el francés recién llegado, Louis salió casi en carrera hacia las escaleras, mientras con disimulo pasaba por sus fosas nasales los dedos índice y pulgar de su mano derecha, y a los pocos minutos regresó en compañía de un oficial quien habló en voz baja con el francés y se lo llevó. A dónde, no lo sé, pues no volví a verlo. Tal vez lo sentó en la parte trasera del avión, en la zona de turística que todavía entonces se reservaba para fumadores y donde el aire acondicionado drenaba con más fuerza —sobre todo en ese vuelo, que venía con pocos pasajeros—, o lo mandó a las bodegas o lo dejó en tierra. El caso es que nos libramos de él y que, apenas el oficial se lo llevó, Louis se armó de dos potes grandes de desodorante ambiental y, enarbolando uno en cada mano, contoneándose recorrió como tres veces todo el área, de un extremo al otro, mientras no paraba de exclamar horrorizado, con voz de plañidera: “Oh, my God, what a stench!” (¡Oh, Dios mío, qué olorcito!”) y, casi con lágrimas en los ojos, no sé si de rabia o de vergüenza, nos pedía disculpas a todos.

A las 6:48pm (18:48) aterrizamos en Los Ángeles y Louis volvió a repetir su ceremonia de despedida y, para mí sorpresa, volvió a cosechar aplausos.

Desde Los Ángeles volé a San Francisco y aproveché para pasar unos días con mi hija Alicia y su esposo. Luego, sin mayores problemas, volé de regreso a Venezuela vía Miami.

2 comentarios sobre “[*FP}– Neblina (6/7): Mi segundo viaje a Australia

  1. Carlos, qué vaina contigo, ¿tenias una Gueisha?, para ti solito… en vez de un Aereomozo y lo desaprovechastes….con esos modales y poder de observacion de todos los detalles, ya quisieramos tener uno en casa,(mosca!!! la alergia a los maricones pasados..)….te acuerdas del Mayordomo del gringo George Anderson? del FSO ….al llegar le tenia una caja de Polar congeladas y listas para libar….yo no lo conoci pero me conto Cecilio Lecusay, que era del culin culan,,,,dicho cubano????.

  2. Alto ahí, Albertico, porque me has dado datos que yo no tenía.

    Recuerto bien a George Anderson y su debilidad por la birra, pero nunca supe nada del tal mayordomo. Tienes que darme más info al respecto.

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