– XXVIII –
Dicen varios que tienes gran talento,
y que eres en saber una lumbrera.
Yo digo, al ver tus vicios, lo que siento:
que eres sólo un imbécil calavera.
Hechos, imágenes o escritos —en prosa o poesía, y míos o de otros pasenses— acerca de El Paso, sus fiestas, su historia, sus gentes, sus costumbres…
– XXVIII –
Dicen varios que tienes gran talento,
y que eres en saber una lumbrera.
Yo digo, al ver tus vicios, lo que siento:
que eres sólo un imbécil calavera.
– XXVII –
Como eres un soberbio do carrera,
demuestras tu saber,
formando discusiones donde quiera,
sin tu error comprender.
El publico ignorante a ti se inclina
con gran adulación,
y en tus frases do orgullo no adivina
la estúpida intención.
¡Que hombres haya de tanta vanidad
y tantas liviandades!
¡Que haya pueblos de tanta ceguedad
que aplauden necedades!
Si entiendes ha de ser tu profesión,
sujeto a mil errores;
pues sabios en el campo diz que son
los nobles labradores.
Como ores un soberbio de carrera,
demuestra tu saber,
a coda cual tomándole en su esfera
su sabio parecer.
03-05-12
Carlos M. Padrón
Buscando información sobre «el otro» Pedro Martín Hernández, recabé, sin querer, todo lo que sigue, y que acompaño con tres fotos de El Paso de esa época.
El pino centenario junto a la ermita de la Virgen de El Pino. Foto cortesía de Juan Antonio Pino
ESCUELAS (lista no exhaustiva)
Calle principal de El Paso, vista desde el Este. Creo que ya no existe ninguna de las edificaciones que muestra esta foto; no al menos como en ella se les ve. Foto cortesía de Luis Herrera.
CURAS (lista no exhaustiva)
Parece que era gallego. Vivía en extrema pobreza. Andaba en alpargatas y con calcetines rotos. Fue cura en Fuencaliente y luego en Las Manchas, donde vivía en un cuarto detrás de la iglesia, y dormía en un catre armado con duelas de barril.
Siendo cura en Las Manchas, también venía a El Paso, cuya iglesia no le gustaba porque, decía él, tenía mucho dinero.
Se le vinculaba a una anécdota por algo que hacía en las confesiones, pues, como era medio sordo, iba preguntando al penitente por atentados contra cada uno de los Mandamientos, y siempre comenzaba con la pregunta «¿Has robado dinero, pasto o leña?», pues parece que en Las Machas era esto lo más que se robaba. No he conseguido averiguar qué preguntaba en relación al sexto y noveno Mandamientos.
Lo traían para los sermones de la fiesta del Sagrado. Era en exceso histriónico y una vez, cuando el tema de su sermón iba a ser la muerte, preparó todo para que, a una señal suya desde el púlpito, el monaguillo apagara las luces de la iglesia. Entonces, en medio de la oscuridad, él alzaba una calavera que previamente había escondido en el piso del púlpito y que había montado sobre una base sobre la cual reposa una vela encendida. Por supuesto, la luz de la vela salía por los huecos de ojos, nariz y boca.
Con la calavera en alto, y en medio de la oscuridad, amenazaba a todos diciendo que en eso se convertirían.
Pero sus visitas a El Paso concluyeron cuando en uno de sus sermones la emprendió contra Cuba, país al que habían emigrado y seguían emigrando más del 90% de los pasenses quienes, según él, en Cuba perdían la fe y dejaban de practicar la religión (la católica, por supuesto). Cerró su sermón con un «¡Maldita isla de Cuba, que debería tragársela el mar!», y fue declarado persona non grata.
Calle que, comenzando en el centro del pueblo, sube por Tenerra. La dama recostada contra la pared de la que entonces era su casa —y que ahora, remodelada, lo es de su hija Celina— es mi tía Juana Padrón, prima hermana de mi padre. En la casa que sigue a ésa vivió mi abuelo materno Pedro Martín Castillo, según ya conté en Detallista y perfeccionista: de casta le viene al galgo. Fuente: Fotos El Paso
– XXVI –
Recuerdo el bello día
que cerca de unas aguas cristalinas,
hablábamos de amor frases divinas,
henchidos de alegría.
Recuerdo aquel momento
en que los dos, cediendo a la belleza,
en las aguas mirabas la grandeza
del alto firmamento;
y yo, al querer hallar
lo bello por esencia, sólo a ti
entre las aguas cristalinas vi
como un astro rielar.
Del bosque, vagamente sentíase
el susurro en el follaje,
al agitar los vientos el ramaje,
y el eco de la fuente;
y en ritmos de armonía,
nuestras frases pletóricas de amores,
los trinos de las aves entre flores
y el encanto del día.
Cadencias delicadas
que sienten los espíritus sensibles;
efectos que en los hombres son tangibles
por almas elevadas.
———————————————
Recuerdo el Bello día
cuando ambos en la selva legendaria,
formábamos de amor una plegaria,
henchidos de alegría.
———————————————-
Del éxtasis nos quita (no lo olvido)
la piedra que de un risco desprendida,
enturbió aquellas aguas. Su caída
produjo un eco de espantoso ruido.
Al ver que a ti y al cenit (cosa rara)
el agua no copiaba, con anhelo,
en pos de lo real, miraste al cielo.
Yo en pos de mi ilusión, mire a tu cara.
Mil veces, del amor en los antojos,
quedábamos absortos, sin cesar,
comprendiendo el lenguaje del mirar
que expresaban inquietos nuestros ojos.
Y en coloquios idílicos los dos,
panoramas de dichas concebimos.
En alas del querer los dos cumplimos
las leyes del amor, dadas por Dios:
Amar y ser amado, lo sublime
de la vida, lo excelso y misterioso;
amar y ser amado, lo grandioso
que del caos al mundo lo redime.
Y puro cual el alba, en un momento,
un ósculo sonó lleno de ardor.
Era de nuestras almas en amor,
que de amarse se dieron juramento…
Llegó el fatal instante de partir,
y, mirándonos llenos de tristeza,
marchamos: yo, soñando en tu belleza,
a la América en pos de un porvenir.
Tú, a esperarme en tu casa, me decías,
ambos, tal vez, de una esperanza en pos;
y, cual yo, desde lejos repetías:
«¡Soy tuya hasta la muerte! ¡¡Adiós, adiós!!».
En la ausencia pasáronse tres años
y al volver a mi patria, aquel lugar,
entusiasmado quise visitar,
hallando solamente desengaños,
Como el agua en vapores desprendida,
se fue a otra parte en nube nacarada,
a ti, ¡ingrata! que hasta mi elegida,
¡con otro joven te encontré casada!
– XXV –
Cuantas veces tus versos he leído, sin jamás comprender
lo que en ellos decir has pretendido,
la estrofa al componer.
Más que líricas frases, pensamientos,
y el arte par esencia,
en tus versos se advierten los intentos
de la fatua apariencia.
Sólo empleas palabras poco usadas,
confundiendo el lenguaje,
cual sombras de la noche, dispersadas,
que eclipsan el paisaje.
Y empleas además la consonancia
que hasta el niño inocente
desde los años de su tierna infancia,
comprende fácilmente.
Y te llamas poeta en tu trovar,
sin tener poesía,
los versos que pretendes encomiar
un día y otro día.
¿No comprendes que el alma que se inspira,
al decir lo que siente,
de la belleza que en el Orbe admira
con entusiasmo ardiente,
en cada verso encierra un pensamiento
o una nota armoniosa,
que le ha dado quizás del firmamento
la bóveda azulada;
o inspirado tal vez en la grandeza
de la tierra y los mares,
y por eso, del Arte la Belleza
existe en sus cantares?
Esas notas sublimes, arpegiadas
con alta inspiración,
las preludian las almas delicadas,
henchidas de emoción.
¿Tú no yes que el poeta delicado,
del Arte siempre en pos,
describe lo más bello y elevado,
cantando amor a Dios?
Canta, poeta, canta en altos vuelos
de amor y libertad.
Con la idea prosigue hasta los cielos
en pos de la Verdad
más que palabras, forja pensamientos
y el arte por esencia,
y tus versos serán siempre portentos
do ritmos y elocuencia.
Pon en tus versos frases delicadas,
talento y armonía
e inspírate en las cosas más preciadas,
que así es la Poesía.
Prosigue el ideal que vas siguiendo
y llega hasta la meta;
mas, sabe que hay peligro confundiendo
versador con poeta.
18-04-2012
Carlos M. Padrón
En la coletilla número 3 de este artículo, conté que mi tío-abuelo, Pedro Martín Hernández, siempre usó estos apellidos, hasta que un día ocurrió que una correspondencia destinada a él le fue entregada, por error del correo, a otro Pedro Martín Hernández que vivía en La Rosa, lo cual le ocasionó a mi tío-abuelo tal perjuicio que, a partir de ese día y para diferenciarse de ese otro Pedro Martín Hernández, incorporó a sus apellidos «y Castillo» —en El Paso, el ‘Castillo’ fungía como genérico de su familia—, y pasó a firmar como Pedro Martín Hernández y Castillo.
Por obra y gracias de este blog, José Antonio Leonés, un bisnieto de ese otro Pedro Martín Hernández, descubrió el mencionado artículo, me contactó, primero por comentario puesto en Padronel y luego por varios e-mails, y me ha enviado un resumen de la biografía y diario de ese otro Pedro Martín Hernández que, también para diferenciarse de mi tío-abuelo, añadió a su nombre «del Valle», y que no vivía en La Rosa sino en Paso de Abajo, creo que, concretamente, en o cerca del lugar conocido como Cajita del Agua.
A continuación, el extracto que de las memorias de D. Pedro Martín Hernández del Valle que amablemente me ha hecho llegar, con una explicación previa a guisa de prólogo, su bisnieto, José Antonio Leonés, quien vive en Las Palmas.
Lo escrito por D. Pedro Martín Hernández del Valle en sus memorias da una buena idea de cómo era la vida en El Paso de los tiempos de la Primera Guerra Mundial.
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Prólogo
Por José Antonio Leonés
D. Pedro Martín Hernández del Valle, mi bisabuelo, llegó a El Paso en 1916, y a los pocos meses se le unió el resto de su familia.
Desde que llegó estuvo viviendo y dando clases, como maestro de primaria, en esa ciudad, hasta el 17/11/1920 fecha en la que salió desde El Paso para Cuba.
Nació en Santa Cruz de la Palma el 19/09/1874, y falleció en la ciudad de Las Palmas el 12/04/1963. Le sobrevivieron 12 hijos, de los cuales sólo queda la más pequeña que actualmente cuenta con 91 años y está muy enferma.
En su estancia en El Paso le nacieron dos hijos: uno, el décimo, en 1917, y el otro en 1918.
La foto aquí reproducida es la que ilustra la primera página de sus memorias, que comenzó a escribir en 1935, a los 61 años, e hizo en ellas las últimas anotaciones cuando ya tenía 82.
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Extracto de las memorias
Por este tiempo, en mis ratos de descanso, después de dar clase, y como no podía ir con igual frecuencia a ver a mi querida madre por ser tan lejos (en Santa Cruz de La Palma, a unos cincuenta y tantos kilómetros de El Paso), fue cuando construí los juguetes de cedro, a excepción del altarcito —que lo hice años después, en un verano en el golfo— y el recuerdo que dediqué a mi hijo, en los días en que esto escribo.
(D. Pedro Martín Hernández del Valle)
Pequeños aún mis hijos, alternaba yo mis descansos y distracciones con la confección de los juguetes, en la composición de los zapatos, que no eran pocos, y en mis juegos y paseos con ellos.
Eran un batallón cuando los llevábamos a todos a ver las fiestas de la Cruz, que en este pueblo se celebran mucho, y en las cuales Francisca, Saminia y Conchita, en unión de otras niñas, hacían sus apariciones (así creo que es la palabra) en que representaban comedías (1) dedicadas a la Cruz.
Casi siempre, después de las oraciones que conmigo rezaban, los sentaba en fila sobre una gran mesa que teníamos y, frente a ellos, me sentaba yo en una silla y, o bien tocaba la guitarra, o, a elección de la mayoría de ellos, les contaba aquellas célebres e improvisadas consejas o historietas de las que con frecuencia era protagonista Torcuato Quarapelo.
A la sazón estábamos en plena guerra europea, o Gran Guerra, y había escasez de muchas cosas. Nos alumbrábamos con lamparitas de aceite, por no haber otra clase de luz, y también con éstas dábamos clase.
Para conseguir pan negro tenía yo que levantarme muy temprano. El grano de trigo se repartía en proporción al número de hijos; sólo había un artículo para bien de tantos pobres: los plátanos.
Cuando por alguna circunstancia imprevista no podíamos ir a misa, algunos domingos, encendiendo la lámpara y reuniéndolos a todos, rezábamos las oraciones de la misma en el tercio del Rosario, y luego, al terminar, a jugar, a gritar, a correr, y a llenar el salón de algarabía. ¡Entonces sí tenía yo cabeza!
Por algún tiempo di clases en el Paso de Abajo, en Cajita del Agua, yendo después de almuerzo a la Plaza de la Iglesia, y más tarde al Paso de Arriba.
Estos viajes al Paso de Arriba, sobre todo en verano, sí me mataban. Cuando el tiempo que llaman «de levante», o tiempo sur, azotaba el pueblo, llegaba yo al Paso de Arriba —que me quedaba como a tres o más kilómetros de distancia— completamente sudado y ardiéndome los ojos. Y como el trayecto era todo de calzadas pendientes y soleadas, apenas se respiraba más que las bocanadas ardientes del aire seco, que, a veces, parecía asfixiarme.
Y cuando en vez de levante soplaba el viento al que llamaban “la brisa”, su empuje era tan violento que, para protegerme, ponía yo frente a mí un paraguas abierto, en bolinas, sujetándolo por las varillas hasta que pasara la ráfaga (2). Y a veces tenía que buscar refugio al socaire de alguna pared.
Después dejé estas clases y sólo iba a Tajuya, algo más retirado pero mejor camino, donde tenía niños ya mayores de 14 años.
Como había hecho yo en la Breña, en El Paso organicé varias veces a fin de curso los Ensayos Literarios en el salón de la Casa-Escuela, que era grande pero no tanto como para albergar al público, por lo que, a instancias de éste, repetí lo mismo, días después, en el Casino (3) del pueblo que tuvo un lleno grande y la representación gustó bastante, como cosa nunca vista allí, terminando luego el público con un baile.
Que yo recuerde, entonces, y a pesar de tener el título de ciudad, durante los años que estuve en El Paso, éste no tenía más que dos escuelas públicas: una de niños y otra de niñas, además de un colegio privado que regentaba un señor de mi mismo nombre y apellidos, Pedro Martín Hernández, pero que él, en vista de que yo me llamaba igual, se colocó al final ‘y Castillo’ (aunque no tengo seguridad de esto, pues bien pudiera ser que siempre hubiera usado estos apellidos), así como yo, que a veces he puesto el legendario apellido de mis mayores, coloqué al final del mío ‘del Valle’, para evitar confusiones.
Yo no tenía amistad con el otro Pedro Martín Hernández porque quedábamos muy retirados —él en Paso de Arriba y yo en Paso de Abajo— y él era natural de allí.
Por este tiempo, contrajo mi hijo Pedro León la terrible enfermedad del garrotillo, o difteria, cuya salvación estaba en la vacuna antidiftérica, según la prisa que me dio el médico, y que valía entonces cuarenta pesetas.
Como yo carecía de esta cantidad, acudí corriendo a casa de quien me parecía que podía sacarme del apuro. Pero no fue así, pues el señor cura del pueblo, a quien yo conocía y que me conocía a mí, no me sirvió, aunque pudo haberme ayudado, pero me mandó a casa del alcalde. quien me dijo que no había presupuesto para eso.
Yo, medio loco, fui a la botica a empeñar una cámara fotográfica para conseguir la medicina, pero aunque el farmacéutico no aceptó el empeño, sí me dio la vacuna, que días después le pagué, salvándose mi hijo gracias a Dios y a Vicentico Capote, que así llamaban al farmacéutico. Tanto por éste como por aquéllos he rogado a Dios que les haya perdonado, como yo lo he hecho.
Si añadimos a esto que el señor cura y el alcalde eran religiosos y de los pudientes en una ciudad sin clínica ni hospital, y que Vicentico, el farmacéutico, pasaba por irreligioso o indiferente, según decían, y yo nunca lo vi en la iglesia, ¿qué diríamos?
No digamos nada. Dios, que conoce la conciencia de los hombres, que ve nuestras miserias y errores, es el que da premio y castigo. Perdonemos y roguemos por ellos, para poder, a la vez, ser perdonados por nuestras propias faltas.
No recuerdo bien la fecha, probablemente fue la primavera de 1919.
Preparados los niños con lo mismo que hacíamos en el colegio y que efectuamos en el casino (3), por indicaciones de alguien, o tal vez por mi propia iniciativa, bajamos a Santa Cruz de la Palma, en paseo o excursión y, además, para que en el Circo de Marte, o teatro de esa ciudad, representaran los niños los mismos juegos.
No fueron todos mis alumnos, sino algunos de los más capacitados o preparados y que quisieron ir. La mayor parte de ellos fueron como niños ansiosos de ver lo que no habían visto y divertirse, y, entre ellos, mis hijas Francisquita, Saminia y Conchita. Todos en coche.
Pero, bien porque el abierto escenario y el amplio circo no guardaran las debidas proporciones acústicas para la audición en los recitados y discursos de los niños, en que el público pedía más voz; tal vez por mi tontería de querer lucir al maestro y a los discípulos; o quizás por envidia de los de arriba y de los de abajo, que así me lo hicieron ver después en la propaganda que hicieron en contra, el acto fue un fracaso que me amargó, pero que me curó de mis humos de artista, si es que he podido sustentarlos alguna vez, yo que nunca frecuenté academia alguna.
Por lo demás, “nadie es profeta en su patria”, ni esta patria puede tolerar jamás que un hijo del pueblo pueda dar lecciones a aquéllos que, aun habiendo frecuentado las academias, puedan equivocarse o extraviarse.
Quiera el cielo que nuestros nietos sean más felices, con leyes más justas y sabias que permitan que el pobre pueda escalar las ciencias, las artes, la industria y el comercio, que tantas veces han muerto en embrión al no haber podido desarrollarse por falta de medios económicos, malográndose así las vocaciones e intuiciones del genio.
Después, todos los niños regresaron de la misma manera, menos mis tres hijas y yo que, un día después, tomamos el camino a pie, por la Cumbre Nueva.
Nos levantamos temprano, llegando a una venta casi al pie del monte, y allí nos desayunamos, descansando.
Luego seguimos ascendiendo, hasta llegar a aquella ubérrima vegetación tropical, semejante a la de América, que nos daba sombra y frescura, embalsamada con el olor montaraz de las hayas, de los brezos, de los laureles y acebuches en flor, oyendo la armonía de los pájaros con el sonoro titileo de las fuentes.
Llegamos a la cima del monte y notamos, ¡cosa rara!, que apenas comenzamos a descender y dejamos el sol a nuestra espalda, cambia la vegetación y sólo se ven pinos y más pinos: fragancia de pinares y alfombra de pinillo —que en El Hierro llaman ‘basa’—, sobre la que se deslizaban los pies y se patinaba sin patines.
Después… la vista panorámica de El Paso, que en la estación florida no parece sino un inmenso jardín lleno de las flores de los almendros, que a la luz del sol resultaban semidoradas, envolviendo, por un lado y por el otro, las blancas y recortadas paredes de las diseminadas casas.
Mis hijas seguían corriendo ladera abajo por entre plantaciones nuevas de jóvenes y enhiestos pinos, hasta llegar al pie del más gigante y centenario, padre de todos, bajo cuyos robustos brazos está la capilla de la Virgen del Pino, cuya imagen estaba antes en la oquedad de la corteza del tronco de ese pino.
Una hora después, estábamos en casa.
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NotasCMP.
Curiosamente, la coincidencia entre mi tío-abuelo, Pedro Martín Hernández y Castillo, y el Pedro Martín Hernández del Valle, sujeto de este artículo, no fue sólo el nombre, pues ambos fueron maestros, ambos fueron muy religiosos, y ambos murieron el año 1963; uno en Santa Cruz de Tenerife, y el otro en Las Palmas.
– XXIV –
Cuántas veces un ser en la pobreza
te ha pedido limosna, y tú, ¡inhumano!
le has dicho con insólita presteza:
«Perdóneme por hoy. Váyase, hermano».
Hambriento ha vuelto el pobre un nuevo día,
y a tu puerta llamó, mas al portero
has díchole con aire de ironía:
«Que se vaya ese pobre majadero».
Por vivir en constante ambicionar,
no has querido cumplir con tu deber,
ni comprendes, avaro, el gran placer
que siente el alma, una limosna al dar.
No has saciado la sed del egoísmo
y, por eso, en tu loca vanidad,
no conoces lo que es el Cristianismo,
ni comprendes lo que es la Caridad.
La Caridad, emanación del Cielo,
que alivia de la vida los pesares.
Practiquémosla todos y, con celo,
visitemos los míseros hogares.
La Caridad, esencia del amor,
que embellece a las almas candorosas;
la Caridad, alivio del dolor,
sendero de azucenas y de rosas.
La Caridad, lo excelso, lo sublime
que al Cielo vinculiza con la Tierra;
virtud la más grandiosa que redime
y liberta a los hombres de la guerra.
Socorre siempre al mísero infelice,
y, por lo poco que le dé tu mano,
contesta lo que ayer tu afán te dice:
«Perdóname por hoy. ¡Adiós, hermano!»
– XXIII –
De tus medias la tenue transparencia,
el color de tus piernas deja ver,
y el escote que llevas, ¡oh, mujer!,
tu terso pecho de blancura esencia.
Atractivos sagrados que el Señor
concedió a la mujer, a esa figura
que, cuando ostenta angélica hermosura,
a los hombres inspira un puro amor.
Yo admiro esa belleza, el gran poema
de la carne atractiva y misteriosa,
cual los pétalos frescos de una rosa,
que tienen su lenguaje y su dilema,
que me hablan de tus místicas sonrisas,
de tus ansias pletóricas de anhelos,
tan puras, cual los astros de los cielos,
y el azul de los mares y las brisas.
Porque es fénix tu cuerpo de hermosura;
porque es vaso sagrado y de valor,
cuando encierra y destila un puro amor,
y un alma de virtudes y ternura.
Pero al pensar, porque es tu obstinación
el que adviertan tu física belleza,
un pensamiento surge en mi cabeza,
que disipa mi efímera ilusión.
Pretextando la moda, fabricada
con el yunque servil de las pasiones,
pervirtiéndose van los corazones,
de la vida en la lúgubre jornada.
La moda del gran mundo intelectual,
en alas de una sólida virtud,
acógela en tu hermosa juventud,
y noble será siempre tu ideal.
——
De tus medias la tenue transparencia
que el color de tus piernas deja ver,
y el escote que llevas, ¡oh, mujer!,
ante todos acusa tu inocencia.
XXII
Siempre que hablas conmigo,
nunca sé de tus frases qué decir:
si serás enemigo
que con arte me tratas de oprimir,
o tu amigo en verdad,
capaz de dar tu vida por la mía.
Por eso, en tu amistad,
no sé si encuentro amores o falsía.
¡Oh, Fabio! Jamás creo
del mundo en las palabras engañosas.
Admiro en lo que veo,
las obras de las almas generosas.
La vida, al proseguir,
cada cual manifiesta solamente,
lo que debe decir:
lo que en sí es cada ser, queda en la mente.
——
Siempre que hablas conmigo,
yo no sé si me dices la verdad;
si serás enemigo
o sincera es, acaso, tu amistad.