[*Opino}– El temido síndrome posvacacional afecta más a la mujer que al hombre

 Carlos M. Padrón

De este síndrome supe por primera vez en 2003 a través de la prensa española, y tanto a mi mujer como a mí nos causó mucha risa, pero ya me causa molestia porque después de haber trabajado durante 43 años, y haber visitado por motivos de trabajo —o sea, para trabajar en ellos por al menos una semana— más de 30 países de este mundo, nunca escuché hablar del tal síndrome. Tal vez se me diga que sí existía pero no se le daba ese nombre, pero no, porque lo que sí escuché muchas veces fueron las expresiones de alegría por haber, ¡por fin!, vuelto al trabajo.

En este blog he publicado artículos escritos por españoles que hablan de la aversión que en España se le tiene al trabajo, aversión que personalmente pude constatar durante los 30 meses que allá trabajé, así que me temo que este síndrome es un auténtico “made in Spain” ya que no es de extrañar que si alguien —para mí, digno de compasión— está convencido de que el trabajo es un castigo, no le gusta lo que por su trabajo debe hacer y, por tanto, trabaja lo menos posible, se sienta mal cuando deba dejar el no hacer nada para volver al “infierno” de ser productivo de alguna forma, un “infierno” que, entre otras ventajas, tiene la de ser la mejor cura para los problemas personales y el estrés de ellos derivado.

En el programa “La Radio de Julia” del 17-11-1994 un psiquiatra dijo que la persona que pudiendo evitarlo se quedara voluntariamente en el trabajo más allá de la hora de salida, ameritaba terapia. Yo creo que quienes ameritan eso son los que tienen del trabajo los conceptos arriba expresados, y así se lo hice saber al psiquiatra a todos los que ese día escuchaban ese programa. Sólo Sánchez Dragó, nacido fuera de España, me dio la razón.

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03.09.07

(PD/Agencias).- Mujer y menor de 45 años. A juicio de los médicos, la combinación de ambos factores aumenta el riesgo de sufrir este síndrome cuando se acaba el descanso y toca volver al trabajo.

El llamado síndrome posvacacional —cambios de humor y sensaciones emocionales que sufren algunas personas al incorporarse al trabajo después de un largo periodo de vacaciones— afecta más a las mujeres que a los hombres, y se da con mayor frecuencia entre los menores de 45 años, según la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (semFYC).

A juicio de la doctora Blanca Novella, vocal de Comunicación de la Sociedad Madrileña de Medicina de Familia y Comunitaria, las mujeres afrontan peor la vuelta a la rutina porque implica asumir de nuevo sus responsabilidades laborales y familiares. Con respecto a la edad, la doctora Novella explicó que el síndrome posvacacional, que en ningún caso puede considerarse una depresión, se da sobre todo en los menores de 45 años porque son quienes más expectativas ponen en sus vacaciones.

En este sentido, la especialista recomendó no idealizar tanto las vacaciones y valorar más el trabajo, buscando los aspectos positivos y oportunidades que da durante todo el año. Del mismo modo aconsejó compatibilizar el trabajo diario con pequeños momentos de ocio durante todo el año para hacer más llevadera la rutina del invierno.

Por último, Novella insistió en que el síndrome posvacacional no es una depresión, puesto que sus síntomas, aunque parecidos (trastornos en el sueño, cansancio, falta de apetito, tristeza, nerviosismo, irritabilidad, etc.) son menos intensos e incapacitantes que en los cuadros depresivos.

PD

[ElPaso}– ‘Dándole vueltas al viento’ / Poemas de Antonio Pino Pérez: Madre de los emigrantes

Poema dedicado a la Virgen del Pino —de la que ya he hablado varias veces en este blog— cuya ermita se encuentra en el monte, en el borde Este del pueblo de El Paso, junto a un pino milenario en cuyo tronco se dice que apareció, hace siglos, la imagen de la Virgen llevando en sus brazos al niño Jesús, como se la ve en esta foto de la imagen actual que es una réplica, en grande, de la encontrada en el tronco del pino.

El pino y parte de la ermita, tal y como se ven hoy.

Hasta principios del siglo XX, la principal emigración de los canarios era hacia Cuba, y cuando aún no existía la carretera que posteriormente permitió a los pasenses ir en automóvil hasta Santa Cruz de La Palma, donde estaba y aún está el puerto marítimo, para llegar desde El Paso hasta ese puerto había que cruzar caminando la Cumbe Nueva, ésa donde cabalga la brisa, y ésa en cuyas estribaciones se encuentra la mencionada ermita.

Así, los nativos de El Paso que dejaban sus hogares para emigrar, pasaban, caminando y con maleta en mano, junto a ese pino que dio su nombre a la Virgen, y, posteriormente, pasaban junto a la ermita, cuando fue construida. De ahí la relación entre el emigrante y la Señora del Pino, y el epíteto de Madre de los Emigrantes.

Carlos M. Padrón

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MADRE DE LOS EMIGRANTES

Luminosa Señora del camino,
norte y guía del triste caminante
que pasó por tu bosque, peregrino,
rumbo a lo incierto de un país distante.

Orientas desde el Templo de tu Pino
la incertidumbre del dolor errante
para infundirle, con fervor divino,
una verde esperanza al caminante.

Lo sigues protectora en sus andanzas
por el mar de la vida con desvelos
acallando recuerdos y esperanzas.

Y al retornar de lejos vencedores
les sonríe tu risa de los Cielos
mientras ellos bendicen tus amores.

1958

[*FP]– De Carpádrez: Padres e hijos

1997

Quien domina el vínculo humano tiene, en primera opción, su propiedad y su control. Por eso los hijos son de las madres, el rol de padre es a la postre ingrato, y vivimos en un gran matriarcado que deja a los hombres tres opciones:

1. APATÍA o SUMISIÓN
Seguir la corriente y sumarse al rebaño de los varones domados.

2. REACCIÓN o VENGANZA
Discriminar a las mujeres, usarlas, maltratarlas, violarlas o engañarlas.

3. EQUILIBRIO o DIGNIDAD
Seguir la difícil línea que separa las dos opciones anteriores, sin dejarse contaminar por ellas, y enfrentando la crítica, no sólo de las mujeres —principalmente de las venales— sino también de muchos hombres.

La práctica de la primera es la que más abunda, seguida de la segunda. La tercera, aunque lentamente, va en aumento.

Generalmente, las madres tratan de educar a sus hijos varones para que sigan la tercera, pero en previsión de lo que las nueras puedan hacer, o por lo que las mismas madres han hecho o vivido, terminan inclinándose hacia la primera o hacia la segunda.

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[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Amanecer en la Caldera

NotaCMP.- Para entender más sobre la base de este poema, puede buscarse en el blog usando las palabras Aceró o Caldera de Tburiente.

Amanecer en la Caldera

A Miguel Jurado Serrano, con luces de amistad.

I
Las sombras huyen, y la luz que viene
lo envuelve todo en claridad inefable,
cuando pinta en la selva impenetrable
el milagro de amor que la sostiene.

Juega en las ramas, y su juego tiene
caprichos de una danza inimitable:
es etérea y fugaz, es impalpable
porque en nada que pesa se detiene.

Estas luces que alumbran ideales
en las ramas, son almas transparentes,
mensajeras de amores inmortales

que llegan desde Dios esclarecidas
a despertar los sueños inocentes
en el embrujo incierto de las vidas.

II

Y baña de prestigio los pinares.
y las rocas se cubren de quimera
porque reina la dulce Primavera
colgada en los abismos estelares.

Aquí olvidé el dolor de mis pesares
ante la excelsitud de la Caldera:
el sueño luminoso que se espera,
el agua que musita con cantares.

Y que más corazón que la belleza
embriagada de luz a borbotones
y derramada aquí por su grandeza

en incesante riada de colores,
para vestir de fe las ilusiones
y alumbrar nuestras ansias de fulgores.

III

La gloria de este día que florece
en desvelada soledad medita,
y hay algo indescifrable que palpita
en una luz de alertas que amanece.

¡La Raza muerta! Perdonad que rece
en la cueva esparcida en que dormita,
porque yo sé que no se fue, que habita
esta mansión, y en ella permanece.

Que Aceró es Camposanto benahorita
donde duerme el silencio eternidades
que viven en la luz que resucita.

Y no turbéis su sueño, que es locura
profanar tan excelsas cualidades
con sombras de pecado y desventura

1957

[*Opino]– «Emilio» por e-mail

Carlos M. Padrón

No, no me trago lo de que es broma, creo que es una forma de manifestar despecho por la vía de tratar de ridiculizar algo nuevo, de origen gringo, que no les queda más remedio que usar. Es una manera de expresar rebeldía al negarse a usar el nombre correcto que, en este caso, no cae en la categoría de las palabras para cuya pronunciación, según don Armando, no está preparado “el aparato fonador español”.

¿Y qué decir de ‘bacon’ o ‘¿puzzle’? Muestras de rebeldía esnobista, pues existen en español ‘tocino’ y ‘rompecabezas’ que no dan lugar a confusiones.

He oído protestas a causa de que algunos gringos no saben decir ‘Penélope Cruz’, y a continuación, siguiendo con el tema de cine, esas mismas personas que protestan dicen ‘Ton Cru-i-se’. No Tom, terminado en ‘m’, sino Ton, terminado en ‘n’; y no ‘Cruis’ sino ‘Cru-i-se’.

Y mucho cuidado con hacerles notar tales “contradicciones” (por darles un nombre suave), porque la respuesta inmediata será “Pues aquí se dice así, ¡y punto!”.

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Jordi Mas (Barcelona) escribe con aire compungido: “Me sorprende que a estas alturas sigamos con la variante vulgar de ‘emilios’. Si no deseamos interferencias extranjeras de otras lenguas, me parece que lo lógico sea decir ‘correo electrónico’». Añade que en catalán se emplea ‘trónic’, aunque don Jordi opina que “se ha de decir correu electrónic».

Preciso que lo de ‘emilio’ o ‘ismael’ no son denominaciones vulgares sino bromas de un lenguaje más bien culto o culterano.

Amando de Miguel
LD, 18-08-07

[*FP]– Algo de corte esotérico

Carlos M. Padrón

En su columna Lengua Viva (Libertad Digital) del 17/08/2007, don Amando de Miguel escribió lo que sigue:

Miguel Ángel Taboada Pascual me acompaña un artículo de Gregorio Martínez (Washington, D.C., Estados Unidos) en el que se da cuenta de tres palabras prohibidas: cachar (= joder), chocha (= vulva) y pinga (= pene). Las tres se emplean en algunos países americanos.

Añado que las tres se entienden perfectamente en España, como tantas veces ocurre con las voces y modismos que se creen sólo de influencia regional o de procedencia americana.

En España se dice ‘chocho’ y todo el mundo se entiende y se deleita con esa onomatopeya. Chochos son en Castilla los altramuces, por su clara semejanza con la vulva femenina. Recuerdo otra vez que los sonidos con ‘ch’ y ‘p’ son muy corrientes en las palabras prohibidas. Bueno, últimamente ya no son tan prohibidas.

Cuando leí lo de ‘chocho’ —palabra que en El Paso, y tal vez en toda Canarias, tiene las dos mismas acepciones arriba mencionadas: vulva y altramuces— vino a mi mente el recuerdo de un incidente que, como indico en el título, tiene visos de esotérico.

Verano de 1954. En El Paso, yo, que para entonces iba a cumplir los 15 años, estaba entregado al estudio para preparar los exámenes, ya próximos Mi padre, al igual que los más de los campesinos del pueblo, sembraba chochos (altramuces), pues era costumbre alternar su cultivo con otros porque, se decía, enriquecían la tierra.

Ese año ya mi padre había arrancado las matas de chocho y las había dispuesto adecuadamente para que se secaran y, una vez secas, esperar a que, al llegar la luna llena, un viento favorable permitiera romper a palos las vainas, ya secas, dentro de las cuales estaban los granos de chocho —tarea conocida como “majar los chochos”—, y aventarlos, o sea, lanzarlos al aire con unas palas de madera de forma que el grano de chocho, por su mayor peso, cayera casi verticalmente al suelo mientras que la cáscara de la vaina donde el choco había nacido y crecido era llevada por el viento un buen trecho más allá. De esa forma, se separaba lo útil de lo inútil.

Limpios ya de maleza, los chochos eran llevados a la casa y se ponían en remojo por un tiempo, y cuando por efecto del agua se hinchaban a reventar, se ponían a secar al sol. Una vez secos, se molían y se obtenía de ellos una especie de harina, llamada “gofio de chochos”, que se mezclaba con las sobras de la comida diaria para enriquecer la ración que, para engorde, se le daba al cochino.

Por fin, un día de luna llena de ese verano se presentó el viento adecuado, y mi padre, junto con algunos vecinos y familiares, se fue en la tarde al cercado que llamábamos La Hoya del Rayo (ubicado en Las Cuevas) a emprender la faena de majar los chochos. Había que darse prisa por si acaso el viento cambiara o cesara.

No queriendo interrumpir mis clases, encargó a mi madre que cuando yo regresara de la academia y hubiera cenado, le llevara hasta La Hoya del Rayo el caballo que ya él había dejado listo con aparejos y carga, y la cena para todos los que estaban en la faena. Y así lo hice, saliendo de mi casa hacia La Hoya del Rayo como a las 9 de la noche, bajo la luz de una espléndida luna llena.

El trayecto de ida y vuelta a ese lugar lo hacía yo muchas veces al año porque en La Hoya del Rayo estaba la relva principal —prado con hierba fresca buena para el ganado vacuno—con que contaba mi padre, y a ella llevaba yo a diario, durante la temporada apropiada, a la vaca lechera que había en la casa y al caballo que también teníamos.

Tanto de ida como de vuelta, la vaca caminaba a su aire, y detrás iba yo montado en el caballo. Los dejaba a ambos en la relva, para que pacieran a su gusto, y regresaba a pie a mi casa. Temprano al día siguiente iba a pie a buscarlos, y regresábamos todos de igual forma: la vaca delante a su aire, y yo detrás montado en el caballo. Al llegar a la casa, mientras mi padre ordeñaba la vaca, yo desayunaba y salía enseguida para la academia a tomar las clases del día.

Por esos repetidos viajes, los perros que había en algunas casas del trayecto que yo hacía, tanto de ida como de vuelta, eran todos amigos míos. Se anticipaban a mi llegada y salían a esperarme en la portada de sus casas. Yo los acariciaba por un rato, los despedía, y seguía luego mi camino mientras ellos entraban de nuevo al área de la casa a la que pertenecían.

Pero la noche que nos ocupa, la de la majada de chochos de ese verano de 1954, ocurrió algo para lo que nunca encontré explicación razonable.

Después de dejar en La Hoya del Rayo el caballo con su carga, y quedarme ayudando un rato en lo que podía, a eso de las 11 de la noche inicié, a pie, el camino de regreso a mi casa, usando, como siempre lo hacía para ir o venir a/de ese lugar, el llamado Camino del Medio que unía en línea recta el lugar llamado El Abrigado con la zona donde estaba La Hoya del Rayo.

Y esa noche, al aproximarme precisamente a El Abrigado, salió a saludarme el primero de los perros amigos. Como siempre, lo acaricié, lo despedí, él dio media vuelta y se metió en los predios de la casa, y yo seguí mi camino. Pero no había yo caminado 50 metros cuando escuché que el perro salió en carrera hasta el borde del camino y se puso a ladrar como una fiera a algo que, por la dirección de su mirada, estaba parado en el medio de ese camino frente a la casa y detrás de mí. Pero yo no vi que allí hubiera nada ni nadie. Eso no obstante, el perro continuó ladrando enfurecido, y sólo se calló cuando yo me hube alejado como unos 50 metros más en mi marcha rumbo a mi casa.

A la altura de la casa de la señora por todos conocida como doña Victoria “Mansita”, salió a saludarme el segundo perro, y la escena se repitió exactamente igual. A la altura de la casa de Las Camachitas, ya en la Cruz Grande, salió el tercero, y otra vez el mismo episodio.

Para ese momento, ya yo no las tenía todas conmigo y, presa del miedo, no sabía si apurar el paso o disimular mis temores y continuar a igual ritmo. Pero sí sabía que si Soto, el perro de doña Amparo Pérez —cuya casa estaba justo en la esquina sureste de la intersección del Camino Real, hoy calle General Mola, y el callejón que conduce a mi casa— hacía lo que habían hecho los otros, yo no aguantaría más, pues Soto, por la proximidad a mi casa, era, de todos esos perros, el más amigable conmigo; nos veíamos todos los días varias veces.

Cuando manteniendo la calma a duras penas me acerqué a la casa de doña Amparo, de inmediato salió Soto a mi encuentro. Me entretuve acariciándolo por más tiempo de lo usual mientras de reojo miraba hacia el camino detrás de mí a ver si algo se movía, pero nada vi; la luz de la Luna alumbraba bastante, y el camino por el que yo había venido estaba libre de ser viviente visible.

Por fin despedí a Soto, eché mano al bolsillo y apreté en el puño la llave de mi casa, y reanudando la marcha dejé el Camino Real y, doblando a la izquierda, entré en el callejón que lleva a mi casa.

No había yo transitado los primeros 10 metros de ese callejón, cuando escuché cómo Soto, en vez de aparecer por el lado del callejón —como solía hacer, para que yo lo acariciara de nuevo— salía en carrera, rugiendo ya, desde dentro de los patios de la casa de doña Amparo, y se desgañitaba ladrando en el Camino Real con una furia que yo no le conocía.

Mi reacción fue instantánea: salí disparado en carrera hacia mi casa —debo haber batido la marca de los 100 metros libres— y enarbolando la llave antes de llegar a la puerta, la metí a la primera en la cerradura, abrí, entré, cerré y tranqué a mis espaldas, y casi sin aliento me recosté, sintiéndome ya seguro, contra la puerta trancada.

Jadeando aún me fui a la cama pero no pude dormir, pues esperaba escuchar en cualquier momento pasos en el patio o golpes en la puerta exterior de mi dormitorio. Cuando, ya de madrugada, oí que mi padre había llegado, pude por fin conciliar el sueño.

Nunca he encontrado, repito, explicación a lo que esa noche ocurrió, y que no me ocurrió nunca más, pero sí sé que “algo” venía detrás de mí. Algo que los perros detectaban pero yo no.

[*ElPaso}– ‘Dándole vueltas al viento’ / Poemas de Antonio Pino Pérez: Aceró

Como explica el párrafo que sigue, extraído de http://www.mundolapalma.com/lapalma/, Aceró era lo que hoy es la llamada Caldera de Taburiente, de la cual ya he hablado bastante en este blog.

«Tras el intento fallido de conquista de Guillén de Peraza en 1447, el 29 de septiembre de 1492 desembarcó en Tazacorte Alonso Fernández de Lugo al mando de 900 hombres.

Mediante pactos y algunos combates fue aislando la resistencia aborigen, hasta reducirla al “Cantón de Aceró” situado en el centro de la isla de La Palma (en la hoy Caldera de Taburiente), fortaleza natural inexpugnable para las tropas españolas, las cuales, mediante la falsa promesa de paz, capturaron a Tanausú, último jefe aborigen, eliminando así toda resistencia local a la conquista española».

Este poema de don Antonio Pino está dedicado al imponente espectáculo natural de la Caldera, en particular a los empinados riscos de lo que fuera Aceró, cuyo mencey (rey), Tanausú, salió del seno de Aceró confiando en la sinceridad de la invitación que para negociar había recibido de las tropas españolas, pero fue traicionado y hecho prisionero porque la tal negociación era sólo una emboscada.

Por la mucha guerra que había dado a los españoles, los Reyes Católicos habían pedido que fuera capturado vivo y llevado a su presencia. Cuando consumada la traición cayó prisionero, fue embarcado en un velero rumbo a España, pero murió a bordo porque dejó de comer cuando dejó de ver a su querida

Carlos M. Padrón

***

Aceró

El vértigo, el abismo y el desierto
te dieron su belleza conjugada,
y, como un mundo hacia otro mundo abierto,
brotabas de la entraña desgarrada.

Sobre las rocas de tu grito muerto
la vida se hizo bosque enamorada.
Y Dios, para arrancarte de lo incierto,
te regaló la luz de una mirada.

El milagro que expanden tus vertientes
se conjuga en azules trasparentes
por el sueño y la luz de cada día,

mientras tus cumbres, remontando el vuelo,
se funden y confunden con el cielo
en los misterios de la lejanía.

1955

[*Opino]– El hipérbaton de don Amando

Amando de Miguel

Carlos M. Padrón me señala un hipérbaton en un escrito mío anterior: “La vividura equivale al modo privativo de enfrentarse con la existencia que tiene un individuo o una población».

Don Carlos me corrige y propone esta otra redacción: “La vividura equivale al modo que tiene un individuo o una población, de enfrentarse con la existencia». Francamente, no me parece que la corrección mejore lo que intento transmitir. Un ligero hipérbaton es no solo permisible en español sino elegante. Pero, en fin, todo va en gustos. El horror al hipérbaton proviene del inglés. El latín cultiva el hipérbaton hasta la desmesura.

LD: http://www.libertaddigital.com/opiniones/opinion_38634.html

***

NotaCMP.- Mi mensaje a don Amando:

From: Carlos M. Padrón [mailto:madgri@padronelpaso.net]
Sent: Wednesday, July 04, 2007 11:07 PM
To: Amando de Miguel
Subject: A vueltas con el hipérbaton

O con lo que sea eso que causa confusión y que, insisto, atenta contra la lógica.

Veamos.

En su Lengua Viva de hoy, 05/07/07 (http://www.libertaddigital.com/opiniones/opinion_38279.html) usted escribió:

“La vividura equivale al modo privativo de enfrentarse con la existencia que tiene un individuo o una población”.

¿Quiere usted decir,
a) al modo en que un individuo o una población se enfrentan con la existencia; o,
b) al modo en que cualquiera otro sujeto se enfrenta con la existencia que tiene un individuo o una población?

Si usted quiso decir lo que, adivinando, me parece que quiso usted decir, una manera de evitar la duda descrita habría sido escribir:

“La vividura equivale al modo privativo que tiene un individuo o una población, de enfrentarse con la existencia”.

LD