[El Paso}– La eficacia del «Colegio El Paso» / Ismael González

Ismael González
Artículo publicado en el periódico El Día (Canarias), el 19 de agosto de 1987.

En el periódico Diario de Las Palmas, el viernes 24 de marzo de 1972 iniciamos una serie de publicaciones bajo el título “Valores humanos de mi pueblo”. La introducción a tal serie estuvo a cargo de mi dilecto amigo, maestro de EGB y periodista, José Manuel Balbuena Castellano.

Se da la circunstancia de que el primer personaje —a quien seguirían otros más— fue don Pedro Martín Hernández y Castillo.

Al siguiente día, el 25 de marzo de 1972, en el mismo periódico fue publicado otro escrito concerniente a doña Petronila (Nila) González Guélmez, esposa de don Pedro.

Ambos, don Pedro y doña Nila, así conocidos popular y cariñosamente, fueron inseparables educadores que rindieron jugosos frutos a la culturización en diferentes fases educacionales pero convergentes en un determinado punto de positiva enseñanza, tal como la música, el dibujo, la pintura, las Letras, las Matemáticas, y el cuidado de la inteligencia en general.

Al llegar a nuestra manos las dos fotografías que ilustran este artículo [1], no hemos podido resistir la tentación de volver sobre nuestros pasos de recordación, y sobre la temática que, en su día, nos impulsó a hablar de estos personajes: dos entrañables paisanos que dieron por entero su vocación a la docencia, a “desasnar” y culturizar a una gran parte de nuestro coterráneos pasenses.

He de decir que no fui alumno de don Pedro, aunque sí lo fue mi esposa, que figura en primera fila, a la izquierda, de la fotografía de hembras, “forrada” de negro desde el gorro hasta los zapatos; tenía para entonces 10 años de edad.

Pero sí fui uno de los integrantes de la banda de música que dirigía don Pedro, quien, pacientemente, iba formando elementos entre la juventud masculina para que, en cierta medida, “aquello sonara” aceptablemente. Se esforzaba en hacernos “entrar en camino” con el instrumento y con la verdad de la composición.

Yo tocaba clarinete, y ¡hay que ver los apuros de don Pedro para “meterme en cintura”! Parte de la pieza la tocaba yo de oído por no saber solfear lo escrito. ¡Cuantas veces el bueno de don Pedro se acercó a mí para decirme: «Ismael, cabeza de alcornoque, silencia ese pasaje si no eres capaz de sacarle la pureza de la música que contiene»!. Y así perseveraba don Pedro en uno y otro ensayo, y con uno y otro mal aficionado, para conjuntar la coordinación de lo que él deseaba, lo que debía ser.

Don Pedro Castillo —popularmente así conocido— no solamente era músico: era escritor, poeta, orador, maestro de insospechadas dotes para la enseñanza, y para meter en la “cabeza de alcornoque” de sus discípulos —con el correspondiente coscorrón a los muchachos— la luz del conocimiento, que él, vocacionalmente, deseaba hacer brillar por el saber de hombre estudioso que generosamente transmitía, con una voluntad sin límites puesta al servicio de sus alumnos.

Afortunadamente, hace ya algún tiempo que en nuestro pueblo existe una calle céntrica que lleva el nombre de Don Pedro Martín Hernández y Castillo, nombre que don Pedro se ganó con merecidos méritos.

Pero nuestra reseña estaría incompleta si no nos ocupáramos sucintamente de la personalidad de doña Petronila (Nila), aunque ya dijimos que al matrimonio Martín-González nos habíamos referido separadamente en anterior ocasión, en la serie “Valores humanos de mi pueblo”, en la que hablamos de doña Nila con el subtítulo “Semblanza de una mujer ejemplar”, pues, en efecto, así fue doña Nila, una mujer ejemplar, es decir, una institución por su aportación y dedicación a la enseñanza —en particular de dibujo, pintura, labores manuales, bordado e instrucción en general—, hacia las jóvenes pasenses.

Nos atrevimos a decir entonces, al referirnos a doña Nila, que “Ni antes ni después se ha conseguido en El Paso aunar en la juventud un deseo de expresión artística, tan natural, imaginativo y acentuado”.

La calidad artística de doña Petronila González Guélmez es interesantísima. Su cultura autodidacta —como la de don Pedro— fue extraordinaria. Era como una hemorragia que fluía y se desbordaba de su mente, y se materializaba en la sutileza del pincel, en los bordados en tela, y, en general, en la profundidad creativa de las imágenes. Recordamos muy bien a doña Nila manifestándose en la mirada relampagueante, escudriñadora y humanizada a la vez.

En las fotografía que ilustran este escrito podemos observar el sistema pedagógico que usaban don Pedro y doña Nila, con esas excursiones que solían hacer en determinadas fechas, principalmente a las poblaciones del Valle de Aridane —realmente, sólo a Los Llanos, ya que para entonces no se había segregado Tazacorte—, excursiones con las que pretendían que sus alumnos tuvieran acceso a una visión del mundo exterior fuera de lo circunscrito a la monotonía de la asistencia periódica al colegio.

La fecha en que fueron tomadas las fotografías de que hablamos corresponde al año 1925 y, en esa mirada retrospectiva, podemos considerar retazos de la historia y de las vivencias existentes, donde, desde las féminas más pequeñas hasta las de mayor edad, se ven ataviadas con el imprescindible tocado y el vestido, acordes con las exigencias de la moda imperante.

Si los pueblos deben su cultura a los maestros que cultivan la inteligencia de las consiguientes alternativas generacionales de personas, El Paso tiene una deuda de gratitud con este matrimonio ejemplar, el formado por don Pedro Martín Hernández y Castillo, y doña Petronila González Guélmez, pues ellos pusieron todo el bagaje de su saber a la orden de quienes quisieron servirse de sus enseñanzas.

Valgan, pues, estos rasgos recordatorios como sentido homenaje de este periodista hacia aquellos nobles paisanos que dejaron honda huella, de indudable buen hacer, en la cultura de nuestro pueblo de El Paso.

***

[1] NotaCMP.- Estas fotos aparecen en el recorte de prensa que llegó a mi poder y desde el que copié el texto del artículo precedente, pero, precisamente por eso, porque están impresas en un viejo recorte de prensa, las fotos son de mala calidad. Esto no obstante, las reproduje arriba, pero de mi colección van aquí también otras dos sobre el mismo tema y que tienen mejor resolución.

[El Paso}– Don Pedro Castillo, hijo ilustre de El Paso / Antero Simón

En un recorte de la revista Canarias Gráfica, no sé de qué fecha, que encontré entre mis papeles, aparece este escrito de don Antero Simón en homenaje a la memoria de Don Pedro Martín Hernández y Castillo. No es raro que conservara yo tal escrito porque don Pedro fue mi tío-abuelo, y don Antero primo tercero mío.

Según información dada por, o validada con, Roberto Pérez Simón —primo hermano de Antero y también primo tercero mío— desde muy joven, Antero asombró al pueblo de El Paso con su avanzada inteligencia.


Antero Simón. Julio/1955

Terminada la primaria en la escuela de don Pedro, hizo el bachillerato con la ayuda y guía de doña Carmenchu, dama varios años mayor que él, nacida en Valcarlos, en el Pirineo Navarro (España), que vino a El Paso como maestra nacional, y aunque su especialidad no era impartir clases de bachillerato, ayudó a Antero en esos estudios, y terminó siendo su esposa y madre de sus hijos.


Carmenchu. Julio/1955

Concluido el bachillerato, Antero pasó luego a la universidad donde estudió Filosofía y Letras, obtuvo el doctorado en esta materia y dictó clases de ella en la misma universidad donde la estudió, en la de San Fernando (La Laguna, Tenerife, Canarias).

Mientras ejercía como profesor de Filosofía y Letras estudió, en la misma universidad, la carrera de Derecho, que pasó luego a ejercer. Por la honestidad y rectitud que siempre mostró en ese ejercicio se ganó en Canarias el epíteto de “El abogado de la honradez”, lo cual es mucho decir para un abogado.

Durante cinco años fue director del Instituto de Cultura Hispánica de la Universidad de Río (Brasil), de la que recibió la distinción de Doctor Honoris Causa.

Hablaba español (su lengua materna), francés, inglés, alemán, italiano y portugués, y fue nombrado Hijo Predilecto de la Ciudad de El Paso.

Al final del mencionado recorte, y bajo el título “Una petición al Ayuntamiento de El Paso”, leo un fragmento en que Canarias Gráfica, basándose en el siguiente escrito de don Antero Simón, solicita que el Ayuntamiento de El Paso dé el nombre de Pedro Martín Hernández a una de las calles del pueblo. No si por ésta u otras peticiones similares, hay en El Paso una calle que recibió, desde hace años, el citado nombre.

Carlos M. Padrón

***

A la memoria de mi maestro, don Pedro Martín Hernández y Castillo

Antero Simón


Foto publicada en este artículo de Canarias Gráfica.

No todos los pueblos cuentan, en la galería de sus hijos, con figuras venerables, con nombres casi simbólicos; pero El Paso sí. Los que fuimos niños hace ya cierto tiempo tuvimos la suerte, no ya de tratar sino de salir de las manos de una de esas figuras: Don Pero, cuyo nombre evoco con la emoción y la ternura de quien, bajo su guía, entró a los caminos del conocimiento y de la vida.

Maestro

Cuando aprender era heroico, don Pedro se formó a sí mismo; cuando enseñar no era fácil, don Pedro enseñó y educó a los demás. Su labor tuvo dimensiones excepcionales porque no se ocupó sólo de la formación elemental de sus alumnos sino que fue muchísimo más lejos: a lo artístico, a lo literario, a lo moral.

El Paso tuvo entonces grupos artísticos, actividades literarias, vocaciones y realizaciones que, en época posterior, y con más medios, decayeron o acabaron perdiéndose. Y la preocupación constante de don Pedro fue la formación integral de sus alumnos, el modelado de sus carreras. Por eso, sin duda, nos sentimos con respecto a él discípulos y no alumnos.

Su acción educativa se salió del recinto de la Escuela. Para los demás fue siempre el consejero fiel y honrado, el padre espiritual que jamás dejó de buscar y encontrar, en beneficio de los otros, la solución adecuada para el problema con que la vida nos sorprende cada día.

Todo los de El Paso le estamos en deuda, según pienso. Yo, por lo menos, me reconozco uno de sus deudores.

Patriota

Eminentemente familiar, enamorado de una esposa y de unos hijos no menos ejemplares, don Pedro amó entrañablemente a su patria grande y a su patria chica, a las que cantó, sin regateos, en todo momento y en todo lugar. España y El Paso estuvieron en el centro de sus devociones más íntimas, y siempre presentes en sus clases, en sus charlas, en sus poemas.

Creyente

No es el rasgo menos importante, pues se nos antoja el fundamento y la explicación de los demás. Hombre de fe meridiana y luminosa, su vida fue, en todos los aspectos, la realización viviente de esa fe. Lo cristiano fue carne y sangre de su comportamiento, móvil permanente de su conducta, clave de sus actos y suprema esperanza de su vida. El título (“Todo por Dios”) de su última obra, inédita, es el resumen de una vida que fue, en efecto, toda por Dios y para Dios.

Valgan estas líneas como recuerdo agradecido de quien se honra en proclamarse su discípulo.

***

En el mismo mencionado recorte, y a la derecha de este artículo de don Antero Simón, Canarias Gráfica escribió:

“Reproducimos con gran satisfacción este bello poema, inédito, del ilustre palmero don Pedro Martín Hernández y Castillo, de gran aprecio y valía”.

El Paso

Es centro de La Palma la ubérrima ciudad
de nítidos paisajes, de histórica grandeza,
do encuentran los artistas sublime amenidad,
encantos que difunde la acción de la Belleza.

En él está el vetusto, famoso y milenario,
acaso el más gigante que tienen las Canarias,
que da sombra a los seres que llegan al santuario
a honrar a la Princesa con férvidas plegarias.

“El Pino de la Virgen” lo llaman los mortales
porque él guardó en su trono la imagen de María,
a aquélla a quien los fieles en cánticos triunfales
le dieron nuevo templo, tributo a su valía.

Es pueblo en que se encuentra la célebre Caldera
que admiran los turistas que buscan lo grandioso.
Después de contemplarla pregonan por doquiera
que tienen los pasenses el cráter más famoso.

Es pueblo en que está el monte, lugar de la campaña
en que el Adelantado su empresa consumó
logrando en el combate que fuera para España
la perla del Atlántico que entonces conquistó.

Y desde aquella fecha, La Palma, ya española,
levanta en todas partes el signo de la Cruz,
izando la bandera, de ibérica aureola,
orlada de trofeos, de glorias y de luz.

Mansión de los almendros, ubérrima ciudad
de prados y vergeles, de histórica grandeza:
en ti halla el artista sublime amenidad,
encantos que difunde la acción de la Belleza.

[*ElPaso}– Petronila González Guélmez, mi tía Nila

15-03-2007

Carlos M. Padrón

A pesar del cariño y agradecimiento que le profesé a tía Nila —pues, según me contaron, con el arrojo y decisión que le eran característico me salvó la vida cuando apenas tenía yo 16 meses de edad —, después del panegírico que sigue me pregunto a qué vocabulario habría recurrido don Ismael González si hubiera tenido que escribir uno referido a Leonardo Da Vinci o Miguel Ángel Buonarroti.

Tal vez por eso que tía Nila hizo conmigo; por el cariño que desde entonces me tomó; porque durante mi infancia pasé mucho tiempo en su casa, para llegar a la cual sólo tenía yo que caminar 20 metros desde la mía; porque la escuela a la que primero asistí fue la de mi tío-abuelo Pedro (Tío Pedro, como todos lo llamábamos en casa), también al lado de mi casa; por otros motivos que, dada mi corta edad, escaparon a mi memoria consciente; por el tiempo que pasé con ella y con un ya muy deteriorado tío Pedro, cuando iba yo en verano a presentar en Santa Cruz de Tenerife exámenes de bachillerato y me dejaban quedar allí un mes, en casa de tío Pedro y tía Nila, si los aprobaba.

Tal vez por la gran influencia que por todo eso tuvieron ellos en mi formación, dos esotéricos que de mi vida nada sabían, y que estaban en países diferentes, me dijeron, también en momentos diferentes, que yo tenía unos segundos padres.


Tía Nila, tío Pedro y Carlos M. Padrón. Foto de mi colección tomada frente a la iglesia de San Agustín, en La Laguna (Tenerife), en abril de 1958

Como no creo en casualidades, sólo puedo pensar que se referían a tío Pedro y tía Nila, con quienes mantuve estrecho contacto durante los primeros 22 años de mi vida.

~~~

(Artículo publicado en el Diario de Las Palmas, Canarias, el 25/03/1972)

Ismael González G.

Valores humanos de mi pueblo: Doña Petronila González Guélmez

La personalidad de doña Petronila González Guélmez constituye una institución en su decidida aportación a la influencia vocacional artística —pintura, dibujo, y labores decorativas del hogar—, manifestada con la presencia que su auge esplendoroso tuvo en la juventud del sexo femenino pasense, exactamente en el período de enseñanza de doña Nila, como familiarmente se la llamaba.

Ni antes ni después se ha conseguido en El Paso aunar en la juventud un deseo de expresión artística, tan natural, imaginativo y acentuado como cuando se conjugaba el verbo enseñar en el colego “El Paso”, de don Pedro Martín Hernández y Castillo (don Pedro Castillo) y su señora esposa, doña Petronila González Guélmez (doña Nila). Verbos conjugados, repito, en una extensa gama de actividades ilustrativas.

Importa mucho decir que, para los años de nuestra mujeres de más de 50, no es aventurado pensar que colgado en la sala de un elevadísimo número de hogares del pueblo hubiera un lienzo en óleo, o una cartulina en carbón o acuarela, salido del estudio pictórico, abierto a sus discípulos a quienes doña Nila iniciaba, y supervisaba después, en esa ocupación liberal donde se expresan en colorido las facultades imaginativas o naturales captaciones del artista.


Doña Nila (la cuarta, de izquierda a derecha, de las que aparecen detrás de la mesa) con algunas de sus alumnas,… que no sé quiénes son.
Foto tomada de la portada del programa de la exposición artística hecha en El Paso con motivo de las fiestas de la Virgen de El Pino durante agosto y septiembre de 1997.

La calidad artística de doña Petronila González Guélmez es interesantísima, por compleja, en el desempeño de sus funciones como productora y profesora. Su instrucción autodidacta, que adquirió en su pueblo de El Paso, la lleva a una posición de superior categoría dentro del escaso número de individuos privilegiados en captar, por intuición, los particulares fenómenos naturales, y en plasmarlos fielmente para recreación de los profanos e inspirados en una amplitud de ideas perceptibles en una mente fiebrosa de agitadas convulsiones artísticas, revelarlas, y exteriorizarlas sensiblemente comprensibles a nosotros, los ignorantes.

El que doña Nila fuera una matrona ejemplar como madre —y raíz de una dinastía de artistas sensitivos, principalmente en el campo de la música— no fue en ella óbice para que se entregara, con una dedicación entrañable, al gran influjo de su pasión educativa. En sus manos hacendosas en los quehaceres domésticos, que nunca desdeñó, se operaba un sortilegio enigmático cuando la mente le dictaba ideas que iban tomando formas de flores o paisajes bajo la sabia disposición de rasgos y manchas impregnados en el lienzo por el sutil pincel que producía una pintura grácil, emotiva y sentimental.

Doña Petronila González Guélmez ha dejado en El Paso una honda huella en la incursión de su polifacético quehacer artístico. La profundidad imaginativa en sus creaciones de dibujos, pinturas, bordados en telas, etc., no ha podido ser marginada por este avasallador esnobismo que estamos padeciendo en todos los órdenes comunes a nuestro vivir contemplativo actual.

Tenía doña Nila la peculiar semblanza de una mujer pensadora y observadora que se manifestaba en una mirada fúlgida y relampagueante, humanizada por las múltiples circunstancias a las que se debía en su condición de esposa, madre, y de artista de amplias concepciones para ejecutar y suministrar enseñaza a los demás.

Si los pueblos se deben en cultura a sus hijos preclaros, El Paso es un caso de significativa deuda con doña Nila y don Pedro, su esposo, amantísimos educadores, y ejemplares guías de sus hijos y de los hijos de tantos y tantos padres pasenses.

De doña Petronila dijo su esposo, en un sentimental poema dedicado a ella:

Mujer, por tu pasión
latir siento en mi pecho
en ansias ya desecho
mi ardiente corazón.

Esto nos hace comprender la sólida armonía conyugal existente en dos seres afines, ejemplares, y la apreciación delicada, sentida, que don Pedro, en su calidad de hombre dimensional, remansaba en su corazón, con rescoldo tibio, hacia su esposa. Rescoldo, calor y aliento correlacionados hasta la plenitud en unas facultades exquisitas, por la esposa amante, por la mujer sensitiva y la artista genial que era doña Petronila González Guélmez.

También yo, en mis calenturientos soliloquios, en arrebatos histéricos de un pensar vacilante, he dicho de doña Nila:

¡Qué profunda sensación
de grandeza en la mirada!
¡Qué sublime emanación
de su fértil pensamiento!

¡Qué tangible se nos muestra
sobre su frente nimbada
esa gran clarividencia
de mujer privilegiada!

¡Qué pena sea marginado
su prodigioso talento!

Es nuestro deseo —o mi deseo— que este simple escrito sirva para despertar el letargo operante en alguno de mis documentados paisanos, y éste se apreste a una tarea reivindicadora en méritos a personalidades tan egregias como doña Petronila González Guélmez, una más de los Valores Humanos de mi pueblo.

[*ElPaso}– Valores humanos de mi pueblo: Doña Petronila González Guélmez / Ismael González G.

A pesar del cariño y agradecimiento que le profesé a tía Nila —pues, según me contaron, con el arrojo y decisión que le eran característico me salvó la vida cuando apenas tenía yo 16 meses de edad —, después del panegírico que sigue me pregunto a qué vocabulario habría recurrido don Ismael González si hubiera tenido que escribir uno referido a Leonardo Da Vinci o Miguel Ángel Buonarroti.

Tal vez por eso que tía Nila hizo conmigo; por el cariño que desde entonces me tomó; porque durante mi infancia pasé mucho tiempo en su casa, para llegar a la cual sólo tenía yo que caminar 20 metros desde la mía; porque la escuela a la que primero asistí fue la de tío Pedro, también al lado de mi casa; por otros motivos que, dada mi corta edad, escaparon a mi memoria consciente; por el tiempo que pasé con ella y con un ya muy deteriorado tío Pedro, cuando iba yo en verano a presentar en Santa Cruz de Tenerife exámenes de bachillerato y me dejaban quedar allí un mes, en casa de tío Pedro y tía Nila, si los aprobaba. Tal vez por la gran influencia que por todo eso tuvieron ellos en mi formación, dos esotéricos que de mi vida nada sabían, y que estaban en países diferentes, me dijeron, también en momentos diferentes, que yo tenía unos segundos padres.


Tía Nila, tío Pedro y Carlos Padrón. Foto de mi colección tomada frente a la iglesia de San Agustín, en La Laguna (Tenerife).

Como no creo en casualidades, sólo puedo pensar que se referían a tío Pedro y tía Nila, con quienes mantuve estrecho contacto durante los primeros 22 años de mi vida.

Carlos M. Padrón

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Ismael González G.
(Artículo publicado en el Diario de Las Palmas, Canarias, el 25/03/1972, con esta foto:

La personalidad de doña Petronila González Guélmez constituye una institución en su decidida aportación a la influencia vocacional artística —pintura, dibujo, y labores decorativas del hogar—, manifestada con la presencia que su auge esplendoroso tuvo en la juventud del sexo femenino pasense, exactamente en el período de enseñanza de doña Nila, como familiarmente se la llamaba.

Ni antes ni después se ha conseguido en El Paso aunar en la juventud un deseo de expresión artística, tan natural, imaginativo y acentuado como cuando se conjugaba el verbo enseñar en el colego “El Paso”, de don Pedro Martín Hernández y Castillo (don Pedro Castillo) y su señora esposa, doña Petronila González Guélmez (doña Nila). Verbos conjugados, repito, en una extensa gama de actividades ilustrativas.

Importa mucho decir que, para los años de nuestra mujeres de más de 50, no es aventurado pensar que colgado en la sala de un elevadísimo número de hogares del pueblo hubiera un lienzo en óleo, o una cartulina en carbón o acuarela, salido del estudio pictórico, abierto a sus discípulos a quienes doña Nila iniciaba, y supervisaba después, en esa ocupación liberal donde se expresan en colorido las facultades imaginativas o naturales captaciones del artista.


Doña Nila (la cuarta, de izquierda a derecha, de las que aparecen detrás de la mesa) con algunas de sus alumnas,… que no sé quiénes son.
Foto tomada de la portada del programa de la exposición artística hecha en El Paso con motivo de las fiestas de la Virgen de El Pino durante agosto y septiembre de 1997.

La calidad artística de doña Petronila González Guélmez es interesantísima, por compleja, en el desempeño de sus funciones como productora y profesora. Su instrucción autodidacta, que adquirió en su pueblo de El Paso, la lleva a una posición de superior categoría dentro del escaso número de individuos privilegiados en captar, por intuición, los particulares fenómenos naturales, y en plasmarlos fielmente para recreación de los profanos e inspirados en una amplitud de ideas perceptibles en una mente fiebrosa de agitadas convulsiones artísticas, revelarlas, y exteriorizarlas sensiblemente comprensibles a nosotros, los ignorantes.

El que doña Nila fuera una matrona ejemplar como madre —y raíz de una dinastía de artistas sensitivos, principalmente en el campo de la música— no fue en ella óbice para que se entregara, con una dedicación entrañable, al gran influjo de su pasión educativa. En sus manos hacendosas en los quehaceres domésticos, que nunca desdeñó, se operaba un sortilegio enigmático cuando la mente le dictaba ideas que iban tomando formas de flores o paisajes bajo la sabia disposición de rasgos y manchas impregnados en el lienzo por el sutil pincel que producía una pintura grácil, emotiva y sentimental.

Doña Petronila González Guélmez ha dejado en El Paso una honda huella en la incursión de su polifacético quehacer artístico. La profundidad imaginativa en sus creaciones de dibujos, pinturas, bordados en telas, etc., no ha podido ser marginada por este avasallador esnobismo que estamos padeciendo en todos los órdenes comunes a nuestro vivir contemplativo actual.

Tenía doña Nila la peculiar semblanza de una mujer pensadora y observadora que se manifestaba en una mirada fúlgida y relampagueante, humanizada por las múltiples circunstancias a las que se debía en su condición de esposa, madre, y de artista de amplias concepciones para ejecutar y suministrar enseñaza a los demás.

Si los pueblos se deben en cultura a sus hijos preclaros, El Paso es un caso de significativa deuda con doña Nila y don Pedro, su esposo, amantísimos educadores, y ejemplares guías de sus hijos y de los hijos de tantos y tantos padres pasenses.

De doña Petronila dijo su esposo, en un sentimental poema dedicado a ella:

Mujer, por tu pasión
latir siento en mi pecho
en ansias ya desecho
mi ardiente corazón.

Esto nos hace comprender la sólida armonía conyugal existente en dos seres afines, ejemplares, y la apreciación delicada, sentida, que don Pedro, en su calidad de hombre dimensional, remansaba en su corazón, con rescoldo tibio, hacia su esposa. Rescoldo, calor y aliento correlacionados hasta la plenitud en unas facultades exquisitas, por la esposa amante, por la mujer sensitiva y la artista genial que era doña Petronila González Guélmez.

También yo, en mis calenturientos soliloquios, en arrebatos histéricos de un pensar vacilante, he dicho de doña Nila:

¡Qué profunda sensación
de grandeza en la mirada!
¡Qué sublime emanación
de su fértil pensamiento!

¡Qué tangible se nos muestra
sobre su frente nimbada
esa gran clarividencia
de mujer privilegiada!

¡Qué pena sea marginado
su prodigioso talento!

Es nuestro deseo —o mi deseo— que este simple escrito sirva para despertar el letargo operante en alguno de mis documentados paisanos, y éste se apreste a una tarea reivindicadora en méritos a personalidades tan egregias como doña Petronila González Guélmez, una más de los Valores Humanos de mi pueblo.

[*ElPaso}– El humo inicial del volcán

Carlos M. Padrón

En el El vocán Cumbre Vieja: trágico pero espectacular escribí,

… y sobre las montañas conocidas como Cumbre Vieja se veía una columna de humo negro que se proyectaba hacia el cielo, y tan densa que no parecía moverse.

Pues bien, en esta foto

puede verse una columna igual a ésa que mencioné. No me refiero a la blanca —que supongo que es vapor del agua del mar— sino a la muy oscura y llena de volutas, que se ve entre las dos palmeras. Así, aunque tal vez más oscura, era la columna del humo inicial del Volcán Cumbre Vieja.

[*ElPaso}– Gallito

01-03-2007

Carlos M. Padrón

Emigró a Cuba, como hicieron casi todos los muchachos del pueblo, a la edad de 18 años, regresó a El Paso a los 23, y vivió por más de 100 años.

Era un campesino al 100% que se dedicó siempre a las labores del campo (labranza, siembra, siega, trilla, cosecha, tala y acarreo de troncos, etc.) y a sus cabras, vacas, caballos, mulas, cochinos, yuntas de bueyes y perros de caza, pues era un gran aficionado a la caza de conejos usando perros y hurones.

En las tardes se reunía con sus amigos, muchos de ellos también cazadores, en uno de los bares del pueblo, y entre vaso y vaso de vino se echaban cuentos que, al igual que se dice que hacen los pescadores, estaban plagados de exageraciones.

Por ejemplo, uno contaba que había ido a cazar con su perro, a un área distante varios kilómetros de su casa, y para que el perro no se enredara en algún arbusto cuando fuera corriendo tras un conejo, le sacó el collar que, por descuido, dejó olvidado en el lugar. Al llegar de vuelta en la noche a la casa cayó en cuenta del olvido, le ordenó al perro que fuera a buscar el collar, y el perro, sin más, entendió la orden, fue y regresó con el collar en su hocico.

A una exageración como ésta contestaba otro contertulio con una igual o mayor, hasta que uno de ellos concluyó diciendo:

—Es que hay perros que soy más inteligentes que sus amos.

Y, de inmediato, Gallito respondió:

—¡El mío es uno de ésos!.

~~~

Allá por los años 50 se inició el juego de la quiniela, que consistía en tratar de acertar el resultado de unos 14 partidos de fútbol. Frente al nombre de los equipos que disputarían cada uno de ellos había que marcar un ‘1’ si el apostador creía que ese partido lo ganaría el equipo anfitrión; un ‘2’ si creía que lo ganaría el visitante; y una ‘X’ si creía que terminaría en empate. Y Gallito se aficionó al juego de las quinielas.

Una de sus vacas lecheras tenía malas pulgas, y un día, mientras Gallito la ordeñaba, la vaca le soltó una patada. Gallito se alzó del pequeño banco que usaba para sentarse a ordeñar, y soltándole a la vaca una patada en la parte baja de la barriga exclamó:

—¡Equis!

~~~

Los cochinos, que entonces se criaban y engordaban con las sobras de la comida de sus dueños, a la que se añadía gofio de chochos, eran usualmente sacrificados sobre el mes de noviembre en una especie de ceremonia llamada “la matazón del cochino” de fulanito.

A ella asistían familiares y vecinos, pues la tarea era larga y había que realizarla en un solo día. Se iniciaba antes de despuntar el alba, cuando las mujeres ponían agua a hervir para con ella lavar y cepillar la piel del cochino, una vez muerto éste, hasta despojarla de toda la porquería acumulada en ella durante un año. Luego se le daba muerte al cochino, para lo cual se usaba generalmente o bien un fuerte golpe en la cabeza dado con la parte gruesa de la hoja de un hacha, o bien una certera puñalada directamente al corazón. Mi tío-abuelo Juan Sosa era un experto en esta modalidad de la puñalada, y tenía merecida fama de conseguir que el cochino cayera muerto sin emitir sonido alguno.

Los cochinos que, para mantener lejos los malos olores, usualmente se criaban en un lugar bastante apartado de la casa, se alteraban al ver que de pronto había muchas personas junto a su corral, así que el día de la matazón de un cochino de Gallito, éste entró al corral para matarlo, pero el cochino consiguió llegar a la puerta de salida antes de que Gallito acertara a cerrarla completamente y pretendió escapar por ella. Gallito alcanzó a sujetarlo por los cuartos traseros, y eso dio comienzo a un forcejeo entre Gallito, que quería meter de nuevo al cochino en el corral, y el cochino que quería escapar de él.

Unas veces Gallito conseguía meter hacia el corral parte del cuerpo del cochino, y luego era el cochino el que conseguía sacar del corral parte de su cuerpo. En ese vaivén estaban cuando Gallito exclamó:

—Tú serás más cochino que yo, ¡pero más animal, no!.

~~~

P.D.: Mi madre y Gallito habían sido vecinos durante su infancia y primera juventud, y un verano de mediados de los 90, viudos ya ambos desde muchos años atrás, mi madre, para entonces de unos 85 años, estando de vacaciones a El Paso pasó frente al bar usualmente frecuentado por Gallito, éste la piropeó, en voz alta y ante público, y mi madre, que creía que la viudez es para todo el resto de la vida y que el mundo entero tenía que respetar esta crrencia suya, se sintió tan ofendida que, de vuelta en Caracas, por varios años comentaba a cada rato el incidente y montaba en cólera.

Un día, y ya que el médico decía que su cardiólogo dijo que mantenerla motivada, se me ocurrió decirle que Gallito, en vista de que ella lo había rechazado, estaba de novio con Eva, una prima hermana de mi madre. Esto bastó y sobró para que montara todo un drama exclamando a cada rato cómo era posible que su prima Eva, viuda también desde hacía años, se hubiera enamorado de Gallito, que qué clase de venda le habían puesto en los ojos a su querida prima, que cómo estarían de disgustados los hijos de Eva, etc.

Así que, para poner broche de oro al episodio, un día escribí una carta en la que, supuestamente, el hijo de Eva se desahoga conmigo contándome lo que sufría con la relación amorosa entre su madre y Gallito, las cosas de pichones enamorados que se hacían uno a otro, y los quebraderos de cabeza que daban a todos.

Un sábado le dije a mi madre que había recibido esa carta pero que había olvidado llevarla para leérsela, lo cual la dejó en ascuas y bien alerta durante toda la semana. El próximo sábado llevé la carta, se la leí,… y por poco morimos todos de risa ante los aspavientos y comentarios que mi madre hizo,… y siguió haciendo por meses.

[*ElPaso}– Don Salvador Miralles Pérez. In Memoriam – Homenaje póstumo en El Paso / Wifredo Ramos

Wifredo Ramos
Cronista Oficial de El Paso

Está reciente el fallecimiento de D. Salvador Miralles Pérez un hombre que fue párroco en El Paso, pueblo en el que durante 16 años desarrolló una destacada actividad, al igual que en Güímar donde realizó una también extraordinaria labor durante 29 años de constante trabajo. Las personas que le conocimos estimamos justo que en su despedida hacia la eternidad se le dedique algún reconocimiento.

Recordamos la esquela aparecida en el Diario de Avisos, el pasado 2 de enero, en la que el obispo y el clero diocesano comunican la muerte de D. Salvador Miralles y agradecen la participación en la misa exequial, a celebrarse en la parroquia del Sagrado Corazón (Santa Cruz de Tenerife), y a continuación al traslado de sus restos mortales al Cementerio de Güímar.

Foto cortesía de Susana y Fernando Miralles.

En una bella semblanza de D. Salvador Miralles Pérez —“Don Salvador”—, el obispo D. Bernardo Álvarez Afonso comentó una amplia relación de sus actividades, hasta sus aficiones como “radioaficionado” y su buen humor. Fue un acto emotivo, con numeroso acompañamiento de sacerdotes y público, entre el que se encontraban varios pasenses.

En El Paso, la Parroquia le ofreció una misa celebrada por el actual párroco, D. Domingo Guerra.

El día 18 de enero se ofició una misa dedicada por el Ayuntamiento como homenaje póstumo, en reconocimiento a la extraordinaria labor y servicio en bien del pueblo llevada a cabo por Don Salvador.

Salvador Miralles Pérez nació en Valle de Guerra el 11 de noviembre de 1921. Ingresó en el Seminario Diocesano (La Laguna, Tenerife) en 1934. El 2 de junio de 1946 recibió el presbiterado por el obispo Fray Albino González y Menéndez Reigada.

Cantó su Primera Misa en la iglesia parroquial de Valle de Guerra.

Al irse a la diócesis de Córdoba el obispo antes citado, quedó D. Domingo Pérez Cáceres como Vicario Capitular al frente de nuestra diócesis, y el 20 de junio de 1946 nombró a Don Salvador cura ecónomo de San Antonio Abad (Fuencaliente) y cura encargado de San Nicolás de Bari (Las Manchas).

El 19 de diciembre de 1947 recibió el nombramiento de cura ecónomo de Nuestra Señora de Bonanza, en El Paso. “Al hacerme cargo de esta Iglesia noté pobreza ornamental y nos decidimos a construir el Altar Mayor, bendecido el 31 de mayo de 1949, con mi agradecimiento a la feligresía, cuyas aportaciones recibíamos a través de la asociación Obreras del Templo; y a la Junta Parroquial, compuesta por D. Pedro Capote Lorenzo, D. José G. Martín Pérez, D. Tomás Capote Lorenzo, D. Justo Triana Remedios, D. Antonio Pino Pérez y D. Miguel Jurado Serrano”.

Al celebrar la terminación del Altar Mayor el párroco anunció que la obra debía continuar con la construcción de los siguientes altares. El próximo sería el del Corazón de Jesús, y luego el de Mª Auxiliadora (1951), siendo la dirección y talla de estos altares, como la de los siguientes, realizada por D. Francisco Arnau, Maestro de Taller de Carpintería Artística de la Escuela de Artes y Oficios de Santa Cruz de La Palma, quien dirigió a dos carpinteros y a un joven aprendiz [1]. En 1952 se colocó el púlpito; en el mes de julio se bendijeron la imagen y el altar de la Virgen del Carmen; en septiembre se colocaron las 14 estaciones del Vía Crucis, y posteriormente se fueron recibiendo distintos ornamentos litúrgicos para el culto. En 1953 se bendijeron la imagen y el altar de Cristo Crucificado, y el altar de Jesús Nazareno.

En agosto de 1953 concluyó la restauración de la iglesia de Nuestra Señora de El Pino, en cuya fachada se colocó un balcón de madera de tea.

El año 1954 se sustituyeron las antiguas arañas de cristal, colgantes del techo, por otras de bronce plateado, y se retiraron de la iglesia los reclinatorios y las sillas que fueron sustituidos por bancos recién construidos con madera de ukola.

En los primeros días de mayo de 1954 (Año Santo Mariano), llegó al puerto de Santa Cruz de La Palma la imagen peregrina de Nuestra Señora de Fátima, traída de Portugal y acompañada por el Padre Generoso de Barcenilla, que recorrió durante dos meses y medio todos los pueblos de la Isla. El itinerario insular culminó en Santa Cruz de La Palma con un acto de clausura presidido por el obispo D. Domingo Pérez Cáceres, ante un inmenso gentío.

A continuación, la imagen fue trasladada a El Paso donde peregrinó por los barrios con gran asistencia de feligreses y fervor popular. Finalizó con un acto ante la antigua iglesia —conocida como la Iglesia Vieja— de Ntra. Sra. de Bonanza, donde el Padre Generoso entregó la imagen a la Parroquia de El Paso, en la que permanece desde entonces.

En septiembre se terminó, con ayuda del Estado, la construcción del nuevo colegio, de dos plantas, para una fundación religiosa que operó en esta Parroquia.

El mes de octubre se enviaron cartas a algunos pasenses residentes en Venezuela para crear una Comisión con la intención de recaudar fondos entre los hijos de El Paso con el fin de levantar la torre de la iglesia parroquial. Tan pronto llegaron las aportaciones económicas, en mayo de 1955 se dio comienzo a la obra de la torre, que llegó a construirse sólo hasta la mitad de su altura. A mediados del año se llevó a cabo la colocación de losetas en las amplias azoteas de las tres naves.

El 6 de agosto de 1956 se adquirió el solar para la futura Casa Parroquial, con una huerta.


Verano de 1956 [2]. De izquierda a derecha.
De pie: Evaristo Pérez, Juan Enrique Brito Pérez, Raúl Zamora, Carlos Padrón, Don Salvador Miralles, Luis Capote Pozuelo, Juan Antonio Jurado Pérez, Mario Rigoberto Rodríguez Cáceres, José Antonio Martín.

En cuclillas: Juan Roberto Cabrera, Cosme Damián Díaz, Juan Antonio Pino Capote, José Manuel Capote, Antonio Capote Pozuelo.

Por julio de 1958 llegó a El Paso D. Gerino Casal, acompañado de unos cursillistas de cristiandad. Se organizaron en esta parroquia unos cursillos, que comenzaron en octubre, con asistencia de hombres y mujeres que vinieron del Valle de Aridane, de Santa Cruz de La Palma y de varios pueblos de la Isla.

A finales de agosto “llegó a El Paso, acompañado de su esposa, el hijo de esta ciudad y rico hacendado en Venezuela, Don Antonio Duque Herrera, quien acogió con agrado la idea de la terminación de la torre parroquial, según el proyecto del arquitecto tinerfeño D. Tomás Machado y Méndez de Lugo. La torre se finalizó en el mes de marzo de 1960. Su altura alcanza 35 metros y tiene un reloj de cuatro esferas”.

Recibió Don Salvador el nombramiento de profesor extraordinario de las Religiosas Dominicas de Los Llanos, que desempeñó desde 1948 hasta 1960, fecha de la marcha de las religiosas.

A lo largo de la década de los 50 se celebraron en el Teatro Monterrey, de El Paso, las Semanas de la Madre. Participaron doctores, profesores y maestros, con un ambiente cívico-cultural muy satisfactorio.

Ganó las oposiciones en el Concurso General de Parroquias y tomó posesión de la Parroquia de El Paso el 6 de julio de 1960.

El día 31 de marzo de 1961 se terminó la construcción del último altar dedicado a la Virgen de Coromoto, patrona de Venezuela, cuya imagen fue donada por el cónsul venezolano en Santa Cruz de Tenerife, D. Efraín Paredes Pacheco. La obra fue realizada por el escultor, hijo de El Paso, Wifredo Ramos [1], alumno entonces de la Escuela de Bellas Artes de la capital tinerfeña, y aprendiz de D. Francisco Arnau desde el comienzo de la construcción de los altares. a esta imagen de la Virgen de Coromoto se la considera como un símbolo dado el elevado número de pasenses emigrantes que fueron bien acogidos en la hospitalaria tierra venezolana: un recuerdo para los que retornaron,… de los que “se han quedado allá para siempre.

La erupción del volcán de San Juan, en 1949, dio paso a la adopción por el Jefe del Estado de los cinco pueblos afectados, entre ellos El Paso. Esto significaba que la construcción de edificios de interés público era concedida y financiada.

El proyecto de la Casa Parroquial fue aprobado en Consejo de Ministros del 20 de abril de 1952. La tramitación tuvo dificultades, disgustos y cartas que escribir. Por fin, en diciembre de 1963, recibió Don Salvador una carta de la Compañía Entrecanales y Távora, en la que se indicaba que le había sido adjudicada la obra de la Casa Parroquial.

Por esta época, como el oculista Sr. Vázquez de Parga, de Santa Cruz de La Palma, debía marcharse definitivamente a Madrid, le aconsejó a Don Salvador que hablara con el Sr. Obispo, D. Luis Franco Cascón, para que lo trasladara a Tenerife donde mejor pudiera ser atendida su acentuada falta de visión. Es acogido su ruego, siendo nombrado cura párroco de Santo Domingo de Guzmán, de Güímar (Tenerife), con fecha 23 de diciembre de 1963.

Al encargarse de la Parroquia de El Paso, D. Cristóbal Rafael Pérez Vega habló con el obispo, y éste le envió a hablar con Don Salvador, siendo D. Cristóbal quien realizó las gestiones pertinentes con la citada Compañía, concluyendo las obras de la Casa Parroquial.

Don Salvador es “invitado por D. Cristóbal a bendecir la nueva Casa Parroquial pasense que tanto le había costado; gesto de su compañero que él destaca por su exquisita sensibilidad y caballerosidad”.

Trasladado a Güímar, durante los años 1964-65 Don Salvador emprendió la restauración de la iglesia parroquial de Santo Domingo de Guzmán, y continuó una destacada labor de entrega y servicio.

“A mediados de septiembre de 1992, hice entrega de esta parroquia de Santo Domingo de Guzmán al nuevo cura párroco, D. Domingo Guerra Pérez, y me retiro, habiendo entregado a la Diócesis los 46 años de mi ministerio sacerdotal, 3 casas parroquiales, 3 iglesias completamente restauradas y dos iglesias construidas de nueva planta”.

De 1996 se cita el homenaje dedicado por el Ayuntamiento de El Paso con motivo de las bodas de oro sacerdotales de Don Salvador, y en julio de ese año se tituló con su nombre una calle del pueblo.

En su época de retiro en Santa Cruz de Tenerife, varias veces lo encontramos, ya invidente, por la calle de El Pilar, de camino a colaborar con la Iglesia de San Francisco. Le servía de lazarillo su hermana Susana, quién solícita le acompañó muchos años hasta la última etapa, en la Casa de Acogida Madre del Redentor, en El Sauzal.

Así terminó una dilatada vida de entrega y constante trabajo, que culminó con el nombramiento de Párroco Emérito de la parroquia de Santo Domingo de Guzmán (Güímar).

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NotasCMP.

[1]: Un joven aprendiz llamado Wifredo Ramos,… o sea, el autor de este artículo y hoy Cronista Oficial de El Paso.

[2]: La foto es de mi colección. Fue tomada frente a la puerta trasera de la Iglesia Nueva un domingo del verano de 1956. Todos los que estamos con Don Salvador somos muchachos de El Paso, casi de la misma edad (tal vez 1 ó 2 años de diferencia en algunos casos), menos Raúl Zamora, mayor que cualquiera de los otros, que es de un pueblo de La Gomera, otra isla de Canarias.

[*ElPaso}- Valores humanos de mi pueblo: Don Pedro Martín Hernández y Castillo / Ismael González G.

Don Pedro Martín Hernández y Castillo —más conocido como don Pedro Castillo, o como “tío Pedro” en el seno de mi familia—, era hermano de mi abuela materna, tío de mi madre, Víctoria Pérez Martín —más conocida como Victoria Castillo— y, por tanto, tío-abuelo mío.

Como bien dice el autor del artículo que sigue, tío Pedro nació y se crió en El Paso, y pasó también en El Paso la mayor parte de su vida, concretamente hasta, si recuerdo bien, abril de 1949, cuando con su esposa —tía Nila— e hijas se fue a vivir a Santa Cruz de Tenerife (yo viajé con ellos en la que fuera mi primera salida de La Palma) y no regresó más a El Paso. Murió en Santa Cruz de Tenerife el 11/06/1963.

Las fotos aquí incluidas son de mi colección personal. Una, del libro que tío Pedro me regaló, dedicado por él, el 19/07/1961, exactamente el día en que salí de Tenerife rumbo a Venezuela. La otra, tomada con mi cámara un domingo de abril de 1958.

Carlos M. Padrón

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Ismael González G.
(Artículo publicado en el Diario de Las Palmas, Canarias, el 24/03/1972)..

En la isla de San Miguel de La Palma, entre el jugueteo de la brisa lánguida que se despeña desde las cumbres pasenses para lamer la policroma flor del almendro exuberante, nació don Pedro Martín Hernández y Castillo. Apenas si traspuso los umbrales del perímetro insular; creo que no. Nació, creció y vivió en su pueblo de El Paso, hasta avanzada edad. Murió fuera de los límites geográficos donde discurrió su vida en una perseverante actividad ilustrativa a la que se entregó avaramente.

En su persona coexistía una concreción de elementos para, por su medio, impartir y difundir cultura, hasta lo inconcebible, en el campo de las Ciencias y las Artes, a pesar del reducido espacio y medio disponible al quehacer de su autodidacta instrucción.

Con un despliegue ancho, encaminado a la docencia, con vocación de pedagogo monacal, estudioso y sapiente, y con una voluntad sin límite puesta al servicio de sus discípulos, operaba en el campo abierto de su magisterio, e iba inculcando el máximo de rendimiento de las enseñanzas que prodigaba.

Aunque se haga condensada y someramente, es imposible circunscribir al reducido espacio de una croniquilla de ochocientas o mil palabras la magnitud de la obra de don Pedro Martín Hernández y Castillo —conocido como don Pedro Castillo— como hombre múltiple, inmerso totalmente en la trayectoria de su vida, en ese oleaje de mar agitado por las distintas facetas que presentaba y producía su magisterio.

La cabeza leonesa, de pelo revuelto y abundante, sobre una frente ancha, despejada y despierta, y una mirada aguda que profundizaba en el examen de su curiosidad intuitiva, escudriñando más allá de nuestros deseos cuando sosteníamos con él un cambio de palabras o conversación encaminada siempre al buen provecho de sus enseñanzas. Fue maestro, en el amplio concepto de la palabra; pedagogo nato, literato, compositor y músico.


Foto que aparece en el libro “Notas Canarias o Espejo de la Vida”.

Era de una percepción diáfana cuando la necesidad o el caso lo empujaban a imbuirse en ello. Poseía una extraordinaria memoria, y en su inmenso archivo computaba y seleccionaba la correlación de sucintos hechos de su vida que, a veces, aireaba adobados con la fértil y viril verborrea de que era poseedor.

No sabemos —o, por tal, no sé yo— que, con la seriedad y la serenidad que el asunto amerita, se haya tomado en cuenta el sacar del anonimato la personalidad innegable de don Pedro Castillo, para elevar su obra al nivel de paralelismo en que merece estar.

No es aventurado pensar y decir que, en todo el lapso del vocacional magisterio de don Pedro, un elevado número de jóvenes pasenses le deben en parte su acceso a la cultura universitaria, mientras que otros, los más, le deben el haber sido rescatados del analfabetismo en que estaban inmersos.

Y se da la particularísima circunstancia de que, intrínseca e íntimamente unidos, don Pedro Castillo y su esposa, doña Petronila González Guélmez —conocida como doña Nila—, compartían el magisterio, por lo que, a más de los varones, también las hembras pasenses desde hace setenta y hasta treinta años, más o menos, fueron en gran parte ilustradas en las exquisitas enseñanzas de pintura y labores decorativas del hogar bajo la tutela de doña Nila, de quien se hace necesario un cometario aparte por ser también esta abnegada maestra otro más de los valores humanos de mi pueblo.


Tía Nila, tío Pedro y Carlos Padrón. Foto tomada frente a la iglesia de San Agustín, en La Laguna (Tenerife).

Ha dicho Pedro Hernández, el sensitivo poeta y escritor llanense, que el día que se piense en serio hacer una antología de poetas palmeros habrá que tener en cuenta a don Antonio Pino Pérez. Muy bien, pero, ¿y no sería asimismo loable tener en cuenta también a don Pedro Castillo?.

Creemos —creo yo, digo— que don Pedro, este otro genial pasense, tiene producida suficiente obra para que se le tome en cuenta, en consideración a las diversas facetas de su personalidad artística como músico, y hasta musicólogo, orador, escritor y poeta, y por su vasta actuación en el peregrinaje de su magisterio, que abarca desde sus años mozos hasta casi los últimos días de su vida. Por todo, bien merece don Pedro Castillo una página señalativa, con algunos de sus conceptuales y sonoros poemas, en la inminente composición de esa antología de poetas palmeros que, a no dudar, alguien idóneo ha de abocarse al trabajo de darle luz.

Su libro “Notas canarias o Espejo de la Vida” nos da una idea somera de la sensibilidad que poseía don Pedro, aunque luego, en la madurez de sus años, se robustecen su actitud y sus facultades poéticas y literarias. Del mencionado libro extraemos algunos fragmentos que señalan indefectiblemente la sutil exquisitez del vate. Dice:

Por el amor que siento a la Belleza,
a las Artes y Ciencias, lo sublime,
y a todo lo que al hombre lo redime

y le lleva a un estado de grandeza.

Y, más adelante, prosigue:

Cuando el alba en sus célicos fulgores
del Sol anuncia su primer destello,
extático te admiro entre lo bello,
henchido de alegría en tus amores.

Por lo limitado del espacio periodístico no puedo extenderme en la reproducción de fragmentos emotivos captados en su libro, pero, en verdad, existe material abundante para el comentario halagador hacia este poeta palmero, don Pedro Martín Hernández y Castillo. Sea, pues, este escrito un humilde homenaje a aquel perseverante inculcador de cultura, y uno más de los valores de mi pueblo.

[*ElPaso}– Antonio Camacho Díaz / Wifredo Ramos

(Artículo publicado en el “Diario de Avisos”, de Canarias, el 13/10/2006).

Wilfredo Ramos[*]

Homenaje póstumo en El Paso. “Antonio Camacho, tras cuarenta años en el extranjero, conservaba su elegante habla, teñida de acento y cadencia isleños”.

El día siete de agosto de 2006, en el ilustre Ayuntamiento de la Ciudad de El Paso le dedicó un respetuoso homenaje a un pasense, Hijo Predilecto, cuya destacada trayectoria desarrollada en el extranjero no ha sido suficientemente conocida.

En el salón de sesiones, en torno a una urna portadora de sus cenizas, y fotografía, le rodeaba la Corporación Municipal, familiares y público, llenando el recinto.

Abrió el acto la alcaldesa María Dolores Padilla Felipe, quien destacó los rasgos de la personalidad del profesor y catedrático Antonio Camacho. A continuación, el Cronista Oficial pasense procedió a la lectura de un escrito referente al historial, actividades y recuerdos. Seguidamente, dos sobrinos de Camacho dieron lectura a sendos escritos: María Esther le dedicó un afectivo recuerdo, transido de emoción, y Anelio leyó una amplia y bella semblanza, referida a las importantes facetas cultivadas por el profesor Camacho. Tras unos momentos de silencio, una prolongada ovación vibró en el salón, cual elocuente expresión de reconocimiento y afecto.

Por último, una comitiva trasladó la urna a la iglesia parroquial de Nuestra Señora de Bonanza, en la que, oficiada por el párroco Domingo Guerra, se ofreció una misa en memoria de Camacho.

Antonio Camacho Díaz, catedrático y profesor de Economía en la Universidad de Illinois (Chicago), falleció en Houston (Texas), el 31 de Octubre de 2005, a los 78 años, dejando tras de sí una estela de investigación, docencia y trabajo, ejemplo de gran dedicación, que se cree tal vez merecedora de un Nóbel.

Cuando acontece el óbito de un ser estimado por su extraordinaria labor y saber, aunque éste se encuentre ausente en el extranjero, la muerte despierta por él el interés y la reflexión. En su pueblo natal de El Paso, a pesar de tantos años de ausencia, los que le conocimos sentimos tristeza. Su conocimiento y el ejemplo de su trabajo son un incentivo para las nuevas generaciones.

Nació en el barrio pasense de La Rosa (Cuesta de Matías). Asistía a la escuela primaria de los tiempos de Don Enrique Campos, Don Braulio Martín y otros, acudiendo después a una academia de Los Llanos de Aridane para preparar el bachillerato.

Ismael González (Hijo Predilecto de El Paso) había observado y tomado nota de las actividades desarrolladas por nuestro paisano, y había publicado referencias de que había creado, en Estados Unidos, un teorema que lleva su nombre: “Teorema Camacho”.

El cronista oficial de Santa Cruz de La Palma, Jaime Pérez García, en su tomo III de Fastos Biográficos de La Palma (1998) resume en un apartado dedicado a Camacho Díaz el que éste había sido distinguido por el Ayuntamiento de El Paso, en reconocimiento a sus méritos profesionales, con la Medalla de Oro y el Nombramiento de Hijo Predilecto de esa ciudad.

Licenciado en Matemáticas por la Universidad de Madrid (1954), diplomado en Estadística Matemática por la misma universidad, Doctor en Económicas por la de Minnesota (Estados Unidos de América), y en Matemáticas por la Universidad de Madrid. Desde 1973, catedrático de Economía en la Universidad de Illinois (Chicago). Realizó diversas actividades docentes en la Northwestern University (Evanston, Chicago, Illinois), University of California at Berkeley, en la Universidad Central de Venezuela, y en la Autónoma de Barcelona.

Desarrolló una destacada actividad en congresos profesionales, tanto por los trabajos presentados como por las conferencias impartidas por invitación. Desarrolló y dictó cursos o seminarios de investigación en Microeconomía, Elección Social, Economía de la Organización, y Teoría de la Utilidad. Presidió tribunales y comités para calificar exámenes de fin de carrera y tesis doctorales. Es autor de monografías, de varios capítulos de libros, de artículos publicados en revistas científicas, y de documentos de trabajo del profesorado.

De su obra han sido destacados dos libros fundamentales: Societies and Social Decision Function (publicado en 1982) y Division of Labour, Variability, Coordination and the Logic of Firms Markets (1996).

Salvador Barberá Sández, secretario general de Política científica y Tecnológica del Ministerio de Educación y Ciencia, publica en su Necrológica (El País, Gente, 09/11/2005), un escrito en el que destaca la importancia de la labor y la profesionalidad de Antonio Camacho:

Fue un pionero en muchos sentidos. Se formó inicialmente en la Complutense en los años 50. Viajó a Venezuela donde trabajó como asesor económico del Gobierno. Llevado por su espíritu crítico y una curiosidad intelectual indomable, Antonio fue uno de los primeros españoles en conseguir un doctorado (PhD) en Economía en Estados Unidos.

Allí empezó su dedicación al estudio del diseño de organizaciones, que fue la guía de su tarea investigadora durante cuarenta años.

Como uno de los pocos españoles que tuvieron la fortuna de seguir sus clases, puedo dar testimonio de su enorme honestidad, aunque tenía ideas absolutamente creativas y heterodoxas que no ocultaba. En el año en que fui su alumno, descubrió un error en el trabajo de Harsanyi, más adelante Nóbel de Economía, que corrigió en una publicación (…).

Mantuvo contactos personales con algunos compañeros de promoción que le llevaron a publicar algunos artículos en la primera época de la Revista Española de Economía. Más adelante pasó un año como profesor visitante en la Autónoma de Barcelona, impartió conferencias en Madrid y País Vasco, y retomó contacto con quienes fuimos sus alumnos en Northwestern University, primer destino de su carrera como profesor.

Sin embargo, mantuvo su conexión afectiva y familiar con Canarias: tras 40 años en el extranjero conservaba su elegante habla, teñida de acento y cadencia isleños. Por eso, el que sintió como mayor honor entre los que recibió fue el nombramiento, en 1993, como Hijo Predilecto por parte del Ayuntamiento de El Paso, la población palmera que le vio nacer.

Unos días después de morir Camacho hablamos con sus familiares: su hermana Marina, su sobrina Esther, y su primo Antonio Pino, de quienes obtuvimos emotivos comentarios. Este último relató con detalle numerosos datos y vivencias por haber mantenido con él una entrañable amistad durante medio siglo.

De la época juvenil le recuerdan varios compañeros que coincidieron en la citada academia de enseñanza secundaria, donde se preparaban para cursar el bachillerato. De los pasenses se citan: Andreo Díaz, Dr. Indalecio Hernández, Pedro (Peruco) Martín, Antero Simón, Miguel Ángel Pérez Taño, Álvaro A. Domínguez, Nicolás Monterrey, Vicente Martín Taño y Benigno Mederos. El Dr. Adelto Hernández nos relata que entre los naturales de Los Llanos de Aridane asistían, además de él, Ezequiel Pérez, Eusebio Barreto, Pepe Pulido, Pío Antonio Martín, etc. Siete de ellos formaron la primera promoción de bachillerato, realizando la reválida en la Ciudad de La Laguna.

Posteriormente, Camacho se trasladaría a Madrid, continuando los estudios superiores, con constancia y entrega, para alcanzar los objetivos. Del lema de un filósofo se rememora: “La clave del éxito es fruto del esfuerzo”.

Varias veces retornó a La Palma para tomar unos días de descanso. La última, el año anterior a su muerte, le dijo al pariente citado: “Vamos a caminar”. Y fueron por Tacande, Pinar, Riachuelo, Pista del Refugio, y Pino de La Virgen, recordando antiguas cosas. La grandiosidad del paisaje pasense, cual premonición, le estaría llamando.

Al preguntarle sobre las bases de la Economía le contestó: “Son el trabajo y el ahorro”.

Entre sus amigos se citan: Antonio Pino, Antonio Rodríguez, el Dr. Manuel Morales, y el Dr. José María Brito, entre otros.

Hoy, en este acto de homenaje póstumo, se recuerda también a su primera esposa, Manolita Mayo, fallecida en Estados Unidos y sepultada en Madrid; y la asistencia de su viuda, Victoria Estévez, que vuelve a El Paso con las cenizas de Camacho y su biblioteca personal, para donarla a la Biblioteca Municipal de El Paso, según él había expresado.

Y en el marco de este Ayuntamiento, donde se lo concedió en 1992 el nombramiento que se le entregó personalmente en 1993, hoy, con este homenaje a un hijo que ha realizado un trabajo brillante en el extranjero y retorna con una aureola de fama, El Paso, pueblo trabajador y agradecido, se siente lleno de noble orgullo y le acoge para la eternidad.

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[*]: Wifredo Ramos es Cronista Oficial de la Ciudad de El Paso.