[*El Paso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Espera

ESPERA

Junto al “Tritón” desguazado,
—viejo para navegar—
está el marino sentado,
fija la vista en el mar.

Mira el oriente incendiado
del oro crepuscular.
Y mira más, angustiado,
el Sol que va a naufragar.

Es un ocaso vencido
que alarga su luz postrera
sobre un poniente perdido.

Es un mirar sin mirar,
que todo lo fue y lo espera
por los caminos del mar.

1962

[*ElPaso}– ‘Dándole vueltas al viento’ / Poemas de Antonio Pino Pérez: Viejo molino de viento

VIEJO MOLINO DE VIENTO

Pobre molino, molido
por el viento huracanado,
que hoy, solo, mueves olvido
en tu moler angustiado.

Sin aspas, desmantelado,
ni la brisa te entretiene.
Estás del todo parado.
en el aire que va y viene.

Nos hablas con pesadumbre
de tus alas desguazadas,
por lo muñones de herrumbre
de que fueron arrancadas.

Ya no das vueltas, ni mueles;
nadie te viene a buscar;
fueron contigo crueles,
nadie te empuja a volar.

Ni la guapa molinera
que tuvo amores discretos,
ni el anciano Talavera
que gobernó tus secretos.

Ni Chu Nemesio “El Bendito”
viene a traerte en ofrenda,
con la exigencia de un rito
el costal de la molienda.

Gira que gira, molías
moliendo nuestro sustento,
gofio oloroso que hacías
dándole vueltas al viento.

Ni la comadre Fermina
con los talegos panzudos
viene ya a moler harina
para amasar los “etrudos”.

Que a lo voluble del aire
te entregabas raudo o lento
siempre con gracia y donaire,
siguiendo el ritmo del viento.

Mas todo pasó. Molino
tan sólo eres de nombre,
huye el viento en tu camino
y pasa de largo el hombre.

Y tú un fantasma pareces
de unas alas voladoras
que en ilusión nos ofreces
para moler muertas horas.

Viejo molino arruinado
en los caminos del viento:
en tu moler, torturado,
muele también mi tormento.

Que mis alas de ilusión
junto con tus aspas van
revueltas en la canción
que nos robó el huracán.

Y muele, pobre molino,
que tu destino es moler
hasta que muela el destino
polvo en que te has de volver.

Viejo molino de viento
sin canción y sin cantar,
¡en tu pesadumbre siento
todo un pasado, pasar!

1956

[*El Paso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Ya no es posible

YA NO ES POSIBLE

Ya no es posible revivir las flores
que perfumaron el jardín de ayeres
y al abrirse encendieron sus colores
para embriagar de ensueño los placeres.

Sólo quedan recuerdos y rubores
que pugnan por la luz de amaneceres,
y no pasan de ser sino fulgores
que traen vaguedad de atardeceres.

Todo pasó en su sueño de inconsciencia
que pinta los caminos de esperanza
y nos infunde olvidos de inocencia.

Y nuevamente niños, siendo viejos,
buscamos la ilusión que nos alcanza
porque ya estamos en el tiempo lejos.

1959

[*ElPaso}– Personajes de mi pueblo, disminuidos pero no olvidados: El Gran Imperio

28-01-2008

Carlos M. Padrón

No era de El Paso; llegó sorpresivamente al pueblo, supuestamente como latonero, y la gente decía que no sabían de dónde.

Tomó como vivienda un pajar abandonado, muy cerca de la casa de Avelina (como se ve, lo de los ‘okupas’ no es tan reciente) y a falta de cama se dedicó a recorrer los caminos recogiendo estiércol —pues en esa época transitaba por esas vías mucho ganado caballar y vacuno, y alguno caprino (aún pasaba algún que otro cabrero con su rebaño vendiendo leche a domicilio)— con el que hizo una especie de gruesa plataforma sobre la cual dormía.

Decía que el calor de la fermentación del estiércol le reconfortaba en las noches de frío, a lo cual contribuía también la gruesa capa de mugre que cubría sus ropas y lo que se veía de su cuerpo. Era un ejemplo viviente del dicho “La cáscara guarda el palo”.

Como en el lugar donde vivía no tenía agua corriente, con un balde en cada mano se iba al abrevadero más cercano, y con ambos baldes llenos de agua potable regresaba a su casa. Eso mantenía ocupadas sus dos manos que no podía usar para evitar que con el andar y el viento se abriera la gabardina que llevaba puesta, única prenda que cubría su cuerpo, y eso dejara ver su desnudez y, para asombro de los muchachos que a veces lo seguían, también sus partes pudendas.

En este dibujo, mi amigo Wifredo lo plasmó muy bien, son su gabardina y sus dos baldes.

Para alimentarse pedía a los vecinos que le regalaran los animales domésticos —preferiblemente gallinas, cochinos, conejos, cabras o cabritos— que murieran por enfermedad. Y si los vecinos no lo complacían en esto, y él se enteraba de que el cuerpo de alguno de esos animales había sido enterrado, averiguaba dónde, y, armado de una pala o azada, desenterraba el cadáver y se lo llevaba a su “residencia” donde, luego de sacarle la piel o plumas, lo descuartizaba, y la carne la almacenaba en un barril —de los entonces usados en el pueblo para almacenar por todo un año el tocino de los cochinos— dentro del cual la organizaba por capas. Por ejemplo, una capa de carne de cabrito, otra de conejo, otra de gallina, otra de cochino, etc., y repetía luego la secuencia mientras tuviera “materia prima”.

Al menos, esto era lo que él decía a los vecinos, aunque muy pocos de ellos tuvieron ánimo u ocasión para comprobarlo.

Como combustible para cocinar sus “exquisitos manjares” usaba gomas de alpargatas o de cauchos (neumáticos) de autos, y los “aromas” de esa combustión decían a todos los vecinos en muchos metros a la redonda que El Gran Imperio estaba dado a sus tareas culinarias.

Un día cayó enferma de “tetera” (así llamaban a una enfermedad mortal que daba a vacas y cabras, que infectaba en hinchaba a reventar sus ubres) una de las cabras que había en mi casa. Murió pocos días después, y mi padre la enterró en una de las que llamábamos “huertas de atrás”.

El hecho llegó a oídos de El Gran Imperio quien, ni corto ni perezoso, armado de una azada, al día siguiente del deceso caprino se presentó ante mi padre, que se encontraba trabajando precisamente en esa huerta, y le preguntó que cómo se le había ocurrido enterrar la tal cabra en vez de avisarle a él, que vivía muy cerca, para que viniera a buscarla.

La respuesta de mi padre fue que la cabra había muerto de enfermedad grave, a lo cual El Gran Imperio contestó que el fuego lo curaba todo, y le pidió permiso a mi padre para efectuar la inmediata exhumación.

Concedido el permiso, ante los asombrados ojos de mi padre El Gran Imperio desenterró el cadáver de la cabra y se lo llevó a hombros, no sin antes tapar muy bien el hueco que había quedado.

Otro de nuestros vecinos —en realidad, vecina— lo sorprendió una vez en un huerto suyo desenterrando un conejo que ella había enterrado allí el día anterior, y al preguntarle qué diablos hacía, El Gran Imperio le contestó impasible que él sabía que allí había sido enterrado un conejo e iba a desenterrarlo para comérselo, porque no hacerlo sería un desperdicio.

Incrédula, la vecina exclamó:

—Pero, hombre de Dios, ¿¡usted va a comerse un conejo muerto!?

A lo que, siempre impasible, El Gran Imperio replicó:

—¿Y es que usted se los come vivos?

La única anécdota que en materia de socialización supe de él es que, sintiéndose solo, le pidió “arrejuntamiento” a su vecina Avelina, la tía de Fernando el de Avelina, pero, aunque parezca increíble, ésta declinó tan gran “honor”.

Los detalles de la romántica petición y consiguiente respuesta eran un verdadero sainete cuando los relataba la propia Avelina en alguna de las noches en que venía a mi casa a jugar ronda, brisca o lotería, y mi padre le tiraba de la lengua acusándola de haber dejado pasar la gran oportunidad de su vida al no haber aceptado la proposición de El Gran Imperio.

[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: El ciprés

EL CIPRÉS

Compendio forestal de verticales
que insobornable subes recto al cielo,
como supremo y perennal anhelo
de las superaciones terrenales.

Nos señalas caminos inmortales
—la eternidad del religioso vuelo—
y perpetúas en terrible duelo,
el amor y el dolor de los mortales.

Tu destino es subir, es aguzarte,
antena ascensional de perfecciones
que no sabes dudar ni derramarte.

Saeta trepadora de clausuras
perdida en un silencio de oraciones
que van a Dios como las almas puras.

[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Soy

En mi opinión, el que sigue es, por lo que del poeta D. Antonio Pino Pérez he leído hasta ahora, el más bello de sus sonetos. Tal vez por eso su hijo, mi amigo Juan Antonio Pino Capote, lo usó como piedra angular de su artículo “Ni el rencor los nombra”, (publicado en el Diario de Avisos del 21 de septiembre de 2003), en el que rememora la lucha de su padre cuando, en funciones de alcalde de El Paso, luchó en defensa de lo que a su pueblo correspondía.

Carlos M. Padrón

***

                                   SOY

De esos hombres abiertos, derramados,
que dicen con rudeza cuanto sienten,
y que, aunque les convenga, nunca mienten
y en alta voz confiesan sus pecados.

De los que viven y se dan confiados
y en alegrías su dolor convierten,
ni la traición, ni el desamor advierten,
a sus propios amores consagrados.

De los que alcanzan luz entre las sombras
y cuando pasan, ni el rencor los nombra
porque en la lucha fueron generosos.

De los que buscan con ahínco el cielo,
y se aligeran para alzar el vuelo
rompiendo sus cadenas silenciosos.

[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Plenitud

PLENITUD

Es mediodía. El pleamar te llena
y tú sabes, con toda exactitud,
que has llevado a la muerte que serena
tu ganada y rotunda plenitud.

Nada falta ni sobra. Ríes plena
el triunfo que atesora tu virtud,
y corregida de extravíos, buena,
te sostiene la paz en la quietud.

Arriba estás en el cenit de altura
sumergida en las anchas claridades
que te descubren su mayor hondura.

Ya no subas ni bajes. Permanece
y espera, en posesión de tus verdades,
a la verdad suprema que amanece.

1959

[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Plegaria del campesino

“El reinado eterno” es el nombre de uno de los varios ‘carros’ que han sido re presentados en El Paso con motivo de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.

Allá llamamos ‘carro’ a esta especie de breve auto sacramental, recitado y cantado, que se escenifica sobre la plataforma de un vehículo grande preparado como escenario especialmente para esa ocasión. La movilidad propia del vehículo permite que la representación se haga en un lugar desde el que sea visible para un número de personas que no cabrían en un teatro. De ahí, de esa movilidad, nació el nombre de “carro”.

Cuando termine con la publicación del contenido de “Dándoles vueltas al viento” me propongo pasar a la de la letra, guión u otros datos de los ‘carros’ que en El Paso han sido representados.

Carlos M. Padrón

***

PLEGARIA DEL CAMPESINO
(Fragmento de “El reinado eterno”)

Soy un pobre campesino;
no tengo palabras bellas
para contar mis querellas
a tu corazón divino.

Pero hacia Ti me encamino
con una oración ferviente,
cual un viejo penitente
que, aunque de torpes maneras,
sabe bien que tú lo esperas;
esperanza del creyente.

Tú me diste paz, consuelo,
un hogar sin inquietudes
y perfumadas virtudes
que embalsamaron mi anhelo.

Cuando contemplé ese cielo
siempre admiré tu grandeza
y bendije mi pobreza
obedeciendo tus leyes.
Fui más grande que los reyes
sintiendo Tu Realeza

Luchando con alegría
tuve fe, Señor clemente,
cuando arrojé la simiente
que por tu amor brotaría.

Y en un milagro nacía,
y en otro en frutos cuajaba,
y agradecido rezaba
a tu bondad infinita
por la cosecha bendita
que mis esfuerzos premiaba.

Cuando herido de traiciones
sentí sangrar mis heridas,
cuando en las horas temidas
me acosaron las pasiones,
recordé las oraciones
que mi madre me inculcó
y de nuevo a Ti volvió
mi espiritual sencillez
con esa grave honradez
que esta tierra me enseñó.

Sobre la tierra curvado
—profunda interrogación—
yo escribí tu religión
con los surcos de mi arado.

Y sepulté mi pecado,
mal cizaña en mí nacida
junto a simiente escogida
que con mi sudor regaba,
y con dolor enterraba
porque eran mi propia vida.

Señor, yo quisiera darte,
—ya que a mi pueblo le das
tu nombre que vale más
que cuanto pueda ofrendarte—
algo que pueda agradarte,
como una inmensa oración
donde te implore perdón
fundido en eterno abrazo
todo este pueblo de El Paso
del Sagrado Corazón.

Mas, soy tan pobre, Señor,
que de nada al fin soy dueño
porque hasta tuyo es el sueño
que mitiga mi dolor.

Tuyo el prodigio de amor
que en mis noches amanece,
y el milagro que florece
luz de tus ojos abiertos
en los almendros despiertos
donde tu luz esclarece.

Nada tengo que ofrecerte
como no sea obediencia
ante el temor de ofenderte,
servirte y obedecerte
para tu gracia esperar
y, mientras viva, rezar,
pedirte a voces perdón
y entregarte el corazón;
lo más que te puedo dar.
1949

[*ElPaso}– Personajes de mi pueblo, disminuidos pero no olvidados: El Catalino

31-12-2007

Carlos M. Padrón

Tampoco era de El Paso y tampoco sé de dónde vino; creo recordar que alguien dijo que era de un pueblo del norte de la isla.

Ocupó el kiosco que por años estuvo en la Plaza Nueva frente a la entrada principal de la iglesia. Era dado a la bebida, y cuando se le pasaba la mano se tornaba belicoso.

Un día de Semana Santa, terminada la procesión del Santo Entierro la gente se retiraba a sus casas, y luego regresaban La Plaza aquéllos que querían asistir a la Procesión del Retiro.

Yo fui uno de los que regresé, pero bastante antes de la hora de esa procesión, y al llegar al cruce de calles en la esquina de la Plaza Vieja, justo cuando subía a la acera donde, también por años, estuvo el mojón del kilómetro 1, noté que alguien venía corriendo, y gritando, por la calle donde estaba la barbería de don Pedro Gabino. Me detuve en espera de que apareciera, pero en cuanto lo hizo me lanzó una piedra que me golpeó en el costado izquierdo, a la altura de la cintura, y me noqueó instantáneamente. De haberme alcanzado en la cabeza me habría matado.

Las personas que me auxiliaron me dijeron, cuando medio desperté, que la piedra me la había lanzado El Catalino porque creyó que yo era uno de los muchachos que lo habían estado molestando por largo rato.

Éste tuvo también su anécdota romántica, pues estando un día cierta señora parada en la puerta de la venta de don Vicente Pino, en la Cruz Grande, vio que por la cuesta venía subiendo El Catalino. Como ella era, según entonces se decía, muy “zafada” (o sea, que decía y hacía cosas consideradas impropias de una dama), cuando El Catalino pasó frente a ella, y estando la venta llena de parroquianos, le dijo:

—Oye, Catalino, ¿quieres dormir conmigo esta noche?

Sin titubear ni inmutarse en lo más mínimo, El Catalino le respondió:

—No, gracias. Estoy comprometido.

Creo que de las anécdotas acaecidas en el pueblo, ésta era la que más risa le causaba a mi madre.

Refiere el amigo Juan Antonio Pino que su padre, don Antonio Pino, le contaba que El Catalino era tan fanático de todo lo frito que decía “¡Fritos me como yo hasta los moñigos de burro!». Y que un día, por algo como una afección intestinal, hubo de ser hospitalizado en estado grave, pero por más que el personal sanitario se esforzó no consiguió que El Catalino diera del cuerpo. Informado de que era necesario que lo hiciera, pidió que en el suelo, junto a su cama, le pusieran un saco.

Así lo hicieron, y entonces, con la debida ayuda, bajó de la cama, se puso de cuclillas sobre el saco y cagó a placer, mientras decía: “¡Muero en mi ley!”.